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Libro PDF Perdida en el fin del mundo Jonatan Diez

Perdida en el fin del mundo  Jonatan Diez

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en una sociedad en la que se pasó de una estricta dictadura y fuerte represión, a una democracia en la que ya no existían esas represiones ni estrictas
prohibiciones. Más bien todo lo contrario. Estaba rodeado de una libertad que rozaba el libertinaje, y un proteccionismo excesivo, causantes de una tremenda desidia en
las generaciones que le siguieron, quizás parte del problema que más tarde se avecinaría.
Mi tío abuelo siempre fue un inconformista. Ya desde muy pequeño mostraba una repulsa a las imposiciones y, a menudo, se enfrentaba a las normas
establecidas por profesores, adultos, e incluso a sus propios padres. Era parte de su carácter ya que en realidad no existían motivos para una actitud así. En cuanto a la
apariencia no era una persona que destacase demasiado. No era alto ni coincidía con los cánones de belleza de la época. Sin embargo su forma física era bastante buena,
en parte por un metabolismo que le permitía comer cualquier cosa y en grandes cantidades sin que su cuerpo lo acumulase en esa incómoda y antiestética manteca
alrededor de la cintura que tanto preocupaba a la sociedad del momento pero que sin embargo, en otros tiempos era considerado un signo de salud y buena vida. Ese
enorme apetito era objeto de muchas bromas por parte de su familia, “eres un pozo sin fondo, nos llevarás a la ruina” tenía que oír en no pocas ocasiones, aunque
siempre en un tono irónico.
También le gustaba hacer deporte con regularidad. Sus aficiones englobaban casi todas las actividades consideradas deportes de riesgo. Esos
entretenimientos, tachados de locuras por la mayoría de sus contemporáneos, sin embargo le permitían un contacto con el aire libre y la naturaleza como ningún otro
deporte podía hacerlo, llevándole a parajes en los que la acción humana era poco o nada evidente, donde la vida se manifestaba en todo su esplendor y en los que podía
disfrutar de lugares de belleza hipnótica, llenos de paz y alejados del agobiante bullicio que respiraban los urbanitas en sus cotidianas existencias.
El principal motivo que hizo que Mario practicara deportes en la naturaleza era la búsqueda de paisajes exteriores. Pero lo que le cautivó, según las historias que
contaba a mi madre, fue que en ellos encontró su paisaje interior, la visión de hayas y robles centenarios, de gargantas y cuevas excavadas por el agua en la dura roca
durante siglos, los vívidos colores de las flores o de los insectos. La armonía con la que plantas y animales vivían, hizo que comprendiese y respetase a la naturaleza,
creando en su interior un sentimiento que, prosaicamente, podría ser tildado de “ecológico”, pero que reflejaba un triste desencanto con la humanidad.
A pesar de que prácticamente le permitían casi todos sus caprichos, mi tío abuelo seguía con la necesidad de ser contrario a cualquier norma que se pudiera
interponer en sus preferencias.
Decían de él, que era un muchacho inquieto, inteligente y muy, muy curioso. Observaba con avidez su entorno, leía cualquier cosa que le cayera en las manos,
prestaba atención en todas las conversaciones y disfrutaba entrando en interminables debates. Esta ansia por atesorar conocimientos le hizo advertir de que la “historia”
pasada contenía la clave para vivir la “historia” futura. Sin embargo, tardaría mucho tiempo hasta que fuera capaz de aplicar este descubrimiento a su propia vida. Su
casi enfermizo inconformismo, alimentado por las hormonas de la adolescencia, venció a su incansable apetito de conocimiento y terminó con el abandono de los
estudios a muy temprana edad. La educación formal fue sustituida por las mieles de la atractiva vida con que la música le tentó, una afición que pasó a convertirse en su
profesión. Sus dotes artísticas muy pronto le proporcionaron un espacio en un grupo musical de cierto renombre que le llevaría a recorrer el país en largas y muy
agotadoras giras.
Mario pasó casi diez años entre notas y partituras, con los focos, los escenarios y la carretera como maestros de la que consideraba que sería su
profesión por siempre. Un malvado y traicionero pecado truncó su carrera, con labios seductores y cabellos dorados de ondulada caída y embriagador aspecto, pero de
fondo oscuro. Por la aparente promesa de una vida de placeres, sus dedos dejaron de acariciar las cuerdas de su preciado instrumento, el bajo, y callaron las melodías en
su amplificador, sustituidas por otras que sonaban en sus sueños.
Ciego como estaba se dejó arrastrar, traicionó principios, y arriesgó su alma y su futuro para poco tiempo después ser preso de una traición, quedando con el
corazón destrozado mientras el carmín, de aquellos besos que resultaron estar envenenados, estaba todavía fresco en sus labios.
Pese a todo, nunca odió. Esa palabra era algo que no tenía cabida en el vocabulario de mi tío abuelo. Su capacidad para olvidar y perdonar asombraba y extrañaba
a quienes lo conocían. Muchos de sus allegados le tildaban de tonto, sobre todo en lo concerniente a cuestiones del corazón. No fue sólo aquella vez en que atravesaran
su corazón con dagas afiladas de desamor. Creo que tantos golpes y cicatrices llegaron a endurecerlo, hasta hacerlo casi impenetrable.
A partir de aquella experiencia, Mario tuvo que replantear muchos aspectos de su vida. En primer lugar, ¿A qué iba a dedicarse? Mi tío abuelo
había abandonado los estudios formales para educarse musicalmente, con lo que no disponía de títulos universitarios ni formación profesional que le ayudasen a ganarse
la vida. Pero aún peor, ni siquiera sabía que quería ser. Sólo tenía claro que su camino no sería, nunca más, el de la música. Su preferencia inicial eran los trabajos físicos,
en los que las manos fuesen la herramienta principal.
Por lo que mi tío abuelo dejó escrito en sus diarios, sé que en aquellos años el “boom” inmobiliario estaba en pleno auge así que existía una amplia oferta en el
sector de la construcción. Era muy fácil entrar, pero muy complicado conservar un puesto de trabajo. En pocos meses los jefes encontraban a otro trabajador menos
cualificado, dispuesto a recibir un salario inferior, pagos en sobre y menos escrupuloso con las condiciones laborales. Así que no tardaba demasiado en tener que
buscar otro empleo.
Sin embargo, esto tampoco era en exceso molesto para Mario ya que se había propuesto recorrer varias profesiones y oficios, ampliando su experiencia y
conocimientos, hasta encontrar aquel trabajo por el que valiera la pena madrugar, pasar frío o trabajar largas horas, y que no fuese una carga sino más bien una
satisfacción.
Pasó, a lo largo de su vida, por varios sitios, lugares y puestos de trabajo, construcción, instalación de aislamientos térmicos y acústicos, socorrista, transporte
sanitario, tele-operador, comercial, hasta que por fin llegó aquel que parecía ser lo que quería para su futuro. Desafortunadamente, el hallazgo se produjo justo en el
momento en que una crisis económica y social castigó a todos los países del mundo, sin dejar a ninguno ajeno a ella. Una crisis que, por culpa de la mente obtusa de los
gobernantes, dejó sin trabajo a millones de personas en todo el planeta, incluido a él.
La actividad laboral que descubrió, que le conquistó, y que marcaría la diferencia entre sobrevivir o sucumbir a los acontecimientos futuros, fue el mundo de
las plantas. Le sedujo su cultivo, su cuidado y su aprovechamiento. Esto ya había sido sembrado en su mente por su abuelo, un hortelano de la vieja escuela. Fue un
amor alimentado por la admiración a la naturaleza, irrigado por sus aventuras. Finalmente ello germinó con la formación profesional que adquirió.
Las cuestiones sentimentales, desde aquella gran herida de su juventud, fueron su gran tema pendiente. Mario había conocido a muchas mujeres a lo largo de su
vida, e incluso llegó a enamorarse de alguna de ellas. Compartió su vida con sus compañeras durante algún tiempo, amó intensamente y ansiaba una familia.
Posiblemente su mayor deseo siempre fue ser padre, pero se sintió traicionado de manera tan dolorosa que con el tiempo cerró las puertas al amor. No quería más dolor,
así que no permitió que las pasiones volvieran a cegar su mente. Con ello desapareció también la ansiada opción de tener hijos, algo que condicionó, posiblemente, su
forma de relacionarse con los niños cercanos a él. Esa paternidad frustrada la volcó en nosotros y en nuestros padres, sus sobrinos, por los que se desvivió y procuró
inculcarnos sus valores y transmitirnos sus inquietudes, como si fuésemos sus propios hijos.
En cuanto tuvo oportunidad y su relativa solvencia económica se lo permitió, mi tío abuelo se dedicó a llevar a sus sobrinos (mi madre y mi tío) por diversas
partes del mundo, para que pudieran ver aquellas maravillas de la naturaleza, creaciones de miles de años y algunas de millones, que el ser humano con su arrogancia y
avaricia destruiría tiempo después. Dos veces al año, coincidiendo con los periodos vacacionales en los estudios de sus dos sobrinos, uno en verano y otro en invierno,
Mario organizaba unos viajes a zonas del mundo con paisajes majestuosos y parajes de ensueño, lugares que les dejaron fascinados por su grandeza y que mi madre
solía contarme por las noches al acostarme. Ella los disfrazaba en cuentos que se inventaba para dormirme. Aún hay noches en las que me voy a la cama y siento su
mano acariciando mi pelo o haciéndome cosquillas en la espalda mientras narraba aquellos viajes junto a su tío Mario, y al primo de mi madre, Izan.
En esas historias nocturnas me contaba que antes de que todo fuese de color blanco existían lugares donde los bosques, de árboles enormes y frondosos, se
extendían más allá de donde llegaba la vista, selvas gigantescas que parecían mares verdes llenos de animales increíbles, pájaros con plumas enormes de intensos colores.
Existían otras aves que incluso hablaban, mariposas cuyas alas, grandes como la palma de una mano, parecían haber sido dibujadas por un loco pintor, serpientes de un
verde tan intenso y brillante que al darles el sol te cegaban la vista, insectos increíblemente extraños con cuernos tan grandes como su propio cuerpo, otros que parecían
hojas de árboles o ramas de arbustos y sólo les veías cuando se movían, o camaleones que cambiaban de color mimetizándose con el entorno para pasar desapercibidos.
Contaba también que en esas mismas selvas había animales tan lentos que viajar tan sólo un kilómetro les podía llevar semanas y otros tan rápidos y sigilosos
que debías estar muy atento para ver su silueta pasar fugaz entre la espesura de la selva. Ríos tan anchos que no podías ver el otro lado, llenos de peces y otras criaturas
a cada cual más increíble, como los acorazados, peligrosos y voraces cocodrilos, verdaderos gigantes protegidos por gruesas pieles rugosas y que en sus fauces podía
ser triturado un hombre.
En otros viajes les llevaba por los fiordos noruegos, donde el mar se adentraba en la tierra en enormes lenguas de agua, flanqueadas por acantilados gigantescos
donde las olas rompían con furia, levantando nubes de espuma con un ensordecedor estruendo mientras alrededor de los visitantes nadaban ballenas más grandes que los
propios barcos mirando curiosas a los atónitos tripulantes y que en ocasiones eran salpicados por el resoplido de esos titanes de los mares, como si estuviesen jugando.
En otros mares más cálidos existían islas llenas de verdes palmeras de las que colgaban frutos tan dulces y sabrosos que al probarlos te transportaban a un
mundo de placer. En las islas había playas interminables de arena blanca, con cielos tan azules y con un sol tan cálido y brillante que no podías mirarlo sin quemarte los
ojos. Podías nadar entre delfines, animales tan curiosos como inteligentes que jugaban con los bañistas como si fueran de su propia especie, o tortugas en las que te
permitían viajar aferrados a sus caparazones, gracias a su enorme tamaño.
Podías sumergirte en las aguas tranquilas, cristalinas y poco profundas. Contemplar colosales murallas de corales de millones de colores y formas donde nadaban
peces con formas y tonalidades increíbles. También existían unos terribles merodeadores de los mares. Estos animales extintos se llamaban “tiburones”, y estaban
armados con varias filas de dientes tan afilados y grandes que la pierna de un nadador descuidado podía ser arrancada sin que siquiera, el incauto, se hubiese dado cuenta
de la presencia de esos enormes depredadores.
