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Libro PDF Salomé Grandes Pasiones – Annette J. Creendwood

Salomé Grandes  Pasiones – Annette J. Creendwood

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-¿Como que vamos a la hacienda de Max?
-Es lo que has oído ¿no?, pues es lo que haremos y no hay más que hablar.
Sabrina se encogió de hombros y continuó caminando junto a Carol.
Elvira abrió lentamente la puerta de la alcoba de Moisés. Estaba dormido. Entró con pasos de gato para no despertarle y se acercó a la cama. Adoraba a aquel hombre
con su rostro serio pero a la vez melancólico que sólo delante de ella se mostraba tierno y dulce. Adoraba aquellos labios carnosos que tanto anhelaba saborear. Deseaba
con todo su cuerpo que los brazos fuertes de Moisés estén alrededor de su cuerpo, sentir su virilidad a la que antes no quiso ceder.
Se tumbó al lado de él en la cama, acariciando su frente. Moisés se despertó, Elvira le puso su fino dedo sobre los labios para silenciar aquella boca en la que deseaba
tanto perderse.
Moisés la miraba con aquellos ojos llenos de deseo contenido y levantó la manta que le cubría de cintura para abajo.
Elvira bajo de la cama entiendo aquella invitación, se quitó el pesado vestido y quedándose sólo con unos pantaloncitos y el corsé se sentó otra vez al borde de la cama.
Se dio la vuelta para que Moisés la ayude a quitarse las prendas que le quedaban. Moisés sonreía con ternura.
-No entiendo como podéis soportar tanta ropa encima y con los pequeños cuerpos que tenéis tiene que ser una tortura.
-Y cuando piensas que toso esto es para que os guste a vosotros.- contestó ella después de librarse del estrecho corsé.
Se metió en su cama y se fundió entre los abrazos de su adorado Moisés.
Sintió como las manos grandes y fuertes de su amado recorrían su espalda, acariciando cada centímetro de su piel, haciéndola estremecer bajo sus dedos.
Cuanto tiempo deseando ese encuentro, cuantos años perdidos por un capricho tonto de niña consentida, pero ahora, por fin se entregaría a él en cuerpo y alma.
Con delicadeza, Moisés la hizo tumbarse de espaldas sobre el colchón, la miró unos segundos, deleitándose con la belleza de aquella mujer a la que nunca había dejado
de amar.
Posó los labios sobre los de ella y mientras sus manos acariciaban su cintura, sus caderas, su lengua se introducía en su boca, como un preludio de la que vendría
después.
Se entregaron con la pasión reprimida durante años.
El beso cada vez era más exigente, más apasionado, las lenguas mantenían una lucha antigua y ritual que los elevó a las cotas más altas del deseo.
Las delicadas manos de Elvira se enredaron en los cabellos de Moisés, acercándolo más a ella, lo quería cerca, muy cerca, dentro de ella.
Sintió una mano que descendía por su pierna, mientras los labios resbalaban por su cuello, dejando un rastro de pasión bajaron hasta los pechos, sintió la lengua
acariciando uno de sus pezones.
Arqueó la espalda como respuesta al contacto y un gemido de placer escapó de sus labios.
Un gemido por parte de Moisés la hizo recordar la fractura de su pierna.
-Te has hecho daño -dijo con voz ahogada por el deseo.
-No importa, ahora no voy a detenerme -volvió a atrapar el pecho con la boca y lo saboreó como si estuviera hambriento.
-Espera por favor -dijo entre jadeos, lo apartó un poco de ella -no te pido que te detengas -lo empujó hacia atrás y fue ella la que se colocó sobre él- déjame hacer a mí –
y una provocadora sonrisa curvó sus labios, lo que provocó que la entrepierna de Moisés se endureciera aun más.
Con manos expertas lo acarició, lo tentó y lo provocó hasta llevarlo al límite. Acercó sus pechos a la boca de él. No se hizo de rogar y cogiéndolos entre sus manos, los
chupó y mordisqueó hasta que los gemidos de Elvira llenaron la habitación.
Colocándola a horcajadas sobre su erecto miembro la hizo descender y en el último momento con una fuerte envestida se hundió dentro de ella.
Elvira arqueó la espalda y se abandonó al frenesí que aquella penetración le había provocado. Cabalgó sobre Moisés como si de una amazona salvaje se tratara. Con las
manos en sus caderas Moisés, la ayudaba en sus frenéticos movimientos,
subiendo y bajando, retorciéndose, enterrándolo hasta lo más hondo de su cuerpo.
La presión en aumento sobre sus nalgas la avisó de que Moisés estaba listo para derramarse dentro de ella, mantuvo el ritmo y también se abandonó a la sensación de
tenerlo dentro, de sentirlo suyo, porque era suyo, aquel pensamiento fue el detonante de un orgasmo como nunca jamás había tenido.
Un sonido gutural escapó de la garganta de Moisés, un bramido casi animal que llegó junto con la liberación.
Elvira, agotada se desplomó sobre él.
-Dime ahora que te vas a casar con Carol -desafió la mujer, muy segura de sí misma.
-Empezaba a creer que me estas evitando o que me tienes miedo.-dijo Max viendo a Carol y a su prima acercándose a la mansión.
Las dos señoritas caminaban sobre la gravilla hacia la entrada principal. El carruaje las había dejado lejos y el resto del camino hasta la entrada le tenía que hacer a pie.
Max se encontraba en el jardín delantero de la casa. Justo en aquel momento estaba cortando unas cuantas rosas para ponerlas en un florero del salón. Había elegido
unas rosas rojas preciosas.
-No te tengo miedo y tampoco te estoy evitando.-contestó Carol algo irritada.
-Pasad señoritas, tomemos un refresco antes de enseñaros las reformas que he hecho en mi finca. Enseguida bajará mi primo, el señor Héctor de Bypas, me gustaría
presentarles. Iremos juntos.- dijo él con énfasis sin tomar en cuenta la respuesta de Carol.
