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Libro PDF Prohibido leer – Alejandra Roqueta

 Prohibido leer – Alejandra Roqueta

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¡Mierda como se mueve este avión!
Voy en viaje hacia Buenos Aires,
vaya par de horitas que tengo que
aguantarme en este aparato. Nunca me
gustaron los aviones así que imposible
relajarme y poder dormir un rato. Y soy
de las que no toma ni una aspirina, no es
opción para mí tomarme una pastilla
para dormir. ¿Por qué seré así?
Que ganas de complicarme siempre
la vida. Es mi eterna incapacidad de ser
normal.
Mi nombre es Victoria Acosta, soy
una mujer de cuarenta años, como
cualquier otra, nacida y criada en una
casa y con una familia, como cualquier
otra… salvo, por una excepción.
Nacimos, mi hermana mayor y yo, en
Leones, Cordoba. Vivíamos en la casa
que mi mamá heredó de sus papas, osea
mis abuelos. Era una casa de dos pisos,
humilde pero bien cuidada, pintada de
rosa pálido. Teníamos dos grandes
árboles en el jardín, de los cuales mecía
una hamaca que había colgado mi papá y
en el frente había una pequeña cerca de
madera y un portón rodeado por
ligustrina en forma de arco.
Fuimos a la misma escuela, al club
del barrio, jugábamos en la calle, todo
normal.
Betina, mi hermana, me lleva cuatro
años. De pequeña yo sentía que era
como una segunda mamá para mí, que
me amaba con toda el alma. Se ocupaba
de calentar el almuerzo y caminábamos
juntas al colegio cuando apenas ella
tenía 12 o 13 años. Antes nos cuidaba
mi abuela Rosalía, pero al fallecer,
recayeron sobre Betina esas tareas. Me
ayudaba a hacer los deberes de la
escuela, me sacaba los piojos, jugaba
conmigo, me dejaba dormir con ella en
su cama cuando tenía miedo…en fin,
fuimos muy unidas por esos años, yo la
admiraba y la amaba con toda mi alma,
quizá demasiado.
Todo cambió cuando la diferencia
de edad se empezó a notar. En los
recreos de la escuela, ni me miraba.
Cuando salíamos y caminábamos las dos
cuadras hasta casa ella caminaba
adelante, con sus amigas, chismoseando
cosas que yo no lograba escuchar,
riéndose, no sé de qué, siempre andaban
abrazadas o agarradas del brazo,
evidentemente se querían mucho.
Ella las quería mucho, ¿y a mí? …
ya no tanto.
Sin embargo era confuso para mí,
porque una vez en casa, ella volvía a
quererme. Solía prepararme la
merienda, me dejaba ver los dibujitos,
me peinaba y arreglaba mis uñas… hasta
el otro día, cuando volvíamos a ir a la
escuela y otra vez era invisible para
ella. Y todo ese cariño que me daba a
mí, se los daba de nuevo a sus amigas.
Me daba mucha bronca, ¿Por qué
tenía que ser así? ¿Por qué me ignoraba
de tal manera? ¿Por que prefería estar
con sus amigas que conmigo, que era la
hermana?
Realmente me daba una rabia
terrible, me enojaba, me ponía triste…
pero sobre todo, debo reconocer, me
ponía celosa…
Con el tiempo empeoró más. Cuando
mi hermana cumplió quince, mis papas
la dejaban salir más, demasiado diría
yo.
Llegábamos de la escuela a las cinco
y en vez de prepararme la merienda, se
cambiaba el uniforme y volvía a salir
corriendo con sus amigas. Y yo me
quedaba sola en casa, tomando la leche
y mirando por la ventana.
¿Por qué no fuimos gemelas o
mellizas? ¿Por qué no era yo la mayor?
¿Por qué yo siempre estaba atrasada?
Me arreglaba las uñas yo sola, ¡un
desastre! Nunca me salió la puta trenza
cocida que ella me hacía a ojos
cerrados, me tenía que conformar con
hacerme una cola de caballo.
Mis papas trabajaban en la cerealera
“Trigo argentino”.
Mi papá, Miguel, era obrero. Es un
tipo de aspecto duro, sus manos estabas
siembre ásperas y su rostro estaba
surcado por profundas arrugas que
tantos años trabajando bajo el sol le
habían impregnado en la piel. Tiene ojos
de camaleón, esos que cambian de verde
a café o a grisáceos según el estado del
clima. Siempre ha sido un hombre de su
casa, de pensamientos profundos y
reflexiones de la vida diferentes a todas
las demás que yo hubiera escuchado.