Mi madre también contaba de lugares en los que de la tierra brotaba fuego en explosiones que lanzaban roca fundida y columnas de humo gigantescas, y que en
las noches teñían de rojo intenso todo el paisaje. Existían fuentes naturales llamadas “geiseres” que escupían agua hirviendo y lagos de agua caliente donde la gente
acudía a bañarse, aunque hiciese tanto frío que se congelaba el aliento, como ahora… se decía que estas bañeras naturales tenían propiedades terapéuticas y sanadoras.
Yo no podía imaginarme la realidad de muchas de las fabulosas historias que me contaba. Para mí el mundo era bastante monótono, predominaban los tonos
blancos y grisáceos, ya que vivíamos encerrados tras los muros de los “protectorados”. Sin embargo, me esforzaba, cerrando los ojos muy fuertemente, para intentar ver
aquellas maravillas que oía contar a mi madre.
Había un paisaje concreto muy especial, un sitio que le hacía brotar lágrimas de añoranza al recordarlo. Contaba que una vez existieron unos saltos de agua
increíbles, ahora sepultadas por los glaciares del sur de África, las cataratas Victoria, donde el agua se precipitaba al vacío desde tal altura y en tan cantidad que se
formaban nubes de gotitas de agua capaces de ascender 800 metros de altura, y donde siempre estabas mojado por la lluvia eterna que generaba ese magnífico
espectáculo de agua y sonido.
Era un lugar donde parecía que la tierra se había desgajado separando con ello dos países, lo que una vez fueron Zimbabwe y Zambia. Pero mi madre contaba que
lo mejor era en las noches despejadas de luna llena porque podías contemplar una de las mayores maravillas de la naturaleza. Se decía que era el único sitio del mundo en
el que se podía contemplar un fenómeno llamado “arco iris” por la noche, algo que sin duda dejó una marca imborrable en la retina de mi madre. Ese espectacular
prodigio natural que aparece cuando los rayos del sol atraviesan las gotas de agua en días de lluvia, llenando el cielo con un gran arco de siete colores, fuente de
inspiración de fábulas y cuentos de pasadas culturas. Cuando ella lo recordaba podías ver ese arco iris que tanto la fascinó en sus ojos húmedos por las lágrimas, unas
lágrimas de felicidad por tener la inmensa suerte de haber contemplado aquel espectáculo, pero también de tristeza por no poder compartir conmigo aquella visión
celestial.
Muchos otros relatos me contó durante mi infancia y muchos otros lugares con bellos y fascinantes animales me describió en sus cuentos. Éstos eran narrados
con tanta pasión que daba la impresión de que yo estaba allí en esos momentos, viéndolos y viviéndolos en ese preciso instante. Sin embargo, con ninguno brotaba el
agua de sus ojos como con la historia de las cataratas Victoria donde decían, los creyentes de las antiguas religiones, que Dios había construido su casa para descansar.
Algunos libros, revistas y fotos que mi tío abuelo había rescatado del olvido tenían en su interior descripciones e imágenes de algunos de aquellos animales y
lugares a los que me he referido en mi relato. A pesar de ello, las fotos y gráficos no se acercaban a las descripciones y emociones de los relatos de mi mamá. Aparte, en
cuanto se instauraron los protectorados nuestros consejeros se encargaron con rapidez y vehemencia en prohibir el acceso a todos aquellos viejos legados de papel. Su
excusa, la de proteger a los supervivientes del mal que nuestros antepasados habían provocado.
CAPÍTULO 2 “La Profecía”
“El peligro radica en que nuestro poder para dañar o destruir el medio ambiente, o al prójimo, aumenta a mucha mayor velocidad que nuestra sabiduría en el
uso de ese poder”
Stephen Hawking
A lo largo de sus años, mi tío Abuelo Mario, había oído y vivido varios supuestos, y obviamente equivocados, fines del mundo… profecías apocalípticas que,
por supuesto, nunca se llegaron a cumplir. También es cierto que hubo muchas catástrofes tanto naturales como humanas, que cada vez se producían con más frecuencia
y con más virulencia. Una de las que más calaron en la mente de las gentes de entonces fue el “efecto 2000” en el cambio de siglo y milenio, del que se decía que haría
desaparecer toda la tecnología por un fallo global de los soportes informáticos y de los que dependía toda la sociedad tecnológica por aquel entonces. Pero finalmente no
pasó nada, absolutamente nada de nada. Todos aquellos que creyeron en el caos total y vendieron sus posesiones, riquezas y tesoros para buscar un lugar remoto y
escondido donde poder sobrevivir, se quedaron con lo puesto. Desde luego, también hubo muchos otros que se aprovecharon de los temores de los demás para hacer
sus fortunas particulares.
Lejos de venir una Era de calma y paz después de aquella irracional época de abusos y miedos se produjeron acontecimientos en los años siguientes con
atrocidades semejantes a la inquisición cristiana de la edad media, las matanzas españolas en las Américas, a la guerra civil de los Estados Unidos o a los genocidios del
nazismo en la II Guerra Mundial. Fue en el año 2001, ya mediado el mes de septiembre cuando se produjo el mayor atentado de hombres contra hombres y que
acentuó el odio inconsciente y consciente entre razas y religiones. Una barbarie de adeptos y fanáticos que no hizo más que crear más adeptos y fanáticos y que separó
las conciencias de los humanos en dos bandos. Los años siguientes se caracterizaron por las vendettas entre unos y otros y la posición a favor o en contra de todos los
demás.
Cuando parecía que las aguas pasaban por zonas de más calma y remansos de paz, una nueva profecía atemorizó las almas de los ciudadanos del planeta,
quienes veían en acontecimientos pasados las pruebas que daban veracidad a esta nueva leyenda que amenazaba con extinguirnos a todos.
Al parecer, “los Mayas”, una antigua y desaparecida civilización, habían desarrollado un avanzado calendario y resulta que éste finalizaba en diciembre del año
2012. Los más catastrofistas auguraban un final a la tierra, algunos de los cuales rayaban lo inverosímil, por no decir lo estúpido, como el de la aparición de un planeta
que impactaría con el nuestro causando la desintegración de toda la vida.
Otros, más moderados, y apoyándose en datos científicos, publicaban sus estudios en los que se mostraba un incremento de las actividades volcánicas y otra
serie de cataclismos naturales. Estos veían el fin de la civilización tecnológica y de la humanidad tal y como la conocemos, propiciando la construcción, por parte de
gobiernos y de particulares, de arcas y refugios subterráneos, al igual que en aquellos años del pasado siglo en los que se creía en una hecatombe nuclear (la cual tampoco
llegó a suceder).
Algunos pensaron en un tremendo asteroide, que acabaría con nosotros, como el que se cree que destruyó a los dinosaurios hace 65 millones de años. No estaban
tan desencaminados, ya que mes y medio después de aquel diciembre del año 2012, un gran cuerpo celeste cruzó nuestro sistema solar, a unos pocos cientos de
kilómetros de nuestro planeta. Esto, en términos y medidas astronómicas, es apenas un suspiro, un “ahí mismo”.
Hubo otras muchas teorías, pero todas con pronósticos similares, la extinción o casi la total eliminación de la vida en la tierra e incluso la desaparición de la
propia Tierra.
Todas estas “extinguidoras” teorías llevaron a cometer locuras extremas a algunas personas, quienes optaron por ser ellas quienes debían elegir la manera de su final,
incrementando las estadísticas de suicidios. Pero la gran mayoría, por otra parte sin mejor alternativa, se dejaron llevar por el devenir de las circunstancias y esperar a
ver qué es lo que la profecía de turno les tenía preparado.
Quizás, la gran crisis social y económica por la que estaba atravesando en esos momentos todo el mundo, acrecentó el deseo colectivo de la necesidad de un
cambio, aunque este fuese radical. Esto arrastraba a la gente a creerse cualquiera de aquellas teorías, por descabelladas que estas fueran.
También existían unos pocos, entre los que se encontraba Mario, a los que la profecía no despertaba más que una tremenda curiosidad por saber a qué hacían
referencia los mayas con lo del cambio de era, sin creer en el fin del mundo, o por lo menos no de maneras tan tremendistas como vaticinaban los miles de agoreros que
ahora proliferaban cual setas “champiñoneras” en la primavera. Pero Mario no tenía ninguna duda de que si algún día el mundo sufría una nueva extinción masiva, el
único causante y culpable sería el propio ser humano.
Por aquel entonces, existía un programa de televisión llamado “CUARTO MILENIO” y del que Mario era bastante asiduo, al igual que el gran genio del cine de
fantasía, misterio y terror, Guillermo del Toro, al cual también admiraba. Este era un programa controvertido, con muchos seguidores. Algunos eran asiduos de manera
abierta y sin tapujos. Otros sin embargo, aunque lo veían, incluso con tanto interés y entusiasmo como los adeptos, no se atrevían a reconocerlo en público, ya que se
trataba de un programa del que se decía que sólo era para “frikis”, amantes de las teorías conspirativas, “enfermos” por lo oculto. Pero en realidad era un programa
“culto”, en el que se exponían de manera abierta temas que a todos nos inquietan, y que además no posicionaban al televidente de un lado u otro. Se exponían varios
puntos de vista, invitando a sus tertulias a defensores de unas posiciones y otras, enfrentándolos en debates que a las mentes curiosas, como la de Mario, les hacían
plantearse nuevas preguntas y desear más conocimiento.
En las fechas próximas al fatal desenlace, que supuestamente, pronosticaban las leyendas mayas, el programa “CUARTO MILENIO” y su muy imitado
presentador, Iker Jiménez, expusieron el tema de la “profecía Maya”. Para ello se invitaron a expertos en la escritura y cultura de este pueblo mesoamericano. Fue en
esa ocasión que Mario oyó que esta civilización no presagiaba la destrucción de la tierra, sino que avisaban de un cambio de era, como ya había sucedido en otras
ocasiones según sus ritos y costumbres. Simplemente reflejaron en sus piedras grabadas a cincel, cómo los “dioses”, una vez más, vendrían a la tierra para ver si la
humanidad había aprendido y comprendido cuál era su sitio dentro del cosmos. Si estos habían cumplido los objetivos marcados por los seres supremos, les sería
concedido un nuevo grado de evolución, de lo contrario, deberían retroceder para aprender de nuevo la lección. Este otro punto de vista caló hondo en la mente de mi tío
abuelo. Éste más tarde extraería su propia conclusión respecto a lo que estos adelantados a su tiempo nos querían legar en sus escritos milenarios, tallados en roca.
Poco a poco, fueron pasando los días y cada vez estaba más próxima la fecha señalada, el 21 de Diciembre del año 2012. Mario no se preocupó en demasía del
evento, ya que la crisis se había cebado con su situación personal y económica, por lo que tenía otras preocupaciones bastante más acuciantes en las que centrarse. De
hecho, no le hubiera venido mal que aquellos teóricos del apocalipsis tuviesen algo de razón, y así, de una manera u otra, le ayudasen a librarse del lastre de la
tambaleante economía mundial.
No fueron buenos tiempos para Mario. Sin embargo, sus enriquecedoras experiencias, su tenacidad y un pequeño golpe de suerte pronto cambiarían esa
situación. El caso es que llegó el día que tantas expectativas había suscitado, incluso inspirando numerosas películas que explotaron morbosamente el tema en los meses
previos. Pero, al igual que con el resto de predicciones catastrofistas anteriores, no pasó nada. El mundo siguió exactamente igual que hasta entonces, más de lo mismo,
o peor incluso. Los meses siguientes a la anunciado apocalipsis, no sólo vieron la continuación de la crisis económica y social, sino que se destaparon las vilezas de
aquellos en quienes los ciudadanos de todos los países habían depositado su confianza y su futuro.
