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Que no te duerman con cuentos de hadas – Beatrice Boleyn

Que no te duerman con cuentos de hadas – Beatrice Boleyn

Que no te duerman con cuentos de hadas – Beatrice Boleyn

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Resumen y Sinopsis 

1. Nos sobran los motivos
Parecía un viernes cualquiera, similar a todos los viernes de los últimos años de mi vida. Habíamos comido juntos en el pequeño bar de la esquina de nuestra calle
mientras hablábamos de todo y de nada. Por la mañana había hecho la compra para la semana siguiente y había olvidado, una vez más, comprar la marca de cerveza que
tanto le gusta a Damián, después había llevado un par de trajes suyos a la tintorería, había organizado los planes para el fin de semana con nuestros amigos; el sábado,
una cena en casa de Ignacio y Miriam, y el domingo, ver el fútbol todos juntos en nuestra casa. Con la excusa del partido tendría que comprar más cerveza y con un
poco de suerte no me olvidaría, otra vez, de esa marca alemana que él prefiere. El resto del viernes lo iba a pasar trabajando en casa y nada parecía invitarme a sospechar
que aquel era el último día de mi vida tal y como yo la conocía.
Antes de que todo se pusiera patas arriba de forma irreversible, me encontraba editando en el ordenador las últimas fotografías que había hecho para un catálogo
de ropita para bebes; eran para un cliente que aunque no me dejaba ser nada creativa, pagaba bastante bien y a su debido tiempo, algo que valoraba mucho más que la
creatividad en aquella época teniendo en cuenta los tiempos que corrían y que ya había tenido más de un disgusto por algún trabajo sin cobrar en su totalidad.
Y en ello estaba, disfrutando de un té recién hecho y escuchando de fondo “Lo mejor de Frank Sinatra”. Eran cerca de las 20:00, cuando mi marido entró en el
pequeño despacho que habíamos habilitado en casa para mi trabajo, recién salido de la ducha, aún con el pelo húmedo, el torso descubierto y vestido únicamente con
unos chinos color beige que le caían de forma deliciosa por la cadera.
Nena, ¿has visto mi camisa de rayas finitas azules?
Se está lavando… ¿por?
Vaya… la quería para esta noche
¿Y dónde vas esta noche?, ¡no me habías dicho que fueras a salir! Le dije a voces mientras él se dirigía de nuevo a nuestra habitación.
¡He quedado a cenar con un posible cliente, ha sido algo de última hora, me lo han confirmado hace un momento! Me gritó desde el dormitorio mientras le
escuchaba sacar prendas del armario.
La camisa azul de rayas finitas es con la que él sentía que estaba más guapo, y no es que le hiciera falta la camisa para estarlo, la verdad, pero él sabía que le
sentaba de vicio. La típica prenda que todos tenemos en nuestro armario y que nos hace sentir como los protagonistas de un videoclip, caminando al son de música con
la melena al viento.
Esa certeza sobre la camisa en cuestión y la falta de información sobre el cliente y la reunión, activaron todas mis alertas y en menos de un minuto ya estaba de
mal humor. Ni los bebes gorditos del catálogo de fotos eran capaces de robarme una sonrisa. No soportaba cuando “cliente” es un término que puede abarcar desde un
señor barrigón, calvo y cincuentón, a una rubia explosiva con pechos descomunales apretados en una blusa demasiado escotada. Sí, así es la imaginación de cabrona, da
lugar a visualizar situaciones de lo más variopintas que jurarías pueden estar sucediendo en ese mismo instante. Como resultado de la mezcla de intuición e imaginación,
me convencí de que su cita estaba más cerca de ser con la segunda opción, que con el señor cincuentón.
¡Am, pues muy bien, a ver si hay suerte! Le dije como si el que fuera a salir con el cliente misterioso me diese exactamente igual. (Fingir indiferencia, pero con un
poco de interés: con éxito).
