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Libro PDF Pim, Pam, Pum, Amor – Nick Spalding

Pim, Pam, Pum, Amor - Nick Spalding

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—Deberías escribir un libro sobre
citas amorosas —me dijo mi novia una
tarde, mientras yo daba los últimos
toques a mi libro anterior, Life… On A
High.—
No puedo —respondí—. He
usado todas las historias divertidas que
me sé en este libro.
—No eres el único que ha tenido
citas desastrosas, Spalding —señaló
ella—. Tengo algunas sobre las que
podrías escribir. Seguro que tus amigos
también.
Al final llevaba razón. Tras varias
conversaciones regadas de vino con el
elenco de depravados a los que llamo
mis amigos, reuní suficiente material
para otro libro. Más que suficiente, de
hecho.
Según parece, encontrar el amor de
tu vida entraña más dificultades, reveses
y problemas de los que había imaginado.
A raíz de las historias que he escuchado
en los últimos meses, sinceramente,
parece un milagro que una relación de
pareja pueda arrancar siquiera.
Jamie y Laura no son reales, pero las
tribulaciones que padecen a lo largo de
este relato sí que lo son.
Este libro va dedicado a todo aquel
que haya sufrido el infierno de una cita
sin perder la sonrisa en el intento.
También va dedicado a la chica que hizo
que, en mi caso, intentarlo mereciese —
y mucho— la pena.
Te quiero con todo mi corazón,
preciosa.
Nick
BLOG DE JAMIE
Domingo, 9 de enero
«¡Dios mío, qué aliento! Es como si
hubiesen abierto las puertas del
infierno…»
Este fue el primer pensamiento que
me vino a la cabeza cuando conocí a
Isobel en la entrada del J. D.
Wetherspoon la noche del jueves. El
segundo fue que mataría a Jackie nada
más llegar a la oficina el lunes por la
mañana.
—Hey, tendrías que conocer a mi
amiga Isobel —había dicho la muy bruja
y embustera junto a la máquina de café
hacía un par de semanas—. Es una chica
estupenda. ¡Creo que pegáis mucho!
Y yo la creí como un idiota.
Jackie tiene fama de mostrar un
optimismo enfermizo con casi todo, por
lo que tendría que haberme figurado que
su valoración sobre Isobel iría bastante
desencaminada. Probablemente, Jackie
se habría llevado de perlas con Hitler
si, en vez de haber dado tanto la lata con
los judíos, este se hubiese centrado en
los triángulos amorosos de las
celebridades.
Aun así, opté por hacer caso omiso
de mis instintos más viscerales. Llevo
dos años soltero y, en tan duras
circunstancias, la desesperación siempre
vence al sentido común.
«Dos años…»
Todavía me cuesta creerlo. Nunca he
estado tanto tiempo solo. El número de
menús individuales que habré comprado
en Asda puede contarse por miles.
Tampoco es que me apeteciese mucho
salir con nadie después de Carla, dicho
sea de paso. La experiencia con la
posesa de mi exnovia me convenció de
que ser el Capitán Soltero era el camino
que yo había de seguir los primeros
meses hasta que su tufo se disipase.
Pero este es el tiempo máximo que
un hombre puede estar solo sin el
consuelo de una buena mujer a su lado.
Cuando digo «buena mujer» me
refiero a una que conserve sus
constantes vitales y no padezca
dermatosis, y cuando digo «a su lado»
me refiero a que esté encima de él y
desnuda. El trauma de la penosa ruptura
con Carla me quitó las ganas de conocer
a nadie emocional e intelectualmente,
pero, claro, cualquiera le dice eso a mi
insensato pene.
A decir verdad, incluso aunque
Jackie me hubiese dicho que la vagina
de Isobel era como una trampa para
osos, no habría descartado tener una cita
a ciegas con ella.
A pesar de ser el presagio bucal del
apocalipsis, decidí darle una
oportunidad a Isobel; solo tenía que
apañarme para sentarme a su lado con el
viento a favor.
Su aliento hediondo puede
percibirse en medio metro a la redonda,
así que el beso en la mejilla a modo de
saludo no es buena idea: me acerca a las
puertas del Hades. No obstante, aguanto
la respiración y salgo relativamente
indemne.
