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Libro PDF Si te quedas en Escocia Olivia Ardey

Si te quedas en Escocia de Olivia Ardey

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Tras pasar por el control de embarque, Carol arrastró su maleta tratando de afinar el
oído para entender un nuevo aviso que anunciaban a través de la megafonía. Hizo una
mueca de fastidio al escuchar que su avión llevaba retraso.
La zona franca del JFK se encontraba repleta de viajeros, muchos de ellos, en
tránsito, deseosos de tomar un vuelo de enlace y llegar a casa para celebrar Halloween
con la familia y amigos. Carol era de otra clase, de ese tipo de viajeros que viven de
una terminal a otra por razones de trabajo. Y tampoco creía en esas cosas; escéptica
por naturaleza, miró sin demasiado interés los expositores tan bien iluminados de las
tiendas libres de impuestos, diciéndose que cualquier excusa era buena para fomentar
el afán consumista y hacer negocio. En las baldas de cristal convivían las chucherías
de Halloween con los recuerdos típicos de Acción de Gracias. Incluso algún Santa
Claus de chocolate, perdido entre pavos de cerámica y esqueletos de azúcar,
anunciaba la llegada de la época navideña. Faltaban muchas semanas, pero el rollizo
hombrecillo de rojo ya se dejaba ver con su sempiterna sonrisa. Carol pensó en lo
rápido que pasaba el tiempo. Antes de que pudieran darse cuenta, la Navidad y el Año
Nuevo habrían pasado volando. Y esa certeza realista la llevó a la conclusión de que
solo los niños, que anhelan la llegada de Santa Claus cargado de regalos, creen en la
magia que se atribuye a esas fechas.
Buscó con la mirada un asiento libre, avanzó hacia una zona de las menos
concurridas y se dejó caer en una butaca. Sacó su teléfono móvil del bolso; un nuevo
mensaje contribuyó a empeorar su humor. Era de Kat, ese caimán con aspecto de
mujer. La codicia de su jefa no tenía límite.
Hacía pocas horas que Carol había luchado a brazo partido por una estatuilla de la
dinastía Ming hasta hacerse con ella, en la subasta de la sucursal de Sotherby’s en
Nueva York. Un logro profesional que haría feliz al comprador, convirtiéndolo en
cliente fiel de la galería de arte y que, al menos, merecía unas palabras de
agradecimiento por parte de Katherine Whits.
Pues no fue así. No hubo palmadita en el hombro. En la pantalla solo leyó un par
de líneas conminándola a revisar la documentación sobre aquella partitura manuscrita
del siglo XIX, obra de un compositor apellidado Gruber del que no había oído hablar
en su vida. Iba a subastarse en Londres en vísperas de Navidad. El tono del mensaje
de Kat no transmitía buenos deseos, era una advertencia en toda regla. Su jefa no era
mujer que admitiese una derrota.
Carol pensó en los documentos que obraban en su maletín, pero en ese momento
se encontraba demasiado cansada. Ya que le esperaba un vuelo largo, decidió
revisarlos durante el viaje. Cerró los ojos y chasqueó la lengua con hastío al pensar en
la absurda subasta a la que debía enfrentarse en diciembre. No era más que una
partitura vieja y sin valor material. Un villancico; en pleno siglo XXI ¿a quién le
importaba eso?
Ojeó a su alrededor. La gente iba y venía cargada de bultos y equipajes. Una pareja
pasó ante ella con un montón de bolsas de regalos. Carol imaginó el contenido de esos
paquetes; recuerdos de Nueva York de escaso gusto, perfumes de marca elegidos por
su precio tentador, bufandas de los Nicks… O lo que era lo mismo, enseres
inservibles que acabarían en el fondo de un cajón o subastados en eBay.
Giró el cuello tratando de aliviar la tensión. El molesto dolorcillo de siempre se le
empezaba a extender hacia los hombros. Cerró los ojos con un suspiro, habría dado
cualquier cosa por un masaje. Y al volver a abrirlos, sin querer, clavó la mirada en el
hombre que salía de la sala VIP. Se preguntó por qué los ricos parecían todos iguales,
como si los fabricaran en serie. De un envidiable rubio natural, vestidos con ropa
carísima, pero sin perder ese toque de haberse dejado caer encima cualquier cosa
agarrada del armario sin mirar, y buen color. Todos lucían un ligero bronceado,
incluso en invierno; como si la piel blancuzca o pecosa fuese patrimonio exclusivo de
los pobres.
Y atractivos, muy atractivos; por lo menos este lo era. El tipo avanzó lo suficiente
hasta darle la espalda. Carol lo observó con ojos apreciativos. Seguro que era otro
bobo engreído de clase alta, pero este en concreto tenía un culo de primera.
Cerró los ojos, para no quedarse mirando como una idiota y le vino a la cabeza
otra idea asociada al placer. Su mente tenía curiosos recursos para alejar un
pensamiento tentador, llevándola a otro. De repente le entraron unas ganas
irrefrenables de mordisquear un trozo del mejor remedio conocido para la ansiedad.
Tomó el portadocumentos, se colgó el bolso al hombro y, arrastrando la maleta, se
encaminó hacia la zona comercial. Cargada como iba, le costó bastante esfuerzo
abrirse paso entre la multitud que saciaba su afán de recuerdos antes de subir al avión.
Escogió un puñado de chocolatinas y, entre empujones y disculpas, logró sumarse
a los que guardaban turno ante la caja. A punto de llegarle el turno, apretó los labios,
contrariada. Ya era casualidad. La señora que tenía delante era de las que no conocen
la prisa. Se entretenía sacando las monedas con tal parsimonia que a Carol le entraron
ganas de gritar. Para acabar de arreglarlo, un rubio muy alto que llevaba un oso de
peluche enorme debajo del brazo desplegó sus mejores dotes de seducción ante la
mujer, que no dudó ni un segundo en cederle el turno.
—¿Seguro que no les importa? —dijo por decir algo, puesto que se le veía
decidido a colarse.
El tipo miró a Carol por encima de la cabeza de la mujer, exhibiendo una sonrisa
encantadora con la que le pedía permiso también. Ella abrió la boca para protestar
pero, sin darle tiempo a ello, la señora respondió por las dos.
—Pase, pase, joven. ¡No faltaba más! —lo invitó absolutamente seducida.
