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Libro PDF Prim La forja de una Espada – Emilio de Diego García

Prim La forja de una Espada - Emilio de Diego García

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biografía, un género
historiográfico tan viejo como
la propia Historia, ha
reencontrado su papel. Pero
hablamos ahora de un relato
biográfico riguroso, tan alejado
de la hagiografía como de la
hipercrítica visceral, que
intenta conocer nuestros
antecedentes, siguiendo como
eje el estudio del personaje y
de su contexto, para asomarnos
a una época en su conjunto. Se
trata de ganar en viveza y en
realismo, sin perder un ápice
de las posibilidades de la
Historia como ciencia y,
naturalmente, como medio
para proyectar sobre lo
pretérito algunos interrogantes
del presente.
A partir de tales principios
abordamos esta panorámica de
Prim, no sólo para evaluar más
correctamente su figura, sino
para entender mejor una buena
parte del siglo XIX. Lo hacemos
convencidos de que el
Ochocientos, ese siglo con el
que ya no tenemos frontera
cronológica directa,
desempeña, tal vez en mayor
grado que ningún otro, un
papel decisivo en la
conformación de la España que
llega a nuestros días. En él,
una extensa nómina de
militares, desde Elío y Eguía
hasta Martínez Campos o
Weyler, motejados de modo tan
genérico como simplista de
«espadones», aunque las
diferencias entre todos ellos
serían, al menos, tantas y tan
importantes como las
coincidencias, ocupan, por unas
u otras causas, el primer plano
de la política nacional.
Ese innegable
protagonismo del estamento
militar alcanzaría sus más
elevadas cotas entre 1833 y
1876. Durante aquellas más de
cuatro décadas, la vida pública
española giró, en gran medida,
alrededor de los nombres de
Espartero, Narváez, O’Donnell,
Prim y Serrano. Conspiradores
unas veces, gobernantes otras,
tan pronto los encontramos en
los palacios del poder como en
el exilio, cubiertos de honor o
condenados a muerte, unidos o
enfrentados, pero apareciendo
continuamente en el escenario
político como actores de sí
mismos y de una amplia gama
de intereses de distinto tipo.
Personajes románticos, al modo
de la sociedad que les rodea,
representaron el drama de una
España marcada por la
violencia, en un juego patético,
en ocasiones, y siempre
apasionado. Hijos de la guerra,
fueron exponentes, con
frecuencia crueles, de un
mundo que queda, de forma
simultánea, demasiado cerca y
enormemente lejos, del que
ahora vivimos. Liberales,
constitucionales, moderados,
progresistas, egoístas todos en
el sentido más literal del
término; Prim sería, en nuestra
opinión, el ejemplo más
peculiar y el único de ellos en
el que se conjuga, junto a su
característica de militar y su
ideología partidaria, el
componente regionalista, si
bien dentro del más acendrado
españolismo.
Respecto a los duques de la
Victoria, de Valencia, de
Tetuán, de la Torre… su origen
geográfico no tiene especial
relevancia política; en Prim, sí.
Él era militar, igual que
aquéllos, pero, a la par e
inseparablemente, catalán, y
como tal actuaría no sólo en su
vida privada sino también en su
peripecia pública.
Figuras, y aun figurones,
en algún caso de enorme
popularidad, Espartero y Prim,
por unos motivos y, tal vez,
Narváez, por razones distintas,
cruzarían las fronteras del
mito. En el conde de Reus se
encarnaría, a partir de un
momento, la máxima aspiración
popular de aquellos años.
«¡Prim! ¡Libertad!»,
exclamaban las gentes, a mitad
de la década de 1860, frente a
la opresión gubernamental,
como si ambos términos fueran
la misma cosa. Además, otro
rasgo confiere al conde de Reus
perfiles heroicos sin parangón:
su muerte a manos de los
asesinos cubiertos por la noche
decembrina de 1870 y algunos
velos que nadie puso
demasiado interés en romper.
El martirio llevó a Prim,
definitivamente, a la leyenda.
No es de extrañar, por
tanto, que en torno a la figura
política y humana de don Juan
Prim y Prats, conde de Reus,
vizconde del Bruch y marqués
de los Castillejos,[1]con
grandeza de España, hayan
corrido, eso que solemos
llamar, con harta frecuencia,
«ríos de tinta» y, en este caso,
tan exuberante afirmación no
sería demasiado exagerada.
Además de la ingente cantidad
de páginas de documentación
oficial, en las cuales nos lo
tropezamos, y del inmenso
volumen de artículos que, a su
favor o en su contra, vieron la
luz durante su vida, contamos
con la obligada mención que
han de dedicarle todas las
obras de síntesis de la historia
española contemporánea y,
más particularmente, del siglo
XIX. No faltan tampoco
referencias a su actuación en
otros estudios, políticos o
militares, sobre el período
decimonónico español, aunque
el capítulo principal de la
publicística acerca de Prim lo
constituyen, sobre todo, las
múltiples biografías, que se le
han dedicado incluso desde
antes de su muerte.
