---------------

Libro PDF Por el amor de una dama – Carolina Ortigosa

Por el amor de una dama – Carolina Ortigosa

Descargar Libro PDF Por el amor de una dama – Carolina Ortigosa

que fuera capaz de semejante vileza.
Creía que era alguien poco
comunicativo, eso sin duda, pero no le
parecía una mala cualidad en un hombre
en todo caso. Le conocía desde hacía
años, y los pocos negocios que habían
compartido, habían tenido éxito. No tuvo
reparos en aceptar el ofrecimiento del
barón, cuando este mencionó que si el
conde tenía una hija, lo que a él le hacía
realmente feliz, podrían unir sus
familias. William sabía que de esa
manera, el barón se aseguraba un buen
matrimonio para su único hijo. Claro
que para el conde tampoco era un mal
trato, puesto que Connor estaba bien
considerado por la sociedad, de modo
que aceptó, aunque solo hubiera sido de
palabra, y más aún, sin saber si su
primogénito sería niño o niña.
Casi había olvidado el asunto
desde que se habló por primera y única
vez. Pero ahora tenía que arreglarlo
como fuera. Algo había perturbado la
serenidad de su esposa en sus últimos
momentos y sería él quien le diera esa
paz que necesitaba su espíritu.
No era un hombre que rompiera su
palabra, jamás, pero una promesa a su
querida esposa le parecía más
importante que su honor como caballero
en esos momentos. Nunca le negaba
nada que estuviera en su mano, y ahora,
en su débil estado, no iba a empezar a
hacerlo.
—Esposa mía, prometo hacer
cuanto esté en mi mano para asegurar un
buen porvenir para nuestra amada hija.
Si es tu deseo, romperé el compromiso
en cuanto pueda partir hacia Londres —
le aseguró. Era evidente que no se iba a
marchar en ese preciso momento.
Varias lágrimas rodaron por las
mejillas de la condesa, que sonrió y
acarició las manos de su esposo con
ternura, a pesar del esfuerzo que le
suponía hacer cualquier movimiento, por
nimio que fuera.
—Gracias —exhaló casi sin fuerza.
Cerró los ojos y una débil sonrisa
se dibujó en sus labios.
Fue así como James, y la pequeña
Helen, que abría los suyos en ese
momento y apenas empezaba a vivir,
habían quedado huérfanos de madre.
El conde no pudo abandonar su
lecho esa noche. Durante el tiempo que
le dejaron a solas con ella, pudo
derramar las lágrimas que había
contenido hasta el momento por el
sufrimiento de su amada y por la terrible
pérdida que acababa de asolar su
corazón. Más tarde, tendría que ser
fuerte para sus hijos, pero ahora, pudo
dejarse llevar por sus sentimientos.
Unos días más tarde, en la ciudad
de Londres, en una destartalada casa de
una de las calles menos recomendables,
se encontraba el barón Connor Mitchell.
Estaba bebido e intratable, de modo que
en cuanto pudo, William salió de allí
tras darle la noticia de que su mujer
había fallecido hacía dos semanas, y que
el compromiso entre sus hijos quedaba
roto.
Alegando que el acuerdo no era
definitivo y que fue hablado cuando ni
siquiera sabían el sexo del bebé, intentó
hacer razonar al barón, pero este, que
había dejado evidente su mal estado
físico, así como el económico, era poco
receptivo a oír aquellas palabras. Desde
que había caído en desgracia, desesperó
por arreglarlo como le fuera posible, y
su única posibilidad para salir de entre
las sombras, era el matrimonio de su
hijo. Claro que pocas personas deseaban
ya tener tratos con él. William además,
tenía una promesa que cumplir.
Connor intentó agredir al conde, sin
ser consciente de que eso no hacía sino
empeorar las cosas, pero gracias a los
criados de la casita desvencijada, no
llegaron hasta tal punto.
William se alegró de haber librado
a su hija de un futuro oscuro e incierto,
dado el grado de dejadez y desgracia
que había caído en la familia del barón.
A pesar de sentir cierta empatía
por aquel hombre, del que en realidad
conocía tan poco, no podía dejar que su
sangre se mezclara con el escándalo que
rodeaba a su antiguo socio. Y además, la
petición de su amada esposa era algo
que tenía que respetar por encima de
cualquier otra cosa.
Después de haber pasado solo dos
días en Londres, había oído toda clase
de chismorreos sobre el barón y, a pesar
de no creer algunos de ellos, como el
que afirmaba que Connor había sido el
culpable de la muerte de su esposa,
tampoco podía pasarlo por alto. Trató
de preguntarle a él directamente, pero se
puso a gritar incoherencias y a lanzar
cosas al suelo sin aclarar lo que el
conde deseaba saber. En ese momento
vio con claridad que su preciosa y
adorada hija, no se vería mezclada con
gente así jamás. Eso podía darlo por
seguro. William abandonó la vivienda,
dejando a un hombre furioso y con las
desventuras que él mismo había
cosechado. Y aunque no le vio en ningún
momento, supuso que el barón estaría
acompañado de un pequeño de cinco
años asustado, que no querría ni
acercarse a su padre; el único pariente
con el que en realidad podía contar
ahora el pequeño.
Desde que su madre ya no estaba,
Duncan Mitchell se sentía perdido y se
escondía de su único pariente, aunque
este le decía que cuidaría de él. Pero a
pesar de su corta edad, podía ver que un
hombre que no podía cuidar de sí mismo
y de su hogar, no podría hacerse cargo
de un niño.
No tenía más opción que ser
valiente y velar por sí mismo, aunque no
estuviera seguro de cómo lograrlo.