A Carol se le ensombreció todavía más el semblante al reconocerlo. Era el mismo
guaperas que había visto salir de la salita de espera reservada a los VIP. Un
sinvergüenza con estilo. Las «personas muy importantes», se dijo en silencio, se creían
exentas de hacer cola entre la chusma. Para colmo, el muy caradura le guiñó un ojo y
silabeo un «gracias» silencioso como si eso lo arreglase todo. Ella se quedó mirándolo
con la cordialidad de un doberman a punto de morder.
Mientras el chico de oro sacaba un billete de la cartera, Carol clavó la vista en el
oso de peluche que parecía observarla fijamente con sus ojillos de vidrio.
—¿Y tú qué miras, idiota? —farfulló por lo bajo.
El hijo mediano del décimo conde de Selkirk, descendiente del antiguo clan MacLeod
de la isla de Lewis, dejó el oso de peluche sobre una butaca cercana al mostrador de
embarque, para hablar por teléfono con comodidad.
—Creo que acabo de conocerla.
Notó la inquietud que esperaba en la voz de la mujer que acababa de escuchar sus
palabras, desde el otro lado del Atlántico. El mismo temor que había percibido días
atrás cuando supo, por casualidad y por boca de esa misma mujer, su antigua niñera,
que la hijastra de esta participaría también en la subasta. Pese a la curiosidad que
aquella desconocida le suscitó, estando en Londres, no coincidieron en ninguna puja
y, por tanto, no tuvo ocasión de conocerla ni siquiera de vista. Pero, casualidades del
destino, la chica de la melena color miel, que acababa de fusilarlo con una mirada
agria en la cola de la tienda, era la misma que aparecía en la foto junto a Anita.
—Es lo que querías, ¿no? —escuchó que le decía, con cierto matiz de reproche y
evidente preocupación.
Él sonrió. A pesar del tiempo transcurrido, la mujer que durante dos años se había
encargado de su crianza lo conocía mejor de lo que él mismo sospechaba. La
capacidad de intuición de su querida nanny era asombrosa.
—Viajamos en el mismo vuelo —añadió, sabiendo que con ello acabaría de
preocuparla.
—Qué coincidencia, al final voy a tener que creer que el mundo es un pañuelo.
—Ya ves que sí. Y muy pequeño, por cierto.
James MacLeod también lo creía. Por suerte para él, porque salió de Londres con
un propósito en mente. Dos, en realidad: volver a casa con el cuadro de Holbein que
debía engrosar la colección Selkirk y conocer a su rival en la próxima subasta.
—James, no le hagas daño.
La advertencia de su antigua niñera lo hizo reír; como suponía, había despertado
su instinto de protección maternal.
—Vamos, nanny, ¿me crees capaz de hacerle daño?
Con mucha cortesía, se despidió de Anita para evitar que esta continuara con sus
cautas advertencias y guardó el móvil en el bolsillo antes de sentarse junto al peluche
gigante y el maletín donde guardaba el ordenador portátil. Acababa de hablar con la
que él consideraba la mujer más bondadosa del mundo, pero el sermón protector de la
que fue su niñera estaba de más. Algo conocía a las mujeres y la hijastra que tanto
pretendía proteger le había parecido dura, mucho menos vulnerable de lo que nanny
daba a entender.
Iba a ser divertido. Jugaría a saber de ella desde su posición aventajada y al final
acabaría diciéndole por boca de quién la conocía sin conocerla. Seguramente se
enfadaría al sentirse engañada, él tampoco reaccionaría bien de encontrarse en su
lugar. Le retiraría el saludo, si es que llegaban a coincidir en futuras subastas. Se
encogió de hombros con una sonrisa conformista. Si la chica malhumorada de los
ojos azules no volvía a dirigirle la palabra, sobreviviría sin problemas.
Carol ya estaba aburrida de ir de una cola a otra. Y no dejaba de pensar en la subasta
de Londres. Solo tenía un par de meses, suficientes para hacerse una idea del límite de
la puja, una cantidad ni dicha ni escrita que ella tenía que intuir de la cifra marcada
por el cliente. Los coleccionistas apuntaban siempre menos dinero del que en realidad
estaban dispuestos a pagar por una obra de arte. Conseguirla a un precio más
ventajoso reportaba buena fama al galerista que ejercía de intermediario. Pero un error
de apreciación, una puja que el cliente considerase como precio excesivo, podría
costarle el puesto.
Mientras recorría el túnel de acceso al avión no dejó de pensar en su posición de
desventaja en la galería. Era ella quien elaboraba los informes técnicos sobre las obras
de arte que pretendían adquirir, con un estudio de su valor actual y su previsible
incremento futuro. Era ella quien tanteaba la expectación de la subasta, las
expectativas de compra; la que investigaba, quien recopilaba información respecto a
otros posibles interesados en la pieza. Era ella quien viajaba de un lado a otro del
Atlántico para pujar en persona, sufría los nervios de las subastas… Pero todo el
mérito lo acaparaba Katherine Whits.
Carol correspondió a la bienvenida de la azafata con una sonrisa escueta y buscó
su número de asiento y, una vez ubicó la maleta de mano en el compartimento de
equipajes, se arrellanó en la butaca de ventanilla y, pensativa, se dedicó a contemplar
el ir y venir de los mecánicos por la pista.
Desde que trabajaba con Katherine, Carol había aprendido mucho. Se consideraba
una experta en el mercado del arte, pero la sensación de estar siempre en la cuerda
floja la tenía extenuada. Un fallo y adiós. Y eso era algo que no se podía permitir.
Llevaba una vida entera sintiéndose de segunda clase y por fin había logrado destacar
ante su familia. A ojos de su padre, su madrastra y de su perfecto hermano menor,
Carol había triunfado en la vida, convirtiéndose en una mujer con una carrera
profesional plena de éxitos.
A veces se preguntaba si no sería más feliz de haber continuado como
conservadora de la National Gallery. Ese fue su primer empleo y le gustaba mucho,
pero era un trabajo anónimo y poco reconocido. Un día sucumbió a la tentación de
cambiar su puesto en un museo tan prestigioso por la adrenalina de los viajes, las
subastas, la guerra silenciosa de las pujas… Una ocupación que le reportaba prestigio
y en la que estaba muy bien considerada, pero que no le dejaba tiempo libre ni para
respirar.