¿Para qué volver, entonces,
sobre el marqués de los
Castillejos? Pues para
incorporar nuevos caracteres y
divulgar su trayectoria al
amparo de los veneros
informativos ya conocidos, pero
también de otras fuentes
importantes, sólo aprovechadas
hasta ahora mínimamente o de
manera demasiado discontinua:
la prensa, los Diarios de
Sesiones del Congreso y del
Senado y distintos materiales
documentales inéditos, hasta
estos momentos. Aunque,
además, con algunas
diferencias metodológicas
respecto a los precedentes y,
sobre todo, en función de unos
objetivos parcialmente nuevos.
En este último punto
pretendemos mirar atrás, para
no perder de vista lo que
tenemos delante. Hace más de
ciento treinta años, Francisco
Orellana publicó una de las
obras más trascendentales de
cuantas se refieren a don Juan
Prim.[2]Se trata de uno de los
diversos libros que aparecieron
inmediatamente después del
asesinato del conde de Reus.
Pues bien, ya en su
introducción, cuando intentaba
justificar el objetivo de su
trabajo, afirmaba, con palabras
que podemos emplear como
propias: «No me propongo (…)
escribir una simple biografía
(…); que otras plumas lo han
hecho y lo harán, sin duda con
mejor acierto».[3] Si aquel
autor consideraba, ya entonces,
innecesario dedicar su atención
a pergeñar un relato biográfico,
como «una relación semejante
a una hoja de servicios», hoy,
mucho más de un siglo después
y con decenas de títulos sobre
el mismo personaje, merecería
todavía menos la pena dar a la
imprenta unas páginas que, a
manera de crónica, en tono de
alabanza o de condena,
buscaran simplemente repasar
la trayectoria vital del marqués
de los Castillejos.[4] El propio
Orellana añadía que la finalidad
de su Historia del general Prim
era un intento de condensar,
en la vida de un hombre
célebre, los acontecimientos
más notables de la historia
contemporánea de España
hasta aquellos días. Por mi
parte diré, para ir un poco más
allá, que nuestro libro, sin
renunciar a las pautas del
modelo anglosajón en el género
biográfico, pero aligerando
aquella erudición que pudiera
hacerle más pesado, buscará
que ambos, el hombre célebre
y los acontecimientos más
notables, nos resulten
comprensibles desde la
perspectiva de hoy. Pero,
asimismo, desearíamos que
estos dos objetivos incluyesen,
en la misma lógica de
entendimiento, no sólo algunos
sucesos sobresalientes, sino los
rasgos clave de la época en la
cual se desenvuelve el
personaje Prim en sus distintas
facetas, resaltando, en la
medida que lo merecen, ciertos
pasajes que últimamente se
han tratado de oscurecer.
Entre éstos, los muy
numerosos en los cuales se
pone de manifiesto el binomio
esencial y vital del personaje:
su amor a Cataluña y su
españolismo, que fueron tan
inseparables como
inconcebibles el uno sin el otro.
«La vida de Prim, desde su
juventud hasta que se
extinguió, estuvo vinculada a la
existencia nacional española»;
así, con esta rotunda
afirmación que compartimos
plenamente comenzaba
Santovenia su biografía del
conde de Reus.[5]Por nuestra
parte, destacaríamos que eso
se produjo, además, desde un
catalanismo nunca desmentido,
ni por las palabras ni por las
obras, del también marqués de
los Castillejos. Creemos, por
consiguiente, que la figura de
Juan Prim, como hombre,
militar y político, armoniza
perfectamente un estilo de ser
catalán en muchas de sus
mejores características; y
español, igualmente, en lo
fundamental, tanto en lo
positivo como en lo negativo.
El sentimiento de
pertenencia a un colectivo
alcanza la máxima expresión,
sin duda, cuando se comparten,
en primer lugar, códigos de
identificación, empezando por
los más básicos. Especialmente,
aquellos que desempeñan el
papel preponderante en la
comunicación interna del
grupo. Así, la lengua sería uno
de los principales nexos hacia
el interior del clan, tal vez el
primero, a la vez que barrera
frente al exterior del mismo. En
un plano similar, en ocasiones
incluso por delante del lenguaje
(sería cuestión de gustos más
que de argumentos serios), se
situarían los caracteres étnicos
y la historia propia, aunque
demasiadas veces tenga que
ser inventada.
Sin embargo, todos esos
factores fundamentales no
aseguran por sí solos la
sensación a la que nos
referimos. Esta surge de la
voluntad del individuo,
traducida en afectos de diversa
intensidad, al interiorizar los
rasgos que acabamos de
mencionar y otros de distinta
naturaleza. Sería a partir de
aquí cuando se producen las
manifestaciones personales y
colectivas acordes con el
estereotipo asumido.
Según esto, cabría afirmar
que ser o sentirse francés,
español, chino, gallego, vasco o
catalán no se limita al hecho
circunstancial del lugar de
nacimiento, al conocimiento de
un idioma específico, a la
característica étnica, si la
hubiere, o a la existencia de un
pasado más o menos
diferenciado. Ser o sentirse
integrado en cualquiera de esos
conceptos obedece, en otro
orden de cosas, a una decisión
personal y, en última instancia,
a comportarse como tal.
