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Patas arriba – Rosario Vila

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Resumen y Sinopsis De 

Patas arriba – Rosario Vila

¡ATCHÚS!
¡¡Vamos a morir!!grité dando un bote asustada, justo al poner un pie en MarketIN.
¿Eh?exclamó la recepcionista mirándome desde su mesa, con la nariz roja y congestionada.
¡Mierda, qué susto! ¿No podrías avisar antes de estornudar?le pregunté tocándome el corazón.
No, no me da tiempome contestó con voz nasal, mientras se sonaba la nariz.
Pues esta no es manera de recibir a la gente, haciendo que fibrilen nada más entrarle dije con los vellos de punta.
Cualquiera diría, sólo he estornudadose defendió ella con despreocupación.
¿Es eso lo que habrías dicho en mi funeral?le dije provocándola.
Pero, ¿qué te pasa? ¿No estarás haciendo dieta?me preguntó con apatía.
¿Qué tiene eso que ver?le dije inclinándome sobre su mesa, mirándola de manera desafiante.
Madre mía, Paz, estás fatalme contestó sin alterarse, con los ojos acuosos y un trozo de Kleenex colgando de la nariz.
Por una vez, no seguí discutiendo con ellami pasatiempo favorito, porque sabía que tenía razón. La gente tenía derecho a estornudar sin avisar, a pesar de que
eso pudiera provocarle un infarto a alguien al borde de una crisis nerviosa, como lo estaba yo. Y, además, me sentía triste por la muerte de Atún. El amigo que me
escuchaba y el único verdadero que tenía. No estaba para mis habituales peleas sin sentido con la recepcionista. Sabía que eso iba a ser una mancha en mi impecable
historial de cabezonerías, pero debía aceptarlo. No tenía el cuerpo para batallas absurdas.
¿Nos haces unos cafés?oí a Carlos decirle a Andrea, su secretaria, entrando por la puerta en el momento en el que eché a andar hacia mi despacho.
Me giré hacia él con una repentina y tonta sonrisa, olvidándome por completo del susto que me acababa de llevar. Como cada mañana, me pareció ver al dios del
sexo y de los arrumacos domingueros en el sofá, y sentí que la maravillosa escenaincluida yo avanzaba a cámara lenta.
Carlos…le dije embobada.
Quéme contesto él, esperando mi respuesta con la cabeza ladeada.
Nadale respondí poniéndome seria.
Me obligué a “darle al Pause” a mi película de amor con la fuerza de mi mente y logré ponerme en modo profesional. Me odiaba a mí misma cuando me pasaban
esas cosas tan cursis con Carlos, porque tenía una imagen de chica dura que cuidar y, como buena adicta al trabajo, el mío en MarketIN me lo tomaba muy en serio.
¿Qué te has hecho en el pelo?me preguntó Carlos, quedándose con sus adorables morritos y su frente arrugada.
¿Mi pelo? Me he puesto fijadorle mentí con rapidez.
Lo tenía grasiento por culpa del aceite corporal. Pero no iba a contárselo a él, llevaba semanas intentando que no notara lo estresada que estaba y no podía permitir
que me volviera a pedir que me cogiera unos días libres para descansar. ¿Descansar de él? Jamás. Necesitaba que me admirara consiguiendo esa importante cuenta para la
empresaAwesome Wear, una exitosa marca de ropa y, después de meses de intenso trabajo, estaba muy a punto de lograr que aceptaran nuestra propuesta. De
hecho, la reunión con los responsables era esa misma mañana, así que me hice la equilibrada y seguí adelante con mi actuación.
Hm… Pues estás guapame dijo Carlos mirándome con picardía, haciendo que casi me sonrojara.
Como siemprele respondí, guiñándole un ojo con encanto.
Eso es verdadme contestó él con su incitadora sonrisa.
Tomémonos ese café, la reunión está a punto de empezarle dije, mirando mi reloj para disimular.
No quería permitir que reparara en la legión de mariposas que revoloteaban en mi estómago. Jugábamos a eso a menudo y, llegados a ese punto y mucho atrás,
nuestro sugerente entretenimiento había dejado de ser un juego para mí. Estaba completamente enamorada de Carlos. Mis fantasías sobre nuestros hijos, nuestra
mansión y nuestros perros de anuncio de Friskies me impedían negármelo.
Sí, se está haciendo tardedijo él, después de carraspear.
Pues pongámonos en marcha, el éxito nos esperaañadí con energía, sonriendo para esconder mi malestar.
Le seguí hasta la sala de reuniones suspirando y de camino aproveché para mirarle por detrás. Me encantaba verle andar con tanto estilo y tanta decisión y, cuando
nadie me miraba, a veces me ponía el dorso de la mano sobre la frente fingiendo que me iba a desmayar.
Me encantan estos momentos previos a la acción. No lo puedo evitar, disfruto con el peligrodijo Carlos gesticulando con fingido placer, cuando nos sentamos
en la larga mesa de reuniones.
Lo sé. Eres un kamikaze, te he visto varias veces meterte en el lavabo después de que salga Andreale respondí mientras sacaba papeleo de mi maletín.