Sonó el teléfono en el interior de su bolso y rebuscó por si se trataba de algún
nuevo encargo de su jefa. Pero no, el mensaje recibido venía de Camila, una de sus
compañeras de estudios. Decía que la echaban de menos y que la llamase en cuanto
encontrase un hueco para poder charlar. Carol se sintió culpable, hacía muchísimo
que solo se comunicaba con sus amigas mediante un grupo de whatsapp. Añoraba
aquellas reuniones de chicas en torno a unas tazas de té y un delicioso plumcake de
los que hacía Camila. Días que pertenecían al pasado, como un tren al que durante
años subió dichosa. Pero en el momento presente el destino la obligaba a instalarse en
otro andén. Con pesar, tuvo que reconocer que, desde que dejó la National Gallery,
disfrutaba de una vida profesional plena de éxitos en la que no había ni tiempo para la
amistad.
Un sentimiento del que Carol desconocía en su verdadera magnitud. Su vida era
dichosa. No podía ni intuir la clase de amistad que solo se forja cuando se está a las
puertas de la muerte; cuando todo se da por perdido y el gesto de tender una mano
amiga al adversario es un acto de locura o de incalculable valor.
2. El valor de la amistad
-Frente de Ypres, Belgica. Nochebuena de 1914-
Habían disparado tres salvas al aire que, según órdenes del comandante,
anunciaban una tregua por Navidad. Pero aún estaban pendientes del triple disparo
de los alemanes.
—¿Otra partida, MacLeod?
Allí era un fusilero nada más. El hijo del conde de Selkirk, allí solo era Henry
MacLeod. Entre la tropa sobraba el tratamiento de lord. En ese momento se
encontraba avistando los confiados movimientos de los soldados en la trinchera
enemiga y negó con la cabeza a la propuesta del otro soldado.
—¿Alguien puede alcanzarme una botella de whisky? —pidió sin dejar de
observar desde lejos a los alemanes.
Otro escocés se acercó botella en mano.
—El mejor remedio para el frío, ¿eh? —le dijo disponiéndose a destaparla.
Henry MacLeod impidió que lo hiciera.
—No la abras.
—Entonces, ¿para qué la quieres?
—Voy a cambiarla por tabaco.
Dicho y hecho. Se encaramó hasta el borde de la trinchera y de un salto se puso
en pie sin pensar que para el enemigo era blanco perfecto.
—¿Qué haces? —le increpó el otro—. ¿Estás loco? MacLeod vuelve, ¡te van a
coser a tiros!
Pero el fusilero real no hizo ningún caso.
Ya avanzaba por tierra de nadie con la botella de whisky en la mano cuando
empezó a temer que aquello de la tregua podía bien tratarse de una trampa. Le
tranquilizó ver a uno de aquellos alemanes que, tan loco o tan valiente como él,
también había abandonado la protección de la trinchera y se encontraba a treinta
escasos metros.
Frenó en seco de puro asombro. ¿Qué demonios estaba haciendo? Aquel soldado
agarraba un cadáver del suelo y cogiéndolo por debajo de los brazos, trataba de
arrastrarlo hacia la trinchera alemana. Mucho debía apreciar al muerto para
jugarse la vida de aquella manera. Henry no lo pensó dos veces y, al ver sus
esfuerzos por poner a salvo el cadáver del compañero caído en la batalla, corrió
hacia él. El soldado alemán alzó el rostro con cara de sorpresa, durante un par de
segundos se miraron el uno al otro. Henry cogió al cadáver por los pies y el otro
asintió, con un gesto rudo de agradecimiento. Entre los dos acercaron el cuerpo de
aquel muchacho hasta dejarlo a unos veinte metros de la alambrada que protegía
las trincheras alemanas. Henry soltó el cadáver con cuidado y se sacudió las
manos; el soldado alemán hizo otro tanto. Con incomodidad y recelo se miraron a
los ojos.
—Mein bester freund —dijo el alemán, señalando con la cabeza al soldado
muerto que yacía en el suelo—. Mein mi amigo.
Henry asintió con la cabeza, comprendiendo sus intenciones. Aquel soldado
había arriesgado su vida con tal de sepultar con dignidad a su mejor amigo y que su
cuerpo no quedara olvidado en aquella tierra, como el despojo de una alimaña.
Carol alzó la vista, la auxiliar de vuelo exhibía una expresión de disculpa mientras le
daba una serie de explicaciones que no acababa de entender. Tras esta, un pasajero
exageradamente obeso aguardaba su billete en la mano y cara de circunstancias. Carol
no tardó en hacerse cargo de la situación. El eterno problema de las personas con
exceso de volumen a las que las compañías aéreas obligan a pagar doble por el uso de
dos asientos. Norma que la mayoría se negaba a aceptar por discriminatoria. Estaba
claro que el hombre que tenía delante era uno de ellos.
—Verá —continuó diciéndole la azafata—, estamos tratando de hallar una
solución.
—Pues yo no pienso moverme —dijo el hombre con mala cara—. Este es mi
asiento y aquí me quedo.
—Yo no tengo inconveniente en cambiarme de butaca —sugirió Carol.
No le apetecía nada que su compañero de viaje la aplastara contra la ventanilla
durante las ocho horas siguientes.
—El problema es que no queda ni una plaza libre en clase turista.
Carol vio avanzar hacia ellos a otra mujer, también miembro de la tripulación. Por
los galones en la chaqueta del uniforme supuso que se trataba de la sobrecargo.
—Si no tiene inconveniente, venga conmigo, por favor —pidió esta dirigiéndose a
Carol.
Optó por levantarse y acompañar a la tripulante, sin entender dónde pensaba
ubicarla. De su expresión dedujo que pretendía evitar explicaciones delante del otro
pasajero.
—Le he conseguido un asiento en primera clase —aclaró cuando el hombre ya no
podía escucharla—. Quedaba una plaza libre.
¡Caray! Carol por poco no se puso a bailar de alegría. Si la rácana de su jefa, que
no le permitía volar más que en clase turista a cargo de la galería, pudiera verla en ese
momento, seguro que se pondría verde de envidia.
—Pues no sé qué decir —balbució encantada—. En fin, se lo agradezco
muchísimo.
—Es lo mínimo que podemos hacer —dijo la sobrecargo corriendo con una mano
las cortinillas que separaban la Business Class—. Y le ruego que acepte las disculpas
en nombre de la compañía por las molestias que se le han ocasionado.
Le indicó con la mano la fila de dos butacas que quedaba a su izquierda…
Y Carol se quedó sin habla. La plaza de ventanilla la ocupaba un rubio irresistible
con el que la suerte parecía reunirla cada diez minutos. El asiento individual de uso
doble que el rubio ocupaba, carecía de murete de separación. Parecía más el sofá de
un apartamento, e idéntico de cómodo. La parte derecha, que se suponía que era para
ella, la ocupaba otro viejo conocido: el enorme oso de peluche.