Ser catalán significaría
haber nacido en Cataluña,
hablar su lengua y aceptar su
historia como propia; pero
también tener otros lazos,
espirituales y materiales, que
contribuirían a señalar los
perfiles de una personalidad
colectiva con la que el individuo
se identifica, es decir, se siente
miembro de ella. La Real
Academia Española de la
Lengua así lo entiende en ese
doble plano, primero, y un
tanto pasivo, cuando establece
que catalán significa
«perteneciente o relativo a
Cataluña», «natural de
Cataluña», «perteneciente a
este antiguo Principado»…
Segundo, y como fenómeno
voluntario y activo, al ocuparse
del término catalanismo, al cual
define como «afecto a Cataluña
o a las características propias
de Cataluña», y en su siguiente
acepción, estima que se trata
de «un movimiento que
propugna el reconocimiento
político de Cataluña y defiende
sus valores históricos y
culturales».
Esta última fórmula, al
trasladar la vinculación con
Cataluña, desde una afectividad
de carácter general y una
amplia cosmovisión, a la simple
tendencia que equivale a
impulsar una idea política en
una determinada dirección,
restringe en una, de entre sus
múltiples posibilidades, el
afecto a Cataluña, lo cual
supone, cuando menos, un
reduccionismo, tanto más
acusado en la medida en que
dicha elección pretenda ser
exclusiva. De igual modo,
significaría un empobrecimiento
del sentimiento catalanista, el
limitarlo a la postulación en
favor de los intereses
económicos de la región, a
partir de una única escuela o
doctrina y, así, en cualquier
otro campo.
Por consiguiente, ser
catalanista, en puridad, no
implicaría obligatoriamente una
opción política. Pero, lo que es
más significativo, aun en el
caso de que se hablara de
catalanismo como una
tendencia política, ésta no
tendría por qué ser única en
sus formas, ni excluyente y
confrontativa. A este respecto
hay una peligrosa, aunque
comprensible, inclinación a
presentar como único aquello
que nos conviene y a borrar lo
que parece no resultarnos útil.
En relación con la historia esto
se traduce en demonizar,
banalizar o simplemente
ignorar a los individuos o a los
testimonios de cualquier
naturaleza que puedan
contradecir nuestro discurso.
Algo de esto ha ocurrido de
un tiempo a esta parte, por
activa y por pasiva, con la
persona y la obra de don Juan
Prim y Prats, nacido en Reus
(Tarragona) el 6 de diciembre
de 1814, segundo de los hijos
de Pablo Prim y de Teresa Prats
[6]y bautizado como Antón
Juan Pau María en la iglesia de
San Pedro de la misma
localidad.[7]Su abuelo, Ramón
Prim, había sido allí notario, de
1778 a 1803, y también su
padre, entre 1806 y 1808.[8]A
partir de esta fecha, la
desarticulación de la monarquía
borbónica, la guerra contra los
franceses y la obra política de
Cádiz dieron un vuelco decisivo
a la historia de nuestro país. La
situación de la mayoría de los
españoles se vio alterada
radicalmente. Entre los que
hubieron de reorganizar su
existencia se encontraba Pablo
Prim, convertido en
combatiente contra la invasión
napoleónica y, por lo mismo, en
civil militarizado, característica
común a tantos otros que,
como él, apenas recuperarían
la paz durante el resto de sus
vidas.
Con la circunstancia de
nacer en Reus cumplía Juan
Prim la primera de las
demandas que podría exigírsele
para certificar su catalanidad.
Además, habitualmente,
hablaba catalán y, aunque no
fuese un experto, conocía la
historia de su Cataluña natal, a
la que se sentía íntimamente
unido. De este modo, sumaba
otros dos requisitos para avalar
su filiación catalana. Pero por
encima de cualquier otra
consideración, amaba a
Cataluña de manera tan
ostensible que nadie podría
asegurar de buena fe que le
aventajaba en este sentido.
Por si fuera poco, la
defensa de los intereses
catalanes en diversos frentes
fue una constante en la vida
del marqués de los Castillejos.
Ninguna voz se alzó en su
momento con más fuerza y
rotundidad, en cuanta
circunstancia y lugar se hizo
necesario, a favor de Cataluña
y de los valores materiales y
espirituales de los catalanes
que la del conde de Reus.
Pero no menor entusiasmo
demostró al proclamarse,
innumerables veces, español
por los cuatro costados;
haciendo alarde,
simultáneamente, de su
orgullosa españolidad como
heredero de las glorias de
España, concretamente de
Castilla, sin que esto
disminuyera en nada su
catalanismo. En diciembre de
1858, por ejemplo, en una
destacadísima intervención
parlamentaria, proclamaba en
el Senado: «Mis abuelos fueron
todos españoles; en las armas,
en la Iglesia, en el foro se
distinguieron por su
patriotismo. Puedo, por lo
tanto, decir que me tengo por
español de pura raza, no sólo
porque nací en España, no sólo
porque mis ascendientes fueron
españoles, sino por la
educación española que he
recibido y por el amor instintivo
que tengo a este país. Y tanto
es así que los males de mi
patria me hacen daño como los
males míos; y tanto es así que
si alguna vez ha podido haber
en ella algo que mancillase su
honra, me he creído yo
también mancillado, como si
fuese cuestión de mi propia
familia».[9] Tanto sería así que
la percepción de su
españolismo aparece reflejada
en la mayoría de sus biógrafos.
