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Libro PDF Regreso al pasado Tanya Michaels

Regreso al pasado Tanya Michaels

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mejor, Pamela Jo Wilson intentaba encontrar algo positivo en
cualquier situación. En aquel momento, lo más cercano a un
aspecto positivo que podía encontrar era: «probablemente el
coche se estropee antes de que llegue allí». Al menos le
quedaba la esperanza.
O tal vez los neumáticos simplemente se derretirían con el
calor bochornoso de agosto, una posibilidad dolorosamente
plausible.
Incluso con las ventanas bajadas, un golpe de calor parecía
inminente. El aire acondicionado de su coche había muerto el
año anterior, a escasas manzanas de la tienda de coches usados.
Ni siquiera había intentado que le devolvieran el dinero. En ese
vecindario ya era toda una suerte que le hubieran dado una
matrícula. Pero el automóvil dilapidado había resultado ser tan
testarudo como su dueña, y había aguantado todo el camino
desde California hasta el delta.
El sol de Mississippi atravesaba su parabrisas con
intensidad. Aunque Pam no disfrutaba del calor, ni de la peste
de las marismas y de las fábricas de papel, sí apreciaba la
majestuosidad del cielo azul sobre los campos. Unas nubes
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perfectas y esponjosas salpicaban el horizonte y daban la
sensación de estar pintadas en un cuadro.
Mientras su coche subía por la pendiente, apareció un cartel
de madera. La pintura de las letras parecía tan reciente que se
imaginó a algún voluntario con mono de trabajo a un lado de la
carretera al amanecer de cada día aplicando retoques con una
lata de pintura acrílica. Disfrute de su estancia en la preciosa
Mimosa. Todo muy acogedor. Aun así cada célula de su cuerpo
le gritaba «¡Date la vuelta de una puñetera vez!».
Dejar de decir tacos era el resultado del paso número
cuatro. Había sido jodi… verdaderamente difícil. Pero lo había
logrado; había examinado sus muchos defectos y había decidido
cambiar. Con un poco de persistencia y mucha intervención
divina, podría hacer eso también. Al abandonar Mimosa casi
trece años atrás, escabulléndose en mitad de la noche para
tomar un autobús con destino a Memphis, solo había pensado
en una cosa que podría hacer que regresara. Ahora aquella
fantasía extinta le parecía nimia y risible.
Tras haber escuchado durante su juventud que tenía «la voz
de un ángel», había albergado la fantasía de regresar convertida
en una estrella de la música. Se había imaginado llegando al
pueblo, en lo más alto de las listas de éxitos, con el tiempo justo
en su apretada agenda para dar un concierto benéfico y hacerle
un gesto de indiferencia a su madre… que naturalmente le
rogaría perdón por todo lo que había pasado entre ellas.
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Solo había un aspecto de realidad que, aunque
remotamente, se parecía a su sueño de juventud. Pam estaba
haciendo aquel viaje de vuelta para ver a Mae Danvers Wilson.
No importaba la manera en la que de pequeña la obligaran a
llamarla, pues Pam siempre había pensado en esa mujer como
Mae, no como mamá. Mae Wilson poseía el cariño y el instinto
maternal de una víbora. Aunque Pam tampoco lo había hecho
mucho mejor. A sus treinta y un años, ya no era tan crítica como
en la adolescencia; había cometido demasiados errores como
para no ser más humilde.
Pam parpadeó con fuerza al recordar algunos de esos
errores, incluyendo un flirteo desastroso con la maternidad. «No
vayas por ahí», se dijo a sí misma. No había hecho un viaje tan
largo para darse la vuelta a la primera oportunidad.
Dentro de los límites oficiales de Mimosa, los dos primeros
edificios eran una gasolinera al otro lado de la calle que parecía
nueva y, a su derecha, El abrevadero de Wade, un antro más
viejo que ella. Al menos era considerado un antro de mala fama
hacía una década. Ahora el tejado estaba resplandeciente y el
aparcamiento había evolucionado mucho desde el barrizal
anterior. Claro que una no podía juzgar basándose únicamente
en el exterior. ¿Quién sabía lo que se escondería en el estómago
de la bestia?
«Cerveza», imaginó con un suspiro. Cerveza fría de grifo con
la amargura justa para que una persona se relamiera. Y todos
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sus viejos amigos de pie tras la barra de teca: José, Jim y Jack.
Dios, cómo echaba de menos a Jack.
Sedienta de pronto, agarró el volante con fuerza y giró hacia
la gasolinera. Allí podría comprarse un refresco. O agua, aún
más saludable. Además, su coche destartalado necesitaba
carburante igual que cualquiera. Detuvo el coche y sonrió a
modo de disculpa. Debería estarle más agradecida a su
automóvil. Era la cosa más valiosa que poseía, junto con una
ficha de aluminio azul y una vieja guitarra acústica que se
negaba a tocar.
