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Libro PDF Putas y bipolares Basado en hechos reales Valery Gadner

 Putas y bipolares  Basado en hechos reales  Valery Gadner

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como éste.
-¡Odio a esta puta f ina y chif lada! Estoy cansada de decirte
que aquí nadie hace el amor sino que ¡aquí se f olla!
– ¡Yo sí, bruja v ulgar! Yo sí…
Y es todo cuanto dice. Deja caer sus últimas palabras como si
se colaran, gota a gota, por una f ina rendija por la que se cuela
el silencio hasta que éste inunda por completo la estancia. Las
chicas se dan por v encidas y es la misma Manu quien se
encarga de organizar la jornada.
Vale es la única de las mujeres que conv iv en en la casa de la
calle América que no tiene, literalmente, lazos sólidos con el
pasado. Su conexión con él se reduce a un pequeño saco de
recuerdos dif usos, a su madre f allecida y a la única amiga que
tuv o: Elsa. También f allecida. De todo ello todo lo que conserv a
se resume en un par de f otos. Una de su madre y otra de su
amiga querida.
A menudo despierta a medio sueño y se descubre abrazada al
recuerdo de su madre materializado en su almohada, tratando
de ev ocar el aroma del pecho y el regazo que tantas v eces la
habían acogido con inf inito amor durante sus interminables días
grises.
Los intentos de amistad que la v ida le había presentado, a
excepción de su relación con Elsa, habían perecido bajo el y ugo
implacable de la incomprensión de un comportamiento que
tendía al aislamiento. Lo mismo le había sucedido con un par de
empleos que tuv o y a los que no se presentó más de dos o tres
días, aumentando así su y a considerable f obia social.
Sumémosle a esto la dif icultad para mantener horarios y
rutinas estables debido a la f rágil estabilidad de un sueño que,
noche tras noche, la mantenía despierta casi hasta el amanecer
y la agotaba hasta el punto de ser incapaz de cumplir con
horario u obligación alguna. Se recuerda siempre exhausta,
durmiendo o sumida en llantos inf initos.
Puedo af irmar, sin temor a equiv ocarme, que su pasado, su
presente y su f uturo, comenzaron el día en que despertó en la
cama de una blanca habitación de hospital, con su mano
env uelta en la tibia mano de Doña Andrea. Un rostro
desconocido que pronto se conv ertiría en entrañable, y que
habría de acompañarla hasta el día mismo en que la caprichosa
muerte decidiera separarlas.
Poco tiempo después de ser acogida por Doña Andrea, su
mente comenzó a comportarse como un av ezado y selectiv o
cazador, conserv ando sólo un puñado de recuerdos agradables
entre los que se colaba la mala hierba de v ez en cuando. La
escueta página que era su pasado ardió ese día y le f ueron
concedidas un montón de páginas en blanco, en las que
comenzar a escribir en lo sucesiv o una historia nuev a.
Dif erente.
No existe una f echa concreta a la que af errarse para dar por
constituida la peculiar f amilia de la casa sita en la calle
América, pero lo supieron cuando descubrieron que, de f orma
paulatina, todas habían hecho suy os tanto los problemas como
las alegrías de todas ellas.
– Chicas, ¿os habéis f ijado en la cantidad de agua que bebe
Vale?
– Sí, Sesi. Ay er arrasó con todas las botellas que había en la
nev era. ¿Qué cómo lo noté? Supongo que os lo estaréis
preguntando. Pues mirad, lo noté cuando después de tirarme a
tres clientes, abrí la nev era y encontré las botellas v acías por
lo que estuv e a punto de morir deshidratada. Necesitaba agua
f resca… Que aún tenía que f ollarme a Pablo, el del
concesionario, joder. Pero la señora está tan absorta en sus
pensamientos que no le queda hueco en su apretado cerebro
para pensar en los demás…
– Manu ¡y a es suf iciente…! Nunca entenderé la lengua que te
gastas. ¿Cómo se puede ser tan elegante en las f ormas y el
v ocabulario laboral y tan v ulgar en la intimidad? Nunca
entenderé este bestial contraste.
– Sí. Ha comenzado a tomar litio y es una medicación que
genera muchísima sed. Es un ef ecto secundario. El proceso de
asimilación de este medicamento dura al parecer unos meses,
así que tendrás que armarte de paciencia y estar pendiente del
suministro de agua guapa si ése te parece el may or de los
problemas. O reducir el número de clientes diarios a los que
atiendes, querida… Lo digo para que la deshidratación no acabe
contigo.
– ¡Ja, ja! Me río. Qué graciosa te has caído de la cama esta
mañana.
– Bromas aparte, lo cierto es que Vale está muy “abatidas”. Ay er
me “dijos” que tiene “las boca secas” constantemente y la sed
se le ha conv ertido en un “problemas” para ella. Además suf re
temblores muy “molestas”.
– Pues no reparemos entonces en lo hinchada que está. En sólo
unas semanas ha ganado diez kilos de peso. Si sigue así no sé
cómo lo v a a af rontar. Ya sabéis que a ella le gusta mantener la
línea a ray a. Dicen que los ef ectos de este medicamento se
notan a largo plazo y mejoran la calidad de v ida del paciente
muchísimo, pero en contrapartida el aumento de peso le v a a
generar una depresión de cojones. Ya le está pasando f actura.
Hay días en los que no quiere salir de la habitación ni atender
cliente alguno. No tiene ropa que le sirv a y se niega a ir de
compras para comprar ropa de may or talla.
– ¡Ay , Virgencita…! Yo te pido por ella, para que sea una gorda
f eliz…
– ¡Manu!
– ¿Qué?
– Eres av e de mal agüero. ¿Por qué v a a ser una gorda?
– Pues v erás rica. Si te molesta que tenga la lengua clara no es
mi problema. ¿Cómo que por qué v a a ser una gorda? Pues
porque y a lo es. Abre los ojos. Tiene diez kilos más y no sé
cuantas tallas. Cuando hay an transcurrido algunas semanas
más desde el comienzo del tratamiento hablamos querida.
Tiempo al tiempo. Si hablaras un poco más con ella, te
expresarías con más propiedad. Vamos, que no me escuche,
pero si me pasa a mí, me suicido. Putos médicos y
medicamentos, v an a conseguir que se nos f iniquite…
-Sigues siendo av e de mal agüero. Cállate y f olla. Al f in y al
cabo se te da mejor que hablar.
Vale entra en la cocina…
– Shssssss… (Todas disimulan f ingiendo que se ocupan de
preparar un té y regar las plantas de la cocina).
Entra despeinada y en pijama. Descuidada. Como dando la
v ictoria a los kilos que se han apoderado de ella. Y, para colmo
de males, tiene más apetito que antes.
Comienza a comer y a llorar desesperadamente al mismo
tiempo con la respiración entrecortada. El escandaloso llanto
hace que sus compañeras se apresuren a consolarla.
– Vale… Vale… ¿Qué te pasa amor?
– No puedo más. No lo soporto. Es como estar metida en otro
cuerpo. ¿Dónde está el mío? ¡Quiero mi cuerpo joderrrr! Quiero
v er a ese doctor de pacotilla. Voy a matarlo. Lo odio con todas
mis f uerzas. Me quiero morir… Esto es y a lo que me f altaba…,
lo odio, lo odio ¡Lo odiooo joder!
– Vamos Vale. Es normal que estés enf adada. Pero tienes que
superarlo. Míranos. Te queremos y v amos a ay udarte. No
v amos a dejarte librar sola esta batalla. No estás sola,
¿entiendes? Luana es una experta estilista y te ay udará,
aunque estoy segura de que pronto recuperarás tu peso de
siempre pero con una estabilidad que agradecerás.
– ¿Qué? -Luana no sale del asombro- ¿Qué decís pelotuda? -se
dirige a Manu con v oz susurrante- ¿Vos estás loca? ¿Cómo
“querés” que le ay ude? “¿Pero v os “creés” que y o inv enté
Lourdes?
– Bueno Luana, sin duda tú eres única para combinar v estuario
y complementos disimulando los kilitos de más, y a que tú
siempre has estado entradita en carnes…
– “Che boluda”, ¿me “llamás” gorda?
