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Libro PDF Quiéreme, por favor – Milagros Bauerbauer

 Quiéreme, por favor - Milagros Bauerbauer

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Siempre se dice que pisar mierda trae buena
suerte, pero ¿y comértela? Lo primero que me
viene a la mente cuando pienso en mi infancia es el
sabor de mi propia mierda. Tardé muchos años en
enterarme, reconocer y aceptar que nací de una
mujer con problemas mentales. Problemas serios,
que fueron degenerándose y agudizándose con los
años y la falta de tratamiento. Yo era muy pequeña,
e incapaz de reconocer el mal en ella, en mi propia
madre. Solamente sabía que me quería y me
odiaba a la vez. Era todo tan confuso… Desde que
tengo conciencia recuerdo el dolor en el pecho,
producto del pánico, del terror que le tenía… Y lo
mucho que la quería. En los buenos momentos, era
una mujer muy sensible, caritativa, de gran
corazón, con mucho amor que regalar, pero todo lo
hacia de forma muy pasional e incontrolable. Todo
en ella era exacerbado, propio de su enfermedad.
Tenía alrededor de tres años y por una
evidente razón psicológica que he logrado
entender con el paso de los años, me cagaba en las
bragas. Tal vez no haga falta dar muchas
explicaciones: era por miedo, pánico, terror, al
sonido de su voz. Me recuerdo de pie en algún
lugar de la casa, escondida de ella porque la
escuchaba gritándole a alguien; y yo, presa del
pánico, haciéndomelo todo encima. Al poco rato,
cuando mi madre me buscaba por la casa cada vez
más furiosa por no encontrarme y me descubría en
ese estado, en medio de un ataque de nervios
descomunal, me levantaba del rincón donde me
hubiera refugiado como a una muñeca de trapo y,
con la cara desencajada por el asco, me arrastraba
hasta el baño. Me pegaba sin parar, sin control y
sin cansarse, mientras me humillaba verbalmente,
me insultaba, me culpaba por su falta de tiempo, y
por el infierno en que yo convertía su vida. No
reparaba ni dónde me daba ni la fuerza que
empleaba en ello. Me arrancaba la ropa sucia a
tirones, me desgarraba la piel con sus enormes
uñas barnizadas de rojo. Y no sé qué me dolía
más, si los golpes brutales o la humillación a la
que me sometía.
Aunque era pequeña, recuerdo que me gustaba
estar siempre bonita y arreglada. Ver mis pequeñas
ropas favoritas destrozadas por los suelos me
dolía tanto como los golpes. Un día, toda aquella
situación se desbordó aún más. Al parecer, las
palizas no eran suficientes para que aprendiera la
lección, y entonces fue a más.
Yo traía siempre en brazos una muñeca; era a
la que más quería y se llamaba Grace. Era una
preciosa muñeca de trapo que adoraba, mi
inseparable amiga y con la que compartía mi
aterradora vida. Estaba siempre conmigo y era
imposible dormirme sin ella. Aquel espantoso día
no fue uno más de tantos. No para mí. Ella estaba
particularmente mas alterada de lo normal. Repitió
conmigo las mismas escenas de maltratos de
siempre, pero esta vez me arrebató a Grace, le
arrancó la cabeza y todos sus miembros de cuajo y
los regó por el baño diciéndome que no merecía
tener ni un juguete más hasta que no cambiara mi
comportamiento. Aquella brutal imagen, de perder
a quien quería tanto de esa manera, me marcó
mucho. Jamás quise volver a tener una muñeca.
Luego de aquello, no solo no las quería; las odiaba
y no sé por qué.
Después de aquello siguió. Pero esta vez,
cuando llegó a la parte más asquerosa, mis bragas
embarradas, intentando hacerme entender, como
siempre a gritos ―aunque más que gritos eran
alaridos descomunales de una demente
descontrolada―, que eso no debía ocurrir más, en
mitad de la furia, me las restregó por la boca,
hasta que me la rellenó con todo aquel puré de
mierda. No sé si ella sería consciente o no de que
estaba tragándomelo todo, porque utilizaba toda su
maldita fuerza, embutiéndomela en la boca como
el relleno de un pavo de navidad.
Yo ya casi había dejado de ver. El terror y las
lágrimas me inundaban como un mar, algo
inasumible en mi pequeña mente infantil. No podía
ni respirar con la mezcla de vómito, mierda y
llanto. Era brutal. Cuando ya consideró que había
acabado, se fue y me dejó encerrada en el baño.