-No me acuerdo haber oído ese nombre. -dijo Sabrina con algo de curiosidad en su voz.
-Vive en el norte del país, por eso no se ve mucho por la capital, llevamos mucho tiempo sin vernos y decidió hacerme una visita. Es todo un caballero, os va a encantar.
Carol pensaba que en realidad Max quería aprovecharse de la visita de su primo para presentarle a Sabrina y quitársela del medio. Sabía que sin ella no podía visitarle,
una señorita de la alta sociedad no podía estar sola en compañía de un caballero y tenía que hacer para poder estar solo con ella. Por una parte le gustaba esa estrategia y
quería averiguar si sus pensamientos se confirmaban.
Estaban todos sentados en el enorme salón de la casa y Max les ofreció limonada fresca. El sol calentaba con fuerza y la necesidad de tomar algo fresco era muy grande.
La puerta del salón se abrió y entró un señor alto y fornido, de pelo rubio.
-Buenos días, querido primo. -dijo Héctor.
-Buenos días, Héctor. Ven. Te quiero presentar a estas amigas que han tenido la amabilidad de visitarnos esta mañana. Se trata de la señorita Carol y su prima Sabrina.
Nos conocemos desde la infancia y somos vecinos.
A Max no se le ocurrió la idea de mencionar que su amiga Carol en realidad estaba comprometida, o mejor dicho, a punto de casarse con Moisés.
Héctor se acercó a las señoritas e inclinándose elegantemente se presentó ante ellas: Héctor de Bypas, a sus servicios.
-¿Podemos ir ya? – preguntó Carol.
-Cuando quieren señoritas.-contestó Max.
Max se puso de pie y le tendió su mano a Carol para ayudarla a levantarse. Lo mismo hizo Héctor con Sabrina.
Los cuatro jóvenes se dirigían por el jardín trasero hacia los establos. Detrás de la casa, Max tenía un jardín mucho más hermoso que el de delante. Era todo una
alfombra de césped salpicada de flores multicolores y árboles ornamentales. Carol se quedó sorprendida ante tanta belleza natural. Bajó la mirada pensando en la
sombría ciudad en la que la quería llevar Moisés, con sus calles gises llenas de polvo.
Max vio que su cara cobró un tono triste pero no se atrevió a preguntar.
Héctor y Sabrina se quedaron atrás. Sabrina no le quitaba el ojo de encima al muy hermoso primo de Max.
Carol y Max llegaron los primeros a los establos. Max abrió las puertas grandes para permitir a Carol que pasase. Dentro, más al fondo en un grande espacio había unos
cuantos ponis recién traídos de Inglaterra.
Caro se quedo con la boca abierta, acariciando a uno de ellos.
-Son maravillosos. Me encantan.- dijo ella con ternura.
-Pueden ser tuyos si lo aceptas.-le contestó Max.
-Max, ¿por qué me haces esto? Sabes que dentro de poco me voy a casar con Moisés.- contestó ella.
-Esto se puede cambiar. Algo me dice que Moisés no lo tiene muy claro, lo de la boda. Recuerda que está en compañía de su ex novia y él no es tan insensible a sus
atenciones. A lo mejor me equivoco pero ya te darás cuenta. Yo te esperaré.- dijo él besándole tiernamente la mano. Carol no le contestó.
-Moisés te va a quitar todas las cosas hermosas de la vida. ¿Estarás feliz en una casa de la ciudad, lejos de la naturaleza de la vida?
-Es mejor así, es como deben de seguir las cosas.- contestó ella por fin.
-Las cosas deben de seguir así.- dijo Max y cogiéndola entre sus fuertes brazos le beso sus labios.
Carol no opuso resistencia y Max la beso otra vez, más fuerte, más sensual. Carol se quedó flácida entre sus brazos.
-Yo te quiero Carol, siempre te quise. Lo único que no me atreví a decírtelo por tu temperamento tan rebelde y extrovertido. Creía que me ibas a rechazar, y cuando me
enteré que te vas a casar con Moisés me quería morir. A lo mejor todavía no es demasiado tarde.
Carol se quedo sin poder sacar ninguna palabra ante tanta sinceridad. No esperaba escuchar aquella declaración por parte de Max.
Carol tenía el corazón hecho añicos. Aquella declaración de Max cambio mucho su opinión sobre él y también su intención de casarse. No había hecho ningún
comentario acerca de la estancia de Moisés en la finca de Sebastián aunque su corazón le decía que había algún motivo oculto por permanecer ahí.
Había decidido esa mañana hacer una visita a la finca y ver como esta su querido novio. Caminando sobre la gravilla en dirección a la mansión, oía unas risitas del jardín.
En vez de dirigirse hacia la casa, cambio de dirección hacia el jardín donde un grupo de arbustos bastante altos cubrían la vista. Se acercó más y sus ojos se abrían cada
vez más, lo que veían no era real. Moisés tumbado sobre una cama ligera de jardín sujetaba con delicadeza la cabeza rubia de Elvira. Hablaban y se divertían como unos
adolescentes, pero la postura de aquellos dos no era nada formal. De repente, Moisés se agachó y le dio un beso suave en los labios rosados de Elvira. Carol se quedó
sin aliento y llena de amargura. Quería salir de detrás de los arbustos pero sus pies no se querían mover. Recobró el aliento y con una mirada fulminante entró en el
jardín. Elvira saltó de pie asustada y Moisés intentaba desesperadamente a ponerse de pie.
-Siéntate, querido mío.- dijo Carol con voz firme.-Te vas a hacer daño en tu intento de parecer honesto. ¿Me has engañado desde el primer momento o desde que regresó
tu ex novia?- preguntó ella fulminándole con la mirada.
Moisés intentó disculparse con un balbuceo ridículo. Elvira aterrorizada y avergonzada salió disparada en dirección a la mansión.
