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Libro PDF Relatos reunidos César Aira

Relatos reunidos - César Aira

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vez que me alojo en un hotel en mi pueblo natal;
sucede que volví para ver a mi madre que está
prostrada por una caída, y me alojé en el Avenida
porque su pequeño departamento está ocupado por
las acompañantes que la atienden. Anoche,
cambiando de canales en el televisor, caí sobre
una película vieja, en blanco y negro, inglesa (el
volante de los autos estaba a la derecha), ya
empezada pero en sus preliminares —un
aficionado experimentado reconoce los comienzos
de película con sólo ver un par de tomas— algo
me olió conocido, y a los pocos segundos, al ver a
George Sanders, confirmé mi sospecha: era El
pueblo de los malditos, Village of the Damned,
que yo había visto cincuenta años atrás, en el
mismo Pringles donde estaba ahora, a doscientos
metros del hotel, en el cine San Martín, que ya no
existe. Desde entonces nunca la había vuelto a ver,
pero la tenía muy presente. Verla ahora, de pronto,
sin aviso, era un oportuno regalo del azar. No era
la primera vez que volvía a ver una película que
recordaba de la infancia, en la televisión o en
video. Pero ésta tuvo algo especial, quizás porque
la estaba viendo en Pringles.
La película, como lo sabe cualquier cinéfilo
(es un clásico menor), trata de un pueblito al que
una fuerza desconocida paraliza un día, sus
habitantes se duermen, cuando se despiertan las
mujeres están embarazadas, y nueve meses
después dan a luz. Pasan unos diez años, y esos
niños empiezan a mostrar sus terribles poderes.
Son todos muy parecidos: rubios, aplomados,
fríos, se visten de modo muy formal, andan
siempre en grupo y no se juntan con otros chicos.
Su poder consiste en dominar la voluntad del
hombre o mujer que enfocan con los ojos que se
encienden como lamparitas eléctricas. No vacilan
en poner en práctica este dominio, del modo más
drástico. A un hombre que los acecha con una
escopeta, lo obligan por telepatía a meterse el
caño de la escopeta en la boca y volarse los sesos.
George Sanders, que es el «padre» de uno de
estos niños, se hace cargo, los estudia, y llega a la
conclusión de que no hay más remedio que
eliminarlos. Ellos, por su parte, no ocultan que su
propósito es adueñarse del mundo y aniquilar a la
humanidad. Sus poderes aumentan a medida que
crecen. Pronto serán invulnerables; ya casi lo son,
porque pueden leer el pensamiento y anticiparse a
cualquier ataque. (En Rusia ha habido un caso
semejante, que las autoridades soviéticas
resolvieron a su manera: mediante un bombardeo
de saturación mataron a los niños malditos junto al
resto de los habitantes del pueblo afectado).
El protagonista, en su casa, se pregunta qué
hacer. O, mejor dicho, cómo hacerlo. Sabe que
cualquier plan de acción que emprenda tendrá que
estar en su mente, lo que lo hará legible para los
niños no bien se les acerque. Se dice a sí mismo
que tendría que interponer entre él y ellos un muro
sólido… Se lo dice mirando la pared del living de
su casa, al costado de la chimenea, decorada con
falsos ladrillos, y murmura: «Una pared de
ladrillos…». A brick wall…
En ese momento la cámara sigue su mirada, y
enfoca durante un momento la pared de ladrillos.
Esa toma fija de una pared de ladrillos, mientras la
voz decía, justamente, «una pared de ladrillos»,
fue lo que me cautivó. En el cine que yo veía
entonces, en Pringles, cada imagen, cada palabra,
cada gesto, tenía sentido. Una mirada, un silencio,
una demora casi imperceptible, anunciaba la
traición o el amor o la existencia de un secreto.
Una tos bastaba para que ese personaje muriera o
quedara al borde de la muerte, aunque hasta
entonces hubiera mostrado una salud perfecta. Mis
amigos y yo nos habíamos hecho expertos en
descifrar esa perfecta economía de signos. Al
menos a nosotros nos parecía perfecta, en
contraste con el caos indistinto de signos y
significados que era la realidad. Todo era indicio,
pista. Las películas, fueran del género que fueran,
eran novelas policiales. Salvo que en las novelas
policiales, como yo lo aprendería más o menos
por la misma época, las pistas genuinas estaban
disimuladas en medio de las falsas, y estas pistas
falsas, necesarias para despistar al lector, eran
informaciones gratuitas, sin consecuencias.
Mientras que en el cine todo tenía valor de
sentido, en un compacto que nos encantaba. Nos
parecía una súper-realidad, o, al revés, la realidad
nos parecía difusa, desordenada, desprovista de
esa rara elegancia de concisión que era el secreto
del cine.
De modo que esa «pared de ladrillos»
anticipaba la idea con la que el mundo lograría
librarse de la amenaza. Pero por el momento no se
sabía cuál era esa idea, y era imposible saberlo.
No era fácil de decodificar como la tos o la