Antes de irse, me amenazó con no poder salir de
ahí, si antes no me había lavado entera yo misma,
advirtiéndome que todo lo hacía para que me
sirviera de lección.
Siempre utilizaba la que llegué a considerar su
frase favorita: “Si me desobedeces, te mato”. A
esa edad, lógicamente, no sabía lo que era la
muerte, pero me asustaba tanto escuchar esa
amenaza que no lo puedo expresar con palabras.
Pensaba que seguro sería algo peor que comer
mierda, porque aún no me lo había hecho.
Cuando muchas veces a lo largo de mi vida y
por alguna razón creo que debo provocarme el
vómito, solo tengo que recordar aquel sabor y lo
casi imposible que fue quitármelo de la garganta,
los dientes, la cara y toda la boca. Pasé horas
encerrada intentándolo con poco éxito y sin parar
de llorar.
En esos momentos, la odiaba, por supuesto.
Pero todo se complicaba en mi mente, porque
también odiaba sentir aquello. En realidad, me
sentía culpable por odiar a mi madre. Sentía odio
y odiaba sentirlo. ¡Era mi madre! La quería y la
necesitaba tanto como cualquiera a esa edad. Solo
anhelaba que me quisiera como quería a mis
hermanos que, poco a poco, fueron apareciendo.
Ella usaba un apelativo conmigo,
supuestamente cariñoso: “Negra”. Yo entonces era
del color de la canela. Con los años, curiosamente
me fui aclarando, para mi mala suerte. Me gustaba
mi color cuando lo recuerdo o me veo en fotos,
pero parece que a ella no. La sociedad peruana,
como muchas sociedades mestizas en las que el
color de la piel tiene un fuerte componente social,
el racismo imperaba en la clase dominante. Tuvo
que ser difícil en aquellos años para una madre
blanca como la leche, descendiente de alemanes,
mezclada con peruanos, pero blanca a fin de
cuentas, tener una hija ilegítima y oscura de piel.
Todos mis hermanos son blancos, también, como
ella. Todos menos yo.
Intento entender y comprender su
comportamiento agresivo solo hacia mí y quizás
esta es la única explicación que encuentro. Mis
hermanos nunca vivieron esas situaciones de
violencia, lo cual me alegra enormemente, pero…
¿Por qué? ¿Porque tenían padre? ¿Porque eran
blancos? ¿Porque ya me tenía a mí para desfogar
sus frustraciones? ¿Porque fui yo la que la
convirtió en madre? No lo sé. Vivir con una madre
que te quiere y te mima en medio de golpes e
insultos constantes es un poco confuso para
cualquier niño a esa edad. Yo no conocí a mi
verdadero padre. Quizás, si él hubiera estado
cerca de mí, hubiera intercedido o me hubiera
protegido de mi propia mamá. Quién sabe.
Mi madre se casó cuando yo tenía un año y medio
aproximadamente. Vivíamos en el barrio de San
Isidro, en pleno centro financiero de Lima. No
había entonces barrio mejor en toda la ciudad.
Además, habitábamos una bonita casa de dos
plantas, de un color amarillo nacarado y ventanas
de hoja de madera, una azotea con animales y
jardines dentro y fuera. Mi padrastro estaba allí
con nosotros, pero no lo recuerdo jamás
intercediendo por mí. Pasaba muchas horas en el
trabajo y venia prácticamente solo a dormir. Era el
padre de mis siguientes dos hermanos y creía que
era el mío también. Sé que, a su manera, él me
quería, porque era muy cariñoso conmigo. El
problema es que casi nunca estaba en casa para
ver lo que mi madre me hacía y, excepto yo o a
veces mis hermanos, no había más testimonios.
Teníamos toda la apariencia de una familia normal,
modélica casi.
No sé si mi madre empezó a perder la cordura
en aquella época o simplemente es el inicio de mis
recuerdos. Lo que sí es seguro es que se
desahogaba a través de mí. Ella era una mujer muy
guapa y con una clase y saber estar impresionante.
A menudo me quedaba prendada mirándola.
Admiré su estilo durante muchos años. Tenía unos
enormes ojos caídos del color de la miel y una
misteriosa mirada, que ahora achaco a su
enfermedad. Muchas veces era penetrante, y otras
hueca, como si diera muestras del vacío al que
miraba… Ella provenía de una familia adinerada.