Por todo el mundo desvelaron ejemplos de la corrupción, los saqueos, los robos y mentiras de muchísimos políticos, empresarios, autoridades, dirigentes y
líderes religiosos. Algunos tuvieron la decencia de dimitir de sus cargos, aunque con excusas que no convencían a nadie, con el fin de enmascarar la realidad de sus
verdaderos motivos. Otros fueron obligados a cesar sus funciones, envueltos en escándalos mediáticos, arrastrando consigo a otros de su misma calaña y destapando
cada vez más casos de fraudes, desfalcos y demás tropelías.
Los perjudicados, como ha sido costumbre en la larga historia de la civilización, fueron las personas de a pié, quienes veían cómo les despojaban de lo poco que
les quedaba para enriquecer aún más a los corruptos. Incluso el sumo pontífice de la que se denominaba “Iglesia Católica Romana” se jubiló, alegando motivos que a
pocos convencieron, dejando a sus seguidores e incluso a sus detractores ante una situación sin precedentes, por lo menos en la historia moderna.
Todas estas circunstancias causaron un desánimo en una sociedad que ya de por sí venía marcada, en los últimos años, por la desidia y el desazón que frenaba
aún más la difícil tarea de la recuperación de la crisis imperante. Es cierto que era necesario un cambio radical en la mentalidad de la gente y en el proceder de las
sociedades que habitaban el planeta, pero quizás los acontecimientos que años después se avecinaron fueron demasiado radicales. Por su misma improbabilidad, no
fueron tenidos en cuenta los vaticinios de algunos iluminados predijeron, entre los que se encontraba Mario. Ni siquiera mi tío abuelo llegó a pensar que el cambio fuese
tan brusco, pero aún así se preparó, y preparó a sus familiares y amigos para la peor de las situaciones. Trató de hacerlo de manera discreta, ya que era consciente de
que no muchos compartirían sus predicciones y sería tachado de loco.
Sus elucubraciones comenzaron porque Mario no podía creer que una civilización como la maya, con un dominio tan avanzado de la agricultura, la arquitectura y
la economía pudiesen no tener, al menos, parte de razón. Una sociedad que no sólo era capaz de medir el movimiento de la tierra, sino el del sistema solar entero e
incluso el de toda la galaxia con una precisión igualada sólo cientos de años después gracias al cálculo con los ordenadores más potentes, muy bien podrían saber algo
que nuestros coetáneos desconocían.
Esta incertidumbre hizo que mi tío abuelo, investigase más sobre esta y otras extintas civilizaciones llevándole a la búsqueda e indagación, no sólo de las teorías
establecidas y aceptadas de los autores más afamados, sino también de otros estudiosos considerados más visionarios que científicos, adentrándose en teorías apócrifas
que nos legaron las sociedades antiguas y los mecenas de “teorías conspiracionistas”.
Cuanta más información recababa, más consciente se volvía de la verdad que entrañaban los mensajes de estas increíbles culturas y de estos repudiados
científicos. Confirmó además que otras culturas: tales como los hindúes y los árabes, coincidían en la creencia de un cambio de era, un nuevo ciclo de la humanidad que
pronto se avecinaría. De todo ello extrajo su propia conclusión, una teoría que condicionaría el resto de sus acciones futuras.
Después del especial sobre la profecía de “los Mayas” de aquel mencionado programa “Cuarto Mileno” en el que se explicaba el fin del calendario de éstos como
un cambio de era en la que los humanos serían castigados por sus pecados o premiados por sus virtudes, Mario se preguntó ¿qué acontecimiento cercano a esa fecha
sucedió en el mundo que pudiera desencadenar cualquiera de los dos supuestos y que afectase al planeta entero y a sus habitantes?
Comenzó a investigar, consultó en las hemerotecas sobre grandes y pequeños acontecimientos, leyendo con avidez artículos de numerosos periódicos y revistas.
Mario se empapaba de los telediarios, documentales, y recorrió miles de páginas de la gran red mundial del conocimiento de la época, llamada “Internet”. Hubo de mirar
e investigar, descartando aquellas que aunque pareciesen importantes no afectasen a todo el conjunto de la humanidad, o que, aún afectándoles, no coincidiesen con los
preceptos de los mayas.
De entre todas ellas, una muy concreta le llamó la atención por dos aspectos fundamentales: ésta afectaba no sólo a todo el conjunto de seres humanos, sino a la
vida en el planeta en toda su extensión, además de haber sido una noticia difícil de encontrar, ya que pese a su vital importancia apenas tuvo repercusión. Era extraño
que algo tan grave no fuese mencionado nada más que en breves y recónditas columnas en los periódicos digitales y que fuese ignorado en las ediciones impresas de las
demás publicaciones. Quizás esta ocultación fuese debida a la vergüenza que les produjo a los protagonistas de la noticia el saber que pese a sus, supuestos, esfuerzos y
a sus, supuestas, buenas intenciones, fracasasen en sus propósitos y una parte de su mente inconsciente supiese que ese fracaso condenaría a la humanidad. O fuese
quizás debido a que la supuesta inquebrantable e incorruptible verdad que promulgasen los periodistas no era tal, y debían sumisión y servilismo a quienes pagaban sus
sueldos, los dueños de las empresas que no sólo controlaban la información sino que además eran culpables del problema.
Resulta que a principios del mes de Diciembre, a unos pocos días de la fecha marcada, y durante dos semanas, se celebró en Qatar, la cumbre climática mundial
sobre el protocolo de Kioto. Este acuerdo pretendía obligar a 35 naciones industrializadas a reducir las emisiones de gases de efecto invernadero en un 5,2% de media
durante el periodo que iba desde el año 2008 hasta el actual 2012, con respecto a los niveles que se emitían en 1990 (año de la primera reunión). El acuerdo de Kioto
finalizaba con el cambio de año y de no llegarse a un acuerdo se daría por finalizado el único consenso mundial para recortar el imparable crecimiento de emisiones que
recalentaban el clima planetario.
En esta nueva oportunidad para enmendar el mal hecho hasta ahora, tampoco se consiguió un acuerdo global y lo único que se pudo hacer fue posponer los
tratados para una nueva reunión en al año siguiente. De todas formas tampoco hubiesen conseguido gran cosa ya que al parecer los únicos que estaban por la labor de
realizar algún cambio eran la Unión Europea, Australia y algún otro país, quienes sólo suponían el 15% de las emisiones mundiales.
Países tales como Rusia, Japón y Canadá decidieron ignorar estos acuerdos desde hacía tiempo, Estados unidos nunca lo llegó a firmar y naciones emergentes
como China, India y Brasil todavía no habían sido incluidas en la firma de los tratados. Además muchos países, incluidos los mencionados anteriormente, se habían
negado rotundamente a establecer fechas concretas para cumplir sus compromisos, debido a la crisis económica que padecían. De hecho, la crisis supuestamente les
¿obligaría? más adelante, a aumentar el consumo de hidrocarburos para incrementar las producciones y fomentar la economía, cosa que les sacaría de la crisis pero que
les abocará a un mundo para el que nadie estaba preparado.
Los científicos de muchas organizaciones ecologistas, e incluso los propios asesores de muchos de los gobiernos involucrados, llevaban años avisando de las
consecuencias que tendría el calentamiento global provocando entre otras cosas el deshielo de los casquetes polares, la subida del nivel del mar, tormentas, tifones,
huracanes e inundaciones cada vez más virulentas, al igual que sequías, y alteraciones en las estaciones anuales y en los ciclos vitales de plantas y animales. Desde luego,
lo peor era que llegaría un momento en el que se cruzaría el punto de no retorno, es decir, un día en el que ya no existiese solución por mucho que la humanidad se
esforzase en intentar arreglar lo que no supo o no quiso enmendar cuando tuvo la oportunidad.
Aquel día de “no retorno” fue el ocho de diciembre del año 2012. Ese fue el día en el que ninguno de los países del mundo se puso de acuerdo y en el que todos
decidieron proteger su presente particular en vez de salvaguardar el futuro global. En los meses siguientes se llegó al punto crítico de concentración de gases de efecto
invernadero en la atmósfera y comenzó un efecto dominó de fatales consecuencias. Los mayas nos intentaron avisar e hicimos oídos sordos, sus dioses podían
premiarnos por nuestro buen hacer o castigarnos por nuestra avaricia. En esta ocasión, de las dos opciones que nos presentaron, los humanos ya habíamos escogido y
nuestras futuras generaciones habrían de sufrir por nuestra fatal elección.
Mario no había sido el único que anticipó el futuro, de hecho, lo único que hizo fue hurgar en teorías que otros científicos y estudiosos ya habían intentado hacer
públicas. Algunos, entre los que existían catedráticos de renombre, e incluso personas que una vez fueron parte del problema y ahora se posicionaban del lado de la
tierra como Al Gore, ya se atrevieron a pronosticar los sucesos que más tarde surgieron, mi tío abuelo simplemente unió los cabos sueltos dándose cuenta de las
consecuencias que producirían las décadas de inconsciencia y despilfarro que la humanidad había vivido.
La gran mayoría de las predicciones sobre el calentamiento global hablaban de una subida moderada del nivel del mar debido al deshielo de una parte de los
casquetes polares. Se pronosticaban el aumento de las sequías por todo el planeta, la desertización, la extinción de muchas especies, principalmente aquellas que vivían
en zonas frías. La escasez de agua produciría su encarecimiento e incluso guerras por el control del preciado líquido. Y quizás este sería el problema, pero sólo era el
principio,
Mario había leído algunos artículos sobre efectos similares en el pasado y creía que la disminución de hielo de glaciares vertería millones de litros de agua dulce
en los mares y esto produciría un cambio en la concentración salina. Este cambio, a su vez, causaría una modificación en las corrientes oceánicas, permitiendo que
aquellas que fluían de las zonas polares llegasen hasta zonas muy alejadas, llevando consigo olas de frío extremo por todo el planeta. Esto además favorecería la creación
de enormes huracanes que serían alimentados por esas corrientes y que podrían durar semanas e incluso meses, absorbiendo el frío de las capas superiores de la
atmósfera, inundando el mundo con tormentas de nieve y sumiéndonos en una nueva era glaciar. Una nueva edad de hielo. Lo que realmente nos sucedió fue mucho más
terrible y devastador de lo que pronosticaban incluso los más pesimistas.
Pocos sabían, o mejor, pocos creían que esa teoría fuese cierta. La arrogancia del ser humano en aquel comienzo de siglo, y también durante toda su historia,
ha sido casi infinita. Asumían que su tecnología e inteligencia les protegerían ante cualquier cataclismo, sin darse cuenta que fue precisamente el abuso de esa tecnología
y su tan venerada inteligencia las que les arrastraban sin remedio a la peor de las predicciones.
Los científicos y eruditos de la época eran conscientes de que una serie de coincidencias podría desencadenar un efecto dominó, por lo que bastaba con eliminar
una de las piezas para interrumpir la cadena de acontecimientos. De lo que no se dieron cuenta fue, de que ya era demasiado tarde para eliminar o controlar la única
variable de esa cadena sobre la que el ser humano tenía poder, y mucho menos imaginaron que las consecuencias de nuestra inconsciencia se desarrollaran de manera tan
repentina y brutal.
En pocas décadas, el mundo que conocíamos pasó a ser otra página de la historia y comenzó una nueva era, una oportunidad de aprender de errores pasados y
enmendar los pecados que nos llevaron a este blanco mundo. Pero nada más lejos de la realidad, no sólo no aprendimos sino que apareció la parte más vil y oscura del
alma humana para apoderarse de lo poco que quedaba de lo que una vez fue una sociedad avanzada.
Este viejo planeta ya había vivido cinco grandes extinciones a lo largo de su deambular por el espacio, pero quien le iba a decir que la sexta fuese provocada por
uno de sus mayores logros evolutivos, quién podía pensar que un solo organismo acabaría con prácticamente todos los demás seres vivos. Aunque basta con mirar hacia
atrás y ahondar en la breve historia de los hombres para darse cuenta de que un ser que destruye a sus semejantes por motivos poco o nada justificables y que se
empeña constantemente en poseer y dominar, a cualquier precio, todo lo que le rodea, tarde o temprano terminaría por destruir cualquier cosa que estuviese en su
camino. Sólo era cuestión de tiempo.