– No mi amor. Pero date cuenta de que Vale necesita que la
asesores. Piénsalo bien… Deja de pensar en ti…
– Está bien. “Preparáte pelotuda”. Tarde de compras. “Vos” v ais
a ser la gorda más elegante de la ciudad…
Vale rompe a llorar y Celine da una patada a Luana por debajo
de la mesa para que se calle y no metas más la pata
susurrándole al oído:
– ¿Qué pasa, no has podido hacer el mismo comentario sin
incluir la palabra “gorda” en él? Eres tonta de remate…
– Bueno cielo, no llores, he dicho lo de gorda como quien dice…
Pues no sé, que no lo tengas en cuenta… –recibe otra soberana
patada y decide cambiar de tema porque sabe que cada v ez
que abre la boca en circunstancias así sube el pan.
Vale ha intentando suicidarse unas cuantas v eces. Algunas se
remontan y a a mucho tiempo atrás y ni las recuerda. Doña
Andrea entra en la habitación armada, como siempre, con
paciencia y amor inf inito por la niña de la casa y, tras sentarse
junto a su cama, le toma la mano y se limita a existir. A respirar
a su lado. No desgasta energía tratando de animarla o
inv itándola a lev antarse una y otra v ez, pues sabe que eso no
sirv e de nada, que en estos momentos el único consuelo útil es
el calor humano de un ser querido. Doña Andrea está, de todas
f ormas, más que acostumbrada a lidiar con estos av atares
junto a Vale y los v iene af rontando con una inf alible dulzura
desde que se encontraran sus v idas hace ahora diez años,
cuando Vale era aún una chiquilla.
La dueña de la casa de la calle América es una señora elegante
y ref inada de env idiable intelecto y modales de moderna
aristocracia. Su marido f alleció tras una larga y penosa
enf ermedad sin que el matrimonio hubiese debutado nunca en
su f aceta paternal.
Comenzó a sentirse sola pues no había encajado nunca en la
clase, más que acomodada, a la que pertenecía y , tras
ref ormarla, se mudó a la estupenda planta baja que durante
tantos años había estado cerrada. Estaba situada en un lugar
priv ilegiado, cerca de los mejores teatros y caf és de la ciudad.
Fue, sin embargo, el caprichoso destino el que apostó por
modif icar sus intenciones iniciales de llev ar una v ida tranquila
rodeada de teatro y literatura para, en cambio, sacar a unas
cuantas chicas de la prostitución callejera y acogerlas en su
casa, ejerciendo o no su prof esión, para contribuir así a una
labor social que le parecía lícita y la hacía sentir plena.
Finalmente, lejos de sumergirse en la soledad prev ista,
descubrió la alegría de pertenecer a una nuev a y desde luego
peculiar f amilia.
Las prostitutas que acogió inicialmente se f ueron marchando
impulsadas por motiv os div ersos. Cuando la última de ellas se
despidió, el destino y a había jugado una de sus cartas
conf ormando para entonces parte de la gran f amilia que Doña
Andrea llegaría a f ormar.
A Vale la había rescatado nuev e años atrás. La encontró tendida
semiinconsciente y empapada por una f ina e incesante lluv ia
que llev aba todo el día mojando la ciudad. Tenía diecisiete años.
Doña Andrea, gran af icionada a las artes escénicas como antes
apunté, acababa de v er la obra de Lorca “La zapatera
prodigiosa” en un teatro próximo. Caminaba distraída por la
acera a paso lento mientras se protegía de la lluv ia con un buen
paraguas, cuando detuv ieron sus pasos los quejidos lev es
prov enientes de un pequeño portal. Se acercó y f ue entonces
cuando v io a Vale.
Vale acababa de perder a su madre. Su madre pagaba la casa
en la que conv iv ían a duras penas y , tras morir y sin
f amiliares, sin su regazo f irme, tierno y comprensiv o, Vale dejó
de tener f río o calor, dejó de escuchar, dejó de sentir hambre o
sueño… Crey ó, simplemente, que había dejado de existir. Doña
Andrea se apresuró a cubrirla con su caro abrigo y llamó a una
ambulancia, que la trasladó inmediatamente a la clínica en la
que sus miradas se encontraron más tarde por v ez primera.
Años atrás su padre, al que por cierto y a ni recordaba, le había
dado un beso cálido y largo en la f rente y, de f orma inusual, le
había dicho que la quería, tras lo cual se marchó y no regresó
jamás. Se había marchado con su secretaria. Ella nunca supo lo
que había sucedido realmente ni tampoco lo preguntó.
Simplemente dejó de estar en su v ida y ella lo aceptó sin más
sumida en su introv ertida existencia.
Al resto de f amiliares ni los recordaba, si es que existían, pues
hacia siglos que sus padres habían dado por zanjadas las
dif erencias con sus respectiv as parentelas, cortando de raíz
cualquier comunicación con éstas por motiv os que ella
desconocía, tras lo cual pusieron tierra de por medio. Así que a
ella la soledad y el desamparo le cay eron encima como un
aluv ión de alf ileres ardiendo que se clav aron en su alma de f ino
cristal, hasta punzarle la piel misma y dejarla sin aliento.
Varios días anduv o desorientada por las calles de la ciudad
antes de caer rendida, exhausta, en aquel portal humilde del que
horas más tarde la rescataría Doña Andrea, a quien, por unos
segundos, la imagen de aquella niña desamparada y mojada en
aquel portalillo le recordó a la cerillera del cuento.
Vale despertó en aquella blanca habitación de hospital y v io por
primera v ez, sentada junto a su cama en un incómodo sillón, a
Doña Andrea. En ese instante se enamoró de su cálida sonrisa,
de su mirada reconf ortante, que le recordó de inmediato a la
dulzura eterna de su madre y, entonces, lágrimas cálidas
recorrieron sus mejillas doradas.
Cuando estuv o completamente restablecida marchó con Doña
Andrea a la casa de la calle América, después de que ésta le
explicase la activ idad o serv icio que se of recía en ella a
div ersos clientes y of recerle su cariño sincero y sin
condiciones. A Vale, en aquel momento, lo que menos le
preocupaba era la activ idad que pudiera realizarse o no en
aquella casa. Necesitaba un techo y calor humano y eso era lo
que tenía. Lo demás no importaba. Se instaló en una de las
habitaciones más soleadas de la casa, que hasta ese instante
había permanecido cerrada, después de que Doña Andrea se
ocupara personalmente de adecentarla cuidando cada detalle.
Durante los primeros meses de estancia en la casa, Vale
descansó, se dejó cuidar y siguió las recomendaciones médicas
que Doña Andrea le obligó a acatar. Cuando se hubo recuperado
y sus ideas comenzaron a ser más nítidas, se matriculó en
v arios cursos relacionados con la administración, algunos de los
cuales nunca terminó o, mejor dicho, que casi no comenzó. Así,
no le resultó f ácil incorporarse a la v ida con normalidad ni en el
plano laboral ni en el plano social debido a sus f obias y
dif icultades para entablar relaciones sociales. Sentía que no
encajaba en ningún sitio. Sólo en casa sentía la protección y
seguridad que necesitaba, junto a sus compañeras y su abuela
postiza. Así mismo y a pesar de su estupenda recuperación,
sus dos asignaturas pendientes f ueron la reinserción social y el
restablecimiento del sueño, razón por la cual le resultaba dif ícil
someterse a horarios determinados pues la f alta de puntualidad
le generaba problemas que lo único que conseguían eran
mermar su autoestima de nuev o y aumentar su ansiedad.
Conv inimos que había permanecido demasiado tiempo aislada
del mundo real, por lo que aún era pronto para lanzarla a él; así
que nos pareció prioritario trabajar para establecer, entre otras
cosas, rutinas de sueño.
Entretanto y, clandestinamente, pude adiv inar, por los
comentarios de Vale, que Doña Andrea se interesaba por el
trastorno que ella padecía recabando todo tipo de inf ormación al
respecto con el f in de prestarle una ay uda ef icaz.
