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Libro PDF Pasion a flor de piel Robyn Grady

 Pasion a flor de piel Robyn Grady

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Título original: One Night, Second
Chance
Publicada originalmente por Harlequin
Enterprises, Ltd.
Todos los derechos están reservados
incluidos los de reproducción, total o
parcial.
Esta edición ha sido publicada con
autorización de Harlequin Books S.A.
Esta es una obra de ficción. Nombres,
caracteres, lugares, y situaciones son
producto de la imaginación del autor o
son utilizados ficticiamente, y cualquier
parecido con personas, vivas o muertas,
establecimientos de negocios
(comerciales), hechos o situaciones son
pura coincidencia.
® Harlequin, Harlequin Deseo y
logotipo Harlequin son marcas
registradas propiedad de Harlequin
Enterprises Limited.
® y ™ son marcas registradas por
Harlequin Enterprises Limited y sus
filiales, utilizadas con licencia.
Las marcas que lleven ® están
registradas en la Oficina Española de
Patentes y Marcas y en otros países.
Imagen de cubierta utilizada con
permiso de Harlequin Enterprises
Limited. Todos los derechos están
reservados.
I.S.B.N.: 978-84-687-7674-3
Conversión ebook: MT Color & Diseño,
S.L.
Índice
Portadilla
Créditos
Índice
Prólogo
Capítulo Uno
Capítulo Dos
Capítulo Tres
Capítulo Cuatro
Capítulo Cinco
Capítulo Seis
Capítulo Siete
Capítulo Ocho
Capítulo Nueve
Capítulo Diez
Capítulo Once
Capítulo Doce
Capítulo Trece
Capítulo Catorce
Capítulo Quince
Capítulo Dieciséis
Epílogo
Si te ha gustado este libro…
Prólogo
De espaldas al espejo de cuerpo
entero, Grace Munroe se bajó la
cremallera del vestido y se lo quitó. A
continuación se deshizo de las sandalias,
de las braguitas y el sujetador a juego y
se envolvió en una toalla suave y
perfumada. Pero cuando llegó a la
puerta del baño, un estremecimiento le
recorrió la espalda.
Respiró hondo.
«Soy una mujer adulta, y esto es lo
que quiero. Tranquilízate».
Abrió la puerta y salió a una
habitación iluminada por la suave luz de
una lámpara de pie. Se acercó a la cama,
la abrió y se quitó la toalla. Estaba
metiéndose bajo las sábanas cuando una
silueta llenó el hueco de la puerta. Era
la primera vez que se encontraba en una
situación así, nunca volvería a estarlo,
pero en aquel momento, estaba haciendo
lo que quería hacer.
Cómo lo deseaba…
Él se quitó la camisa, se desabrochó
el cinturón y se acercó a ella para
lamerle un pezón.
–Me gustaría saber cómo te llamas –
musitó, y su barba incipiente le rozó la
cara.
Ella solo sonrió.
–Y a mí que te metieras bajo las
sábanas.
Aquella noche había comenzado con
un largo paseo para despejarse la
cabeza. Desde que había vuelto a Nueva
York, los recuerdos y los
remordimientos no le habían dado
tregua.
Durante la caminata pasó por un piano
bar y se sintió atraída por la música.
Entró y buscó acomodo. Un hombre se
detuvo junto a ella: atractivo, bien
vestido, con un cuerpo que llenaba la
chaqueta del traje de un modo que hacía
volverse a las mujeres. Pero Grace
estaba dispuesta a espantarlo. No quería
compañía aquella noche.
Se llevó una sorpresa al ver que
apenas hizo un comentario sobre la
pieza que estaban tocando y siguió su
camino, aunque el brillo peculiar de su
sonrisa le llamó la atención e hizo que
cambiase de opinión inesperadamente.
Decidió llamarlo y preguntarle si
quería sentarse con ella. Diez minutos,
nada más, porque no iba a quedarse
mucho. Él ladeó la cabeza e iba a
presentarse, pero ella levantó una mano
para impedírselo. Si le daba lo mismo,
prefería no conocer su historia. No
saber nada de su vida, ni contarle la
suya. Él frunció el ceño y alzó su copa a
modo de saludo.
