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Libro PDF Post El soldado – Sean Black

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apartamento. Los gases de los tubos de escape
del tráfico de las últimas horas de la tarde y las
hojas doradas de fines de otoño me llevan al
pasado. Hace frío. Doy zapatazos en la acera
tratando de calentar mis pies. Una mujer que
pasea un perro pequeñito enfundado en un
pulóver de lana pasa a mi lado. Nuestros ojos se
encuentran y ella desvía la mirada abruptamente,
ondeando su cabellera dorada. En una ciudad en
constante movimiento, estar quieto levanta
sospechas, sobretodo cuando luces como yo.
Yo asusto a la gente. Ven algo en mis ojos. Al
principio pensé que era muerte, pero no lo es. La
muerte es una presencia, y lo que ellos ven en mí
es ausencia.
Está oscureciendo. El último rayo de sol
colorea el frente del edificio de un exquisito
color miel dorada por unos minutos preciosos,
mientras espero afuera. Me digo a mí mismo que
he llegado muy lejos, he visto tantas cosas, que
todo lo que me ha pasado me obliga a mantener
mi posición. Debo verla otra vez. Una última vez.
“La humanidad no durará para siempre. Pero no
veo por qué no podemos disfrutar ser humanos por
un tiempo más.”
Nicholas Aggar
CAPÍTULO 1
Bank of America, Santa Mónica, California
Lewis
Cuando el hombre enfundado en una gastada
chaqueta verde se acercó a su mostrador, Shawna
Day movió su pie derecho hacia el botón de la
alarma silenciosa situado en la alfombra,
directamente bajo su caja. Aunque no parecía
llevar arma alguna y no había hecho ningún
esfuerzo por cubrirse la cara con algo más que la
sombra de una barba, todo sobre él, desde la
cabeza girando hacia los lados todo el tiempo
hasta los hombros hundidos y los ojos mirando
furtivamente en todas direcciones, todo su aspecto
decía a gritos dos palabras: ladrón de bancos.
Ocultó su preocupación con un “¿En qué puedo
ayudarle?” de manual. Shawna miró más
atentamente al hombre del otro lado de la
ventanilla de seguridad. Tendría unos veintitantos,
aunque sus grasientas ojeras azuladas lo hacían
parecer mayor. Su cabello estaba cortado al rape.
Él volvió su cabeza hacia la izquierda, mirando
sobre su hombro al único guardia de seguridad del
banco. Shawna pudo observar una cicatriz roja en
forma de semicírculo en la base del cráneo. El
hombre sujetaba un sobre de Manila marrón. Tenía
vendado el dorso de su mano izquierda, y había
una costra roja de sangre sobre la gasa. Shawna
sintió náuseas al ver la sangre y el sucio vendaje.
—¿Señor? — dijo ella, dirigiendo su atención
hacia el sobre. Estaba abultado en las esquinas.
Ella lo observó buscando cables. Un tiempo atrás,
un ladrón de bancos utilizó bombas falsas para
cometer una serie de robos en el área
metropolitana de Los Ángeles.
Por encima del hombro del extraño pudo ver al
guardia de seguridad. El guardia tendría unos
cincuenta años, de complexión algo fofa, no
hablaba con nadie excepto con el gerente y se
separaba del resto del personal para almorzar. Él
también estaba vigilando al cliente. Ver que el
guardia estaba atento la hizo sentir un poquito
mejor respecto a sentimiento su paranoia.
El hombre levantó los ojos y su mirada se
encontró con la de la cajera. Su boca se torció
hacia arriba en una sonrisa forzada. Ella habría
sentido lástima por él, de no haber sido por sus
ojos. Las pupilas eran vacíos de negra obsidiana.
Se enfocaban en un lado y luego en otro de la cara
de la cajera, contrayéndose y expandiéndose una y
otra vez, como la apertura del obturador de una
cámara.
