---------------

Libro PDF Que no panda el cúnico – Patricia Hervías

Que no panda el cúnico – Patricia Hervías

Descargar Libro PDF Que no panda el cúnico – Patricia Hervías


Después oí la misma frase en catalán y en inglés.
Lo cierto es que estaba deseando bajarme de aquel horroroso aparato volador que
no había dejado de moverse desde que despegó de mi adorada ciudad, Valladolid, a
las diez de la mañana de este domingo. A punto había estado de liarla parda y montar
un Melendi en pleno vuelo. No soporto los aviones y lo único que se me pasó por la
cabeza fue pedir algún aliciente a los tripulantes de cabina. Pero mi poca sensatez, la
poquita que me quedaba, me lo impidió. Eso y que eran las diez y media… Y ya lo
decía mi madre: «Hija, los alcohólicos no comenzamos a beber antes de la una». Lo
cierto es que nunca supe si me lo decía en serio o de broma.
Me llamo Ángela y, por más que lo intentaba, no podía hacerme a la idea de que mi
vida había dado un giro de ciento ochenta grados en menos de un mes y que dentro de
dos maletas gigantes había metido todo lo que yo creía que tenía más valor sin pensar
si realmente era lo que quería. Desgraciadamente, ya no había marcha atrás, el vuelo
estaba a punto de aterrizar en la ciudad condal y confiaba en que Pedro Luis, mi
novio, estuviese esperándome fuera para, aunque sólo fuera un poco, aminorar el
vacío que en esos momentos sentía en mi corazón por tener que dejar definitivamente
mi trabajo, mi casa, a mis amigos de toda la vida y a mi familia. Aunque si lo pensaba
bien, el tema familiar, probablemente, sería lo que menos me iba a molestar tener tan
lejos. No es que no los quisiera, pero con un padre militar y una madre algo
desapegada, era quizás la única parte de mi marcha que creía altamente positiva.
Y como si fuera algo casi religioso, en el momento en el que estaba pensando en mi
madre, el avión tomó tierra haciéndome despertar con un fuerte traqueteo. El aparato
se situó en la pista rumbo a la puerta de desembarque y la gente comenzó a ponerse
nerviosa levantándose de sus asientos sin que aún se hubieran detenido del todo y así
poder salir.
Daba igual que las azafatas hubieran advertido que nos mantuviéramos con los
cinturones abrochados y no nos levantáramos de los asientos. Algunos ya estaban con
la maleta de mano en el suelo y el teléfono móvil encendido.
He de confesar que ver eso me pone de muy mala leche. No entiendo cómo es
posible que no se haga caso a las recomendaciones. Verás el día que ocurra algo… Y
justo en el momento en el que ese pensamiento cruzó por mi mente, recordé de nuevo
a mi madre con la copa de vino en la mano y mirando el telediario. Típica frase de
madre.
Me encaminé timoratamente por la terminal 1 del aeropuerto del Prat; no era la
primera vez que viajaba, pero siempre lo había hecho con mi novio y nunca me
preocupaba de cosas tales como saber por dónde salían las maletas, por dónde se
tenía que ir a tomar el taxi, cuál era la puerta de embarque… Pero ahora me sentía
como pez fuera del agua leyendo todos los carteles que aparecían sobre mi cabeza,
mirando de un lado a otro para no confundirme, marchando como un pato mareado sin
saber qué camino tomar hasta que finalmente fui capaz de situarme y llegar a las cintas
por donde vería salir el equipaje en el que había logrado meter la mitad de mi vida.
Mientras esperaba que todas mis pertenencias aparecieran, tomé con decisión el
teléfono móvil para encenderlo y ponerme así en contacto con Pedro Luis, aunque
estaba segura de que ya me estaría esperando al otro lado de las puertas, justo detrás
del puesto de policía.
Me moría de ganas.
Miraba absorta como el móvil ya estaba a punto de tener cobertura cuando casi
antes de que la pantalla se encendiera, sonó el pitido que me alertaba de que tenía un
