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Libro PDF ¿Quién necesita un señor Grey? Rafael Alcolea Harold

¿Quién necesita un señor Grey?  Rafael Alcolea Harold

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Puede decirse que es imposible aburrirse en
mitad de una frenética vida de peligros, secretos y
sexo de alto voltaje, pero ella es así, qué le vamos
a hacer, a veces se aburría, y mucho…
Le revienta estar quieta, parada, viendo como
la vida se le escapa de las manos año tras año, y
cómo la esencia de su juventud se evapora
mientras busca el amor verdadero en los brazos de
mil amantes de una noche…
¿Su última ocurrencia…? Localizar a un
escritor de tres al cuarto para que fuese plasmando
sus “vivencias”. Primero por aburrimiento, en
segundo lugar por desahogarse y principalmente
por alimentar su nutrido y fortalecido ego. Aunque
también lo hacía por recapitular y saber hacia
dónde iba su vida… La treintena, aunque muy a lo
lejos, amenazaba en el horizonte dibujado con el
humo de las velas de su último veintiséis
cumpleaños sin un marido, hijos o un proyecto de
vida que se pareciese. Ella que pensaba casarse a
los veinte, como su madre…, eran otros tiempos…
No obstante, ansiaba sentar la cabeza en cierto
modo.
Porque sí, admitámoslo, por muy puta o santa
que una mujer sea, es lo que deseamos: un
marido que te folle todas las noches como si
fuese la última vez de su vida y tener varios hijos
con él, que crezcan sanos y que te hagan abuela;
cuanto más tarde mejor para poder colmarlos de
caprichos y contarles muchas de tus historias de
juventud. En su caso, esas historias tendrían que
estar edulcoradas o atiborradas de metáforas… y
este libro podría ser un comienzo…
En cualquier caso, hasta hace poco no había
llegado ese hombre a su vida, pero no os
confundáis, no ha sido por no buscarlo, tal vez ese
fue el problema: probar tantos… demasiados…
todos los que le han apetecido.
De esa manera una pierde el criterio, ¿no? A
cual más bueno que el anterior y así, hasta que
pierdes el norte. Sin embargo, he de creer eso de
que hay un roto para cada descosido.
Ese tipo que hace que digas ¡basta! ¡Me
planto! Ese que es perfecto para todo lo dicho
antes.
—Señorita Van der Lust, podríamos decir que
usted es sexualmente muy… activa…
—Dejémoslo en Lust, señorita Lust. Pero no
sea tan comedido, se podría decir que he sido un
zorrón… al menos hasta ahora, hablando en la
manera que lo hacen ustedes, los hombres…
Nunca he sentido la necesidad de tener un señor
Grey en mi vida, para llevar a cabo mis fantasías.
—No pretendía…
—Vayamos por partes… ¿Sr. Dickinson?
—Sí, dígame.
—Si va a encargarse de escribir sobre mí,
quiero que lo haga con pelos y señales, nunca
mejor dicho, por lo de los pelos… —sonrió de
manera provocativa al hombrecillo tímido que
tenía enfrente, el individuo bajó la mirada,
azorado—.
Clöe lo había encontrado varios días antes, en
aquella cafetería a la que solía ir en busca de su
frappé de la mañana todos los días de calor,
huyendo del bullicio que se formaba en la oficina
alrededor de la máquina de café aguado que
servían. Según le había contado el hombrecillo, el
día que se sentó a su lado, se dedicaba a escribir
cuentecillos para niños que no le habían llevado
más que ha mal vivir. Clöe se apiadó de él y le
prometió que le daría la historia de su vida, el
personaje con el que cualquier cuentacuentos como
él, hubiese deseado encontrar una calurosa tarde
de Junio en Miami. Suerte que su vida era
demasiado ajetreada como para ponerse a escribir,
¡qué pérdida de tiempo! Si no, el bestseller lo
habría escrito ella misma…
—¿Disculpe? ¿Me oye? Ya me entiende…
quiero que lo cuente todo: Mi trabajo, mi vida
personal, sí, vamos, el sexo y todo aquello que
ocupa mi tiempo… —el hombre se relamió
tímidamente al escucharla, era obvio que jamás
había escuchado a una mujer tan atractiva hablar
de esa manera tan explícita y desenfadada sobre el
sexo—. Usted desperdicia su vida en una nube de
acontecimientos y personajillos que cada vez le
alejan más y más de la realidad, encerrándose en
su mundo, lejos de lo que le rodea, no va a ser más
feliz. ¿Tiene mujer? Bueno, no me lo diga, mejor
centrémonos en mí. Le propongo una historia que
le va a tener en tensión, le intrigará, no podrá
pensar en otra cosa que no sea volver a reunirse
conmigo, le voy a entusiasmar. Vamos, en más de
una ocasión, mis relatos le provocarán un dolor de
huevos…
—No lo dudo… —murmuró en voz baja, ya
algo excitado.