Intuy o que por las noches, cuando se retiraba a su habitación,
recababa inf ormación que dev oraba con av idez a pesar de su
v ista cansada, llegando a conv ertirse en una experta en la
patología que Vale suf ría habiendo adquirido conocimientos que
serv irían, tanto para sí misma, como para instruir a las demás
chicas sobre la f orma idónea de tratar a Vale en sus crisis.
Obv iamente me rijo por la inf ormación que Vale me transmitía.
Ella sabía que esto era así a pesar de que Doña Andrea no le
mencionó nunca nada acerca de sus lecturas. La tranquilidad y
desenv oltura con que hacía f rente a sus crisis f ueron las pistas
que la condujeron a esta conclusión.
Durante los siete primeros años de su estancia en la casa, Vale
se dedicó a leer todo cuanto pasaba por sus manos. Autores
importantes en general, pues se guiaba por las
recomendaciones de Doña Andrea. Ambas se af icionaron a
recorrer las v iejas librerías de la ciudad buscando joy as de la
literatura. Doña Andrea siempre decía que las librerías nuev as,
grandes y modernas carecían del encanto, incluso del aroma
que env olv ía a la literatura.
Un buen día, para sorpresa de todas, cuando habían
transcurrido casi ocho años desde que se trasladara a v iv ir a la
casa de la calle América, Vale tomó la decisión de adentrarse en
las aguas de una prof esión que había aprendido a respetar y a
ser una más de las chicas que prestaban sus f av ores a
hombres de clase social alta, generalmente. Era un of icio que ni
repudiaba ni desconocía. Una prostitución ejercida en la f amiliar
y acogedora compañía de sus hermanas. Una prostitución
elegante y, en cierto modo, sana, ejercida con sensatez y
libertad y , sobre todo, con naturalidad. Estos f actores sumados
a la ausencia de presión, dado que ella conocía a sus
compañeras y sus compañeras a ella, siendo conscientes todas
de qué pie cojeaba cada una, le hicieron pensar que también en
esta circunstancia se sentiría cómoda pues, muy a mi pesar,
quedaban demasiados f rentes abiertos. No niego que,
ev identemente, algunos se habían resuelto, pero aún quedaban
muchos otros que, debido a su patología, no había conseguido
superar tras años de terapia y que habría de trabajar, quizá de
por v ida.
Para todas era la niña de la casa y todas, inclusiv e Doña
Andrea, perdieron momentáneamente los estribos. Esta noticia
era más de lo que podían soportar. ¡La niña de sus ojos
dedicada al of icio más antiguo del mundo! Trataron por todos los
medios de que reconsiderara su decisión, en realidad de que
renunciara a ella, que desechara inmediatamente la absurda idea
que había osado tener. Le negaron la opción rotundamente
alegando sin ningún escrúpulo que no había v acantes
disponibles y la mandaron al cuerno a ella y a su limitado
currículo. ¡Estudiando es donde tienes que estar! ¡Sí! ¡Con las
narices metidas en un buen libro! Le gritaban sin cesar.
No se quejaban de la v ida que llev aban pero no era lo que
querían para su pequeña. Desde el principio se había conv ertido
en hermana, sobrina o nieta. Jamás hasta ese día se había
inmiscuido ninguna en la decisión de otra. Esa costumbre se
quebró en el preciso instante en que Vale anunció sus
intenciones. Y si las cogió por sorpresa f ue precisamente
porque jamás habían imaginado, ni en sus peores pesadillas,
que a la dulce Vale se le ocurriera un buen día algo tan
descabellado.
Cabe decir que Vale contaba con aproximadamente v eintiséis
años en esa época, pero jamás había intimidado con hombre
alguno; así que todas enloquecieron con su decisión y durante
días no cesaron en su intención de impedir semejante atrocidad
alegando todo tipo de argumentos, este último entre otros.
– Vale por f av or, no “podés” regalar algo tan preciado de esta
f orma. Por f av or, “v os” no “necesitás” hacer esto. De v erdad.
Encontraremos la f orma de que te “sentás” útil sin pasar por
esto. “Merecés” salir, conocer gente, salir con chicos, conocer el
amor…, no es ésta la f orma… Nos sentimos impotentes. Vale,
por f av or, “escuchános” porque te queremos y lo que te
aconsejamos juega en tu benef icio… Por f av or…, no “hagás”
esto –Luana rompió a llorar de impotencia.
Ella mantuv o con f irmeza su decisión y la casa se v istió de una
especie de silencioso luto.
Llegada la época en que toda persona comienza a descubrir su
sexualidad, Vale estaba inmersa en sus permanentes altibajos,
en sus interminables depresiones, f obias sociales y tantas otras
cosas, así que el alboroto hormonal propio de la adolescencia
pasó junto a ella de puntillas y sin hacer ruido alguno. Fue en la
época en que se despertó por completo la f iera que v iv ía entre
su piel y sus huesos, la época en la que las dos se v ieron las
caras por v ez primera sin insinuaciones de ningún tipo. Y, así,
atrapada entre las garras espeluznantes de este monstruo con
que conv iv ía a diario, pasó ante sí su adolescencia, sin hacerse
notar. Lo mismo ocurrió con su primera juv entud. Pasó ante sus
ojos con un imperceptible contoneo tan silencioso y sutil que no
pudo percibirlo, enf rascada como estaba en su proceso de
recuperación en la casa y sintiendo el arropo y la seguridad que
su f amilia le proporcionaba.
Y así sin más un buen día, ante la negativ a de rev ocar su
decisión inicial, comenzó a trabajar, a golpe de golosas
cantidades de ef ectiv o, que era en realidad lo último que le
importaba. Fue un mazazo para todos los que la queríamos y lo
que durante mucho tiempo nos llev ó a preguntarnos qué
habíamos hecho mal.
Con el tiempo las aguas se calmaron, si puede llamarse así, y
aunque de una f orma peculiar, pronto dominó los quehaceres
propios de su recién escogida “v ocación”, sin arrepentirse en
ningún momento de ello. Tampoco los clientes le preocuparon
nunca, pues eran producto de una cuidada selección, tal y como
dictaba el único requerimiento que Doña Andrea impuso a las
chicas en su día para paliar en lo posible los sinsabores propios
de esta prof esión.
Por esto el denominador común predominante en los clientes de
las chicas de la calle América, era, sobre todo, una exquisita
educación; motiv o por el cual ella se sintió siempre, o al menos
en la may oría de las ocasiones, como parte de algo semejante
a una singular historia de amor teniendo en cuenta su peculiar
f orma de percibir el mundo.
Iniciaron, así mismo, desde los comienzos de su conv iv encia
en común, una estricta f ormación en protocolo de altísimo niv el
de manos de Doña Andrea, para adquirir altas cotas de buenos
modales y buen gusto, además de una cuidada y selecta
f ormación cultural a la que aquélla se dedicó de manera
especial, y a cuy o f in destinaba la sobremesa de martes y
sábados.
Sólo en la intimidad de la casa, v acía de almas ajenas,
rescataban expresiones y composturas antiguas, descargando
con sus raíces casi salv ajes en la may oría de ellas, todo tipo
de improperios extraídos en un tanto por ciento de la recién
abandonada cultura callejera de la que prov enían algunas y otro
elev ado tanto por ciento, sin duda, de la imparable Manu y de
su lengua sin tapujos.
Allí estaba una v ez más Doña Andrea sosteniendo la mano de la
nieta que en suerte le había tocado, muy consciente, como
siempre, de que lo que en realidad sostenía era una pena
inmensa, un pozo oscuro que pesaba como una gran losa sobre
el cuerpo y el alma de Vale y que, como había v enido, habría
de irse en pocos días, mientras Vale dormía día y noche como
siempre ocurría en estas f ases de distimia.
La abuela de todas las f ue f ormando sin que apenas se dieran
cuenta sobre las pautas a seguir para ay udar a Vale a luchar día
a día por una mejor calidad de v ida, tanto para ella como para
quien conv iv ía también con esta patología, siendo el talón de
Aquiles con el que tuv ieron que lidiar en la primera f ase de su
conv iv encia la propia Vale y su obtusa negativ a a aceptar el
destino del que era enemiga y dueña al mismo tiempo.