Capítulo 1
Inglaterra, 1830
La vida de lady Helen era
envidiable. Con solo nueve años,
conocía una decente fracción del mundo,
gracias a sus lecciones y a su amor por
los libros. Su padre no había reparado
en gastos para satisfacer cualquier
capricho, pero a su vez, instruirla sobre
los valores que toda joven de buena
familia debía poseer. Era una niña
hermosa y dulce de cabellos rubios y
ojos claros como su madre; era la viva
imagen de lady Bendsford, a quien su
padre y su hermano seguían adorando,
aún con su ausencia.
Como el conde no tenía intención
de volver a contraer matrimonio, se
volcó por completo en su tesoro más
preciado: sus hijos. Su hijo mayor
contaba con tutores que lo preparaban
para el futuro hasta que tuvo edad
suficiente para ir a un internado, y de
ahí, pasaría a la mejor universidad. No
había día en que no se le echara de
menos.
Aunque William se sentía
terriblemente solo, a pesar de la
numerosa cantidad de personas que
había siempre a su alrededor, entre los
que se incluía su hija, no podía ni
imaginarse con otra mujer, aunque Helen
le instaba a conocer a algunas
distinguidas damas que podrían
desempeñar muy bien el papel de
condesa. A la joven no le disgustaba, en
absoluto, hacer el papel de casamentera.
Su padre a menudo le decía que
ninguna de ellas era comparable a su
madre, y alegaba que la felicidad no
siempre acompañaba al matrimonio, con
lo cual, como no creía poder volver a
enamorarse nunca más, tampoco
volvería a pasar por el altar. Hizo una
promesa consigo mismo: Jane Staford,
quien más tarde adoptó su apellido y el
correspondiente título de condesa,
siempre sería el gran amor de su vida.
Ninguna otra ocuparía su lugar nunca.
Claro que esta promesa no la había
compartido con nadie más, de modo que
le hizo saber a Helen, que simplemente,
no deseaba casarse de nuevo.
Aunque no estaba de acuerdo con
esa rotunda afirmación, en el fondo
Helen tenía miedo de ser relegada y no
ser la favorita en el corazón de su padre,
pero eso no impedía que deseara su
felicidad por encima de todo. Había
oído decir que los hombres necesitaban
el afecto y la compañía de una mujer en
su vida, de modo que ella estaba
convencida de que tenía que buscar una
esposa para él. No había semana en que
no se le ocurriera una nueva posible
candidata a tal puesto.
Las negativas del conde no la
hacían desistir.
Una tarde, el conde hizo llamar a su
hija a la biblioteca y mientras
aguardaba, permaneció sentado frente al
fuego. Margaret Woods, la institutriz de
Helen, aunque lo sería por poco tiempo
más, se dispuso a abandonar la estancia
para darles privacidad al conde y a su
hija. A pesar de ser casi una madre para
la joven, sabía cuál era su lugar en la
casa y jamás rebasaría los límites de lo
que se consideraba correcto y prudente,
por mucho que le gustara brindarle su
apoyo en todo momento. Con una última
mirada, hizo un gesto de asentimiento a
William y posó sus ojos un instante en
Helen, que no se había percatado de
nada mientras entraba y fue a buscar
asiento.
Helen esperó a que el lacayo
cerrase la puerta y así dirigirse al sillón
donde se hallaba sentado su padre. Se
sentó en su regazo, como solía hacer
cuando estaban solos, y se dejó abrazar.
Esos momentos eran los más felices de
su vida. Se acomodó un instante para no
despeinarse; si bien sabía que su padre
no se daría cuenta de ese pequeño
detalle, toda buena señorita se mantenía
en todo momento con un aspecto
impecable. Era algo que había
aprendido desde una edad temprana,
puesto que no todo eran clases de
geografía y literatura, entre otras
asignaturas. Aunque era poco frecuente,
su padre no se opuso a que sus materias
