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Libro PDF Quien siembra vientos, recoge tempestades – Sally MacKenzie

Quien siembra vientos, recoge tempestades – Sally MacKenzie

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Nate se sentó junto a la cama de su madre con el corazón encogido. Su padre había fallecido el mes anterior, y su madre había encajado muy mal el golpe. Era como si
hubiera perdido las ganas de vivir en un mundo en el que no estaba su amado Philip. Pero Nate no pensaba que fuera a derrumbarse tan pronto. Estaba bien: muy triste,
pero físicamente entera y perfectamente capaz de mantener una conversación normal hasta la noche anterior, pero esa mañana…
La miró. Tenía la cara rígida y los labios flojos. Había tenido algún momento de lucidez desde que, una hora antes, su doncella lo llamara para que viera lo que pasaba.
Seguro que a Marcus le gustaría estar aquí, con ellos. Había mandado recado por correo a Londres, pero sería difícil que su primo llegara antes del fallecimiento de su
madre. Respiraba con mucha dificultad y temía que no aguantara mucho más…
—Gerald —dijo ella de repente. Estaba confundiendo a su hijo con su hermano, muerto hacía mucho tiempo.
—Soy Nate, madre —dijo suavemente, inclinándose hacia ella para que pudiera verle la cara—. ¿Quiere mojarse los labios?
—Nate —dijo, negando con la cabeza de forma casi imperceptible—. Cuida de Marcus, mantenlo a salvo.
—No se preocupe, madre. Usted sabe bien que lo haré —respondió acariciándole la mano—. Siempre lo he hecho.
—Yo no fui capaz de cuidar de Gerald —afirmó frunciendo el ceño e intentando respirar.
—Usted no pudo hacer nada, madre.
—Si no hubiera sido tan egoísta… Si no me hubiera casado con Philip… —Al parecer, no le había escuchado.
—Pero usted amaba a padre.
—Philip se podría haber casado con quien quisiese, pero Gerald solo me tenía a mí —afirmó frotando la cabeza contra la almohada. Le apretó la mano más fuerte,
clavándole las uñas en la piel. Su mirada era casi de desesperación—. Aleja a Marcus del peligro, Nate. ¿Me lo prometes?
—Por supuesto, madre. Le juro que lo haré.
—La maldición se hará mucho más poderosa cuando cumpla treinta años.
Se estaba inquietando demasiado. Su respiración era casi agónica.
—Puede que Marcus se enamore de verdad, madre —dijo Nate con suavidad—. Eso rompería la maldición.
—No —dijo ella muy rápidamente, y le apretó aún más la mano.
Aquello era nuevo.
—Sí, claro que sí —afirmó Nate—. La maldición dice que si el duque se casa por amor…
—¡No es cierto! Mi padre amaba a mi madre. Lo sé a ciencia cierta. Pese a todo, murió antes de que naciera Gerald. —Ahora lo miraba con los ojos muy abiertos—.
Prométeme que cuidarás de Marcus todo el tiempo que puedas —volvió a pedirle con la voz entrecortada—, incluso aunque tengas que poner tu vida en juego. No hay
nada más importante.
Nate le acarició el pelo, tragándose la ansiedad que empezaba a invadirle.
—Sí, madre, se lo prometo. No se preocupe. Estaré siempre al tanto de Marcus.
—Eres un niño muy bueno, Nate —dijo ella sonriéndole con dulzura—. Sé que mantendrás tu palabra.
Y entonces cerró los ojos, y un aura de paz apareció en su rostro hasta que perdió el color.
Su madre había muerto.
Capítulo 1
Loves Bridge, mayo de 1817
Nathaniel, marqués de Haywood, andaba a grandes zancadas y hablando solo por la calle de la posada Cupid’s Inn.
«Tranquilo. No debes llamar la atención. No puedes presentarte en la vicaría presa del pánico. Piensa en cuánto se enfadaría Marcus.»
Demonios.
Se detuvo y respiró profundamente. Estaba en Loves Bridge, no en Londres, y la señorita Hutting, la mujer que él se temía que quería cazar a Marcus para casarse
con él, era la hija del vicario, no una desvergonzada de la alta sociedad en busca de dinero y mejor posición social. Marcus le había contado que quería ser la siguiente
soltera de Spinster House, no la siguiente duquesa de Hart.
«¡Pero se ha pasado horas a solas con Marcus! Incluso un buen rato en Spinster House. ¡Sabe Dios lo que habrá ocurrido, cualquier cosa!»
Nate apretó la mandíbula y empezó a caminar de nuevo.
