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Libro PDF Siempre una dama – Delilah Marvelle

Siempre una dama – Delilah Marvelle

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Querida lectora,
Todo el mundo se merece una segunda oportunidad en la vida. A veces la vida nos estafa las oportunidades que merecemos. Pero incluso entonces tenemos derecho
a soñar y a ser más que lo que todo el mundo espera de nosotros. Tal es la historia de Matthew Joseph Milton. Cultivado, gallardo y verdadero caballero en el fondo,
descubre que ser simplemente un hombre bueno no basta para sobrevivir en un mundo que pretende arrebatártelo todo. Así que, ¿qué es lo que haces para resistirte?
Rediseñarte a ti mismo, incluso al coste de tu propio ser. En eso, Matthew y Bernadette son iguales, sin saberlo. Ambos tuvieron que rediseñarse a sí mismos, solo para
descubrir que habían enterrado demasiadas cosas. Siempre una dama es mi versión perversa del musical Newsies. Solo que, estoy yendo de farol, en lugar de chicos
cargando periódicos, salen hombres cargando pistolas. Es mi esperanza que disfrutéis de la candente pasión que Matthew y Bernadette aprenden a compartir mientras
retoman lo que eran y lo que son realmente. Tengo la suerte de hablar por experiencia cuando afirmo que no hay mejor final feliz que encontrarte a ti misma y al amor
de tu vida.
Mucho amor,
Delilah Marvelle
Para mi hermana Yvonne,
En honor de Érase una vez.
Prólogo
Supervivencia, caballeros. La vida es pura supervivencia.
The Truth Teller,
un periódico de Nueva York para caballeros
Junio de 1822
Ciudad de Nueva York. Orange Street
Cuando se descubrió que su contable y viejo amigo, el señor Richard Rawson era en realidad un canalla y un ladrón, Matthew y su padre avisaron a las autoridades
para que fueran a su casa a arrestarlo. Rawson, consciente de que estaba a punto de ser colgado, ensilló un caballo y partió al galope, dejando atrás un desbarajuste de
muebles y ropa elegante que no valían nada. El resto del dinero saqueado de las arcas de los Milton, unos dos mil dólares, hacía tiempo que Rawson lo había dilapidado
en juego y en incontables prostitutas, cuyos extravagantes gustos incluían todo tipo de bisuterías imaginables.
Cuando los guardias armados atraparon finalmente al canalla en las afueras de Broadway y Bowling Green Park, fue allí mismo, delante de toda la ciudad, cuando el
caballo de Rawson hizo justicia al encabritarse y alzarse sobre sus patas traseras, derribándolo. Rawson se rompió el cuello y murió inmediatamente. Ese fue su fin y el
del antaño exitoso periódico de Milton, The Truth Teller, caído en la bancarrota.
Ojalá hombres semejantes pudieran morir dos veces. Quizá entonces Matthew Joseph Milton se habría sentido algo vindicado, después de saber que tanto él como
su padre, antiguos propietarios del mencionado periódico y perceptores por ello de una renta anual de trescientos dólares, no poseían en aquel momento más que ocho
dólares y cuarenta y dos centavos.
Deteniéndose junto a su padre en la acera de la calle de su nuevo barrio, Matthew cerró los dedos con fuerza sobre la tosca lana de los sacos que cargaba en cada
hombro. Miraba fijamente el edificio sin pintar que se alzaba ante él, con un acre hedor a orines flotando en el aire caliente de la tarde.
¿Tan cruel podía llegar a ser el buen Dios?
Oh, sí. Sí que podía serlo. Lo era.
El calor sofocante del sol abrasaba el ceño fruncido de Matthew, haciendo correr pequeños regueros de sudor por sus sienes. Hombres sin camisa holgazaneaban con
los pies descalzos y apoyados en el alféizar de las ventanas abiertas, trasegando botellas de viejo whisky irlandés, mientras que otros fumaban morosamente cigarros
cortados por la mitad. Era como si todos aquellos tipos relajados parecieran estar descansando en una verde pradera al pie de un lago. Uno de los hombres barbados de
las ventanas le sostuvo amenazadoramente la mirada, se inclinó hacia delante y escupió ruidosamente. Un charco de saliva marrón se formó en el suelo a muy escasa
distancia de Matthew.
El tipo había apuntado hacia él.
Matthew miró a su padre, que seguía cargando un cajón de periódicos de la imprenta.
—¿Es esto lo mejor que pudo conseguirnos tu socio? Yo habría esperado algo mucho mejor.
Su padre, Raymond Charles Milton, contempló el edificio y sacudió lentamente la cabeza, agitando los mechones de su pelo castaño que ya empezaba a encanecer.
Era evidente que su padre estaba tan poco preparado para penetrar en aquel inmueble como él.
Pero al menos uno de los dos tenía que ser optimista. Matthew le dio un codazo en plan de broma, aparentando la mayor seguridad que fue capaz de reunir.
—Podría ser peor. Habrían podido encarcelarnos por deudas.
Su padre le lanzó una mirada desanimada.
Matthew se interrumpió cuando un chiquillo de unos seis o siete años, de pelo castaño y apelmazado que le caía sobre los ojos, pasó a su lado vestido con una ropa
demasiado grande y calzando unas botas enormes, que arrastraba por el suelo en su esfuerzo por no perderlas.
Cuando vio a Matthew, el crío se detuvo en seco, con su inmensa camisa de lino que le llegaba hasta las rodillas colgando sobre su flacucho cuerpo. Se lo quedó
mirando durante un buen rato, recorriendo en silencio con sus grandes ojos oscuros su pañuelo de cuello y su chaleco bordado como si estuviera tasando su valor.
Algún día, Matthew sabía que tendría una casa llena de niños como aquel. Algún día. Aunque ciertamente esperaba que, para entonces, pudiera permitirse vestirlos
algo mejor. No pudo evitar sonreírse.
—¿Cómo se encuentra usted hoy, señor? ¿Bien?
El niño puso unos ojos como platos. Retrocedió un paso y luego salió corriendo, tropezando varias veces con sus botas.
Su padre, que marchaba detrás, lo empujó con el cajón.
—¿Qué pasa? ¿Qué le has hecho?
—Nada. Simplemente le pregunté cómo estaba. No debe de estar acostumbrado a que la gente sea… amable con él.
Volvieron a caer en un hosco silencio.
El traqueteo de los carros y las ocasionales procacidades y gritos de los hombres de la calle les recordaron que ya no estaban en Barclay Street. Se habían acabado las
amplias plazas arboladas, los carruajes primorosamente lacados o los caballeros y damas elegantes de las clases mercantiles. Solo tenían aquello.
—Nunca debí haber confiado en Rawson —le confió su padre con tono cansado—. Por culpa mía, ahora no tienes nada. Ni siquiera una perspectiva de matrimonio.
De no haber sido por mí, ahora mismo estarías casado con la señorita Drake.
Matthew dejó caer de golpe ambos sacos en el suelo cuando oyó el nombre de la mujer.
—Puedo soportar la miseria, papá. Puedo soportar el hedor y todo lo que va asociado con él, pero lo que no puedo soportar es oírte decir que todo esto es culpa
tuya. Al diablo con la maldita señorita Drake. Si me hubiera querido, como yo estúpidamente la quise a ella, me habría seguido hasta aquí. Como yo le pedí que lo
hiciera.
Su padre se detuvo para mirarlo.
—¿Tú te habrías seguido a ti mismo hasta aquí?
Matthew siseó por lo bajo, intentando disimular el dolor que le producía saber lo poco que él había significado para ella.
—Solo tengo veinte años, papá. Tengo la vida entera por delante. Algún día encontraré a una mujer capaz de respetarme por lo que soy, y no por el dinero que tenga.
Su padre rebuscó en el bolsillo de su chaleco, sosteniendo el cajón contra su cadera.
—Dios te bendiga, Matthew, por saber siempre ver lo bueno incluso en lo más malo de todo —le lanzó una moneda—. Compra algo de comida. Y procura racionarla.
Todavía tenemos que buscarnos un empleo. Mientras tanto, yo me encargo de nuestra instalación. Dame esos sacos, ¿quieres?
Matthew levantó ambos sacos del suelo y los colocó encima del cajón. Su padre sostuvo el saco superior con la barbilla y entró en el portal para empezar a subir de
lado la estrecha escalera.
Suspirando, Matthew se volvió hacia la polvorienta calle: una calle ancha de edificios bajos forrados de torcidas tablas de madera. A lo largo de las puertas abiertas se
alzaban cajones de frutas y verduras medio podridas. Un enjambre de moscas revoloteaba sobre cada cajón antes de lanzarse a por el siguiente. Parecía como si hasta los
insectos estuvieran poniendo en cuestión la calidad de aquella comida.
Ya estaba echando de menos a su cocinera.
Un sollozo ahogado le hizo volver la mirada hacia un tumulto que parecía haberse formado al otro lado de la calle. Un tipo de pelo rojizo con una camisa deshilachada
y un pantalón remendado estaba agarrando a un crío por el pelo, sacudiéndolo con fuerza.
Matthew se quedó sin aliento. Era el chiquillo de las botas enormes.
Cuando una carreta de carbón pasó al lado, el gigante sin afeitar volvió a tirar del pelo al niño y siguió haciéndolo mientras le decía algo. El niño sollozaba con cada
sacudida, tropezando en sus esfuerzos por mantenerse derecho.
Matthew cerró con fuerza los dedos sobre la moneda que le había lanzado su padre. Nunca había practicado el boxeo más que como deporte, pero estaba seguro de
una cosa: no iba a quedarse cruzado de brazos contemplando aquel espectáculo. Después de encajarse la moneda en el bolsillo interior del chaleco, Matthew esquivó a
las mujeres que portaban cestos tejidos y atravesó la calle sin pavimentar hacia ellos.
—Dile a la mujerzuela de tu madre —vociferaba el hombre —que quiero el dinero y lo quiero ahora. Me debe quince centavos. ¡Quince!
—¡Ella no los tiene! —sollozó el niño.
Matthew se plantó ante ellos, con la sangre atronándole los oídos. Se esforzó por permanecer tranquilo, para no dejar que aquello se convirtiera en una pelea que el
chiquillo no necesitaba ver.
—Suéltelo. Yo le pagaré lo que le debe su madre.
Una cara redonda, atezada por el sol y cubierta de sudor, se volvió de repente hacia él. Un hedor a coles podridas infectaba el aire. El hombretón empujó al niño a un
lado y se dirigió hacia él. Le sacaba una cabeza a Matthew.
—Ella me debe veinte centavos.
«El muy canalla», pensó Matthew.
—Yo he oído quince —hundió una mano en el bolsillo de su chaleco—. Pero esto es lo que le daré —alzó la moneda de cuarto que su padre la había dado—. Le daré
diez centavos de más a cambio de que deje en paz al chico de ahora en adelante. Hágalo y esta moneda será suya.