Clöe dejó de hablar para encenderse un
cigarrillo. Sabía que tenía fascinado a ese
pusilánime escondido tras esas gafas de cubo de
vaso y un flequillo grasiento que le caía sobre la
frente, le parecía patético, un ensayo erróneo de lo
que se consideraba el estándar masculino; pero
efectivo para llevar a cabo su cometido: escribir
sobre ella. Llevaba varias semanas dándole
vueltas a la cabeza: quería plasmar en algo físico
todas sus aventuras y casos, pero no tenía tiempo
ni paciencia para hacerlo.
El pobre mentecato no sabía qué hacer: tomaba
notas y secaba el sudor de su frente con un pañuelo
de tela blanco meticulosamente doblado. En la
esquina había unas iniciales algo desgastadas,
trató de verlas, pero al final lo dejó, no le
interesaba. Cada vez que sus enigmáticos ojos
verdeazulados lo miraban directamente, se ponía
nervioso y empezaba a tartamudear. Tal vez ella
era la mujer más atractiva que jamás le había
dirigido la palabra en toda su gris vida. Lo
imaginó siendo un friki en el instituto, un pobre
idiota del que todos se reían, un fracasado que
había tenido la suerte de estar sentado frente a la
barra donde ella pedía el café todos los días, y que
ella se fijase en él…
—Sr. Dickinson, no se confunda, —Clöe lanzó
una mirada divertida a su abultada entrepierna—,
parece un buen tipo, pero no se haga ilusiones. No
me interesa en el único sentido que un hombre
puede pensar que puede interesar a una mujer
como yo. Nuestra relación es… ¿profesional? Sí,
podría decirse que lo es. Yo le hablo y usted toma
notas, los dos nos beneficiamos. Además, así me
ahorro el psicólogo. ¿Le parece bien que
quedemos en este café de vez en cuando, los lunes
por ejemplo?
—Por mí de acuerdo —respondió
acaloradamente.
—Pero sin compromisos, no quiero agobios.
No estamos saliendo, ya me entiende… esto es un
regalo, le ofrezco el personaje de su vida: yo. De
todos modos no creo que usted tenga muchas más
cosas que hacer, le he visto casi todos los días ahí
apostado con su taza de café, simulando que leía el
periódico, pero en realidad me observaba con
descaro. Yo, en cambio, tengo una vida de lo más
ajetreada, ha habido épocas en las que he tenido
hasta tres relaciones al mismo tiempo. No se
imagina el estrés que puede llegar a provocar eso,
ni siquiera les llamaba por su nombre, no quería
meter la pata, y menos en la cama… Así que les
decía “papito” “amor” o alguna cursilería del
estilo. —Arrugó la frente y continuó con algo de
fastidio— siempre he odiado los lunes, no sé por
qué, supongo que será por tener que empezar la
semana de nuevo. Siempre me ha dado mucha
pereza, muchísima en realidad, el tener que
empezar algo desde el principio, es una monotonía
absurda. ¿No cree? Es mejor hacer borrón y cuenta
nueva, vivir nuevas experiencias y saborear esa
adrenalina de saber que tocas, ves o escuchas algo
por primera vez… Me chifla la primera vez con
alguien… Luego, no es lo mismo, nunca es lo
mismo, como si perdiesen la esencia o se borrase
esa promesa inicial de placer prohibido. Tal vez
por eso las relaciones serias nunca han ido
conmigo… al menos, hasta ahora… pero no le
adelantaré acontecimientos. Como dicen ustedes
los escritores: primero hay que crear el nudo, ¿no?
—Entonces… ¿Esto va a ser una historia
romántica…?
—Vuelve a confundirse, querido Dickinson.
Qué yo piense que ahora mismo solo existe un
hombre sobre la faz de la tierra que me vuelva
loca y por el cual estaría dispuesta a cerrarme de
piernas para el resto de tíos buenos del planeta,
que por otra parte, quedarían tristes y huérfanos
sin mí, propagándose una pandemia de impotencia
masculina por el planeta; no significa que tenga
pareja y que voy a narrarle la historia de cómo
conseguí a mi príncipe azul. No se engañe, las
mujeres de nuestro tiempo sabemos que esos
príncipes destiñen tras la primera noche. Por otra
parte, y sin serle del todo franca, debo admitir que
una relación así que apasiona, tener algo así con
alguien con el tipo de trabajo que tengo… sería
imposible. Ya lo entenderá…
—¿Es usted prostituta?