Era raro, extraño, pero no lo suficiente como
para presionar el botón de alarma. Posiblemente el
joven estuviese drogado, tal vez con PCP, la droga
callejera menos suave. Pero eso no era de su
incumbencia. Qué diablos, estamos en Santa
Mónica. Sales a la calle y probablemente 75 por
ciento de la población local estaba drogada con
algo: niños usando Ritalina para estar tranquilos;
profesionales con Adderall para ser más
productivos; amas de casa con Valium y Pinot
Noir; baby boomers flotando en una dulce nube de
marihuana; y vagabundos como el tipo que tenía en
frente, que quieren algo más fuerte a cambio de sus
magros dólares.
El joven de los ojos de obturador aún no
hablaba.
—Señor — dijo Shawna más firme,
recordando que ni con la fuerza que daba un
subidón de PCP podría atravesar la ventanilla de
seguridad —. Hay gente esperando. ¿Me podría
decir en qué lo puedo ayudar hoy?
El hombre respiró profundamente y bajó su
mano lastimada, la izquierda, sosteniendo
firmemente el abultado sobre con la derecha.
Cerró los ojos y los volvió a abrir, su exhalación
silbó entre sus blancos dientes, los que sugerían
una vida diferente en el pasado. Shawna empezaba
a desear que sacara un arma, sus ojos eran más
escalofriantes que un robo.
En la fila, una madre rezongó a su hijo
pequeño por clavarle su dedo regordete a su
hermanita. La niñita, que estaba sujeta en su carrito
de bebé, pateaba frustrada. El cajero al lado de
ella contaba una pila de billetes de veinte para una
mujer asiática. Solo el guardia de seguridad
parecía demostrar algún interés por lo que estaba
pasando en la ventanilla cuatro. Mientras, la
pierna de Shawna empezaba a acalambrarse por
estar en una posición incómoda por encima del
botón de alarma.
Finalmente, los labios del hombre se
movieron. Tragó tan fuerte que ella pudo ver como
se movía su nuez de Adán. Ella le sonrió,
esperando una respuesta, algo, cualquier cosa.
—Está muy amarilla —dijo él, en una voz
calmada y suave, como si lo que dijo fuera lo más
natural del mundo.
CAPÍTULO 2
Al principio, Shawna no estaba segura de haber
escuchado bien.
—¿Disculpe?
—La asusto. Cuando la gente se asusta se pone
amarilla, ¿sabe? Como ese dicho “es un panza
amarilla”. Es porque tiene miedo. Ahora usted está
asustada.
No, pensó ella, antes estaba asustada. Ahora
estaba simplemente enojada.
¡Maldito loco! No, no era un ladrón de bancos
después de todo. Tal vez fuera un chico que
abandonó la universidad y que no tuvo mejor idea
que entrar al banco y leerle el aura a alguien. La
República Popular de Santa Mónica, pensó. Tienes
que amarla. Lo tiene todo, todo el año.
Temperatura de 24º grados, la playa, el océano
Pacífico, las palmeras, máquinas expendedoras de
droga, y aparentemente todos los locos
vagabundos de la Costa Oeste, todo junto en una
superficie de unas pocas millas cuadradas.
—Así que amarilla, ¿no? —dijo ella—. Es
bueno saberlo. Debe ser porque soy Tauro. Bien,
¿en qué puedo ayudarle hoy? Alejó su pie de la
alarma y bajó su mano para masajear su muslo
adolorido.
—Olvídelo, ¿sí? —dijo él—. No debí haber
dicho nada.
Apenas se volvió y vio la fila detrás de él.
Luego, volviéndose a ella, sostuvo el abultado
sobre en el aire.
—Necesito una caja de seguridad. En el sitio
web del banco decía que ustedes todavía tienen.
—Así es. Le traeré un formulario. También
necesito dos identificaciones diferentes.
El hombre se irguió.
—No tengo identificación. Pero puedo pagar
en efectivo, doce meses por adelantado.