-Creo que te das cuenta que ya no puede haber ninguna boda, ¿no?- continuó Carol con desdén.- Esperaré tus disculpas ante mí y ante mi tío lo más pronto posible.
Carol llego a su casa muy disgustada. Irrumpió en la sala donde su tío estaba tratando de leer un periódico.
-Tío, no habrá boda- le dijo Carole mirándolo seriamente.
-¿Pero de que hablas muchacha?- soltó su tío sorprendido.
-Lo que oyes, no habrá boda, los afectos de don Moisés están por otro camino.
-Eso no puede ser posible ¿Qué pasó?- la miraba sorprendido, pues pensaba que si no había boda sería por la terquedad de ella y no porque Moisés faltara a su palabra.
– Está enamorado de Elvira la hermana del Duque.
-Pensé que ibas a estar inconsolable, lo estas tomando muy bien.
-Tío, por favor, tú sabes que yo no lo amaba, si me casaba era por mejorar mi posición.
-Lo siento, entonces es lo mejor- adujó convencido.
En ese momento irrumpió Max en el salón saludándolos alegremente.
-Buenas a todos, hace un día precioso, deberíamos salir- lo dijo invitando también al tío de la chica.
-No hijo, gracias, no estoy de ánimo para paseos, ve tú si quieres distraerte- rehusó señalando a Carole y conminándola a salir de paseo, con su primo, si el tío supiera
de sus sentimientos no habría accedido fácilmente, sin embargo como recordando algo les dijo
-Lleven a Sabrina.
-Está bien- contesto Carole más tranquila de tener acompañante para la salida, no confiaba ya en sus sentimientos, ni en sus acciones al estar cerca de él. No encontraron
a Sabrina por ningún lado.
-Podemos ir nosotros solos ¿Es que no confías en mi?- la miró Max con su risa, que era una perdición para ella.
Max no podía creer su buena suerte.
-No, no confío en ti ni por asomo- le espetó Carole. Pero si tenía que ser honesta consigo misma, no confiaba en ella misma, ese era el problema.
-Vamos, preciosa- le dijo con ternura- no pasara nada que no queramos que pase.
-Está bien- soltó ella algo resignada.-
Carole y Max salieron por el jardín lleno de flores y arbustos recorrieron un caminito que los llevó a un claro, Max iba preparado con una manta y una cesta para
picnic, escogieron una lugar debajo de una árbol, extendieron la manta y Carole revisó la cesta, sacando una botella de vino, unas manzanas y queso colocándolo en un
plato, con la pericia de una mujer organizada, Max observaba cada movimiento le gustaba la armonía de sus actos.
-Eres tan hermosa- le dijo acercando su mano para colocar un mechón de su cabello que se había soltado de su moña. Carole se sonrojo y a él le parecía más adorable que
nunca. Observaba su boca turgente que se moría por besar, la línea final de su cuello y algo más abajo “Contrólate” se reprendió para sí poco convencido.
-No te creo a cuantas le habrás dicho lo mismo- le soltó ella.
-Se que no eres la primera, pero déjame decirte que esto que siento por ti nunca lo había sentido por nadie- llevo la mano derecha a su corazón- te lo juro por la tumba
de mis padres.
-Te creo- le contesto emocionada.
Carole le pasó un plato una manzana y un pedazo de queso, Max sirvió dos copas de vino, ella tomo un pequeño sorbo observándolo.
-¿Tú no comes? – inquirió preocupado.
-No tengo hambre- le contesto ella nerviosa de pronto. Tenía una piedra en el estomago.
Max la miro fijamente, soltó el plato, y se acerco lentamente sin asustarla, le beso la mejilla, la frente, atrapó el lóbulo de su oreja lo besó y lo mordisqueo, enterró la
nariz en su cuello.
-Me encanta tu aroma- le decía oliéndole el cuello.
-Es solo agua de lavanda- le dijo ella con un suspiro entrecortado.
-No me refiero a tu aroma de mujer, me tiene loco- le dijo con voz ronca y sensual. A Carole se le pusieron los pelos de punta y un escalofrió la recorrió entera.
Max atrapó su boca en un beso fiero y sensual, al gemir ella introdujo la lengua, en un movimiento que imitaba el acto del amor, como sería estar dentro de ella, pensaba
enardecido por su respuesta pues le devolvía el beso con ardor. Como la deseaba, bajo a su cuello y siguió bajando en una lluvia de besos que le arrancaba gemidos y
suspiros, al colocar las manos en sus pechos, se tensó enseguida, Max volvió a su boca en un beso exigente que le hizo olvidar todo, él empezó a acariciarle sus pechos
y poco a poco le aflojo los cordones del jubón, le soltó los lazos de la combinación, y tomo posesión de los pechos con sus manos, “Que preciosos eran” lo más bello
que había tocado nunca, poco a poco fue bajando hasta llevar su mirada hasta ellos los observó a gusto, los acariciaba tan llenos, tan suaves y esos pezones erguidos de
un color rosado que deseaban ser besados y chupados a conciencia. Poco a poco acerco sus labios a los pezones, Carole al sentir su aliento, se sintió perdida en su
deseo, Max los beso y chupo a conciencia y con reverencia, Carole gemía y suspiraba, sintiendo su vientre prendido en fuego, esto era amor, pasión, deseo, pensaba
ella, nunca había sentido un deseo tan grande por ningún hombre, lo amaba con locura. Max quería perderse en la lujuria que le despertaba está hermosa mujer, quería
levantarle su falda saborearle su centro, perderse en su aroma, enterrarse en ella, pero no podía, tenía que recuperar el control, no era el momento ni el lugar, poco a poco
se separó de ella, cuando Carole volvió a la realidad, se sintió llena de vergüenza. Se acomodó el jubón y la combinación, Max se sintió enfermo al verla cubrirse sus
hermosos pechos. Sin decir palabra, se dirigió hacia la casa, Max la alcanzo rato después
-Carole, mi amor cásate conmigo, te lo suplico- le decía con toda la vulnerabilidad de su mirada.