Tendría que haber sospechado cuando Marcus aceptó la invitación para cenar en la vicaría. A un hombre en estado normal no se le habría pasado por la cabeza
sentarse en la misma mesa con un vicario, su esposa y una retahíla de hijos de todas las edades.
El asunto le pilló con la guardia baja. Fue en Loves Bridge donde nació la maldición, por lo que pensaba que la gente del pueblo se daría cuenta de que el duque de
Hart debía evitar a toda costa el matrimonio. Una vez que el duque diera el «sí quiero» y se acostara con su esposa, para el pobre desgraciado comenzaría la cuenta
atrás, era cuestión de meses. Durante doscientos años ningún duque de Hart había visto nacer a su heredero.
«No voy a dejar que le pase eso a Marcus. Tengo que permanecer alerta, sobre todo ahora que acaba de cumplir treinta años.»
Solo había que ver lo que había pasado en Londres en cuanto que tuvo un mínimo descuido. Marcus terminó retozando entre los arbustos, a la vista de todos, con la
pelandusca de la Rathbone, que tenía la ropa medio quitada.
De hecho, lady Dunlee, la mayor cotilla de la alta sociedad londinense, los vio.
Marcus no iba a terminar entre los arbustos de la vicaría, por supuesto, pero eso no significaba que…
—Buenas tardes, lord Haywood.
—¡Ah! —Nate dio un paso atrás para no tropezar.
«A propósito de permanecer alerta… ¡Debo mirar por dónde piso!»
Dos damas bastante mayores, de pelo blanco y muy brillante, lo estaban mirando con descaro. Solo podían ser las hermanas Boltwood. ¡Mala suerte! Su amigo Álex,
el conde de Evans, le había dicho que eran la peores cotillas del pueblo.
—Les ruego que me disculpen. Iba muy distraído —forzó una sonrisa e hizo una ligera inclinación—. Muy buenas noches, señoras.
—¿Buscando compañía, milord? —dijo la más baja de las dos, mirándolo y moviendo las pestañas a toda velocidad.
Nate contuvo un escalofrío.
—No, la verdad. Me basta con mis pensamientos, señora.
—¿Un joven noble y tan agraciado como usted con sus pensamientos por toda compañía? —intervino la otra hermana—. Eso no es natural.
—Hemos visto a la señorita Davenport paseando alrededor de Spinster House. —Hablaban por turnos. A esta hermana le tocó ahora hacer un gesto significativo con
las cejas. ¿Lo ensayarían en el espejo?
—Parecía muy sola.
«La señorita Davenport.»
Una zona muy poco apropiada de su anatomía dio un saltito de puro gozo.
La señorita Davenport había llegado el otro día a la posada al mismo tiempo que Álex y él, que fueron para tomarse una pinta mientras esperaban a que Marcus
terminara de colocar los anuncios de la vacante de Spinster House.
Marcus le había dicho que era una de las aspirantes a cubrir la plaza.
¿Cómo podía ser? Debería tener una cola de hombres cortejándola. Aquel día, junto a la posada, el sol le daba en el pelo, suave y del color de la miel, y lo hacía
brillar. Al abrir la puerta para dejarla pasar la había mirado a los ojos, azules, y había sentido como si tiraran de él hacia el interior de su hermosa cabeza.
Frunció el entrecejo. Le pareció que, bajo su expresión educada y agradable, había preocupaciones muy profundas que pugnaban por salir al exterior, y sintió la
urgente necesidad de preguntarle qué le pasaba. Gracias a Dios, Álex se le adelantó, ella lo miró y la extraña conexión que se había establecido entre ellos se desvaneció.
Y así debía seguir. No buscaba esposa, de ninguna manera. Tenía que proteger a Marcus mientras pudiera. Y, en cualquier caso, a sus treinta años era todavía muy
joven para pensar en casarse. Ya tendría tiempo para eso. Sin ir más lejos, su padre tenía más de cuarenta cuando él nació
¡Vaya por Dios! Las Boltwood intercambiaban codazos y risitas.
Levantó el mentón, respiró por la nariz de la manera más altanera de la que fue capaz y las miró por encima del hombro.
—Estoy absolutamente seguro de que a la señorita Davenport no le gustaría que interrumpiera su paseo, señoras.
«¿La señorita Davenport soltera para siempre? ¡Qué desperdicio!»
Nate rechazó de inmediato la idea. Los planes matrimoniales de la joven, o más bien la ausencia de ellos, no eran de su incumbencia.