Adoraba pasar tiempo con nosotras, lo
cual nos inculcó determinadas
actividades un tanto masculinas, en las
que yo me prendía con mucha más
emoción que mi hermana.
Mi mamá, Ana, trabajaba en el
comedor de la planta y llegaba a casa a
las seis y media de la tarde. Es una
mujer a la que nunca le interesó ser
coqueta ni lucirse ante nadie. Tenía solo
dos o tres mudas de ropa “de salir” diría
ella, las cuales alternaba para los
cumpleaños, bautismos, navidades y
demás eventos. Eso sí, era la prolijidad
en persona. Sencilla pero siempre
limpia, con la ropa planchadita, el
cabello corto y las manos suaves.
Mi papá era amigo de mi tío Omar,
que es el hermano de mi mamá y así se
conocieron en su adolescencia. Supe
mucho tiempo después, por comentarios
de mi tía Marta, la hermana mayor de mi
mamá, que ella había estado
perdidamente enamorada de otro
hombre, un tal Lautaro, a quien había
conocido antes que a mi papá. El
hombre era mucho mayor que ella, quizá
unos 20 años, era su profesor de música
en la secundaria. A mi mamá le gustaba
tanto que un día se atrevió y le escribió
una carta que puso en su maletín en un
descuido del profesor, aunque no sabía
nada de ese hombre fuera del colegio, si
era casado o si tenía hijos. En la
siguiente clase, el la llama para hablar a
solas. –Señorita Urquiza, permítame un
momento por favor- habrían sido sus
palabras y a mi madre el corazón en el
pecho se le estalló. Salieron del aula y
en la intimidad de la sala de profesores,
donde no había nadie en esas horas, le
habría dicho de lo imprudente de su
carta y no inapropiado que aquello que
ella le confesaba podía resultar. Al
parecer mi mamá se puso a llorar
delante de él de la vergüenza o el
desencanto, y entonces él, le besó la
frente. Habría sido ese el momento más
erótico que tuvo antes de mi papá, la
única historia que podría contar, si es
que fuera cierta, cosa que nunca
comprobé, solo lo escuché de mi tía que
de por si es bastante chusma y no sabría
hasta que punto creerle la historieta.
De mi papá nunca supe ninguna
historia, pero asumo que él si las debe
haber tenido, solo que jamás las quiso
contar. Siempre decía que la única
mujer de su vida era mi madre, y
después de muchos años de casado,
seguía diciéndole que era la mujer de
sus sueños. Le habría costado mucho
conquistarla en su adolescencia, la
invitaba regularmente a tomar un helado
y ella decía una y otra vez que no.
Cuando mi papá nos contaba la historia
aún le brillaban lo ojos al hablar de ella
y repetía –su mamá era una princesa. Al
parecer un día la encontró de mejor
ánimo y le aceptó el helado que venía
ofreciéndole hace meses. En chiste mi
mamá solía decir que la había agarrado
con calor ese día.
Seis meses después ya estaban
casados, son de la época que estaba mal
visto tener relaciones antes del
matrimonio, todos lo hacían, pero no
podía saberse.
Desde entonces ellos siempre fueron
muy unidos, casi nunca peleaban.
Supongo que andarían cansados de tanto
trabajar y no les quedaba ganas de
discutir. Con mi hermana y conmigo han
sido muy buenos, nunca nos faltó nada,
aunque quizá, nos faltaron un poco ellos.
De tanto trabajar, estábamos mucho
tiempo solas, criándonos como nos
parecía. Para ellos era como que si no
teníamos problemas en la escuela, ni
malas notas, estaba todo bien, marchaba
todo viento en popa, como si no
pudiéramos tener problemas de otro
tipo.
Mi mamá nunca se dio cuenta que
mis uñas estaban espantosas, o que
había cambiado “por fuerza mayor” de
peinado.

CAPITULO 2: ÉL
Cuando Beti, tenía 17 años, empezó
a ir al baile que hacían cada sábado en
el club Leones. Yo tenía 13 años, y por
supuesto era chica y no me dejaban ir…
seguía atrasada.
Al menos la trenza cocida había
pasado de moda, o yo ya estaba mas
grande como para usarla, se usaba el
pelo suelto o con una vincha de tela, lo
cual me solucionaba un gran problema y
también ya había aprendido a arreglarme
las uñas sola.