—Señor, las regulaciones federales…
La cajera junto a ella, una chica latina recién
salida de la universidad que había trabajado a su
lado por los últimos meses, le echó una mirada
comprensiva. Trabajando en un banco te
acostumbras a que la gente sea grosera contigo.
Aunque tú no haces las reglas, informarle a la
gente que hay reglas y procedimientos a seguir te
hace quedar a ti como un maldito, no a ellos. No
te tiene que gustar como reaccionan algunas
personas, pero te acostumbras rápidamente y lo
aceptas como otra parte de tu trabajo. O bien
puedes buscar otro trabajo, lo que en esta
economía es lo mismo que rendirse.
Su corazón latió más fuerte cuando vio que el
hombre metía la mano en su chaqueta.
—Señora, es muy fácil. Tome mi dinero y mi
sobre. Lo pone en una caja. Me da una llave y un
número.
Ella pudo escuchar como apretaba los dientes
al hablar. Él sacó un sobre tamaño carta, lo abrió y
pasó su pulgar por un montón de billetes
grasientos. Ella se relajó un poquito.
—Si quiere puedo pedirle al gerente que hable
con usted —dijo ella.
Comenzó a darse vuelta cuando de pronto,
sintió que la mano del hombre salía de la nada y
sujetaba con fuerza su mano a través de la ranura
bajo la ventanilla de seguridad. La venda se había
caído y ella podía ver la herida. Era una masa en
forma de estrella llena de pus amarillo y sangren
que cubría el dorso de su mano. Ella ni siquiera se
había dado cuenta de que él se había movido. No
había visto pasar la mano a través de la ranura. Un
momento no estaba y al otro estaba allí. El pulgar
del hombre le apretaba el pliegue entre el índice y
el pulgar tan fuerte que apenas se podía mover.
Ella intentó liberarse pero él apretó más fuerte
aún. Le dolía y mucho, el dolor le subía por el
brazo. Movió su pie y apretó el botón de alarma.
CAPÍTULO 3
El hombre soltó su mano tan rápido como la había
sujetado. Ahora, ella se sentía como una tonta.
Obviamente, después de apretar el botón no se
puede anular la alarma. Él la había sujetado, la
había agredido, sí. Pero no era un robo.
Sus miradas se encontraron. Sus pupilas se
abrían y cerraban rápidamente una vez más.
—¿Por qué hace eso, eh? Yo no iba a
lastimarla.
—¿Por qué hice qué? —preguntó ella, aún
demasiado nerviosa por todo lo sucedido como
para llamarlo ‘señor’. Ahora había dos personas
asustadas, y ambas en un grave problema.
—Activó la alarma —dijo él.
Ella no podía negarlo. ¿Pero como era posible
que él lo supiera? ¿Por su posición del otro lado
del mostrador? No, ella había estado así cuando él
llegó.
Vio la pistola metida en la cintura de sus
pantalones camuflados. Sintió como el alivio
corría por su cuerpo. Él tenía un arma. Él la había
sujetado y tenía un arma. En ese momento sitió
como cambiaba de una empleada que metería a un
cliente molesto en un gran problema a una siempre
vigilante empleada, incluso una heroína.
—No sé a qué se refiere, señor —dijo ella,
recuperando rápidamente la compostura.
Él comenzó a empujar el sobre carta lleno de
dinero por la ranura.
—Tenga, tómelo todo. Quédese con lo que
sobre.
Sacó un bolígrafo del bolsillo de su pantalón.
Su chaqueta bajó rápidamente para ocultar la
culata del arma.
La caballería debía estar en camino. Afuera,
ella podía ver como el tráfico en Pico Boulevard
disminuía gracias al sistema automático de
semáforos que limitaba el tráfico de tres manzanas
a la redonda, dejando todo coche más allá de ese
radio detrás de un muro de luces rojas, excepto
por los carriles para girar, que quedaban vacíos
para uso de la policía.
El hombre garabateó una dirección de correo
electrónico en el dorso del sobre Manila e intentó
empujarlo a través de la ranura.
—Necesito qu

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