Rebuscó en el asiento del copiloto, que había ido llenándose
con cosas que había comprado durante el viaje, y localizó una
gorra verde con visera. Su pelo rubio estaba más corto y oscuro
que antes, pero lo suficientemente largo como para que se le
rizara con la humedad y el aire de la ventanilla.
Salió del coche y le sorprendió notar la bofetada de calor
húmedo incluso cuando ella ya tenía calor y estaba sudorosa.
Era como abrir la puerta del horno para ver cómo iban las
galletas. Al llegar al surtidor, eligió la opción de pagar dentro y
después bordeó el coche para sacar un billete de veinte de la
guantera.
Cuando entró, fue recibida por el tintineo de un cencerro
sobre su cabeza y una ráfaga casi orgásmica de aire
acondicionado. Si se quedaba algún tiempo en el pueblo, tal vez
pidiera trabajo allí, solo para disfrutar de lo fresco que se
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estaba. Su suspiro de satisfacción llegó a los oídos del hombre
de mediana edad situado detrás del mostrador.
–Hace calor, ¿verdad? –dijo riéndose.
Pam estuvo a punto de tropezar. Asintió a modo de
respuesta y mantuvo la cara oculta. ¿Conejo? No lo había
reconocido hasta que había hablado, pues parecía mayor de lo
que era. Pam buscó en su memoria el verdadero nombre de
Conejo. Travis. Travis Beem, que había tenido la mala suerte de
entrar en segundo curso con los dientes delanteros
pronunciadamente torcidos. Finalmente se los habían corregido,
pero el apodo le había acompañado hasta la graduación.
Cambiar era tremendamente difícil en un pueblo pequeño y
dormido.
Pam recordó el día en el que, durante la comida, con cara
avergonzada Travis le había pedido que fuese al baile con él.
–No es que espere que digas que sí; todo el colegio sabe que
irás con Nick, pero Tully ha apostado cinco pavos a que no
tendría pelotas para preguntártelo –había sonreído de manera
infantil–. Y me vendrían bien los cinco pavos.
Por supuesto, todo el colegio sabía que ella iría al baile con
Nick. Nick Shepard y ella habían sido inseparables por entonces.
Si quería, incluso transcurrido todo ese tiempo, aún podía
recordar el timbre exacto de su risa y el aroma de su colonia,
que impregnaba la chaqueta rotulada que llevaba a menudo. El
estómago le dio un vuelco y Pam apartó el recuerdo de su
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mente.
«Gracias a Dios que vive en Carolina del Norte», pensó.
Enfrentarse a su madre sería desagradable, pero se había
prometido a sí misma y a su madrina, Annabel, que podría
hacerlo. Y si hubiera pensado que cabía la posibilidad de volver
a ver a Nick Shepard, jamás habría puesto un pie en el estado de
Mississippi. No solo por su supervivencia, sino también por la
del propio Nick. Las acusaciones de Gwendolyn Shepard aún
resonaban en su mente: «¿No crees que ya le has hecho a mi
hijo suficiente daño?».
Pam sacó una botella de agua de la cámara situada en la
pared contraria y la llevó a la caja. El estómago le rugió cuando
pasó de largo frente al surtido de barras de chocolate y patatas
fritas, pero los aperitivos eran un lujo. Tal vez la posibilidad de
comer en casa de Mae la mantuviese motivada para terminar el
viaje.
Con la cabeza gacha, deslizó el dinero sobre el mostrador.
–Ponga lo que quede después del agua en el surtidor dos,
por favor.
–Claro, des… –cuando Travis se detuvo, Pam levantó la vista,
e inmediatamente deseó no haberlo hecho.
Travis la miró fijamente.
Oh, no. No era tan ingenua como para pensar que podía
estar en su pueblo natal sin que la gente se diera cuenta, pero
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no había esperado que sucediera tan pronto. «Annabel se
equivocaba. No estoy preparada», se dijo.
–Claro, desde luego –concluyó Travis finalmente, y miró a
través de la ventana hacia donde estaba su coche aparcado.
–Gracias –Pam se dio la vuelta para marcharse e hizo un
esfuerzo por no salir corriendo. Al fin y al cabo, si algo había
aprendido en esos doce años y medio, era que no podía dejar
atrás su pasado, por mucho que corriera.
–Que tengas un buen día, Pamela Jo –gritó Travis tras ella.
Demasiado tarde.
«No es que no pudieras volver a casa», pensó Pam cuando
su coche rebotó en el mismo bache en el que solía rebotar el
Mustang de Nick después de sus citas. «Simplemente, tienes
que estar loca o desesperada para hacerlo». En su caso, ambas
cosas.