—¡No! Pedazo de burro. Como lo repita, le
pego un tiro en los huevos —Le amenazó sacando
su pistola por debajo de la mesa y rozándole con
ella en la entrepierna. El pobre hombre se encogió
y se echó para atrás, ahora sabía que estaba
armada y que aquello iba en serio.
—¡Disculpe, disculpe! Entonces, ¿es usted
policía?
—Más o menos… Es difícil de explicar…
—¿Trabaja para el FBI?
Clöe alzó la palma de su mano indicando que su
trabajo dentro de la policía estaba más arriba.
—¿La CIA?
—Lo ha dicho usted… no yo… —sonrió—
tampoco quiero, ni puedo, revelarle demasiado.
De todas formas puede poner que trabajo para el
sheriff o lo que le apetezca, ya sé que ustedes los
escritores se permiten ciertas licencias…,
cualquier cosa menos que cuente lo que soy en
realidad.
—¿En qué departamento?
—Creo que esto va a ser una mala idea,
demasiada información real en la primera tarde —
hizo el ademán de levantarse. Él intentó tocarla
para suplicarle que no se fuese, pero antes de
siquiera pudiese rozarla, lo agarró de la corbata y
tiró del nudo hasta casi ahogarlo, acercándolo
hasta su cara. —Que te quede claro mequetrefe, no
voy a revelarte nada que yo no quiera… hemos
quedado en que esto era una especie de terapia, no
quiero perder mi trabajo para que tú ilustres tus
historietas. Pon lo que quieras con respecto a mi
profesión, pero no digas que trabajo para la CIA
—dijo bajando el tono de voz, que volvía a ser
atrayente y aterciopelado— puedes decir que soy
espía, o algo por el estilo, es más exótico para el
personaje y además nos evitará problemas a los
dos. Trato con gente muy, muy gorda, ¿entiende?
—Entiendo —tragó saliva y Clöe notó un punto
de excitación en su mirada. El humo los envolvía y
no pudo verlo con claridad, pero parecía que
sonreía para sí. A ese tipo parecía ponerle que ella
fuese la dominante. Tenía toda la pinta de ser un
sumiso, sin embargo, ella no iba a ser su ama…—
de acuerdo, lo siento… Volviendo a la creación
del personaje, necesitaré justificar los hechos que
me cuente, al menos mínimamente. Si ponemos que
es limpiadora, no podré justificar su historia…
nada más era eso, no pretendía ser cotilla.
Necesito algo de información veraz, un poco al
menos, para que la historia se sustente…
Retomando la cuestión de su trabajo… en cierto
modo si trabaja para la Agencia Central de
Inteligencia, usted es una espía, ¿no? —Preguntó y
colocó su corbata en el mismo punto exacto donde
había estado hacía un momento, debajo de su
disimulada nuez. Clöe estuvo segura de que habría
tardado más rato en colocar su corbata con esmero
antes de salir de casa que en elegir el resto de sus
vestimentas, le pareció un poco maniático del
orden y la compostura.
—Sí, podría decir usted que soy algo así como
una Mata Hari moderna… —sonrió mientras le
daba una calada profunda al cigarro.
—¿Es usted un pez gordo?
—No del todo. Un pez mediano diría yo… Soy
oficial jefe de información, coordino un grupo.
—¿Narcóticos?
—Frío, frío…
—¿Terrorismo?
—Más frío…
—¿Crimen organizado?
—Templado…
—Me rindo —confesó exhausto. De no ser por
lo buenísima que estaba y la incertidumbre creada,
habría cerrado su bloc de notas y se habría
largado. Clöe pensó que tenía que darle
información, pero con cautela, no lo conocía. A
pesar de que ese tipo tenía la pinta de un
pusilánime que jamás había matado una mosca, no
sabía si podría irse de la lengua.
—Asesinatos… extraños.
—¿Cómo de extraños?
—… sexuales.
—¿Cómo? ¿Existe una división en la CIA que
estudia los asesinados relacionados con el sexo?
—preguntó incrédulo.