Cada fin de semana era la misma
rutina para ella. El sábado a la noche se
bañaba, se afeitaba las axilas y las
piernas, lo sé porque de un día para otro
ya no tenía pelos. Estaba una hora
probándose ropa a ver que se iba a
poner, se peinaba, se maquillaba, se
perfumaba… y se iba, dejando en mi
nariz ese olor a violetas que emanaba de
su perfume. ¡Yo odiaba ese olor a
violetas! Hasta el día de hoy no lo
soporto.
Los domingos, cuando nos
sentábamos en la mesa a almorzar en
familia, ella siempre era la última en
sentarse. Despeinada, ya sin rastros del
perfume, con el maquillaje corrido y sin
embargo, aún hermosa. Su cabello era
oscuro, largo y con volumen. Su piel era
trigueña como la de mi papá. Nariz
respingada y ojos oscuros como mi
mamá. Era flaquita y gozaba los
beneficios que el deporte aplicaba en
nuestros cuerpos… muslos y piernas
firmes.
Yo siempre deseaba que le fuera
bien en el baile, porque cuando le iba
bien, cuando se divertía, el domingo
estaba de buen humor, me abrazaba, me
decía algún chiste, íbamos a la plaza a
tomar mate por la tarde. En cambio, si
no la había pasado tan bien, en el
almuerzo del domingo estaba hecha una
zombi, y después dormía toda la tarde
como un oso.
Un domingo, estaba particularmente
contenta, se reía de cualquier pavada,
cosas que no eran graciosas en realidad.
Sin embargo no quiso ir a la plaza
conmigo. Se la pasó encerrada en el
cuarto escuchando música, tatareando
canciones románticas y escribiendo. No
sé que escribía tanto, o si estaba
dibujando, porque la veía usar todos los
colores de la cartuchera.
-¿Qué estás escribiendo?- Recuerdo
que le pregunté
-Nada que te importe-Me respondió
Cuando se fue a bañar, ya de
tardecita, abrí su cuaderno, quería saber
que había estado escribiendo tanto y me
sorprendí al ver que había escrito una
sola palabra y dibujado cuanto
corazoncito le entro en la hoja.
Ahí decía “LEO”. Y supe
inmediatamente lo que eso significaba,
Beti estaba enamorada.
Por lo que pude averiguar
preguntando por aquí y por allá, y lo
poco que Beti me comentó, porque
consideraba que era chica para andar
conociendo esas historias, se habían
conocido en la biblioteca pública del
pueblo, unas semanas atrás. Ella estaba
en el último año del colegio, y estaba
ahí buscando unos libros de geografía
junto con unas compañeras. El estaba
sentado en una de las mesas de madera
individuales buscando información en un
libro, no sé de qué.
Las amigas de Beti y ella lo vieron a
la distancia y comenzaron a chismosear
y a reírse nerviosas porque él les
pareció muy atractivo a primera vista.
El se dio cuenta del barullo y levanto la
mirada de su libro para verlas. Las
tololas se habrían puesto todas
coloradas.
Retiraron los libros que habían ido a
buscar y salieron de la biblioteca. No lo
volvió a ver hasta una noche en los
bailes del club. Aparentemente él la
invitó a bailar y ella aceptó gustosa.
Para ese momento ella ya había
averiguado quien era él, y su curriculum
le habría interesado bastante. No era
muy hábil para el baile, asique después
de unas pocas canciones le ofreció
sentarse en su mesa, tomar algo y
conversar. Así de simple, después de
esa charla Betina estaba perdidamente
enamorada, había encontrado su
príncipe azul.
Después de llenar cuadernos
enteros con su nombre, en diferentes
letras, colores, tamaños y decoraciones,
un día decidió presentarlo. Habló con
mis papas y organizaron una cena en
casa.
Beti ya tenía 18 años, era una edad
adecuada para presentar un novio. A mis
papas les pareció bien conocerlo, más
aún cuando supieron que era hijo de uno
de los accionistas de la cerealera, que
tenía un buen pasar y que heredaría una
fortuna. Yo pienso que no les importaba
la plata por ellos, sino por Betina,
procurando que tuviera una buena vida.
Esa noche todos se vistieron de gala,
bueno no de gala pero si demasiado
elegantes en comparación a como solían
vestirse. Betina tenía puesto un vestido,
mitad blanco, mitad negro, un perfecto
peinado recogido, maquillada y
perfumada con ese horrible olor a
violetas. Había puesto mucho empeño en
prepararse ese día, sin embargo, a mi no
me gustaba, no sé porque, pero ese día
no me parecía bella.

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