---------------

Libro PDF Poseída por el jeque – Noches Arábes 03 – Penny Jordan

Poseída por el jeque - Noches Arábes 03 - Penny Jordan

Descargar Libro PDF Poseída por el jeque – Noches Arábes 03 – Penny Jordan


aun así, no podía dejar de mirarlo.
Indiferente ante ella, el hombre examinó con la mirada un lado y otro del
callejón del concurrido bazar. Era como una fantasía árabe hecha realidad, pensó
Katrina, aunque su jefe, Richard Walker, se burlaría de ella si la oía hablar así. Pero
no quería pensar en Richard. Le había dejado muy claro que no estaba interesada en
él, y además era un hombre casado, pero a pesar de todo Richard la rondaba y se
tomaba muy a pecho que ella rechazara sus insinuaciones.
Esos pensamientos la hicieron ocultarse entre las sombras del puesto de telas.
Inmediatamente, la mirada ámbar la atrapó, haciéndola retroceder instintivamente
aún más en la semioscuridad, sin pararse a preguntarse por qué necesitaba retirarse
así.
Pero, aunque las sombras la ocultaban, sentía que él había fijado su mirada
justamente donde estaba ella. Katrina sintió que el corazón le palpitaba alerta y que
la piel le transpiraba inusualmente.
Un grupo de mujeres con túnicas y velo negros atravesó el callejón,
interponiéndose entre ellos dos. Cuando se marcharon, él parecía haber perdido todo
el interés por ella, porque estaba girándose, tapándose el rostro con la tela teñida
de índigo que le cubría la cabeza y dejando visibles únicamente sus ojos, a la manera
tradicional de los hombres tuareg. Entonces se dio la vuelta y entró por una puerta
que había a su espalda, agachándose para no golpearse la cabeza, dada su elevada
estatura.
Katrina advirtió que la mano que se apoyaba sobre el marco de la puerta era
delgada y morena, de dedos largos y cuidados. Arrugó la frente, extrañada. Conocía
mucho de las tribus nómadas del desierto árabe, y le llamaban la atención tantas
anomalías: primero, que un hombre tuareg se opusiera a siglos de tradición y
mostrara su rostro, y segundo, que tuviera unas manos con una manicura propia de un
millonario.
Sintió que el estómago se le hacía un nudo y que el corazón le golpeaba
furiosamente contra el pecho. ¡Ella no era ninguna jovencita fácil de impresionar, ni
dispuesta a creer que un hombre vestido con un dishadasha era un poderoso líder, ni
tampoco estaba ocultando ninguna fantasía secreta de tener sexo con aquel hombre
sobre la arena! Ella era una científica de veinticuatro años, se dijo. Pero…
Cuando él desapareció por la puerta, Katrina dejó escapar un suspiro de alivio.
— ¿Lo quiere? Es una seda muy fina… y a un precio muy bueno.
Katrina dirigió su atención de nuevo a la seda. Era de buena calidad y de un
tono azul pálido que acompañaba a la perfección a su pelo rubio cobrizo. Como había
salido ella sola a dar un paseo, había tomado la precaución de recogerse el pelo
dentro del sombrero que llevaba.
Pero, vestida con aquella magnífica tela, que sugeriría seductoramente su
cuerpo a través de sus vaporosas capas, podría dejar que el pelo le cayera sobre los
hombros como una cascada sedosa, mientras un hombre con ojos de felino la
contemplaba…
Katrina dejó caer la tela al suelo como si le quemara. Mientras el comerciante
la recogía, unos hombres uniformados aparecieron en el callejón, empujando a la
gente mientras avanzaban, abriendo puertas y examinando los tenderetes. Estaba
claro que buscaban a alguien y que no les importaba el daño que causaran al hacerlo.
Por alguna razón, Katrina desvió la mirada hacia la puerta por la que había
desaparecido el tuareg.
Los hombres uniformados se estaban aproximando a ella.
A su espalda, la puerta se abrió y apareció un hombre. Era alto, de pelo negro y
vestía ropas occidentales, unos pantalones chinos y una camisa de lino, pero Katrina
lo reconoció inmediatamente y abrió los ojos perpleja.
El tuareg se había convertido en un occidental. Comenzó a caminar por el
callejón. Acababa de pasar por delante del puesto donde estaba Katrina, cuando uno
de los hombres uniformados lo vio y comenzó a llamarlo a gritos, en inglés y en
zuranés.