—¡Bingo! Concretamente aquellos relacionados
con tarados y psicópatas sexuales, tipos que no
follaron de adolescentes o que se los follaron
demasiado y que tienen un trauma. No te
confundas, no tienen porque ser pobres bastardos
muertos de hambre. Los hay muy ricos e
influyentes. Esos son los que más interesan a mi
división. Aquellos que no pueden detectarse a
simple vista, por su inteligencia, contactos o
poder; esos que son muy escurridizos como para
ser atrapados por los polis normales —dijo dando
otra larga calada al cigarrillo, la ceniza se agolpó
y cayó sobre sus dedos. Clöe sacudió la mano y
una cascada de ceniza en forma de copos de nieve
cayó sobre el suelo de madera. Pisó los restos y
los desdibujó con la suela de su zapato de tacón,
dejando el suelo emborronado como si fuese un
mal recuerdo que quisiese olvidar, como hacen
todas aquellas personas que inútilmente han
querido dejar de fumar.
—Perdona, es que nunca hubiese imaginado que
nuestro gobierno destinase tantos recursos a los
crímenes de índole sexual.
—Entérese, amigo. El mundo lo mueve el sexo
y el dinero, por ese orden. ¿Cómo no van a estar
nuestros dirigentes interesados en lo primero…?
Veo que alucina, pero si se para a pensarlo, es
lógico. El ser humano es débil y cutre, solo quiere
cubrir sus necesidades básicas: llenar la barriga,
sentirse a salvo y tener mucho sexo. Esos tipos se
mueven en un mundo de vicio y desenfreno que los
comunes mortales no conocen. Vamos, un club vip
de pervertidos. Los gustos más retorcidos e
inimaginables que podría usted pensar… Unos
locos salidos que pueden ser jefazos de bancos,
multinacionales u organismos internacionales. Muy
pocos conocen sus nombres, pero si la mierda de
estos tipos saltase a los medios de comunicación y
a la opinión pública, su reputación se iría al
carajo, y con ellos, las acciones de las compañías
más grandes del planeta. Te dejaré tiempo para
pensar en todo este nuevo mundo que se ha abierto
ante ti, yo también necesité algunas horas para
asumirlo, y llegar a la conclusión de lo mezquino
que puede llegar a ser el hombre. Ahora será
mejor que me marche, nos veremos el próximo
lunes, misma hora, mismo lugar. Tendrá tiempo de
crear el personaje y todo ese rollo que les gusta a
los escritores. Lo siento pero no le dejaré sacarme
una foto, míreme bien y recuérdeme… ¡Tráete una
grabadora la próxima vez, pareces un niño de
colegio copiándolo todo! Mejor que sea digital,
para que tenga mucho espacio, no pienso repetir
nada. Ya te dije que no me gusta volver a empezar
las cosas dos veces. ¿Entendido? —preguntó en
tono inquisidor tras tutearlo.
—De acuerdo —respondió algo cohibido,
estaba claro que la situación le superaba, apenas
podía moverse, casi no se atrevía a mirarla a los
ojos directamente.
—Empezaremos por mi último caso, hace un
par de semanas, ¡lo más fresco para el público! —
rió en voz baja. Sus ojos se iluminaron al sonreír
por primera vez desde que se habían encontrado.
El escritor pensó que era bellísima, la deseó desde
el primer momento que la había visto entrar en la
cafetería, del mismo modo habían hecho el resto
de los tipos que pululaban por aquel garito. Ahora
que la tenía en frente, a pocos centímetros, se
sintió triunfal.
—Puede decirme de qué se trata… es para
documentarme un poco —añadió con curiosidad.
Bajó la mirada tras esos cristales que se
oscurecían cada vez que alzaba la cabeza,
impidiéndole ver con claridad el color de esos
ojos pequeños y tímidos— no estoy familiarizado
con la jerga de la policía, temo perderme.
—No se preocupe, Dickinson, esto lo
entenderá. Se lo pienso explicar tan fácil como
cuando le explicaron cómo se echaba un polvo por
primera vez, porque… lo ha echado ya ¿verdad?
—sonrió maliciosamente.
Se sonrojó y las palabras se agolparon en su
garganta sin poder salir, Clöe continuó:
—Si quiere puede ir “repasando” el
Kamasutra. No le digo más… ¡Ciao! ¡Ah!
Cuidado con esa bragueta… Le va a reventar.