No le pregunté más detalles. Ni qué cliente, ni dónde iba a cenar, nada. Principalmente porque parte del acuerdo al que llegamos después de “aquello”, era que él
sería un libro abierto respecto a ese tipo de cosas y no me pondría en la situación de preguntarle detalles que me hicieran sentir como un detective. Una vez más, no
estaba siendo así, debía ser yo la que preguntara si quería conocer más información. Y como si preguntaba, podría ser que me contestara algo que no me gustaba, preferí
no decir nada. Además, y tristemente, ya me había acostumbrado a vivir con la duda como mi mejor amiga.
No llegaré tarde, pero no me esperes despierta por si acaso. Me dijo abrochándose otra camisa que también le quedaba fantástica y que además resaltaba el
bronceado que ya empezaba a tener de salir a correr por las tardes. Aunque sólo estábamos a principio de mayo, tenía un tono de piel que ya me gustaría conseguir a mi
cuando me tumbo a tostarme al sol en pleno verano. Me dio un casto beso en los labios, recogió su blazer con coderas de Massimo Dutti que le regalé las pasadas
navidades y se dirigió a la puerta mientras yo levantaba la vista de la pantalla del Mac y lo seguía con la mirada… estaba contento y muy guapo “el jodío”.
¡¡Suerte!! Le grité desde el salón cuando escuché la puerta cerrarse, obligándome a pensar que la clienta en cuestión era gorda y fea, sí o sí, no había más que
discutir imaginación querida. Pero ante la posibilidad de pasarme el rato mortificándome, con dónde y con quién estaría realmente mi marido y sin que hubiesen
trascurrido apenas veinte minutos desde que Damián se había marchado, yo ya había decidido que esa noche no me la iba a pasar editando fotos. No señor. NO.
Cogí el iPhone, abrí WhatsApp y comencé a buscar su contacto nerviosa. Miré durante unos segundos su foto de perfil. La había cambiado. En esta salía de
espaldas en la playa con una tabla de surf, me gustaba más la que tenía puesta antes: un primer plano de él, con su sonrisa perfecta y sus dientes perfectos, foto que
perfectamente valdría como publicidad de un dentífrico. También me gustaba más que la actual, porque aquella se la había hecho yo y me encantaba que fuera su foto de
perfil. Para mí era un guiño al recuerdo de aquella tarde en que se la hice, tarde que pasamos riéndonos y sin salir de la cama haciéndonos fotos de todo tipo, repito: todo
tipo. Nerviosa, excitada y ansiosa como siempre que iba a escribirle, le puse:
TOC TOC… se puede?? 😉
En línea
Doble check azul
Escribiendo…
Con sólo ver “escribiendo” era más que suficiente para que deseara quitarme las braguitas de estar por casa (braguitas que Damián estaba empeñado en que tirase
a la basura pues no entendía la necesidad real y el derecho de toda mujer a tener braguitas dadas de sí), y visualizar mi tanga más pequeñito, perdido por el suelo de su
estudio.
Claro que se puede, justo estaba pensando en ti.
Que típico sí, LO SABÍA, pero que conseguía el efecto que pretendía, también.
¿Y qué pensabas?
Pues en esa cara de vicio puro que pones cuando te mordisqueo los pezones…
Me humedecí al instante rememorando la cara que él también ponía mientras lo hacía, con esa habilidad experta que me volvía “loca, loca, loca”, cual canción de
Shakira.
Estaba segura de que su forma ruda, directa y sexual de hablarme y de tocarme debía estar prohibida en algunas partes de este mundo, oírle te conducía
directamente al pecado. Si mi madre hubiera leído alguna de las conversaciones que mantenía con Fabio… hubiera sufrido un sincope de la impresión.
Sabía que en algún momento esa historia debía parar, pero no podía, bueno, tampoco lo había intentado la verdad, así que es más apropiado decir que no había
querido pararla y que hacía ya bastantes polvos atrás que dejé de sentirme culpable.