—¡Ese horror de Spinster House! —La más bajita de las cotorras hizo una mueca de disgusto y siguió gruñendo—. No me puedo imaginar en qué estaba pensando
Isabelle Dorring cuando instituyó la posición en esa casa. ¡La soltería no es un estado natural!
—Sin duda —asintió su hermana, también con la cabeza—. Una mujer necesita a un hombre para protegerla y darle niños.
—Y para mantenerla caliente por las noches. —Su hermana le dio un codazo y volvió a mover las pestañas.
Dado que ambas mujeres habían llegado a los sesenta, puede que incluso los setenta, sin haber cazado marido, su entusiasmo respecto a las actividades que
conllevaba el matrimonio resultaba más que alarmante.
—Como muy bien saben, la señorita Dorring tuvo muy buenas razones para desconfiar de los hombres —intervino Nate—. No me parece sorprendente que deseara
dar la posibilidad a otras mujeres de vivir cómodamente sin marido.
—¡Bah! —dijo la hermana menos baja, dándole golpecitos en el pecho con los dedos—. Es evidente que Isabelle sabía perfectamente a qué estaba jugando. Su error
fue dejar que el duque se metiera en su cama antes de pasar por el altar.
—No obstante, Gertrude, debes admitir que si el duque de entonces se parecía, aunque fuera un poco, al duque de ahora, es normal y disculpable que la pobre
Isabelle confundiera sus prioridades —dijo la hermana extremadamente bajita curvando los labios de una forma que solo podía considerarse lasciva—. ¿Te has fijado en
sus muslos? ¿Y en sus hombros?
«¡No es posible que estas dos carcamales sientan deseo por Marcus!»
Solo el pensarlo era demasiado horripilante.
—¿Acaso crees que estoy ciega, Cordelia? ¿Y qué me dices de sus…?
—Me temo que debo seguir mi camino, señoras. —Puede que resultara poco educado interrumpirlas, pero había cosas que no quería escuchar por nada del mundo.
—¡Ah, sí, por supuesto! —dijo Gertrude guiñando un ojo—. Mira que somos inoportunas. Nosotras aquí, entreteniéndole e impidiéndole que vaya a reunirse con la
señorita Davenport.
—No voy a reunirme con la señorita Davenport.
«Por desgracia.»
¡No! ¿Por qué demonios había pensado eso? No era una desgracia. No tenía ni tiempo ni ganas de interesarse por una mujer casadera.
—Usted no es el duque, milord —constató Cordelia—. No tiene por qué preocuparse por esa absurda maldición.
—Y la señorita Davenport es una mujer hermosa y agradable que necesita encontrar marido.
«Muy hermosa…»
Tenía que controlar esas ideas desvergonzadas. La señorita Davenport podía ser la mujer más bella del mundo, pero no era para él.
—Dudo de que la dama piense lo mismo que usted —respondió al tiempo que hacía una nueva reverencia—. ¿Harán el favor de excusarme?
No esperó su permiso. Quería alejarse lo más pronto posible para no escuchar más comentarios improcedentes.
Pero no fue lo suficientemente rápido.
—Este marqués también tiene unos hombros impresionantes, Gertrude.
—Sí, desde luego. La señorita Davenport es una mujer muy afortunada.
Resistió el impulso de volverse y gritarles que no tenía ningún interés en la señorita Davenport.
«Eso sería mentira.»
Pero no podía interesarse por esa mujer. Lo que debía hacer era interesarse, y sin distracciones, por la seguridad de Marcus.
Empezó a caminar otra vez a grandes zancadas…
«A ver, espera un momento. Calma. Sé inteligente. Marcus odia que le espíe y se da cuenta enseguida.»
Pero lo que hacía no era precisamente espiar. Simplemente estaba atento y preparado para actuar cuando hiciera falta.
Se acercó a la vicaría, que estaba casi enfrente de Spinster House. ¿Estaría allí todavía la señorita Davenport? No quería de ninguna manera fomentar cotilleos, pero
seguro que no tendría nada de extraordinario entablar conversación con ella si se la encontraba. En realidad, eso sería excelente. De esa forma podría vigilar los pasos de
Marcus sin que se notara.
¡Espléndido! La señorita Davenport todavía estaba allí, con un vestido azul que juraría que era del mismo color que sus ojos. Cubría su precioso pelo rubio con un
sombrerito a juego. Era delgada, aunque no demasiado, su estatura era la adecuada. Si la tuviera en sus brazos, la cabeza de ella le llegaría a…
«¡Por todos los diablos! No voy a abrazar jamás a esta joven.»