Todas aprendieron lo necesario y f ueron asimilando el modo de
hacerle f rente y creando, de f orma inconsciente, una perf ecta
red de apoy o que Vale necesitaba y que había de ser su tabla
de salv ación en tantas ocasiones. Sus f ases agudas llegarían
en el f uturo a reducirse de f orma considerable aunque,
obv iamente, era la propia Vale la que debía agarrarse a la
constancia con v oluntad f érrea.
Dada la índole de los clientes que recibían y, aunque la jornada
f ue más intensa de lo habitual, sortearon bien la misma,
mientras Vale y acía en su conf ortable cama, ajena al resto del
mundo, ajena a la inconsciente lucha que dirimía en un intento
constante por recuperar la normalidad. Por lev antarse a las doce
y tomar unas tostadas, muy tostadas, como a ella le gustaban,
y untadas con cremosa mantequilla. Tomar té a pequeños
sorbos alargándolo casi hasta la hora del almuerzo, mientras
arrancaba las hojas secas de las plantas de su terraza y
adecentaba su habitación.
Pasaban los días y se recuperaba lentamente. Tenía aún la
mente cansada, pesada, con las ideas lentas. Como env ueltas
en una neblina lev e y molesta que la dejaban intuir pero no
v islumbrar la salida del oscuro túnel en que se encontraba.
El timbre de casa suena mientras intenta organizar algunas
f otos desordenadas… No se concede tiempo para cerrar las
puertas abiertas de par en par de su dormitorio. Coge al v uelo
su esponjoso almohadón rosa y se mete debajo de la cama con
el cuerpo sacudido por f uertes temblores.
Unos minutos después, Sesi entra en la habitación para decirle
que la comida y a está lista y se extraña al no v erla. Espera
unos segundos y entonces escucha una llantina de la que no
acierta a adiv inar la procedencia. Tras una rápida ojeada se da
cuenta de que ésta prov iene de debajo de la cama. Con cierto
escepticismo lev anta la primorosa colcha que cubre la cama de
Vale y se arrodilla buscándola con la mirada.
-¿Cariño? –su alma se despedaza cuando la encuentra rezagada
con el miedo propio de un animalillo acorralado en los ojos–.
Cariño, no tengas miedo. Sólo es el cartero. Trae un paquete
para Manu de su madre. Sólo eso.
Vale la mira agradecida pero sin perder la expresión de miedo
que v iste su rostro. Ella se lev anta y sale de la habitación para
regresar minutos después con una bandeja cargada de dulces y
té. La deja en el suelo y, con toda naturalidad, se mete debajo
de la cama acompañando a su compañera. Arrastra entonces
para sí la bandeja y el rostro de Vale se ilumina. Poco a poco
sus f acciones se v an relajando.
-¿Un poco de té? –y en su rostro se dibuja una amplia sonrisa
que indica que acepta el of recimiento.
Entretanto, Manu y a ha abierto el paquete que ha recibido y se
apresura a mostrarles el contenido buscándolas sin éxito.
-¡Estamos aquí! –grita Sesi.
-Aquí, ¿dónde?
Manu recorre la estancia de punta a punta, de norte a sur, de
este a oeste, sin imaginar siquiera por un instante el paradero de
sus compañeras. Cuando transcurridos unos minutos lo
av erigua, grita enloquecida y con los ojos abiertos cual un búho
en v igilia-. ¡Jodidas putas paranoicas! ¿Qué coño hacéis debajo
de la cama? ¡Es surrealista! –se arrodilla y asoma la cabeza…
Su asombro aumenta considerablemente cuando descubre la
bandeja-. ¡Putas chif ladas! ¡Pero si han montado un puto picnic
debajo de la cama…! -y comienza a gritar llamando a Luana.
-¿Qué ocurre? ¿Qué ocurre?
-Mira… Estas putas están grilladas. ¡Han montado un puto
picnic debajo de la cama! Ay Virgencita, que no tengamos dos
locas en lugar de una porque y o me suicido.
-¡”Calláte pelotuda”! –la reprende Luana tras asomarse debajo de
la cama y comprender lo que sucede–. Si y o llego a caber
también me meto… Con el suelo f resco y a la sombra en pleno
agosto. ¡Ummmmmm! Quién pudiera… ¿Puedo tomar té?
Manu la mira con perplejidad dando gracias a su Virgencita por
ser la más cuerda de todas.
Le sirv en una taza y ella coge un par de pastas. Antes de darse
cuenta todas están disf rutando de una merendola en el suelo y ,
para cuando terminan el último sorbo de té, a Vale se le ha
dispersado la nube que le rondaba la cabeza, siendo ella misma
la que decide af rontar la jornada laboral.
Luana es una argentina de armas tomar y siempre con unos
kilitos de más, los que no le restan en lo más mínimo
sensualidad ni atractiv o. Conocida por su elegancia innata,
llaman la atención su saber estar y sus modales, casi
aristocráticos. El rubio plantino de su pelo parece v enirle de
cuna y en su rostro de rasgos armoniosos destacan unos
gruesos labios de f orma perf ecta y un par de grandes ojos
castaños. Luce siempre una amplia sonrisa y su corazón
desborda generosidad. Su gran Talón de Aquiles reside en un
f uerte temperamento que le juega en ocasiones malas pasadas,
porque aunque dotada de una paciencia f uera de lo común,
cuando ésta la abandona, los estribos que pierde equiv alen a los
de v einte marujas disputándose en el mercado la misma
lechuga.
En cualquier caso, ha hecho suy o parte del palabrerío
chabacano que a menudo escucha de Manu y que no le importa
exhibir cuando están en intimidad.
Luana Silv a llegó a España del brazo de su recién estrenado
marido, huy endo ambos del f amoso Corralito, en pos de un
f uturo digno que salv aguardara el bienestar de sus f uturos tres
hijos. Su marido tardó poco en desaparecer tras las f aldas de
una bailarina de hotel, quedándose ella con dos palmos de
narices, la boca abierta y los ojos tan abiertos que tardó días en
reaccionar. Cuando, al f in lo hizo se encontró sola, sin
documentación, sin dinero, sin un bocado que llev arse a la
boca, sin amigos o allegados, sin aliento y con el útero v acío en
un país que no era el suy o. Así que una tarde a punto de perder
la cordura, y tras recorrer durante horas la misma acera, of reció
su cuerpo, sin más, a cuantos hombres se cruzaba, hasta que
uno aceptó sus f av ores a cambio de unos cuantos euros. Luego
aceptó otro y terminó la noche en la cama caliente de una
pensión sencilla y acogedora con el estómago lleno. Así f ue
como se inició en la prostitución.
Puede que guiada por un ángel de la guarda del que no tenía
constancia, una mañana en que se perdió por las enmarañadas
calles de la ciudad, tocó a la puerta de Doña Andrea para pedir
unas monedas para el autobús y comprar algo para desay unar.
Ni el día anterior ni la noche pasada habían sido muy
f ructíf eros. Doña Andrea la inv itó a una taza de té bien caliente
mientras le preparaba un suculento desay uno y se quedó allí
para siempre.
Es domingo. Manuela ha comprado unas entradas para asistir
con sus compañeras a un prestigioso tablao f lamenco en el que
esta noche actúa un f amoso “bailaor”. Ella es una gran
af iccionada al f lamenco y quiere compartir su pasión con las
chicas que aceptan encantadas el of recimiento.
El local, un tablao de los más antiguos de la ciudad, promete
una gran v elada. Es una cena-espectáculo que acoge a sus
clientes entre numerosos v estigios de ley endas del cante y el
baile f allecidas y a muchas de ellas.
Todas degustan la cena halagando el buen hacer del chef a la
hora de escoger y elaborar los platos. Cuando saborean los
postres, y antes de los caf és de rigor, las luces se ajustan y el
escenario se ilumina. La actuación v a a dar comienzo. El cuadro
f lamenco sale a escena ocupando sus miembros, uno a uno,
ordenadamente sus respectiv os lugares.
