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Libro PDF Sicarium – Jordan Dorado

Sicarium – Jordan Dorado

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Para Sofía, para que nunca dejes de
amar esas pequeñas cositas negras
llamas letras.

La oscuridad no es sino la ausencia
de luz.
Albert Einstein

SICARIUM I
El origen del mal

08:00
En las bautizadas como Plazas de
Mercado de Bogotá se entremezcla
la savia gastronómica, cultural,
folklórica y religiosa más profunda de la
sociedad colombiana. A esos coloridos
enjambres humanos acuden cada mañana
miles de campesinos con la esperanza
de vender sus frutas, verduras, carnes,
hierbas o artesanías. Pero aquel día, el
operativo formado por más de cuarenta
policías nacionales colombianos,
comandados por el capitán Mendes, no
buscaba a ninguno de esos campesinos.
Ni siquiera buscaba a uno de sus
compatriotas.
En base a una orden internacional de
búsqueda y captura emitida por la
Audiencia Nacional del Reino de
España, él y su sus hombres
colaboraban en una investigación de la
policía española siguiendo la pista de
uno de los delincuentes más enigmáticos
de los que jamás se ha tenido noticia. Un
hombre tan celoso de su seguridad, que
ni siquiera su ficha como uno de los
delincuentes más buscados por Interpol
contenía una mísera fotografía.
—¿Cree en todo lo que se le acusa?
—preguntó Mendes a su colega español,
el inspector Álvaro Tondo, mientras se
dirigían en un robusto todoterreno
blindado de color blanco a la Plaza de
Mercado 12 de Octubre, en los
arrabales más populares de Bogotá.
—¿A qué se refiere, capitán? —le
contestó el español con la mirada
perdida en la carretera.
—Quiero decir que un hombre que
supuestamente ha cometido más de
quinientos asesinatos… no debería haber
permanecido tanto tiempo en libertad.
¡Por la mismísima Virgen de la Peña!
No es que no haya sido condenado
nunca, es que no ha sido detenido ni una
sola vez en más de treinta años de
carrera criminal.
A Álvaro no le gustó que insinuara
que la policía española no hubiese sido
capaz de dar con él en todo ese
tiempo.
—Eso no es del todo cierto. Hemos
estado muy cerca de cogerlo. Yo mismo,
varias veces. Pero las
operaciones policiales no siempre salen
como uno planea. Además, muchos de
esos crímenes a los que se refiere
pudieron haber sido cometidos en otros
países, en el suyo, por ejemplo. Pero
hemos sido nosotros los que ponemos
más interés en atraparle.
—¿Por eso cree que el Fantasma ha
vuelto a Colombia?
—Digamos que nuestras
investigaciones nos dan una posibilidad
razonable de que asome la cabeza
hoy.
—¿Confidentes? —insinuó con
perspicacia.
—Llevo años persiguiéndolo. No
querrá que le explique en diez minutos
cómo hemos llegado hasta aquí.
El todoterreno se frenó, tal vez por
casualidad. Y el mando policial
colombiano continuó sus argumentos,
mucho más circunspecto. Los surcos de
su cara parecían los pliegues de una
alfombra, como si llevase toda su vida
enfadado.
—Mis hombres se van a jugar la
vida hoy por vos. Buenos hombres, con
familias y niños que dependen de su
salario para poner un plato de sopa en la
mesa. No estaría de más un poco de
deferencia por su parte. Llámelo si
quiere… cortesía profesional.
Álvaro no quiso que escalase la
tensión entre ellos, al fin y al cabo, la
policía colombiana era un mal necesario
del que precisaba para detener a su
objetivo. Le habían advertido varias
veces que vigilase cualquier exceso de
información que pudiese brindar
bienintencionadamente a sus homólogos
americanos. La corrupción era el cáncer
crónico de la institución, como en todos
los demás aspectos de la vida en
Sudamérica, y cualquier filtración
infame podría dar al traste con años de
trabajo.
Bajo sus gafas de sol, en parte
cubierta por el ubicuo polvo bogotano,
Álvaro observó por el retrovisor al
policía uniformado que viajaba en el
asiento trasero del todoterreno. No
debería superar los diecinueve años,
pero bajo su casco de intervención azul
se adivinaba la mirada fría del soldado
valiente que sabe que se dirige al frente,
donde la muerte siempre tiene cita, y
suspiró porque la operación acabase sin
incidentes. Decidió dar una muestra de
confianza a Mendes.
—No ha sido tarea fácil dar con él…
Nada fácil. Muchas veces nos hemos
preguntado ¿cómo capturar a un hombre
así? No tiene teléfono propio, nunca
utiliza Internet, no tiene carnet de
conducir legal; ni casas, ni coches ni
propiedades a su nombre. No se le
conoce pareja, ni familia, ni amigos, ni
socios. Siempre va oculto, disfrazado,
con documentación falsa y puede
manejar millones de euros si se le
antoja. Siempre actúa con todo a su
favor y si no tiene el viento a la espalda,
no interviene. El decide cuándo y cómo
aparece, cómo y cuando se va. Es letal,
frío, minucioso. No comete fallos, no
deja testigos, no deja huellas. Se
disfraza para no ser reconocido y se
cubre para no dejar ni huellas ni restos
biológicos que faciliten su
identificación. Es como un fantasma. Y
dígame, capitán Mendes… ¿Cómo
se puede atrapar a un fantasma?
—No lo sé, inspector… ¿Cómo ha
sido capaz de encontrarlo?
—Todos tenemos un punto débil,
usted, yo, él… Todos. Sólo hay que
identificarlo. El problema es que un
hombre así procura mantener ocultas sus
flaquezas. Así que tuvimos que crearle
la necesidad de mostrarlas.
El capitán accionó de golpe el freno
