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Libro PDF ¿Quién ocupó el despacho de Einstein? – Ed Regis

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artículos, revistas, manuscritos, un tintero, una caja
humedecedora de tabaco…, en una palabra, las
emanaciones del trabajo cósmico a medio
terminar. ¿Qué secretos no descubiertos del
universo yacían escondidos entre todo ese
desorden?, me preguntaba yo.
También guardaba en la memoria una
fotografía de otro científico, tomada en la
biblioteca de matemáticas del Instituto, en la que
se veía a un hombre con un mechón de pelo negro
cruzándole la cabellera gris, lo que le daba un
vago aire de indio mohawk. La expresión de su
rostro reforzaba esta impresión, porque miraba
hosco y ceñudo a la cámara fotográfica, como
deseando que ella y el fotógrafo se fueran por
donde habían venido. Este hombre era Kurt Gödel.
Para mí, Einstein y Gödel eran los genios
número uno y número dos de la ciencia
contemporánea, y el hecho de que ambos
estuvieran en el mismo lugar al mismo tiempo, o
sea en Princeton, estado de Nueva Jersey,
resultaba bastante misterioso. ¿Cómo podía ser
que ambos hubieran ido a parar al Instituto de
Estudios Avanzados?, y además, ¿qué era ese
Instituto, y qué hacían los grandes cerebros que
trabajaban en él? Y, sobre todo, ¿qué había sido
del lugar desde la muerte de Einstein y Gödel?
Por mi parte estaba convencido de que el
Instituto de Estudios Avanzados tenía que ser un
sitio de lo más especial, y la verdad es que en eso
no me equivocaba. Prácticamente todas las
grandes figuras de la física y las matemáticas del
siglo XX han pasado por él en algún momento de
sus vidas, y entre ellos hay que contar a catorce
premios Nobel, gente como Niels Bohr, P. A. M.
Dirac, Wolfgang Pauli, I. I. Rabi, Murray Gell-
Mann, C. N. Yang, apodado «Frank», y T. D. Lee.
En 1980 el Instituto publicó un libro titulado A
Community of Scholars, que es una clasificación
de los diversos investigadores que pasaron por él
durante los primeros cincuenta años de su
existencia. Es un libro grueso, de más de
quinientas páginas, y no resulta nada fácil
encontrar un hombre de ciencia del siglo XX cuyo
nombre no figure en alguna de ellas.
Por el Instituto han pasado también humanistas,
aunque en menor número que científicos, y sus
nombres no son tan ilustres, si exceptuamos el de
T. S. Eliot. Eliot aparte, el Instituto no ha
sufragado estudios de literatura o crítica,
dedicándose más concretamente a la ciencia social
y la historia, disciplinas cuyo progreso es sutil y
esquivo, al menos en comparación con los
adelantos científicos que han tenido lugar en estos
últimos cincuenta años, o sea, más o menos, el
tiempo que hace que se fundó el centro. Los
científicos que han pasado por el Instituto de
Estudios Avanzados son los mismos que han
revolucionado la física y nos han acercado a lo
que quizá sea la teoría completa y final de la
naturaleza, los que nos llevaron del alba de la
mecánica cuántica al borde mismo de la gran
unificación: la Teoría del Todo, en el transcurso de
una sola vida humana. La historia del Instituto es la
historia de sus científicos, y ésta es la historia que
vamos a contar en este libro.
Los científicos del Instituto no son, en términos
generales, gente modesta. Su objetivo, al fin y al
cabo, es el más vasto y arduo que se haya podido
imponer jamás grupo alguno de personas. Lo único
que quieren es comprenderlo… todo, conocer y
explicar la totalidad de la naturaleza. Quieren
captar la razón por la que el universo físico sea
como es y funcione como funciona. El Instituto
existe para honrar la arrogancia mental que
necesitan los que tienen la tremenda falta de
modestia de pensar que pueden aportar algo a esa
tarea, y este libro es mi intento de retratar la vida y
la obra de los pocos que realmente lo han
conseguido.
Ed Regis
Eldersburg, Maryland
15 de diciembre de 1986
AGRADECIMIENTOS
Mucha gente que está o ha estado vinculada al
Instituto de Estudios Avanzados me ha ayudado a
preparar este libro, y a todos ellos les estoy
agradecido por el tiempo y los esfuerzos que me
han dedicado. Partes de mi manuscrito fueron
leídas por varios miembros actuales y anteriores
del Instituto, así como por otros, y debo expresar
aquí mi agradecimiento por correcciones y
sugerencias a Stephen Adler, John Bahcall, John
Dawson, Rick Dillman, Freeman Dyson, Margaret
Geller, Herman Goldstine, Jeremy Goodman,
Charles Griswold, Banesh Hoffmann, Douglas
Hofstadter, Andrew Lenard, Benoit Mandelbrot, N.
David Mermin, John Milnor, Tim Morris, Mark
Mueller, Abraham Pais, Harry Rosenzweig, Don
Schneider, Dudley Shapere y Stephen Wolfram.
Por supuesto, yo soy el único responsable de los
errores fácticos o de interpretación que puedan
haber quedado en el texto.
Quiero dar las gracias por favores personales
y otro tipo de ayuda a Robert Bacher y a su
esposa, a Julián Bigelow, a Jack Clark, a Linda
Eshleman, a Joan Feast, a Diana Howie, a
Priscilla Johnson McMillan, a Robert P. Munafo, a
Keith Richwine, a Paul Schuchman, a Linda
Sheldon, a Nick Tufillaro, a Caroline Underwood,
a Sterling White, a Mary Wisnovsky, y, sobre todo,
a Flora Dean, quien, como albacea de Beatrice M.