— ¡Usted, deténgase!
Katrina vio cómo la mirada de ámbar del tuareg se endurecía, buscando,
examinando.., y deteniéndose sobre ella, mientras se iluminaba.
— ¡Cariño, estás aquí! Te advertí que no debías pasear tú sola.
Los dedos largos y elegantes en los que se había fijado hacía un momento la
agarraron de la muñeca y se deslizaron hasta entrelazarse con los suyos, fingiendo
una intimidad de novios, pero sujetándola fuertemente para que ella no se soltara.
Una sonrisa perfectamente calculada rompió por un momento la expresión arrogante
del tuareg. Se acercó más a ella.
—Yo no soy su «cariño» —le espetó Katrina en voz baja.
—Comience a caminar… —le ordenó él también en voz baja, mientras su mirada
dura e intimidante la atrapaba bajo su hechizo.
La hostilidad empañaba la habitual dulzura de los ojos azules de Katrina, pero
era una hostilidad salpicada de algo mucho más primitivo y peligroso, admitió
sombría, mientras empezaba a caminar. El se acercó a ella y, colándose entre el
embriagador aroma de las especias y los perfumes del bazar, Katrina advirtió la
fragancia de su colonia y algo mucho más perturbador: el aroma suavemente
almizclado del cuerpo de él.
El callejón se había llenado de hombres armados que abrían las puertas a
empujones y volcaban los tenderetes, buscando impacientes algo o a alguien.
La atmósfera de relajada felicidad que reinaba antes había desaparecido por
completo, y en su lugar el callejón se había convertido en una algarabía de voces y de
miedo casi palpable.
Un enorme vehículo todoterreno con las lunas tintadas entró a toda velocidad
en el callejón, dispersando a la gente, y se detuvo en seco. El hombre uniformado
que salió de él iba muy bien protegido, y Katrina ahogó un grito al reconocer al
Ministro del Interior de Zurán, el primo del soberano del país.
Entonces miró a su captor con aprensión, sintiéndose entre dos emociones
encontradas. Ella había visto al hombre entrar en el edificio vestido como un tuareg,
y su comportamiento indicaba que escondía algo. Ella debería al menos llamar la
atención de los temibles hombres armados, pero él le provocaba una peligrosa
fascinación que la estaba induciendo a… ¿a qué? Con decisión, intentó separarse de
él. El registró su ligero movimiento, la sujetó aún más fuerte y la empujó hasta un
estrecho lugar entre las sombras del callejón, un estrecho que su cuerpo se apretó
contra el suyo.
—Mire, no sé qué es lo que sucede, pero… —comenzó ella con valentía.
—Silencio —susurró él a su oído, en un tono gélido y plano.
Katrina se dijo a sí misma que la razón de que su cuerpo temblara tan
violentamente era que estaba asustada, que no tenía nada que ver con que el
musculoso muslo de él estuviera apretado contra ella. El corazón de él latía con
tanta fuerza que parecía bombear no sólo su cuerpo, sino también el de ella,
superponiéndose a sus propios latidos, abrumándola con su fuerza vital, como si él la
proporcionara para ambos cuerpos.
El repentino recuerdo de un viejo dolor la invadió. Sus padres se habían amado
de aquella manera, totalmente entregados el uno al otro y para siempre.
Se le escapó un murmullo incoherente de angustia, y la reacción de él fue
inmediata: la agarró del cuello, miró a ambos lados, de la calle y silenció con su boca
cualquier protesta que ella pudiera hacer.
Sabía a calor y a desierto, y a mil y una cosas que habían pasado a formar
parte de él y que eran extrañas para ella. Extrañas y también peligrosamente
excitantes, admitió ella de nuevo con disgusto, conforme uní primitiva reacción
femenina se apoderaba de su cuerpo
Entreabrió los labios y sintió que él se lanzaba como un depredador hacia la
ventaja que le había dado. El aumentó la presión de su boca y Katrina sintió que un
fuego explotaba en su interior conforme la lengua de él jugueteaba fieramente con
la suya, exigiéndole complicidad.
Su cuerpo se estremeció como respuesta. Nunca en su vida había imaginado
que sería capaz de besar a un hombre con una sensualidad tan íntima, en público y
plena luz del día, y desde luego no a un completo extraño.