El hombre titubeó antes de estirar su tosca mano. Apoderándose de la moneda, se la guardó en un bolsillo.
—Por mí está bien. Él no tiene nada que yo quiera. La bruja de su madre es el problema.
—Entonces sugiero que lo arregle con ella. Y no con él —Matthew se giró hacia el niño, se agachó y le alzó suavemente la barbilla—. ¿Te encuentras bien?
El chiquillo retrocedió rápidamente, con las lágrimas corriendo todavía por sus mejillas ruborizadas. Asintió, llevándose las manitas a la cabeza.
El hombretón agarró entonces a Matthew del brazo y tiró de él hacia sí. Con una sonrisa de suficiencia, le ahuecó el pañuelo de cuello de lino blanco.
—Qué elegante. Yo siempre he querido uno de estos.
Matthew se apartó bruscamente, poniéndose fuera de su alcance, y entrecerró los ojos.
—Le sugiero que se marche.
El hombre bajó la barbilla y frunció sus pobladas cejas rojizas. Alzando de repente una mano, esgrimió un afilado cuchillo muy cerca del rostro de Matthew, con el
acero relumbrando al sol. Luego se inclinó sobre él y apoyó la punta en su mejilla.
—¿Vas a quitártelo? ¿O prefieres que te lo arranque yo?
Era increíble. Apenas llevaba veinte minutos en aquel distrito y ya lo estaban atracando por haber ayudado a un niño. Cerrando los puños, replicó con voz baja y
templada:
—Retire el cuchillo y hablaremos.
Un puñetazo impactó en su cabeza. Matthew perdió el aliento, tambaleándose.
El hombre se cambió el cuchillo de mano, como anunciando que lo peor estaba todavía por llegar.
—Vamos, quítatelo ya, si no quieres que el chico vea algo que no debería.
A regañadientes, Matthew se desató el pañuelo. No era ningún estúpido. Se lo quitó y se lo tendió en silencio.
El hombre se lo arrancó de las manos y se lo anudó con gesto engreído en torno a su poderoso cuello. Retrocedió luego un paso, guardándose el cuchillo.
—La próxima vez, haz todo lo que te diga.
Como si fuera a quedarse esperando a esa próxima vez… Consciente de que el cuchillo ya no constituía un peligro, Matthew apretó los dientes y le lanzó un directo
a la cara.
El gigante interceptó su puño en el aire.
—Estás muerto.
Matthew recibió varios puñetazos en la mandíbula, la nariz y un ojo en rápida sucesión, con sus botas de piel patinando en el suelo con cada tremendo golpe.
Todavía lo atacó de nuevo, pero su golpe se perdió en el aire cuando el gigante lo esquivó.
El niño, que estaba a su lado, agitaba sus puñitos mientras le gritaba a Matthew:
—¡Vamos! ¡Acaba con ese matón! ¡Pégale fuerte!
Un inesperado puñetazo dirigido contra su ojo izquierdo no solo le hizo retroceder, sino que de repente lo vio todo blanco, de un blanco neblinoso. Cristo. Se
descubrió agarrado a una farola, con sus manos desnudas deslizándose por el hierro recalentado por el sol.
—¡Basta! —tronó de pronto un hombre, acallando los gritos del niño.
No hubo más golpes.
Respirando a jadeos, Matthew se esforzó por distinguir algo más allá del lacerante dolor que le atenazaba la cara y la cabeza.
Una ancha figura de largo cabello negro recogido en una coleta, ataviada con un abrigo remendado de color verde, estaba apuntando con el cañón de su pistola a la
cabeza del agresor de Matthew.
—Devuélvele a este respetable caballero su pañuelo, James —pronunció el hombre en un depurado acento neoyorquino, con un punto de sofisticación europea—. Y,
de paso, entrégame tu cuchillo.
El gigantón de pelo se había quedado paralizado con el cañón de la pistola presionando contra su sien. Su manaza palpó y sacó el cuchillo, que le entregó junto con el
pañuelo de Matthew.
Apartándose de la farola, Matthew se compuso la chaqueta de su traje mañanero, intentando sobreponerse a su aturdimiento y vislumbrar algo a través de la neblina
que nublaba su único ojo sano. Estiró una mano para recoger el pañuelo.
—Recoja el cuchillo —le ordenó el hombre de la pistola.
Matthew no quería el cuchillo, pero tampoco deseaba discutir con un hombre. En su opinión, estaban todos locos. Parpadeó varias veces, intentando fijar la mirada.
Aunque podía ver que los dos hombres estaban cerca, una densa y fantasmal sombra persistía, de manera que tenía la sensación de estar viendo el mundo desde un
ángulo. Recogió el cuchillo.
Apretando el cañón de la pistola contra la sien del gigante, el hombre masculló:
—Si vuelves a tocar a cualquiera de los dos, James, tú y yo nos pegaremos de puñetazos en los muelles hasta que uno de los dos caiga muerto. Y ahora, lárgate.
James se retiró, abriéndose paso a empujones, hasta desaparecer.
El hombre se giró entonces hacia el chiquillo.
—Vete, Ronan. Y, por el amor de Dios, no te metas en problemas.
El chiquillo vaciló. Buscando la mirada de Matthew, sonrió con un brillo en sus ojos castaños.
—Le debo una moneda de cuarto —sin dejar de sonreír, el niño se retiró atronando la calle con sus botas enormes.
Matthew soltó un suspiro exasperado. Al menos había conseguido que el chico sonriera, porque dudaba que alguna vez volviera a ver aquella moneda.
El hombre bajó la pistola y la desamartilló cuidadosamente. Recolocándose su largo abrigo, clavó en él sus ojos azul hielo.
—¿Dónde diablos aprendió a pelear? ¿En un internado de niñas?
Aturdido, Matthew se guardó el pañuelo en un bolsillo de la chaqueta. La mano le temblaba con el descubrimiento de que la densa sombra de su ojo persistía.
—Allí de donde vengo, el boxeo no es una exigencia —palpó el mango de madera del cuchillo que todavía sostenía—. Le agradezco la ayuda que me ha prestado.
—No lo dudo —el hombre señaló con la pistola el chaleco bordado de Matthew—. Bonito chaleco. Véndalo. Esos refinamientos no importarán un pimiento cuando
esté usted enterrado, y se lo advierto desde ya: es una simple cuestión de tiempo que se lo roben. Y ahora, váyase.
Matthew vaciló, percibiendo que aquel hombre no era como el resto de aquella gente. Le tendió rápidamente la mano, la que no tenía el cuchillo.
—Mi nombre es Matthew Joseph Milton.
Su salvador se enfundó la pistola en su cinturón de cuero.
—No le he preguntado por su nombre. Le he ordenado que se vaya.
Matthew siguió con la mano tendida.
—Solo estaba intentando ser amable.
—Yo no lo soy, y por si no lo ha notado, aquí tampoco lo es nadie.
Matthew dejó caer la mano, incómodo.
—¿Hay algo que pueda hacer por usted? ¿A cambio de lo que usted ha hecho por mí? Insisto en ello.
—¿Insiste? —enarcó una ceja oscura—. Bueno, me vendría bien una comida y un whisky, ya que dentro de poco tengo un combate.
—Hecho —dijo Matthew—. ¿Un combate? ¿Usted boxea?
El hombre se encogió de hombros.
—Combates de apuestas, con los puños desnudos —se palpó el cinto de cuero con la pistola—. Esto no es que me haya vuelto perezoso. Solo lo llevo para cuidarme
las manos. Una herida significaría no boxear. Y si no boxeo, no como.
—Ah, pero los combates de esa clase… ¿no son ilegales?
El hombre se lo quedó mirando fijamente.
—Le diré que los mismos bastardos que van por ahí condenando públicamente mis peleas son habitualmente los primeros que se gastan fortunas en ellas. Sé de tres
políticos y dos comisarios que lo hacen. Así que no, no es ilegal. No mientras ellos sigan apostando en ellas.
Conocer a un boxeador profesional en aquel ambiente podía ser una buena cosa. Una muy buena cosa.
—¿Y cuál es su nombre, señor?
El hombre tensó la mandíbula.
—Tengo varios. ¿Cuál prefiere usted?
Vaya. Parecía que aquel hombre estaba envuelto en toda clase de actividades ilegales.
—Deme uno por el que no vayan a detenerme por saberlo.
—Coleman. Edward Coleman. No me confunda con ese otro Edward Coleman que gobierna estos barrios, y que es como el asesinato andante. Aléjese de ese
engendro de Satán.
—Er… lo haré. Gracias.
Coleman lo apuntó con el dedo.
—Le sugiero que aprenda las reglas del lugar. Sobre todo teniendo en cuenta que parece usted un alma caritativa. Hasta aquí todo es sencillo: no vista con lujos y lleve
siempre un arma consigo.
—Le haré caso —Matthew le tendió el cuchillo que llevaba en la mano—. Excepto en lo del arma. Tome. Yo no voy a…
Agarrándole con fuerza la muñeca, Coleman le alzó el brazo de manera que la afilada punta del cuchillo quedó peligrosamente cerca del rostro de Matthew.
Matthew se quedó paralizado, con la mirada clavada en aquellos ojos azul hielo.
Coleman esbozó una sonrisa mientras le delineaba juguetonamente la curva de la barbilla con la punta de la hoja.
—Debería conservarlo. Nunca se sabe cuándo la necesitará uno para cortar…. Verduras —le soltó la mano, dejando que el propio Matthew bajara el arma—. Yo le
enseñaré a usar un cuchillo, a boxear y a hacer unas cuantas cosas útiles más a cambio de comida.
Matthew cerró con fuerza los dedos sobre el mango del cuchillo.
—Yo sé usar un cuchillo.
Coleman saltó entonces sobre él. Con un rápido golpe en la muñeca, la hoja fue a parar al suelo. La alejó entonces de una patada y lo miró.
—Lecciones a cambio de comida.
La comida no iba a serle tan útil si estaba muerto.
—De acuerdo.
Estaba Matthew comiendo tristemente y en silencio un frío y grasiento estofado en compañía de su padre y de Coleman, cuando de pronto el lado izquierdo de su
mundo quedó sumido en una honda negrura.
La cuchara escapó de sus dedos y rebotó en la mesa, para terminar cayendo al suelo de tablas. Oh, Dios. Se le cerró la garganta mientras parpadeaba rápidamente,
mirando a su alrededor con expresión incrédula. La visión de su ojo izquierdo… había desaparecido. Lo veía todo… ¡negro!
Su padre bajó su cuchara de madera.
—¿Qué pasa?
Coleman dejó de comer de golpe.
—No puedo ver —Matthew se levantó precipitadamente y se tambaleó, chocando con la alacena sin puerta que tenía detrás—. ¡No puedo ver por mi ojo izquierdo!