Al principio, cuando aún estaba a tiempo de no complicarme la vida con esta historia, siempre me justificaba ante mí misma diciéndome que si Damián estuviera
más en casa, que si Damián no fuera tal o cual, que si Damián no hubiera hecho aquello que hizo, yo no habría caído rendida a los encantos de Fabio.
Siempre culpaba a Damián de lo que había acabado haciendo yo solita, pero la realidad era que jamás me senté a hablar con él a intentar prevenirlo, contarle que
me sentía sola demasiado a menudo o confesarle que no le había perdonado del todo aquella historia con su compañera. Historia de la que nunca parecía fuese a conocer
toda la verdad, por mucho que él me insistiese en que no había pasado nada más de lo que ya me había contado.
No, la verdad es que nunca le avisé, nunca le hice siquiera sospechar que estaba aflorando una versión de mi misma que él no conocía, ni yo tampoco. Para mí fue
mucho más fácil quedarme calladita y culparlo a él, permaneciendo en la seguridad de mi matrimonio y refugiándome en la sexualidad brutal, que me hacía sentir deseada
y especial, que tenía con Fabio.
Cuando Fabio me miraba, parecía estuviese viendo… no sé, ¡una de las siete maravillas del mundo!, y ¿quién en su sano juicio puede resistirse una y otra vez a
esa mirada, que además, estaba acompañada de ese cuerpo? Era aún mucho más difícil conseguir resistirse, cuando mi marido ya no se para a mirarme de esa forma, y si
me apuras, ni de esa forma, ni de ninguna otra, ni siquiera cuando arregladita y emperifollada para alguna ocasión especial, le preguntaba antes de salir “¿estoy guapa
cariño?”, y lo máximo que obtenía era un: “sí, sí, mucho, como siempre nena”, sin apenas haberme echado un vistazo.
Recuerdo un día en el que, para probar esa teoría, me coloqué un disfraz que tenía de brujita guarrilla de Halloween. Con andares felinos me dirigí al salón donde
me esperaba para salir a cenar y le dije:
¿Qué te parece?
Muy guapa cariño. Contestó sin apartar la vista del televisor. Si el disfraz hubiera traído escoba, os juro que a escobazos lo habría molido.
La realidad era que, entre una cosa y otra, yo no pude aguantar mucho tiempo mi integridad moral ante la insistencia de Fabio. Os reconozco además, que cada
vez que llevaba fotos a su imprenta; un pequeño local en el centro muy cerca de mi casa y sobre el cual había un pequeño estudio donde él vivía; lo hacía con el
maquillaje más natural y estudiado de toda mi vida. ¡Ni el día de mi boda me esforcé tanto en parecer que no iba maquillada, y aun así estar radiante, que cuándo iba a la
imprenta de Fabio! Siempre con los labios recién pintados con mi barra color rosa nude de Mac, mi melena rubia perfectamente alisada, o perfectamente ondulada, según
el día, y sobretodo meneando bien el culo al son de mis tacones. Sí, todo era muy natural y espontáneo. ¡Tardaba más en elegir qué modelito
“casualarregladoperoinformal” ponerme para bajar a la imprenta, que para salir de marcha con mis amigas!
Y es que bajo ningún concepto iba a permitir que se repitiese mi error fatal de ir vestida como una drogadicta en desintoxicación como me pasó el primer día que
fui allí a imprimir algunos de mis trabajos. Look que solo justifico ante el desconocimiento total y absoluto de que me fuera a encontrar a un dios del olimpo trabajando
tras el mostrador. ¿Ese tipo de cosas no tendrían que avisarlas de alguna manera? No sé, algún tipo de cartel en la esquina que precede al negocio, tipo:
“PRECAUCIÓN: En la imprenta Orduñez trabaja un tío bueno. Por su integridad estética absténgase de aparecer en chándal”
Yo fui aquella primera vez a su imprenta porque estaba cerca y porque me habían dicho que tenía buenos precios y eran muy rápidos en la entrega, lo cual era
fundamental para mi trabajo, pero la arpía que me lo dijo, no mencionó en ningún momento al adonis que te recibía en su interior.