Con una sonrisa, él la invitó a acomodarse a su lado al tiempo que levantaba el
animalito y se lo entregaba a la sobrecargo.
—Será un placer, no me importa compartir la plaza —le dijo—. Mi compañero de
viaje no era de mucha conversación.
Qué gracioso. Carol se sentó a su lado sin responder a la broma, pese a lo
encantador que sonaba su acento. Le recordaba a Escocia y a unos años que evocaba
siempre con añoranza. De sus cinco años en la tierra de los ríos brillantes atesoraba
infinidad de recuerdos felices. Y alguno malo también, en el que no quiso pensar.
Viendo que la sobrecargo se despedía, Carol se dirigió a ella antes de que
marchara a cumplir con sus tareas previas al despegue.
—Pero, he dejado allí atrás mi equipaje de mano.
—Descuide, nosotros nos encargamos de trasladarlo —la tranquilizó antes cerrar
las cortinas.
En cuanto se quedaron solos, Carol bajó la mesilla plegable, colocó sobre esta el
portafolios y se apresuró a revisar los mensajes telefónicos antes de que diesen orden
de apagar los dispositivos electrónicos. Mientras tanto, de reojo observó que su
compañero de asiento hacía lo mismo que ella con toda su atención puesta en uno de
esos extraplanos ordenadores portátiles Apple.
Al otro lado del avión, un matrimonio compartía también una butaca doble,
idéntica a la que ocupaban ellos. Las tres últimas filas, por detrás de las butacas
ergonómicas individuales con pantalla de televisión privada, eran del tipo familiar. Ya
le extrañó que la compañía le regalara una plaza de esa clase; llegó a la conclusión de
que debía agradecer el detalle a su atractivo acompañante por compartir con ella su
comodísima y amplia plaza. Tras el consabido ritual a base de gestos mediante el que
los auxiliares de vuelo instruyeron al pasaje sobre las medidas de emergencia que
imponen las normas de la aviación civil, tanto él como ella obedecieron a los
altavoces; desconectaron sus aparatos electrónicos y se abrocharon los cinturones.
Carol cerró los ojos y se agarró con fuerza al apoyabrazos derecho y la mano
izquierda al cojín de cuero del asiento. No tenía miedo a volar, pero la invadía una
inevitable desazón durante el despegue y el aterrizaje.
El avión hizo la maniobra y comenzó a acelerar por la pista. Carol dio un respingo
al notar una mano sobre la suya; aún así, no despegó los párpados. El contacto de su
compañero de asiento era tranquilizador. A ciegas y por instinto, se aferró con fuerza a
esa mano cálida que infundía seguridad y la apretó durante largo rato.
—Gracias —dijo soltándole la mano, bastante cohibida. Y, por primera vez, su
sonrisa fue sincera.
La señal luminosa dio permiso para desabrochar los cinturones de seguridad.
—¿Ya has hecho las paces? —preguntó él, soltando la hebilla metálica del suyo.
Carol lo miró sin entender. Aunque no se conocían de nada, asumió el tuteo como
algo natural ya que eran de edad similar.
—Hasta ahora parecías enfadada con el mundo —añadió.
—A veces creo que es el mundo el que está peleado conmigo —dijo ella con tono
de disculpa—. Lamento ser una molestia. Esta plaza es una maravilla cuando la ocupa
una sola persona pero compartirla durante un vuelo tan largo…
—No eres una molestia —zanjó—. Una compañera agradable de viaje nunca lo es.
Él fue consciente de su mirada escéptica, pero no añadió nada más. Se limitó a
observarla mientras ella extraía unos documentos de su portafolios y comenzaba a
ojearlos.
—Interesante —comentó, escudriñando con todo descaro el cuadernillo que
sostenía abierto—. Un informe exhaustivo. Por lo que veo, han investigado hasta el
mínimo detalle. ¿Lo has elaborado tú?
—Sí.
—Eres buena.
—¿Tú también te mueves en el mercado del arte? —preguntó, con sorpresa. Él
asintió—. Entonces, estuviste en la subasta de Sotheby’s. Me extraña no haberte visto
—comentó suspicaz.
—Pujé por el Holbein y me marché.
Carol se arrepintió de haber dudado. En un primer momento pensó que jugaba
con ella, porque se traía entre manos algún truco de seducción. Pero estaba claro que
no mentía.
—Ah, por eso no coincidimos. Yo llegué después, al segundo lote —él no dijo
nada—. ¿Te hiciste con el cuadro?
—Aye.
A Carol no le sorprendió que respondiera en scots, el dialecto escocés de las
tierras de la frontera. Ese «sí» la hizo sonreír por los buenos recuerdos que le traía.
Pero sí le despertó su curiosidad que lo afirmara con la confianza impasible de quien
no está acostumbrado a perder.
—¿Para quién trabajas?
—Para mí. —Al ver la cara de Carol, imaginó que lo tenía por un
«acumulacuadros» podrido de millones y rectificó—. Para mi padre. Para mi familia,
en realidad.
«Para su familia», se repitió ella. Lo que había imaginado, coleccionistas de arte.
Gente de dinero. Se centró de nuevo en el dossier que tenía en las manos. Esa subasta
la preocupaba. En apariencia, se trataba de un negocio sencillo. No era más que una
partitura de dudosa autenticidad y escaso valor monetario. Un papelote que, en otra
situación, habría conseguido sin problemas, contentando con ello al museo austriaco
que había encargado su adquisición. Pero existía una complicación imprevista con la
que tendría que lidiar: Carol sabía de buena mano que existía otro coleccionista
especialmente interesado en la partitura de Gruber.
—Problemas, problemas, problemas… —murmuró hablando sola.
Cerró la carpetilla y apoyó la cabeza en el respaldo. De reojo comprobó que su
compañero de viaje no dejaba de observarla.
—Parece pan comido pero… —le explicó sin que él se lo pidiera, pero se trataba
de un colega y le apetecía comentarlo con alguien capaz de entender su preocupación
—. En resumen, que tengo que conseguir esto —dijo tocando con los dedos la carpeta
—, sea como sea, para un museo de Salzburgo. Pero existe otra persona interesada en
la partitura. No entiendo por qué, ya que se trata de un coleccionista de arte y esto no
vale nada.
—A lo mejor esa partitura posee un valor sentimental que tú desconoces.
—Trabajas en lo mismo que yo —alegó, escéptica—. Sabes bien que en este
mundillo no hay lugar para los sentimientos.
—No voy a discutir sobre ello, pero estás en un error.