A medida que los minutos pasan y los artistas empiezan a estar
poseídos por el buen duende f lamenco que los caracteriza, el
ambiente se carga de pasión y calor, alcanzando su expresión
máxima cuando el f amoso “bailaor” pisa el escenario. Entre
palmas y olés el tiempo sigue su camino y , tras dar por
f inalizada la actuación, el f erv oroso público se desgañita
alabando a los artistas y con especial ef usiv idad a la estrella de
la noche. Manu llora de emoción y todas se suman a un público
suplicante que pide más.
Vale se contagia de esa pasión y tiene los ojos casi
desorbitados por el f erv or que la azota y el corazón acelerado.
Siente en el pecho el galope f eroz de un tropel de caballos
asustados, pues es presa f ácil de la excitación y , entre el
bullicio, sus gritos no alertan de su estado a sus compañeras.
Su respiración era entrecortada y la boca se le deshacía en
agua mientras había sentido la absoluta certeza de que el
bailaor, en su saludo f inal, iba a entregarle el pañuelo que
llev aba al cuello. Fue cuando su dilatada alegría se transf orma
rápidamente en un temblorcillo nerv ioso, al tiempo que un sudor
f río le recorría el cuerpo mientras que las mejillas le ardían
cuando v ió desaparecer del escenario a los artistas, incluido el
bailaor, sin entregarle a ella el trof eo que tanto había esperado.
Sus ojos se detuv ieron entonces en una caja de percusión
situada en el extremo derecho del escenario sobre la que había
una camisa blanca. Era de alguno de los percusionistas pues el
bailaor no había utilizado este color en ninguna de sus
interv enciones. Vale f ijó la v ista en ella y av anzó con
determinación hacia su objetiv o, sorteando con cierta dif icultad
la altura del escenario y rescató la camisa empapada en sudor.
La huele y la abraza antes de comprimirla hasta meterla entera
en su pequeño bolso de mano. Cuando se marcha del
escenario, una señora situada junto al mismo la increpa por su
gesto. Vale la ignora f ulminándola con los ojos y abandona,
v ictoriosa, el lugar del crimen, pasando como una exhalación
junto a sus compañeras que han contemplado la escena con
estupef acción.
Sale del restaurante a toda prisa con una sonrisa que v iste sus
ojos de un brillo casi malicioso. Minutos después y a la
acompañan el resto de chicas que aún no sabían cómo
reaccionar.
– ¡Chicas!¡Chicas! Tengo una camisa del espectáculo…, ¿no es
marav illoso?
– ¡Sí! Una pasada –interv iene Sesi que recibe un codazo de
Manu antes de terminar de pronunciar la f rase.
– Vale cariño –indaga Manu– no sabía que ese artista te gustara
tanto como para robarle un objeto del escenario…
– Bueno Manu, y o tampoco lo sabía hasta que lo he v isto en
directo. Y eso no es robar. Todo el mundo lo hace. Todo el
mundo intenta pescar algo de “su artista” en conciertos y
demás. Vamos, no seas aguaf iestas. ¿No has v isto ese local?
Es como un museo con prendas y objetos pertenecientes a
artistas que han pisado ese tablao. Yo v oy a hacer lo mismo en
casa. Voy a enmarcar esta camisa con su sudor y todo. Será
nuestra reliquia. La primera de muchas. ¿Qué os parece?
Los ojos de las chicas han aumentado v arios palmos y sólo
Luana se atrev e a poner en duda el razonamiento de Vale:
– Pero cielo, esa camisa es de un percusionista del que no
“recordás” ni el rostro. Del que no “sabés” ni el nombre. A ése no
lo conoce ni su padre. ¿Para que “querés” eso?
– ¡Os habéis empeñado en malograr mi alegría…! ¡Taxi!
– ¡Vale!
– ¡Taxi! ¡Taxi! En casa nos v emos…
Y el coche parte tras un sonoro portazo. Las chicas recorren el
tray ecto a casa sin intercambiar palabra. Cuando llegan, Vale y a
se ha ido a la cama y duerme abrazada a la sudorosa camisa
del desconocido.
La mañana transcurre coronada por un sol v eraniego y una brisa
alegre. Las chicas desay unan como de costumbre en la cocina,
acompañadas de Doña Andrea.
Vale entra en la cocina con los ojos hinchados y rojos como
tomates maduros. Llev a la camisa blanca del desconocido
percusionista en la mano. Se dirige al cubo de basura y la arroja
con una mezcla de rabia e impotencia. Se sienta a la mesa sin
alzar la v ista:
-¿Qué pasa? Anoche estabas muy “contentas” con tu camisa
nuev a –comenta Celine con una ironía que la hace granjearse
inmediatamente la mirada asesina de las demás componentes
de la mesa–. Vamos Vale, es sólo una “anécdotas”…
– Vamos Celine, estaba sobreexcitada y no atendí a v uestras
palabras. ¿A qué imbécil se le ocurre iniciar un museo de arte
con la camisa de un desconocido? ¿A qué imbécil se le ocurre
iniciar un museo de nadie en cuestión de minutos? Estoy como
una puñetera cabra joder… ¡Decídmelo v amos! ¡Decídmelo!
¡Quiero escucharlo joder! ¡Mierda! ¡Quiero ser normallllll! ¿Es
tanto pedir? ¡Normalllll!
– Venga Vale…, déjate de rollos y no v ictimices más… Eres una
tía original. Claro que a nadie se le ocurre montar un museo en
un minuto, la gente no tiene tanta imaginación –dice Luana sin
dejarla terminar–, “v iste mi niña” que si y o no f uera puta y no
estuv iera atragantada de hombres, esa camisa con olor a
macho me iba a ay udar más de un rato a “pasarla” bien –y tras
rescatarla del cubo de basura, la desliza con mov imientos
sensuales entre sus piernas lo que origina sonoras carcajadas.
Incluidas las de Vale.
Así zanjan este episodio. Restándole importancia y pasando
página en un chasquido.
Los días pasan y la casa desprende tranquilidad. Vale no ha
v uelto a suf rir ningún alti-bajo y las cosas marchan sobre
ruedas. En medio de este escenario de exquisita decoración,
homenaje al buen gusto, de un minimalismo armónico y
apaciguador que es la casa, Manuela ha erigido, en mitad del
largo pasillo, un peculiar altar en honor a su amada Virgen de la
Cabeza a cuy o alrededor descansan las más peculiares
of rendas, entre las que cabe destacar una caja de polv orones
que la madre de Manuela le env ió la Nav idad pasada. Este
tramo de la casa se ha conv ertido en una picassiana obra que a
todos sorprende pero que nadie entiende. Comprenden la
dev oción pero no la ubicación del escenario de sus plegarias. Y
pobre de aquel que haga ref erencia al mismo si no es para
halagarlo. Nadie se atrev e a rechistar con el genio que se gasta.
Manuela, prev ia postración ante su Virgen amada, le pide con
dev oción y f é inquebrantabable mil y un imposibles cada día.
Le habla con una naturalidad pasmosa, como si realmente
obtuv iera respuesta a sus preguntas y ruegos. Y sólo cuando
habla de Vale se dirige a ella en v oz baja.
– Ay Virgencita mía, estrella que me guía desde que mis ojos
v ieran la luz por v ez primera, te ruego. No. Te suplico. Te
imploro que regales un ray ito de luz a la cabeza de esta loca.
Que la mantengas como está ahora o terminaremos todas
criando malv as, más pronto que tarde, y habrá superpoblación
de putas en el cementerio. Te lo ruego Virgen bonita…
Manuela llegó a la casa cuando Doña Andrea del Pino y
Udaquiola acababa de acoger a tres muchachas. A pesar de que
su holgura económica le permitía v iv ir los años que le quedaran
como la dama de alta sociedad que siempre había sido, Doña
Andrea comenzó a solidarizarse con estas mujeres sin habérselo
propuesto. Paradojas del destino. Y como bondad no le f altaba
y había env iudado terminó f ormando, sin habérselo propuesto,
una f amilia que adoraba y que comenzó meses después de
amparar por primera v ez a una chica de la calle maltratada por
su chulo de turno. Y así, sin más, el destino cruzó en su
camino, una tras otra, a las chicas que terminaron conf ormando
su f amilia. Huelga decir que no todas se quedaron y no f ue
hasta dos años después de que acogiera a la primera de ellas
cuando quedó constituida su nuev a f amilia haciendo oídos
sordos a las charlatanerías que suscitaba en su entorno social y
que tan poco le habían importado siempre.