-Max acabó de terminar un compromiso en la mañana, no puedo simplemente aparecerme en la tarde con novio nuevo, ¿Qué diría eso de mi?- le espetó indignada.
-No me importa- la agarró de ambos brazos y le dijo desesperado- te amo, te necesito a mi lado, cada día, cada hora, cada minuto, quiero fundirme en ti, quiero que seas
mi mujer.
-Hasta pronto Max- camino hasta la casa con el ánimo pesaroso, sabía que con Max no se andaría con contemplaciones, era fuerte, recio y no se dejaría manejar como
Moisés de eso estaba segura, pero por eso lo amaba.
Max la observó yendo hacia la casa, la dejaría tranquila no quería que le rehuyera y se marcho.
A la mañana siguiente Héctor de Bypas, llegó a la hacienda preguntando por la Srta. Sabrina.
Desde que su primo se la había presentado no había podido dejar de pensar en ella. Era tan hermosa… Esos cabellos cobrizos lo atraían sobremanera y deseaba tocarlos
y sentir su suavidad bajo sus dedos, le hacía recordar a una diosa de Botticelli.
– Buenos días, soy el Sr. Bypas, ¿se encuentra la Sta. Sabrina?- preguntó al mayordomo que lo atendía en el recibidor.
– Si Sr. Bypas, se encuentra en el saloncito desayunando con su prima. Si espera un momento, la avisaré de su visita.
– Muchas gracias. . dijo Héctor.
El mayordomo tocó la puerta y entró en la salita tras escuchar una delicada voz que le decía “adelante”.
– Sta. Castro, el joven Sr. Bypas pregunta por usted.
– ¿Quién, Jefry? – dijo Carol
– El Sr. Héctor Bypas. Pero pregunta por la Srta. Sabrina Castro, no por usted Srta.
– ¿Por mi? – dijo Sabrina ruborizándose.
– Si Srta. Está en el recibidor, ¿quiere que le haga pasar?
– Claro Jefry – dijo Carol sonriendo – dile que entre y que le invitamos a desayunar con nosotras.
– ¡No! – dijo exaltada Sabrina – Jefry, condúzcalo a la biblioteca y dígale que en breves momentos lo recibiré allí
– Muy bien Srta. Castro- Dijo el mayordomo y cerró la puerta tras de sí.
Carol miraba sorprendida a su prima ya que no entendía muy bien aquella reacción suya:
– ¿Sabrina, te pasa algo? ¿Por qué no has querido que Héctor desayunara con nosotras?
– No, no es eso, Carol. Es que quiero subir a mi habitación un momento a arreglarme el cabello y cambiarme el vestido antes de presentarme ante él, no estoy
adecuadamente vestida para recibir visitas.
– Pero que dices Sabrina! Estás guapísima, y ese vestido es precioso.
– Por favor Carol… Hazme un favor. Ve a la biblioteca y entretenlo mientras subo a la habitación y me acicalo un poco. Por favor…
– Está bien Sabrina- dijo disimulando una sonrisilla tras la servilleta- iré a la biblioteca y le diré que te has tenido que ausentar un momento y que enseguida te reunirás
con él, no te preocupes… ¿Tienes algo que contarme? – preguntó con ojos pícaros.
– No, no- dijo sobresaltada- No es nada de verdad…- y salió apresurada hasta su habitación.
Carol la conocía muy bien como para que su prima la engañara. Sabía que ese comportamiento suyo reflejaba lo mucho que ese hombre la perturbaba. Fuera como fuera
la cosa, ella siempre estaría dispuesta a ayudar a su prima Sabrina, a la que quería como fuera su hermana.
Sabrina, cerró la puerta de su habitación tras de sí, y se quedó un momento con la espalda pegada a la puerta respirando con dificultad.
– Ha venido… y ha preguntado por mí… – dijo Sabrina con una radiante sonrisa.
Desde que los presentaran el otro día en la finca de Max, no había podido dejar de pensar en él- Dios! Era tan apuesto…alto, de hombros anchos y caderas estrechas,
ese pelo rubio ondulado que invitaba a acariciarlo, esos labios hechos para pecar…Y era tan encantador! Ella le gustaba pensar que era como Héctor, el príncipe
troyano, uno de los personajes de su libro favorito, la Ilíada.
Nerviosa, mandó a llamar a una de las chicas del servicio para que la ayudase a arreglarse. En quince minutos se encontraba lista y maravillosa para ir al encuentro de
Héctor…
Carol estaba en la biblioteca, hablando con el apuesto joven, cuando se abrió la puerta y entro Sabrina.
“Si, es tan hermosa como recordaba”, pensó Héctor mirándola arrobado.
-Sabrina, es un placer volver a verte- le dijo acercándose a ella tomando su mano y llevándola a los labios.
-El placer es mío- le dijo ruborizada y nerviosa, sintió un estremecimiento, al depositar él su boca en su mano.
Carol los miraba curiosamente, “Vaya, vaya, con mi prima” y se alegro por ella, se merecía la felicidad.
-Bien voy a ordenar algo ya vuelvo- salió rápidamente de la biblioteca, su tío había salido temprano, tendrían un tiempo para charlar y conocerse, pensó Carol
satisfecha. Al quedarse solos, Sabrina algo nerviosa se dirigió al sofá y lo conmino a sentarse al lado de ella.
-Estás muy bella Sabrina- le dijo emocionado.
-Gracias- le respondió ella con timidez.
-No he dejado de pensar en ti- al ver la mirada de ella le dijo- perdona mi atrevimiento.
-No ni más faltaba, no es ningún atrevimiento, yo también he pensado en ti.-No se iba a andar con monsergas a estas horas de la vida, el amor no había sido muy
generoso con ella, aprovecharía la oportunidad que le daba la vida.
-¿Quieres salir a dar un paseo?