Pero tal vez la gente con familias más unidas lo viese de
manera distinta.
Entró en el camino largo y serpenteante que conducía a la
casa. El buzón de los Wilson seguía teniendo el mismo amarillo
mostaza gastado. Y el bosquecillo de árboles seguía ocultando la
casa desde la carretera. Sin embargo, el sauce llorón que antes
había en el jardín había desaparecido.
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El viejo coche de Mae estaba aparcado en el garaje añadido
a la casa de ladrillo de dos dormitorios; obviamente el vehículo
llevaba años sin funcionar. Pam se inclinó hacia delante y se
quedó mirando a través del parabrisas. El coche no era lo único
abandonado. En vez de cortinas, o el salón familiar, lo que se
veía a través de las ventanas eran enormes tablones de madera
que bloqueaban cualquier vista. Los bloques de cemento que
formaban el porche se habían rajado y por las grietas crecían las
malas hierbas. Varias de las tejas de madera habían caído sobre
los arbustos abandonados, y otra colgaba precariamente, como
si apenas aguantara y planeara pasar a mejor vida en cualquier
momento.
Pam conocía esa sensación.
Aparcó el coche y se recostó en el asiento. Se sentía
derrotada y aliviada al mismo tiempo. Mae no vivía allí.
Nadie vivía allí. No parecía que la casa hubiera sido vendida,
con el coche aparcado en su lugar habitual. De no haber sido por
las ventanas tapiadas, habría temido que Mae se hubiese caído
y se hubiese roto el cuello sin que nadie se enterase. Pam
experimentó cierto arrepentimiento por no haber mantenido la
comunicación con su madre durante los años… felicitaciones de
Navidad, postales…
¿Se habría mudado su madre a la residencia de ancianos de
Mimosa? Improbable. Aunque su estilo de vida probablemente
la habría envejecido prematuramente, solo tenía cincuenta y
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tantos años. ¿Acaso se habría mudado con su hermana mayor,
la tía Julia? Pam se estremeció al pensar en lo que sería esa
casa. Pobre tío Ed.
Abrió la puerta del coche, aunque no sabía por qué sentía la
necesidad de echar un vistazo más detallado a la casa de su
infancia. No tenía llave. Colarse dentro sería relativamente fácil,
pero también relativamente inútil. Dudaba que fuese a
encontrar algo más que arañas y ratones. ¿Por qué perder el
tiempo allí cuando debería ir a buscar a Mae? A pesar de que la
idea de hablar con su madre le produjese escalofríos, esa era la
razón por la que había recorrido tantos kilómetros.
Durante una conversación con Annabel sobre enmendar
errores, Pam había caído en un momento de autocompasión,
diciendo que era una pena que Mae no se hubiera unido al
programa, porque ella sí que tenía errores que enmendar.
Annabel, con su tono seco y directo, le había dicho que odiar a
Mae estaba haciéndole más daño que su madre en sí.
Pam había decidido que, si no lograba obtener el perdón de
aquellos a los que había herido, lo mejor que podía hacer era
perdonar a la persona que le había hecho daño a ella. Tal vez
cuando hiciera las paces con su madre podría seguir hacia
delante. Porque en aquel momento, su vida estaba tan ruinosa
como aquella casa.
Le dio una patada a una piedra del camino y se acercó. La
habitación en la esquina más cercana a ella era la cocina. Casi
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todas sus comidas de infancia habían consistido en cereales y
platos de microondas. Muy de vez en cuando Mae cocinaba algo
fantástico, principalmente para impresionar a algún nuevo novio
cuando estaba lo suficientemente sobria como para importarle.
Había habido un tipo, un camionero, que había vuelto con ellas
una y otra vez durante un invierno entero. Le había enseñado a
Pam a tocar la guitarra. Había sido una de las estaciones más
felices de su vida. Se recordaba a sí misma rasgueando en el
salón, perdiéndose en los nuevos acordes que aprendía.
Agridulces eran los recuerdos posteriores en aquel mismo
salón, cuando Nick y ella habían perdido la virginidad juntos en
el sofá. Eran unos críos, completamente ineptos ante lo que
estaban haciendo. Y sin embargo, en muchas ocasiones desde
entonces había deseado poder perderse en aquellos brazos
fuertes gracias a los entrenamientos de fútbol.
Según la madre de Nick, furiosa con Pam por haber tenido el
valor de llamar después de todos esos años, aunque solo fuera
para pedir una dirección de contacto, Nick había vuelto a
casarse y estaba criando a su hija en Carolina del Norte.
«Nuestra hija». Pam sintió una presión tan fuerte en el pecho
que apenas pudo respirar. Finalmente soltó un sollozo y tomó
aire entre hipidos.
El sonido espantó a un grupo de zanates situados en el árbol
encima de su cabeza. Pam no pudo evitar envidiarlos por huir.