Apartó los ojos de ella, cosa que le costó bastante más de lo que hubiera querido, y miró hacia la vicaría. ¡Qué suerte! Marcus estaba saliendo en ese preciso
momento. La señorita Hutting iba con él, pero seguro que la muchacha simplemente lo estaba acompañando a la puerta…
«¡Por Dios santo!»
Se detuvo y parpadeó para aclararse la vista. No, sus ojos no lo estaban engañando. ¡La señorita Hutting estaba arrastrando a Marcus a unos arbustos cercanos!
¿Pero es que Marcus no había aprendido nada del episodio con la señorita Rathbone?
Seguro que era por la condenada maldición. En condiciones normales, su primo no haría una estupidez semejante. ¿Pero qué podía hacer Nate para salvarlo? No era
posible pasar de forma «accidental» por esos arbustos.
Volvió a mirar a la señorita Davenport. Ella también contemplaba, quizá con asombro, la situación. Si le contaba a alguien lo que estaba viendo…
Se le heló la sangre. Como esas cotillas de las hermanas Boltwood se enteraran, Marcus difícilmente podría evitar verse obligado a pedir la mano de la señorita
Hutting, sobre todo tratándose nada menos que de la hija del vicario.
Bueno, también podría ocuparse de eso. Hablaría con la señorita Davenport. Seguro que sería capaz de persuadirla para que mantuviera la boca cerrada.
* * *
Anne Davenport, hija del barón que ostentaba dicho título, miró Spinster House. El edificio no tenía nada de especial. De hecho, era muy parecido a las demás casas del
pueblo: de dos pisos, con el tejado de paja y de tamaño medio. Era mucho más pequeña que Davenport Hall, la muy confortable mansión que compartía con su padre.
«Y que pronto compartiré también con una madrastra y dos hermanastros.»
¡Diantre! Anne apretó con fuerza ambos puños.
«¿Cómo es posible que papá quiera casarse con una mujer más joven que yo?»
Se obligó a sí misma a relajar las manos. La cosa no tenía ningún misterio. La señora Eaton era viuda y tenía dos hijos: había demostrado su capacidad para procrear,
y el título necesitaba un heredero.
¡Qué asco!
Y sí, más bien «cuando» su padre se casara con la viuda Eaton, Anne tendría que cederle el control de Davenport Hall, después de casi un decenio de llevar las
riendas del hogar y la hacienda. La idea le disgustaba tanto que incluso había contemplado la posibilidad de casarse con cualquiera que llevara pantalones simplemente
para tener su propio hogar.
Pero después caía en la cuenta de lo que ocurriría cuando ese «cualquiera» se quitara los pantalones.
La idea le daba escalofríos, y no precisamente de expectación. No es que supiera muy bien lo que ocurría en una cama matrimonial, pero si el débito conyugal no
consistiera más que en darle la mano a un hombre para saludarlo, hasta eso sería demasiado. Ni siquiera había encontrado en toda su vida a un hombre con el que le
apeteciera pasar cinco minutos sola.
Volvió a contemplar Spinster House. Era grande para albergar a una mujer sola.
Nunca hasta ese momento le había prestado atención a la casa. Solo tenía seis años cuando la señorita Franklin, la actual inquilina, o mejor dicho la inquilina anterior,
se fue a vivir allí. Por aquel entonces la mujer era muy joven. Todo el mundo esperaba que fuera la soltera de la casa durante cuarenta, cincuenta o incluso sesenta años,
si es que su salud se lo permitía. Así que cuando su padre se comprometió con la viuda Eaton, Anne no pensó que la casa pudiera ser la solución a su problema.
Pero hacía pocos días que la señorita Franklin se había ido con el señor Wattles, el profesor de música, que resultó ser el hijo del duque de Benton y que ahora, tras
las repentinas y sucesivas muertes de su padre y de su hermano mayor, había heredado el título. La sucesión de acontecimientos tenía al pueblo conmocionado. Ni
siquiera las hermanas Boltwood se habían olido tamaña historia, pese a su capacidad para escarbar en los secretos de la gente. Su talento para el cotilleo era comparable
con el de lady Dunlee, la mayor correveidile de todo Londres.
El caso era que la plaza de Spinster House estaba de nuevo vacante, a la espera de una nueva inquilina. El Altísimo, o quizá simplemente Isabelle Dorring, había dado
respuesta a las plegarias de Anne.
«Pero Jane y Cat también quieren vivir en la casa.»
Jane Wilkinson y Catherine Hutting eran sus mejores amigas. Jane era algo mayor que Anne, y Cat un poco más joven. Habían crecido juntas y habían reído, llorado
y compartido confidencias desde niñas. Cat y Jane la escucharon y confortaron precisamente el otro día, cuando les contó el triste asunto de su padre y la señora Eaton.