-No, aquí estoy bien- le soltó ruborizada, no quería perder la oportunidad de ser besada y en el jardín a la vista de todos los sirvientes sería imposible.
Héctor la miraba curioso y sorprendido, deseaba besarla y ella enviaba todas las señales. Sabrina se levanto del sofá y camino hacia la ventana, estaba avergonzada de su
audacia, Héctor la siguió. La tomo por la cintura, le dio la vuelta y la miró acariciando su cabello, era tan suave.
-Tenía ganas de hacer esto – le acarició el cabello y fue deslizando un dedo al contorno de su cara acerco los labios a su mejilla, al lóbulo de su oreja, la beso con ternura,
Sabrina apenas podía respirar, eran tantas las sensaciones, al apoderarse de su boca, sabía que algo importante iba a ocurrir entre este hermoso hombre y ella. Héctor se
sorprendía por su dulzura y se embriagó en su suavidad, ella abrió poco a poco los labios para él y esa tímida vacilación lo enardeció, profundizo el beso, entrando en su
boca, probando cada uno de los rincones, sabía a dulce a especias y a mujer, se dio cuenta el momento exacto en que Sabrina se le rindió, y le empezó a devolver el beso
con pasión, jugueteaba con su lengua pegándose a él. Héctor en ese momento se prometió que esa mujer sería suya, que le haría el amor, hasta saciar el deseo que lo
consumía.
Finalizo el beso, con un ligero mordisco carnal en el labio superior.
Se miraron sorprendidos, Héctor por la pasión que está mujer le inspiraba en un solo beso y Sabrina por su audacia, aún no lo podía creer.
En esas los sorprendió Carol, que venía con el mayordomo y un servicio de té.
Héctor se separó rápidamente de Sabrina y ésta muy sonrojada, tanto por el beso como por la llegada de Carol, se volvió de cara a la ventana.
Carol carraspeó y ordenó al mayordomo dejar el servicio del té sobre una mesita auxiliar junto a los sofás -Ahí está bien, gracias. Puede retirarse.
El mayordomo hizo una reverencia y salió discretamente de la estancia.
-Señor Bypas ¿Le apetece una taza de té? nosotras ya hemos desayunado, pero quizás a usted le apetezca.
-Sí, gracias -Se encaminó hacia el lugar donde había estado sentado con Sabrina.
-Sabrina ¿Te apetece un poquito de té? -el tono de voz de Carol no demostraba ningún tipo de emoción, por lo que Sabrina no sabía a qué atenerse con ella. Seguramente
estaría sorprendida, pero… y si estaba enfadada con ella por aquella indiscreción?
Aunque así le estaba agradecida por no demostrar su opinión ante Héctor, se sentiría muy avergonzada si su prima la reprendiera ante él.
-Sí, gracias Carol -se giró y miró a su prima a los ojos. Se sorprendió del extraño brillo que vio en ellos. Despacio se acercó y tomó la taza que Carol le ofreció.
-¿Y cómo es que se le ha ocurrido pasar a visitarnos a estas horas, señor? -preguntó con una sonrisa en los labios, mientras se servía un té para ella.
-Bueno…-tenía que pensar algo rápidamente, la verdad que no era una hora muy apropiada para las visitas, a no ser que se tuviera un motivo -Quería invitarlas a la fiesta
que daremos este sábado en casa de mi primo Max -casi podía escuchar los gritos de Max cuando le contara lo que acababa de hacer, tendría que asegurarle que el
correría con todos los gastos, ya que Max no estaba muy boyante económicamente y menos después de las reformas de los establos.
-Una fiesta -la dulce voz de Sabrina sonó emocionada- ¿Crees que mi padre nos dejará ir? -se veía angustiada.
-No veo por qué no -aunque no estaba del todo segura que fuera muy apropiado que ella asistiera, después de acabar con su compromiso tan recientemente, la gente
podría murmurar y no le gustaría que el nombre Castro estuviera en boca de todos.
-Será una reunión pequeña, claro, no una gran fiesta -aclaró Héctor al ver la duda en los ojos de Carol.
-¿Y qué se celebra? si no es mucho preguntar señor -la sonrisa que le dedicó parecía encantadora, pero Héctor pensó que aquella mujer era una bruja, no entendía por
qué Max estaba tan loco por ella.
Carol creía saber el porqué de todo aquello y aunque no le gustaba ser mala, en ocasiones disfrutaba siéndolo un poquito, no pasaría nada porque el señor Bypas
sufriera un poquito por su atrevimiento, aunque en el fondo se sentía muy feliz por su prima, Sabrina, la dulce Sabrina, solo esperaba que las intenciones de ese hombre
fueran sinceras y no terminara partiéndole el corazón.
-¡Aaah! se celebra… -se estrujó el cerebro- bueno pues la mejora de las cuadras de Max… -Carol enarcó una ceja, aquella reforma estaba dando para mucho-…y que me
han ofrecido un despacho de pasante aquí, en una firma muy prestigiosa -dijo orgulloso, más por la ocurrencia que por la noticia, ya que si era verdad que le habían
ofrecido aquel puesto, todavía no había decidido aceptarlo, estaba claro que ahora tendría que hacerlo, aunque no le importaba, ahora que había conocido a Sabrina no le
disgustaba la idea de permanecer en aquel lugar.
-¿Eso quiere decir que se va a quedar aquí? -no pudo disimular su emoción.
-Eso parece -dijo Carol contenta por su prima -pues entonces supongo que no tendremos más remedio que asistir a esa pequeña fiesta señor Bypas. Habrá que
convencer a tu padre, aunque no creo que nos cueste mucho trabajo.
Carol sabía que su tío no podía resistirse a los pedidos de su adorada hija.
-Entonces las esperamos -se puso en pie- gracias por el té señorita Castro.
Las muchachas lo imitaron poniéndose en pie a su vez.
-Le acompaño a la puerta -dijo Sabrina.