mensaje. Pensé en una llamada perdida y sonreí imaginando lo nervioso que estaría
Pedro Luis esperando, pero levanté la ceja al ver que era un WhatsApp:
Cariño, he tenido que salir corriendo. Estoy ya en el avión destino a Dubái, no voy a poder
recibirte en el aeropuerto. He dejado la llave en el establecimiento al lado del portal, te están
esperando, vida. Te quiero, te llamo cuando aterrice.
Inmediatamente después de leer esa fabulosa noticia, se posó en mi estómago un
insoportable dolor, a causa de la angustia que sentía en ese instante. Apreté el
dispositivo móvil con más fuerza de la necesaria, pero sólo con la intención de
aguantar unas lágrimas que no dejaban de caer a pesar de la frustración. Probé a
llamarle, pero lógicamente estaba desconectado. Claro, en ese momento comencé a
hacerme mil preguntas. Intentaba entender cómo era posible que en la hora y poco que
duraba el vuelo que me había traído a Barcelona, Pedro Luis no supiera nada de su
repentina «huida».
Pensé rápidamente, intentando encontrar alguna explicación racional. No, no la
había, y lo peor es que no era capaz de comprenderlo. Esto no tenía ninguna pinta de
haber sido un viaje sorpresa, era imposible que no lo supiera, no podía dejarme tirada
en medio de una ciudad inhóspita, desconocida, fría, lejana y con…
—¿Señorita, se encuentra bien? —La voz de un hombre mayor me hizo despertar de
mi universo paralelo.
—¿Perdón? —Le miré sin entender.
—¿Que si se encuentra usted bien? Es que está llorando mientras aprieta su
teléfono y ya sólo quedan dos maletas dando vueltas. Pensé que quizás la suya…
—Oh, no. Bueno, sí, tranquilo. —Me recompuse dignamente mientras guardaba el
móvil en el bolso y enjugaba las lágrimas—. La emoción del cambio de vida.
—Perfecto. —Sonrió sincero—. Benvinguda a Barcelona —concluyó, sonriendo
de nuevo y alejándose de mí.
—Aish, Dios, y encima esto, me hablan en raro. No me voy a enterar de nada. —
Me di tanta pena que, sin querer pensar mucho más, tomé las dos últimas maletas de la
cinta, efectivamente las mías, y puse rumbo a la parada de taxis.
Eso sí que lo encontré sin problemas, una parada bien marcada y llena de gente que
quería tomar el vehículo que le llevara a su casa, a su hotel o donde fuera que alguien
le estuviera esperando. No como a mí…
Después de unos cinco minutos, en los que me quedé literalmente en Babia, con la
cabeza dando vueltas sin entender qué coño iba a hacer sola en Barcelona, alguien me
avisó de que el siguiente taxi era para mí. Sonreí de medio lado para no parecer una
desagradecida y conseguí acercarme con los dos maletones gigantes al vehículo.
Mientras, el conductor se aproximó para ayudarme a meterlas dentro del maletero. Al
finalizar pusimos rumbo a la dirección que tenía apuntada, sin más. Sinceramente,
agradecí que el hombre joven, bajito y algo rechoncho que manejaba el taxi no fuera
muy hablador, pues no tenía ganas de dar conversación a alguien que no conocía de
nada. Y menos con los pensamientos casi asesinos que comenzaban a pasar por mi
mente como flashes intermitentes.
—Muchas gracias —dije después de que me ayudara a bajar las maletas y pagar.
—De res i bon dia —respondió con una sonrisa en los labios y metiéndose en su
coche para arrancar sin más miramientos.
—¡Ay, madre! Lo dicho, que encima no voy a enterarme ni del NO-DO —me quejé
firmemente por lo bajo.
Y allí estaba, en el barrio de Sant Antoni, que era donde se suponía que íbamos a
vivir, aunque de momento estaba más sola que la una, parada en medio de la calle que
aparecía como la dirección de mi casa en mi teléfono móvil.
Pero no podía dejar de verme como un pez fuera del agua, mirando de un lado a
otro sintiéndome un bicho de pueblo recién llegado a la capital. Todo esto era muy
raro, parecía como si la calle no tuviera sentido: tiendas de fruta abiertas,