La vida permitió que yo tuviese la oportunidad de esquivar la ferocidad del nuevo mundo, en gran parte debido al visionario de mi tío abuelo, aunque después de
oír sus historias sobre las grandezas y vilezas del ser humano dudo mucho que merezcamos ese privilegio, y menos aún de que seamos capaces de aprender de nuestros
fallos.
Durante muchos años la humanidad se empeñó en buscar planetas como la tierra a distancias imposibles de recorrer y se olvidaron por completo de cuidar el
único en el que se sabe que hay vida y es además en el que está su hogar. Para enviar sondas exploradoras gastaron cantidades obscenas de dinero y quemaron millones
de litros de combustibles fósiles que contaminaban más aún la tierra, menuda ironía, pretendíamos conquistar otros mundos y con ello ayudamos a destruir el nuestro.
Lo que os voy a relatar a continuación fue lo que nos transmitió mi tío abuelo en sus diarios a mi primo y a mí, ya que la historia que los “consejeros” han
contado a los ciudadanos sobre cómo el mundo cambió es bastante distinta. Estos eran unos diarios que he mantenido escondidos y que ahora incluyo en mi relato para
que todo el mundo sepa qué fue lo que realmente ocurrió y quién fue el verdadero causante de lo que aconteció.
CAPÍTULO 3 “Las guerras del agua”
”Una vez agotada el agua del planeta,
Ni lágrimas tendremos para lamentarnos”
Hermes Varillas Labrador
En los meses posteriores a aquel 21 de diciembre del año 2012 los líderes políticos cambiaron su estrategia económica para intentar frenar la gran crisis que
asolaba prácticamente la totalidad de los países industrializados. Después de unos años de recortes presupuestarios y de guillotinar los salarios de los pocos
trabajadores a los que no rescindían los contratos en multitudinarios despidos y cierres de empresas, se hizo caso, por fin, a las voces de expertos y economistas,
quienes venían diciendo durante mucho tiempo atrás que la solución no estaba en las políticas de austeridad y recortes, sino en incentivar con ayudas y subvenciones,
inyectando dinero y recursos. Así se hizo y comenzó a mejorar la situación económica a nivel global. Los países invertían en grandes obras de infraestructuras que
empleaban a miles de trabajadores y a su vez fomentaba la creación de empresas para abastecer aquellas obras.
Poco a poco se retornaba a la situación de los antiguos años de bonanza donde muchos tenían una vida cómoda, volviéndose a relajar las conciencias. Pero toda
esta actividad industrial volcó cantidades exorbitadas de toneladas de gases adicionales de efecto invernadero a la atmósfera durante aquellos años de recuperación
económica. Algunos argumentaban, en defensa de las humeantes fábricas que los animales producían más emisiones que la tecnología. Esto era bastante cierto, pero eran
los miles de millones de cabezas de ganado repartidas por el planeta, para alimentar a los 7,000 millones de humanos quienes causaban esas emisiones, no los animales
libres quienes mantenían un equilibrio con el resto del planeta.
Para más casualidades en las cercanías del verano del año 2016 se produjo el punto máximo de actividad solar, la cual se esperaba en el 2012, según los ciclos
anteriores, pero que sin embargo se produjo justo en aquel momento con unos años de retraso y justo cuando menos se necesitaba.
El deshielo de los glaciares y de los casquetes polares se hizo mucho más evidente desapareciendo bellos parajes por completo como el glaciar “Martial” o
“Perito Moreno” de Argentina, o la reducción a la mitad del enorme Glaciar chileno “Pio XI”. La fractura en bloques de la colosal lengua glaciar de Groenlandia
“Petermann” creó decenas de icebergs del tamaño de la isla de Manhattan. El retroceso de varios metros en los hielos y banquisas de las costas antárticas permitieron
apreciar, por primera vez en siglos, la piel rocosa del continente austral, oculta durante milenios por un blanco perpetuo. Ahora se nos desnudaba con su oscura tez.
Tanto hielo derretido tenía que ir a algún sitio, y comenzó a notarse precisamente cuando la mayoría disfrutaban de la época estival, tiempo que se suele dedicar
al disfrute de los baños y paseos por playas y calas de fina arena. Esas playas que comenzaban a reducirse de manera notable, unos pocos centímetros en la inmensidad
de los océanos se traducen en muchos kilómetros de playas desaparecidas.
Las alarmas comenzaron a saltar realmente al finalizar el verano cuando se alcanzaron más de cincuenta centímetros en la elevación de los mares y muchos
embarcaderos, puertos, playas, calas y marismas a lo largo y ancho del planeta iban siendo, poco a poco, engullidos por las aguas.
Algunas naciones estaban acostumbradas a lidiar con las bravas aguas marinas, sus territorios siempre habían estado por debajo del mar, como Holanda con sus
magníficas obras de ingeniería que les permitían no ser sepultados por el océano, o los londinenses, que mediante complejas exclusas a los largo del Támesis controlaban
las amenazantes mareas, e incluso Venecia que en determinados meses del año veían sus calles inundadas pero que lejos de preocuparles lo habían convertido en una
atracción turística.
Pero la situación comenzaba a ser preocupante, ya no bastaban los diques holandeses, ni las barreras del Támesis de la regia Inglaterra, y Venecia era ya un
constante “charco”
Los humanos, conscientes del problema, pero cegados por su egocentrismo comenzaron faraónicas obras de ingeniería para controlar un planeta al que creían
poder dominar. Increíbles muros de diez y quince metros de altura fueron construidos a lo largo de los puertos y ciudades costeras más importantes, diques de varios
kilómetros rodeaban bastas extensiones para impedir la entrada del mar a los continentes y a las islas, canalizaciones de drenaje desviaban las aguas en serpenteantes
ríos hechos de hormigón hacia zonas sin población o sin relativa importancia económica, destruyendo parajes y hábitats de especies que no tuvieron la oportunidad de
defenderse de la furia del planeta ni de la inconsciencia de los humanos.
Durante los meses siguientes a ese verano de inusitado calor, las máquinas y los obreros trabajaban sin descanso para frenar al implacable y creciente mar. El
trabajo y el dinero corrían por los bolsillos de todos de manera casi obscena. Tanto dinero se tradujo en un aparente bienestar económico que convirtió a la mayoría en
despreocupados ciudadanos sobre el mañana y en voraces consumistas del hoy. Más gasto, más trabajo, más industria y más contaminación. Una cadena, ahora ya
imparable que estrangulaba la existencia de la vida en la Tierra y de la que pocos eran conscientes, o no querían serlo.
Es posible que el destino hace tiempo hubiese escrito el fin de los humanos en la tierra, pero lo que estaba muy claro era que los propios humanos le dieron el
papel y la pluma para que lo escribiese.
Estas obras gigantescas eran muy propias a lo largo de toda la historia de la humanidad, ya que eran ideales para hinchar su enorme ego colectivo, pero además
era habitual que en vez de ver los problemas y solucionarlos antes de que ocurriesen, se dedicaran a remendar con parches sus incompetencias y errores, empeorando,
en muchos casos, la situación o creando nuevos problemas.
Los ingenieros, arquitectos y demás cerebros “cum lauden” habían diseñado en un tiempo record, los colosales proyectos que mantendrían a salvo las ciudades
costeras. Sin embargo su visión limitada y sus estrechas mentes, les hizo pensar que el mar apenas subiría unos pocos metros y que, por supuesto, su increíble ingenio e
inteligencia les daría la ventaja en la guerra contra el implacable “Poseidón”.
Acaso ¿No habíamos aprendido nada del pasado? En otras ocasiones ya habíamos robado al mar lo que por derecho le pertenece o intentado controlar a nuestro
beneficio el curso de los ríos. Esto había desembocado en enormes catástrofes como la que el Huracán “Katrina” había provocado en el año 2005 en las costas del
Sureste de los Estados Unidos.
Las aguas seguían subiendo y en la primavera del año 2018 ya superaba los cuatro metros y varias zonas de la tierra eran tragadas por el mar, pero cuando en el
otoño de ese mismo año y con sólo una cuarta parte del hielo derretido, la subida de los mares alcanzó los 8 metros, empezaron a surgir voces alertando de que quizás
las obras de ingeniería no serían suficientes para controlar la devastación que se avecinaba. Los mapas costeros eran ya irreconocibles y muchas islas y zonas bajas de
los continentes eran ya propiedad del mar. Lo mismo sucedía con las desembocaduras de muchos ríos, ahora ya parte de los océanos, y cada vez más metros de agua
salada se filtraban río arriba a medida que los hielos derretidos volcaban más agua al gran azul.
Además de las enormes construcciones para controlar la crecida de los mares, se retomaron entonces ingeniosas ideas de algunos científicos iluminados, quienes
aseguraban poseer la panacea milagrosa que revertiría todos los males producidos por el cambio climático. Alrededor de todo el planeta surgieron proyectos, a cada cual
más extraño o disparatado, tanto que en otros tiempos hubiesen condenado a sus autores a la hoguera o, en el mejor de los casos, al exilio, pasando a formar parte del
nutrido elenco de nombres tachados de locos, visionarios, herejes, pero que en estos momentos eran encumbrados como mentes preclaras y brillantes.
Pero como de costumbre, en vez de tomar acuerdos y decisiones conjuntas, cada país o incluso grupos empresariales, convencidos de que su idea era la solución,
y quizás en busca de salvar el planeta y obtener con ello el reconocimiento del resto del mundo y, seguramente, enormes reportes económicos, decidieron hacer, de
manera independiente, aquello que consideraron correcto. Muchas de estas soluciones fueron hace apenas media década, cuando comenzaban a pensarse en estos
alocados o por lo menos extraños proyectos, advertidas por el IPCC (Panel Intergubernamental sobre Cambio Climático) por su alto riesgo de “desconocidos” efectos
secundarios, pero esas advertencias eran ahora desoídas por el terror que comenzaba a apoderarse de la gente, siendo financiadas para su ejecución inmediata a la
desesperada.
En los Andes Peruanos se comenzó un proyecto que consistió en pintar de blanco varios miles de millones de metros cuadrados de montañas con el fin de
reflejar la radiación solar. Esto pretendía evitar que las rocas absorbiesen el calor bajando con ello la temperatura global. Esta original idea, intentada por un ingeniero
peruano, no pudo continuar, por que cuando lo propuso, hace tan sólo cuatro o cinco años, fue desestimada por su elevado coste pese a que demostraba su eficacia.
Por su parte los norteamericanos creyeron que inyectando dióxido de azufre en la estratosfera junto a otras partículas reflexivas conseguirían que gran parte de la
luz solar no llegase a la tierra. Esperaban así conseguir enfriar la temperatura global del planeta, como se había observado que sucedía con las grandes erupciones
volcánicas. Para emular este efecto, enviaron aviones con toneladas y toneladas de estos productos a las capas altas de la atmósfera.
Los británicos dedicaron sus esfuerzos y millones de libras en el proyecto “Spice” llenando los cielos con agua de mar y una solución azufrada a fin de
multiplicar la cantidad de gotas de agua en las nubes y aumentar así su capacidad de reflejar los rayos del sol. Además retomaron los estudios realizados en los años
“60” del siglo anterior sobre una molécula llamada “birradical Criegee” que posee la particularidad de reaccionar con los gases de efecto invernadero creando espesas
nubes y aumentando por tanto la refracción de la luz solar.
En la gran y emergente India, con el beneplácito y el apoyo de otros cuatro países más, se creó el proyecto “Lohafex”. Este es un nutriente o super-abono para
el plancton que le hace crecer rápidamente. Con este crecimiento masivo pretendían absorber el Dióxido de Carbono del aire, ya que este es necesario para la
alimentación de las microscópicas plantas marinas, mediante la fotosíntesis, reduciendo el porcentaje en la atmósfera y por lo tanto suprimiendo el efecto invernadero
de éste nocivo gas.
Los europeos se dedicaron a construir, concretamente en España, fábricas de captación de CO² directamente de las chimeneas de las industrias o de la propia
atmósfera. El gas era acumulado en minerales o en forma líquida, en bidones estancos y arrojados, después, a zonas muy profundas del océano donde la propia presión
del agua evitase que pudiese volver a ascender.