Isobel no está del todo mal, tiene el
pelo castaño claro y lo lleva recogido
en una coleta tan apretada que le sirve
de lifting casero. Mis ojos se
humedecen por compasión. Tiene buenas
tetas, de esas que asoman por un
Wonderbra como mínimo una o dos
tallas más pequeño. Ha elegido una
blusa negra de excesiva gala y una falda
granate por la rodilla que, como tiene el
culo cuadrado, no termina de
favorecerla. Pero la historia es, o
quedarse con ella una hora en el pub, o
volverse a casa a masturbarse solito y
más Pringles sabor barbacoa.
Abro la puerta del pub con un
suspiro resignado y espero a que pase
ella primero.
—Muchas gracias. ¡Qué corresto
eres! —dice Isobel. Por lo visto, su mal
aliento es tan fuerte que le impide
pronunciar el sonido oclusivo ct.
—Un placer —respondo forzando
una sonrisa.
No puedo evitar fijarme en su culo
con cierto abatimiento mientras avanza
delante de mí hacia la barra. No puedo
evitar pensar que su culo cuadriforme
simboliza de algún modo mi rotundo
fracaso a la hora de prosperar —
últimamente al menos— en una relación
con una mujer.
—¿Qué quieres beber? —pregunto
al acercarnos a la barra de aspecto
grasiento y deseando que se pida una
jarra de enjuague bucal.
—Vodka doble con Red Bull, por
favor.
«Maldita sea.»
Cinco minutos más tarde, Jamie
Newman y su encantadora cita a ciegas
están arrellanados en uno de los raídos
reservados del fondo. La mesa a la que
estamos sentados no tiene ni una
mancha, pero alguien ha grabado «Pete
es un pajillero» en una esquina con una
letra muy cuidada, una proeza de talla
que habrá costado su buena hora de
trabajo.
Los que dicen que el jueves es el
nuevo viernes desde luego no frecuentan
mucho este sitio. Esto está más muerto
que Elvis. El monstruo de la halitosis y
yo somos los únicos clientes, amén de
un carcamal con un mono verde apoyado
en la barra pimplándose media cerveza
amarga y de dos gordos de edad
indeterminada apalancados sobre la
máquina tragaperras que insertan su
prestación por desempleo con un
entusiasmo que bien podría simbolizar
el triunfo del más absurdo optimismo
sobre la fría y cruda realidad.
—Jackie dice que eres periodista o
algo así —constata Isobel, mientras
sorbe su bebida y, sin duda, reprime el
impulso de eructar a cada trago.
—Um…, sí. Algo así.
De hecho, soy consejero de
relaciones públicas y publicista
autónomo, y actualmente colaboro con
un periódico local en el diseño de su
nueva imagen, pero tratar de explicar la
diferencia a Isobel requeriría un
papelógrafo y la paciencia de Job, de
modo que lo dejo ahí.
—¿Te gusta tu trabajo?
—Eh…, sí. Supongo. Me encanta
escribir y este trabajo me lo permite en
gran medida, así que podría ser peor.
—¿En serio? —dice Isobel con
desprecio—. Pues a mí escribir me
parece un coñazo.
No salgo de mi asombro.
—Porque te toca fijarte en la
gramática y todo ese rollo, ¿no?
«Pues sí.»
Muchas veces he estado inclinado
sobre textos promocionales muy
complejos, y mi abuela me propinaba
una colleja cada vez que detectaba que
me sobraba un adverbio.
—Jackie dice que eres peluquera —
digo cambiando de tema.
—Así es. Tengo mi propio negocio,
¿sabes?
Seguro que se llama El Cardado de
la Muerte.
—¡Se llama Pelazo’s!
«Mierda.»
—Me va fenomenal. Últimamente no
paro. El mes que viene me voy a tomar
una semana libre, me hace falta un
descansito en Menorca.
«Que me maten. Que me maten
ahora.»
—Aaah…, de fábula —digo dando
un gran trago a la Stella Artois tibia.
—¿Te vas de vacaciones a algún
sitio, Jake?
—Jamie —corrijo—. Es posible.
Tengo amigos en Canadá, pensaba
visitarlos más adelante si tengo ocasión.