establecimientos con letras chinas con las persianas cerradas, bares regentados por
chinos mezclados con otros de toda la vida, abuelas paseando a sus perritos, gente
con gafas de colores, barbas pobladísimas y con camisas de cuadros como si se
fueran a talar árboles al Canadá, chicas con cortes de pelo demasiado ¿modernos?
Bueno, quien dice corte de pelo dice rapado, tatuajes en todas partes…
—Pedro Luis, ¿dónde coño me has metido? —Miré a mi alrededor asustada, sin
saber qué hacer—. Quiero volver a casa… —Y otra vez me puse a llorar en medio de
la calle sin ningún pudor.
—Señorita guapa, no llorar —me dijo un hombre de piel morena y facciones
hindúes—. Tú venir a mi tienda y yo dar remedio.
—¿Perdone? —Miré para todos lados, sintiéndome una imbécil de manual. Aquel
hombre que hablaba era un señor de espesa cabellera negra como el azabache, tez
morenísima y un poblado bigote. Tenía los ojos pequeños y también oscurísimos,
además debía de medir bastante menos que yo, pues tenía que esforzarme por doblar
el cuello para hablarle. Era muy poquita cosa, delgadito y desgarbadísimo. Llevaba
puestos unos pantalones vaqueros muy holgados y una camisa sacada de cualquiera de
los baúles de mi difunto abuelo, por parte de madre (que el hombre era muy de
pueblo), con un color crema bastante desgastado.
—Tú no llorar, venir a mi tienda y yo dar remedio para lágrimas. —Me señaló una
pequeña tienda justo al lado del portal donde se suponía que estaba mi vivienda.
—En serio, muchas gracias, no pasa nada —respondí, limpiándome las lágrimas
para escapar de aquella situación tan surrealista de la mejor manera posible.
—No, no. —Señaló de nuevo, insistiendo—. Venir conmigo allí. —Volvió a
indicar de nuevo ese pequeño local que parecía repleto de cosas.
Le miré frunciendo el ceño no más que un segundo, y la verdad era que como no
tenía nada que perder, enganché los dos maletones para acercarme a la puerta de la
tienda. Aquel hombre me sonreía abiertamente, y fue en ese momento en el que pude
ver como en su dentadura había más huecos que los medianamente recomendables
para tener una alimentación relativamente sana. Con su mano me indicaba gentilmente
el camino; no es que me fuera a perder, pues estaba justamente frente a nosotros, pero
bueno… Al llegar a la puerta, me detuve esperando a que dijera cualquier cosa o me
diera algo que me hiciera olvidar que estaba sola en una ciudad desconocida llena de
gente vestida de forma muy rara.
Y yo sólo quería volver a mi casa de Valladolid, a mi trabajo en el periódico, a mi
sencilla vida.
—Tomar estas dos botellas. —Me tendió dos botellas de vino blanco—. Consejo
tomar una por la mañana y otra por la noche. —Y volvió a echarse a reír, haciendo
que me viniera a la cabeza aquel chiste malo de: «Tienes los dientes como perlas.
¿Preciosos? No, escasitos». Pero aunque hubiera podido reírme, ni ganas tenía, así
que no me lo pensé, las agarré y cuando quise pagar a aquel curioso hombrecillo, me
frenó haciendo un gesto negativo con su mano—. No, esto ser bienvenida y esperar
que tú vengas mucho comprar aquí.
—Muchísimas gracias —respondí, levantando sorprendida mi ceja derecha con
desconfianza.
—Eh, no olvidar esto. —Y me tendió un sobre—. Esto dejar marido tuyo esta
mañana.
—¿Cómo ha sabido que yo…? —Me di media vuelta sin ganas de hacerme más
preguntas—. Déjelo, gracias.
—Yo ser Abdul; tú, Ángela. —Sonrió de nuevo. Yo le respondí con otra sonrisa de
medio lado a la vez que salía de la tienda con las dos maletas a cuestas, una bolsa con
dos botellas de vino y las nuevas llaves de mi casa. Lo peor de todo era que ni había
pensado en ellas, teniendo en cuenta el maremágnum de sentimientos que se agolpaban
en mi cerebro.
A trompicones, sí a trompicones, conseguí llegar al portal. No es nada fácil