—miró la pequeña y desolada vivienda que ocupaban, capaz únicamente de distinguir el muro mal enyesado que estaba a su derecha.
Se padre corrió hacia él.
—Matthew, mírame —agarrándole de los hombros, lo acercó hacia sí—. ¿Estás seguro? El ojo sigue hinchado.
Matthew se lo tocó con dedos temblosos, pero por el amor de Dios, no podía ver…
—A la izquierda de mi campo de visión no veo nada. ¿Por qué? ¿Por qué está todo…? —jadeaba, incapaz de decir nada más. Ni de pensar.
Coleman se levantó lentamente de la mesa.
—Cristo. Es por los golpes.
Matthew giró del todo la cabeza para poder ver bien a Coleman.
—¿Qué quiere decir con eso de que es por los golpes? No tiene sentido. ¿Cómo pueden unos cuantos…?
—Lo he visto en el boxeo, Milton. Un tipo que conocía recibió demasiados golpes en un combate y se quedó ciego al cabo de una semana.
Matthew empezó a jadear de miedo. Había pasado una semana.
Sacudiendo la cabeza, Coleman recogió su abrigo, que había colgado del respaldo de la silla.
—Voy a dar caza ahora mismo a ese canalla.
Pese al pánico que le embargaba por haberse quedado medio ciego, Matthew protestó con voz ahogada:
—Eso no va a cambiar nada.
—No se trata de cambiar nada —Coleman se acercó hacia él—. Se trata de enviarle un mensaje sobre lo que resulta y no resulta aceptable.
Su padre empujó suavemente a Matthew hacia la puerta.
—Si esto es lo que usted dice que es, Coleman, lo primero que tenemos que hacer es buscar a un médico. ¡Ahora mismo!
—Hay uno en Hudson —Coleman se les adelantó y abrió la puerta que llevaba al corredor—. Aunque, la verdad, no sé qué es lo que podrá hacer ese hombre al
respecto.
Se había acabado el dinero. Y con él, también la visión del ojo izquierdo de Matthew. En aquel momento se tocó el parche de cuero que le había puesto el médico,
después de decretarlo permanentemente ciego de ese ojo. El cirujano se mostró de acuerdo con Coleman al afirmar que los golpes que había recibido tenían todo que ver
en ello, lo que significaba que él, Matthew Joseph Milton, iba a convertirse en un mísero tuerto por el resto de sus días.
Apretando los dientes, se levantó de un salto del cajón de periódicos en el que había estado sentado, se giró y descargó un puñetazo contra la pared. Y siguió
golpeándola una y otra vez hasta que logró no ya hacer saltar el yeso y el chamizo que se escondía detrás, sino destrozarse también los nudillos.
—¡Matthew! —su padre se abalanzó sobre él, agarrándolo del brazo y apartándolo de la pared.
Matthew se quedó sin aliento cuando tropezó con la mirada de su padre. Este le alzó la mano, obligándolo a que viera las contusiones, la herida y la sangre que le
corría por los dedos.
—No te dejes arrastrar por la ira.
Matthew retiró la mano, que en aquel momento le dolía terriblemente. Tragó saliva, intentando recuperarse, y desvió la mirada hacia Coleman, que no había
pronunciado una sola palabra desde que el médico dictaminó su ceguera.
Coleman pronunció al fin:
—Lamento todo esto —apartándose de la pared en la que había estado apoyado, añadió con tono sombrío—: Los atracos, así como los asesinatos, la violación y
cualquier otra villanía imaginable, son aquí moneda común, y ni siquiera la policía puede con todo ello. Esa es la razón por la cual, al margen de mi habilidad para el
boxeo, siempre llevo pistola. Esos canallas no se arredran ante otra cosa.
Matthew sacudió la cabeza, incrédulo.
—Si la policía no puede con ello, eso quiere decir que no es lo suficientemente fuerte. Obviamente es necesario organizar algún tipo de fuerza con los hombres del
distrito.
Coleman suspiró escéptico.
—La mayoría de esos hombres ni siquiera saben leer, y mucho menos pensar racionalmente sobre lo que se debe o no se debe hacer. Sería como invitar a una manada
de sementales salvajes a entrar en una cuadra y pedirles que se alineasen mansamente para dejarse ensillar. Créame, he hablado con ellos. Solo están dispuestos a pelear
por ellos mismos.
—Entonces encontraremos hombres mejores —Matthew flexionó los dedos, esforzándose por sobreponerse al dolor—. Aunque probablemente debería invertir
primero en una pistola. ¿Cuánto cuesta una, por cierto?
—Matthew —su padre le puso una mano en el brazo—. No puedes tomarte la justicia por tu propia mano. Si lo haces, puede que te detengan o, peor aún, te maten.
Matthew se giró hacia su padre.
—En mi opinión, estoy atado de manos. Y si muero, será bajo mis propios términos, papá, que no bajo los suyos. No sé qué diablos hay que hacer aquí, pero no voy
a quedarme sentado en un cajón lleno con los restos de tus malditos periódicos.
La expresión de su padre se entristeció. Asintiendo con la cabeza, le soltó el brazo y lo rodeó en silencio para abandonar la habitación.
Consciente de que se había comportado de una manera tan estúpida como cruel, Matthew le gritó:
—Lo siento, papá. No era mi intención decirte eso.
—Me lo merezco —replicó su padre.
—No, tú… —Matthew se paso una mano por la cara, interrumpiéndose. Sus dedos tropezaron con el parche de cuero. Dios. Su vida era un desastre.
—Una buena pistola cuesta entre diez y quince dólares —le informó Coleman—. Al margen del plomo que necesitará.
Matthew esbozó una mueca.
—Ya me han desplumado. No podré permitírmelo.
—La mía no la compré.
Matthew ladeó la cabeza para mirarlo mejor.
—¿Qué quiere decir? ¿Dónde la consiguió?
Coleman enarcó una ceja.
—¿Tan ingenuo es?
Matthew se lo quedó mirando fijamente, asombrado.
—¿Quiere decir que la robó?
Coleman se le acercó, le puso una mano en el hombro y se inclinó hacia él.
—No es tan grave, Milton. ¿Sabe a cuánta gente he salvado con esta pistola? Cientos. Dudo que Dios vaya a castigarme tan pronto. Si quiere una pistola, le
conseguiremos una. Una buena.
Matthew le sostuvo la mirada. Por muy loco que estuviera, aquel hombre estaba a punto de iniciarle en una etapa trascendental. Algo que cambiaría no solamente su
vida, sino también las de los demás.
Capítulo 1
El inspector de policía de la ciudad ha informado de la muerte de 118 personas durante el último fin de semana: 31 hombres, 24 mujeres y 63 niños.
The Truth Teller,
un periódico de Nueva York para caballeros
Ocho años después
Ciudad de Nueva York. Squeezy Gut Alley, por la noche
El sonido de unos cascos de caballo atronando a lo lejos en la polvorienta pista de tierra más allá de la mal iluminada calle impulsó a Matthew a hacer una seña a sus
hombres, que acechaban en silencio. Los cinco que había escogido de su grupo de cuarenta, estratégicamente colocados y al amparo de las sombras de los estrechos
portales.
Todavía espiando la calle, Matthew desenfundó sus dos pistolas. Apretando la mandíbula, volvió al lado de Coleman para susurrarle contrariado:
—¿Dónde diablos está Royce?
Coleman se inclinó hacia él y le susurró a su vez:
—Sabes perfectamente que ese canalla solo sigue sus propias órdenes.
—Ya, bueno, pues entonces le enseñaremos a ese maldito comisario cómo se hace su trabajo. Una vez más.
—Oye, oye, no te adelantes, Milton. Todavía no tenemos nada. Estamos todos a la puerta de un burdel que parece encontrarse fuera de uso, y la mayoría de nuestros
informantes no valen nada.
—Gracias por recordarme siempre lo obvio, Coleman.
Se quedaron callados.
Una carreta cargada con dos toneles apareció en la calle, tirada por un único jamelgo de aspecto famélico. Un hombre grande iba sentado en el pescante, con la cabeza
cubierta por una capucha de lana con dos agujeros para poder ver. El hombre saltó del carro y se recolocó la capucha. Mirando a su alrededor, sacó un cuchillo de
carnicero y corrió hacia la parte posterior.
La justicia estaba a punto de penetrar en Five Points. Porque si aquella escena no parecía lo suficientemente nefanda como para justificar una intervención, entonces
Matthew desconocía el significado de la palabra. Apuntando a la cabeza del hombre con las dos pistolas, salió de entre las sombras para dirigirse hacia él.
—Tú, suelta el cuchillo. Ahora.
El hombre se quedó paralizado mientras Coleman, Andrews, Cassidy, Kerner, Bryson y Plunkett abandonaban sus escondites para rodearlo, encañonándolo también
con sus pistolas.
El hombre enmascarado se volvió hacia Matthew, dejó caer el cuchillo al suelo y alzó sus manos desnudas.
—Estoy repartiendo avena. No podéis dispararme por eso —su acento hosco apestaba inequívocamente a inglés.
Cassidy rodeó la carreta. Su rostro marcado de cicatrices apareció por un instante a la luz de la farola antes de volver a perderse en las sombras. Acto seguido, su
gigantesca figura se adelantó hacia el hombre.
—¿Avena? Vosotros los Brits siempre os creéis que estáis por encima de la ley. Como el Brit que tuvo las narices de marcarme la cara —Cassidy se plantó ante el
tipo. Le arrancó la capucha de la cabeza y la arrojó a un lado, revelando unos ojillos negros y una cabeza calva. Luego amartilló su pistola con un clic metálico y gruñó:
—Yo digo que matemos a este rufián y enviemos a Inglaterra un mensaje claro.
Matthew reprimió el impulso de saltar sobre Cassidy y golpearlo. Eso era exactamente lo que sucedía cuando un irlandés tenía demasiada sed de justicia hirviendo en
su sangre: que la tomaba contra todo el mundo. Y pobre del hombre que tuviera aspecto de inglés. Si no hubiera sido por el hecho de que Cassidy estaba consagrado a la
causa y dispuesto a luchar con uñas y dientes por su triunfo, hacía mucho tiempo que Matthew le hubiera dado la patada.
Acercándose a Cassidy, Matthew endureció la voz.
—Esto no tiene que ver ni con Inglaterra ni con tu cara, así que tranquilízate. No necesitamos cadáveres, ni que los guardias nos pisen los talones.
Cassidy resopló furioso, pero no dijo nada.
—Revisa los toneles —gritó Matthew a Coleman.
Coleman corrió hacia la carreta y subió de un salto a la parte trasera. Revisó cada barrica de madera, abriendo las tapas, y alzó luego la mirada con su rostro como
tallado a golpes de hacha iluminado por la farola.