Durante veinte minutos, se perdieron
juntos en la música del piano. Al final
del intermedio, cuando ella se levantó y
se iba a despedir de él, el desconocido
dijo que él también tenía que marcharse,
de modo que resultó de lo más natural
que salieran y caminaran juntos.
Charlaron sobre música y deportes,
comida y teatro. Era fácil hablar y reír
con él. Había algo casi familiar en su
sonrisa y en su voz. No tardaron en
llegar a la casa de él y, como si fueran
amigos de toda la vida, la invitó a subir.
Grace no se sintió forzada, ni insegura
tampoco.
Y en aquel momento, en su cama, bajo
la caricia de sus labios, tampoco
pesarosa, a pesar de que aquella
experiencia quedaba muy alejada de sus
costumbres.
Un año antes, había tenido una
relación. Sam era un bombero
condecorado que respetaba a sus padres
y muy valorado por la comunidad. Nada
era demasiado para su familia o sus
amigos. La había querido muchísimo, y
una noche, le pidió que se casaran. Doce
meses habían pasado ya, pero Grace se
sentía atascada en aquella noche.
Pero no en aquel preciso instante. Ni
una pizca.
Cuando la lengua de aquel
desconocido se abrió paso entre sus
labios, el ritmo lento de su asalto
alimentó una necesidad que se
desperezó en su interior, y cuando lo
interrumpió, el pulso que estaba
sintiendo en el interior creció. Se sentía
atraída por aquel hombre de un modo
inexplicable. Era una atracción física,
intelectual… quería volver a verlo, pero
desgraciadamente, no era posible. Aquel
encuentro era únicamente sexual e
impulsivo, una fusión de fuerzas
explosivas.
Un encuentro de una sola noche.
Y así es como debería seguir siendo.
Capítulo Uno
–Guapa, ¿verdad?
Wynn Hunter sonrió.
–Siento tener que decirte esto, pero
esa dama de honor es un poco joven
para ti.
–Natural –respondió Brock Munroe
sacando pecho–. Es mi hija.
Wynn se quedó helado, rojo como un
tomate, y puso el pensamiento a mil por
hora para encajar todas las piezas.
Brock tenía tres hijas.
–¿Esa es Grace?
–Exacto. Ya crecidita.
Si Wynn hubiera hecho la conexión
tres noches antes, nunca se la habría
llevado a su apartamento del Upper East
Side, no tanto por respeto hacia Brock,
que era amigo de su padre, tiburón de
los medios de Australia y cabeza de
Hunter Enterprises Guthrie Hunter, sino
porque cuando eran críos, Grace
Munroe le caía fatal. Le ponía enfermo.
Le chirriaban los dientes en su
presencia.
¿Cómo era posible que hubiera sido
precisamente con ella la mejor noche de
sexo de toda su vida?
–Grace se parece a su madre, igual
que mis otras dos hijas –continuó Brock,
mientras las luces giraban lentamente en
el salón de baile al compás de la
música–. ¿Te acuerdas de las vacaciones
que pasamos todos juntos? Aquellas
Navidades en Colorado fueron muy
especiales.
Brock había conocido a Guthrie en
unas vacaciones en el recién abierto Vail
Resort tras graduarse en la universidad
de Sídney. A lo largo de los años se
habían mantenido en contacto, y cuando
los Munroe y los Hunter volvieron a
reunirse dos décadas después, Wynn
tenía ya ocho años. Mientras él y sus
hermanos mayores hacían un muñeco de
nieve en el jardín de la casa que habían
alquilado las dos familias, Grace y su
hermana menor, Teagan, conspiraban
para destrozarlo. En aquel momento, su
adorada madre aún vivía, y le había
explicado que las niñas, con seis años
por entonces, solo querían participar.
Que las tuvieran en cuenta.