Ella arqueó las cejas y se apresuró a rebatir su opinión.
—Lo que tú llamas sentimientos se llama capricho —sentenció—. Seguro que se
trata de un rico extravagante. Un tal lord macnosequé al que se le ha antojado esa
reliquia, quién sabe si para revendérsela al museo. Es igual, no sé por qué te lo cuento
—concluyó con un suspiro—. Por cierto, me llamo Carol.
—James. Aunque todos me llaman Mac.
Una azafata se acercó con una bandeja para ofrecerles chocolates.
—¿Un bombón? —dijo sonriéndole a Carol, que tomó dos—. ¿Lord MacLeod? —
le ofreció a él.
Carol dio un respingo al escuchar el nombre. El coleccionista del informe se
llamaba…
—Ahora ya sabes quién soy —comentó, al tiempo que metía la mano en la cestita
de los bombones.
3. Un lord escocés
Tras el desconcierto mayúsculo de saber al lado de quién iba sentada, Carol asumió
que el hecho de coincidir en el vuelo con su rival en la subasta se debía a un capricho
del azar. Eran muchas las horas que les quedaban codo con codo y, por descontado,
no estaba dispuesta a renunciar a viajar en primera, donde se estaba de lujo. Ni a la
magnífica atención de las azafatas, ni a los caprichitos con los que la obsequiaban. El
último, un completo y exclusivo neceser de aseo repleto de miniaturas de cosmética,
jabones y perfumes de las mejores marcas.
Se fingía dormida para no tener que hablar con el rubio aristócrata. «Todo un
lord», recordó. Abrió apenas un párpado y por una rendijita lo vio muy entretenido
con su portátil. Se acomodó mejor e hizo un repaso mental. Aunque faltaba más de un
mes, no le quedaba ningún regalo por comprar para la mañana de Navidad. Siempre
había sido muy previsora, hacía ya días que los tenía todos empaquetados. Siguiente
punto de su repaso mental: comidas navideñas. Adoraba a su familia pero resultaba
curioso que, cuando la casa familiar se hallaba repleta de gente y bullicio, era cuando
más sola se sentía.
—Disculpen. En el menú del almuerzo —interrumpió una azafata; Carol abrió los
ojos— serviremos salmón marinado o medallón de buey.
—Para mí la carne —escogió Mac.
—También para mí, gracias.
La azafata se despidió con una sonrisa de cortesía.
—¿En qué piensas? —preguntó Mac.
—En todo y en nada.
—¿Estás preocupada por la subasta o porque te toca aguantarme todo el vuelo?
—¿Qué te hace pensar que estoy preocupada? —contradijo con aparente
desinterés.
Él se ladeo para verla mejor, apoyó un codo en la mesilla y con el dedo índice
trazó un leve roce entre sus cejas.
—Esta línea de aquí me lo dice.
A Carol le hizo gracia que se atreviese a tocarla con un descaro tan seductor. Mac
le acarició entonces la sien derecha con la yema del dedo.
—Ahora sí. Estas arruguitas que se te forman al sonreír me gustan mucho más.
Carol lo miró a los ojos durante un instante.
—Soy muy tenaz, más vale que lo sepas —advirtió. No hacía falta añadir que
hablaba de la subasta.
—Yo también.
Carol apartó la vista cuando se dio cuenta que se había quedado ensimismada
observando sus labios, ese hombre tenía una boca que era pura tentación. De las que
dan ganas de empezar a besar y no parar.
—Anda, acércate a mirar por la ventanilla —decidió él de pronto; ella alzó las
cejas—. Venga.
Aceptó la invitación inclinándose mucho para observar mejor.
—¿Qué te parece?
—Nubes.
—No veremos otra cosa hasta que lleguemos a casa —dijo, refiriéndose a Gran
Bretaña—. Es lo que tiene sobrevolar el Atlántico.
Ella asintió, contemplando la mullida y algodonosa capa sobre la que parecían
flotar.—
Son preciosas —reconoció.
—¿A que sí?
Carol pudo sentir la calidez de su aliento en la mejilla. Giró el rostro. Su nariz casi
chocó con la de él y al hacerlo rozó su mejilla áspera. Qué atractiva resultaba esa
barbita clara de aventurero, descuidada lo justo para darle un toque canalla. Era el
marco perfecto para su sonrisa. También tenía unos ojos azules grisáceos muy
bonitos. «No tienes la culpa de ser tan guapo», se dijo en silencio al notar un
cosquilleo en la boca del estómago.
Mejor alejar ese tipo de pensamientos. Volvió a acomodarse en su butaca para
poner distancia.
—Explícame por qué te llaman Mac.
Él se removió incómodo y la miró de soslayo.
—Lo prefiero —farfulló—. James me lo pusieron en honor a un tal Bond al
servicio de su majestad. Mi madre lo adora.
—Debe ser una condesa muy divertida.
—Mucho. Toda ella humor británico.
—No me digas más —dijo riendo por lo bajo al ver que hacía una mueca
vergonzosa—. Seguro que por tu mayoría de edad te regaló un Aston Martin
deportivo.
De sobra sabía que ese era el coche de Bond, James Bond. Mac la miró con
expresión impenetrable.
—Por supuesto.
Esa vez rieron los dos.
No debió agarrarla de la mano, se reprochaba Mac. Eso le decía su conciencia, o su
sexto sentido, cualquiera sabía. Fue un error implicar algo más que le cerebro en aquel
juego.
La azafata les ofreció café y ambos lo saborearon en silencio. Ella lo hizo absorta
en estudiar la documentación del portafolios; concentración que él agradeció y que,
por otra parte, le dio tiempo para reflexionar.
Tan solo pretendía conocerla, ayudado del recurso fácil de mostrarse encantador,
que poco esfuerzo le suponía. James MacLeod era un hombre curtido en situaciones
como aquella y le bastaba un poco de mano izquierda y una sonrisa para vencer las
reservas de cualquier mujer. Cuando su antigua niñera le habló de su hijastra y supo
cuál era su profesión, despertó su curiosidad. Anita hablaba de ella con enorme cariño
y, quizá por el afecto desmedido que sentía por la que consideraba su hija, él pudo
adivinar cierto pesar que entonces achacó a un afecto no correspondido, o al menos
no en la medida del que entregaba una mujer que era todo corazón. Fue precisamente
ese matiz el que despertó su curiosidad por conocer a Carol. Curiosidad que se
convirtió en necesidad cuando se enteró de que la galería, para la que ella trabajaba
iba a participar en la puja de la partitura Gruber.