Dios, ¿qué comerá esa chica? Deberían estudiarla, ese olor podría acabar con el pulgón de los tomates. Yo diría que almacenándolo y soltándolo desde un avión
sería efectivo para combatir cualquier plagame dijo, antes de darle un trago a su café.
No te quedes ahí, muchacho, piensa a lo grande. Un apretón de Andrea es lo único que se necesitaría para aniquilar al típico pesado de las fiestasle dije yo,
cruzando mis piernas en su dirección para que detectara mis nuevas y preciosas botas rojas.
Entonces, volví a suspirar bajito. No podía pensar en un lugar mejor donde estar en ese momento que a solas con Carlosa pesar de que mi empeño por
impresionarle estaba acabando con mi salud y con mis nervios y empecé a imaginarme haciendo la escena de Titanic con él. Cosa que hizo que me sintiera bastante
tonta. Porque se trataba de la misma en la que los dos protagonistas abren los brazos con su pelo al viento, él pegado a la espalda de ella haciendo como que vuelan.
Pero, en nuestro caso, sobre la mesa de reuniones.
No me hables de fiestasdijo Carlos mirando de reojo hacia mis botas. Gema se ha empeñado en que nos casemos y me da miedo todo lo que piensa
organizar. No os entiendo a las mujeres, ¿por qué tenéis que hacer algo así cuando ya vivís con nosotros? No es necesario que nos hagáis firmar un papel, como
queriendo hacernos cumplir un contratodijo Carlos jugando con su taza.
¿Qué? ¿Os… os vais a casar?le pregunté, metiendo súbitamente las piernas bajo la mesa.
Por cierto, ¿antes me has llamado ‘muchacho’?me preguntó él cambiando de tema.
¿Eh?dije boquiabierta.
Estás echando el azúcar fuera del caféle oí decir.
Sí, puede que te haya llamado así…le respondí, desde un lugar muy lejos de allí.
Pues no te pases, recuerda que soy tu jefeme contestó riendo.
Pero, por más que me esforcé, no conseguí fingir una carcajada. Me salió un “Gggji” que me quedó más ridículo de lo que me hubiera gustado. En ese momento, que
Carlos se casara con Gema, me pareció un paso enorme que marcaba una gran diferencia, y el mundo se me vino abajo al darme cuenta de que estaba haciendo la idiota
con él. Carlos nunca sería para mí, tenía una relación estable y eso no iba a cambiar, porque Gema era la hija del director de MarketIN. Él era mi jefe justamente por eso,
porque al empezar a salir con ella el padre de Gema lo enchufó aquí. Aunque hubiera una mínima posibilidad de que Carlos me correspondiera, había muchas cosas que
estaban en contra de que lo nuestro pudiera suceder. Eso nunca iba a pasar y la noticia de su boda hizo que me desquiciara todavía más.
Paz, ¿estás bien?me preguntó Carlos, apretándome preocupado el brazo.
Síle respondí, tragando a continuación saliva.
¿De verdad?me preguntó acercándose más a mí.
De… Sí, de… de verdadle dije tartamudeando mientras me ponía en pie.
El señor Gil y su equipo ya están aquídijo Andrea abriendo la puerta de la sala.
Bien, diles que pasenle respondió Carlos, sin dejar de observarme.
Y ahí fue cuando me empezó a faltar la respiración. Me sentí como una imbécil pensando en cómo había malgastado tantos mesestreinta y seis, para ser exacta
viviendo por y para impresionar a Carlos. Aunque toda la culpa de lo que me pasó no la tuvo él, porque yo soy de las que coge un hueso y no lo quiere soltar. Y
también porque toda mi vida se había basado en querer ser siempre la mejor. En todo. Me había licenciado en la universidad con matrícula de honor, tenía un trabajo bien
pagado, y mis compañeros de MarketINla empresa en la que siempre quise trabajar por ser un referente en el mundo del marketing me respetaban por mi
admirable profesionalidad. Era Doña Perfecta. Pero mi vida perfecta, en realidad, no lo era. Porque yo no era feliz; lo único que hacía era trabajar y eso significaba que ni
siquiera tenía vida social. Aunque no lo hubiera visto hasta esa mañana, mi horrible destino estaba cantado.
Buenos díasdijo el señor Gil entrando con su equipo.
Como pude, saludé a todo el mundo con un tembloroso apretón de manos. Pero con cada segundo que pasaba me faltaba más el aire, y lo único que podía hacer para
remediarlo era tirarme hacia abajo del cuello de mi vestido. Cosa que no solucionaba, para nada, el problema. Enseguida, empecé a sentir una opresión en el pecho y temí
que, esta vez sí, me iba a dar un ataque al corazón de verdad.
Paz, la propuesta…me susurró Carlos, señalando con la cabeza hacia el portátil que iba a reproducirla.
¿Empezamos ya?preguntó extrañado el señor Gil.
… Sílogré decir allí de pie, frente a cinco personas pendientes de mí.