Harían lo que fuera por ella.
Salvo renunciar a la oportunidad de vivir en Spinster House.
Y, a propósito de Cat, ¿no era su voz la que oía? Miró hacia el otro lado de la calle, a la vicaría…
«¡Santo cielo!»
Se quedó con la boca abierta y pestañeó varias veces. No, no podría haberse imaginado jamás esa escena. Cat se había internado entre los arbustos… ¡seguida nada
menos que por el duque de Hart!
Empezó a pensar rápidamente. ¿Qué podía hacer? ¿Ir corriendo a buscar al vicario? No. Cat podía ser violada antes de la llegada de su padre. Podría gritar, pero eso
llamaría la atención hacia ella, no hacia Cat.
«Tengo que rescatarla yo misma.»
Empezó a andar hacia la vicaría, pero enseguida se detuvo. Cayó en la cuenta de que era Cat la que había llevado al duque a los arbustos, y no al revés.
Igual era el duque el que necesitaba ser rescatado.
Anne se quedó mirando a la espesura. Habían pasado unos minutos, y ni Cat ni el duque habían salido de allí. No había habido gritos, y las ramas no parecían
moverse. Estaba claro que nadie intentaba liberarse o huir de la situación, fuera la que fuera.
Lo que solo podía significar que lo que se estaba produciendo allí no era ni mucho menos una lucha.
¡Cielos! Una pareja solo se metía entre los arbustos para hacer una cosa, que no era precisamente hablar del tiempo.
Es posible que Cat realmente deseara estar allí con el duque de Hart.
Vaya.
Si Cat se casaba con el duque, solo quedarían dos candidatas a la vacante de Spinster House: Jane y ella.
Ahora sí que se sintió entusiasmada.
Intentó controlarse. Cat no quería casarse. Quería vivir por su cuenta y escribir novelas.
O a lo mejor simplemente no quería casarse con el señor Barker, ese granjero pesadísimo con quien su madre había intentado colocarla a toda costa durante los
últimos años. El duque no tenía nada que ver con el señor Barker. Era un hombre guapo, rico y poderoso. Y, por supuesto, no tenía una madre insufrible a la que
aguantar. Si Cat se casaba con el duque, tendría tiempo y espacio más que suficientes para escribir todas las novelas que le vinieran en gana. De hecho, podría hasta…
—Señorita Davenport.
—¡Agg! —exclamó Anne, dando un buen salto de puro susto.
«¡Por Dios! ¡Si es el mismísimo marqués de Haywood!»
Su corazón también le dio un vuelco extraño. ¿Y por qué no? El caballero tenía un aspecto de lo más, eh…, agradable: los rasgos de su cara eran marcados, tenía la
nariz recta y unos labios muy bien dibujados. De hecho, parecía una estatua griega que hubiera cobrado vida. Cualquier mujer lo consideraría de lo más atractivo.
Y sus cálidos ojos de color avellana parecían mirarla directamente al alma. Cuando el otro día abrió la puerta de la posada para dejarla pasar tuvo que agarrarse con
fuerza la falda para evitar acariciarle ese mechón de pelo marrón oscuro que le caía descuidadamente sobre una ceja.
Se había comportado de forma muy seria, al contrario que su amigo, lord Evans. Este había reído y coqueteado, pero cuando lord Haywood habló, solo unas palabras
de cortesía, sintió unos raros espasmos de calor en el interior del cuerpo, cerca del vientre. Incluso ahora, y a pesar de que su tono había sido un poco adusto, su voz
desató en ella cierta agitación.
—No le he visto aproximarse, milord —dijo, y enseguida se reprendió a sí misma porque su voz sonara jadeante.
Al menos él no pareció notarlo. O puede que sí, y que le molestara. Sus cejas descendieron y le quedó un gesto algo sombrío.
—No me ha visto porque su atención estaba en otra parte.
Lo dijo con un deje de desaprobación. ¡Bien! No era ella quien se estaba comportando de forma escandalosa.
—Sin lugar a dudas. Estaba sorprendida, casi diría que estupefacta, al ver a su excelencia poner en práctica sus trucos londinenses en Loves Bridge. Aquí no estamos
acostumbrados a que los hombres exploren la vegetación acompañados de mujeres casaderas.
La boca de lord Haywood se quedó completamente recta, y las aletas de su aristocrática nariz temblaron de forma evidente.
—Señorita Davenport, debo decirle que…
—Miau.