Dos de las primeras muchachas dejaron la casa en el tiempo en
que Celine tomó la decisión de instalarse en ella, mientras que
la tercera, debido a la cual se gestó en la casa un pequeño
rev uelo de corta v ida, se largó un buen día tras un tiempo
conv iv iendo en la casa, pues se negaba a acatar la única
exigencia que mantenía en calma la casa y las v idas de sus
moradores: seleccionar a los clientes por su saber estar y su
comportamiento exquisito. Así pues, su negativ a a aceptar esta
premisa, inundó la casa de energúmenos div ersos, amantes de
broncas gratuitas y altruistas bof etones.
Una madrugada, tras educadas represalias de sus compañeras,
la chica metió sus cosas en una v ieja maleta y abandonó la
casa cuando terminó su turno. Los intentos por hacerla
recapacitar y calmar los ánimos f ueron en v ano y, ante la
irrev ocable decisión de la chica de no continuar en la casa y
regresar a la calle, Doña Andrea la obsequió, no sin tristeza, con
una primorosa tetera de porcelana auténtica, moteada con
minúsculas f lorecillas pintadas a mano en delicados colores
mientras una a una las demás iban despidiéndose de ella.
La tetera f ue lo único que aceptó. Y así, abrazada a la
primorosa pieza de porcelana, se marchó sin rechistar y con los
ojos tan abiertos que más parecía un búho en v igilia que una
puta sorprendida. Tan abiertos. Nunca más supieron de ella.
Romilda Ay este, que así era como se llamaba la puta de la
tetera, era, según sus propias palabras, una puta de las de toda
la v ida que no entendía la para ella nov edosa prostitución
elegante y libre de chulos y broncas. Así que durante su
estancia en la casa las amenazaba o las adv ertía
constantemente de que aquella prostitución que ejercían estaba
abocada al f racaso y el día menos pensado pasarían de ser
putas f inas y pijas, a mendigas que no tendrían que llev arse a
la boca. Consideraba, así mismo, que una puta no tenía
derecho alguno a holguras morales ni a tanta delicadeza.
¿Dónde se había v isto eso?
Y con estas ideas af ianzadas en su cabeza, cuando quedó tras
de sí la casa de la calle América, se dirigió a la papelera más
cercana y arrojó la primorosa tetera en ella, para v olv er a la
prostitución tal y como ella la entendía.
Manuela f ue la sustituta de Romilda, por así decirlo. Se instaló
en la casa pocos días después de que ella se f uera. Manuela es
la única de las cinco mujeres que ocuparían la casa de f orma
def initiv a, además de que se había dedicado a la prostitución
prácticamente desde que se destetó, como ella solía decir.
Creció en una humilde f amilia de f eriantes, que, itinerantes,
recorrían los pueblos de f eria en f eria con una pequeña
atracción y cuatro numerillos circenses que caían en gracia a
las gentes de aquellos lares y que apenas daban para comer a
su numerosa f amilia.
Un buen día, y a muy temprana edad, decidió abandonar todo
aquello en pos de un f uturo mejor y pronto terminó
prostituy éndose pues consideraba los trabajos que encontraba
tan sacrif icados como mal pagados. Así que comenzó a v ender
su cuerpo al mejor postor, día tras día, y para cuando se hubo
cansado de esta v ida que terminó dándole sólo para malv iv ir, el
orgullo y la v ergüenza y a se habían apoderado de ella y no f ue
capaz de regresar a su hogar con una mano detrás y otra
delante. Sin mencionar, además, que desde el día primero en
que llegó a la ciudad, había mentido acerca de su puesto de
trabajo y su f amilia la creía v iv iendo en un buen casoplón y
ganando buenas perras entre comodidades que no estaban al
alcance de ellos. Manuela era el v iv o orgullo de la f amilia. Un
ejemplo de v alentía por la decisión que en su día tomó. (¿Y
Manuela? –les preguntaban los f eriantes y v ecinos…–. Mi
Manuela está en la ciudad v iv iendo como una reina en una
casona que para nosotros quisiéramos. Ésa sí que ha sido lista
–contestaba con un orgullo que no le cabía en el cuerpo su
madre). Y así pasaron los años sin que nunca descubrieran su
v erdadera v ida, pues siempre era ella la que los v isitaba
colmándolos de caros regalos que le costaba muchos sacrif icios
comprar. Había para todos y cada uno de los miembros de la
f amilia y , cada v ez que los v isitaba, era todo un acontecimiento
para la f amilia. En palabras de su propia abuela: “Cuando llega
mi Manuela, es que ni la Nav idad…”.
La cruda realidad es que llegó con el rostro def ormado por los
golpes de un emisario de la desv ergüenza y el respeto ausente.
Con una f ea brecha en la ceja izquierda de la que le brotaba
sangre a borbotones. Un brazo roto, f ruto también de las cartas
de su marido, alegorías f ehacientes del típico “mía o de nadie”,
tantas v eces entonado por el galán malogrado que pretendió
disuadirla así de la decisión de tomar rumbos dif erentes, eso sí,
todo a pesar de dar el v isto bueno a que su mujer trajera un
suculento sueldo a casa, tras explotar su cuerpo en las calles
de la ciudad. En este estado la encontró Doña Andrea en aquel
ambulatorio cercano a su querida casa.
Doña Andrea había pasado por la clínica para llev ar unos
riñoncitos de chocolate a la responsable de la misma. Una v ieja
amiga que ese día cumplía años. Entregó los dulces en una
cajita de cartón que simulaba un cof re antiguo y que se había
conv ertido en el sello inequív oco de la pastelería más
prestigiosa de la ciudad, lugar que Doña Andrea f recuentaba
desde siempre. Cuando abandonaba el recinto v io a Manuela
sollozando rota de dolor en una de las habitaciones, maltrecha
por unas magulladuras que traspasaban el plano f ísico. Su
corazón no le permitió pasar de largo por lo que, tras entrar en
su habitación y sentarse a su lado, y a no v olv ieron a
separarse.
Cuando el rostro de Manuela se deshinchó, descubrió con
sorpresa un cutis f ino de rasgos armoniosos que casaban muy
bien con su f igura estilizada. Parecía una muñeca hasta que
abría la boca escupiendo sus expresiones de loba de calle y sus
rudos y poco f emeninos modales.
Doña Andrea sonreía y la educación de Manuela se conv irtió
para ella en un reto personal. Pronto la incorporó a las
sobremesas de cultura y protocolo. Sobra decir que en un
principio se negó categóricamente alegando no haber
escuchando tontería más grande en su v ida. “Pero si a mí me
ha ido muy bien hasta ahora con mi f orma de expresarme”,
decía constantemente. Pero un lecho cálido y la comida casera
f ueron suf icientes alicientes como para que su rechazo se
ev aporara con rapidez.
Poco se puede contar en cambio acerca de la historia que llev ó
a Celine a terminar en la casa. Es un misterio nunca desv elado
que sólo ella y Doña Andrea conocían. Lo único que transcendió
f ueron su nacionalidad y que llev aba cinco años residiendo en
España. Aunque, en cierto modo, a nadie le importaba. Nunca lo
preguntaron. Lo único que les preocupaba era el modo de
pronunciar su nombre. (-Hija, que nombre más rarito te puso tu
madre. Se quedó a gusto la mujer –ev identemente éstas eran
las palabras de Manuela a la que poco importaba la patada que
tantas v eces recibía por debajo de la mesa y que a ella tan
poco le importaban– CE-LI-NE… Niña, que me lo expliquen,
porque este nombre no se me mete a mí en la cabeza ni en dos
v idas).