-Que tenga buen día señorita Castro -Héctor hizo una ligera reverencia en dirección a Carol, despidiéndose de ella.
-Lo mismo digo señor Bypas -y los vio salir y sonrió para sí misma.
-¿Es que te has vuelto loco? -Max se paseaba furioso de un lado a otro del salón- ¡¿Una fiesta?!
Héctor lo miraba sin decir palabra, había esperado esa reacción, en cuanto se calmara un poco le explicaría todo.
-¿Me quieres decir de dónde voy a sacar el dinero para una fiesta? -levanto una mano para detener a su primo antes de que dijera nada- Déjalo, no te molestes. ¿En qué
diablos estarías pensando? -podía sentir como la rabia y la frustración le recorrían el cuerpo como dos venenos igual de potentes, calentándole la sangre y las ideas. Se
frotó la cara con las manos, intentando despejarse y pensar con un poco de claridad- Es evidente que tendré que enviarles una nota, suspendiendo la fiesta -ahora
hablaba solo, se había olvidado de Héctor, que seguía sentado observándolo, entre divertido y aburrido.
Héctor se levantó y se sirvió una copa de licor, a pesar de lo temprano de la hora, pero no le vendría mal y a Max tampoco, con lo que sirvió otra para su primo y se la
puso en la mano sin que aparentemente éste se diera cuenta, pero apuró su contenido como si lo hubiera esperado con ansia.
Torció ligeramente el gesto al darse cuenta de que se había tomado una copa de coñac de un trago.
Levantó una ceja y fulminó a Héctor con la mirada.
-¿Has terminado…? -dio un pequeño sorbo a su licor.
-Debería degollarte por esto.
-Tal vez, pero si me dejas hablar podré explicártelo.
Max se mesó la espesa cabellera y se dejó caer , con gesto cansado, en uno de los sillones.
Héctor le narró cómo había sentido la necesidad de visitar a la joven señorita Castro, como habían sido sorprendidos por Carol y cómo ésta le había interrogado por el
motivo de su visita, azorado por la situación -No encontré otra excusa mejor- dijo encogiéndose de hombros.
Max casi sentía ganas de reír, su primo se había dejado enredar por unas jovencitas…-O sea, que ahora, además de ofrecer una fiesta que no puedo pagar, tú tendrás que
aceptar el puesto que ibas a rechazar, si no sintiera tantas ganas de darte una patada en el culo, te aseguro que estaría muerto de la risa.
-La verdad que me merezco esa patada, pero no debes agobiarte, no me has dejado terminar, la fiesta correrá de mi cuenta, ya que ha sido mi idea y además se celebra mi
contratación -puso los ojos en blanco y Max esbozó una sonrisa torcida- Y con respecto a eso… tampoco me disgusta tanto la idea.
Max miró a su primo con la ceja levantada -¡Ah! ¿No?
-No, porque eso significa que me quedaré aquí y que estaré más cerca de la señorita Castro.
Ahora sí que Max estaba sorprendido -Me estás diciendo que estás interesado en Sabrina??
-Sí -fue la simple respuesta del joven.
-Cuando te pedí que la entretuvieras para darme tiempo con Carol, no imaginé…
-Pues ya ves, la muchacha me interesa.
-Sólo espero que hables en serio -su rostro se torno un tanto amenazador- no me gustaría que jugaras con los sentimientos de la muchacha, la conozco desde siempre y
es una joven encantadora.
-No hace falta que la protejas de mi, primo. ¿Es ella la que te preocupa o es la otra señorita Castro a la que temes perder si yo no me porto bien con la prima? -una
sonrisa cínica afloró en los labios de Héctor.
-Héctor, no juegues conmigo, nos conocemos bien y sabes que no te permitiré…
-Puedes estar tranquilo muchacho, Sabrina está a salvo en mis manos, aunque te resulte difícil de creer, esa joven me ha cautivado.
-Sírveme otra copa de coñac -dijo tendiéndole la copa- creo que esto sí se merece un trago… tú el mayor crápula de la cuidad enamorado de una joven de campo -volvió a
apurar el contenido de la copa- No sé lo que saldrá de todo esto.
Observó a su primo que le sonreía divertido.
Moisés Arzuaga se había comportado como un cretino. Si bien era cierto que amaba a Elvira, las cosas podría haberlas hecho de diferente manera.
-¡ella es joven! – se quejó la mujer con un gracioso mohín.
-Si.- asintió Moisés.- Por eso debo hablar con ella y explicarla.- Se pasó las manos por la cabeza, pensativo.-
– Debe entender que nos amamos.
Moisés la observó con fijeza durante unos segundos. Deseaba casarse con aquella mujer, la amaba por encima de todo. Pero no debía olvidar que en ese momento el
apellido Castro estaba en boca de todos, por su culpa.
Él, Moisés de Arzuaga, libertino e infiel. ¿Donde quedaba su honor?
Tomó las diminutas manos de Elvira entre las suyas.
-Me duele saber lo que la gente piense de ti. ¿Eres consciente del papel tan importante que has jugado en este asunto?. Tampoco puedo olvidar que he avergonzado a
Carol.- se frotó la sien intentando despejar el profundo dolor de cabeza.
-¿Y qué piensas hacer?
– Imagino que unas disculpas públicas a la familia.
-¿Estás seguro?
Moisés asintió; era lo menos que podía hacer por Carol. Por Carol, por Elvira y por él.
Cuando Sebastián ingresó en la sala como una exhalación, Moisés levantó la vista sobresaltado.
– lamento haberos sorprendido- se disculpó.- Me acabo de enterar de algo horrible.
-¿De qué se trata, buen amigo?.- Moisés le palmeó el brazo.
– Las cinchas del animal que montaste fueron cortadas.
-¿cómo es posible?. – Moisés se estiró.
-Me han informado ahora. Encontraron el arnés escondido junto a las caballerizas. Ya han avisado al alguacil y vendrá de un momento a otro.