Convencerla de lo importante que era para la familia MacLeod aquel documento,
eso era cuanto pretendía. Y si ella tenía corazón, lo entendería de inmediato. Seducirla
no entraba en sus planes. Su noviazgo desastroso con Tina Aldridge lo había
convertido en un descreído. Pero, a pesar de su falta de interés en emparejarse de
nuevo, no era el tipo de canalla capaz de usar la seducción, en el sentido estrictamente
sexual, con tal de ganar una pieza en una subasta. No había caído nunca tan bajo ni
tenía intención de hacerlo. Fue absolutamente sincero cuando aseguró a su nanny que
no iba a hacerle daño, sería incapaz de romperle el corazón. Él ya había probado esa
medicina de manos de Tina y, aunque muy diluido, aún recordaba su amargo sabor.
Quizá un par de sonrisas, un poco de encanto, una argumentación convincente, un
relato de los hechos del pasado que tocaran el corazón de su rival en la puja… Pero
no más.
No, no debió coger la mano de Carol. Su instinto protector le había jugado una
mala pasada. Se sirvió de sus contactos con la compañía aérea, removió cielo y tierra
para que asignaran los asientos de turista de modo que acabara sentada al lado del
viajero con sobrepeso, y que después la acomodaran a su lado. Pero su vulnerabilidad
durante el despegue lo desarmó.
La miró de reojo y luego clavó la vista en su taza de café con la sensación de ser
un tramposo a punto de caer en su propio enredo.
—¿El osito es para tus hijos? —indagó Carol.
Mac incorporó la cabeza para verle la cara y notó que ella le observaba la mano, al
parecer en busca de esa marca indeleble que deja un anillo. Curvó la boca imaginando
que lo tenía por uno de esos sinvergüenzas trasnochados que se quitan la alianza para
acechar a su presa cuando están fuera de casa.
—No tengo hijos —reveló alzando la mano abierta—. Este dedo solo ha conocido
un anillo con una calavera y eso fue en mis años difíciles.
Carol se echó a reír de pura incredulidad.
—Te miro y no soy capaz de imaginarte de heavy metal —confesó, haciendo
esfuerzos por ponerse seria—. ¿Y queda algo de esa época rebelde?
—Un tatuaje.
—Me muero por saber más.
Mac entornó los ojos y la regañó medio en broma.
—No seas tan curiosa.
—¿Me estás reprendiendo, milord?
—Vuelve a llamarme así y sabrás lo que es que una reprimenda —avisó, sin
añadir ni una palabra sobre el tatuaje.
Aquella evasiva solo consiguió aumentar sus ganas de saber y Carol empezó a
elucubrar. ¿Ocultaría debajo de la camisa hecha a medida un ángel del infierno
tatuado en la espalda? A lo mejor llevaba el símbolo de Guns and Roses rotulado en
un brazo. O quizá —¡horror!— un ancla y un corazón…
Ante la mirada de advertencia de Mac, decidió dejarlo tranquilo y no insistir.
Tampoco era tan importante el asunto.
—La verdad es que en tu caso lo de los hijos no sería nada raro, por la obligación
de legar el título.
—No es una obligación, que no estamos en la Edad Media. En cualquier caso, eso
corresponde a mi hermano mayor y ya se ha encargado de ello con muchísimo
entusiasmo. Es padre de cuatro cachorrillos salvajes. —Ella lo escuchaba con
expresión divertida—. No sé si sabes que en el campo los niños crecen medio
asilvestrados.
A Carol le trajo muchos recuerdos escuchar aquello. Durante sus años
universitarios en Saint Andrews, oyó miles de veces a la gente de Escocia, tierra de
ganadería y pastos, hablar de sí mismos como campesinos y granjeros. Los escoceses
estaban orgullosos de sentirse gente de campo.
—Viéndote a ti, cuesta de creer —alegó, echando una ojeada a sus cuidadas uñas.
—Llegado el momento, nos envían a un internado y de allí salimos bastante
domesticados.
—¿Estudiaste arte en Saint Andrews o la universidad de Edimburgo? —supuso
Carol; la primera era la más antigua de Escocia y la otra se encontraba entre las cinco
más prestigiosas del país.
—Saint Andrews.
—Yo también.
—No tienes acento escocés.
—Ya has notado que no soy escocesa —lo reprendió, para que no se hiciera el
tonto—. Soy una chica de Londres que entonces vivía en el condado de Buckingham.
—¿Y por qué escogiste una universidad tan lejos de casa?
—Precisamente por eso. Mi padre es catedrático de Historia del Arte en Oxford —
declaró—. El doctor William Coleman.
Mac no se fingió sorprendido; hacerlo habría supuesto mentir, porque ya sabía por
boca de Anita Coleman a qué hombre debía su apellido.
—Si yo fuese hijo de una eminencia como tu padre, también me habría largado a
estudiar bien lejos —se limitó a comentar.
—Por esa razón decidí marcharme a estudiar a Escocia.
—¿Y cómo es que no me fijé en ti en Saint Andrews? —dijo acercando su cara un
poco más a la de Carol.
—¿Porque eres más viejo?
Mac arrugó el entrecejo algo picado.
—¿Promoción? —inquirió.
—Dos mil diez.
—Seis años de diferencia —calculó mirándola fijamente.
—Con tantas chicas por el campus, ¿te habrías fijado precisamente en mí?
—No te quepa duda —afirmó colocándole la melenita detrás de la oreja.
Carol le atrapó la mano y se la apartó, con un gesto delicado pero firme, y se
repantigó cómodamente en el asiento estirando las piernas.
—Qué delicia —ronroneó.
—¿Por qué crees que viajo en primera clase?
—Pues yo nunca lo había probado y ahora entiendo la diferencia —aseguró
mirándolo desde la cabeza a los pies.
No era ni de lejos tan alta como él pero, si a ella le resultaba incómodo, no quiso
ni imaginar a Mac medio plegado en clase turista durante un vuelo intercontinental.
—He tenido muchísima suerte con el cambio de plaza —aseveró muy satisfecha.
—Imagino que esa suerte me incluye a mí y a mi agradabilísima compañía.
—¡Qué dices! —contradijo estirándose como un gatito—. Me refería a esta
maravilla de butacón.
—Me acabas de destrozar el corazón.
Carol giró el rostro y lo miró directamente a los ojos.
—Y más que te lo voy a destrozar —adujo con una vocecita tan encantadora como
peligrosa—. Recuerda que somos rivales.