mirada de soslayo en primer plano. En realidad, ni
el mismo personaje lo sabía: la idea, para él,
todavía estaba en la etapa de metáfora: para poder
atacar eficazmente a los niños diabólicos debería
interponer entre él y ellos una barrera
impenetrable a la telepatía, y la imagen que le
venía a la cabeza para representar esta barrera era
«una pared de ladrillos». La metáfora podría haber
sido otra: «una plancha de acero», «una roca», «la
Muralla China»… Seguramente se le había
ocurrido ésta y no otra por la simple razón de que
tenía frente a sus ojos una pared de ladrillos. Pero,
en toda su visible materialidad, seguía siendo una
metáfora. Los niños, seguramente, podían leer la
mente a través de las paredes, así que no se trataba
de una pared literal. Él se refería a otra cosa, lo
que le daba a la toma esa negatividad inquietante
que me la hizo inolvidable.
A brick wall… La frase quedaba resonando.
No soy el único admirador de esta película, ni
mucho menos su descubridor como clásico de la
Clase B y «objeto de culto». En todo caso, puedo
reivindicar cierta prioridad, ya que la vi en
ocasión de su estreno (con dos o tres años de
atraso como correspondía a Pringles, pero de
todos modos cuando la película era un «estreno»),
y la vi entonces como la clase de público al que
estaba dirigida, sin la distancia de la cinefilia o de
la contextualización histórica. Nosotros mismos
éramos la cinefilia y el contexto histórico.
Después, con el correr de los años, yo recuperé
ambas cosas en el sentido intelectual.
Y había algo más: yo era un chico de la edad
de los niños de la película; no me extrañaría
recordar que había intentado encender mis ojos
con aquel brillo eléctrico, a ver si le leía el
pensamiento a la gente. Y Pringles era un pueblo
chico, no tan chico como el de la película, pero lo
bastante como para sufrir una «maldición» de ese
tipo. Por ejemplo, la misteriosa parálisis de las
primeras escenas: era una experiencia cotidiana
ver el pueblo vacío y silencioso como si todos
hubieran muerto o emigrado, a la hora de la siesta,
o un domingo, o en realidad cualquier día a
cualquier hora.
Pero no creo que ninguno de los espectadores
que llenaron el cine San Martín aquel lejano
domingo haya hecho la relación de pueblo a
pueblo y de maldición a maldición. No porque
entre mis conciudadanos de entonces no hubiera
gente inteligente y culta, sino por una cierta digna
reserva, la digna reserva del pasado, que mantenía
a la gente lejos de significados e interpretaciones.
El cine era una gratuita y refinada fantasía
artística, nada más que eso. No quiero decir que
fuéramos unos consumados estetas; no era
necesario.
La prioridad a la que me referí está, más que
en esas coincidencias casuales, en el hecho de que
entre mis primera y segunda visión de la película
acompañé todo su proceso de transformación de
producto comercial para todo público (es decir,
para el público) a objeto de culto, para élites
ilustradas. Y lo acompañé en sentido pleno: yo
mismo pasé de ser público a ser élite ilustrada. Mi
vida y El pueblo de los malditos hicieron el
mismo camino de transformación sutil, de cambiar
sin haber cambiado.
Con las dos mil películas que vi entonces pasó
lo mismo, supongo. Buenas, malas, olvidadas,
recuperadas. Tiene que haber pasado incluso con
los clásicos, las grandes películas, las que se
ponen en las listas de «las diez mejores». Todas
pasaron de lo directo a lo indirecto, o crearon una
distancia, lo que es lógico y no podría ser de otro
modo, dado el tiempo. Un caso a propósito es el
de North by Northwest, de Hitchcock, que también
vi en el cine San Martín, calculo que en el sesenta
o sesenta y uno (la película es de 1959). En la
Argentina se llamó Intriga internacional, y debo
de haber tardado veinte años en saber cuál era su
nombre en inglés, cuando empecé a considerar la
obra de Hitchcock a la luz de mis intereses
intelectuales, y a leer libros sobre él. Quizás por
lo abstracto del título, o por los ecos que me
despierta la traducción, sigo pensándola como
Intriga internacional, aun cuando reconozco que
es un tanto absurdo; las traducciones de los títulos
de películas antes solían ser ridículamente
inadecuadas, y se han prestado a bromas.
Pocas películas como ésta, o ninguna, nos
impresionaron tanto a Miguel y a mí. Miguel López
fue mi gran amigo de la primera infancia, y,
también por rara coincidencia, ésta mucho menos
feliz, murió ayer. Dieron la noticia por la radio
local, y si lo supe fue porque estoy en Pringles, de
otro modo podría haber tardado meses o años en
enterarme, o no lo habría sabido nunca. Nadie
habría pensado en decírmelo: hacía décadas que
no nos veíamos, quedaban pocos que supieran que
habíamos sido amigos de chicos, y en el pueblo las
noticias de inmediato se dan por sabidas

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