Era de Huánuco, al igual que toda mi familia
materna. Al ser la última de quince hermanos y,
por lo tanto, la más mimada, consentida y rebelde
por naturaleza, dejó los estudios a muy temprana
edad. Había nacido en julio del año 1942, en una
época en la que no importaba mucho la educación
de la mujer. Lo importante era casarse, tener una
buena posición social, un hogar e hijos.
A los veintidós años, mi madre conoció a un
médico que venía a la ciudad de Huánuco a dar
algunas conferencias sobre los avances en el
tratamiento de las varices, enfermedad que sufrían
él y su madre. Aunque provenía de Loreto, en las
profundidades de la selva amazónica del Perú,
había vivido y estudiado casi toda su vida en los
Estados Unidos. Volvió a su país de origen a
compartir sus valiosas aportaciones a la ciencia. Y
a convertirse en mi padre.
Mi madre y él se enamoraron. Él era bastante
mayor que ella, creo recordar que le doblaba la
edad, pero eso no fue impedimento para que se
hicieran novios oficiales con pedida de mano e
intercambio de aros incluidos, costumbres propias
de los novios de aquellas épocas en Perú. Pero
cuando todo parecía encarrilado hacia una vida
perfecta, resulta que se tiene que volver a
Maryland de manera urgente, a solucionar un
asunto laboral. La boda, que ya estaba fijada,
debía celebrarse en pocos meses y claro, él
prometió volver.
El tiempo pasaba sin novedades y en aquella
época en la que escaseaba la tecnología, las
comunicaciones eran dificultosas. Pasaron un par
de meses. El médico no aparecía y mi madre y la
familia descubren que está embarazada.
Embarazada… de mí. Mi abuela no se lo podía
creer. En el seno de una familia de la alta
sociedad, en una ciudad no demasiado grande, la
deshonra no era una opción y había que
solucionarlo como fuera. Así que decidieron ir a
buscarlo. Julia, mi madre, el hermano mayor de
ella, Gustavo, y mi tan adorada y recordada abuela
Teresa, viajaron a Estados Unidos. No fue nada
fácil localizar al doctor, ya que no tenían mayor
información que un hospital de Maryland en el que
trabajaba del cual desconocían el nombre
completo. Resultó ser el Union Hospital de Elkton,
Maryland.
Mi abuela siempre me contaba la cara que
puso cuando los vio plantados ante él, tras
enterarse de que mi madre estaba encinta por su
culpa. Fue un shock sin precedentes. Pero había
llegado la hora de la verdad. El doctor resultó
estar casado con la hija del director del hospital,
al menos eso fue lo que él contó, tenía hijos, a su
mujer embarazada casi al tiempo que mi madre y
ninguna intención de abandonar ni a su familia, ni
su estilo de vida. Tuvo que sincerarse con todos
contándoles su situación e invocando a la cordura
de mi abuela, que se caracterizaba por ser una
mujer bastante justa y comprensiva. Era consiente
de que montó toda esa película e ilusionó a mi
madre solo para poder intimar y pasársela bien
con ella el tiempo que andaba por Perú, sin
imaginar lo que su desfachatez iría a provocar.
Por supuesto, toda la familia puso el grito en
el cielo y amenazaron con denunciarlo y difundirlo
por el hospital, ahora que sabían su secreto. Pero
mi madre, al verse tan dolorosamente engañada,
porque ella sí estaba enamorada, cortó con todo.
Llena de orgullo y aplomo, enseguida comprendió
que no se puede obligar a nadie a hacer algo que
no quiere. La noticia y el dolor la hundieron.
Decidió que no había nada por lo que luchar y solo
quería volver para olvidarlo todo lo antes posible.
Él, por su parte, propuso una solución de lo más
extraña: quería que mi madre se quedara allá. Él
iba a asumir su responsabilidad como padre
poniendo una casa para que viviéramos ahí, a
escondidas de la sociedad. La amante y la hija
secreta del Dr. Cristóbal Vela.
Nunca sabré por qué quiso que nos
quedáramos. ¿La habría querido? ¿Por algún
sentido de responsabilidad? ¿Cargo de
conciencia? ¿Temor al escándalo al que se podría
haber expuesto si no respondía de alguna manera
satisfactoria? Eso nunca lo sabré. En todo caso fue
una decisión inteligente que lo libró de todo.