Fue vagamente consciente de que el todoterreno se alejaba, pero él seguía
cubriendo su boca con la suya
Entonces, tan bruscamente que casi la hizo tambalearse, él la soltó. La ayudó a
recuperar el equilibrio con una mano, sin ninguna emoción, y desapareció entre la
multitud, dejándola abrumada y, lo que era má inquietante, sintiéndose como si la
hubiera abandonado.
—Alteza… –
Profundas reverencias marcaban su rápido caminar a través del palacio real
mientras él se dirigía a encontrarse con su medio hermano.
Los guardias armados que custodiaban las suntuosas puertas de la sala de
audiencias las abrieron, hicieron una reverencia y salieron.
Xander estaba por fin en presencia de su medio hermano, e hizo una profunda
reverencia mientras las puertas se cerraban tras él. Puede que tuvieran el mismo
padre, y que su hermano mayor tuviera debilidad por él, pero el hombre que tenía
delante era el soberano de Zurán, y al menos en público le debía un respeto por eso.
Inmediatamente, el soberano se puso en pie y ordenó a Xander que se
levantara y que le diera un abrazo.
—Me alegro de que hayas regresado. He oído comentarios excelentes sobre ti
de los otros líderes mundiales, hermano, y de nuestras embajadas de Estados
Unidos y Europa.
—Eres demasiado amable, Alteza. Todas esas alabanzas deberían ser para ti
por haberme concedido el honor de ocuparme de que nuestras embajadas tengan el
personal necesario para promover vuestros planes de instaurar la democracia.
Sin necesidad de dar ninguna orden, se abrió una puerta y apareció un criado,
seguido por otros dos que traían un delicioso café recién hecho.
Los dos hombres esperaron hasta que la pequeña ceremonia hubo terminado.
En cuanto estuvieron solos, el soberano se acercó a Xander.
—Ven, demos un paseo por el jardín —le dijo—. Allí podremos hablar con más
comodidad.
Junto a la sala de audiencias, y disimulado tras pesadas cortinas, había un
patio con un jardín lleno de vida gracias al sonido de sus numerosas fuentes.
Ni una mota de polvo estropeaba la perfección de los caminos, de suelo de
mosaico, mientras los dos hombres caminaban uno al lado del otro, vestidos con sus
prístinas túnicas.
—Es como sospechábamos —le anunció Xander er voz baja, mientras se
detenían delante de uno de lo múltiples estanques.
Se agachó sobre un cuenco con comida para peces agarró un puñado y lo lanzó
al agua.
—Nazir está conspirando contra ti —añadió.
—Tienes pruebas claras de eso? —preguntó el sobe rano con dureza.
Xander negó con la cabeza.
—Aún no. Como sabes, he logrado infiltrarme en la banda de ladrones y
renegados liderada por El Khalid
—Ese traidor… Debería haberlo dejado en prisión er lugar se haber sido tan
benévolo con él —comentó el soberano, resoplando.
—El Khalid no te ha perdonado que le arrebataras sus tierras y sus bienes
cuando descubriste sus actividades fraudulentas. Sospecho que Nazir le ha
prometido que, si logra derrocarte, él le devolverá sus cosas su posición. También
sospecho que Nazir pretende qu sea El Khalid quien parezca que está contra ti. Clare
él no puede permitirse verse envuelto de ninguna forma en tu asesinato —dijo, y
frunció el ceño—. Debe estar alerta…
—Estoy bien protegido, no temas. Además, como ti bien dices, Nazir me odia
tanto desde que éramos niños, que no se atreverá a atacarme abiertamente.
—Es una pena que no puedas deportarlo.
El Soberano rió.
—No, no podemos hacer nada sin pruebas fehacientes, hermano. Ahora somos
una democracia, gracias en parte a tu madre, y debemos actuar según las leyes de
esta tierra.
La referencia a su madre hizo que Xander frunciera ligeramente el ceño. Su
madre había sido contratada hacía muchos años como institutriz del hijo del
soberano. Era una pensadora liberal y apasionada, y había transmitido sus ideas a su
joven alumno, el soberano actual, mientras al mismo tiempo se enamoraba de su
padre, un amor que él había correspondido.
Xander era el resultado de ese amor, pero no había llegado a conocer a su
madre. Ella había muerto de malaria al mes de nacer él, pero antes le había hecho
prometer a su padre que respetaría la herencia cultural de ella a la hora de educar a
su hijo.
