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Persígueme – Tessa Bailey

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Resumen y Sinopsis 

Quiero dar las gracias a mi marido y a mi hija por apoyarme y creer en mí al cien por cien.
A mi maravillosa editora, Nicole Fischer, por emocionarse con estos libros y querer a los personajes casi tanto como yo. Trabajar juntas es divertido y sencillo (¡por
lo menos para mí!). Gracias.
A mi agente, Laura Bradford, por su valiosa orientación y por lidiar conmigo cuando llevo puesto mi sombrero de papel de aluminio y no dejo de estirarme después
de haber pasado demasiadas horas delante del portátil. Gracias.
A Sophie Jordan por su alucinante apoyo y ser una amiga todo terreno. Gracias.
A Edie Harris por ser una auténtica hinchapelotas y una mandona justo cuando necesito que lo sea. Gracias.
A todas las amigas que tengo que me conocieron con veintipocos, como Roxy, Abby y Honey, y les caí bien de todos modos. Ya sabéis quienes sois, chicas. Os
quiero.
1
Parte meteorológico para hoy: tormenta de despropósitos inminente por toda la zona de Nueva York.
Los tacones altos de Roxy Cumberland repicaban en el suelo de mármol pulido y sus pasos resonaban por las suaves paredes color crema del pasillo. Cuando se vio
reflejada en la inmaculada ventana con vistas a Stanton Street, torció el gesto. Ese disfraz de conejita rosa no pegaba nada con su tono de piel. Dejó escapar un suspiro
de fastidio y volvió a ponerse la máscara.
Lo de cantar telegramas todavía existía. ¿Quién lo iba a decir? En realidad se había reído al leer el diminuto anuncio en la sección de ofertas de trabajo del Village
Voice’s, pero sintió curiosidad y marcó el número. Dejó de reírse en cuanto se enteró de la cantidad de dinero que la gente estaba dispuesta a pagar a cambio de su
humillación. Y allí estaba, un día después, preparándose para cantar delante de un completo desconocido por sesenta dólares.
Puede que sesenta dólares no parezca mucho dinero, pero cuando tu compañera de piso te acaba de echar a patadas por no pagar el alquiler —otra vez—, y no
tienes adónde ir, y tu cuenta bancaria está en las últimas, las conejitas rosas hacen lo que tienen que hacer. Por lo menos su redonda y mullida colita amortiguará la caída
cuando acabe con el culo en el suelo.
¿Veis? Ya le ha encontrado el lado positivo. Puede que la tormenta de despropósitos aguante después de todo.
O no. La semana anterior había ido a treinta audiciones, había recorrido la ciudad de punta a punta hasta acabar con ampollas en los pies para oír, una y otra vez, el
enésimo «ya la llamaremos», y algún que otro «olvídese del papel», y eso siempre sin dejar de sonreír y de recitar textos para ejecutivos de producción aburridos.
Anuncios de pasta dentífrica, papeles de figurante para telenovelas… Dios, si hasta había hecho una audición para un papel de madre en un anuncio de pañales. Todos
se rieron y la echaron, a ella y a sus veintiún años.
Aunque a ella no le afectaba. Nada ni nadie podía con ella. Era una chica dura de New Jersey.
Y aunque normalmente Roxy mantenía en secreto ese detalle, no podía evitar admitir que Jersey la había preparado para el rechazo. Le había dado el coraje para
decir «ellos se lo pierden» cada vez que alguien con un traje decidía que su forma de actuar no era lo bastante buena. Que ella no era lo bastante buena. Había dos
palabras que la ayudaban a seguir, que conseguían que se subiera al metro para presentarse a una audición: «algún día». Algún día recordaría sus experiencias previas al
estrellato y se sentiría agradecida de haberlas vivido. Se abrazaría con Ryan Seacrest en la alfombra roja y tendría una historia fantástica que contar. Aunque quizá
omitiera lo del disfraz de conejita rosa.
Por desgracia, en días como ese, cuando las nubes de una tormenta de despropósitos se cernían sobre su cabeza y la seguían a todas partes, ese «algún día» parecía
demasiado lejano. Los sesenta dólares que ganaría no bastarían para tapar el agujero que se había abierto en aquella nube de despropósitos, solo le servirían para comer
durante las próximas semanas. Mientras su situación actual siguiera igual, tendría que pensar en algo. Y si eso significaba que tendría que coger el autobús de vuelta
hasta New Jersey y colarse en su antigua habitación para pasar la noche, encajaría el golpe. A la mañana siguiente se volvería a calzar los tacones y volvería a patearse
las calles sin que sus padres se enteraran de nada.
Roxy miró el pedazo de papel que llevaba en la mano a través de los agujeros de la máscara de conejita: apartamento 4D. Basándose en la canción que había