-será mejor que me retire a mi dormitorio.- Elvira cubrió la boca con su mano fingiendo un bostezo.- informarme de todo ,por favor.
Tanto Sebastián como Moisés apenas la prestaron atención y pronto se adentraron en una larga conversación atiborrada de simples conjeturas. ¿Quién querría verlo
herido? ¿O muerto?. Ya iba siendo hora de regresar a su hogar y poner su vida en orden.
Desde que llegara Elvira, todo su mundo había dado un giro espectacular.
Elvira observó el jardín desde la ventana de su alcoba. ¿Podrían averiguar que ella provocó el accidente?. Volvió a pasear por la desgastada alfombra. Si se lo confesaba a
Moisés. ¿Cuál sería su reacción?. ¡No!. Podría haberlo matado, era cierto, su intención nunca había sido esa, pero ¿la creerían?. Moisés. ¿La creería?.
Rompió a llorar, nerviosa y asustada. Debía aprender a controlar sus impulsos, sin embargo con Moisés era siempre así, no pensaba en las consecuencias. Le amaba. Le
quería para sí. ¿ Que era una egoísta?. Cierto. Tanto tiempo alejada de él, la habían convertido en alguien muy posesiva, casi insensible.
– No puede saberlo.- negó en un susurro.
Una brisa de aire fresco llevó el aroma de los tulipanes hasta ella. El día brillaba, los pájaros cantaban alegres.
– Sabrina, tu padre tiene razón.- Carol rodeó los hombros de su prima.- Acabo de romper un compromiso y no puedo acudir a la fiesta como si no hubiera pasado
nada. Se supone que debería estar apenada por cómo han sucedido las cosas.
-¡ Pero no los estás!.- insistió la otra.
– No. no lo estoy.- admitió Carol.- Pero eso no quita que me hayan humillado. Creo que pasará un tiempo antes de asistir algún baile.
-Y ¿qué pasa con Máximo?
Carol se mordió el labio inferior pensativa. Max le había declarado su amor, había abierto su corazón. ¿Podría acaso ser tan frívola de entregarse a él, después de haber
estado a punto de entregarse a otro?
Max, no era un segundo plato. No podía correr a esconderse en sus brazos por más que lo deseara. Ni siquiera estaba segura de querer analizar sus sentimientos.
¡ Por Dios! ¡ Acababa de romper su compromiso! Necesitaba tiempo para pensar y no podría hacerlo estando el hombre tan cerca de ella.
-Carol.- llamó Sabrina.-¿qué pasa con Máximo?.- repitió.
-No lo sé.- respondió pesarosa. Tomó asiento en la ancha cama adoselada.- Necesito saber que él está seguro de lo que siente hacía mi. Demostrarle que si algún día, en
un futuro, estoy con él, no es porque me hayan rechazado, o porque tema convertirme en una vieja solterona. Si no que será porque lo amo,- miró a Sabrina que la
observaba preocupada.- ¿entiendes lo que quiero decir?
-supongo que tienes razón.- admitió.- ¿quieres que me quede aquí contigo?.
-¡Ni loca!.- exclamó.- ¿qué pasaría con el señor Bypas?. No quiero que me vea como la prima mala o perversa.- bromeó intentando levantar el ánimo.- pero tú, Sabrina,
deberás presentarte bella y elegante. Más que ninguna de las demás mujeres.- acarició la suave mejilla de su prima con ternura.- Héctor Bypas se casará contigo o, de lo
contrario …-fingió una sonrisa maliciosa.- Lo arrojaremos al lago con muchas piedras atadas a su cuerpo.
-¡No!.- rió Sabrina.- ¡no haríamos eso!
– claro que no.- curvó los labios divertida.- más le vale que te pida matrimonio.
Sabrina mostró una enorme y bonita sonrisa antes de despedirse,
El semblante de Carol cambio cuando se halló sola.
Tras la marcha de Sabrina, Carol fue a la biblioteca y cogió un libro sin apenas fijarse en título, con la intención de salir al jardín y leer un poco. Siguiendo el camino de
tulipanes en flor y el embriagante perfume del jazmín de Madagascar, se dirigió al cenador que estaba en medio de almendros y cerezos, ocultando su posición de los
curiosos. Se sentó en un mullido cojín y tapándose los hombros con su chal de cachemir, intentó, sin lograrlo, concentrarse en la lectura. Pero no podía. Una y otra vez
venía a su mente los momentos que había vivido en los días pasado. Su cabeza daba mil vueltas y sentía que todo era un caos. Una mezcla de frustrantes sentimientos
ahogaban su corazón y temía no poder librarse así como así de ellos. ¿ Por qué Max provocaba esas ansias que se le arremolinaban en la boca del estómago? ¿Cómo iba a
lograr aclarar su mente si sólo con pensar en el último beso, miles de mariposas se instalaban en su pecho, cortándole la respiración. Moisés nunca provocó más que
suaves y tiernas sensaciones con sus besos, pero Max… – Suspiró soñadora recordando esos labios masculinos rozándola.
Apenas oyó los pasos que se acercaban sigilosamente, tan ensimismada estaba en sus ensoñaciones.
Tan sólo pudo atisbar una mano enguantada y un olor nauseabundo, antes de recibir un golpe tras la nuca y caer en una negra oscuridad que la envolvió en un silencio
absoluto.
Elvira respiró hondo y descendió la escalinata con lentitud, a sabiendas que tres pares de ojos la observaban con atención. Su labio inferior, tembló ligeramente, al ver al
alguacil con su llamativo uniforme azul y rojo. Le saludó con una radiante sonrisa. No había llegado al último escalón y Sebastián ya estaba allí para recibirla..
– ¿Han descubierto al culpable? – susurró nerviosa.
-No. Aún no hay nada querida. Te voy a presentar a Don Rodrigo Cortéz, nuestro alguacil.
– Es un gusto conocerlo, señor. – Cortéz parecía ser un tipo agradable.