Como resultado de aquella promesa en el lecho de muerte, Xander había sido
educado en Europa y Estados Unidos, antes de ser nombrado embajador itinerante
de Zurán.
—Eres tú quien se enfrenta al mayor peligro, Xander —le advirtió el soberano
—. Y, como hermano tuyo y como tu soberano, no me hace feliz que te sometas a
ese riesgo.
Xander se encogió de hombros quitándole importancia.
—Ambos estamos de acuerdo en que no podemos confiar en nadie más y,
además, el peligro no es tan grande. El Khalid me ha aceptado en mi rol como tuareg
sin tribu, condenado al ostracismo por mi gente por mis actividades criminales. Ya le
he demostrado mi valía: la semana pasada asaltamos una caravana de comerciantes y
les aliviamos de su carga…
El soberano frunció el ceño.
— ¿Quiénes eran? Me encargaré de que sean indemnizados… aunque nadie ha
presentado ninguna queja de un ataque similar.
—Ni lo harán, sospecho —contestó Xander secamente—. Por un lado, el asalto
se produjo justo en la zona deshabitada junto a la frontera de Zurán, que es donde
El Khalid tiene su base; y por otro, la mercancía que les sustrajimos era dinero
falsificado.
—Entonces ¡entiendo por qué no han presentada ninguna queja! —exclamó el
soberano
—Aunque se rumorea que El Khalid está relacionado con alguna persona
importante, aún no he visto a Nazir ni a ninguno de sus hombres ponerse en contacto
con él. De todas formas si, como sospecho, Nazir tiene planeado asesinarte durante
alguna de tus apariciones públicas en nuestro día de fiesta nacional, tendrá que ver a
El Khalid en breve. Casualmente, El Khalid nos ha hecho saber que va a reunirse con
alguien importante y que todos debemos estar presentes, pero aún no ha dicho ni
cuándo ni dónde va a ser.
— ¿,Y tú Crees que Nazir estará en esa reunión?
—Seguramente. Querrá asegurarse de que los hombres elegidos para
acompañar a El Khalid en su misión para asesinarte sean de confianza. Nazir no
querrá arriesgarse a emplear a sus propios hombres, así que creo que estará allí. Y
yo también estaré.
El soberano frunció el ceño.
— ¿No te preocupa que Nazir pueda reconocerte?
— ¿Vestido como un tuareg? —Cuestionó Xander, negando con la cabeza—. Lo
dudo. Al fin y al cabo, tienen por costumbre ir con el rostro cubierto.
El soberano seguía preocupado.
—Entonces, Alteza, ¿os agradan los progresos del nuevo complejo hotelero?
He escuchado grandes alabanzas sobre los servicios turísticos de nuestro país
mientras visitaba nuestras embajadas —comentó Xander suavemente, lanzándole una
mirada de advertencia a su medio hermano al advertir que alguien se acercaba a
ellos.
Los arbustos se abrieron para dejar paso a la figura pequeña pero fornida del
hombre del que habían estado hablando, y que se acercaba a ellos con los dedos
llenos de anillos ostentosos. Fijó su mirada venenosa en Xander y luego en el
soberano. Ignorando completamente al primero, hizo una reverencia muy rígida ante
el segundo.
—Nazir, ¿qué te trae por aquí? —saludó éste fría- mente—. No es frecuente
que abandones tus labores como Ministro del Interior para hacer visitas sociales.
— ¡Estoy muy ocupado, es cierto! —respondió Nazir dándose importancia.
—He oído que hace un rato ha habido problemas en el zoco —murmuró Xander.
Nazir lo fulminó con una mirada de sospecha.
—No ha sido nada… Un ladronzuelo estaba provocando algún desorden, eso es
todo.
— ¿Un ladronzuelo? ¡Pero si tú mismo estabas allí!
—Estaba en la zona por casualidad. Además, ¿qué derecho tienes a decirme
cómo desarrollar mi trabajo?
—Ninguno, aparte del de un ciudadano que se preocupa por su país —contestó
Xander sin emoción.
Nazir apretó los labios y le dio la espalda deliberadamente, mientras se dirigía
al jeque.
—Entiendo, Alteza, que habéis ignorado mi consejo y que habéis elegido
prescindir de la escolta que os ofrecía mi guardia personal para asegurar vuestra
seguridad en las celebraciones del día nacional.