fueran diversas y numerosas. Era
partidario de la idea de que, una mujer
inteligente, era mucho más interesante
que las que se limitaban a aprender
cómo comportarse en las cenas
elegantes. Fue una de las valiosas
lecciones que William aprendió de su
amada esposa: que el interior de las
personas era más importante, o tan
importante, como las apariencias.
—¿Cómo te encuentras? —inquirió
con ternura.
—Bien, padre —contestó con una
sonrisa.
—Debo hablarte de algo crucial,
querida —dijo con un tono de voz
diferente. Helen se incorporó para
mirarle directamente. Sospechaba que
aquello sería serio y le observó con
interés.
La niña asintió con la cabeza y
William acarició, distraído, los rizos
rubios de la pequeña.
—Esta tarde he recibido una
proposición de matrimonio para ti —
anunció con orgullo—. Del duque de
Winesburg —añadió cuando notó la
mirada curiosa de su hija—. Ya sabes
que somos viejos amigos; sus hijos son
buenos chicos y creo que, si mi juicio no
se equivoca, la duquesa te adora.
Helen miró hacia la chimenea con
gesto pensativo. Distraída, movió los
pies bajo su vestido de muselina y no
dijo nada durante unos segundos.
—Soy joven para casarme —
declaró la pequeña en voz baja, tratando
de hacer hincapié en un punto clave para
ella.
—Es cierto, sin duda —convino el
conde, tratando de no reír—. Pero nunca
es demasiado pronto para concertar un
buen matrimonio si se trata de ti —
añadió con voz solemne, y con gran
sentimiento—. Hablamos de tu futuro,
hija, y creo que siendo duquesa serás
muy feliz.
—También muy rica, ¿verdad? —
inquirió con cierto tono de picardía.
William miró a su hija con
adoración, tratando de evitar soltar una
carcajada ante sus ocurrencias. Intentó
mostrarse severo, pero lo consiguió solo
a duras penas.
—Ya lo eres, de modo que eso
carece de importancia —comentó—.
Y… ¿no deseas saber quién será tu
marido dentro de unos años? —inquirió
con una ceja levantada.
Helen pensó durante unos segundos
si en realidad eso era lo importante.
Puesto que su padre ya habría acordado
el matrimonio, en realidad ella poco
tenía que objetar. Sospechaba que, de
hecho, no tendría criterio para saber si
acertó o no en su decisión. Creía que su
padre habría elegido bien, y lo más
probable era que se tratara del hermano
mayor, lo cual era magnífico. Helen se
había quedado prendada del marqués y
futuro duque de Winesburg; era apuesto,
amable, y la había tratado como a su
invitada más especial cada vez que
cenaban con su familia. Estaría
encantada de ser cortejada por un joven
que lo tenía todo para ser el marido
ideal según su punto de vista.
—Claro que deseo saberlo —
expresó con entusiasmo.
—Bien pues, se trata del hijo
mayor, Richard Edward Jenkins —
declaró, confirmando las sospechas de
Helen.A la pequeña le brillaron los ojos
de felicidad y su padre se alegró porque,
en su opinión, no era demasiado pronto
para asegurar su futuro. La unión era,
desde luego, algo ventajoso para ambas
partes, porque ella también tenía una
dote considerable que aportar al
matrimonio. Ambas eran familias bien
consideradas por la sociedad.
—Estoy muy contenta, padre.
Gracias —dijo con una gran sonrisa y
voz aguda, antes de abrazarle con fuerza.
William la miró con cariño.
Imaginaba que lo aceptaría bien, como
todo lo que tenía que hacer en su vida,
puesto que era una joven obediente y
sensata para su corta edad, y se alegró
de que estuviera tan contenta. Sin
embargo, tenía otra noticia que
compartir con ella: algo que en realidad,
trastocaba a toda la familia. Ya lo había
hablado con James, porque era lo
bastante mayor para comprenderlo, pero
por otro lado, Helen aún era pequeña,
apenas una niña. William no sabía qué