caminar con un bolso, maletas, sobre con llaves, bolsa con dos botellas de vino…
Casi como si fuera un milagro, logré abrir la puerta del portal empujando con las
dos valijas gigantes y el tintineo constante de las dos botellas haciéndome pensar que
aquellas se convertirían en mis mejores compañeras durante el largo día que me
esperaba encerrada dentro de mi nueva, vacía y solitaria casa.
—¿En serio? —me dije en voz alta cuando miré dentro del portal. Abrí los ojos
como platos al encontrarme con aquel ascensor. No entraba en mi cabeza que aún
existiera ese tipo de maquinaria, eso era un peligro. Vamos, estaba más que segura de
que aquello no era ni por asomo legal. El elevador estaba hecho de madera, era
antiguo, olía a viejo (quería regresar a mi casa de nueva construcción, ¡ya!), de
aquellos que tenían dos puertas de madera en el interior y una verja corredera por
fuera—. ¿Pero cómo coño…?
Me quedé de pie mirando como si acabara de ver al mismísimo monstruo del lago
Ness frente a mí, así que pensé que tenía dos opciones: meter las maletas y darle al
botón, lo que no iba a poder ser por el mecanismo mismo del ascensor, o entrar con
una maleta, subirla e implorar para que nadie robara la otra y volver a bajar para
hacer de nuevo ese periplo.
Finalmente, y rezando en arameo, un idioma del que estaba más que convencida de
que en breve se convertiría en mi segunda lengua materna visto lo visto, subí con la
más pesada, dejando la otra en un rincón en un intento de esconderla durante el tiempo
que durara mi «viaje a lo desconocido». A duras penas cabíamos la maleta y yo en el
ascensor, pero en un alarde físico, dadas las horas que había pasado haciendo yoga,
estiré al máximo mi cuerpo para poder cerrar la verja, después las otras dos puertas y
darle al botón de la última planta. En ese instante, justo cuando el botón se hundió, la
maquinaria comenzó a moverse dando un golpe seco y saltando de tal manera que hizo
que gritara como una niña de cinco años o como la imbécil que me sentía. Justo
después, y cuando el corazón volvió a latir de nuevo, comenzó a moverse lentamente
hasta la planta a donde me dirigía.
De la misma manera me aventuré a bajar por el ascensor para recoger la segunda
maleta y realizando otro viaje, llegué a la puerta de lo que, a partir de ese momento,
sería mi hogar, «dulce hogar».
Un viejo barrio, un viejo portal, un viejo ascensor y una vieja casa vacía me daban
la más triste de las bienvenidas a mi nueva vida. Y no tenía más opción que aceptarla.
Metí la mano en el bolso buscando las llaves, ya que entre tanto viaje cual Coco de
Barrio Sésamo enseñando qué es «arriba y abajo», era más que probable que
estuvieran perdidas en lo más profundo del abismo «bolsil».
Y no me equivocaba, efectivamente, después de un buen rato entre el insoportable
mal humor, palabras malsonantes y patadas a mis dos maletas (algo que nunca antes se
me hubiera ocurrido hacer en la vida), metí la llave en el bombín de la puerta.
Se abrió delante de mis ojos un lugar que me dejó sin palabras, esta vez la sorpresa
fue de lo más positiva. Ante mí se encontraba un espacio abierto lleno de luz, y tal fue
mi ensimismamiento que casi no me doy cuenta de que se oían ruidos detrás de mí.
Una puerta que se abrió y se cerró; un «Bon dia», al que respondí sin mirar, y alguien
que bajó por las escaleras a buen ritmo.
Aún no podía cerrar la boca por la impresión, en serio.
Entré casi con miedo, ¿a ver si me había equivocado de casa? Era una chorrada,
tenía las llaves en la mano, pero…
Al cerrar la puerta, encontré un espacio abierto, limpio, suelo de tarima flotante,
decoración minimalista en colores acordes con las paredes, pulcramente blancas,
cocina americana integrada con una encimera eterna y taburetes en una barra para