—¿Canadá? Eso está más al sur,
¿no? —pregunta Isobel haciendo gala de
sus conocimientos geográficos—. Sé
que hablan francés. —Hace una pausa,
ladeando la cabeza—. Claro, entonces
estará cerca de Francia, ¿no?
Sí, sí, sí. Jackie se va a llevar una
buena en pleno cogote y sin
probabilidades de fallo…
Hablando de fallos, soy el primero
en admitir que cometí uno, y muy grave,
al acostarme con Isobel aquella noche.
Sin embargo, el anterior fue el
primero de los muchos grandes tragos
de cerveza tibia que di aquella tarde, en
un intento por frenar mi caída en picado
a una depresión galopante. Y todos
sabemos que el exceso de alcohol puede
convertir una situación bastante mala en
una absolutamente desastrosa en un
santiamén.
Para cuando Isobel me cuenta que su
hermano acaba de salir de la cárcel —
tras haber cumplido seis meses por un
robo que «le endilgó la bofia, la muy
cabrona»—, yo ya voy por la mitad de
la cerveza número cinco y su culo
parece mucho menos cuadrado.
A la séptima cerveza tengo la mano
en su muslo y ella me está masajeando
los genitales debajo de la mesa. Qué
digo masajeando…, amasando es mucho
más preciso. Si algún día Isobel quiere
dejar Pelazo’s y montar una panadería,
desde luego pericia y técnica no le iban
a faltar.
Aun así, me la está poniendo dura, lo
que viene a demostrar que, después de
dos años sin sexo, tener los genitales
aplastados por una mano-rodillo no
tiene por qué ser una barrera a la
excitación sexual.
—Mete la mano por debajo de la
falda —me susurra al oído.
A pesar de mis tambaleos, intento
complacerla metiendo el brazo entre sus
piernas con la gracia y sofisticación que
cabría esperar de un hombre que ha
rebasado con creces el límite legal de
alcoholemia. Parezco un carnicero
preparando el relleno del pavo de
Navidad.
Consigo encajar el dedo bajo su
liguero, que se dobla hacia atrás
dolorosamente, provocando el
apuñalamiento simultáneo de su vagina
con mi dedo gordo, lo cual no parece
disgustar a Isobel en lo más mínimo. Es
más, me mira con la lascivia de un
agresor sexual y se acerca para que le
dé un beso. Con una de sus manos lleva
a cabo un prensado letal de mis
testículos, mientras con la otra me
estruja el antebrazo, reteniendo mi mano
justo donde ella desea: en todo el
chumino.
Me enorgullece decir que no vomito.
Ni tan siquiera cuando mi nariz es
atacada por una ráfaga del horrendo
aliento que emana de su boca,
exquisitamente aderezado con el aroma
de siete vodkas dobles con Red Bull. Su
lengua se hunde en mi garganta con el
afán aparente de lamerme los riñones.
Me siento como John Hurt en Alien.
Tras treinta segundos que duran dos
horas, Isobel me deja aspirar algo de
aire y reprimo las náuseas con todas mis
fuerzas. En lo que a mí respecta, esta es
una de las peores experiencias que he
tenido en la vida, pero agacho la cabeza
para descubrir que mi magullado pene
disiente por completo y pide más.
Isobel funde su cara contra la mía
otra vez y me abre la cremallera con una
destreza todoterreno que debe de haber
adquirido tras años de práctica. Sus
largas uñas reptan por mis pantalones
hasta dar con su presa. Lo que sigue es
una sensación que solo las vacas
ordeñadas pueden apreciar cabalmente.
No obstante, este cambio de táctica y
sujeción me permite sacar el brazo de la
caldera sexual y húmeda que está oculta
bajo su falda.
Consigo zafarme de su beso
nauseabundo para asir lo que queda de
mi séptima cerveza y apuro la jarra de
un trago, intentando contener las
lágrimas de vergüenza.
—Quiero que me eches un polvo —
gorjea Isobel en mi oído.
«¡No me digas! No me había
percatado… Como no me estás haciendo
una paja en público y tu falda no está lo
bastante subida como para dejarme ver
el tanga de baratillo que llevas…»
—Vale —murmuro aterrorizado,
porque estoy a punto de eyacular en su
mano, lo que arruinaría los repugnantes
planes que indudablemente me aguardan
en el palacio carnal que ella llama casa.