Volvió su cara ceñuda para mirar a un gran gato negro, blanco y naranja que acababa de aparecer a sus pies.
—¡Qué diantre…! —Apretó los labios, probablemente para no soltar un juramento bastante poco acorde con su abolengo—. ¡Vete de aquí, gato del demonio!
El gato se sentó y se le quedó mirando, nada impresionado con su exabrupto.
—Es Amapola, una gata —dijo Anne con la intención de acabar con el denso silencio que se había producido—. Vive en Spinster House.
Los ojos del marqués volvieron a fijarse en Anne, que le devolvió la mirada de forma resuelta.
—¿Y ahora qué le pasa a este animal? —preguntó mirando de nuevo a Amapola.
—¿Qué quiere decir? ¡Oh! —La gata se estaba comportando de una manera bastante extraña. Arqueó la espalda, se le erizó el pelo y siseó. Pero al parecer lo que no
le gustaba no era el comportamiento de los dos seres humanos que estaban entre los arbustos cercanos a la vicaría, sino la presencia de otros que avanzaban por el
paseo, camino de la posada.
—Creo que vienen las hermanas Boltwood —dijo Anne.
Amapola pareció estar de acuerdo. Soltó un bufido y salió corriendo hacia Spinster House.
—Maldi… —Lord Haywood volvió a contenerse—. Vaya por Dios. Acabo de encontrármelas justo en sentido contrario.
—Bueno, supongo que podrían ser dos señoras mayores distintas. Todavía están demasiado lejos como para estar segura. Dentro de un momento podré decirle…
¿qué está usted haciendo?
El marqués la había tomado de a mano y la arrastraba en dirección a Spinster House. Ella se plantó sobre los tobillos y se resistió.
—¡Vamos, por Dios! —exclamó él en voz baja mirándola con exasperación—. Solo pretendo ponerla a salvo de maledicencias y cotilleos, por supuesto. Puede que
todavía no nos hayan visto.
Por desgracia, una parte de sí misma deseaba casi urgentemente ir con él, pero la otra, la más sensata, se resistía. Desaparecer entre los arbustos con un hombre era ya
de por sí bastante inadecuado, pero meterse en una casa vacía, ¡y encima con un montón de dormitorios y de camas!, era muchísimo peor.
—Lord Haywood, Spinster House está cerrada con llave.
—Ya lo sé. Simplemente voy al jardín, por donde ha ido la gata.
Ella precisamente acababa de volver del susodicho jardín. De hecho, su espesura podía considerarse casi un bosque si se comparaba con los arbustos de la vicaría.
—El jardín está muy descuidado, lleno de maleza.
—Pues más a mi favor. La vegetación nos permitirá escondernos de cualquier mirada —afirmó volviendo a tirar de su mano—. Démonos prisa. ¿De verdad quiere
que esas dos cotillas nos vean juntos?
Dos solteros conversando en público en el paseo del pueblo no era nada extraordinario, pero si se trataba de un hombre como él sí podría parecerlo. Y era cierto que
las hermanas Boltwood eran perfectamente capaces de construir toda una historia a partir de tan escasos ingredientes. En sus labios, hasta sentarse juntos en el servicio
religioso dominical podía sonar pecaminoso.
De acuerdo. Si tenía que ser sincera consigo misma, la idea de adentrarse en la maleza del jardín de Spinster House con lord Haywood le resultaba sorprendentemente
atractiva. Era una tontería, la verdad. La actitud del joven hacía pensar más en que tuviera la intención de ahogarla que de besarla…
Dejó de resistirse y permitió que la arrastrara hacia la zona. En caso de que la alta sociedad londinense considerara al marqués peligroso, ella se habría enterado. Nadie
había comentado nunca de él otra cosa que su absoluta y casi devota dedicación a mantener soltero a su primo, hasta el punto de que él mismo tampoco estaba en el
mercado del matrimonio, como si la maldición de Isabelle Dorring le afectara tanto como al duque de Hart.
Oh, vaya.
Lo más juicioso sería no comentarle que ella deseaba que el duque se casara con Cat, y cuanto antes, mejor.
Capítulo 2
Gracias a Dios, la señorita Davenport había dejado de resistirse. Le ponía enfermo la idea de tener que enfrentarse de nuevo a las hermanas Boltwood, con toda su
espectacular y sincrónica parafernalia de pestañas y cejas en constante movimiento y sus comentarios completamente fuera de lugar.
Y no solo pensaba en sí mismo. Estaba seguro de que la señorita Davenport tampoco se divertiría con las groseras insinuaciones que, sin el menor género de dudas,
harían las dos arpías respecto a ellos.