—Os agradezco vuestra preocupación, primo, pero debemos recordar en todo
momento nuestro deber hacia el pueblo. Nuestros invitados de otras naciones, sobre
todo de aquéllas que esperamos que nos apoyen para el desarrollo de nuestro
turismo, dudarán de la estabilidad de nuestro país si creen que un soberano no puede
pasearse entre su gente sin una cohorte de guardias armados. —
Se creó un silencio lleno de tensión que Xander rompió con sus palabras.
—Y además, uno siempre debe preguntarse quién protege a los que protegen…
Por el rostro de Nazir cruzó una expresión de odio asesino.
—Si estáis sugiriendo… -comenzó ferozmente.
—No estoy sugiriendo nada —le cortó Xander fríamente—. Sólo estoy
exponiendo los hechos.
— ¿Los hechos?
—Ha quedado probado que la presencia de personal fuertemente armado puede
dar lugar a pequeños incidentes que se descontrolen completamente.
—Estoy seguro de que ninguno de nosotros quiere tener que explicarle al
embajador de otro país que un de sus ciudadanos ha muerto bajo los disparos de u
guardia demasiado entusiasta y mal entrenado.
—Seguiremos hablando de esto en privado, primo—dijo Nazir, ignorando
deliberadamente a Xander, y continuación hizo una reverencia y se marchó.
El jeque frunció el ceño mientras intercambiaba una mirada con su medio
hermano.
—Nuestro primo olvida lo que te debemos a ti, Xander —dijo enfadado.
Xander se encogió de hombros, restándole importancia.
—El nunca ha ocultado el hecho de que yo no le gusto, ni mi madre tampoco.
— ¿Y tu padre? ¡Nuestro padre fue el mejor soberano que ha tenido nunca
este país!
¡ Nazir haría bien en no olvidarlo! Desde que eras pequeño, él se ha portado mal
contigo, pero ni yo ni mi padre lo sabíamos.
—Aprendí a vivir con ella y con él.
—Tanto él como su padre odiaban a tu madre. Les molestaba la influencia que
tenía sobre mi padre. Y luego, cuando él la convirtió en su esposa…
—Puede que a mí me aborrezca, pero es a ti a quien quiere derrocar —apuntó
Xander secamente—. Tengo que regresar al desierto antes de que mi ausencia
levante sospechas. Me preocupaba que Nazir sospechara de mí después de que sus
hombres pusieran patas arriba el zoco buscándome, pero he sabido que ¡era a otro
tuareg a quien buscaban!
—La versión oficial es que sólo has regresado a Zurán por un breve tiempo y
que abandonas el país nuevamente esta noche para disfrutar de un merecido
descanso. Es una pena que no tengas tiempo para comprobar tus empresas. Tus
yeguas han tenido un montón de hermosos potros, y la primera fase de construcción
del puerto deportivo ya se ha completado.
Xander sonrió y sus dientes blancos refulgieron junto a su piel color miel.
El soberano era conocido en el mundo entero por su relación con las carreras
de caballos.
Mientras paseaban de regreso al palacio, el Soberano se giró hacia Xander.
—No estoy seguro de si debería permitirte hacer esto, ¿sabes? —le dijo muy
serio—:Te aprecio mucho, hermano pequeño, más de lo que crees. Tu madre fue lo
más cercano a una madre que yo tuve. Ella abrió mi mente al conocimiento. Fue su
influencia sobre mi padre lo que le hizo a él plantearse el futuro a largo plazo de
nuestro país, y cuando ella murió creo que él mismo perdió las ganas de vivir. Los he
perdido a los dos, hermano. No quiero perderte a ti también.
—Ni yo a ti —le contestó Xander, mientras se abrazaban.
— ¡Hola, preciosa! ¿Te apetece salir conmigo esta noche? He oído que Su
Alteza va a ofrecer una lujosa recepción para celebrar el comienzo de la temporada
de carreras, y luego podíamos ir a un bar.
Katrina sonrió ante la alegre invitación del fotógrafo del grupo. Tom Hudson
era un ligón incorregible; pero se hacía querer.
Ella comenzó a negar con la cabeza, pero antes de que pudiera decir nada,
Richard habló secamente.
—Estamos aquí para trabajar, no para socializamos, y harías bien en no
olvidarlo, Hudson. Además, tenemos que levantarnos muy temprano mañana —le
recordó.