Incluso de mí. Mi madre, loca de rabia, con el
corazón hecho añicos, no quiso aceptar su
propuesta y prefirió volver a casa. El aborto no
entraba dentro de las posibilidades en aquel
entonces, así que mi abuela decidió tras el regreso
irse a vivir a Lima con ella para evitar el qué
dirán, al menos hasta que yo naciera. Como una
nieta con un solo apellido era inconcebible para
mi abuela, tras mi nacimiento decidieron ponerme
el apellido del hermano mayor de mi madre. Él era
como el padre de todos, puesto que mi abuelo
había fallecido hacia muchos años. Mediante esa
solución, a todo efecto legal y para cualquiera que
desconozca mi historia, soy fruto de un incesto.
Dos apellidos iguales, pero un solo progenitor.
Durante toda mi infancia no tuve a nadie a
quien reprocharle por qué siempre estaba sola a
merced de la inconsciente ―o no― crueldad de
mi madre. Pero cuando a la edad de diez años me
enteré de que el hombre que me crio no era mi
padre sino mi padrastro, entendí muchas cosas. Al
enterarme de la historia de mi origen, me
preguntaba por qué jamás había intentado
acercarse a mí, sabiendo que era su hija. Ese
padre que nunca conocí estaba siempre en mi
mente para odiarlo y maldecirlo por haberme
dejado sola. Realmente siempre necesité de él.
Siempre, siempre lo necesité, hasta casi cumplir
los veinte años. Solo era capaz de gritar por
dentro: “Papá, ¿por qué no me buscaste? ¿Por qué
no viniste nunca a conocerme? ¿Por qué nunca te
interesaste por mí? ¡Mi abuela dice que soy tu
vivo retrato! Me hubiera encantado poder ver mi
cara en ti…”

Capítulo 2. LA AVENA
A medida que fui creciendo, como cualquier niña
de mi edad, hacía travesuras a menudo. Pero los
castigos para mí eran los más severos. Algunos
días, a la hora del desayuno, mi madre nos ponía
una avena mezclada con leche y azúcar, que a mí
me resultaba particularmente repugnante. No
soportaba las cosas tan espesas y densas pasar por
mi garganta. Me daba la impresión de estar
engullendo un vómito. Yo me obligaba a ello por
miedo a su reacción, que siempre terminaba con
brutales golpes por cualquier cosa. Pero un día ya
no pude aguantar más y lo empecé a vomitar. Era
superior a mí.
A partir de ese día se me empezó a hacer
difícil aguantar las arcadas. Las escenas a la hora
del desayuno eran de gritos; mis hermanos
lloraban mientras la veían violentarse de aquella
manera. Yo tendría casi cuatro años y mis
pequeños hermanos, Rower y Yeri, un año y algo,
el mayor, y unos pocos meses, el menor. Esa
manera de iniciar el día parecía contaminar al
resto de la jornada y la violencia se respiraba las
24 horas. Mis pequeños hermanos solo lloraban,
sin comprender qué pasaba, pero yo sí sabía. Ella
jamás soportaba que se hiciera algo distinto a su
voluntad. Si había avena para desayunar, me la
tenía que comer incluso con mis propios vómitos
que caían sobre el cuenco lleno cuando no me lo
podía tragar. ¡Qué asco por Dios! Ese día, mi
madre me dijo:
―Si no te tomas la avena tendrás avena todos
los días hasta que te guste.
No tuve más remedio que tomármela.
Al día siguiente, bajamos a desayunar. En el
lugar de mis hermanos se presentaba un gran tazón
con una deliciosa leche con quinua que sí que me
gustaba, pero para mí… avena. No sé qué pasó
dentro de mí, pero algo se rebeló.
―No me la voy a tomar ―le dije.
Con mi actitud y mi enfado intentaba mostrar
que por mucho que me obligara no iba a ceder. A
esa edad mi carácter empezaba a aparecer y ya no
quería soportar injusticias por parte de ella.
Extrañamente, ella se comportó con tranquilidad.
Incluso con un cierto aire de indiferencia.
―Pues bien. No te la tomes, pero que sepas
que para almorzar tendrás el mismo plato de
avena.
¡Qué alivio! Qué fácilmente me había librado
de la avena. Creo que eso me hizo un poco más
fuerte y más segura de mí. Decidí que si me ponía
avena al mediodía tampoco me la iba a comer.
Pues bien, llegó la hora de almorzar y el olor era
delicioso o a mí me lo parecía en exceso. No
había desayunado y las tripas me hacían un ruido
horroroso del hambre que tenía. Como cualquier
niña, me olvidé de la avena y quizás supuse que
ella también. En realidad, una de las mejores
virtudes de mi madre siempre fue la cocina.