Otros países invirtieron en la repoblación masiva de árboles, ya que estos absorben dióxido de carbono en su proceso fotosintético y lo fijan en sus troncos
evitando así su proliferación en el aire. Pero con una serie de árboles seleccionados y manipulados genéticamente a fin de obtener un crecimiento muy rápido y una
mayor captación del letal gas.
Y muchos otros países y empresas seguramente realizasen sus propias fórmulas mágicas que muy probablemente no lleguemos a descubrir jamás, bien por la
vergüenza que provocaría en ellos el que se descubriera su participación en la más grande de las catástrofes conocidas por nuestra especie o bien porque en breve no
quedaría nadie de aquellos locos alquimistas de la “geotecnología” a quien preguntar cuál fue su particular aportación en aquella barbarie genocida.
Estos nuevos intentos tardarían aún algún tiempo en poder ser desarrollados y poder ser aplicados, por lo que se ampliaron los kilómetros de muro de
contención y su altura, hasta los 20 metros, con una anchura por la que se podría construir una autopista de tres carriles en cada sentido. Se aceleraban las obras
empleando a más y más trabajadores durante otros años más. Estábamos ya en el principio de aquella tercera década de este siglo XXI, con los gigantes de hormigón
prácticamente terminados, donde la mayoría de los habitantes de las ciudades protegidas confiaban en la solidez y protección de ese nuevo paisaje gris, y siguieron con
su vida cotidiana a salvo del acoso del mar. Otros no podían permitirse emigrar por cuestiones familiares, económicas o laborales, pero unos pocos decidieron buscar un
hogar en zonas altas del interior, lejos del olor a salitre y de los graznidos de gaviotas y cormoranes.
Es cierto que aquellas moles de piel de cemento y esqueleto de acero parecían sólidas y gigantescas vistas desde las ciudades. Cuando se observaban desde el
mar, o desde la lejana paz del espacio, apenas parecían unas delgadas líneas de color gris que bien podrían haber estado hechas de papel o cartón. Su tamaño relativo era
cada vez más pequeño a medida que el mar continuaba subiendo metro a metro.
Con cada mes la subida era más rápida, porque cuanto más hielo desaparecía más tierra y roca quedaba al descubierto, absorbiendo más calor con lo que se
aceleraba todo el proceso de deshielo.
La temperatura media del planeta había subido 6 grados centígrados en los últimos años, pasando de 14,05 grados centígrados en la primera década del siglo XXI
a los 20 grados de este principio de la tercera. Esto significaba que algunas partes de la tierra eran ya completamente inhóspitas con calores extremos en los que el agua,
la vegetación y la vida en general, habían desaparecido. Crecieron las zonas desérticas y mucha gente abandonaba las zonas tropicales en busca de climas más templados,
sobre todo en las ciudades costeras donde, la construcción de los diques marinos, aseguraban el trabajo y el dinero.
Los habitantes que poblaban las orillas del mar crecieron de manera vertiginosa, se calcula que por aquellos años de bonanza económica llegaban a los 5.000
millones de almas, aproximadamente el 65% de la población del mundo que era ya de 8.000 millones.
El aumento de temperatura y la despoblación de algunas zonas, ahora desérticas o semi-áridas, abarató el coste de esas tierras a precios casi simbólicos, Mario
aprovechó esa circunstancia para hacerse, poco a poco, según iba haciendo dinero, con varias hectáreas de terreno entre el continente africano y el asiático, abarcando
zonas tanto en el sur de Israel como del Noreste de Egipto.
Escogió este lugar por tres motivos fundamentales, el primero, que al estar situado en una zona tan próxima al ecuador estaba quedando deshabitada por el
sofocante calor que azotaba aquellos páramos, el segundo es que, en función de sus predicciones estaban lo suficientemente en el interior como para que la subida de los
océanos no le afectasen. De hecho, la parte sur de la península de Sinaí y la Alta Galilea estaban a cientos de metros sobre el nivel del mar. Mario calculaba que estos
parajes quedarían ubicados en una zona templada cuando viniese su predicha era glaciar. Además, su madre y el marido de ésta vivían cerca de esta zona varios meses al
año, por lo que mi tío abuelo tenía conocimiento de primera mano de las ofertas terrenos en venta, ya que había familia haciendo las veces de intermediarios para él.
Poco a poco a medida que más y más personas abandonaban el interior en busca de las zonas costeras, Mario iba adquiriendo más terrenos inhóspitos. La
mayoría de la gente de su entorno no comprendía su empeño en apoderarse de aquellos lugares de calores sofocantes de los que todo el mundo se apresuraba en
deshacerse. Su incredulidad aumentaba ya que casi todos creían en que la catástrofe climática iría a peor, cada vez más calor, cada vez más desierto, cada vez menos
agua. Sin embargo, fue así que Mario salvó a su familia más directa, con mucho sigilo, no dando nada de publicidad sobre sus proyectos.
Mi tío abuelo no sólo compraba hectáreas de tierra baldía y seca, sino que en ellas construía enormes invernaderos, con sólidas estructuras en forma de cúpulas
capaces de resistir las fuertes tormentas de arena que cada vez eran más violentas y frecuentes. Estas estructuras estaban dotadas de sofisticados sistemas de energía
solar, eólica y riego de máximo ahorro de agua. Esto no resultaba muy complicado de conseguir ya que, al escoger Israel, tuvo fácil acceso a la tecnología más avanzada y
moderna respecto a los sistemas de riego eficiente y energías alternativas.
Mi muy emprendedor tío abuelo también creó una pequeña empresa de recogida selectiva de residuos orgánicos prestando servicios en los pueblos, empresas y
ciudades cercanas. Esto no sólo reportaba unos moderados beneficios, a mayores de sus otros negocios, sino que le permitía compostar su propia materia orgánica como
abono y substrato para los invernaderos.
Una de las personas que más ayudo a mi tío abuelo en su alocado proyecto desértico fue Izan, el primo de mi madre. En realidad él no comprendía demasiado
bien los recónditos propósitos de Mario.
Izan se había ido a estudiar a los Estados Unidos, persiguiendo un amor de pre-adolescencia que convirtió en el amor de su vida, y de la que ahora sigue
felizmente enamorado. Influido de manera subliminal por Mario, Izan escogió los estudios de ingeniería, especializándose en energías renovables y su aplicación en
invernaderos.
También influenciada por Mario, mi madre Ana eligió la medicina en vez de su primera vocación, el magisterio. A Izan los invernaderos le sirvieron como
prácticas para sus últimos años de carrera y posteriormente como una muy buena experiencia laboral con la que sumar puntos al buen currículo que tenía por la
excelencia de sus notas. Pero mi tío abuelo también aprendió y se enriqueció de su sobrino, ya que con él comprendió la importancia que el selenio y el silicio tenían
para la industria fotovoltaica. Armado con esa información, dedicó parte de su capital a comprar estos minerales, almacenándolos a buen recaudo e investigando sobre
su uso y aprovechamiento eficiente
Pasaban meses de calma tensa. El mar seguía trepando de manera sigilosa por los muros, mientras al otro lado la gente mantenía su feliz y bendita ignorancia,
quizás inconscientes o quizás conscientes del peligro que se avecinaba desde el otro lado del horizonte gris.
Muchos seguían con sus alegres vidas estimuladas por los buenos ahorros y beneficios que se produjeron en esos años de bonanza económica ajenos a las
subidas de temperatura y del mar. Vivían refugiados en sus aires acondicionados, sus bebidas refrescantes, y sus casas aisladas, engañados también por la propaganda
constantes con la que eran bombardeados sobre los muy avanzados proyectos que les devolverían su templado y agradable clima de principios de siglo y que harían
retroceder a su ser al amenazante océano. De esta manera pensaban que podrían regresar a sus vidas de relajada conciencia, sin preocuparse de las consecuencias de sus
actos ni de sus derroches. Soñaban que volverían aquellos días pasados en los que se podían contemplar anaranjadas y violetas puestas de sol, o cálidos amaneceres
desde las ventanas de los edificios junto a la playa. Recordaban nostálgicos a los paseos marítimos, las terrazas de los bares junto al litoral, saboreando una cerveza
fresca o un aromático café.
La realidad de ahora era la oscuridad, la sombra y la tristeza. Las antiguas playas habían sido sustituidas por las grises murallas de cemento. Las amenas y
turísticas costas, los veranos en los que se podía pasear a media tarde por kilométricos paseos marítimos en muchas ciudades o por los pueblecitos costeros, en los que
te podías deleitar en las lonjas con los frutos del mar recién pescados cada mañana, todo ello ahora cosa del pasado. Pueblos, ciudades y playas sumergidos como los
míticos atlantes.
Algunas naciones costeras, sin suficientes recursos económicos, considerados el tercer mundo, se vieron obligados a solicitar ayuda a los países ricos para
financiar la construcción de muros que salvaguardasen sus territorios. Esto endeudó más sus frágiles economías, siendo más siervos, si es posible, de las adineradas
primeras potencias.
Otros, en cambio, pese a sus opulentas arcas, no podían combatir contra la implacable naturaleza. Países como Holanda y Japón tuvieron que solicitar asilo a
sus vecinos a cambio de abusivas condiciones. Muchos otros perdieron gran parte de sus terrenos, aquellos que estaban a pocos metros del nivel de mar, pero pudieron
realojar a sus habitantes en zonas del interior o en ciudades cuyos altos y escarpados acantilados les ofrecían una protección natural frente al indómito océano.
La geografía del mundo era ahora bien distinta a la que Mario estudió en sus años de colegial. Ya nada era ni ligeramente parecido, la fisionomía de la tierra había
modificado su aspecto, tornándose cada vez más azul a medida que seguía subiendo el nivel de los océanos.
España había perdido prácticamente todo el Sur y el Levante, Italia se reducía a un estrecho hilo de tierra, Holanda desaparecida por completo y Bélgica es la
mitad de los que un día fue. Londres prácticamente era un cenagal salado, los valles europeos del Rin y de Danubio habían corrido similar suerte. En los estados Unidos
ya no quedaba resto del inmenso valle del Mississippi, sepultando ciudades de incalculable valor musical como New Orleans, tragándose su centenaria cultura Cajún.
De Japón prácticamente quedaba su mítico volcán asomando entre el gran azul, como si de la nariz del nipón país se tratase, esforzándose por respirar sus últimas
bocanadas de aire antes de ser totalmente ahogado.
Tantos y tantos países desfigurados, tantos y tantos litorales anegados, tantas y tantas vidas desplazadas y sin embargo no fue lo peor de aquellos tiempos.
La desertización, la casi total ausencia de precipitaciones de algunos lugares, el asfixiante calor, el consumo desmedido de una población en constante
crecimiento, la contaminación de los acuíferos por la crecida de los mares que los transformaron en inerte agua salada, y la desaparición de las reservas de agua dulce de
los glaciares y ríos, habían convertido a este líquido y vital elemento en el recurso más valioso. Estrictos racionamientos se imponían por todo el planeta, los precios del
litro de agua alcanzaron cifras más propias de artículos de lujo que de un recurso natural y vital. El control por este, cada vez más escaso, recurso hídrico se había hecho
imperante para cualquier país. Era necesario, no sólo para abastecer a sus sedientos ciudadanos, sus cultivos y ganados y sus industrias, sino también para comerciar o
dominar al resto de estados.
Comenzaron entonces “Las Guerras del Agua” que continuaron hasta prácticamente los días previos a la devastación. Ejércitos con poderosa maquinaria militar
protegían los pocos pozos, fuentes, manantiales o cualquier acumulación de agua potable. Incluso enormes cargueros, escoltados por poderosos destructores navales y
fragatas de combate, surcaban los mares en busca de los icebergs a la deriva, restos de aquellos enormes glaciares que una vez poblaron parte del planeta. Mientras unos
defendían su preciada posesión, los demás intentaban conquistar los bastiones que protegían aquellos escasos reductos de agua vital.