Stern, me facilitó un ejemplar de la historia del
Instituto que se menciona en este libro.
Quisiera dar las gracias también a Brock, Ann
y Alison Brower por su hospitalidad en Princeton.
Debo especial agradecimiento a mi esposa,
Pamela Regis, por su ayuda como investigadora y
sus consejos en la preparación del texto y del
índice.
También, gracias muy especiales a Robert
Lavelle, quien como director de adquisiciones de
la empresa editorial Addison-Wesley, propuso que
el artículo que escribí para Omni sobre el Instituto
se ampliara a libro, y también debo expresar mi
agradecimiento al director editorial William
Patrick por su buen sentido y pericia en el arte de
sosegar al autor de este libro cuando se dejaba
llevar por el nerviosismo.
Como este proyecto nunca habría podido salir
a la luz sin la cooperación de los jefes de
redacción de Omni, es a ellos a quienes he
dedicado mi libro, expresándoles así mi
agradecimiento por el apoyo que me han prestado
a lo largo de estos años.
PRÓLOGO
El cielo Platónico
Princeton, estado de Nueva Jersey, fue, durante
muchos años, una tranquila aldea
prerrevolucionaria, conocida más que nada por la
batalla de Princeton, en la que Washington y sus
hombres dieron lo suyo a los británicos, y también
por su universidad. Fundada en 1685 por
cuáqueros, que fueron atraídos por las llanuras, los
arroyos y los bosques de la comarca, Princeton fue
durante seis meses —en 1783, cuando se reunió
allí el Segundo Congreso Continental— la capital
de los Estados Unidos. Pero antes, en 1756,
Princeton ya se había convertido en sede del
Colegio Universitario de Nueva Jersey, fundado
por presbiterianos en el momento álgido del Gran
Despertar, un desbocado renacimiento del
calvinismo ortodoxo. Tras una colecta de dinero,
el Colegio construyó Nassau Hall —que sería,
durante un tiempo, el edificio más grande de las
Colonias Norteamericanas— e invitó a Jonathan
Edwards, predicador muy amigo de amenazar a
sus oyentes con las penas del infierno, a ocupar el
puesto de presidente.
Edwards fue el teólogo de Connecticut que a la
manera popular, sancionada por el tiempo, del
platonismo religioso desde el obispo Berkeley en
adelante, enseñó la doctrina del idealismo
filosófico, la creencia de que el mundo exterior no
es nada más que… una idea. «El Mundo, es decir,
el Universo material, existe únicamente en la
mente», decía, anticipándose en cosa de
doscientos años a los hombres de ciencia de
Princeton que, a su vez, iban a reducir el
«Universo material» a una red de abstracciones
mentales.
Edwards predicó el complicado dogma
calvinista según el cual, aun cuando Dios había
decidido ya mucho antes del nacimiento de cada
cual quién iría al cielo y quién al infierno, era
posible elegir, de alguna manera, la que fuese —en
este punto concreto Edwards no se aclaraba mucho
—, en cuál de ambos sitios se acabaría. Era
evidente que Dios había llegado a la decisión de
que Edwards no sería presidente del Colegio de
Nueva Jersey, porque, poco después de que jurase
ese cargo, murió de viruela. Más tarde, en 1896, el
nombre del Colegio se cambió por el de
Universidad de Princeton. Mucho tiempo después,
en 1902, Woodrow Wilson sería elegido
presidente, y ésa fue la primera vez que el cargo
fue ocupado por un seglar.
En octubre de 1933, prácticamente de la noche
a la mañana, Princeton se vio transformada de una
ciudad universitaria para caballeros, en un centro
mundial de la física. Albert Einstein llegó ese año
al Instituto de Estudios Avanzados.
Este Instituto iba a ser una especie nueva de
centro de investigaciones. No tendría ni
estudiantes, ni profesores, ni clases. Los hombres
de ciencia más importantes del mundo se
congregarían allí para dedicarse a sus
investigaciones, pero sin laboratorios, ni
máquinas, ni aparatos de ninguna clase con los que
hacer experimentos. Y eso, sin el menor género de
dudas, fue completamente deliberado, y tenía sus
motivos. Desde el principio se decidió que el
Instituto de Estudios Avanzados sería un plantel, un
foco de teoría pura, algo que, indudablemente,
Jonathan Edwards habría encontrado de su gusto,
porque Edwards no cogió la viruela por contagio,
sino por una vacuna antivariólica que había
accedido a probar en sí mismo. La vacuna estaba
por entonces en su fase experimental, y lo que
quería Edwards era demostrar su fe en las
maravillas de la ciencia moderna, de modo que se
ofreció voluntario a la inoculación, cogió la
viruela y murió.
Hoy en día el Instituto de Estudios Avanzados
sigue tan dedicado como siempre a la teoría, por
más que la falta de un Einstein o de un Gödel entre
su profesorado le dé menos importancia de la que
tenía entonces. Se levanta en el extremo mismo de
la ciudad, pero la realidad es que mucha gente que
ha vivido toda su vida en Princeton no sabe dónde
está ni cómo se va hasta allí. Si se pregunta en la
Universidad, que está a pocas manzanas de
distancia, por el Instituto de Estudios Avanzados,
pueden contestarnos que no han oído hablar de él
en toda la vida. «¿El Instituto de qué?». Explican
sin vacilar dónde está el Seminario Teológico de
Princeton, o el Club de Golf de Springdale, pero
no el Instituto. Como suele decir Homer
Thompson, miembro de su profesorado desde hace
cuarenta años: «El Instituto es más conoci

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