– El gusto es más mío, créalo, y si me permite decirlo es usted la mujer más bella que conozco.
Elvira se sonrojó ligeramente y camino junto a Moisés . El hombre sostuvo su mano con cariño y se sintió segura.
– entonces, ¿no se sabe nada?.- preguntó aparentando cierta tranquilidad, cuando en el fondo los nervios roían su estomago.
-Pensamos que la persona que provocó mi accidente, fue el mismo personaje que atacó a la señorita Castro en el baile.- explicó Moisés.
-¡Muy cierto!.- exclamó con una mezcla de alivio. -Pero ¿ saben quien fue?
– Lamentablemente, aún es muy pronto para saberlo. En este momento me proponía visitar a la dama en cuestión. Intentaré conseguir una descripción exacta.
-Cierto y, ahora que dice … aquella noche del baile, después de lo ocurrido, vi a alguien merodear por el jardín. -Moisés ,agitó la mano restando importancia..- no creo
que eso sirva de mucho.
Carol abrió los ojos lentamente, sintiendo que miles de agujas, pinchaban sus ojos. Parpadeó desorientada, mirando a su alrededor intentando reconocer el lugar, donde
se hallaba. Pero le era totalmente desconocido.
Se encontraba en una habitación, si se le podía llamar así, sin ventanas. Tan sólo una rendija de luz se colaba por las grietas de la pared de madera. El suelo estaba
cubierto de polvo y restos de lo que parecía haber siso un roedor.
Carol se estremeció asustada. Estaba tumbada en un camastro, que había conocido tiempos mejores y del colchón sobresalía paja maloliente que le raspaba la mejilla.
Sintió unos pasos que se acercaban y cerró los ojos, simulando estar aún dormida, bajo los efectos del golpe.
La puerta se abrió con un chirrido y uno pasos se acercaron a donde ella se encontraba.
Durante un minuto se mantuvo en silencio y Carol creyó que se iría de nuevo, pero entonces una risa áspera resonó en el cuarto vacío.
-¿ Crees que con los ojos cerrados vas a escapar de mí, zorrita? No te has la dormida, que no me engañas.
Carol abrió los ojos aterrorizada y miró la espantosa cara sin dientes que se reía de ella.
En un principio se quedó aturdida, sin reconocerle, pero en cuanto se acercó más a ella y vio sus manos, supo quién era.
¡Era el hombre que la había intentado violar la noche de la fiesta!
¿Qué quiere de mí?
– ¡Vaya, vaya, si parece que sabemos hablar y todo!
-Dígame qué quiere?-repitió Carol, ya bastante asustada.
– Sé que eres la sobrina de Sebastián Castro. Y también sé, que tiene bastante dinero, que me vendría muy bien. Jajaja…
– Pe…pero usted… no pretenderá…
– Ah, sí zorrita, mientras llega la respuesta del mensajito que le acabo de mandar a tu tío, tu y yo pasaremos un rato divertido.
Carol le miró horrorizada y tras un momento de angustia, aliviada, cayó en una suave inconsciencia.
La chaqueta negra resaltaba sus anchas espaldas. Máximo era un hombre guapo e inconsciente de la reacción que provocaba en las féminas que se deshacían con verlo.
Allí, en la puerta principal de la finca, erguido y cuadrado sobre los talones, recibía a los invitados con cortesía. Flotaba en el ambiente las suaves y acordes notas de una
guitarra española, mezclado con el aroma de las rosas rojas que lucían majestuosas, brillando bajo la luz de la luna. La suave brisa arrastraba hasta allí, retazos de
conversaciones, interrumpidas ocasionalmente con alguna que otra carcajada.
Con impaciencia Max, se tiró del cuello de su camisa blanca. La mayoría de los invitados habían llegado ya, o lo hacían en aquel momento. Por fin distinguió el carruaje
de Don Castro. Tomó aliento. Deseaba ver a Carol. Solo pensar en ella, los latidos de su corazón alcanzaban velocidades vertiginosas. Era la mujer de su vida, de eso no
tenía ninguna duda. En su fuero interno se hallaba encantado con la ruptura. Pero ella. ¿Había algún sentimiento que la uniera con Arzuaga?. Amarlo, seguro que no.
Conocía a Carol demasiado bien. Se hubiera cansado de la vida en la ciudad. No hubiera soportado la aglomeración. Pero tampoco quería que la ruptura supusiera algún
dolor para ella.
Héctor se adelantó al cochero y abrió la portezuela del vehículo. Max, con las manos cruzadas tras la espalda, espero con ansia a que la bella dama descendiera. Su
desilusión fue obvia cuando Pedro Castro y su encantadora hija caminaron hacía él.
– Buenas noches Don Pedro.- inclinó la cabeza a modo de saludo.- Sabrina, es un placer tenerte aquí. Noto con pesar que no te acompaña Carol. ¿ Ha sucedido algo?
-Nada que no sea del dominio público. – explicó Don Pedro.
Max percibió cierto tono de resentimiento.
-Sí. Ha sido una sorpresa para todos. Pero, su sobrina ¿está bien?.
-Ella es muy fuerte Max.- le dijo Sabrina.- está un poco confundida, pero es lo normal dada las circunstancias.
-Lo entiendo. – Max apretó los puños contra su cuerpo.
-Don Castro, Don Castro.
Un mozo montado a caballo se detuvo cerca de ellos, de un salto se deslizo hasta el suelo. Max lo reconoció como un empleado de Don Pedro.
El joven, jadeante, le entregó una misiva a su patrón.
-Se han llevado a Carol.- susurró Don Pedro perdiendo el color de su cara.
Max sintió que el alma se le iba en un aliento …. Que decía aquel hombre!!!
Quien ? Vieron quién era? Dime qué pasó? Agarrándolo por las solapas de su camisa- El pobre hombre no podía contestar le corto la respiración aquella furia en su voz
y mirada…
pasaron unos segundos y Max al ver que aquel no respondía

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