memorizado por el camino y el presuntuoso interior de aquel edificio, ya imaginaba qué clase de tío le abriría la puerta. Algún imbécil de mediana edad con demasiado
dinero y tan aburrido de su vida que necesitaba entretenimientos novedosos, como por ejemplo una conejita cantarina. Cuando ella acabara de cantar, él cerraría la
puerta, le enviaría un mensaje cargado de emoticonos a su amante de turno para darle las gracias, y se olvidaría de aquella pequeña diversión de camino a su partido de
pádel.
Roxy releyó la nota que llevaba en la mano y sintió una pequeña punzada de incomodidad en el estómago. Había conocido a su nuevo jefe en una oficina diminuta de
Alphabet City y le había sorprendido averiguar que el tipo que dirigía todo aquello era un chico poco mayor que ella. Como siempre desconfiaba, le había preguntado
cómo conseguía mantener a flote el negocio. No podía haber tanta demanda de telegramas cantados, ¿no? Él se rio y le explicó que las conejitas cantarinas solo le
aportaban una décima parte de sus ingresos. El resto procedía de los telegramas estriptis. Roxy se había esforzado todo lo posible para parecer halagada cuando le dijo
que encajaba a la perfección en ese puesto.
¿Estaría dispuesta a llegar tan lejos? Ganaría mucho más de sesenta dólares si accedía a desnudarse para desconocidos. Le resultaría muy fácil dar ese paso. Como
actriz tenía la habilidad necesaria para desconectar y convertirse en otra persona. A ella no le molestaba ser el centro de atención; se había entrenado para eso. Y esa
clase de ingresos le permitirían un sitio donde vivir y seguir haciendo audiciones sin tener que preocuparse por la próxima comida. ¿A qué venían tantas dudas?
Pasó el dedo por encima de las cifras que su joven jefe le había anotado en un trozo de papel. Doscientos dólares por cada estriptis de diez minutos. Dios, la
seguridad que sentiría si pudiera disponer de esa cantidad de dinero. Y, sin embargo, algo le decía que si daba ese paso, que si empezaba a desnudarse para desconocidos,
ya nunca podría parar. En lugar de ser un parche para su nube cargada de despropósitos, se acabaría convirtiendo en una necesidad.
«Piénsalo luego. Cuando no vayas vestida de conejita.» Entonces inspiró hondo para coger fuerzas, igual que hacía antes de cada audición. Agarró con firmeza la
aldaba de latón de la puerta y llamó dos veces. Frunció el ceño cuando escuchó un gruñido molesto en el interior del apartamento. Le sonó a gruñido joven. Puede que el
imbécil tuviera un hijo. Vaya, genial. Le iba a encantar tener que hacer aquello delante de alguien de su edad. Fantástico.
Su pensamiento sarcástico le explotó en la cabeza cuando se abrió la puerta y apareció un chico. Un chico que estaba como un tren. Un chico que solo llevaba
puestos unos vaqueros desabrochados. Como era una descarada, enseguida le clavó los ojos en «el camino de la felicidad», aunque en el caso de ese chico Roxy pensó
que debería llamarse «senda del éxtasis». Empezaba justo debajo de su ombligo, que estaba asentado bajo unos músculos abdominales muy bien definidos. Pero no eran
la clase de abdominales trabajados en el gimnasio. No, eran más naturales, más bien de esos que salen cuando un chico hace unas cuantas abdominales cuando le apetece.
Eran unos abdominales accesibles. De esos que se pueden lamer o sobre los que acurrucarse según el momento.
Recuperó el control de su mirada y la subió hasta encontrarse con sus ojos. Gran error. Los abdominales eran un juego de niños en comparación con su cara. Barba
de tres días. Despeinado. Enormes ojos color chocolate delineados por unas pestañas negras muy oscuras. Tenía los puños plantados a ambos lados del marco de la
puerta, cosa que le daba a ella un asiento de primera fila para poder observar con tranquilidad cómo se le contraían los músculos del pecho y de los brazos. Una mujer
más débil habría aplaudido. Pero ella era plenamente consciente de su situación conejil, e incluso ese detalle ocupaba un segundo lugar detrás del hecho de que el señor
don abdominales accesibles era tan rico que se podía permitir tener una resaca a las once de la mañana. De un jueves.
Se pasó la mano por el pelo negro despeinado.
—¿Sigo borracho o vas disfrazada de conejita?
Tenía la voz ronca. Se acababa de despertar y era muy

Título: Persígueme
Autores: Tessa Bailey
Formatos: PDF
Orden de autor: Bailey, Tessa
Orden de título: Persígueme
Fecha: 11 sep 2016
uuid: e497c5b4-0679-44b9-b035-0d91f72ef580
id: 382
Modificado: 11 sep 2016
Tamaño: 0.80MB

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