Incluso, todavía en 1930, José
Buchs, director de amplia
filmografía cuyas obras
responden a un claro intento de
recoger, en cierto sentido, la
esencia de la españolidad,
dedicó a Prim, tal vez, su mejor
trabajo. Se trata, por otro lado,
de la primera película que el
cine español intentó
sonorizar.[10] Catalán,
español, en contacto casi
permanente por unos u otros
motivos con Europa, asomado a
África y conocedor de un
fragmento importante de
América, Juan Prim, quizá por
su condición de reusense
(recuérdese el dicho, un tanto
hiperbólico, empleado por sus
paisanos como expresión
superadora de fronteras: Reus,
París, Londres), no se mostró
nunca afectado del mal del
aldeanismo, vicio endémico
bastante extendido entre no
pocos regionalistas. Pero por
encima de todo, como veremos,
no buscó jamás afirmar su
catalanidad en el
enfrentamiento con ninguna
otra parte de España; bien al
contrario, predicó siempre,
fuera el que fuese el esfuerzo
exigible, la emulación de las
mejores virtudes del resto del
país. Todo ello para colocar la
estima hacia los catalanes en la
más alta consideración del
conjunto de los españoles.
Éste es el personaje sobre
el que escribimos. Un individuo
que nada tiene que ver con el
revolucionario de barricada, ni
siquiera con el militar de
cuarteladas (aunque su nombre
aparezca asociado al cuartel de
San Gil); sino un hábil
diplomático, un estadista
(género no frecuente en
nuestra historia política) y un
hombre de mundo.
La época en que se
desenvuelve, y de la que
hemos apuntado sus líneas
maestras, transcurre en un país
donde la violencia política
imposibilitaría el desarrollo
institucional capaz de impulsar
o, al menos, permitir el mismo
ritmo de modernización que se
estaba llevando a cabo en la
mayor parte de la Europa
Occidental. La España del
fracaso isabelino, en la que
Cataluña abordó el reto de la
industrialización amparada en
un proteccionismo que hoy
podemos ver tan discutible
como imprescindible, pero que
se estimaba entonces decisivo.
L
CAPÍTULO
PRIMERO
La forja de una
espada
os años que van desde
1814 hasta 1839-1840,
referidos a la infancia,
adolescencia y juventud
de Prim, podrían
dividirse en dos etapas.
Una discurre entre la
más lejana de las fechas
mencionadas y 1834; la
otra, desde este
momento hasta el final
de la gran guerra
carlista. Las dos décadas
del período inicial
corresponderían al
ámbito estrictamente
privado de su existencia;
el lustro, o poco más,
que le sigue marca el
comienzo y los tramos
primeros de su carrera
P
militar y, por ende, los
prodomos de su vida
pública.
Infancia en
tiempos difíciles
ara el propósito de esta
obra han de ocupar
mucho menos espacio
sus andanzas infantiles y
de adolescente que las
determinadas por sus
juveniles acciones
bélicas. Sin embargo,
hemos de ser
conscientes de la
influencia que tuvieron,
para la formación de su
carácter, los compases
de una niñez
transcurrida,
principalmente, en el
espacio doméstico, en
aquella casa de la plaza
Mercadal, esquina a la
calle Munterols, tal y
como señala Olivar
Bertrand.[11]La
personalidad de su
padre, como Prim
confesaría más tarde,
acabaría marcando sus
inclinaciones políticas y
su ejemplo condicionaría
su vocación militar. Pero
la temprana muerte de
su progenitor acentuaría
la impronta materna,
que le acompañó el resto
de sus días, proyectando
sobre él una sombra
constante, sin parangón
posible con la huella que
ninguna otra relación
personal llegara a
producirle.
No obstante, tampoco
debemos olvidar, como no lo
haría Prim, ese entorno infantil
lindante con el hogar; es decir,
sus correrías por la ciudad, la
asistencia a la escuela
primaria, regentada por don
Alejandro García, sus funciones
de monaguillo en la parroquia
de San Pedro y alguna lección
de música del maestro Biosca.
Hasta ahí, diríamos que su
existencia se desenvolvía como
la de muchos de los niños que
crecían en aquel rincón catalán,
lo suficientemente pequeño
para no condenar a sus
habitantes al anonimato y lo
bastante grande para ofrecerles
oportunidades de disfrutar
vivencias muy variadas.
Sin duda, era Reus,
después de Barcelona, la ciudad
más importante y viva de
Cataluña por sus actividades
industriales y comerciales. Por
su espíritu y sus intereses
abiertos a todos los horizontes,
tanto al entorno campesino
tradicional como al mundo
innovador de otras urbes de
España y del extranjero.