pensaría, aunque debía comunicárselo
también, ya que le afectaba casi más que
a ningún otro miembro.
Se aclaró la garganta y suspiró
antes de hablar. Le resultaba algo
difícil.—
Mi querida hija, también tengo
que hablarte de otro asunto.
Helen aguardó en silencio y algo
preocupada, pues veía que su padre
ahora no estaba tan alegre; temía que,
esta otra noticia, quizás no fuera de su
agrado.—
Verás, habrás notado que tu
institutriz hace unos meses está en cama
la mayor parte del tiempo, aunque no sea
por una razón de enfermedad, sino por
algo distinto —dijo despacio, midiendo
sus palabras.
Hablaba con cierta dificultad,
haciendo pequeñas pausas, porque hasta
el momento no había tenido que
conversar con su hija de temas que a él
le resultaban complicados de tratar,
sobre todo por ser alguien tan joven.
Para esos casos había tenido a su
institutriz. Hasta el momento al menos.
—La señorita Woods y yo hemos
estado muy unidos este año y… tengo
que comunicarte que hace unos días…
ella dio a luz a una niña —dijo,
escrutando su reacción—, de modo que
ahora tendrás una hermana muy pequeña
—añadió con cierto temor a la reacción
de su hija—. ¿Eso… te hace feliz? —
inquirió con suavidad.
Meditó unos instantes las
implicaciones que conllevaba la buena
nueva. Helen frunció el ceño y miró a su
padre con intensidad, directamente a los
ojos. Este comenzó a ponerse nervioso,
casi se puso a sudar ante el agudo
escrutinio.
—¿Vas a casarte con ella? —
preguntó, ladeando la cabeza a un lado.
—No, hija —contestó con voz
apagada, negando con la cabeza con
cierto pesar.
—¿Por qué? —inquirió confusa—.
Ella me gusta. Es agradable y me ha
enseñado muchas cosas. Estos meses la
he echado mucho de menos y… creo que
haríais buena pareja —declaró con una
sonrisa triunfante.
El conde permaneció como una
estatua, digiriendo con dificultad las
palabras de una niña tan pequeña.
Contrario a lo que había
imaginado, su hija aceptaba de buen
grado su nueva situación y, al parecer,
solo le preocupaba la de él. Después de
la revelación, Helen solo esperaba que
al fin aceptara casarse, pero eso era
algo imposible y William trató de
desviar la atención de ese tema en
concreto.
—Deduzco que no te molesta que
vayas a tener otra hermana —tanteó sin
dejar de observarla.
La afirmación de William sonó
interrogativa y Helen sonrió, no se le
escapaba que era algo fuera de lo común
que un conde tuviera descendencia con
la institutriz de su hija, pero él era viudo
desde hacía demasiados años, como
para tener en cuenta su nueva situación
como algo inmoral. Claro que estaba
segura, tanto como su padre, que
levantarían algunos rumores sin poder
evitarlo. Por supuesto, el conde ya había
pensado en eso y, como no deseaba que
el escándalo salpicara a ninguno de sus
hijos, la menor viviría en el campo
desde entonces. Estaría acompañada de
su madre, naturalmente. Además,
Margaret prefería el silencio de las
afueras al bullicio de la ciudad. De
cualquier modo, tampoco estarían las
dos solas, sino que contarían con el
servicio que normalmente había en una
casita que la familia poseía en
Canterbury. El suficiente para vivir
cómodas.
—Claro que no, padre. Me alegra
que aumente la familia, porque mi
hermano está siempre tan ocupado con
sus estudios, que apenas lo veo —dijo
con expresión de fastidio más que de
tristeza, como si en realidad le
reprochara que estudiara tanto. Le
quería con locura, pero también entendía
que era el heredero y debía aceptar sus
responsabilidades, pero eso no
disminuía sus ganas de pedirle que le
dedicara más tiempo. Echaba de menos
hasta las cosas más sencillas, como
cuando paseaban durante horas por las