Cocinaba riquísimo. Había hecho un delicioso
guiso de ternera de los que a mí me encantaban que
olía a gloria bendita por toda la casa.
―¡Todos a la mesa!
Así nos llamaba a comer. Nada más oírla, fui
corriendo a sentarme. Fui la primera. Mi madre se
iba acercando con los deliciosos platos humeantes
que iba repartiendo para ella y mi primer hermano,
porque el más pequeño aún comía papilla. A mí
me dejó para el final.
―Toma ―me dijo―, tu avena. Hasta que no
te la comas no habrá nada más para ti.
Salí corriendo a llorar en medio de un terrible
ataque de ira, de miedo, de impotencia. ¡Me moría
de hambre! Y la avena, fría, remojada y
densificada por las horas pasadas, se veía cada
vez más asquerosa. Me quedé en un rincón de la
casa, llorando sin entender por qué todo lo malo
me pasaba a mí. Escondida, sola, mientras en el
comedor mi madre seguía comiendo tan a gusto
con mis hermanos, sin importarle que yo estuviera
sin comer desde el día anterior. El llanto poco a
poco se fue convirtiendo en rabia y odio.
Realmente en aquel momento la odiaba. Cuando
terminaron de comer, mi madre empezó a recoger
toda la cocina. Yo iba oyendo su ir y venir por el
pasillo y el ruido de los platos y las ollas. Se me
ocurrió que me escabulliría dentro de la cocina
cuando se fueran todos y no pararía hasta encontrar
algo para comer, lo que fuera. Sabía que mi madre
con dos niños tan pequeños tenía mucho trabajo,
así que sería fácil que se despistara y ni se
enterase que yo había comido a escondidas.
Cualquier cosa menos esa asquerosa avena fría.
Cuando después de una eternidad, por fin salió
de la cocina con mis hermanos, sigilosamente me
pude introducir y esconderme. Nunca estuvo la
mesa tan limpia y recogida como aquella vez. Y
solo había dejado sobre ella mi plato de avena.
Como era pequeña, ayudándome con una silla me
subí para comprobar que en las encimeras no
había nada. Lo había escondido todo. Desde abajo,
normalmente, podía ver la fruta, el pan, galletas,
incluso algunos dulces o tartas preparados por
ella. Pero esta vez no había nada de nada. Nunca
antes había sentido el dolor del hambre en el
estómago y los retortijones me estaban asustando
mucho.
Aquello no podía estar pasando; era como una
de tantas pesadillas que solía tener, pero esta vez,
real. Con mi pequeño dedo mojado en saliva,
acariciaba la mesa, las sillas y todo lo que pudiera
contener algunas pequeñas migajas de pan o restos
de comida. Buscaba por el suelo de debajo de la
mesa por si se había caído algo. Como un pajarito
hambriento me alimenté de pequeñas migajas de
pan y granos de arroz que sabía Dios desde cuándo
estarían ahí.
―Da igual, ya se le pasará. Es mi madre y no
me va a matar de hambre ―pensé yo.
Esa tarde se me quitaron las ganas de jugar y
solo sentía pasar las horas lentamente esperando la
última comida del día, la cena. Me consolaba
pensando que era imposible que aquello
continuara, que no podía odiarme tanto como para
dejarme sin comer durante un día entero. Cuando
salí al patio, enseguida noté su mirada cayendo
sobre mí. Me observaba caminar, en la distancia.
Y yo sentía su peso en la nuca, sin saber cómo
actuar. A veces, me acercaba por allí, tal vez
intentando reconciliarme, y entonces ella me
repetía, como si escupiera las palabras entre los
dientes:
―Te vas a comer la avena hoy, mañana o la
semana que viene, tú verás. Cuantos más días
pasen, más horrible te sabrá.
Y cuando me alejaba y dejaba de repudiarme
con su mirada, la veía tan feliz y contenta,
conversando con mis pequeños hermanos o
alcanzándoles algún juguete. Parecía muy
orgullosa de la lección que me estaba dando.
Llegó la hora de la cena y ya no me acerqué a la
mesa tan contenta como en la mañana, puesto que
me había advertido durante toda la tarde que
tendría avena para cenar. Sí, el que estaba en la
mesa era el mismo plato de la mañana que
esperaba ahí solo y frío por mí.
Ya no pude aguantar más. Me puse a llorar y
patalear y por mi boca salían graves insultos que
le lanzaba sin pensar que tal vez me acarreasen
golpes o nuevas consecuencias

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