Un pájaro testarudo se mantuvo en su posición y entornó sus
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ojos negros como si la desafiara. ¿Ahora qué?
Excelente pregunta.
De camino a casa de tía Julia y tío Ed, el coche de Pam se
sobrecalentó. Como prueba de que Dios existía, el coche se
había detenido justo enfrente de la Cocina de la abuela K. Pam
se preguntó si la abuela K, una venerable institución del pueblo,
seguiría sirviendo el mejor filete de pollo frito conocido por el
hombre.
Técnicamente no debía derrochar en la cena o estaría sin
blanca a finales de semana. Pero se suponía que debía ir
enfrentándose a la vida paso a paso. Además, Annabel le había
dicho en más de una ocasión que estaba prácticamente
esquelética. Una comida en la Cocina de la abuela mientras el
coche se enfriaba sería lo mejor para ambos.
La Cocina era el tipo de establecimiento en el que una se
sentaba sola. En pocos minutos, Pam había pedido un filete de
pollo frito acompañado de puré de patatas. Aunque los menús
habían sido rediseñados, le encantó ver que sus platos favoritos
permanecían.
La camarera de pelo platino, Helen, según la chapa de su
camisa, asintió con la cabeza y dijo:
–Enseguida vuelvo con tu vaso de agua, cariño.
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–Espera –Pam se sorprendió a sí misma por aquel arranque
de curiosidad–. La dueña original, Kat McAdams, ¿sigue llevando
este lugar?
Helen entornó los párpados.
–¿Eres de por aquí?
–Hace mucho tiempo, sí.
–¿Entonces no sabes lo del ataque? Kat se recuperó, pero
los médicos le dijeron que tenía que tomárselo con calma. Tiene
una habitación en la comunidad para mayores de Magnolia Hills,
pero se pasa por aquí al menos una vez por semana para
asegurarse de que todo marcha bien. Le vendió parte del
negocio a Davy Lowe, pero no ha venido hoy a supervisar el
turno de noche porque su perra va a tener cachorros.
–Gracias –Pam había roto todo contacto con Mimosa la
noche que se marchó. La pregunta sobre Kat McAdams era una
manera poco arriesgada de recuperar su vida anterior.
Helen pasó a la mesa siguiente y Pam echó un vistazo a su
alrededor. Durante la inspección advirtió que una joven de
veintipocos años la observaba. No comprendía por qué. Parecía
demasiado joven para formar parte de su pasado. Y demasiado
mayor para ser Faith.
Pam tragó saliva e ignoró esa idea. Si seguía levantándose
las costras emocionales, nunca se curaría.
De pronto se dio cuenta de que la otra mujer se había
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levantado y parecía que se acercaba. Por lo que ella sabía, Mae
podría haber vuelto a casarse y aquella podía ser su
hermanastra. Pero antes de que la desconocida hubiera dado
dos pasos, otra mujer se interpuso en su camino y la
veinteañera cambió de rumbo.
–Vaya, Pamela Jo. Eres tú –dijo una pequeña pelirroja
sentándose frente a ella en la mesa.
–Sí, soy yo –contestó–. Aunque ahora solo soy Pam.
–Ahora que todos hemos crecido, ¿eh? –dijo la pelirroja con
un guiño de complicidad–. Bueno, yo sigo siendo Violet, como
siempre.
Violet Keithley. Pam parpadeó para asumir otra parte de su
pasado que aparecía ante sus ojos.
–Claro, me acuerdo de ti –estaban en cursos diferentes,
pero Violet era miembro del coro de la iglesia con ella. Una
soprano de refuerzo, no una de las solistas frecuentes como
Pam.
–Me alegra volver a verte –dijo Violet–. Siempre imaginé
que un día encendería la radio y oiría tu voz.
–Sí, bueno… ¿Has venido con tu familia? ¿Marido, hijos? –
Pam estaba dispuesta a tragarse un montón de fotos de carné
de los hijos de Violet si eso significaba no tener que hablar de sí
misma.
–Oh, no –contestó la pelirroja–. Aún no he encontrado al
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hombre perfecto que me convierta en una mujer decente. Mi
hermana Cora se casó el pasado junio y me dijo que debería
volver a pescar para conocer hombres. Así fue como lo hizo ella.
Yo iba a cenar aquí con una amiga, pero me ha llamado cuando
ya estaba de camino y me ha dicho que su hijo se siente mal.
Normalmente no le importa quedarse con su padre, pero ya
sabes cómo es. Todo el mundo quiere a su mamá cuando está
enfermo.
«No todo el mundo».
En cuanto aquel pensamiento sardónico apareció en su
cabeza, Pam lo pensó mejor. El alcoholismo era una enfermedad
y, como parte de su intento

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