proximidades de la propiedad.
Suspiró y, al instante, su padre la
sacó de sus tristes pensamientos.
—Bueno, me alegra oír eso
porque… ella también recibirá una dote
cuando se case, y la herencia que le
corresponda cuando yo ya no esté —
explicó con gesto contrariado al ver que
Helen asentía con solemnidad.
—Es lo correcto, de modo que yo
también estoy de acuerdo. Y por otro
lado… como ahora estoy prometida con
un futuro duque, tengo mi vida resuelta
—dijo muy satisfecha consigo misma.
Sus observaciones escandalizaron
al conde, que la reprendió al instante.
—Deja de hacer caso de los
comentarios de tus doncellas, o voy a
tener que tomar medidas si siguen
empleando ese tono contigo —masculló
molesto de verdad. Si bien tenía gracia
ver a alguien tan joven hablar como lo
haría un adulto, no deseaba que en
presencia de algunas personas
importantes, Helen se fuera a ir de la
lengua.—
Oh, padre. No te preocupes por
eso, ya sabes que sé comportarme como
es debido delante de las damas
distinguidas.
Para dar fuerza a sus palabras, se
incorporó y puso recta su espalda,
colocando sus manos pulcramente una
encima de la otra sobre su regazo.
El conde reprimió una sonrisa.
—Cierto pero, una señorita no
debe nunca soltar la lengua de esa
forma, ¿entendido? —aleccionó
agitando el dedo índice para enfatizar
sus palabras.
—Lo prometo —susurró.
Compuso una expresión humilde y
sonrió de forma casta.
—Bien —dijo él complacido.
William quedó conforme. Había
evitado con eficacia la pregunta sobre el
matrimonio que había formulado su hija,
no porque no lo hubiera pensado, sino
por lo imposible del hecho. No deseaba
volver a casarse. Su esposa lo había
sido todo para él y tras su fallecimiento,
le costó volver a ser él mismo.
Sus hijos fueron el aliento que
necesitó para sobrellevarlo y, dado que
Margaret conocía sus intenciones y no le
había demandado nada jamás,
convendrían un nuevo acuerdo en cuanto
a su situación, y también la de la hija
que le había dado, y que recibiría el
nombre de Catherine.
No le faltarían privilegios aunque
no pudiera tener el rango que le
pertenecería si fuera legítima, aunque sí
sería reconocida por el conde, ya que
jamás negaría, ni daría la espalda, a
alguien de su propia sangre. Había sido
fruto de un profundo cariño y de la
amistad con Margaret, y eso significaba
mucho para él.
Su hija Helen ahora estaría a cargo
de su nueva tutora, que le ayudaría en
sus estudios, y de su dama de compañía,
porque no tardaría en llegar el momento
de su presentación en sociedad. Aunque
la duquesa de Winesburg había
solicitado ese honor, la futura heredera
de ese mismo título, precisaba de más
de una carabina para visitar el palacio
de Buckingham. Alguien con su rango no
podía prescindir de esa nueva figura.
Con las ausencias de William y James
de la casa familiar de Londres, debía
tener a personas que la protegieran, que
velaran por ella, en todo momento.
Trató de hablarle de todo aquello,
para que no se llevara sorpresas más
tarde y, como siempre, aceptó de buen
grado los giros que daría su vida. El
conde de Bendsford estaba
tremendamente orgulloso de la niña de
sus ojos, a la que querría con toda su
alma hasta que tuviera que abandonar
este mundo.
Los años se sucederían en adelante
sin grandes cambios más de los
evidentes, para que su padre fuera
consciente de que Helen sería una mujer
extraordinaria, como lo fue su madre.
Era su viva imagen y honraba sus raíces
en todos los sentidos.
Mientras James, que ostentaba el
título honorífico de vizconde, se
preparaba para ocupar su cargo como
futuro conde de Bendsford, Helen creció
y se convirtió en una perfecta dama de la
aristocracia londinense.