Se levantó antes de que pudiese siquiera
responderle. Volvió la cara para ver cómo se
marchaba del viejo café en el barrio antiguo de
Miami. Todos y cada uno de los hombres que
estaban apostados en la barra bebiendo, así como
los que estaban con sus parejas en las mesas
colindantes, no pudieron evitar girar la cabeza
hacia su impresionante figura: una mulata de
infarto abandonaba el local vestida con gabardina
azul, mini vestido negro, zapatos de tacón altos y
medias con encaje que disimulaban la cola de
dragón tatuado en su pierna y que terminaba en su
gemelo derecho. Todos se hacían la misma
pregunta:
¿Dónde comenzaría la cabeza del animal que
tenía tatuado…?
2. El asesino del
Kamasutra
Clöe estaba segura de que el escritor no habría
podido quitársela de la cabeza. La estaría
imaginando embutida en unas botas de cuero altas,
con un traje de lencería caro y seduciendo a todo
el personal en un lujoso casino en Montecarlo,
ricos y poderosos hombres babeando por lamer la
punta de sus zapatos, y no estaba muy equivocado.
Sin duda, Cloë sabía que ella era esa clase de
mujeres que marcan la vida de un hombre. El
condenado estaría celebrando la suerte que había
tenido cuando sus caminos se cruzaron, su aburrida
cotidianidad no le habría permitido conocer el
mundo desde la emocionante perspectiva de la
agente Lust, acceder a vivencias sexualmente
inalcanzables para un ser mediocre como él,
personas y lugares que difícilmente podría haber
llegado a imaginar siquiera. Clöe apostaba a que
durante toda la semana habría estado buscando
información sobre el Kamasutra para no parecer
un pardillo. Habría comprado varios libros, hasta
se habría obsesionado un poco con el tema.
Cloë odiaba tener que explicar determinadas
cosas que los adultos se suponen ya entienden, por
eso, el hombrecillo se habría estado
documentando. El rol del escritor era el de un
mero traductor o intérprete de sus palabras y
voluntades, un mercenario que mediaría entre ella
y su público. Ella necesitaba contar todo lo que le
sucedía a alguien ajeno a su vida, un público que
la adorase, pero que no pudiese reconocerla.
Clöe llegó tarde. El Sr. Dickinson supo desde
el principio que esa sería la tónica de sus
encuentros: él al esperaría y fantasearía acerca de
cómo aparecería esta vez, si llevaría un
despampanante modelazo y no podría evitar mirar
su bronceado escote, si su ropa interior asomaría
por debajo del vestido dejando entrever sus
turgentes y morenos senos agitándose al sentarse
frente a él.
—Lo siento, pero no he podido resistirme. Me
he entretenido con el dependiente de la joyería de
la esquina, ya me entiende… —sonrió con malicia
— siempre he querido saber qué se sentiría al
hacerlo rodeada de tantísimos diamantes, con el
subidón de que cualquiera podría entrar en la
joyería y pillarnos en el cuartito de atrás. Además,
el chico parecía sacado de un anuncio de
Abercrombie & Fitch, Brad creo que me dijo que
se llamaba, ¿o era Brent? Uf, qué pereza, lo que
sea, estaba buenísimo y es lo único que recuerdo…
me he dado un buen homenaje, como dirían ustedes
los hombres. Usted, ¿Qué tal? —dijo deslizando su
dedo índice por la pulida mesa de roble hasta que
llamó al camarero para que trajese su frappé bien
frío, como de costumbre…
El escritor no podía creerlo, él hacía no sé
cuanto tiempo que no mojaba, y ella… acababa de
llegar y ya le dejaba sin palabras. Debía
reaccionar y no escandalizarse, o se marcharía.
Ese tipo de mujeres aborrecía el aburrimiento y lo
olía a leguas. Lo primero que debía hacer, era
cerrar la boca de pasmado mojigato que se le
había quedado. No sabía si lo que contaba era
cierto, tal vez esa mujer estuviese chiflada…, pero
le gustaba. Clöe tenía la mentalidad de un tío,
como tal, debía tratarla. De igual a igual, de
depredador a depredador, como si estuviese
hablando con otro colega. De lo contrario, irían
mal, muy mal.
—Bueno Cloë, vamos al grano… hoy íbamos a
hablar del caso del asesino del Kamasutra. —Le
recordó.
—Vaya, por fin se vuelve usted directo… me
gusta, parece que nos vamos entendiendo. Bueno
ya veo que me traen el frappé, enseguida le cuento,
verá:
Ingresé en la CIA muy joven, mi inteligencia y
mis curvas así me lo permitieron. Con tan solo 23
años conseguí mi objetivo, muchos polis, en
cambio, pasan toda su vida esperando ser fichados
por la agencia, sin conseguirlo. Tampoco tiene
mucho mérito que me hiciese

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