—Aquí están las dos.
Matthew suspiró.
Inclinándose sobre los toneles, Coleman sacó a una niña de no más de ocho años, atada y amordazada, y luego a otra de similar edad. Estaban descalzas. Usando una
navaja, las liberó de las cuerdas y las mordazas.
Sollozos ahogados escaparon de las gargantas de las chiquillas mientras se abrazaban. Los vestidos de lana que llevaban estaban toscamente cosidos: muy
probablemente no eran los mismos que habían llevado cuando fueron secuestradas del orfanato.
A Matthew se le cerró la garganta. Sabía que si no hubiera sido por su intervención y la de sus hombres, aquellas dos niñas, que habían desaparecido del orfanato
aquella misma semana, habrían sido vendidas a algún burdel. Encajándose las pistolas en el cinturón, señaló al hombre calvo.
—Maniatad a este canalla antes de que lo haga yo.
Pero el hombre se deslizó entre Kerner y Plunkett para echar a correr calle abajo.
¡Diablos! Todos los músculos de Matthew reaccionaron instintivamente mientras arrancaba a correr detrás del tipo.
—¡Te dije que deberíamos haberle matado! —tronó Cassidy a su espalda—. ¿De qué nos sirven las pistolas si nunca las usamos?
—¡Todo el mundo en marcha! —gritó Matthew sin detenerse—. ¡Dispersaos! ¡Coleman, quédate con las niñas!
Matthew volvió a concentrarse en la figura en sombras que ya llevaba recorrida media calle, chapoteando en el barro con los faldones de su abrigo al viento.
Matthew se obligó a acelerar el ritmo de carrera mientras se perdía en la oscuridad. A la luz de la luna y de las farolas podía ver cómo el hombre miraba repetidamente
hacia atrás, cada vez más cansado.
No estaba acostumbrado a correr.
Estaba más bien acostumbrado a conducir la carreta.
Fue entonces cuando él, Matthew, que no hacía otra cosa que correr para seguir viviendo, acabó con las esperanzas que aquel canalla tenía de escapar. Cerrando la
distancia que los separaba, y justo antes de internarse en el callejón que se abría entre dos edificios, Matthew lo agarró con fuerza del cuello del abrigo.
Apretando los dientes, lo lanzó contra una pared y terminaron rodando los dos por el barro.
Matthew se sirvió de su peso para quedar encima, aplastándolo contra el suelo. El canalla reaccionó con frenéticos puñetazos que impactaron en su pecho y
hombros.
Inmovilizando al hombre con un brazo, Matthew alzó el puño y lo descargó sobre su cráneo, haciéndolo rebotar contra el barro.
—¡Quédate quieto, hijo de perra! Quédate quieto antes de que…
—¡Lo tenemos! —gritó Bryson, apareciendo de pronto y apoyando una rodilla contra el cuello del hombre.
Matthew se levantó jadeante, con los brazos y los muslos cubiertos de barro.
Cassidy apareció también, salpicando más barro y apartando a Bryson.
—Yo te demostraré cómo se hacen las cosas en Irlanda.
Sin aparente esfuerzo, levantó al canalla del suelo y le rodeó el cuello con un brazo, amenazando con estrangularlo. Bryson se acercó con una soga.
Una vez que el hombre estuvo bien atado, Kerner se adelantó y, con un gruñido, le propinó un puñetazo en el estómago.
—¡Eso es por todas las niñas que has tocado, canalla! —le lanzó otro golpe, haciéndole tambalearse—. ¿Cómo puedes creerte con derecho a…? —todavía le pegó una
vez más en la cara, con un golpe que resonó en el aire de la noche.
—¡Kerner! —tronó Matthew.
Kerner retrocedió, tambaleándose.
Matthew tragó saliva, intentando tranquilizar el alocado latido de su corazón. A pesar de la reprimenda, Matthew sabía demasiado bien que Kerner, que había
perdido a su hija de doce años en un brutal asesinato con violación ocurrido en aquella misma calle, seis años antes, se estaba comportando con relativa calma dada la
situación.
Era justamente la necesidad profundamente arraigada de corregir los desmanes cometidos contra aquellos hombres lo que los había juntado. El dolor de todos se había
convertido en el dolor de cada uno. Todos estaban invadidos por la ira.
—Sé que esto no es fácil para ti. Respira profundo.
Kerner se pasó una temblorosa mano por su rostro barbado.
—Lo siento —como si acabara de salir de un trance, dijo—: Atiende a las niñas. Seguramente Coleman las tendrá aterrorizadas.
—No te metas con él. No es tan duro como parece —Matthew se limpió el barro de las manos y corrió de vuelta a la calle hasta que alcanzó la carreta—. ¡Lo
atrapamos! —gritó a Coleman, que estaba inclinado sobre el carro a la espera de recibir noticias.
Coleman soltó un hondo suspiro.
—Bien.
Dirigiéndose a la parte trasera de la carreta, Matthew echó un vistazo. Ninguna de las niñas lloraba ya, pero ambas seguían apretujadas contra los toneles en cuyo
interior habían estado encerradas, abrazándose la una a la otra.
Coleman las señaló.
—Probablemente deberías hacerte cargo tú. Creo que no les gusto. Y mis historias tampoco.
Esperó que Coleman no le hubiera estado contando historias que no debía. Limpiándose el barro en la camisa de lino, Matthew tendió los brazos a las niñas y les dijo
con tono suave:
—Estamos aquí para ayudaros. Yo me llamo Matthew y este caballero es Edward. Ahora, quiero que las dos seáis valientes y no hagáis caso del barro que cubre mi
ropa y de este parche que llevo en el ojo. ¿Seréis lo suficientemente valientes como para confiar en mí? ¿Solo por esta vez?
Se lo quedaron mirando fijamente, todavía abrazadas.
Matthew bajó entonces las manos y sonrió en un esfuerzo por tranquilizarlas.
—Dime lo que queréis que haga y lo haré. ¿Queréis que haga el mono? Los monos tuertos son mi fuerte, ¿sabéis? Solo tenéis que pedírmelo —se rascó entonces con
los dedos e imitó los gritos de aquellos animales—: ¡Uh! ¡Uh! ¡Ah! ¡Ah!
Coleman se inclinó en ese momento hacia ellas.
—Yo sé hacer el mono mejor que él. Mirad esto —y alzó sus largos y musculosos brazos.
Las niñas se alejaron de Coleman. Sus oscuras trenzas se agitaron mientras se arremolinaban en torno a Matthew, como si lo consideraran una mejor opción.
Matthew reprimió una sonrisa. El pobre Coleman… siempre estaba asustando a todo el mundo.
—No le tengáis miedo —dijo Matthew—. Solo está haciendo el tonto. Y ahora dadme vuestras manos —se las apretó con suavidad, intentando transmitirles tanto
calor como apoyo. Inclinándose hacia ellas, susurró—: Gracias por ser tan valientes. Sé lo mucho que os ha costado. ¿Estáis listas para volver con la hermana
Catherine? Ha estado muy preocupada por vosotras.
Para su asombro, ambas niñas se colgaron de su cuello, enterrando las cabecitas en sus hombros. Y se pusieron a sollozar contra su pecho.
Matthew las alzó en brazos, nada sorprendido, por desgracia, de lo poco que pesaban.
El atronar de unos cascos de caballo resonó a lo lejos. Las niñas apretaron su abrazo mientras él se volvía hacia el origen del sonido.
La farola proyectaba un fantasmal halo dorado sobre la calle. El regular sonido de los cascos se iba acercando conforme se dibujaba la silueta de un hombre con
atuendo militar y un sable al cinto, que guiaba su montura hacia ellos.
El comisario Royce. El muy canalla… A buenas horas aparecía.
Matthew miró a las niñas.
—Se supone que este hombre tenía que ayudaros, pero el alcalde, que es como si fuera su madre, no le dejó salir de casa para jugar. Y al final resulta que ni uno ni
otro hacen lo suficiente por esta ciudad. Acordaos de esto cuando finalmente podáis disfrutar del derecho a votar en unas elecciones.
—Te he oído —le espetó Royce sin bajar del caballo, con su tosco rostro envuelto en sombras—. ¿Por qué no les cuentas también que yo siempre miro para otro
lado cuando te sorprendo haciendo algo ilegal?
Matthew lo fulminó con la mirada.
—¿Por qué no les ofrece usted su caballo para que yo pueda llevarlas de vuelta al orfanato?
Royce hizo un gesto de indiferencia con su mano enguantada.
—He pasado una larga noche que ha incluido que casi me rebanen el cuello. ¿Por qué diantres crees que he llegado tan tarde? Súbelas al caballo. Yo mismo las llevaré
de vuelta.
Las niñas se abrazaron todavía con mayor fuerza a Matthew, dejando escapar sendos sollozos.
Matthew retrocedió sin soltarlas.
—No sé cómo no lo ha notado antes, Royce, pero estas niñas ya lo han pasado bastante mal y no necesitan oírle hablar de rebanar gargantas. Así que suavice ese
tono de voz y bájese del caballo. Yo las llevaré de vuelta al orfanato, ¿de acuerdo?
Tras una primera vacilación, Royce suspiró resignado y desmontó de un salto. Rebuscando en un bolsillo, extrajo un billete de cinco dólares.
—Esto es para cubrir los gastos —le dijo a regañadientes—. Oí que robaste otro cargamento de pistolas. Entérate de una cosa: la próxima vez que hagas algo así
mientras yo esté de guardia, me aseguraré de que tú y tus Cuarenta Ladrones terminéis en la prisión de Sing Sing.
El muy canalla podía considerarse afortunado de que Matthew tuviera en ese momento a las dos niñas en brazos.
—No necesito su dinero. Dónelo al orfanato. Necesitan instalar un cerrojo en la puerta.
—Te niegas a aceptar mi dinero y sin embargo no tienes escrúpulos en robar —Royce sacudió la cabeza de lado a lado, bajando la mano en la que sostenía el billete—.
Uno de estos días, tu orgullo terminará llevándote a la horca.
—Sí, bueno, eso no ha ocurrido todavía.
Capítulo 2
No creas nada de lo que oigas.
The Truth Teller,
un periódico de Nueva York para caballeros
22 de julio de 1830
Manhattan Square, noche avanzada
—¡Hágala salir! —gritó un hombre con acento americano y una voz encolerizada que penetró a través del suelo del salón de música, procedente del piso inferior de la
casa—. ¡Hágalo antes de que suba yo a por ella!
Bernadette Marie soltó un gruñido exasperado al tiempo que dejaba caer con fuerza las manos sobre las teclas de marfil del piano. Necesitaba familiarizarse mejor con
los códigos americanos. Ni siquiera la hora era algo sagrado para ellos.