Se creó un silencio incómodo, y Tom le dedicó una mueca a Richard a sus
espaldas.
Aunque estaba muy cualificado, Richard no era popular en su grupo, y Katrina
era quien más sufría su presencia.
—Es un hombre muy desagradable —comentó Beverly Thomas, la Otra mujer
del grupo, mientras se sentaba en la cama de Katrina.
El equipo habitaba un lujoso chalet privado construido según el estilo
tradicional: con las habitaciones de las mujeres separadas de las de los hombres. Al
principio, a Katrina le había desconcertado que ella y Bey tuvieran que quedarse en
su habitación por la noche. Pero desde que Richard se le había insinuado varias
veces, estaba profundamente agradecida de tener que seguir las costumbres del
país.
—No puedo evitar sentir lástima por su esposa —confesó Katrina.
—Ni yo. A él no le gusta ni que la mencionemos. Eres consciente de que está
desarrollando una obsesión hacia ti, ¿no?
Cuando vio la mirada aprensiva de Katrina, añadió:
—Bueno, quizás llamarlo obsesión es demasiado, pero está decidido a acostarse
contigo.
—Puede que quiera hacerlo, pero no lo va a lograr —le aseguró Katrina con
determinación—. Lo que me preocupa es que use su posición de líder de la expedición
para castigarme por rechazarlo. Este es mi primer trabajo y estoy en período de
prueba.
—Intenta que no se te acerque —le aconsejó Beverly, ahogando un bostezo—.
Me voy a dormir. Hoy ha sido un día muy largo y, como nos ha recordado nuestro
querido Richard, mañana salimos antes de que amanezca.
Katrina sonrió. Estaba deseando comenzar la expedición al desierto para
examinar el lecho de un wadi, un río que permanecía seco salvo en la estación de
lluvias.
Debería dormir. Hacía una hora que se había tumbado en la cama, pero cada
vez que cerraba los ojos se encontraba con la perturbadora mirada del hombre de
los ojos de ámbar, como lo había bautizado ella para si.
Y no sólo se le había quedado grabado el color de sus ojos. Todo su cuerpo
vibraba al recordarlo.
«Esto es ridículo», se dijo a sí misma rotunda mente. Una mujer de
veinticuatro años con un doctorado en Bioquímica no podía rendirse a una estúpida
primitiva respuesta sexual hacia un completo extraño, ¡ además de un criminal,
seguramente!
Pero sus dedos recorrían la suave curva de sus labios, buscando la huella de los
de él. Su memoria estaba recordando vívidamente todo lo que había sentido bajo la
dominación de su beso.
Molesta, intentó negar lo que estaba sintiendo. Sus padres habían sido un par
de científicos ejemplares. Habían vivido el uno para el otro y habían muerto juntos,
cuando el lugar que excavaban se había derrumbado sobre ellos.
En aquel momento ella tenía diecisiete años. Ya no era una niña, pero tampoco
una adulta. Sus padres eran hijos únicos y no tenían más familia, así que su muerte
no sólo la había dejado huérfana, sino con una profunda necesidad de que alguien la
amara, de que alguien la completara, y con un profundo temor a la vulnerabilidad que
esos sentimientos creaban en ella.
Por eso, se había vuelto muy introspectiva, demasiado inmadura y asustada
para lidiar con esos sentimientos. Se había concentrado en sus estudios,
permitiéndose hacer amigos con mucha cautela, sin que ninguno fuera demasiado
cercano.
A los veinticuatro años había considerado que ya estaba mentalmente
equilibrada y emocionalmente madura, pero no le parecía ninguna de las dos cosas
ante lo que sentía hacia un extraño.
«Estás en un país diferente con costumbres diferentes», se dijo a sí misma.
«Un país, además, que siempre te ha fascinado. Por eso estabas tan deseosa de venir
aquí, por eso hace tiempo aprendiste zuranés. A eso se le añade que tenías la
adrenalina disparada ante la situación tan poco familiar. Todo eso te ha afectado».
La había afectado hasta el punto de que su cuerpo había respondido a un
hombre que no conocía, un hombre del que tendría que haberse puesto en contra.
«Todo el mundo puede cometer un error», intentó consolarse. Después de
todo, era casi imposible que volviera a encontrarse con él. No quiso aceptar que esa
certeza la deprimía.