del todoterreno al estar a punto de
alcanzar por detrás a un
larguísimo MetroBus varias veces
articulado, y Álvaro tuvo que frenar su
cuerpo apoyando las manos al
abalanzarse violentamente contra el
salpicadero del vehículo. Maldijo en
voz baja el anárquico tráfico de la
ciudad, más aún cuando descubrió que
el motivo de la repentina retención era
el atropello de una cuadrilla de niños
mendigo por una furgoneta de
inmigrantes bolivianos, incidencia ya
atendida por varias ambulancias y
coches de policía.
Mientras el todoterreno emprendía
progresivamente la marcha, quedó
impresionado al ver los cuerpos de los
niños tirados sobre el asfalto, sin que
nadie se preocupase en taparlos.
Álvaro pasó la mano por las canas
de su cortísimos cabellos, se giró
ligeramente y se sorprendió al ver al
joven policía-soldado del asiento de
atrás manteniendo su mirada al frente,
impasible, ignorando completamente el
resultado de aquel trágico atropello.
Entendió que su guerra era otra. Otra
más entre las muchas que se sucedían a
diario en la inclemente y salvaje
Colombia.
09:30
En los alrededores de la Plaza de
Mercado 12 de Octubre se sucedía una
amalgama de detalles a los que
Tondo nunca sería capaz de
acostumbrarse. No había una sola señal
de tráfico que no estuviese doblada, las
calzadas no gastaban una gota de pintura
vial y los edificios de adobe sucio y
máximo dos plantas, milagrosamente
erguidos, competían entre ellos por ver
cual de todos era el más mugriento.
Curiosamente, como hispanohablante le
llamaban la atención las frases de los
carteles: “arriendo” en vez de “se
alquila”, “parqueadero” en lugar de
“parking” o “pare” en la señal de
“stop”.
El capitán Mendes comenzó a
ponerse en situación justo cuando el
vehículo policial rebasó un camión
cargado de pollos esquizofrénicos.
—Los uniformados esperarán aquí
nuestras ordenes, en el perímetro
exterior, ocultos, junto con el apoyo
aéreo. Tendremos hombres encubiertos
en todas las salidas del mercado, en el
interior y en el parqueadero. Usted y yo
nos posicionaremos arriba, en la
segunda planta de la Plaza del Mercado.
Es un apostadero seguro, solo tiene
acceso el personal municipal.
—¿Cuánto tiempo falta para que el
mercado abra sus puertas?
—Dos horas.
Álvaro miró su reloj e,
instintivamente, calculó las seis horas de
diferencia que le separaban de España.
Pensó en su esposa, a quien le había
prometido por enésima vez que aquella
sería su última misión arriesgada.
Estaría cocinando, no tardarían en llegar
sus hijas del colegio. Casi podía oler el
aroma del cocido madrileño que estaría
preparando. Pero en ese momento le
provocaba más hambre ponerle los
grilletes al Fantasma.
—Ante la más mínima duda de que
pueda ser descubierto, el Fantasma no se
presentará a su cita, y perderemos una
oportunidad histórica de atraparle.
—Descuide, inspector —el tono del
capitán Mendes denotaba un profundo
orgullo que en cierto modo serenó a
Tondo—. Mis hombres están
acostumbrados a trabajar con la mayor
discreción y en situaciones límite.
De ese modo, cada elemento de la
unidad especial antiterrorista
colombiana esperó pacientemente
ordenes, mimetizada con la jungla
humana que comenzaba a invadir los
alrededores de aquella Plaza de
Mercado, entre el intenso calor, la
humedad y el polvo que como cada
mañana parecían querer desayunarse la
ciudad.
Álvaro y el capitán accedieron a la
terraza de la segunda planta de una
enorme nave cubierta, uno aplomando
sus botas militares sobre las escaleras
de madera, el español en zapatillas
deportivas y tejanos. Llegaron al
pequeño despacho del bedel encargado
de abrir y cerrar el mercado. Desde allí
podían disfrutar de una cómoda
panorámica de todo lo que sucedía en la
planta baja.
Controlaban las dos puertas de
entrada y salida al mercado, una en cada
extremo de la nave, separadas por unos
doscientos metros. Los cerca de ciento
cincuenta puestos de venta, dispuestos
en cuatro hileras, con dos amplios
pasillos longitudinales por los que
circulaban los clientes. Los primeros
mercaderes llegaron empujando
carretillas cargadas con frutas tropicales
de los más vivos colores, verduras que
Álvaro ni siquiera había visto en su
vida, filetes de carne tan gruesos como
el lomo de un libro, quesos de las
cabras más insólitas del mundo o
especias y extractos naturales de
nombres impronunciables y propiedades
para curar absolutamente cualquier mal
padecido por el ser humano. Todos los
sentidos se saturaban por los olores,
sabores y texturas de la más pura
Colombia: así era una jornada normal en
el mercado.
Equipados con unos modernos
prismáticos, en pie, ocultos tras el sucio
ventanal del despacho del conserje, los
dos mandos policiales observaban el
desfile de razas, acentos y colores que
se estaba produciendo bajo sus pies.
—No hubiera estado de más que nos
hubiera facilitado alguna descripción
más concreta del objetivo.
—Sería inútil. Siempre oculta su
rostro. Utiliza máscaras de latex,
postizos y disfraces. Podría tener barba,
o gafas de sol, llevar un sombrero,
parecer que pesa más de cien kilos o
menos de cincuenta. Puede venir vestido
de turista, de bogotano o hacerse pasar
por un campesino. Algunas veces cojea,
otras va en silla de ruedas… Incluso se
ha llegado a vestir de mujer

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