Constituía un espacio
heterogéneo muy distinto de
los numerosos enclaves
levíticos del Principado. El
bullicio del mercado semanal y
la afluencia de gentes de
múltiples lugares, aunque fuera
de paso, daban un toque
especial al escenario de las
andanzas de Prim, quien
siempre llevó en la memoria su
patria chica, a la cual guardó
un gran cariño a lo largo de su
vida. «Porque yo soy muy de
Reus, ya lo sabes … —escribiría
un día a su amigo Maciá— …
carré de Munterols, la Plaça de
las Monjas y arreval de Santa
Ana y, sobre todo, el purtal de
Tarragona.»[12] Pero la
trayectoria del futuro ministro
de la Guerra y presidente del
Gobierno se vería afectada
también por las secuelas de un
marco más amplio. Su infancia
y su adolescencia se
desenvuelven en la España de
Fernando VII, signadas por el
creciente antagonismo entre
los partidarios de las ideas
liberales y los defensores del
Antiguo Régimen. Impulsores,
unos y otros, de los usos
violentos de una política
pendular, que del Sexenio
absolutista (1814-1820)
pasaría al Trienio liberal (1820-
1823), para volver a la Década
ominosa (1823-1833), en
medio de la más completa
intolerancia recíproca. Reus,
como tantos otros lugares del
país, acogía en su seno a los
simpatizantes de ambas
tendencias, los cuales tendrían
oportunidad de mostrarse
aversión mutua a lo largo de
todo aquel período.
En 1821, en pleno fervor
revolucionario, Riego, el héroe
del momento, visitó la ciudad,
donde se instaló una de tantas
tertulias patrióticas que, a
manera de clubes
revolucionarios, proliferaron
por toda España. Mientras, un
buen número de grupos
armados, integrados por
realistas ultras, se movían en
la provincia de Tarragona. Poco
duró el éxito de los liberales,
pues en 1823, algunas de las
tropas francesas llegadas en
apoyo del absolutismo
fernandino ocuparon Reus y
dieron un vuelco a la situación,
al igual que sucedió en el resto
del país.
Sin duda, el espíritu
neoabsolutista, imperante tras
el breve paréntesis del trienio
constitucional, impresionó
negativamente al futuro
marqués de los Castillejos,
educado en el ambiente liberal
de su familia más próxima. El
panorama se oscurecería de
forma preocupante para él,
cuando en 1827, el núcleo más
intransigente de los realistas
puros se levantó en armas
contra la política de Fernando
VII, a la que consideraban
demasiado benévola.
Desbordado, de una parte, por
los que ansiaban el
restablecimiento constitucional,
y de otra, por estos
«apostólicos», el monarca se
desplazó a tierras catalanas
para someter la insurrección.
Numerosas partidas
armadas, apoyadas por el
sector más reaccionario del
clero, se habían alzado en
diversos puntos. A su frente,
los nombres de Montaner, Jep
del Estany, Pixola, Bosch y
Ballester… figuraban entre los
de mayor audiencia. En
Manresa se formó la llamada
Junta Superior del Principado,
presidida por un tal Bussons,
uno de cuyos objetivos era
acabar con todos los liberales
del suelo español.
En aquel año, el
franciscano Orri (conocido
como Fray Puñal) predicaba en
Reus, soflamas no menos
incendiarias contra los
constitucionales. Acompañado
el agresivo fraile por Vidal (uno
de los cabecillas más tarde
fusilado) y sus huestes se
presentaron ante la ciudad y se
apoderaron de ella el 28 de
septiembre. Ese mismo día
Fernando VII llegaba a
Tarragona, desde donde dictó
una proclama llamando a los
sublevados a la obediencia. No
hubo respuesta inmediata, y
todavía el domingo 30 de
septiembre de 1827, El catalán
realista,publicado en Manresa,
tras lanzar algunos vivas a la
religión, al rey y a la
Inquisición, insistía en su
condena absolutista a la política
gubernamental, al masonismo
y a las sectas ocultas.
Aquel levantamiento de los
agraviados o malcontents,que
habían pensado, incluso,
apoderarse de la persona del
monarca, acabó entre la
defección de muchos de los
comprometidos de primera hora
y el miedo de los restantes
ante la cruel represión del
conde de España,[13]
nombrado capitán general de
Cataluña. Fernando VII, una
vez impuesta la calma, entró
en Reus el 1 de diciembre de
ese año, pasando de allí a
Barcelona para regresar,
posteriormente, a Madrid. No
obstante, la semilla de la
discordia seguía plantada y sólo
esperaba nuevas ocasiones
para desarrollar sus amargos
frutos.
C
La concordia
imposible
omo era de temer, no
tardaron en volver a
agudizarse los recelos
entre las dos facciones
en las que, desde hacía
veinte años, se hallaba
dividido el país. Muerta
la reina Amalia en mayo
de 1829, Fernando VII
casó con María Cristina
de Nápoles en diciembre
del mismo año, y al cabo
de poco tiempo, corrió
por toda España la
noticia de que se
esperaba el nacimiento
del descendiente que el
rey no había conseguido
tener hasta entonces.
Aquello modificaba
completamente el futuro.