Ya no existían alianzas militares que en otro tiempo salvaguardaban intereses comunes, o que protegían, según ellos, la paz y la dignidad de los inocentes, como
la OTAN o la ONU. En aquellos años cada país defendía sus propios intereses incluso se pagaban fortunas a mercenarios capaces de cualquier cosa por un buena
recompensa, los únicos acuerdos se ceñían a propósitos muy concretos que se rompían después de conseguir esos proyectos. En muchos casos nacía un nuevo conflicto
entre los que, poco tiempo antes, habían sido socios.
Las guerras por el preciado líquido no eran algo nuevo, ya en los inicios de ese siglo habíamos tenido grotescos y vergonzosos ejemplos de dominación y abuso
para controlar los recursos hidrológicos, algunas veces excusados en guerras civiles, como el eterno conflicto de Siria y que por supuesto aún continuaron hasta bien
cercana la catástrofe, acrecentadas por la mala gestión y el poco cuidado de este recurso vital.
Otras comenzaron como tensas relaciones e intentos por llegar a acuerdos de beneficio mutuo, que, claro está, no llegaron a buen puerto, transformándose en
cruentas guerras que habían provocado millares de muertos y decenas de miles de desplazados, dejando imágenes dantescas y traumas incurables en la mente de quienes
tuvieron el horror de participar en ellas.
Por todo el mundo existían conflictos por hacerse con el control de los escasos lugares donde el agua no había desaparecido. Dos eran los más importantes,
además de la mencionada guerra en Siria.
En el continente africano tuvo lugar una enorme conflagración militar por el control de Nilo, por una parte Sudan pretendía controlar y comerciar con el agua de
este caudaloso río y poder abastecer sus pozos petrolíferos y sus minas de cobre. Disponían del apoyo de los cascos azules de la ONU, lo que en otro tiempo se
consideraba una fuerza de paz internacional, era en esos tiempos el brazo armado de los intereses de Wall Street y de la City de Londres. En el otro bando se encontraba
Egipto, quien dependía enteramente del suministro de agua del Nilo para todos los aspectos de su economía. No estuvo dispuesto a pagar por algo que consideraba
suyo desde tiempos inmemoriales, y que ya sus faraones de épocas pasadas adoraban como a un dios. Con el apoyo del poder bélico de Rusia, la eterna rival de EEUU,
la dureza y atrocidad de la guerra estaba asegurada.
Otra guerra que enfrentó a dos gigantes, hermanos de continente y que sin embargo estaban separados por un abismo cultural y por el intento de controlar el
acuífero más grande del planeta. Estos Caín y Abel no eran otros que los Estados Unidos y la Federación Sudamericana Mercosur, en otro tiempo un montón de países
desavenidos. Esta última poseía un tesoro bajo sus pies de incalculable valor en aquellos tiempos, el acuífero Guaraní. La sedienta Norteamérica estuvo durante muchos
años intentando hacerse con el control “legal” mediante acuerdos con unos u otros países latinoamericanos, evitando que se unieran y poder así gestionar el uso de aquel
reservorio de agua de 1´2 millones de kilómetros cuadrados. Suficiente para satisfacer las necesidades de la sedienta USA y con excedentes aún con los que comerciar a
abusivos precios con los yermos países que ese clima había creado.
Tantas miles vidas de inocentes civiles y de jóvenes soldados, arrastrados a la guerra con propaganda que les vendía una causa honorable por la que luchar. Pero
la realidad de aquellas matanzas era bien distinta y los motivos que impulsaban a los promotores de aquellas batallas veían las muertes desde su despacho sin pena ni
vergüenza, más bien como beneficios por librarse del excedente humano y por alimentar sus fábricas armamentísticas.
Vista la imposibilidad de que los seres humanos llegasen a acuerdos beneficiosos para todos, y que su única herramienta de diálogo parecía la guerra y la
dominación, pareció que la madre naturaleza se encargó personalmente de resolver aquellos conflictos, intentando devolvernos un poco de humildad y mostrando que en
realidad somos como insectos ante una bota cuando nos enfrentamos a GEA, nuestra madre tierra. Mi tío abuelo siempre decía que a pesar de las infinitas lecciones que
la naturaleza nos enseñara, el orgullo y la soberbia del ser humano nunca nos dejarán evolucionar.
CAPÍTULO 4 “¿El Fin Del Mundo?”
“Produce una inmensa tristeza pensar que la naturaleza habla mientras el género humano no la escucha”
Víctor Hugo
El inexorable tiempo marcaba los días en el calendario mientras el salitre hacía lo propio en las barreras marinas de hormigón, cada día un cuadro más en el
calendario y una raya más alta en el muro.
El mes de diciembre del año 2031 fue testigo de las últimas navidades que la humanidad pudo disfrutar. Unas fechas que solían caracterizarse por el frío y la
nieve en muchos países habían ahora cambiado radicalmente. En las otrora zonas templadas del hemisferio norte el clima era ahora más propio de finales de primavera,
con altas temperaturas, cielos despejados y días claros y soleados. En los campos, que antes “de los cambios” habían sido floridos y sembrados de brotes y retoños,
ahora los verdes prados y bosques eran secarrales, vastos páramos yermos. En el hemisferio sur, los campos, eran también pasto del sofocante calor más propio de los
desiertos.
A partir de aquel momento el mundo, tal y como había sido hasta entonces, se tornó tan violento como extraño. Se marcaron dos épocas tan distintas entre ellas
que parecían pertenecer a planetas diferentes. Familias, amigos, compañeros y demás vecinos, festejaron esas fechas llenas de regalos, cenas y tertulias sin sospechar
que posiblemente no volvieran a ver a la persona con la que en ese momento compartían mesa. Muchos de ellos incluso brindarían alegremente con vino, cava o
champán, hasta adquirir el característico brillo en los ojos que producen los excesos del alcohol. La bebida embriagaba las mentes, pero que para muchos no habría una
nueva navidad. Todos levantaron sus copas a las doce de la noche para festejar la venida del nuevo año. Cuando la última campanada sonó, bebieron, se besaron y se
fundieron en interminables abrazos de feliz alegría, en cada país a su debido tiempo, claro está, en función de su huso horario. Fue en ese mismo instante, entre esos
cálidos besos, cuando comenzó la cuenta atrás, y esa sí que no entendía de franjas horarias, la tierra tiene su propio reloj.
En los primeros meses del nuevo año apenas quedaba hielo en todo el globo terráqueo. Famélicos restos sobrevivían en algún circo glaciar que antes alimentaban
enormes lenguas de hielo que se adentraban kilómetros y kilómetros ladera abajo y que ahora apenas asomaban en alguna zona montañosa, como lenguas burlonas. Los
casquetes polares eran casi inexistentes y los pocos restos flotaban ahora por los océanos en diseminados pero peligrosos y gigantescos icebergs que dificultaban
enormemente las rutas comerciales marítimas. Estas moles de hielo eran vigilados con preocupación ya que si impactaban contra alguno de los diques podrían provocar
graves estragos.
Los satélites militares de todos los países seguían con atención los movimientos de estos colosos blancos a la deriva en el gran azul. Cuando se acercaban
demasiado a los muros eran interceptados por barcos que hacían lo imposible para desviarlos o destruirlos si fuese necesario. Como si este no fuese un problema
suficiente y preocupante, estaba además la continua subida del nivel marino, a punto de desbordar por encima de los muros. Ni en las peores previsiones se había
llegado a pensar que el agua pudiese llegar a alcanzar esos niveles. Pero los nuevos cálculos, y viendo que no quedaba más hielo que derretir, descartaban que las aguas
llegasen a cruzar hacia las ciudades supervivientes.
Lo que pasó desapercibido a ojos de todos y realmente lo que dio comienzo al principio del fin, fueron los millones, más bien, los miles de millones de metros
cúbicos de agua fría y dulce que estaban antes en forma de hielo y que ahora se habían diluido en los océanos de agua salada. Esto produjo un cambio en la concentración
salina, en la densidad y en la temperatura media de los mares. A su vez, esto tuvo como consecuencia un cambio total en las corrientes oceánicas, las cuales, entre otras
cosas, controlaban el clima a nivel mundial.
Se invirtieron totalmente los cursos de esas corrientes y al reducir la densidad del agua, la velocidad con la que circulaban estos ríos oceánicos aumentó de forma
imprevista.
Toda el agua fría de las zonas polares circulaba ahora a gran velocidad hacia las zonas ecuatoriales desplazando corrientes de aire y comenzando a formar frentes
tomentosos que se alimentaban de ese incesante y veloz nuevo ciclo marino. Las tormentas dieron paso a huracanes oceánicos, de proporciones monstruosas. Estos
amenazaban con desplazar grandes cantidades de agua y producir olas enormes que podrían pasar por encima de los muros. Estos gigantescos huracanes poco a poco se
desplazaron hacia las costas y, lejos de decrecer su actividad en su avance, parecían cobrar cada vez más fuerza a medida que avanzaban hacia tierra.
Comenzaron las alarmas en todos los países. Además de las olas, la fuerza del viento podría derrumbar los muros ya de por sí sometidos a demasiada presión
por el empuje del mar. Este ya había alcanzado casi la altura de los diques, que comenzaron a no parecer tan grandes como cuando fueron construidos.
Los gobiernos debido al nerviosismo y al pánico, tomaron decisiones desesperadas y precipitadas, sin ningún tipo de coordinación y sin pensar en las
consecuencias futuras que dichas medidas tendrían. Pese a que los diversos proyectos estaban todavía en fase experimental y sin que se hubiesen estudiado con
suficiente previsión las repercusiones, se decidió comenzar con ellos de manera desesperada. Cada proyecto nacional fue iniciado por sus autores y financiadores sin
pensar que los demás estaban haciendo lo propio a lo largo y ancho del planeta. Pero ¿quién les podía culpar en este momento concreto? No había tiempo, si los
huracanes seguían creciendo e inevitablemente llegaban a las costas. Las consecuencias serían de una magnitud catastrófica, nunca antes vista. Era vital frenarlos y enfriar
el planeta de manera casi instantánea, para que los mares bajasen de nuevo.
En el verano del año 2032, por todo el mundo se dio luz verde a aquellas ideas gestadas por los eruditos de bata blanca y gafas de pasta. Sembraron la atmósfera
de sus cócteles químicos con la esperanza de que se enfriasen las nubes y se cerrase así el ciclo de auto-alimentación de las tormentas, todos, en sus despachos y
laboratorios se mantenían atentos a las pantallas de los ordenadores mirando los gráficos sin poder pestañear, con tembleques en las piernas por la tensión y con los
extremos de los bolígrafos y los lapiceros completamente desgastados por el masticar nervioso.
Las partículas comenzaron a esparcirse por la atmósfera bajo la atenta mirada de los satélites. Comenzaron a aglutinarse con los gases del aire y poco a poco se
condensaron en nubes que eran absorbidas por las corrientes de los huracanes, estas nuevas nubes aumentaron la densidad de las tormentas y los padres del producto
empezaron a sonreír pensando que este aumento ralentizaría la velocidad, pero pronto les cambió el semblante, en sus ojos se veía ahora un sentimiento de culpa y
desesperación, se miraban unos a otros y con palabras ahogadas se decían:
-“Hemos causado un apocalipsis”-
-“Que Dios perdone nuestras almas”-
-“¿A cuántas personas hemos condenado?”-
En vez de frenar las tormentas, el aumento de la densidad y peso de las partículas aumentó también su inercia en cuanto entraron en las corrientes de giro de los
huracanes, cargándoles de energía. Además al aumentar la nubosidad les surtió de una fuente inagotable de humedad. Los huracanes alcanzarían ahora tamaños jamás
contemplados por los ojos humanos y su velocidad comenzó a absorber el aire gélido de las capas superiores de la atmósfera, como si de un gigantesco aspirador se
tratase.
Había llegado el momento de levantar los teléfonos y dar la noticia a los gobiernos. Los científicos y burócratas se miraban unos a otros deseando que alguno se
adelantara a los demás, nadie quería ser quien hiciese la llamada, ¿Quién querría que su nombre fuese recordado como el que dijo?