Capítulo 2
Londres, 1839
La reina Victoria había sido
coronada un año antes y el mundo entero
parecía estar cambiando. Sin duda era
una soberana tremendamente popular,
sin embargo, como era habitual en la
corte, su nuevo reinado no estaba exento
de intrigas, rumores, y tensiones entre
los partidos políticos que tenían poder
en aquel momento en el país.
Helen, que no era ajena a la vida en
la ciudad, pese a que le gustaba pasar el
máximo tiempo posible en el campo,
tenía prevista su presentación en
sociedad antes de casarse, algo que
ocurriría tras unos meses a la corte. Era,
sin duda, algo innecesario a su modo de
ver, ya que ella no se encontraba
disponible para el mercado matrimonial.
Aunque por otro lado, no le desagradaba
la cantidad de cenas elegantes, bailes, y
diferentes diversiones como el teatro y
la ópera a las que asistiría; siempre
acompañada de sus doncellas
personales, su dama de compañía, su
padre y lady Viviane Jenkins, la duquesa
de Winesburg.
Con dieciocho años, había llegado
el momento que había esperado toda su
vida: casarse con lord Richard Jenkins,
marqués, y futuro heredero del ducado
de Winesburg.
Ahora podría pasar más tiempo con
Richard y estrechar lazos antes de
matrimonio, aunque siempre bajo la
estricta supervisión de sus carabinas.
Qué remedio, pensó Helen con
abatimiento. Hasta el momento, apenas
habían pasado un instante relajados para
tener una conversación que le permitiera
hacerse una idea de cómo era él en
realidad, pero eso era lo habitual. Entre
los rigurosos estudios de Richard para
su futuro cargo como heredero del
ducado, y la preparación de Helen para
el suyo como duquesa, apenas habían
compartido más que unas pocas cenas a
lo largo de la temporada de invierno en
los últimos años. Sus hogares no
quedaban lejos, pero el mal tiempo en el
campo, dificultaba el poder viajar con
demasiada frecuencia. En Londres,
además, las reglas eran mucho más
estrictas, de modo que bajo la atenta
mirada de la alta sociedad, uno no podía
dejar de medir cada gesto o pequeña
actuación, porque todo sería observado
bajo la más escrupulosa y rigurosa
atención.
Con quien sí había tenido un trato
más directo y cordial era con la
duquesa. A menudo la invitaba a tomar
el té para charlar con ella y así,
presentarle a sus amistades, que eran las
damas más prominentes del país. La
aconsejaba y la instruía para su porvenir
porque, al no tener a su madre para
dicha tarea, y habiendo sido Viviane,
amiga de la condesa en el pasado, esta
sentía el deber de ceder todos sus
conocimientos para la vida que llevaría
dentro de unos pocos meses, a la que
pronto sería su nuera.
La duquesa acompañó, junto con
las damas de compañía de ambas, a
elegir el guardarropa para la temporada.
Helen no lo había pasado tan bien en
toda su vida. Viviane era seria, estricta