Los partidarios del
absolutismo empezaron
a mostrar su alarma,
pues si el monarca tenía
un hijo varón, el infante
don Carlos, candidato a
la Corona y cabeza del
tradicionalismo, perdería
sus opciones de ocupar
el Trono. Les quedaba la
esperanza de que
Fernando VII tuviese una
hija, en cuyo caso la Ley
Sálica la apartaría de la
sucesión. Sin embargo,
esa expectativa se
esfumó cuando el rey
publicó el 29 de marzo
de 1830 la Pragmática
Sanción, por la que
derogaba la legislación
vigente hasta esa fecha
en materia sucesoria y
dejaba así el camino
expedito para que sus
herederos directos,
hombres o mujeres,
pudieran reinar.
La promulgación de la
Pragmática y el nacimiento de
la princesa Isabel unos meses
más tarde, en octubre de 1830,
dieron la señal para que se
intensificaran los esfuerzos de
liberales y absolutistas, a fin de
asegurarse el triunfo en una
pugna que se presentaba cada
vez más grave e inevitable y
cuyo definitivo punto de
inflexión todos situaban en el
momento, no lejano, en que se
produjera la muerte de
Fernando VII. Aunque, como
decíamos, no faltaron los que,
en uno y otro bando, trataron
de imponerse sin aguardar
más.
Las intentonas liberales de
Mina, Gurrea, Torrijos, etc., en
diferentes puntos de España,
saldadas con fracasos más o
menos sangrientos; así como
las de San Miguel, Grases o
Milans en Cataluña, que
corrieron parecida suerte, se
vieron correspondidas en cierto
modo y con iguales resultados
por los sucesos de León y
Barcelona, junto a otros más,
protagonizados por los
tradicionalistas, que ya
empezaban a ser conocidos
como carlistas.
En Reus, la polarización
política era tan nítida como en
el resto de España, o quizá
más. Incluso los muchachos
mostraban sus preferencias
acudiendo a una u otra iglesia.
Los de talante absolutista
tenían en la de San Francisco
su lugar de encuentro. Los de
inclinación liberal abominaban
de aquel templo, entre ellos
Juan Prim, que sentía aversión
p o r Fray Puñal y sus
correligionarios. Ya para
entonces, cuando aún no
contaba dieciséis años, se
reunía con sus amigos para
apedrear a las rondas de
voluntarios realistas.
Un cúmulo de enredos se
tejía, mientras tanto, en la
Corte, en torno al rey
gravemente enfermo. El papel
de María Cristina iba siendo,
día a día, más determinante
para asegurar los derechos de
la princesa Isabel al Trono o,
en su defecto, de su segunda
hija María Luisa Fernanda,
nacida en 1832. Ante la
creciente conspiración carlista,
don Carlos y su familia fueron
obligados a exiliarse a Portugal
y el Gobierno encabezado por
Cea Bermúdez, aunque
timorato y contradictorio,
aprobó algunas medidas como
la reapertura de las
universidades, la amnistía para
determinados delitos políticos,
la creación del Ministerio de
Fomento, etc., en el afán de
atraer para sí al sector liberal
más moderado.
En esa línea, el mismo
Gabinete nombró a Manuel
Llauder nuevo capitán general
de Cataluña, quien buscó
apaciguar los ánimos de la
población del Principado, como
lo demuestra la proclama que,
el 19 de diciembre de 1832,
dirigió a los catalanes al tomar
posesión de su cargo. Pero su
invocación a la concordia,
olvidando cuanto había
sucedido hasta entonces, y las
tentativas apaciguadoras del
Gobierno no tuvieron el menor
éxito. Al contrario, desde
comienzos de 1833, la tensión
fue en aumento por todas
partes. Madrid, Ferrol,
Santiago, León, Valencia,
diversos puntos del Principado,
etc., vieron un carlismo
decidido a buscar el poder por
la fuerza, mientras la
crispación liberal corría pareja
en toda España.
En un paso más para cerrar
las puertas a don Carlos, la
princesa Isabel fue jurada
heredera del Trono en junio de
ese año, pero no todos se
sintieron comprometidos por
aquella ceremonia y las
celebraciones que se
sucedieron en Madrid y las
ciudades más importantes,
entre ellas Reus, no podían
ocultar la frustración de una
buena parte de los españoles.
El 29 de septiembre de
1833 moría Fernando VII
dejando abierto un conflicto, no
sólo dinástico, sino también de
principios ideológicos, aunque
ambos superpuestos. Dos
universos antitéticos, la
revolución liberal y la tradición,
se iban a enfrentar
abiertamente. Don Carlos, que
ya en su momento había
mostrado total disconformidad
con el cambio que representaba
la Pragmática, se adelantó a
reclamar sus derechos. El 1 de
octubre, lanzó desde Abrantes
un manifiesto en el que
rechazaba cualquier solución
que no empezase por
reconocerle como rey. El
Gobierno, a su vez, dio a la
imprenta otro texto similar,
aunque de contenido muy
distinto, el 4 de octubre,
firmado por María Cristina
como Regente de su hija Isabel.
No dejaba de ser el anuncio de
un proyecto de cambio
reformista ilustrado, intentando
evitar la contienda, que todos
los signos hacían presagiar. Fue
L
inútil.