Mi hermana melliza, Carolina, dice siempre que hasta para ir a comprar el pan hay que arreglarse, que una nunca sabe con quién se va a cruzar y que por eso ella
siempre que sale, sea a dónde sea, se arregla pensado que se va a cruzar con alguno de sus exs. Pues yo no, ese día salí tranquilamente a la calle sin importarme ser
merecedora de un “ARRG” de la revista Cuore. Y allí me fui, con un pantalón de chándal, una camiseta XL de Los Ramones de mi marido y el pelo pidiéndome a gritos
una visita a la peluquería. Cada vez que Fabio recordaba la primera vez que me vio, seguía negándole que aquel ser humano fuese yo e intentaba convencerle de que la
primera (segunda) vez que me vio, lo que llevaba era un vestido cortito de lino vaporoso rosa palo de una sola manga y unas cuñas altísimas; ¡una hora tardé en planchar
el puñetero vestido para que él se acordase de la camiseta de Los Ramones!, ¡vamos, no me jodas!
Pero bueno, desde ese primer día y a pesar del chándal, la química con Fabio se notaba en el ambiente, y me ganó sin mucho esfuerzo con esa forma que tenía de
entregarme las fotos. Despacio, rozándome lentamente con la mano y la mirada.
Un día me puso tan nerviosa el intercambio de miraditas, que cuando fui a salir del local meneando este cuerpo que Dios me ha dado y sabiendo que tenía su
mirada clavada en mí, estaba tan temblorosa, que mis andares “sexys” me la jugaron, y me caí a todo lo largo contra el suelo. Como tenía las manos ocupadas con las
fotos, pareció que acabasen de talarme como a un árbol, y…. “¡¡cataploof!!”.
Tuve que ser ayudada a levantarme del suelo por el resto de clientes mientras repetía, como un mantra y reprimiendo las ganas de llorar, un “estoy bien, estoy
bien” nada convincente. Yo quería salir de allí corriendo, aun sin ser consciente de que una de mis cuñas había salido volando y ya no estaba en mi pie. No la localizaba,
pero es que me daba hasta igual, quería huir de aquella escena tan bochornosa.
Pero entonces escuché:
¡Oye cenicienta que te olvidas esto! Por supuesto la tenía él, y por supuesto, se estaba aguantando la risa colorado como si se hubiera achicharrado en la playa.
¡Uins! ¡Qué despiste! ji ji ji (risafrenéticahistérica) y allí estaba yo, con la poca dignidad que me aportaba andar con un zapato de 9 centímetros de cuña y otro
no, me acerqué a él para que me devolviera ese zapato traidor que pensaba tirar por ingrato nada más llegar a casa.
Déjame que te ayude Se agachó y me colocó el zapato como si fuera cenicienta de verdad.
No te conviertas en calabaza esta noche princesa
ji ji ji (¡otra vez la puñetera risa de mierda esa que no sabía de dónde había salido!) Gracias, gracias, que patosa soy, pero estoy bien, ji ji ji, ¡si no ha sido nada!
Me dolieron las rodillas y el hombro durante toda la semana. Sonreí, y con todo el bochorno del mundo, y entre las risas de los clientes me marché, rezando por no
encontrarme en un par de horas

Título: Que no te duerman con cuentos de hadas
Autores: Beatrice Boleyn
Formatos: PDF
Orden de autor: Boleyn, Beatrice
Orden de título: Que no te duerman con cuentos de hadas
Fecha: 18 sep 2016
uuid: f79791ba-ddac-4c65-91f6-bb018aec838a
id: 438
Modificado: 18 sep 2016
Tamaño: 1.07MB

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