Se recogió las faldas con un suspiro, abandonando su piano Clementi, y se marchó apresurada del salón de música iluminado por las velas. Después de rodear una
esquina y de pasar por delante de innumerables pinturas de marcos dorados y esculturas de mármol, bajó la escalera que llevaba al vestíbulo sumido en la penumbra.
Se detuvo a medio camino.
Con su nariz ganchuda y ojos diminutos, el viejo señor Astor alzó la mirada hasta ella desde la puerta del vestíbulo.
—¡Ah! —se compuso su chaqueta de noche mientras rodeaba al balbuceante mayordomo—. Aquí está.
El señor Astor no era el hombre al que había esperado ver, dado lo tardío de la hora, pero se alegró de escuchar su familiar y enternecedor resoplido, el de alguien que
hacía ya mucho tiempo que se había ganado su confianza. Era una de las pocas personas que la habían acogido en la alta sociedad americana, que a su vez se había
mostrado de lo más recelosa con ella a causa de su origen británico. Y también se había convertido en el siempre solícito padre que nunca había tenido. Más o menos.
Se apresuró a terminar de bajar la escalera.
—Señor Astor —sonrió—. Qué agradable sorpresa. Emerson, puede retirarse.
Su mayordomo, al que se había traído de Londres, para consternación del pobre hombre, vaciló como si quisiera recordarle lo poco respetable de la hora.
Pero el señor Astor le entregó bruscamente su sombrero.
—Tome esto y retírese de una vez, ande. No pienso levantarle las faldas y darme un revolcón con ella.
Bernadette se encogió por dentro. Las maneras de los neoyorquinos, incluso de los muy pudientes como el señor Astor, eran algo a lo que todavía no había terminado
de acostumbrarse. Hacía apenas un par de semanas se había llevado una sorpresa mayúscula cuando, al término de una elegante cena, lo vio limpiarse sus grasientas
manos en el vestido de una dama. Bromista inveterado, se tenía por gracioso. Y lo era, a la manera del hijo de carnicero que era en realidad. Pero la dama del vestido
estropeado no había apreciado el gesto, aunque él se había ofrecido a comprarle otros cuatro nuevos.
No era que Bernadette se quejara de la compañía que estaba teniendo en aquellos días. No, no, no. El señor Astor y sus amigos neoyorquinos constituían una
compañía maravillosamente refrescante en comparación con la rígida y aburrida vida que había dejado atrás.
—Emerson, retírese. Usted sabe perfectamente que el señor Astor tiene derecho a una visita tardía.
Emerson soltó un bufido, recogiendo a regañadientes el sombrero y desapareciendo en la habitación contigua, como subrayando tácitamente que los británicos eran de
una raza superior.
Ojalá eso fuera cierto…
El señor Astor se giró hacia ella, peinándose su encrespado cabello cano con una mano enguantada. Un brillo malicioso brillaba inequívocamente en sus ojos oscuros.
—Estoy aquí para cobrar una deuda, lady Burton.
A Bernadette la inquietó que se hubiera dirigido a ella por un nombre que nunca había esperado volver a escuchar. Era un nombre que solo muy pocos en Nueva York
conocían, dado que públicamente ahora era la señora Shelton. Y viniendo del señor Astor, resultaba especialmente inquietante, fuera que estuviera bromeando o no.
—¿Hay alguna razón por la que se haya dirigido a mí de esta manera?
Él juntó sus manos enguantadas, apoyándolas con gesto engreído sobre su chaleco bordado de seda gris.
—Ante todo soy un hombre de negocios, querida. Así es como el hijo de un carnicero alemán se metió a comerciante y compró hasta la última piel de Nueva Orleans
a Canadá, lo cual me convirtió en el hombre más rico de los Estados Unidos de América. Porque cuando una oportunidad se presenta, un hombre ha de olvidarse de ser
amable por un rato para lanzarse a fondo sobre ella. Así que os sugiero que me concedáis el favor que estoy a punto de pediros, Alteza —terminó, irónico.
Ella puso los ojos en blanco, intuyendo que sabía que no iba a cooperar. Sus puntos de vista nunca coincidían, pese al lazo de amistad que les unía.
—No soy una reina. Por favor, no se dirija a mí como si lo fuera.
—Ah, pero estáis emparentada con una.
—Mi marido sí que lo estaba, yo no.
—¿Estáis diciendo que no puedo confiar en vos? ¿Qué clase de amiga sois? ¿Tan poco agradecidos son los británicos?
Lo maldijo en silencio. Sabía que aquello terminaría saliendo a colación. Después de todo, Nueva York no había sido su destino original cuando abandonó Londres en
un estado de absoluto trastorno. De hecho, había planeado instalarse definitivamente en Nueva Orleans para explorar a fondo la historia de la piratería corsaria, y a sus
protagonistas, hasta que la atracaron hasta dejarla literalmente en enaguas durante una fiesta de máscaras en un barrio de pésima reputación. Había salido escarmentada
de la experiencia.
Si no hubiera sido por el señor Astor y por su nieto, quienes por aquel entonces habían sido unos perfectos desconocidos para ella y aun así habían acudido en su
auxilio aquella noche, posiblemente la habrían arrebatado algo más que la retícula y el vestido. Después de aquella noche, ambos no solamente se habían convertido en
grandes amigos suyos, sino que el señor Astor le había propuesto abandonar Nueva Orleans para acompañarlo a él y a su nieto a la ciudad de Nueva York, oculta bajo
un alias. Un alias que le había permitido escapar a la atención de los periódicos deseosos de hostigarla a raíz de lo que se había convertido en «El incidente de las
enaguas».
Era agradable ser simplemente la señora Shelton, vivir en la ciudad de Nueva York y entretenerse con atractivos caballeros cuando estaba de humor para ello. Todo lo
contrario de la imagen de una lady Burton enloquecida, que había pasado a la historia del cotilleo estadounidense saltando a todos y cada uno de los periódicos del país,
de Nueva Orleans a Nantucket. No tenía ninguna duda de que hacía ya tiempo que en Londres se habrían enterado de ello, su padre incluido.
Inspiró profundo y soltó el aire con un suspiro tembloroso.
—Indudablemente estoy en deuda con usted y con su nieto, señor Astor. Ya lo sabe.
—Entonces haréis lo que yo os diga, ¿verdad? Porque mi nieto es el único que, de hecho, se beneficiará de esto. Estamos hablando de forzar nuestra entrada en la
aristocracia británica para conseguir que esos remilgados bastardos bebedores de té reconozcan que es el dinero lo que da poder. Y no un título teñido de sangre.
Ella arqueó las cejas.
—¿Pretende usted… forzar la entrada en la aristocracia británica? Entiendo. ¿Y qué es lo que espera que haga yo para ayudarle en ese asunto?
Se acercó a ella, con sus envejecidos rasgos adoptando la expresión de burlona severidad que habitualmente reservaba para sus socios de negocios.
—Que nos ayudéis a abrir puertas. ¿Cómo? Asesorando a la primera americana que pasará a formar parte de la aristocracia inglesa. Es una gran oportunidad. Lo que
necesito es que ayudéis a una joven americana. Georgia Emily Milton es su nombre, aunque tendremos que cambiárselo. Es burda, irlandesa de pies a cabeza y
necesitamos adornarla. Resulta que hay un aristócrata que quiere casarse con ella, un tal lord Yardley heredero del duque de Wentworth, que ya está dispuesto y
esperando. Lo que tenéis que hacer es convertirla en una dama aceptable para la alta sociedad, por su bien y por el de él. Eso requerirá enseñarle todo lo que sabéis sobre
ese mundo, y acompañarla luego durante la próxima Temporada en Londres. El duque y yo nos aseguraremos de que contéis con infinitos recursos para ello. Ningún
hombre os tocará mientras estéis en Londres. Ninguno. A no ser que vos lo queráis.
Se le escapó una carcajada incrédula. Aquello sí que era gracioso…
—Aunque la idea es de lo más divertida, y no tengo reparos en asistir a esa joven si ese es realmente el deseo de usted, yo no pienso volver a Londres. Eso provocaría
un escándalo todavía mayor que el que dejé atrás y, además, tengo que admitir que estoy enormemente encariñada con mi nueva vida. Ninguno de los caballeros que
frecuento en Nueva York sabe quién soy y puedo revolotear todo lo que quiera sin que me hostiguen por ello. Al contrario que allá en Londres, donde me hostigaban
hasta por respirar.
El señor Astor se la quedó mirando durante un buen rato.
—Me lo debéis.
Bernadette soltó un suspiro exasperado.
—No puedo deberos hacer que me ahorquen. No voy a cruzar el océano para que lo hagan.
Él señaló a regañadientes la habitación contigua.
—¿Habríais preferido que mi favor incluyera un piano y un salón lleno de hombres desnudos? ¿Es eso? ¿Concordaría eso mejor con vuestros temerarios gustos?
«Oh, Dios mío. Estos americanos…», pensó para sus adentros. No le extrañaba que los británicos los hubieran dejado escapar. Bernadette arqueó una ceja sabiendo
que, como siempre, aquel hombre simplemente estaba siendo grosero por el placer de serlo. Ya era hora de que se diera cuenta de que había dejado de ser la muchacha
que él y su nieto habían tenido que salvar de las calles de Nueva Orleans. Sabía cuidar de sí misma y no iba a poner un pie en Londres para exponerse a perversos
chismosos que negaban el derecho de toda mujer a proteger su intimidad.
—La última vez que estuve en Londres, señor Astor, tuve que soportar que un hombre irrumpiera en mi casa decidido a que engendrara un hijo suyo… con la
esperanza de conseguir así que me casara con él. Y ese era el más cordial de mis pretendientes, que salivaban todos por mi dinero. Para mi desgracia, la herencia que
recibí solamente ha servido para estorbar mi felicidad hasta ahora, cuando estoy intentando disfrutar de una vida relativamente agradable. Por el amor de Dios, todavía
tengo que ver realizados todos mis planes. De hecho, estoy a punto de cerrar un viaje de dos años a Jamaica.
—¿Dos años? —el señor Astor alzó la barbilla—. ¿Para qué? Según lo último que supe, en Jamaica no hay nada más que arena y agua.
—Pues resulta que Port Royal y Kingston son lugares reputados por su larga tradición de piratería. También he oído que los hombres allí van más ligeros de ropa a
causa del calor —esbozó una sonrisa—. Solamente eso justificaría el viaje. Y, al contrario que en Nueva Orleans, pretendo contratar a un guardaespaldas para que me
acompañe a donde quiera que vaya. Así que ya ve usted, señor Astor, ese es el siguiente destino que me está esperando. No la lluvia de Londres con sus hombres
pálidos y macilentos, sino Port Royal con sus piratas atezados por el sol.
El señor Astor dio un paso hacia ella.