comer. En el medio de la estancia, una mesa de roble con sillas blancas marcaba el
centro del salón.
Miré hacia un lado y vi unas escaleras que subían a lo que parecía una habitación.
Lo era. Me acerqué hacia allí, me sujeté en la barandilla y sin aliento encontré una
cama situada en el centro de aquel altillo, perfectamente hecha con un cómodo
edredón, armario empotrado y una puerta que llevaba a un cuarto de baño de ensueño.
Ducha, bañera, dos lavabos (para él y para ella), bidé, taza de váter o inodoro…
Volví a bajar para mirar a todos lados. Estaba, literalmente, alucinando en colores.
¿Cómo era posible que en aquel lugar pudiera existir un sitio tan flipante?
Me acerqué a la mesa del salón, había visto un pedazo de papel:
Bienvenida a casa, mi amor. Ojalá hubiera podido estar contigo para celebrar tu llegada.
Regresaré pronto, te lo prometo. Esta es nuestra nueva casa, haz lo que convengas.
Te quiero.
PL.
Sonreí mientras leía la nota, aunque, al mismo tiempo, una solitaria lágrima caía de
nuevo por mi rostro mientras la soledad se adueñaba de mí otra vez.
Había dejado mi trabajo por él. No era el mejor trabajo del mundo, pero era feliz
con mi sección en uno de los periódicos de la ciudad. Me daba para pagar las
facturas, los caprichos y, lo más importante, tenía tiempo para poder seguir
construyendo mi sueño de ser guionista. Porque lo que yo quería era escribir guiones
para series de televisión, y ahora lo veía todo muy diluido por culpa de este cambio
de vida.
Pero lo peor no era eso, peor para conseguir alcanzar mi sueño, sino que al día
siguiente, lunes, comenzaba a trabajar en una empresa de e-commerce. Pedro Luis me
había ayudado un poco a la hora de buscar vía internet. Me llamaron de una de ellas,
me hicieron la primera entrevista por teléfono, vía Skype la segunda y la tercera con
los CEOs de la empresa del mismo modo. Lo cierto es que siempre me ha parecido
una gilipollez la manía de las nuevas empresas de poner inglesadas en palabras que
ya existen en castellano…
Ahora yo iba a trabajar como copy creative, redactor publicitario, vamos, de una
empresa de ofertas online. Algo que me hacía tanta ilusión como que me arrancaran el
dedo meñique del pie. Lo iba a pasar mal, no me gusta conocer a gente nueva, no me
gusta que mi entorno cambie demasiado. Siempre había vivido en mi ciudad,
Valladolid, salido con la misma gente del instituto, algunos hasta del colegio, y mi
novio era el de siempre. No quería cambiar, no tenía necesidad de hacerlo y mucho
menos de conocer a gente nueva, gente dispuesta a…
¡Y una mierda! Odio los cambios, no soy una persona a la que le guste mucho
abrirse a la gente. Soy de las que prefiere hablar consigo misma con tal de tener una
conversación amena…
—¿Sí? —Oí a mi madre contestar a mi llamada.
—Mamá, soy yo.
—Muy bien, hija. ¿Y qué quieres?
Me quedé parada.
—Decirte que ya he llegado a Barcelona. —Cada vez que llamaba a mi madre
sentía esa extraña desconexión—. Y que Pedro Luis no está en casa, que está de viaje
y ando sola por aquí.
—Ah, muy bien, hija. Te dejo, que están poniendo un nuevo capítulo de Belleza y
poder. —E inmediatamente cortó la comunicación.
No me apetecía aquel día darle vueltas a la extraña relación de mi madre con todas
las telenovelas norteamericanas que ponían en televisión. Subí los maletones a la
habitación, los abrí, me quité la ropa que llevaba puesta y, rebuscando, encontré lo
que quería ponerme.
Me miré al espejo que encontré en el cuarto de baño y descubrí que mi cara era un
verdadero poema. Si ya con el pelo pelirrojo llamo la atención, con los ojos azules
hinchados por tantas lágrimas era un cuadro. Me peiné un poco, limpié mi cara del
arruinado maquillaje que estaba corrido y fui directamente a lo único que en ese