Siguió la senda de la gata a lo largo de la pared de la casa, atravesó un cobertizo que prácticamente se caía a pedazos y, finalmente, llegó a una verja.
—Mire por dónde pisa —le advirtió la señorita Davenport desde detrás.
—¿Cómo dice? —respondió, volviéndose.
—Acabo de estar por aquí. El sendero tiene muchos obstá… ¡Ay!
Seguramente ella había tropezado con alguna de las muchísimas raíces que atravesaban el camino. El caso es que se le echó encima.
Consiguió sostenerla, pero la señorita Davenport no era una mujer menuda. De hecho, se tambaleó. La retuvo contra su pecho y procuró recuperar el equilibrio, pero
las raíces y la condenada gata, que escogió ese preciso momento para pasar por allí, se lo impidieron, y terminó cayendo de espaldas entre la maleza.
—¡Buuf! —Perdió el resuello al caer al suelo, y la señorita Davenport aterrizó sobre él.
Por lo menos logró evitar que ella se golpeara contra la tierra y los arbustos.
—¡Madre mía! ¿Está usted bien, lord Haywood?
¿Que si estaba bien? Lo estaría en cuanto pudiera respirar, pero con su peso encima no había manera. No obstante, no pudo evitar mirarla.
En la caída había perdido el sombrero y la mayor parte de las horquillas que le sujetaban el pelo. Su adorable cabello rubio lo envolvía como una cortina. Tenía los
ojos muy grandes, y ahora también muy abiertos, como la boca. Inopinadamente, no pudo pensar en otra cosa que en besarla. Si hubiera podido moverse, sin duda que
le habría tomado la cara para acercarla a la suya…
Lo que habría sido un error de proporciones colosales.
—Diga algo, milord, por lo que más quiera.
—Uh. —Por fin le entró un poco de aire por las fosas nasales, eso sí, con un aroma femenino y embriagador que no contribuyó demasiado a que recuperara sus
capacidades.
Olía maravillosamente. Se movió un poco y pudo darse cuenta de que sus piernas estaban junto a las de él. De hecho, su órgano femenino estaba prácticamente
encima de esa parte de su cuerpo que, de vez en cuando, decidía por su propia cuenta.
Afortunadamente, el resto de su anatomía estaba tan ocupada en tratar de recuperar el resuello que su órgano no tuvo capacidad ni tiempo para darle la bienvenida a
la visitante.
Tenía que apartar a la señorita. Y así lo haría, en cuanto fuera capaz de introducir aire suficiente en los pulmones.
La señorita Davenport no esperó a que él se recuperara y empezó a golpearlo. Dado que no parecía alarmada por su proximidad ni tenía tampoco cara de enfadada,
solo podía deducir que lo único que intentaba era liberarse, pero las amplias faldas se lo impedían.
Lo peor de todo era que una de sus rodillas estaba en posición de dejarle incapacitado para procrear.
Así que no tuvo más remedio que agarrarla fuerte del trasero para que dejara de moverse.
—¡¡Lord Haywood!!
Mmm. Tenía el trasero redondo y adorable. Le entraban ganas de acariciarlo y…
—¡Lord Haywood, suélteme inmediatamente! —exclamó al tiempo que se debatía para liberarse. Ya no había remedio: su miembro reaccionó a aquella adorable
fricción con el entusiasmo predecible.
Ella se quedó helada. ¡Vaya, vaya! Así que reconocía ese síntoma de interés masculino.
—Lord Haywood —siseó—, si no me suelta de inmediato, me pondré a gritar a pleno pulmón.
Por fin pudo respirar con cierta normalidad. Abrió la boca para decirle que la soltaría gustosamente, bueno, quizá no tan gustosamente, a decir verdad, si fuera tan
amable de vigilar dónde ponía la rodilla, pero ella ya estaba abriendo la boca, preparándose para soltar un…
—¿Has escuchado eso, Cordelia?
¡¡Las Boltwood!!
—Ven, vamos a echar un vistazo por el jardín.
¡Por Zeus! Sería desastroso que las dos cotillas arpías los encontraran en esa situación tan comprometedora, y si la señorita Davenport gritaba, la cosa no tendría
remedio.
Tenía que hacer algo, y de inmediato.
Y lo que hizo fue agarrar por la cabeza a la señorita y tirar de ella, de modo que ambos rodaron juntos por la casi selvática vegetación.