En el presente Wynn dirigía Hunter
Publishing, una sucursal con base en
Nueva York de Hunter Enterprises, y
siempre se había tenido por un tipo
afable, pero aquel día de Navidad,
cuando la risa hacía que Grace se
doblara por la cintura tras verle
empotrado contra la nieve del muñeco, y
la piedra que había dentro, saltó, y
mientras ella corría para esconderse en
la casa, su hermano Cole había tenido
que sujetarlo para que no fuera tras ella.
Habían pasado ya muchos años, y sin
embargo Wynn dudaba de que hubiera
pasado alguna otra persona por su vida
que le hubiera cabreado tanto como
aquella mocosa de nariz respingona y
coletas.
Pero sus coletas se habían
transformado en una hermosa melena
color trigo, y sus extremidades flacas
como estacas habían madurado
convirtiéndose en espléndidas piernas.
Recordaba perfectamente a aquella
criatura, una especie de moscardón que
no paraba de dar por saco. Era incapaz
de encajarla con el recuerdo de su
propia boca recorriéndole el cuerpo.
Cuando empezaron a charlar en aquel
piano bar, Grace no podía tener ni idea
de quién era él… ¿no?
–¿Cómo le va a tu padre? –preguntó
Brock mientras su hija seguía bailando–.
Hablé con él hace un par de meses. ¿Y
qué hay de eso que me contó de que
alguien quería matarlo? ¡Increíble! ¿Os
ha dicho la policía si tienen más pistas?
Mirando a medias el trasero de
Grace, hipnótico con aquel vestido rojo
que llevaba, le relató algunos detalles.
–Un par de semanas después de que
lo echaran de la carretera, alguien le
disparó. Menos mal que no acertaron.
Cuando el guardaespaldas de mi padre
lo perseguía, se puso delante de un
coche y lo arrollaron. No sobrevivió.
–Pero hubo otro incidente poco
después, ¿no?
–Sí. La policía sigue con ello, pero
mi hermano ha contratado a un
investigador privado.
Brandon Powell y Cole se conocían
desde que eran cadetes en la Armada.
Era un tipo con buen olfato y
concienzudo, el mejor para aquel
trabajo.
Las canciones se iban enlazando las
unas con las otras y aquel cuerpazo
embutido en un vestido de cóctel rojo no
había dejado de bailar ni un momento.
Era imposible no mirarla. Y no solo él.
El primero con el que había bailado
había sido reemplazado por otro que a
duras penas estaba siendo capaz de
contenerse.
Apuró el resto de la copa que tenía en
la mano. Seguro que aún no le había
visto entre los trescientos invitados a la
boda, y ahora que sabía quién era, no
tenía sentido quedarse hasta que lo
reconociese. Resultaría muy incómodo.
–En fin, hay que ir desfilando –le dijo
a Brock, señalando la puerta–. Mañana
tengo una reunión muy temprano.
–¿En domingo? Pues sí que estás
bueno. En fin… Son tiempos difíciles .
Adaptarse o morir. La publicidad
también está por los suelos.
Brock era el presidente fundador de
Munroe Select Advertising, una empresa
con oficinas en Florida, California y
Nueva York.
–¿Grace trabaja en la empresa?
–Ella te lo contará. Viene hacia aquí.
Wynn se volvió a mirar a la pista.
Cuando Grace lo reconoció, su sonrisa
desapareció, pero por lo menos no dio
media vuelta y salió corriendo.
Brock sonrió.
–Ya os conocéis.
Grace miró a Wynn sin dejar
translucir una sola emoción.
–¿Ah, sí?
–Es Wynn, el hijo de Guthrie Hunter.
Sus hermosos ojos parpadearon
confusos.
–¿Wynn? –repitió–. ¿Wynn Hunter?
–Estábamos recordando –continuó su
padre, dejando su copa de champán
vacía en la bandeja de un camarero que
pasaba– aquella Navidad en la que
alquilamos la casa en Colorado.
–Ya ha pasado tiempo desde aquello,
sí –respondió ella, arqueando las
cejas–. Supongo que ya no haces
muñecos de nieve, ¿no?
–Es demasiado peligroso –replicó él.
–¿Peligroso? –repitió, sorprendida,
hasta que de pronto

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