Carlos me miró, con expresión de saber que algo en mí andaba mal. El murmullo de las personas en la mesa y el simple sonido de movimientos de papeles
empezaron a parecerme que sonaban muy alto, y un miedo enormeno sabía exactamente a qué comenzó a apoderarse de mí. Quería poner la presentación en
marcha, pero mis dedos no me respondían. Daban a cualquier tecla del portátil menos a la correcta, porque no podía parar de temblar.
Lo siento, me encargaré yo. Parece que mi compañera no se encuentra biendijo Carlos disculpándose, un par de incómodos minutos después.
¿Miedo escénico? Debe ser nuevadijo el señor Gil mientras yo miraba hacia los presentes.
Aunque en realidad, sin ver, porque mis ojos no podían enfocar.
No, hace años que es una pieza clave en nuestra empresale contestó Carlos con educada firmeza.
Me muero…musité echándome la mano al corazón.
¿Qué?me preguntó Carlos al llegar a mí.
No puedo respirardije más alto.
¿Quieres agua?me preguntó.
¡No! ¡Me está dando un infarto!grité, al notar que empezaba a marearme.
Paz…me dijo Carlos, agarrándome para que no me cayera al suelo.
Oye, esa chica no está biendijo el señor Gil levantándose y viniendo hacia mí.
¡Primero Atún y ahora yo!exclamé muerta de miedo.
Ponle las piernas en altole dijo el señor Gil a Carlos, haciendo una pelota con su americana para ponérmela bajo los pies. Pero no os arremolinéis aquí,
dejadla respirarriñó a los curiosos.
Mi brazo. Se… se me… ¡Se me está durmiendo!dije, intentando entre medias coger bocanadas de aire.
Tranquilízate, no será nadame dijo Carlos, bajándome la falda del vestido.
Después, me puso cariñosamente la mano sobre el muslo, mientras yo permanecía estirada en el suelo temblando, con las piernas en alto y todo el tinglado. Pero me
encontraba tan mal que ese gesto suyo no me hizo ninguna ilusión. Hasta que no recordé el calor de su mano tiempo después, ya más tranquila, el hecho no me pareció
ideal.
No te asustes, Paz, esto tiene pinta de ser un ataque de ansiedadfue lo último que recuerdo oír, creo que a Andrea.
Porque mi mente entró en un estado de nervios horrible en el que ya no atendía a razones ni registraba lo que pasaba. Me pareció que el mundo transcurría ajeno a
mí y que mi vida se había acabado ahí. Pensé que ya había muerto y que estaba viviendo una de esas experiencias extracorporales. Todo lo que no había hecho durante
esos treinta y dos años, ya nunca lo podría hacer. Tuve la oportunidad, pero fui tonta y la desaproveché.
Capítulo 2
Bien, ya estás de vuelta. Menuda siestame dijo una voz mientras abría los ojos lentamente.
¿Dónde estoy?pregunté intentando incorporarme.
En el hospital, has tenido un ataque de pánicome contestó Carlos.
¿Un ataque de pánico? ¿No he muerto?le pregunté con desconfianza.
No. ¿Desilusionada?me preguntó.
Supongo que norespondí. ¿Cómo he llegado aquí?le pregunté al caer en eso.
Te trajo la ambulancia. ¿No lo recuerdas?me preguntó.
Oh… Sí, puede que síle contesté aturdida.
Espero que el médico sea fácil de sobornar, quiero unas cuantas de esas pastillas que te ha dadome susurró Carlos.
Dios, qué vergüenza, pensé mortificada. Porque en ese momento empecé a recordar todo lo que había pasado unas horas antes, cómo llegué al hospital y el
numerito tan ridículo que había montado. Con mi autosentencia de muerte, mis llantos, estirada en el suelo y con todos esos hombres desconocidos a mi alrededor. Los
mismos a los que quería convencer de que confiaran en mí para que fueran nuestros clientes. Así que me tapé la cabeza con la sábana de la camilla de urgencias para que
Carlos no me pudiera ver la cara y me di la vuelta hacia la pared. Parece que eso me funcionó para pasar desapercibida, hasta que noté un fresquito extraño por ahí
detrás.
¿Son de Women’secret?me preguntó Carlos.
¿Qué?le pregunté.
Rojo pasión, como tus botas. Así me gusta, una chica bien conjuntada dijo Carlos.
¡Fuera de aquí!le grité desde ahí abajo, tapándome rápidamente el trasero.
Eh, oye, que te he salvado la vida. Has estado a punto de sufrir una muerte imaginariame respondió, intentando destaparme la cabeza.
Pues tú imagínate que no has visto nada y sácame de aquíle dije, bajándome la sábana hasta el cuello.
Demasiado tarde, ya lo he visto todo me respondió Carlos.

Pages : 75

Autor De La  novela : Rosario Vila

Comprimido: no

Format :True PDF 

Idioma :Español-España 

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Fotos – Imagen

Patas arriba – Rosario Vila

Pero no supe si se refería a mis bragas, a mi lamentable estado mental o a mi tonto enamoramiento por él. Sin embargo, me hice la fuerte y me destapé entera con
decisión, dejando al descubierto mi bata verde de hospital. Me

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