-“Señor presidente, hemos fallado”-
A lo mejor era preferible no hacer esa llamada, mantenerse en silencio, de todas formas no había tiempo para salvar a las ciudades protegidas por los muros del
desastre, para qué causar el pánico si no podrían escapar. Sin embargo, había una obligación moral, debían informar de la situación y que fueran los gobiernos quienes
decidieran si avisar y ordenar las evacuaciones.
¿A caso no tenían derecho las personas a saberlo?
¿No deberían tener la posibilidad de despedirse de sus seres queridos?
¿Quién sabe si dando la alarma ahora se podría salvar aunque sólo fuesen unos cientos?
Los Presidentes, Primeros ministros, Líderes o Mandatarios de los países que tenían en sus fronteras marítimas ciudades y regiones amuralladas se hicieron esas
mismas preguntas. Pese al caos y el pánico que se desataría, decidieron comunicar a la ciudadanía sobre la situación. Era su obligación dar una oportunidad a que se
salvara, al menos, una minoría de ciudadanos. Las fuerzas armadas de casi todos los países trataron de evitar una evacuación a la desesperada canalizando el escape y
transporte de las aterrorizadas muchedumbres. Los medios de comunicación emitieron instrucciones para evacuar las poblaciones protegidas por los muros y de
aquellas que estaban cerca de las costas a treinta metros o menos sobre el nuevo nivel del mar.
Las órdenes eran sencillas:
“no pierdan tiempo, han de huir a zonas altas, empaqueten lo indispensable, algo de comida, agua, ropa, linternas y una radio a baterías para recibir instrucciones,
para quienes no puedan dirigirse a colinas o montañas, por sí mismos, se establecerán puntos de evacuación por parte de las fuerzas militares y Cruz Roja en varios
sitios públicos”.
Las personas que estaban con sus quehaceres cotidianos no podían dar crédito a lo que veían en las pantallas de televisión o a lo que decían los locutores de
radio. Por un momento la población se quedó paralizada, incrédula ante lo que estaba pasando; sus mentes necesitaron de unos instantes para asimilar tamaña realidad.
Pero el silencio y la quietud pronto dieron paso a las prisas y a la desesperación. Todo el mundo a la vez intentaba llamar a sus familiares, pero sin recibir respuesta, las
centralitas telefónicas no eran capaces de asimilar tal volumen de llamadas y no quedaban operadores para canalizarlas a otros servidores, ¿Quién podía culparles?
Todos querían ir a casa, reunirse con sus seres queridos y huir.
Los pequeños pueblos y aldeas fueron relativamente fáciles de evacuar, pocos vecinos, carreteras despejadas inicialmente. También hubo quienes no se
enteraron y siguieron tranquilamente en sus casas o en sus labores habituales. Igualmente, había quienes conscientes de la inutilidad de la huída decidieron juntarse con
sus personas amadas y disfrutar juntos de unos últimos instantes.
Pero en las poblaciones medianas y principalmente en las grandes ciudades el desalojo no resultó fácil, más bien fue catastrófico. Todos querían ser los primeros
en salir, provocando numerosos accidentes que bloquearon las vías de salida, cada uno pensaba sólo en sí mismo y, como mucho, en los suyos, no viendo que delante
también había personas, se pisaban unos a otros, chocaban unos con otros, provocando más pánico, más desesperación, más caos. Almas perdidas sin un destino
seguro, sin saber si el lugar al que huían les daría cobijo. Lo único que sabían a ciencia cierta es que quedarse era una muerte segura, la única opción viable era seguir los
consejos de evacuación y llegar lo antes posible a zonas del interior o a tierras altas.
Por todo el planeta se repetían las mismas escenas dramáticas y desoladoras. Los que tuvieron la suerte de ser los primeros pudieron alejarse rápidamente en sus
coches, en cuanto comenzaron los atascos la gran mayoría formaban caravanas interminables de gente con hatillos hechos a toda prisa con las cuatro cosas que pudieron
coger en su desesperada fuga. Niños pequeños de la mano de sus padres con la mirada perdida y lágrimas en los ojos, sin comprender el porqué sus padres les
arrastraban a toda prisa. Tan sólo unos días antes eran felices jugueteando en los parques y patios, dedicados a los entretenimientos propios de su edad, entre risas y
griteríos, mientras sus padres y abuelos charlaban tranquilamente vigilándolos por el rabillo del ojo. Ahora aquella colorida alegría había sido sustituida por la gris agonía
de un incierto futuro.
Como era lógico, y por desgracia algo muy habitual en la condición humana, la avaricia y codicia de muchos venció al miedo. La tentación de tiendas, comercios,
joyerías y demás establecimientos vacíos de trabajadores y sin vigilancia atrajeron a depredadores antisociales, deseosos de lo ajeno, acaparando con violencia enseres y
utensilios que sus retorcidas y enfermas mentes no les dejaba ver la inutilidad de sus adquisiciones ante lo que se avecinaba. A su paso dejaban un reguero de destrozos,
incluso peleaban entre ellos por un miserable televisor o por un puñado de joyas de las vitrinas que habían hecho añicos con enfermiza saña. Las fuerzas del orden
público que no estaban ocupadas en las tareas de evacuación de la población civil, intentaban controlar a estos vándalos, viéndose envueltos en un intercambio de
disparos, en los que ninguna de las dos partes salían bien paradas.
Cadáveres tiroteados y esparcidos por las calles, ya casi desiertas, de las poblaciones próximas a las murallas, recordaban a las imágenes de los campos de batalla
de las “guerras del agua”. Los agentes del orden pronto se dieron cuenta de la inutilidad por intentar proteger los comercios y bienes de las poblaciones costeras, así que
soltaron a los pocos detenidos a los que habían podido reducir e intentaron llegar a los campos de evacuados donde quizás su ayuda fuese más útil. Los recién liberados
se unieron al resto de escoria social para continuar su, ahora imparable vorágine de delitos. Destrozos sin sentido y robos inútiles que daban paso a incendios cuando ya
habían satisfecho su cupo de saqueos, dejando edificios y tiendas destrozadas o envueltas en llamas. Desde la lejanía se comenzaban a observar las columnas de humo
cada vez más numerosas llenando de más desolación, si cabe, el alma de quienes lo habían perdido prácticamente todo.
Conozco esta parte de la historia pasada, en parte por los relatos de taberna de los mayores, que cuando bebían un poco más de la cuenta de licor, soltaban sus
lenguas, ignorando momentáneamente la fuerte represión de los “consejeros” con respecto a las cuestiones del pasado, aunque rápidamente eran callados por el resto
ante el más mínimo atisbo de la vigilancia de los “protectores”. Pero gran parte de lo que sucedió en aquellos últimos días del antiguo mundo me fue revelado por las
páginas de unos viejos periódicos que mi tío abuelo escondió de la dura censura que nuestros nuevos gobernantes impusieron. Unos textos que años después encontré
junto al diario de Mario y que me mostraron un pasado muy distinto al que nuestros tiranos nos habían vendido.
En algunos países las fuerzas militares, bien entrenadas y disciplinadas, como la Guardia Nacional y los marines de los Estados Unidos, pudieron levantar
campamentos provisionales en un tiempo record, pese a la premura de las evacuaciones. Otros lugares como Europa o China, con destacamentos de personal de
Protección Civil cualificado hicieron lo propio. En aquellos en los que más que ejércitos tenían milicias desorganizadas y que en muchos casos se amotinaron pasando a
ser salvajes saqueadores, la Cruz Roja asumió las labores de evacuación y abastecimiento de los campamentos temporales. Unos y otros hicieron una labor humanitaria
encomiable, pero seguían con la incertidumbre del mañana, ¿Durará mucho tiempo este caos? ¿Habrá suficiente sitio para todos los que quedan por llegar? ¿Cuánto
durarán las provisiones? ¿Dónde iremos, con nuestras casas y poblaciones destruidas, cuando todo esto acabe?
Pese a los sentimientos de duda, los militares, Protección Civil y miembros de los equipos de intervención de Cruz Roja, en contacto directo con los puestos
científicos de control, sabían con bastante exactitud el tiempo que tardarían en llegar las olas producidas por los huracanes y ante la dantesca visión de aquella marea
desesperada de cuerpos y coches, se dieron cuenta de que sería imposible la evacuación de todas las personas, por lo que iniciaron también su particular guerra por el
“sálvese quien pueda”, incluso muchos de ellos se encontraban en medio de la marabunta de civiles por lo que, seguramente, no serían capaces de salir a tiempo.
En las películas que mi tío abuelo nos ponía en las tardes de fin de semana en el salón comunal, antes de la llegada de los “protectores” y rescatadas de su gran
colección de cine, nos tenían acostumbrados a ver héroes anónimos que surgían de las situaciones más terribles para mostrar la generosidad del corazón humano. Pero la
cruda realidad es que, salvo alguna rara excepción, es en estos momentos cuando el instinto primitivo de supervivencia nos devuelve a nuestra condición más animal,
desapareciendo cualquier rastro de ética y moralidad, robando, pisoteando y matando si es necesario con tal de sobrevivir, primando el individualismo por encima del
bienestar común.
Cuando el atasco de tráfico hizo imposible conducir para escapar, miles de personas en las afueras de las ciudades, millones en todo el mundo corrían
desesperados, algunos con sus hijos en brazos, otros olvidando y dejando atrás a quienes tan sólo unos instantes antes juraban amor eterno, otros se rindieron a la
evidencia, era inútil escapar, y dirigieron sus pasos hacia los muros o hacia las azoteas de los grandes edificios, querían estar en lo más alto cuando el mar se los tragase,
querían ver el poder inmenso de la naturaleza cuando esta se vuelve iracunda ante los desmanes y abusos que sufrió por parte de la humanidad. Sabían que no podían
sobrevivir, así que al menos elegirían como morir
Las varias tormentas que se habían formado a consecuencia del giro de las corrientes oceánicas y de los desafortunados intentos por calmarlas, por parte de
nuestras mentes más privilegiadas, estaban ahora concentradas en sólo tres huracanes, donde esas corrientes marinas se arremolinan y habían alcanzado una magnitud
enorme y devastadora.
Una se encontraba en el norte de océano Atlántico¨ entre las costas británicas, islandesas, de Groenlandia y Canadá, el segundo giraba por el océano Índico entre
la gran Australia, la India y Madagascar, el último de los huracanes soplaba en el Océano Pacífico acorralando en su centro las islas de Hawái, que se encontraban en una
falsa quietud mientras el ojo de la tormenta se posaba sobre ellas y que sin embargo estaban siendo congeladas por el frío que bajaba de las partes más altas de la
atmósfera, para más tarde ser arrasadas por el huracán en su imparable viaje hacia las costas asiáticas.
A medida que ganaban fuerza empujaban el agua cada vez con más intensidad y violencia, levantando olas que crecían en altura cada vez más, acercándose a los
muros, unos muros que se crearon para durar muchas décadas, e incluso cientos de años y que apenas iban a cumplir unos pocos meses. Pese a su colosal tamaño no
habían sido pensados para soportar la presión y el empuje de algo así, era sólo cuestión de tiempo que las olas, cada vez más altas, rebasaran los diques, que la
constante presión y el repetido vapuleo de las olas les hiciesen ceder.
Los inmensos bloques de hielo a la deriva que quedaban por derretir, esos icebergs, restos de lo que un día fueran un continente entero de blanca y congelada
nieve, se dirigían ahora a gran velocidad contra las costas, empujados por la mar embravecida. Con sólo uno de aquellas moles de hielo que impactara contra las paredes
de acero y hormigón provocaría su derrumbamiento como si fuesen castillos de naipes ante un soplido.
Las olas comenzaron a saltar por encima formando nubes de espuma que comenzaba a inundar las calles de las ciudades y pueblos, la dura piedra gris antes de
impresión tan sólida, ahora temblaba con cada acometida del océano como las velas de un barco sacudidas por la brisa marina. Podía oírse el crujido y rechinar de los
muros a cientos de metros, daba la impresión de que eran gritos de dolor que se entremezclaban con los de la gente apoderada por el pánico ante una muerte más que
asegurada.