Mac se quedó observándola durante un largo minuto. No sin esfuerzo, Carol le
sostuvo la mirada.
—¿Por qué te interesa tanto conseguir esa pieza? —tanteó Mac.
Ella dudó un breve lapso de tiempo, durante el que reflexionó sobre lo fácil que
resulta confesar secretos a alguien a quien no se conoce de nada. Ella era introvertida,
poco dada a abrir su alma a las personas de su entorno. En cambio, sincerarse ante
Mac, a quien acababa de conocer, no le provocaba inquietud. Quizá porque no era
una persona allegada y, por tanto, le daba igual lo que puediera pensar.
—¿Alguna vez has sentido que tienes que luchar cada segundo de tu vida para
demostrar lo que vales? —inquirió pensativa. Fijó la vista en el techo antes de
explicase mejor—. Mi madre se marchó de casa cuando yo tenía seis meses y mi padre
se volvió a casar con una mujer encantadora, que no deja de ser mi madrastra. Luego
llegó mi hermano. De pequeño fue un niño gracioso y muy hablador, atraía la
atención de todo el mundo como un imán. Luego creció y se convirtió en el más listo
de la familia. Es neurólogo, está felizmente casado, tiene un bebé precioso al que
adoro… En resumen, que siempre me he sentido un poco hija de segunda.
—Dímelo a mí, que soy el de en medio —dijo solidarizándose con ella.
—¿Tú también tienes un hermano pequeño?
—Hermana. Alice, es fotógrafa. Trabaja para National Geographic y vive en
Australia. Mi hermano Stephen, el mayor de los tres, administra junto a mi padre las
tierras y el patrimonio de la familia. Y yo me encargo de la colección de arte.
—Tú y yo tenemos la gran suerte de trabajar en lo que más nos gusta —dijo Carol.
Se alegraba de compartir con él esa pasión por el arte.
—Estoy de acuerdo. También me considero afortunado.
—Pero existe una diferencia —matizó ella—. Yo solo destaco en mi vida
profesional, es mi único logro en la vida. Por eso me esfuerzo en alcanzar cada meta y
esa partitura es una de ellas.
Mac tomó aire, como si dudase en añadir algo importante o dar por zanjada la
conversación.
—¿Me dejas que te cuente una historia? —sugirió por fin.
4. Déjame que te cuente
—¿Qué sabes de la I Guerra Mundial? —tanteó Mac.
—Pues como todo el mundo, supongo —dijo ella—. Del catorce al dieciocho, que
nosotros estábamos en el bando de los buenos y poco más.
—Bandos… —repitió con escepticismo—. ¿Has oído hablar de la Tregua de
Navidad?
—Pues no.
—La víspera del día de Navidad de 1914, en el frente de Bélgica, los soldados
empezaron a decorar sus trincheras.
—No entiendo cómo tenían ganas.
—En los peores momentos, imagino que la nostalgia puede llegar a ser
insoportable. Piensa cuánto debían echar de menos a sus familias —adujo; el
comentario despertó el interés de Carol—. Por la noche, los alemanes empezaron a
cantar el villancico Stille Nacht.
—Esa es la música que hay escrita en al partitura Gruber —asoció Carol.
—Sí, Noche de Paz; en alemán, obviamente. Cuando nuestros soldados
reconocieron la melodía —prosiguió—, respondieron cantándolo en inglés. El
intercambio de saludos y felicitaciones navideñas continuó durante un buen rato entre
los nuestros y el enemigo. El ambiente se relajó y empezaron a hacer incursiones en
tierra de nadie para intercambiar whisky por cigarrillos. Esa noche la artillería de
ambos bandos permaneció en suspenso.
—Stille Nacht… —pronunció Carol, pensativa.
—Increíbles palabras en tiempo de guerra, ¿verdad? —convino Mac—. Pues
escucha, porque hubo mucho más.
El soldado alemán y Henry aún permanecían plantados el uno frente al otro, con el
cadáver a los pies, mientras se frotaban las manos a pesar de llevarlas
enguantadas. No le importó que aquel soldado lo mirara de arriba abajo
deteniendo la vista en sus rodillas desnudas. Estaba acostumbrado. Era un kiltie, y
los soldados con falda escocesa siempre despertaban curiosidad a causa de su
uniforme.
Fue él quien se decidió a romper el hielo, a fin de cuentas se había metido en las
narices del enemigo con un motivo concreto.
—Me llamo MacLeod —se presentó a sí mismo tendiéndole la mano al otro—.
Henry.
Por costumbre, se ahorró el lord que precedía a su nombre. El alemán le
estrechó la mano con un apretón de agradecimiento.
—Kirchner, Manfred —anunció.
Cuatro o cinco soldados alemanes se acercaban a ellos con cautela, sus
semblantes recelosos permitían adivinar que no entendían aquel saludo cordial
entre dos hombres que un día antes disparaban entre sí con intención de matarse.
Como era de esperar, todos clavaban la vista en su kilt verde militar. Henry se abrió
la guerrera, sacó la botella de whisky y la alzó para que la vieran. El gesto tuvo su
recompensa, porque los alemanes se aproximaron con el semblante contento.
—¿Tabaco? ¿Cigarrillos? —preguntó alzando la voz y dándoles a entender
moviendo las manos que pretendía hacer un trueque.
Uno de ello lo entendió a la primera porque dio la vuelta. Instantes después
regresaba a la carrera con una lata de tabaco y varios librillos de papel de liar.
Se oyeron disparos y todos se agacharon cuerpo a tierra, paralizados por el
miedo.
Y no hubo más…
Eran tres salvas que anunciaban la tregua en el bando alemán. Uno tras otro se
fueron incorporando con cara de alivio. Henry se despidió con la mano y regresó
corriendo al lado británico.
—Estás loco MacLeod. Podrían haberte matado —fue lo primero que escuchó
cuando cruzó la maraña de alambre de espino.
—Se ha declarado una tregua. Nadie va a morir esta noche —dijo lanzándoles el
tabaco y el papel antes de bajar a la trinchera; dos compañeros se apresuraron a
atrapar al vuelo sus inesperados regalos—. No tengo ni idea de dónde lo habrán
sacado esos krautzs pero me han cambiado el whisky por una lata del mejor tabaco
Sullivans’s de Manchester. Más vale que me deis las gracias.
Al día siguiente, entre la tropa británica no se hablaba de otra cosa. Corría de boca
en boca un rumor: el comandante en jefe se había adentrado hasta la línea enemiga
y allí fue recibido por su homónimo alemán; ambos se estrecharon la mano como
caballeros y empeñaron su palabra de respetar la tregua. Todo el mundo daba
gracias por que, tanto uno como el otro bando, estuvieran bajo las órdenes de dos
hombres de honor.