La guerra civil
os carlistas se
sublevaron
inmediatamente en
Talavera de la Reina, en
otros lugares de Castilla,
la Rioja, Guipúzcoa,
Álava, Navarra, Asturias,
el Maestrazgo… y
Cataluña. A la vista de
los acontecimientos,
distintas voces se
alzaron pidiendo una
respuesta eficaz, entre
ellas la de Manuel
Llauder. El capitán
general del Principado
elevó una exposición o
representación a la reina
María Cristina, el 24 de
diciembre de 1833, en la
que señalaba el fracaso
de la política
gubernamental y la
necesidad de reformas
más profundas, y
aconsejaba la
convocatoria de Cortes
para conseguir el apoyo
popular a la causa
isabelina.[14]
Ciertamente, la extensión
del conflicto en los últimos
meses de 1833 demostraba la
incapacidad del Gobierno de
Cea Bermúdez. Dada la
situación, hubo de ser
sustituido, el 15 de enero de
1834, por otro, a cuyo frente
se hallaba Martínez de la Rosa,
y en el cual aparecían gentes
como J. de Burgos, Zarco del
Valle y Garelly, que facilitaron
la identificación de la causa
Cristina o isabelina con los
liberales. Dos eran los objetivos
inmediatos de aquel Ministerio:
en el terreno político, sus
metas no podían ser otras que
impulsar los cambios exigidos
por el liberalismo; y en el
ámbito militar, unido
estrechamente al anterior,
aplastar cuanto antes al
carlismo en armas.
A propósito de la primera
cuestión, el 16 de abril de
1834, se publicó el Estatuto
Real, especie de Carta
Otorgada o más bien de
Pragmática, como la denominó
don Juan Valera. Una
antigualla, según algunos, pero
que sirvió, al menos, como
inicio de la transición
demandada por las
circunstancias. El Estatuto,
aunque apenas conocido
empezaron las conspiraciones
para suprimirlo, permitió que
España tuviera instituciones
semejantes a las de varias
naciones europeas con sistema
parlamentario. Pero
difícilmente podría decirse que
el derecho de participación
política, conferido en sus
primeras elecciones tan sólo a
16.026 individuos de 452
municipios, correspondía a la
voluntad de la nación.
En cuanto al desafío de la
guerra, la movilización de una
quinta de veinticinco mil
hombres fue seguida, en breve,
por otra de veinte mil más,
pero todo parecía insuficiente
para batir al enemigo y hubo
que acudir, en diversas partes
de España, a la creación de
cuerpos francos,[15]los cuales
serían el origen de la Milicia
Nacional y, sin duda,
instrumento clave de la
revolución liberal. Llauder, en
Cataluña, se apresuró a
ordenar la formación del primer
batallón de «tiradores de Isabel
II», que quedó constituido en
Reus.
La guerra civil era ya un
hecho sin paliativos y, como
siempre, un laberinto de difícil
escapatoria para toda la
población, pero, en particular,
para los habitantes de las
zonas donde la lucha iba a
resultar más enconada. Prim,
entonces un muchacho de
diecinueve años, cuyo retrato
físico, si hacemos caso a
Olivar,[16]nos mostraría a un
individuo bastante corriente:
«delgado, de mediana estatura,
de pecho abombado y espaldas
estrechas, y de mirada
cetrina». Aquel joven, al igual
que otros muchos, se
enfrentaba a la disyuntiva de
sufrir la guerra de forma
pasiva, esperando lo que otros
pudieran decidir por él, o tomar
la iniciativa de intervenir
activamente en la lucha, desde
el bando y en la unidad que
mejor le acomodasen, dentro
de lo posible. Esta última
opción significaba enrolarse
voluntario para combatir en
una pugna cruel y sanguinaria;
en la peor de las contiendas
que el hombre promueve: la
guerra civil teñida, además, de
guerra de religión.
El batallón de «tiradores de
Isabel II», al frente del cual
estaba el coronel Ramón
Moreno Vigodet, y una de
cuyas compañías mandaba el
teniente coronel graduado
Pablo Prim, ofrecía al futuro
conde de Reus la ocasión de
alistarse para combatir junto a
su padre. Así lo hizo, en calidad
de soldado distinguido de
cuerpos francos, el 21 de
febrero de 1834. Al cabo de un
mes y quince días, el 15 de
abril, pasó a la categoría de
cadete.[17] Precisamente, por
las mismas fechas, el general
Rodil entraba en Portugal, al
frente de la expedición enviada
en apoyo del liberalismo en el
país vecino, y se publicaba en
Madrid el Estatuto Real.
Empezaba una de las más
brillantes carreras militares del
siglo XIX, pero, a la vez, una
fase decisiva en la formación
del carácter de Juan Prim.