Con cada golpe de mar las estructuras iban perdiendo la batalla y comenzaron a aparecer fisuras, que dieron lugar a grietas para finalmente desmoronarse y dejar
paso a más de veinte metros de iracundo océano, parecía, que al igual que los dioses mitológicos de antiguas culturas o aquellos que protagonizaban los libros sagrados
de muchas religiones, se estaba castigando una vez más la vanidad de los seres humanos.
Una vez caídos los muros los edificios no eran rival para el empuje de la masa salada y espumosa que se les vino encima, y muchos perecían como castillos de
naipes golpeados por un soplo de aire, otros sin embargo aguantaban estoicamente y simplemente eran sumergidos bajo el agua y aquellos más altos sobresalían como
islotes sirviendo de improvisado salvavidas a quienes tuvieron la suerte de encontrarse en ellos.
La gente era arrastrada por las calles junto a los vehículos y edificios más pequeños, desapareciendo entre los escombros, el agua y las burbujeantes espumas,
algunos murieron rápidamente aplastados o golpeados, pero quienes no tuvieron esa suerte agonizaron entre estertores durante minutos mientras el salado líquido
invadía sus pulmones con cada bocanada en un intento inútil por respirar un aire que estaba varios metros por encima de sus cabezas.
Aquellos afortunados, los que fueron evacuados a tiempo, volvían la vista atrás para ver como los muros cedían con ensordecedor crujido, y el océano se
apoderaba de las ciudades, de cómo destruía sus casas y de cómo les dejaba sin nada más que lo que portaban en sus manos y en sus petates hechos a toda prisa. Pese a
la lejanía podían oírse los gritos lastimeros de quienes no pudieron huir mezclándose con el estruendo de las olas y el ruido de los edificios al caer.
Quienes se libraron de aquel primer envite mortal ya no tenían nada, sus posesiones, sus recuerdos, sus amigos, sus vidas pertenecía ahora al gran azul, en tan
sólo unas horas habían pasado de sus, más o menos, cómodas vidas a la nada más absoluta, sólo sentían vacío, ni siquiera las palabras ni las lágrimas eran capaces de
brotar, el silencio era su único equipaje ahora, mientras proseguían su camino tierra a dentro.
Un sentimiento de pesimismo se apoderó de aquellos caminantes, “Cuando crees haber tocado fondo un agujero más grande nace a nuestros pies hasta ver
sólo oscuridad”
Unas pocas horas fueron suficientes para asolar las costas de casi todo el mundo, ciudades antes tan populosas con poblaciones aumentadas por el dinero fácil
durante la construcción de los muros no eran más que ruinas mojadas.
Sídney y Melbourne en Australia, las islas filipinas, Hong Kong y Shanghái en China, Taiwán, Japón, las dos Coreas, Bangladesh, y Sri Lanka en la India,
Djibouti en Etiopía, Mogadiscio en Somalia, Madagascar, las islas Canarias en España, Lisboa en Portugal, Liverpool y Londres en Inglaterra, los países bajos
europeos, Nueva York, Florida, Los Ángeles y San Francisco en los Estados Unidos, las islas Caribeñas, Centroamérica, Caracas en Venezuela, Recife, Salvador, Río
de Janeiro y Sao Paulo en Brasil, Montevideo en Argentina, Lima en Perú, además decenas de otras ciudades menores y cientos de pueblos costeros.
Se dijo que las víctimas mortales en aquel día fueron más de 3.500 millones de personas, casi la mitad de la población del mundo había sido aniquilada en apenas
unas horas. Sólo se salvaron aquellas que estaban alejadas de la costa o las que a pesar de ser ciudades portuarias estaban a resguardo en la protección de algún mar
interior.
No hubo operaciones de rescate, no se activaron protocolos de emergencia, no se enviaron misiones de ayuda porque los huracanes que empujaron las olas y
icebergs devastadores, se dirigían ahora hacia las costas, lo prioritario era huir de su furia, proteger la vida, esconderse bajo tierra parecía la única opción de
supervivencia. Quienes tenían refugios se apresuraron a esconderse dentro y aquellos que no disponían de uno propio acudían a los que algunas ciudades habían
construido para la población en los años de la guerra fría y el miedo a las guerras nucleares, otros tuvieron que improvisarlos en sótanos de edificios, estaciones de metro
o cualquier otro lugar que pudiera darles cobijo cuando las tormentas pasasen por encima de sus cabezas.
El gélido frío que los tornados absorbían desde la estratosfera apenas era notado en la inmensidad del océano, aunque estaba produciendo un enfriamiento
notable en la temperatura de los mares, pero en cuanto llegó a las costas y por si acaso hubiese sido poco desastre con la caída de los diques, el agua que ahora era dueña
de las calles comenzaba a congelarse. Si alguien hubiese tenido la increíble y milagrosa suerte de sobrevivir a la inundación se debería enfrentar ahora al frió hielo y a
temperaturas capaces de congelar el aliento nada más ser exhalado de las agónicas gargantas y de cristalizar las corneas de los ojos de quienes esquivaron la muerte en
ese primer envite.
Pero la dama de afilada guadaña, negro faldón, enjuta figura y blanquecina osamenta volvía para cobrarse a todas sus víctimas, debía ajustarse a su implacable
lista, sin importarle la raza, la edad, la religión ni la posición social ni económica de sus víctimas.
La nueva dirección de las corrientes oceánicas arrastraba los tres tornados, uno contra las costas de Groenlandia, Canadá y Norteamérica, el segundo hacia el
este del continente africano, y el tercero de los tornados pasó por encima de Japón en su camino hacia China. La potencia que habían acumulado durante dos días en su
viaje por los mares impactó con brutal fuerza contra las costas, muchos de los edificios que habían aguantado el envite del mar de manera estoica, sucumbían ahora a los
fuertes vientos y los que no caían eran congelados, bosques enteros eran arrasados y sus árboles arrancados de raíz, los animales intentaban de manera inútil escapar
pero se veían absorbidos por la tormenta, congelados, desmembrados y lanzados a cientos de metros, para luego ser sepultados por escombros, troncos y nieve.
A medida que las colosales tormentas avanzaban hacia el interior de los continentes iban perdiendo fuerza pero con la suficiente aún para barrer, a su paso,
cosechas, granjas, pueblos, ganado, tendidos eléctricos, puentes. Durante otros dos días continuaron su camino tierra adentro mientras se debilitaban hasta que
finalmente se convirtieron en tormentas de agua y nieve.
El tamaño de aquellos huracanes había sido tan grande que las corrientes descendentes de su interior habían enfriado demasiado los mares y las tierras por las que
pasaron, que sumado al giro de las corrientes oceánicas, produjo un cambio radical del clima. Los vientos gélidos, las tormentas de nieve, los días nublados nos
acompañarían durante mucho, muchísimo tiempo.
Con el amanecer del día 5 de junio del año 2022 la faz de la tierra había cambiado para siempre, precisamente el mismo día que había sido declarado por la
Asamblea General de las Naciones Unidas como día internacional del medioambiente, parecía tratarse de una broma macabra del destino, un sentido del humor
excesivamente pesado, irónico y mortal.
CAPÍTULO 5 “El superviviente”
“En la lucha por la supervivencia, el más fuerte gana a expensas de sus rivales debido a que logra adaptarse mejor a su entorno”
Charles Darwin
Quienes lean estas líneas se preguntaran:
¿Cómo es que Mario sobrevivió?
Él nunca confió en que los diques de contención fueran una solución, dudaba bastante de su éxito, su gusto por la historia le había enseñado los constantes
errores de la raza humana, por lo que no era frecuente verle por las zonas de costa más que de manera esporádica y con menos frecuencia a medida que el nivel del mar
iba subiendo. Pero escapar de la devastadora acción de los huracanes fue más bien cuestión de suerte o quizás el destino estaba de su lado y quería protegerle.
En aquel fatídico año, Mario se encontraba en sus invernaderos dedicado a la mejora y ampliación de las instalaciones, y en esos meses del año las plantas
requerían de bastante atención, así que estaba allí cuando todo sucedió. Sus sobrinos, hermanas y padres también se encontraban con él, algunos, como Izan, ayudando
en lo que se había transformado en una enorme industria y otros como Ana, mi madre, relajándose de las prácticas MIR.
Como todo el mundo en esos días, estuvieron muy atentos a los medios de comunicación viendo cómo todo el mundo que conocían se desmoronaba, pero ellos
se encontraban lo suficientemente lejos de las costas como para que no notasen los castigos de las aguas, además el mediterráneo es un mar interior al que sólo llegaron
los coletazos de las grandes olas que los huracanes produjeron. Y esos huracanes habían escogido rutas muy alejadas de ellos en su camino por los continentes, por lo
que lo único que sintieron fueron las inusuales nevadas para esa época del año, y más cuando hacía ya mucho tiempo que el sofocante calor en el que se encontraba
sumida la tierra había relegado la nieve a recuerdos en la memoria de los más entrados en años.
En la nostalgia de muchos resuenan aquellos inviernos en los que al levantarse por las mañanas encontrabas la calles nevadas y los niños se ponían sus gorros
con pompones y orejeras y sus guantes de lana, un buen abrigo y escapaban corriendo a prados, parques y jardines para hacer, junto a sus amigos, muñecos de nieve,
mientras su madres desesperadas intentaban hacer que desayunasen antes y se pusiesen tantas capas de abrigos que muchos de ellos parecían ser los propios muñecos
de nieve.
Los fines de semana de aquellas blancas fechas podías recorrer los montes calzado con unas raquetas de nieve o unos esquís y tener la suerte de ver como
rebecos, corzos y cervatillos saltaban de manera grácil por las nevadas laderas mientras tu sufrías para dar un paso procurando no hundirte hasta las rodillas, o
simplemente buscar una cuesta pronunciada y deslizarte cuesta abajo sentado en un plástico o en trineos, para después hacer batallas con bolas de nieve como munición
y escondiéndose detrás de montones de nieve a modo de parapeto o trincheras cavadas a toda prisa.
Después de un día de frío esfuerzo y diversión, con las manos rojas, las orejas coloradas y con esa sensación de hormigueo previa a la congelación, no había nada
tan placentero como llegar a casa, cambiarte la ropa mojada, darte un buen baño caliente y tomar una taza de chocolate o café calentito, e incluso la mezcla de ambos,
frente a una chimenea desprendiendo ese precioso y aromático calor de las brasas de la madera.
Buenos tiempos que pasaron a ser historias de salón en los recuerdos de los que tuvieron la suerte de disfrutar aquella maravilla de la naturaleza. Una
maravilla, la nieve, que tiempo después será la pesadilla de todos los que sobrevivieron a la fecha más triste de la humanidad.
Mario era partidario de que los hombres pagasen por su arrogancia, su prepotencia y su egocentrismo, quería que fuesen castigados por destruir de manera
irracional todo lo que les rodeaba, pero esto había sido desproporcionado, y como de costumbre pagarían justos por pecadores, o quizás ¿todos eran culpables, y todos
merecían el mismo fin?, unos por provocar directamente el desastre, otros por financiarlo, muchos por no evitarlo cuando tuvieron la oportunidad, unos pocos por
empeorar aún más las cosas, y la gran mayoría por mirar a otro lado.
Este primer zarpazo de la madre naturaleza había matado a unos 3.500 millones de personas, pero no se conformaría con esa cifra. Millones de desaparecidos
que jamás serían encontrados, heridos que abarrotaban los hospitales de campaña y los centros sanitarios que no habían sido asolados por el desastre, personas sin
hogar, falta de suministro eléctrico, de agua potable, de alimentos, de abrigo.
Los días eran lúgubres y grises, sin sol y las noches oscuras y frías, sin luna ni estrellas, las toneladas de productos que habían sido esparcidos por la
atmósfera se aglutinaban con el agua y los gases del aire, formando espesas nubes que apenas dejaban pasar la claridad, si acaso en alguna rara ocasión que los vientos
dejaban algún claro fugaz en los cielos, podías observar el añorado y amarillo sol, aunque completamente tamizado y apagado, sin fuerza ninguna, tanto es así que
podías observarlo directamente sin protección alguna y sin riesgo de que su poder de otros tiempos te cegase.
Las nevadas, durante años tan esquivas, eran ahora una constante durante todos los meses

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