El trago más amargo, pero a la vez de consuelo, lo supusieron las ceremonias
que se celebraron a los dos lados de la línea para enterrar a los compañeros caídos
los días anteriores. Incluso hubo un acto conjunto, auspiciado por los oficiales al
mando de ambos destacamentos. Henry MacLeod fue el encargado de leer en inglés
el salmo escogido; otro soldado lo recitó en alemán. Tras la oración, el ambiente se
distendió y unos y otros hicieron intercambios de latas de carne en conserva por
licor o de té por papel de fumar.
Pero ya era media mañana del día de Navidad y lucía un sol radiante que
convertía el frío invernal en un castigo mucho más soportable.
—Yo no sé con qué fabrica esa gente este jodido schnapps, pero calienta que da
gusto. ¡Me sobran hasta los guantes! —comentaba un soldado a otro sirviéndose un
segundo trago de la botella de aguardiente alemán que habían intercambiado por
cuatro paquetes de azúcar.
—Hey, venid a ver esto porque no os lo vais a creer —llamó un soldado que
apostado en el puesto de vigilancia de la trinchera—. Esos tíos tienen una pelota.
No paran de hacer gestos. ¿Será posible? ¡Me parece que quieren jugar al fútbol!
El anuncio fue recibido como un desafío. Todo el mundo trepó por las
escalerillas. Ingleses, galeses y escoceses saltaron las trincheras y avanzaron a la
carrera, como hordas enloquecidas, ansiosos por plantarles cara a aquellos krautzs
de los cascos de pincho. Quizá los alemanes ganaran aquella guerra, ¡pero nadie
vencía al fútbol a los hijos de la Gran Bretaña!
—Mira, yo me rindo. Me-rin-do —trataba de explicar un cabo alemán que
ejercía de árbitro en aquella chaladura de partido.
A pesar de que no entendía ni una palabra de su idioma, el suboficial del bando
británico que se ofreció a arbitrar junto con él, le dio la razón sacudiendo la
cabeza. Aquello era imposible de controlar ya que en ese momento podían contarse
alrededor de cincuenta hombres en el campo persiguiendo una misma pelota. Y en
cada portería improvisada por lo menos había tres porteros.
Los británicos que animaban a los suyos no paraban de guasearse mirando los
cascos prusianos rematados con una punta de lanza en las cabezas de los oficiales
del otro bando que a cierta distancia contemplaban el partido. Por su parte, los
alemanes se revolcaban de risa al constatar con sus propios ojos que aquellos
fusileros escoceses no llevaban calzoncillos debajo de la falda.
MacLeod abandonó el juego y, en la banda, se inclinó con las manos apoyadas
en los muslos para recuperar el resuello. Se incorporó al ver que se acercaba otro
soldado; era un alemán tan agotado como él. Henry MacLeod lo reconoció al
instante. Era aquel al que ayudó a transportar el cadáver de su mejor amigo.
Manfred, recordó; así dijo que se llamaba.
—Hey —lo saludó.
—Guten tag —correspondió este, recobrando el ritmo de la respiración.
A Henry le sorprendió que se colocase tan cerca de él. No tardó en averiguar el
motivo. Con disimulo y sin dejar de mirar al campo de juego, Manfred le entregó un
sobre y prácticamente lo obligó a guardárselo. Henry lo interrogó con una mirada,
pero sus sospechas de que aquello fuese algún tipo de maniobra de espionaje o
traición desaparecieron al comprobar que los ojos de aquel soldado alemán solo
reflejaban honestidad.
Con cuidado de no llamar la atención, Henry leyó el destino del sobre. Era un
nombre de mujer.
—¿Tu esposa?
El otro se encogió de hombros sin entender. Henry se tocó el dedo anular
tratando de explicarse con gestos. Manfred entendió a qué se refería.
—Nein, nicht… —negó con las manos con energía para simular que comentaban
el partido de fútbol—. Meine Freundin. Nov ¿Novia?
—Esta carta es para tu novia —tradujo Henry—. Y quieres que la envíe yo —se
explicó ayudándose con gestos.
El soldado alemán asintió con ojos implorantes.
—Bitte, ¡bitte!
Henry eso sí lo entendía. Le estaba suplicando que lo hiciera. Lo tranquilizó con
un leve asentimiento y se guardó la carta entre el cuerpo y la camiseta.
Solo entonces, cuando vio que Henry tenía a buen recaudo aquel sobre, Manfred
regresó al campo de juego.
Un rato después el partido acabó con un empate, ya que fue imposible discernir
quién había metido más goles, y los soldados de cada bando retornaron a sus
respectivas trincheras.
Tras el almuerzo de rancho, que no fue nada especial, Henry meditó sobre la
carta que ocultaba bajo el uniforme. Tal vez se tratase de una trampa, y aunque no
lo fuera podía verse envuelto en un buen lío si lo pillaban con ella encima. No
dudaba de la buena fe de aquel muchacho, aunque se tratase de un enemigo. Sus
motivos tendría para no querer enviar aquella carta a través de la valija de correo
alemana. Quizá los krautz confiscaban la correspondencia de sus tropas.
O tal vez la carta contenía demasiadas verdades, esas de las que nadie hablaba
y que cualquier soldado tenía en la mente. A él, como a tantos jóvenes, los habían
convencido a fuerza de removerles el espíritu patriótico, metiéndoles en la cabeza
que los alemanes eran peores que Satán. Pero los que él había conocido durante ese
par de días eran hombres a los que habían enviado a matar y a morir en un páramo
de Bélgica, a una guerra planeada por políticos y generales que decidían el destino
de otros desde los despachos.
Los soldados alemanes no eran ni más ni menos que ellos, demasiado jóvenes
para que les cercenaran el futuro enviándolos a aquel infierno. Tal vez todas esas
cosas eran las que le confesaba a su novia el tal Manfred en unas pocas líneas que
en malas manos podrían considerarse una prueba de cobardía o de traición. Y
Henry no lo culpó, porque de tener una novia esperándole en Selkirk, él habría
escrito exactamente lo mismo.
El día de Navidad llegó a su fin y durante la noche de San Esteban se
escucharon seis salvas, tres en cada lado del frente. De nuevo estaban en guerra.
Transcurrieron varios meses y, ya estaban a las puertas del verano cuando, tras una
de las ofensivas, los británicos hicieron prisioneros

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