momento podría consolarme sin pedir nada a cambio: la nevera. Directa a abrir la
botella de vino y hacer algo de comer.
Con la copa en la mano y mirando al vacío brindé:
—Como dijo aquel: «¡Viva el vino!» —Y tomé mi primera copa en Barcelona.
CAPÍTULO 2
Miró el reloj. No podía creérselo, no hacía más de un rato que había conseguido
dormirse. Sentía su cuerpo como si la resaca le hubiera comido por completo, se
había vuelto a dormir hacía un par de horas tan sólo y de nuevo estaba despierto.
Pasó una mano por su rostro intentando masajear un poco los músculos de su cara;
era imposible poder responder como un ser humano cuando se despertaba cada dos
horas. ¿Quién le mandaría a él…?
Parecía que se había calmado. Intentó conciliar el sueño de nuevo, pero el llanto
cobró vida otra vez.
—¿En serio? —se dijo enfadado, levantándose de golpe y corriendo hacia la cuna
para tomar en brazos al bebé—. ¿Y ahora qué es lo que necesitas, enano?
La noche había transcurrido entre biberones, cambios de pañales, llantos
desesperados y algún que otro vómito. No tenía por qué quedarse con el pequeño esta
vez, pero por hacer un favor a Aina había dejado de salir con una modelo que estaba
de paso por Barcelona. La había conocido en una de sus muchas sesiones fotográficas.
Josep no era un hombre corriente, no era de los que tenían una vida ordenada. Iba
tomando las cosas según se le presentaban en la vida. Lo único que tenía claro era que
no quería rendir nunca pleitesía a nadie y por ello amaba su profesión, le daba vida,
pero no perdería esa vida por el trabajo. Era fotógrafo, bastante bueno, la verdad. No
había pasado ni un día sin que su teléfono dejara de sonar para encargarle un viaje,
una sesión de moda, foto fija en una serie de televisión.
—Vamos —le dijo al bebé—. ¿Tienes hambre? —Lo levantó un poco para olerle
el pañal—. ¿Caca? ¿Un cubata? —Sonrió después de averiguar que el «maldito» sólo
quería que lo tomaran en brazos.
Se acercó a un sillón de cuero destartalado que tenía en una de las habitaciones de
la casa y se sentó en él mientras miraba el reloj de su muñeca. Sólo eran las seis y
media de la mañana…
Volvió a abrir los ojos sin tener consciencia de haberlos siquiera cerrado. Lo
último que recordaba era haber cogido en brazos a Eric y haberse sentado en el sillón.
Se despertó en la misma posición con el bebé dormido en su pecho. Miró de un lado a
otro, no tenía ni idea de por qué se había sentado allí, en aquella habitación hecha un
desastre donde había libros por todas partes, incluso en el suelo, y las paredes
estaban repletas de fotos de ella. Quizás fuera porque esa era la habitación donde más
tiempo pasaba, donde se encontraba más cómodo en esa casa ahora tan vacía.
La echaba mucho de menos, demasiado, pero fue su decisión.
Miró a su pecho, y viendo el pequeño cuerpecito de Eric se preguntó cómo uno
podía amar tanto a una cosita tan pequeñita a pesar de las malas noches, los llantos,
las horrorosas plastas en los pañales y las horas perdidas haciendo mil historias para
ellos. Pero lo cierto era que lo quería como a nada en este mundo, ese bebé era parte
de él, parte de su vida, y mataría a cualquiera que le hiciera daño.
Lentamente, como si de un mimo se tratara, se levantó dolorido del sofá con Eric en
brazos y lo llevó muy despacio a la cuna. Bajó un poco más las persianas para que no
se despertara el pequeño. Volvió a mirar el reloj, las once de la mañana, había
dormido sentado cuatro horas y lo notaba en todos y cada uno de los músculos de su
cuerpo. Ya no estaba para esos trotes.
Miró el teléfono a ver si tenía algún

Web del Autor

Pagina Oficial

Si no sabes descargar mira este video tutorial

[sociallocker]
[popfly]

Descargar 

Leer en online
[/popfly] [/sociallocker]

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

---------