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Siempre nos quedará París Ray Bradbury

Siempre nos quedará París - Ray Bradbury

 Siempre nos quedará París – Ray Bradbury 

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–No, claro que no.
–Entonces, dígame qué he hecho. Señálemelo,
ponga la mano encima. Mis perros, son terribles,
¿eh? Y los pájaros, su canto es espantoso. Mi
fonógrafo… Supongo que también eso lo es, ¿no?
De acuerdo, métame en la cárcel y extravíe la
llave. No nos separará.
La música alcanzó un espléndido crescendo,
momento en que Pietro sumó su voz.
¡Tiffa-nero! ¡Atiende mi ruego!
Sonríe, hombre; atiende, hombre.
¿Por qué no ser amigos?
Los perros brincaron entre fuertes ladridos.
El señor Tiffany volvió al coche y se marchó.
Pietro sintió un dolor agudo en el pecho. Dejó
de bailar sin dejar de sonreír. Los gansos entraron
anadeando a la carrera y le picotearon los zapatos
mientras permanecía de pie, inclinado, con la
mano en el pecho.
A la hora de comer, Pietro destapó una olla de
estofado húngaro casero. Hizo una pausa y se tocó
el pecho, pero el dolor familiar había
desaparecido. Al terminar de comer, fue a mirar
por encima de la valla de madera que había en el
patio trasero.
Allí estaba ella. Allí estaba la señora
Gutiérrez, muy gorda, y con el vozarrón de una
gramola, hablando con los vecinos que tenía en el
patio contiguo.
–¡Encantadora dama! –voceó el señor
Massinello Pietro–. ¡Esta noche me encarcelan!
Acaba de ganar usted la guerra que ha librado. ¡Le
entrego mi sable, mi corazón, mi alma!
La señora Gutiérrez recorrió pesadamente el
patio de tierra.
–¿Qué? –dijo como si no pudiera verle u oírle.
–Ha hablado con la policía, la policía ha
hablado conmigo, y yo me he partido de risa. –
Gesticuló con la mano al tiempo que agitaba
rápidamente los dedos–. ¡Espero que eso le haga
muy feliz!
–¡Yo no he llamado a la policía! –protestó ella,
indignada.
–Ay, señora Gutiérrez, ¡compondré una canción
para usted!
–Habrán sido los demás –insistió ella.
–Y cuando hoy me lleven a la cárcel, le haré un
regalo. –Inclinó la cabeza ante ella.
–¡Ya le he dicho que no he sido yo! –insistió
ella–. Hay que ver cómo se ha puesto.
–Felicidades –dijo él con sinceridad–. Es la
ciudadana más cívica que conozco. Toda la mugre,
todo el ruido, todas las cosas diferentes tienen que
desaparecer.
–¡Usted, usted! –gritó ella–. ¡Ay, usted! –No
tuvo más palabras.
–¡Bailaré para usted! –canturreó él mientras
volvía, bailando, al interior de su casa.
A última hora de la tarde se puso el pañuelo de
seda roja en la cabeza y los enormes pendientes de
oro, además del fajín rojo y el chaleco azul con
ribete dorado. Se calzó los zapatos de hebilla y los
calzones.
–¡Vamos allá! Un último paseo, ¿qué os
parece? –propuso a los perros.
Salieron de la tienda, Pietro con el fonógrafo
portátil bajo el brazo, torciendo el gesto por el
peso, porque su estómago y su cuerpo llevaban
maltrechos un tiempo y algo malo pasaba; no era
capaz de levantar pesos con facilidad. Los perros
caminaban a su lado, los periquitos chillaban
como locos sobre sus hombros. El sol estaba bajo
y el ambiente era fresco. Deseó buenas noches a
todo el mundo, saludando con la mano.
Al alcanzar el puesto de hamburguesas, puso
en marcha el fonógrafo sobre un taburete. La gente
se volvió para mirarle cuando sumó su voz a la
melodía y finalizó con una risotada. Chascó los
dedos, flexionó las piernas, silbó con dulzura, los
ojos cerrados, mientras la orquesta sinfónica
surcaba los cielos junto a Strauss. Ordenó a los
perros sentarse en fila mientras bailaba. Hizo que
los periquitos dieran saltos en el suelo. Atrapó al
vuelo las resplandecientes monedas de diez
centavos que le arrojó la alarmada pero
agradecida audiencia.
–¡Lárguese de aquí! –protestó el dueño del
puesto de hamburguesas–. ¿Qué demonios se ha
creído que es esto?, ¿la ópera?
–¡Gracias, amigos míos! –Los perros, la
música, los periquitos y Pietro se adentraron en la
noche entre el lejano y suave repicar de campanas.
En la esquina de una calle cantó al cielo, a las
estrellas que asomaban y a la luna de octubre. Se
alzó una brisa nocturna. Rostros sonrientes le
miraban desde las sombras. De nuevo Pietro guiñó
ojos, sonrió, silbó y giró sobre sí.
¡Los pobres, por caridad!
¡Ay, dulzura, ay, recato!
Y vio los rostros, las miradas. Vio las casas