—Sabéis que yo normalmente no os pediría esto, pero mi nieto cuenta con la oportunidad de seguir los pasos de esa muchacha si hacemos esto bien. Él pretende
entrar en la aristocracia. Es algo que hemos hablado desde hace años. Diablos, con gusto lo habría casado con vos con tal de asegurarle un título, pero, por alguna razón,
vos no queréis aceptarlo.
Bernadette bajó la barbilla.
—El chico no tiene más que veinte años.
—¡Y es tanto más viril por ello! Al contrario que vuestro viejo William, él se aseguraría de que tuvierais veinte hijos en veinte minutos.
Ella se estremeció ante el simple pensamiento.
—Señor Astor, por favor. Jacob, aunque encantador, es quince años más joven que yo. Ni siquiera sabría qué hacer con él.
—¿Encantador? ¿Le habéis llamado encantador? No volváis a hacerlo —suspiró—. Os necesito. La vida entera de mi nieto os necesita. No me obliguéis a arrodillarme
ante vos.
—¿Por qué ese pobre chico habría de querer formar parte de la aristocracia? Esa es una desgraciada existencia de la que me he pasado la vida entera deseando escapar.
Además, con la vasta fortuna de que dispone, tanto Jacob como usted ya lo tienen todo.
—Todo menos eso —siseó él. Sin dejar de mirarla, clavó una temblorosa y renqueante rodilla en tierra, rozando el borde de su vestido, y abrió los brazos—. Los
sueños del simple hijo de un carnicero es algo que vos nunca entenderéis. Vos, que nacisteis de una exquisita especie al alcance de muy pocos. Haced esto por mí. Siete
meses de instrucción de esta muchacha en Nueva York, algo más de un mes durante sus viajes por el extranjero y un mes en Londres. Solo un mes. Es lo único que os
pido. Será mi esposa quien haga de carabina, que no vos, así que no necesitaréis preocuparos por ello. Os lo aseguro, esta muchacha sentará un nuevo patrón de gusto
por todo lo americano si conseguimos hacer todo esto bien. Será como la gran tormenta que, al iluminar el firmamento, permitirá que finalmente mi nieto vea realizado su
sueño. Os lo suplico. Apiadaos de sus sueños y de los míos. ¿Acaso vos nunca habéis tenido un sueño?
Demasiados. Antaño había soñado con fantásticas y emocionantes aventuras, un amor verdadero destinado a hacerla suspirar y una pasión auténtica que ni la más
romántica melodía de su piano podría llegar jamás a evocar. Todo eso se había ido a pique rápidamente, sin embargo, cuando su padre la casó a la edad de dieciocho años
con un viejo cuya idea del amor, la pasión y la aventura era un paseo en carruaje por Hyde Park y una palmadita en la mano.
Desde entonces había estado esforzándose por compensar aquello.
Percibiendo que el señor Astor no estaría dispuesto a ceder, Bernadette suspiró. Tenía un asunto pendiente con su padre en Londres desde que se hizo cargo de la
herencia del anciano William y se embarcó para América una noche, sin decir nada a nadie. Se suponía que le debía a su padre una última visita.
—Está bien. Si tanto significa para usted, tomaré a esa muchacha como pupila. Pero no me quedaré en Londres más allá de un mes. ¿Comprendido?
El rostro del señor Astor se iluminó mientras se esforzaba por levantarse. Tomando sus manos entre las suyas, se las sacudió emocionado.
—Es todo un placer hacer negocios con vos, querida, como siempre.
—En verdad, esa idea de introducir a una americana en la sociedad londinense resultará ciertamente gratificante. Esos canallas engreídos, que se atreven a comportarse
como dioses pensando que su sangre es la más pura, merecen que alguien se la contamine un poco.
—Sabía que erais la mujer adecuada para esta tarea —le palmeó las manos por última vez antes de soltárselas—. Aunque os diré, querida, que después de Londres, os
aconsejaré encarecidamente que sentéis la cabeza antes de que prendáis fuego a esas faldas. Ya habéis roto suficientes corazones. Debéis volver a casaros.
Bernadette casi soltó un resoplido escéptico.
—Prefiero decir sí a la vida y no al altar.
El señor Astor chasqueó los labios.
—Podréis hacer eso después de que consigamos introducir a esa muchacha en Londres —se interrumpió—. Mi sombrero —mirando a su alrededor, rugió—: ¿Dónde
diablos está mi sombrero, Emerson? ¿No se estará orinando en él, verdad? Tráigamelo ahora mismo. ¡Ya!
Bernadette parpadeó varias veces. Quizá una temporada en Londres fuera una buena cosa. Porque a veces, solo a veces, y por extraño que fuera, echaba de menos la,
er… cultura.
Siete meses después
Ciudad de Nueva York. Five Points
De pie ante el torcido y desportillado espejo que colgaba en la pared de su vivienda, Matthew se colocó el parche de cuero sobre su ojo izquierdo. Resultaba
irritantemente lógico que la única imagen que veía de sí mismo cada mañana después de vestirse estuviera partida en dos.
Se volvió para recoger su largo abrigo de lana de la silla donde tenía apilados los viejos periódicos de su padre.
Deteniéndose, se inclinó para apoyar la mano con fuerza sobre aquellos papeles.
—Buenos días, papá.
Soltó un tembloroso suspiro, luchando contra el inevitable picor que sentía en los ojos y sabiendo que aquello era todo lo que quedaba de su padre. Aquello. Una pila
de viejos periódicos que personificaban lo que había sido su vida.
Matthew palmeó los papeles por última vez.
Después de ponerse el abrigo y abrocharse los botones, se giró para abrir la puerta y abandonar la vivienda. La aseguró con el cerrojo, bajó por la estrecha escalera y
salió a las frías y nevadas calles de Mulberry.
Volvió a detenerse al ver que su amigo negro se dirigía hacia él. La cosa pintaba mal. Smock solo acudía a buscarlo a su casa cuando había problemas.
Matthew caminó con paso enérgico a través de la nieve que cubría el pavimento, con sus gastadas botas haciendo crujir el hielo. El sol resplandeciente nada podía
contra el viento helado que barría los tejados inclinados de las casas. Entrecerró el ojo contra el resplandor y se dirigió hacia su amigo.
—No me digas que ha muerto uno de los nuestros.
Smock se volvió hacia él y caminaron juntos.
—Peor aún.
—¿Peor? —Matthew se detuvo, escrutando su oscuro rostro sin afeitar, perlado de gotas de sudor. Era invierno. ¿Cómo era posible que estuviera sudando? ¿Qué
diablos estaba sucediendo?
Smock se detuvo también, con expresión recelosa. Se pasó una mano por el pelo espeso y crespo.
—Coleman convocó una reunión y puso a Kerner al mando.
Matthew abrió mucho los ojos.
—¿Cómo? ¿Por qué? Él no puede hacer eso.
—Ya lo ha hecho.
—¡Pero yo poseo la mitad del grupo!
Smock se encogió de hombros.
—Se marcha y quiere que tú lo acompañes. A Londres, ha dicho. Increíble, ¿verdad?
—¿Londres? Yo preferiría tragarme mi propio excremento antes que ir a… —se interrumpió, pensando en la viuda de su padre, Georgia. La última vez que había
visto o sabido algo de su «madrastra» había sido siete meses atrás, cuando la mujer había abandonado Five Points con la esperanza de rehacer su vida en compañía de un
Brit. Solo esperaba que no hubiera terminado hundiéndose en el cieno inglés—. ¿Se trata de Georgia? ¿No debería estar en Londres a estas alturas? ¿Es que lo suyo no
está funcionando?
Smock alzó ambas manos.
—Yo no lo sé. Ni me importa. Lo único que sé es… —se llevó un dedo a la sien—. Coleman no es el mismo de siempre.
—¿Dónde está?
—Tampoco lo sé.
Maldijo para sus adentros.
Abriendo la puerta que Coleman nunca cerraba con llave, Matthew entró en el inmueble. Un acre olor a cuero y metal impregnaba el aire. Escrutó el alto y vasto
almacén que su amigo alquilaba a un herrero. A un lado había sacos vacíos claveteados sobre las sucias paredes y al otro un colchón de paja montado sobre cajones de
madera, con un viejo arcón lleno de ropa. Al igual que él, Coleman siempre había sido un hombre austero, pero a veces Matthew tenía la sensación de que se castigaba
deliberadamente a sí mismo viviendo en aquellas condiciones.
Matthew arrugó la nariz y masculló en voz alta:
—¿Es que nunca aireas esto, hombre? —apartando de una patada los cajones sueltos que cubrían las mugrientas planchas del suelo, atravesó a paso ligero el vasto
espacio con las manos sobre sus pistolas.
Descorrió el cerrojo de la puerta del fondo, que daba al exterior, y la abrió de un empujón. La luz de la tarde se derramó sobre el interior del almacén, proyectándose
sobre el irregular suelo de tablas, mientras la fría brisa del callejón soplaba dejando un rastro de nieve. Ajustándose su abrigo, se dirigió hacia el centro del cuarto con una
sensación de orgullo. Allí había amartillado su primera pistola.
Gritos y un crujido de botas en la nieve endurecida le hicieron volverse hacia la puerta abierta. Un joven larguirucho, vestido con un viejo abrigo y un gorro de lana
demasiado grande, entró en el almacén y pasó corriendo de largo a su lado, con tanta rapidez que Matthew apenas puso distinguir un rostro borroso.
¿No era ese…?
—¿Ronan?
—¡No puedo hablar! Dos hombres. ¡Te debo una! —el joven se escondió detrás de una alta pila de cajones.
Matthew arqueó las cejas cuando dos matones ataviados con grasientos pantalones de lana y camisas amarillentas irrumpieron procedentes del callejón. Uno
empuñaba una porra con clavos y el otro un ladrillo.
—¡Entréganoslo, Milton! —gritó el hombre del ladrillo—. Ese bribón nos debe dinero.
¿Cómo podía ser que todos supieran su nombre cuando él no conocía los suyos?
—Con esa actitud suya tan violenta, caballeros, tal como lo veo yo, el chico no les debe nada.
El patán de la porra miró a su fornido compañero. Los dos avanzaron a la vez, endureciendo sus expresiones mientras empuñaban con fuerza sus armas.
Matthew se cruzó de brazos y empuñó las cachas de palisandro de sus pistolas. Desenfundándolas rápidamente del cinto donde las llevaba encajadas, los encañonó.
—Os daré el dinero para el final del día.
Los matones retrocedieron al tiempo que alzaban las manos sobre sus cabezas.
Matthew avanzó hacia ellos, amartillando las pistolas con los pulgares.
—Dado que ambos sabéis quién soy, eso quiere decir que sabéis también que mi jurisdicción abarca la zona entre este barrio y Little Water. Así que largaos de mi
territorio. Ahora mismo.
Los hombres salieron disparados por la puerta abierta.