* * *
Hacía un instante estaba tomando aire para gritar con todas sus fuerzas, y ahora tenía la boca pegada a la de lord Haywood. Para más inri, ya no estaba encima de él,
sino debajo…
¡Dios! La invadió el pánico mientras intentaba librarse de su abrazo por todos los medios, pero era mucho más corpulento y fuerte que ella. Era como intentar mover
un bloque de piedra. Puede que al menos pudiera liberar la boca…
Tampoco. Cuando lo intentó, notó que sus grandes y fuertes manos le sujetaban la cabeza como argollas.
Tenía que librarse de él, como fuera. Volvió a forcejear y, ¡por Dios!… Notó cómo algo grande, duro y pesado se apretaba con insistencia contra su muslo. Estaba
dispuesta a jurar que era todavía más grande que hacía un momento.
Era virgen, pero tenía veintiséis años. Se había codeado con todo tipo de hombres de la alta sociedad, algunos muy libidinosos, y se había visto forzada a disuadir a
bastantes, varios de ellos ebrios, mediante un buen rodillazo en sus partes pudendas.
Pero nunca había notado un miembro masculino tan grande como este. Estaba absolutamente segura de ello.
«¡Me van a violar con algo parecido a una columna de mármol! Tengo que…»
Tenía que controlar el pánico y pensar. ¿Cómo podría escapar?
Quizá si dejara de luchar él pensaría que se había rendido y bajaría la guardia. Esa sería su oportunidad para irse.
Obligó a su cuerpo a relajarse… y se dio cuenta de que lord Haywood no estaba forzándola a nada. Sí, la tenía sujeta contra el suelo, pero no se movía. Y aunque su
boca estaba cerca de la de ella, eso era todo. No estaba intentando besarla. ¡De hecho, tenía el ceño fruncido!
Cuando él vio que había captado su atención, empezó a hacer una serie de gestos raros con la cara. La miró fijamente, levantó las cejas y movió los ojos hacia la
izquierda, y después hacia ella, unas cuantas veces. Parecía que intentaba comunicarle algo. ¿Qué…?
¡Oh! Ahora que su corazón se había calmado un poco y sus latidos no le retumbaban en los oídos, lo escuchó, o más bien las escuchó.
—Este jardín es una selva, Gertrude. Mira por dónde pisas. Hay raíces por todas partes.
—Sí, desde luego. La pobre señorita Franklin, o más bien la señora Frost, no se preocupó en absoluto por mantenerlo bien cuidado.
—Ahora es la duquesa de Benton, mira por dónde.
—Sí —gruñó Gertrude—. Seguro que dispone de un ejército de jardineros en las haciendas del ducado para ocuparse de este tipo de asuntos.
Lord Haywood le había liberado la boca. Y ahora bajó la cabeza para susurrarle algo al oído. Mmm. Olía muy bien. Y su aliento le hacía cosquillas.
—Por favor, no hable ni se mueva. Creo que estamos bien escondidos.
Él creía que estaban bien escondidos, pero no lo sabía con seguridad.
¿Cómo saberlo? Las hermanas estaban a menos de tres metros de ellos. En cualquier momento podían volverse y descubrirlos. Su vestido azul no podía confundirse
con el follaje.
Gimió quedamente.
—¿Qué ha sido eso, Cordelia?
¡Caray! Gertrude la había oído. Las hermanas Boltwood iban a…
—¿Acaso quiere que seamos la comidilla de todo el pueblo? —susurró lord Haywood, e inmediatamente acercó de nuevo su boca a la de ella. En ese preciso
momento, Amapola pasó junto a ella.
Ahora no tenía el ceño fruncido ni los labios quietos. Los notó firmes, aunque también suaves, moviéndose ligeramente a lo largo de los suyos.
Esta vez la estaba besando.
La verdad es que lo hacía muchísimo mejor que los otros hombres que se habían atrevido a hacerlo hasta ese momento. No la lamía como un perro excesivamente
amistoso, ni la apretaba hasta hacerle temer por la integridad de sus labios o sus dientes. Y tampoco le hacía pensar que era el último pastel que quedaba por devorar.
Todo lo contrario: se quedó sin aliento, y sintió una calidez especial que la empujaba a comportarse de forma temeraria. Notó el bombeo de su corazón en los oídos
con una potencia tal que apenas podía escuchar los comentarios de las hermanas.
—Pues no sé qué ha podido ser —dijo Cordelia.
—Creo que he oído algo entre los arbustos.
—Yo no… ¡Oh!
Se oyó un crujido, como si las hermanas estuvieran bailando entre la maleza.
—¡Miau!
—¡Oh! —repitió Cordelia, y soltó una carcajada—. Debe haber sido la gata, Gertrude

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