silenciosas, con su gente silenciosa. Y, en su canto,
se preguntó por qué era la última persona que
cantaba en el mundo. ¿Por qué nadie más bailaba,
por qué no abrían la boca, pestañeaban o
caminaban pavoneándose entre ademanes
ostentosos? ¿Por qué el mundo era un lugar tan
silencioso, tan callados los hogares, tan
inexpresivas las caras? ¿Por qué la gente se
limitaba a mirar en lugar de a bailar? ¿Por qué
eran todos espectadores y él era el único artista?
¿Qué habían olvidado ellos que él siempre,
siempre, recordaba? Sus casas, pequeñas y
cerradas y silenciosas, insonoras. ¡Su casa, su
comedero, su tienda… Diferentes! Llenos de
chillidos, de batir de alas y del runrún del canto de
los pájaros, puntuado por el susurro de las plumas
y los murmullos de los pasos que anadeaban y por
el pelaje y el quedo campanilleo de los animales
que parpadeaban en la oscuridad. Su casa, con las
velas votivas que la encendían y las imágenes de
los santos que alzaban el vuelo, el brillo de los
medallones. El fonógrafo girando a medianoche, a
las dos, a las tres, a las cuatro de la mañana, y él
cantando, la boca bien abierta, abierto el corazón,
los ojos prietos y el mundo apagado al otro lado;
nada más que el sonido. Y ahí estaba ahora, entre
las casas cuyas puertas se cerraban a las nueve,
que dormían a las diez y no despertaban hasta
después de haber disfrutado de un largo sueño a la
mañana siguiente. Gente en las casas, a las puertas
sólo les faltaba el adorno de una corona fúnebre.
A veces, cuando pasaba por su lado, la gente
recordaba por unos instantes. A veces entonaban
una o dos notas, o seguían el ritmo con un pie,
cohibidos, pero la mayor parte del tiempo el único
movimiento que hacían al son de la música
consistía en hundir la mano en el bolsillo en busca
de una moneda de diez centavos.
«Una vez –pensó Pietro–, una vez tuve tantas
monedas de diez centavos, tantos dólares, tanta
tierra, tantas casas. Y todo lo perdí, y lloré hasta
convertirme en estatua. Durante una larga
temporada fui incapaz de moverme. Me habían
convertido en un cadáver, me habían arrebatado,
arrebatado todo. Y pensé que jamás permitiría que
nadie volviera a matarme. Pero ¿cómo? ¿Qué
poseo yo que pueda permitir que otros me
arrebaten sin perjuicios? ¿Qué puedo dar que
pueda conservar?».
Y la respuesta era, por supuesto, su talento.
«¡Mi talento! –pensó Pietro–. Cuanto más das,
mejor es, más tienes. Quienes poseen talento deben
pensar en el mundo».
Miró a su alrededor. El mundo estaba repleto
de estatuas muy parecidas a la que él había sido.
Había tantas que ya no podían moverse, que no
podían siquiera echar a caminar hacia ningún lado,
atrás, adelante, arriba o abajo, porque la vida los
había aguijoneado, mordido y aturdido y golpeado
hasta que adoptaron un silencio marmóreo.
Entonces, si no podían moverse, alguien debía
hacerlo por ellos. «Tú, Pietro, tienes que moverte
–pensó–. Además, al moverte no tienes que volver
la vista atrás al lugar donde estabas, o a lo que te
pasó o a la estatua en la que te convertiste. Sigue
corriendo y mantente tan ocupado como para poder
compensar a todos los demás que, aun teniendo los
pies sanos, han olvidado cómo correr. Corre entre
los monumentos de sí mismos con pan y flores. Tal
vez se muevan lo bastante para inclinarse, tocarlas
y llevarse un pellizco de pan a la boca seca. Y si
gritas y cantas es posible que puedan hablar de
nuevo algún día, que algún día te acompañen
cuando cantes. ¡Eh!, gritas, y ¡La la!, cantas, y
bailas también, y al bailar cabe la posibilidad de
que les crujan los dedos de los pies, que se
contraigan, que se extiendan, que pasen a seguir el
ritmo y tiemblen y llegue el día, mucho después,
que, a solas en sus cuartos, gracias al hecho de que
bailaras, ellos bailen a solas ante el espejo de su
propia alma. Recuerda que hubo un día en que tú
también estabas esculpido en hielo y piedra, como
ellos, hecho para posar ante el cristal del acuario.
Pero entonces gritaste y cantaste y tus entrañas y
uno de tus ojos pestañeó. ¡Después pestañeó el
otro! Luego aspiraste con fuerza y exhalaste un
grito vital. Uno de tus dedos tembló, moviste un
pie y te viste arrojado de cabeza a la explosión de
la vida.
»Desde entonces, ¿has dejado de correr?
»jamás».
Entró en un edificio y dejó botellas de leche
junto a

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