Volvió a guardarse las pistolas. Con un taconazo de su bota, cerró la puerta que daba al callejón. Volviéndose, se dirigió hacia la pila de cajones.
—Tengo la sensación de que me paso el tiempo dándote dinero y sacándote de problemas, Ronan. Ya desde la primera vez que te vi arrastrando por el suelo aquellas
botas enormes.
Varios cajones cayeron al suelo y apareció el muchacho a cuatro patas, con la gorra torcida y mechones de su pelo castaño mal cortado pegados a la frente.
—Si se hubiera tratado de un solo tipo, me habría encargado yo.
Clavando una rodilla en tierra, Matthew sonrió.
—Gracias a Dios que eran dos, entonces. ¿Cuánto les debes a esos rufianes? Ya pagaré yo. Como siempre.
Ronan vaciló antes de balbucir:
—Dos dólares.
—¡Dos dólares! —exclamó Matthew, sorprendido.
El muchacho esbozó una mueca.
—Eran para esa chica de Anthony Street. Ella me dijo al principio que era gratis. ¡No fue culpa mía!
—Tienes catorce años, maldita sea. Eres un… —lo acusó furioso con un dedo mientras se levantaba de golpe—. ¿Qué diablos estabas haciendo en el callejón de
Squeeze Gut? Habrían podido matarte.
Ronan se levantó también, ajustándose su abrigo pardo.
—Ella lo valía. No solo sabía bien lo que se hacía, sino que tenía unos pechos como cántaros.
Matthew se lo quedó mirando fijamente.
—Aunque hubieran tenido el tamaño de Irlanda, ni siquiera así habrían justificado esos dólares o que tú perdieses la vida. ¿Te protegiste al menos?
Ronan parpadeó asombrado.
—¿Qué quieres decir?
Matthew soltó un gruñido.
—Necesitas un padre.
—¿Qué? ¿Te estás ofreciendo tú? ¿Tendré que vivir contigo, también?
Matthew resopló, sabiendo que efectivamente el chico tendría que mudarse con él.
—Antes necesito una esposa.
—Pues ve a buscar una, entonces. Yo no me voy a ir a ninguna parte.
Consciente de que sus días para formar una familia se estaban evaporando rápidamente, dado que faltaba menos de un año para que cumpliera los treinta, Matthew
gruñó:
—No lo digo para decepcionarte, ni a ti ni a mí mismo, pero en este barrio las buenas mujeres o están muertas o ya tienen pareja.
—Eso es cierto —repuso Ronan—. Y las muertas son las que han tenido suerte. Ah, Coleman me entregó un mensaje para ti. ¿Lo quieres?
—Sí que lo quiero. ¿Qué es eso de que me ha quitado el mando del grupo?
Ronan desvió la mirada hacia la puerta cerrada y bajó la voz.
—Se rumorea que van a volver a desafiarte. Solo que esta vez el desafío incluye a diecisiete hombres de un distrito vecino: es por eso por lo que ha intervenido
Coleman poniendo a Kerner al mando. Dice que tiene unos asuntos pendientes en el extranjero que no puede postergar más, así que ha comprado dos pasajes en un
barco correo para Liverpool y quiere que zarpes mañana con él a mediodía. De esa manera tú eludirás el desafío hasta que los guardias se encarguen de esos tipos,
mientras que él arreglará sus asuntos en Londres.
Matthew le puso una mano en el hombro. Otro desafío. Dios. Hacía años que debería estar muerto.
Dejando caer la mano, rebuscó en el bolsillo interior de su chaleco lleno de remiendos y sacó todo el dinero que llevaba consigo: tres dólares. Se los tendió al
muchacho.
—Toma. Paga tu deuda y guárdate el resto, pero que no lo vea tu madre, no vaya a ser que se lo beba. Y la próxima vez que quieras una chica, Ronan, obra de manera
respetable y cásate con una.
Ronan escrutó su rostro.
—Gracias por… Gracias —tomó el dinero y se lo guardó en el bolsillo. Se aclaró luego la garganta y se ajustó la gorra y los pantalones—. Entonces, er… ¿qué le digo
a Coleman? Está ocupado en los muelles.
—Dile que es un hijo de Satanás por preocuparse tanto por mí.
—Lo que quiere decir que subirás a ese barco.
—Exactamente.
Ronan suspiró y se dirigió reacio hacia la puerta.
—Se lo diré —se volvió para mirarlo—. Volverás, ¿verdad? ¿No irás a abandonarme, verdad?
Matthew vaciló, consciente de que el chico dependía de él en muchos aspectos, aparte del monetario.
—Volveré en cuanto me entere de que los guardias han acabado con el desafío. Te lo prometo. Mientras tanto, ocupa mi vivienda durante mi ausencia. Por la mañana
te daré la llave. El alquiler está pagado hasta finales de año.
—Lo haré —la expresión de Ronan se tensó—. Estoy harto de limpiar la casa de whisky y de tener que echar a toda clase de tipos por las noches. Al margen de lo
que yo le diga y de todas las veces que has ido tú allí a hablar con ella, nunca cambiará. La odio. De verdad que sí.
Matthew tragó saliva y asintió. La madre de Ronan, que había sido una exitosa actriz de teatro cuando Ronan solo contaba dos años, no era en aquel momento más
que una mujerzuela alcohólica y arruinada que había convertido su propia casa en un burdel, tanto si su hijo estaba allí para verlo o no.
—Sigue siendo tu madre y tú eres lo único que esa mujer tiene en el mundo. Te necesita.
—Más de lo que yo la necesito a ella —masculló Ronan, desapareciendo.
Matthew echó la cabeza hacia atrás, exhausto. ¿Londres? ¿Por qué tenía la sensación de que Coleman le estaba salvando de un desastre para arrastrarlo a otro?
Capítulo 3
Cualquier cosa que veas, no la juzgues.
The Truth Teller,
un periódico de Nueva York para caballeros
La apertura de la Temporada en Londres. Rotten Row
¿Por qué se sentía como César a punto de ser asesinado por Bruto? Guiando su caballo junto a la impresionante pelirroja por la que el señor Astor estaba apostando
tan fuerte, Bernadette Marie fijó la mirada en el camino que les quedaba por recorrer para atravesar el parque. Apretó con fuerza las riendas, sintiéndose infinitamente
agradecida de que no le hubieran tendido ninguna emboscada. Todavía.
Mirando a Georgia, reprimió un suspiro. Realmente iba a echar de menos a la muchacha. La idea de entregarla a la sociedad londinense le hacía encogerse por dentro.
Georgia tenía muchísimo más carácter y espíritu que aquellos estúpidos dandis que las rodeaban. Y después de diez meses de protestas pero también de momentos
divertidos, que fueron los que necesitó Bernadette para convertirla en una perfecta dama, en aquel momento se daba cuenta de que estaba a punto de perder a una amiga.
Algo que, por cierto, no había tenido nunca. Porque aunque los hombres habían revoloteado siempre en torno a ella en pos de su dinero, con las mujeres no había
ocurrido lo mismo. Ellas solo la veían como una competidora, o como una amenaza a su reputación.
Georgia gruñó en ese momento:
—Detesto Londres.
Bernadette intentó no sonreírse.
—Probablemente es aquí cuando debo recordarle que vino usted a la capital para casarse e instalarse en ella.
—Oh, sí —los verdes ojos de Georgia se iluminaron a la par que arqueaba sus cejas rojizas—. Me pregunto por lo que pensará de mí Robinsón cuando me vea.
«Ah, ser doce años más joven y pensar que los hombres valen más que lo que ocultan sus pantalones», pensó Bernadette, nostálgica.
—Es muy probable que se desmaye.
Lo había dicho en serio. Después de la impresionante transformación que había sufrido Georgia, de «niña de la calle» a heredera americana, ni siquiera lord Yardley la
reconocería.
Estaba escrutando el camino que se extendía ante ellas, preguntándose si por la tarde habría acabado por fin de exhibir a Georgia, cuando dos imponentes caballeros
montados en sendos sementales negros llamaron su atención. Bajó la barbilla contra la cinta de seda de su sombrero de amazona, admirándolos discretamente.
Muy apuestos, lucían abrigos raídos y gastadas botas de cuero negro. No llevaban guantes ni sombrero. De hecho, sus monturas y sillas parecían mejor atendidas que
ellos. Claramente se consideraban con pleno derecho a cabalgar por aquel paseo. Uno, moreno y con algunas canas, parecía urgentemente necesitado de un corte de pelo,
mientras que el otro…
Parpadeó cuando su sobrecogida mirada se posó en aquel cabello castaño decolorado por el sol y despeinado por el viento; en aquel rostro bronceado, de rasgos duros
y mandíbula cuadrada; y en el gastado parche de cuero que le tapaba el ojo izquierdo como si fuera una especie de… rey pirata.
Contuvo el aliento, impresionada. Era como un fantasma surgido de su propia mente. Desde que tenía ocho años, siempre había soñado con conocer a un corsario de
verdad, como el capitán Lafitte de Nueva Orleans, sobre cuya figura había leído por aquel entonces en las gacetillas que solía sisar a los criados. Cada mañana se había
acercado al Támesis con su institutriz a rastras, empeñada en apostarse en los muelles para contemplar la entrada de los barcos en el puerto. Y rezando para que algún
corsario la descubriera desde la cubierta y la nombrara contramaestre de su navío.
En aquel entonces, allá a donde quiera que fuera, fuera la plaza, la campiña o la sala de música de su mansión, mientras tocaba interminablemente el piano, siempre
había soñado con que los piratas aparecían para secuestrarla y se la llevaban de Londres. Incluso se había imaginado a uno de ellos, más tosco y duro que el resto,
luciendo un parche sobre el ojo que había perdido en una pelea. Incluso le había puesto un nombre: el rey pirata. Supuestamente el rey pirata debía llevársela a surcar
los mares y a vivir toda clase de locas aventuras. Una vida lejos de su severo y tacaño padre, que había esperado casarla con un viejo decrépito llamado lord Burton
cuando cumpliera los dieciocho años.
Pero aquel rey pirata había llegado diecisiete años y un matrimonio tarde. Y aunque, sí, los piratas eran considerados delincuentes, y aquel lo parecía ciertamente,
muy temprano había aprendido que todos los hombres lo eran de una manera u otra, rompiendo bien las leyes de la tierra, bien las del corazón. Oh, sí. No tenía ninguna
duda de que aquel en concreto, fuera quien fuera, rompería todas las leyes. Incluso aquellas que aún estaban por escribirse.
Conforme se acercaba a lomos de su semental junto a su amigo de aspecto igualmente bandido, acortando por momentos la distancia que los separaba, hundió su
afeitado mentón en su deshilachado pañuelo de cuello y clavó en ella su penetrante ojo negro. Bajó metódicamente la mirada de su rostro hasta sus hombros y sus
senos, para subirla luego de nuevo con la altiva desenvoltura de un capitán que estuviera calibrando el navío en el que había de embarcar.