Capítulo 2
EL SOL empezaba a aparecer en el horizonte cuando la expedición se puso en
marcha, formando un convoy de vehículos todoterreno perfectamente equipados,
camino del desierto. Para consternación de Katrina, Richard había insistido en que
debía viajar con él a solas, en el vehículo que él conducía.
—Estarás mucho más cómoda conmigo en el vehículo de cabeza —le dijo él,
riéndose cruelmente—. Los otros se tragarán nuestro polvo.
Era cierto que la velocidad a la que conducía estaba levantando una nube de
fino polvo, pero Katrina hubiera deseado estar con cualquier otra persona.
— ¿Por qué no te relajas y duermes un poco? —Le sugirió Richard con un tono
de lo más empalagoso—. Va a ser un viaje largo. Pero antes de cerrar los ojos, bebe
agua. Ya conoces las reglas, debemos cuidarnos de no deshidratamos.
Obedientemente, Katrina agarró la botella de agua que él le tendía y bebió.
Quince minutos después, pensó que tal vez era una buena idea dormir un poco.
Al menos si dormía no tendría que darle conversación a Richard. Y además de pronto
tenía mucho sueño, seguramente porque bahía pasado casi toda la noche pensando en
el hombre de los ojos de ámbar. Conforme se acomodaba para dormirse, sintió que el
vehículo aceleraba.
El sol del atardecer la despertó al colarse por el parabrisas del coche. Al
darse cuenta de la enorme cantidad de tiempo que había estado dormida, dio un
brinco en el asiento y se giró hacia Richard consternada.
—Deberías haberme despertado —le dijo—. ¿Cuánto queda para que lleguemos
al wadi?
Transcurrieron algunos segundos antes de que Richard contestara. La mirada
de sus ojos hizo sentirse a Katrina repentinamente inquieta.
—No vamos al wadi —replicó él con aire de suficiencia—. Vamos a un lugar
mucho más aislado y romántico… Un lugar donde te tendré para mí solo, donde podré
enseñarte…
Katrina se lo quedó mirando sin poder creer lo que escuchaba, esperando haber
comprendido mal, pero obviamente no era así.
— ¡Richard, no puedes hacer esto! Tenemos que ir al wadi. Los otros estarán
esperándonos…
—Creen que hemos tenido que dar la vuelta —le informó él con calma—. Les
dije que no te sentías muy bien. Fue una buena idea poner somníferos en el agua que
te di a beber.
Katrina lo miró horrorizada.
—Richard, esto es ridículo. Voy a llamar a los demás por teléfono y…
—Me temo que no vas a poder hacerlo —le interrumpió él, con una sonrisa de
satisfacción—. Tengo tu teléfono móvil, lo saqué de tu bolso cuando me detuve a
avisar a los demás de que regresábamos.
Katrina no daba crédito a lo que oía.
— ¡Esto es una locura! Será mejor que volvamos junto a los demás y nos
olvidemos…
— ¡No! —la interrumpió él apasionadamente—. Vamos al oasis. Llevo muchos
días planeando cómo tenerte. Para mí solo. Esta es la oportunidad perfecta y el
oasis, el lugar perfecto. Está en una zona deshabitada del desierto, una auténtica
tierra de nadie, y eso debería resultarte atractivo, Katrina, con lo que te gusta la
historia de esta región. Antes se usaba como sitio de descanso para las caravanas
que atravesaban el desierto.
Katrina se lo quedó mirando. Tenía la garganta seca y el corazón le latía con
fuerza. No tenía miedo de él, pero estaba claro que su comportamiento demostraba,
si no una obsesión por ella, al menos una preocupación excesiva e incómoda hacia ella,
tal y como Bey había comentado.
—Mira, aquí está el oasis —anunció Richard.
El todoterreno bordeó unas rocas, tras las cuales surgieron palmeras y otra
vegetación junto a un lago.
Mientras Richard detenía el vehículo, Katrina reconoció que, en otras
circunstancias, se hubiera quedado fascinada con el paraje.
La vegetación del oasis era inesperadamente exuberante y espesa.
Seguramente en otros tiempos un río había llegado hasta el lago, ¿qué otra cosa si
no habría podido dibujar una grieta a través de las rocas

Web del Autor

Clic Aqui Pagina Oficial

Si no sabes descargar mira este video tutorial

[sociallocker]
[popfly]

Descargar 

Leer en online
[/popfly] [/sociallocker]

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

error: Content is protected !!
---------