A principios de 1834, las
partidas carlistas en Cataluña,
auspiciadas, como siempre, por
el clero ultramontano,
renacieron sobre el legado de
l o s malcontents, y de la
intentona del mismo signo de
1830. Su relación incluiría los
nombres de viejos y nuevos
cabecillas: Plandolit,
Caragol,Vila, Vilella, Tristany,
Ros de Eroles, Llarch de
Copons, Boquica, Muchacho,
Pujadas, Guardiola, Sabaté,
etc. Diferentes en tamaño y en
capacidad de acción, aquellos
grupos operaban,
principalmente, por las
provincias de Barcelona, Lérida
y Tarragona; con tanta
independencia unos de otros
que menguaba, notablemente,
sus ya limitadas posibilidades
para acometer objetivos de
cierta entidad. Varios de estos
guerrilleros pronto perecieron
en la pelea o fueron fusilados
tras caer prisioneros.
Para movilizar mayores
apoyos y dotar de eficacia a los
insurrectos acudieron, en su
ayuda, las fuerzas aragonesas
favorables a don Carlos, al
mando de Carnicer y sus
lugartenientes Cabrera,
Miralles y Quílez, en abril de
1834. Pero su derrota ante las
tropas de Carratalá,
comandante general de
Tarragona, convirtió en
desastrosa la primavera de
aquel año para la causa carlista
en tierras catalanas.
Con fines semejantes,
aunque por otros medios, llegó
a Barcelona, a finales de julio,
el infante don Sebastián, quien
había jurado fidelidad a doña
Isabel, pero, en realidad,
pretendía ponerse al frente del
carlismo en Cataluña. Sin
embargo, la decidida posición
de Llauder a favor de la reina
obligó al infante a abandonar la
Ciudad Condal. Casi al tiempo
fue nombrado Juan Romagosa
para unificar la actuación de las
partidas alzadas en nombre de
don Carlos. Hombre duro y
hasta brutal, pero con notables
cualidades militares, parecía
muy capaz de organizar las
dispersas huestes carlistas. No
obstante, tampoco tuvo éxito,
ya que apenas dos meses
después fue descubierto y
fusilado.
L
Sangre, sudor y
lágrimas
os fracasos que
acabamos de señalar
hicieron que no fuese
mucha, a aquellas
alturas, la actividad de
los carlistas catalanes.
No obstante, alguna
partida, como la de
Triaxet, seguía operando
ese verano en los
alrededores de Reus,
convertida esta plaza en
importante base para los
liberales y azotada por el
cólera, como muchas
poblaciones españolas
por aquellos días.
Precisamente contra los
hombres de Triaxet se
produjo el bautismo de
fuego de Prim, el 7 de
agosto de 1834. Fue un
pequeño encuentro, pero
imborrable para siempre
de la mente de «Joanet»,
como le llamaban sus
compañeros de armas.
Un factor externo modificó,
momentáneamente, la
situación a favor del
absolutismo. El apoyo
financiero recibido del reino de
Cerdeña permitió a los carlistas
potenciar sus acciones. Caragol,
Tristany, Ros de Eroles,
Montaner, Lleuger y Muchacho,
con unos trescientos hombres,
atacaron Prat de Llusanés,
aunque finalmente serían
derrotados. Casi a la vez, un
grupo de unos doscientos
individuos, encabezados por
Targarona, actuaban por la
parte de Nuria y otros, más
reducidos, recorrían las
provincias de Tarragona y
Barcelona. Era aquélla una
guerra pequeña, pero
especialmente sangrienta y
agotadora, de marchas y
contramarchas extenuantes, de
contactos breves, rápidos e
inesperados, entre las huestes
de don Carlos y las columnas
liberales.
Formando parte de una de
éstas, al mando de Antonio
Oliver, vivió Prim su segundo
combate, al toparse con la
partida de Muchacho en el
Rausell de Sagás, un caserío
cerca de Berga. Tras los
primeros tiros, «Joanet»
avanzó sobre el enemigo con
arrojo temerario, e hirió al
propio cabecilla de un
bayonetazo. El capitán Ochoa,
jefe de la compañía del cadete
Prim, le propuso para
subteniente por su bravo
comportamiento, aunque
todavía tendría que esperar un
poco para conseguir el ascenso.
La mayoría de las acciones
terminaban con desenlaces
parecidos. La facción carlista
sufría en Cataluña constantes
reveses a medida que pasaban
las semanas. Algunos de sus
jefes tuvieron que huir a
Francia; otros, como Boadella,
Fradera, Turi, Campos, Prat…
pagaron con la vida la defensa
de sus ideas. Pero no todo eran
buenas nuevas para nuestro
combatiente del batallón de
«tiradores de Isabel II».
El cólera, durante el otoño
de 1834, seguía haciendo
estragos en distintos puntos de
Cataluña, y una de sus víctimas
fue Pablo Prim, que falleció en
la capital del Principado el 6 de
noviembre. Este hecho luctuoso
convirtió a «Joanet» en cabeza
de familia y acentuó la
vinculación con su madre.
La situación económica en
que se vieron la viuda y su hija
en los meses siguientes fue lo
que podríamos llamar delicada.
Tengamos en cuenta que la
pensión solicitada por doña
Teresa Prats tardó casi un año
en ser concedida, en agosto de
1835, y aunque alcanzaba la
suma de dos mil quinientos
reales anuales, cantidad
relativamente importante, su
percepción estaba sometida a
numerosas irregularidades.
A
El conflicto

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