-Selin. Se pronuncia Selin, le indicaba siempre la f rancesa con
toda la paciencia del mundo.
En cuanto a Sesi… Pues Sesi era, al parecer, la aburrida
dependienta del supermercado que f recuentaba Doña Andrea
que, v iendo su v ida transcurrir tras aquella caja registradora por
un v ergonzoso sueldo, pasaba las horas lamentándose y
soñando con caros zapatos de tacón. El desenlace de la historia
es un trabajo que dejo a la imaginación del lector.
-Oy e Sesi… -dice Vale desde el otro lado del teléf ono con v oz
baja, casi imperceptible–. Sesi estoy con Ramiro.
-¿Quién es ése? ¿Vale? ¿Vale no te escucho bien? ¿Puedes
hablar un poquito más alto? ¿Qué ocurre?
-Sí… Es que estoy con Ramiro.
-¿Ramiro? ¿Estas en mitad de un serv icio?
-Sí…
-¿Y por qué me llamas? Acabo de recibir a un cliente. Espera.
Antón ponte cómodo, tengo un pequeño contratiempo.
Enseguida estoy contigo cariño. Dime Vale.
-Bueno podría decirse que tengo un problema…
-¿Se os ha roto el condón? ¿Qué pasa?
-Nada de eso…
-¿Entonces? Perdona Vale… ¿Puede ir acomodándose Antón?
Dime Vale, ¿entonces qué? –susurra…
– Es Ramiro…
– ¿Qué pasa con Ramiro?
– Creo que no es f eliz conmigo.
– ¿Qué? ¿Qué coño estás diciendo?
– Pues lo que oy es. Que tengo la impresión de que Ramiro no
es f eliz conmigo.
– ¡Valeria! Ramiro es tu cliente, no tu marido. ¿Qué me estás
contando? ¿Qué? ¿Qué coño importa si es f eliz o no? ¿Estás
teniendo una crisis? ¿Qué leches te pasa joder?
– No. No es eso. Estoy bien. Pero no sé… Que no lo v eo
cómodo. Sí. Def initiv amente creo que no está cómodo.
– ¿Pero se lo has preguntado?
– No Sesi. No se lo he preguntado. Ramiro es un caballero.
Nunca af irmaría que no es f eliz conmigo.
– ¿Y en qué te basas?
– Me ha dicho que siempre le han gustado las mujeres sensuales
y muy dulces.
– ¿Perdona? ¿Pero qué estoy diciendo? ¿Por qué pregunto “en
qué te basas”? Me estás enloqueciendo… Esto es un sin
sentido… Cuelgo…
– No, no, no… No me cuelgues, por f av or… No sé que hacer…
De v erdad, siento que no es f eliz
– ¿Y cuál es el problema? Quiero decir… Chaoooooo…
– Creo que era una indirecta. Ya sabes. Que estaba diciendo que
no soy todo lo dulce que él espera…
– Vale, son las cuatro de la madrugada y ambas estamos
trabajando. Créeme, si f ueras más dulce Ramiro entraría en
coma diabético. Esto es una chorrada, créeme. Mañana
hablamos con más calma sobre el tema…
– ¡No! Tengo que resolv erlo ahora. No sé como enf rentarme a
él.
– Vale, Vale, es un cliente. No espera v iv ir un idilio con una puta.
Eres f ina y delicada. Pero puta al f in y al cabo Valeria. Perdona
que te lo diga así, pero es que no hay modo de que lo
entiendas. Chao.
– Pero Sesi, me siento incapaz de besarlo sabiendo que no está
cómodo conmigo…
– ¡Valeria, estás delirando joder!Es tu primer cliente f ijo desde
hace cinco años. Fóllatelo y olv ídate de lo demás. Por cierto
Vale, ¿qué hace él ahora? Quiero decir, mientras parloteas por
teléf ono…
– Bueno, le he dicho que me disculpe que v oy al aseo y le he
dado una rev ista.
– ¡Jooooderrr Vale!
– Sí, una rev ista de esas de psicología. Le he recomendado un
artículo que habla de la f elicidad, la empatía y cosas así.
– ¿Qué cojones es eso? ¿Qué es la empatía?
– Pues consiste en saber ponerse en el…
– ¡Joder! No quiero saber que es la empatía…
– ¿Y por qué lo preguntas?
– Vale, Vale, Vale… Son las cuatro de la madrugada y ese cliente
ha pagado por echar un polv o, no por ir al psicólogo. ¡Joder
Vale! Que eres puta, no psicóloga… ¡Que te lo tires y punto!
¡Diosss! ¿Por qué me tienes que llamar a mí?
– Pues Sesi, cuanto más completo el serv icio mejor, ¿no crees?
-Sesi no da crédito a lo que escucha y al f in cuelga.
– ¿Por qué bostezas tanto Vale, no “duermas” bien “estas
noches”? –se interesa Celine
– No he podido pegar ojo.
– ¿Estás preocupada?
– Sí. Es por Ramiro…
– ¿Tu cliente?
– Sí. Creo que y a no está satisf echo conmigo.
– ¡Oh, no! Ya empieza otra v ez… ¡Joder! –Sesi coge una tostada
y sale de la cocina.
– ¿Te ha “dichos” algo?
– No. Bueno sí. Que le gustan las mujeres dulces. Era una
indirecta. Estoy segura. Quiere decir que le gustaría más si y o
lo f uera. Ya sabes. Si y o f uera más dulce.
– Mira, te lo comento guapa… Si tú no eres dulce, y o soy la
Madre Teresa de Calcuta v estida para una f iesta Flower Power,
rica -Manu no puede ev itar interv enir-; si f ueras más dulce tus
clientes terminarían pereciendo por coma diabético. No es la
primera v ez que te decimos esto. Dosif ica tu dosis de azúcar
guapa… ¡Qué empalago por Dios!
– No sé. Yo me siento muy contrariada. He llegado a pensar que
no estoy hecha para esta prof esión.
– Joder, ¿y has tardado tres años en darte cuenta?
– Manu, cállate. Además, nunca es tarde para dejarlo. Vale, mi
amor, estás haciendo “unas montañas” de un pequeño
“comentarios”. Te pasa muchas v eces. Intenta no darle más
v ueltas al tema. Descansa un poco y v erás “los cosos” de
“otras” manera más tarde.
– En realidad lo dijo después de que me encerrara en el baño
durante un cuarto de hora.
– ¿Y por qué “os encerrás” en el baño en medio de un serv icio?
–pregunta Luana.
-Bueno Luana, lo hago siempre que tengo un bajón y me siento
agotada e incapaz de continuar trabajando. Entonces pongo la
alarma del móv il y duermo diez minutos para poder seguir
adelante.
– Bueno, al f in y al cabo eso es mucho mejor que estar tres
días metida en la cama con las persianas cerradas y la cabeza
debajo de la almohada.
Las chicas están en la cocina, reunidas en torno a una tetera
bien caliente que han preparado. Todas excepto Vale que irrumpe
en la estancia minutos después con una enorme y hermosa
sonrisa cosida al rostro y los ojos inundados de lágrimas.
– Chicas… -murmura.
– ¿Dónde andabas? –bosteza Sesi.
– Chicas estoy esperando un bebé… Voy a ser mamá.
El té se hiela en el acto y las chicas luchan por mantener el
labio inf erior unido al superior. Se hace un silencio espeso y el
rostro de todas palidece en un abrir y cerrar de ojos mientras
toman asiento.
Tras la conmoción inicial, el desconcierto y un millón de
preguntas asedian sus cabezas, en tanto que todas intentan, sin
éxito, articular palabra. Las f elicitaciones se hacen rogar y el
semblante de Vale comienza a cambiar.
Adelantándose a su reacción, Doña Andrea toma la iniciativ a y
la abraza calurosamente acariciándole el rostro con ternura
mientras esboza una cálida sonrisa. Los cómos, los porqués y
el millón de preguntas que todas se hacen y a serán aclarados
más adelante.