y firme, pero también era atenta y
amable con ella. Solía hablarle de su
madre y, en la intimidad, como había
mostrado que había confianza entre
ellas, también respondía, sin faltar a las
reglas del decoro, a las preguntas de la
joven sobre sus obligaciones cuando
esta contrajera matrimonio con Richard.
Si bien había oído hablar a sus
doncellas sobre lo que ocurría en la
intimidad entre hombres y mujeres, no
sabía qué esperar realmente en su noche
de bodas. La duquesa fue aún menos
clara al respecto, puesto que hablaba en
círculos sobre el tema y tan solo pudo
entender que debía dejar que su marido
la encontrara disponible por la noche
para que pudiera haber un hijo en el
futuro. Un heredero y su propia familia,
pensó Helen con entusiasmo, dejando de
lado el otro asunto, ya que lo que
realmente deseaba era verse casada con
Richard y con una gran familia a la que
atender. Toda su vida se había estado
preparando para ello, no se lo
imaginaba de otro modo.
Por otro lado, durante las últimas
semanas, no le había resultado sencillo
oír hablar sobre su madre en pasado,
pues aunque no la hubiera conocido, no
podía evitar añorarla cada vez más.
Sobre todo en este momento de su vida;
claro que era un enorme consuelo saber
que la duquesa ocupaba con gusto ese
lugar, aunque nunca pudiera
reemplazarla. Su austeridad exterior
contrastaba con el trato que recibía de
ella cuando estaban a solas, ya que la
trataba con cierta familiaridad al
considerarla un partido excelente para
su hijo, así como una mujer hermosa por
dentro y por fuera. Como Viviane no
había tenido hijas, sino dos varones,
Helen a menudo imaginaba que ella
ocupaba ese lugar en el corazón de la
duquesa, y eso la hacía feliz. Tenía claro
que haría lo posible por honrar su
posición en la familia Winesburg.
Esperaba, al menos, llevar el título de
duquesa con la misma dignidad y
sobriedad que la actual.
La temporada había dado comienzo
con una esplendorosa estela de lujo,
elegancia, nuevas modas a la hora de
vestir, y diversión en cada una de las
actividades que las grandes familias
gozaban en estas fechas. Helen estaba
disfrutando al máximo conociendo a
personas nuevas y con la agradable
compañía de su amado. Aunque este
tenía compromisos a menudo, lo que le
impedían acompañarla a cada evento al
que aceptaban ir junto con su padre y los
duques, cuando lograban tener tiempo
para estar juntos, se dejaban ver
paseando por Hyde Park, en la ópera, o
en otras actividades propias de la
temporada. Helen, por su parte

Web del Autor

Clic Aqui Pagina Oficial

Si no sabes descargar mira este video tutorial

[sociallocker]
[popfly]

Descargar 

Leer en online
[/popfly] [/sociallocker]

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

error: Content is protected !!
---------