Después de una breve pero
traumática carrera en taxi, descubro con
sorpresa que el palacio carnal resulta
ser un dúplex de tres habitaciones
bastante ordenado en una zona de la
ciudad donde los camellos tienen la
delicadeza de hacer negocios de puertas
adentro.
—Es la casa de mi madre —explica
Isobel—. Solo me quedo aquí hasta que
termine con lo del divorcio.
«Voy a matar a Jackie, lo juro.»
La madre de Isobel no está en casa,
gracias a Dios. Si llega a parecerse a su
hija, fijo que entre las dos acaban
catapultándome a una muerte prematura.
La puerta principal apenas se ha cerrado
cuando Isobel ya está de rodillas
abriendo otra vez la cremallera de mis
pantalones. En un pispás extrae mi
deshonrado pene, que, a estas alturas,
empieza a parecerse a la porra de un
cavernícola.
Cualquier hombre que esté leyendo
esto puede recrear la experiencia con
precisión. Si el lector es una mujer, no
tiene más que usar la imaginación.
Sencillamente, busquen la aspiradora
más cercana, enciéndanla y acérquense
al pene el extremo del tubo. Para recrear
también el efecto sonoro, concéntrense
en un yak regurgitando por culpa de una
pelusa especialmente grande.
Que conste que no me quejo. Al
menos no en voz alta. Esta es la primera
mamada que me hacen en dos años;
desde que Carla decidió que su jefe era
mejor partido para tener hijos sanos y
una cuenta bancaria equilibrada, y me
dejara poco después. Entonces me pilló
por sorpresa, aunque, echando la vista
atrás, las señales eran sin duda patentes.
Sobre todo en lo que respecta a los
jueguecitos de cama. Nuestra vida
sexual se redujo de la sesión doble
diaria cuando nos conocimos a un pase
nocturno mensual cuatro años después;
pase que solía terminar con un clímax
insatisfactorio antes de los títulos de
crédito.
He de decir que Carla nunca habría
conseguido meterse mis dos testículos
en la boca. Isobel, en cambio, es más
talentosa. Finalmente, concluye su
mímica de foca de circo y se incorpora
con una mirada animal tan agresiva que
lamento no haber avisado a mis seres
queridos de dónde iba a estar esta
noche.
—Vamos arriba, machote —ordena
—. Ahora vas a comerme.
Confío en que esté hablando de
hacerle el cunnilingus y no de practicar
canibalismo. Aunque, sinceramente, no
puedo estar seguro al cien por cien.
Isobel me arrastra del cinturón
escaleras arriba, mi pene se menea
alegremente a medida que nos
acercamos a su dormitorio. En la puerta
hay uno de esos letreros con nombres
infantiles. Isobel aparece escrito en rosa
chicle y una pareja de hadas con tutú
custodia cada extremo con una sonrisa
necia estampada en el rostro querúbico.
Entonces caigo en la cuenta de que estoy
a punto de tener relaciones carnales en
el refugio infantil de una divorciada
sexualmente beligerante.
Una vez en su cuarto, Isobel se quita
la falda en un visto y no visto,
exponiendo su culo cuadrado para mi
visión y disfrute (en teoría). Lo siguiente
es su blusa, que revela los atractivos
pechos de los que ya se ha hablado.
«Céntrate en las tetas, Jamie —me
digo para mis adentros—. Eso es lo que
te va a salvar.»
Isobel se tumba en la cama, estira
las piernas y retira hacia un lado el
tanga de baratillo.
—A trabajar —exige.
Incluso mi pene empieza a tener
dudas sobre toda esta debacle y a perder
su buen humor. Aun así, como he llegado
tan lejos, me pongo «a trabajar» lo
mejor que puedo.
Por fortuna, la falta de higiene de
Isobel es solo un asunto bucal; de lo
contrario, las siete jarras de cerveza que
he consumido seguramente regresarían
para hacer un bis triunfal ahora mismo.
Isobel me agarra de las dos orejas y
atrae con tanta fuerza mi cabeza

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