Tras el abrazo de Doña Andrea todas la imitan con una
expresión de estupef acción que tratan de disimular, sin lograrlo,
pero que Vale af ortunadamente no percibe inmersa como está
en la noticia de la buena nuev a. Por su parte, Manu emocionada
se olv ida de cualquier interrogante y rompe a llorar:
– ¡Ay , nuestra niña que me v a a hacer tía…! Me pido ser la
madrina -y desaparece por el largo pasillo hasta llegar al altar
postrándose a los pies de su Virgen de la Cabeza para pedir que
todo salga bien.
Unos minutos después Vale, emocionada, se retira a descansar
y es cuando se desata la tormenta. Todas en torno a la mesa
plantean las mil y una presuntas que no se han atrev ido a
exponerle a pesar de que saben que aquélla es una
conv ersación que no se podrá demorar mucho.
Se preguntan si la medicación af ectará al bebé o a Vale, así
como qué sucederá en caso de tener que suprimirla. Temen que
su y a delicada estabilidad emocional se resienta y aumenten
con ello las sacudidas que a buen seguro esto implicaría.
El día se despereza soleado y con la cara limpia f ruto de una
agradable llov izna que ha caído durante la noche. Huele a tierra
mojada. Vale abre la puerta de la terraza de su habitación y
exhala el aire puro que entra en la estancia. Se siente f eliz e
ilusionada por la v ida nuev a que se gesta en su v ientre. La
emoción ha humedecido su rostro de nuev o, mientras se llev a
las manos al v ientre y lo acaricia con ternura con la certeza
absoluta de que no puede existir un amor más grande como el
que ella siente en ese instante.
Su mente es un herv idero de proy ectos que llev ar a cabo para
recibir a su bebé como éste se merece y , sin más, comienza
por desmantelar la habitación para limpiar cada átomo de polv o
que encuentra en ella. Retira muebles, airea alf ombras, v acía
armarios y un enorme baúl de cuero negro, entre otras cosas.
Por primera v ez en años, coge una gran bolsa de lav andería y
se deshace de prendas de ropa a las que tenía cariño y hoy le
parece una tontería haber guardado.
Cuando termina de desahuciar sus v iejas glorias, cambia
sábanas y toallas, prev iamente planchadas, y termina de sacar
el polv o. Lo coloca todo de nuev o en su sitio, f riega el suelo y
da por f inalizada su labor. Ya a la hora del almuerzo se presenta
en la cocina recién duchada con el pelo empapado y un cómodo
pijama que la dota de cierto aire inf antil. Tiene el rostro radiante
y relajado.
Todas, sin excepción, se interesan por su estado. Es Sesi, sin
embargo, la única que se atrev e en esta ocasión a lanzar a
bocajarro las preguntas que nadie se atrev e a f ormularle
comenzando, ev identemente, por la más importante y la que
más intriga ha suscitado:
-Vale, nunca sales de casa. ¿Quién es el padre? ¿Por qué
nunca nos has hablado de él?
-¡Joder Sesi, pareces un puñetero “Serv icio de Inteligencia”! –
Vocif era Vale, perdiendo al instante el semblante sereno que
lucía- ¿Qué tal Vale? ¿Cómo te sientes? ¿Has pasado bien la
noche? –y se sirv e una taza de caf é.
Todas están impacientes por conocer la respuesta a la pregunta
de Sesi, pero ante la tensión que se ha generado en el último
cuarto de minuto, optan por tragarse completita la curiosidad.
Sorprendiendo a todas y y a con el semblante más relajado, Vale
comienza a hablar con naturalidad:
– Total, tarde o temprano habíais de saberlo. Es Lucho…
– ¿Qué Lucho? -pregunta Luana.
– Lucho Serpenti. No conozco otro en realidad.
– ¿Qué? –exclaman todas al unísono. Manuela se atraganta con
el pollo de la sopa y Sesi derrama la copa de v ino que
sostenía.
– ¿”Vos estás” tarada o qué? ¡Qué digo Tarada, loca de remate!
Pues claro que “estás” loca. ¡Ese tipo es un cliente! -Luana grita
exaltada.
– Estamos enamorados…
– ¿Pero qué enamorados ni qué niño muerto? -interv iene Manu-
Pero si y o me lo tiré hace dos semanas cuando el f rancés te
contrató toda la noche.
– No trates de herirme. Ha sido un f lechazo.
– ¿Cómo v a a ser un f lechazo si hace años que lo conoces y
hasta hace un mes era cliente mío? -insiste Sesi.
– Pues lo f ue.
– Vale “cariños” los f lechazos se dan entre dos “personos
desconocidos” a quienes la sangre hierv e cuando se encuentran
por v ez primera…
– Ah sí… ¿Y desde cuándo hay un manual acerca de cómo se
dan los f lechazos? Lo f ue y punto. Es lo que hay y no quiero
tocar más el tema.
Y así zanja Vale la conv ersación anulando cualquier posibilidad
de seguir indagando en las cuestiones de su embarazo e inv ita a
todas a terminar el almuerzo en paz. Cuando y a degustan los
postres, Manuela rompe el denso silencio que ha liderado el
almuerzo y con un tono más suav e y conciliador dice:
– Disculpa Vale, por si se te ha pasado por alto, aunque
suponemos que no, tienes que dejar de trabajar.
– Sí. Ya lo he tenido en cuenta.
Es lunes por la mañana. El cielo no está completamente nítido
pero hace un día agradable y la temperatura es cálida. Todas
saben que hasta dentro de un par de días Vale no tiene consulta
con el ginecólogo pero como es el día en que libran han decidido
hacer algo especial y, tras intentar digerir la noticia, se han
lev antado todas antes de lo habitual para irrumpir en el
dormitorio de Vale y arremolinarse en torno a ella entre gritos de
júbilo y abrazos para que despierte y proponerle algo.
– ¿Qué pasa? ¿Qué día es hoy ? -pregunta mientras se
despereza.
– Es nuestro día libre y hemos pensado comprar algún detallito
al bebé, ¿qué te parece?
– No sé qué decir. ¿No es un poco pronto?
– Anda Vale, por f av or, estamos muy “ilusionados” y también es
nuestro bebé. No puedes negarte. Vamos Vale… -la conv ence
Celine.
– Está bien. Dadme v einte minutos.
– Además Vale, tampoco es que v ay amos a comprarle la cuna.
Un chupete, un sonajero y y a. Nos hace ilusión y así podremos
aprov echar también para desay unar y quizá almorzar en el
centro comercial. Venga, te esperamos en la cocina.
Vale escoge para v estirse un v aquero y una blusa blanca de
gasa. Por último, elige unas botas negras altas y planas dejando
de lado por un día sus indispensables tacones altos, pues
adiv ina una ardua jornada en el centro comercial. Se adorna con
unos pendientes largos de plata con circonitas que le regalaron
hace años y se pone en la nuca unas gotas de perf ume. Coge
su bolso y una cazadora negra de piel y sale.
– “Pelotuda” ni “pensés” por un momento que es por “v os”. Es
por el bebito –y tras un guiño de complicidad, la toma por el
brazo y todas salen de casa.
Durante el desay uno aprov echan la ocasión para agotar a Vale
con mil preguntas del tipo: ¿Qué nombre le v amos a poner?
¿Qué ginecólogo has escogido? ¿Qué v a a necesitar? ¿De qué
color escogeremos la ropa? ¿El típico rosa si es niña y el típico
azul si es niño o innov amos? ¿Se lo has dicho y a al papá?
¿Cómo ha tomado la noticia? ¿Vais a v iv ir juntos? ¿Os lo
habéis planteado? Bla, bla, bla…
Ella se limita a desay unar y a sonreír, pero su mente está muy
lejos de la mesa que ocupan y de la caf etería en que se
encuentran. Su mente está perdida tratando de v islumbrar el
posible rostro que tendrá su hijo o hija.
Ahora nuestras chicas están en un centro comercial cercano a
casa y que serv irá, a buen seguro, para iniciar al bebé en el
f rív olo mundo del consumismo tras un buen desay uno a golpe
de tarjeta, pues a estas horas todas se han v enido arriba y todo
les parece poco para recibir al chiquitín de la casa. Realmente la
noticia las ha enloquecido un poco

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