Una inesperada sensación de inquietud se apoderó de su estómago. La reprimió, consciente de que el hombre estaría probablemente calculando el valor de su vestido
de terciopelo verde Pomona.
Decidida a lidiar con cualquier ridícula atracción que pudiera sentir por el rufián, Bernadette no pudo evitar comentarle en voz alta a Georgia, con tono pícaro:
—Vaya, vaya. Parece que el Rotten Row está hoy más podrido de lo usual, por hacer un juego de palabras. Me encanta. Por el bien de tu reputación, querida, ignore
a esos dos jinetes. Solo Dios sabe quiénes son y lo que quieren.
Porque se suponía que los rufianes no debían frecuentar aquel paseo. Era una regla no escrita de la sociedad aristocrática.
Georgia, que se había quedado extrañamente callada, y quizá demasiado dispuesta a seguir las órdenes de Bernadette, se bajó el ala de su sombrero de amazona hasta
ocultar por completo el color rojo fresa de su cabello, nariz incluida. Acto seguido, recogió frenéticamente su velo blanco y se lo dejó caer sobre el rostro, enterrándose
prácticamente debajo.
Bernadette acercó su montura a la de ella. ¿Qué estaba haciendo? ¿Preparándose para una emboscada?
—El velo nunca le va bien a su cara. Solo tiene un propósito decorativo.
—Hoy no —Georgia bajó la voz—. Conozco a esos dos. Son de la ciudad de Nueva York. Y precisamente de mi barrio.
—¿De veras? —cielos, se trataba entonces de un pirata de ciudad. Ni siquiera el bueno del capitán Lafitte se habría atrevido a enfrentarse a puñadas con un habitante
de Five Points de Nueva York—. ¿Puedo preguntar quién es el hombre del parche? Parece lo suficientemente tosco como para resultar divertido.
Georgia la miró a través del velo y por debajo de su sombrero calado.
—Es la última persona con la querríais involucraros. Es un ladrón.
Bernadette soltó una ligera carcajada.
—Todos los hombres lo son. Y ahora, silencio. Aquí llegan.
Cuando Bernadette puso su montura a un paso lento, para demostrarles que no se sentía en absoluto inquieta, Georgia hizo todo lo contrario: puso a la suya al trote
y se adelantó.
Frenando su caballo con un giro de la muñeca en la que llevaba enrolladas las riendas, el tuerto alzó las cejas mientras desviaba la mirada hacia Georgia, que había
pasado groseramente de largo, con el velo ondeando al viento.
Miró entonces a Bernadette, como esperando que ella fuera la siguiente en salir corriendo. Cuando no lo hizo, porque ella jamás se habría comportado de una manera
tan grosera, el hombre inclinó brevemente la cabeza a modo de saludo. La expectante tensión de sus anchos hombros sugería que no esperaba que se lo devolviera.
Solamente eso se merecía un reconocimiento.
Bernadette inclinó cortésmente la cabeza hacia él, con su pulso latiendo de manera irritante al mismo ritmo que los cascos de su montura.
El hombre soltó un bajo silbido.
—Al parecer, llevo viviendo en la ciudad equivocada toda mi vida.
Aquella ronca y suave voz de barítono americano la sorprendió lo suficiente como para que se lo quedara mirando. Mientras pasaba de largo, la miró con expresión
tranquila y murmuró:
—Señoras…
Y se alejó sin mirar atrás.
Aunque había dicho «señoras» como incluyendo también a Georgia, Bernadette sabía que aquellas palabras, aquel tono y aquella burlona despedida habían estado
dirigidas en realidad a ella. Era como si le hubiera dicho que no necesitaba preocuparse. Que no estaba interesado en nada que ella tuviera que ofrecerle, aunque su largo
abrigo remendado y sus gastadas botas de cuero valieran en conjunto menos que una sola de sus medias.
Bernadette empuñó las riendas con tanta fuerza que se hizo daño. Por muy impropio que fuera, aquello mismo le hacía desear al hombre. Cuando él ni siquiera había
intentado flirtear.
A no ser que no la encontrara atractiva. Oh, Dios…
Volvió la cabeza para mirarlo. Seguía cabalgando junto a su amigo como si sus pasos nunca se hubieran cruzado.
Bernadette buscó entonces a Georgia, advirtiendo que se había adelantado un gran trecho del paseo, y puso su montura al galope.
—¡Señorita Tormey! —gritó cuando ya la estaba alcanzando.
Georgia frenó su caballo y se alzó el velo. Recomponiéndose su sombrero, murmuró:
—Eso ha sido repugnante. Me siento como si me hubiera manoseado mi propio hermano.
Bernadette alineó su montura junto a la de ella y sonrió lentamente.
—Hable por usted. Yo lo he disfrutado bastante.
Había algo deliciosamente provocativo en un hombre que sabía cómo dominarse ante una mujer.
Cabalgaron en medio de un unánime silencio. La sonrisa se fue borrando de los labios de Bernadette.
Quizá fuera el destino lo que había decretado que sus caminos se cruzaran. Después de todo, ¿cuáles habían sido las probabilidades de que su pupila conociera a aquel
pirata de tierra firme y que él estuviera precisamente allí, en Londres, tan lejos de Nueva York? Aunque no era la clase de hombre con la que precisamente se asociaba,
algo en él la hacía desear…
—¿Puedo hacerle una pregunta?
Georgia la miró.
—Por supuesto.
—El hombre del parche. ¿Qué es él para usted? ¿Y es tan arisco como parece?
Los ojos verde jade de Georgia se abrieron bajo el ala de su sombrero de montar.
—Os habéis enamorado, ¿verdad? ¿Y con una simple mirada?
Bernadette adelantó la barbilla, dispuesta a defenderse.
—¿Y qué si es así? Me he pasado doce años casada con un hombre cuarenta y tres mayor quien, aunque amable, no tenía el menor atractivo para mí. Era como
acostarme con mi abuelo en el nombre de Inglaterra. Él ni siquiera podía… —parpadeó rápidamente, consciente de que estaba desvariando, y el pobre William no se
merecía nada de todo aquello. No era culpa suya que hubiera sido viejo y hubiera tenido el dinero que su padre había pretendido al precio de su juventud—. Si a estas
alturas no me hubiera ganado el derecho a un hombre de mi elección, mejor estaría muerta —y hablaba en serio.
Georgia suspiró.
—Ha llevado una vida dura, y aunque yo le hago reproches todo el tiempo, no, no es tan arisco como parece. No voy a entrar en detalles sobre mi relación con él por
respeto a Robinsón, pero viene a ser como un familiar para mí. Perdió la visión de un ojo de resultas de una pelea, y poco después a su padre por culpa de una
apoplejía. Pero eso fue después de que lo hubiera perdido todo. Y cuando digo todo, quiero decir todo. Perdió a su prometida porque no tenía dinero, perdió su hogar y
el dinero que había estado destinado a heredar. Todo.
Bernadette sintió que el pecho se le apretaba inesperadamente de emoción. De allí provenía aquella burlona indiferencia. Cuando un hombre lo perdía todo, o se
burlaba de su propia situación o moría. Conocía aquel lema demasiado bien. Ella misma era culpable de ello.
Volvió la mirada en la dirección que había seguido el rey pirata y se quedó sorprendida. Su amigo y él habían vuelto grupas y se dirigían morosamente hacia ellas.
El pulso se le disparó y sus mejillas se ruborizaron cuando el rey pirata se inclinó sobre su silla para mirarla con atención.
¿La estaría vigilando?
—¿Bernadette? —la llamó de pronto una voz masculina, más adelante en el paseo—. ¿Eres tú?
Sorprendida de que la hubieran llamado por su nombre de pila, Bernadette giró de nuevo la cabeza y clavó la mirada en el solitario caballero que se acercaba hacia ellas
a medio galope.
Llevaba la chistera exageradamente ladeada, de la manera más impropia posible. Frenó su montura, fijando sus ojos ambarinos en ella con expresión incrédula.
—Dios mío. No sabía que estabas en la capital.
El miedo se apoderó de ella. Lord Dunmore. Su antiguo vecino. Un hombre que había acudido galantemente en su rescate muchas, muchas veces, cuando se había
visto inundada de pretendientes nada más heredar el impresionante millón de libras de su marido.
Durante semanas, Dunmore la había estado visitando todos los días menos los domingos, para preguntarle si necesitaba que la acompañara a alguna parte. Ella había
querido saber lo que se sentía al besar a un hombre de su misma edad, después de haber soportado doce años de los húmedos y pegajosos besos del anciano William. No
imaginó, ni por un momento, que Dunmore querría ir más allá de aquel único beso que compartieron.
Solo que… él la había dejado sorprendida no solo con aquel apasionado beso con lengua que le dio, sino sobre todo por haberla empujado contra la pared mientras le
alzaba las faldas. Envuelta en una borrosa nube de deseo a la que no había podido negarse, se había dejado aplastar contra aquella pared. Fue el primer clímax que había
tenido nunca.
A partir de entonces su relación con él había adquirido una irrefrenable fisicalidad que había acabado con su reputación. Y no le había importado. Por fin había estado
viviendo una vida de verdad, que de paso había puesto final al obligado duelo por William.
Pero durante las pocas semanas que había durado aquella tórrida aventura, Dunmore se había empeñado en asegurarle continuamente que la amaba, y ella había
querido decírselo, también. No había podido. Aunque con el tiempo había llegado a admirarlo, su vinculación con él había sido, en su mayor parte, puramente física.
Bernadette se había sentido muy culpable por ello, hasta que una mañana sorprendió al muy canalla rebuscando entre sus libros de cuentas, cuando la creía dormida.
Absolutamente estupefacta, se había retirado sin levantar sospechas y lo había hecho investigar antes de decidir un rumbo de acción. Lo que había descubierto le
había provocado arcadas. Después de reprocharse haber sido tan estúpida, terminó su asociación él mediante una carta cortés, porque odiaba los enfrentamientos
inútiles, y se marchó con todo su dinero para Nueva Orleans en pos de la libertad «americana». Y se prometió que, a partir de aquel momento, no se comprometería con
hombre alguno. No podía confiar en ellos.
—Bernadette.
Intentó mantener un tono firme de voz.
—Dunmore.
Sin dejar de mirarla, él le dijo en un tono igualmente civilizado.
—¿Por qué te fuiste? Aquella carta no explicaba nada.
Ella adelantó la barbilla.
—Te pido por favor que te contengas, dado que estamos en público.
—Al diablo con el público, Bernadette —masculló—. Esto lleva pesando sobre mí desde hace cerca de un año y no he sido capaz de dar un paso a derechas por tu
culpa. ¿Qué diantres hice yo? ¿Puedes explicármelo al menos? ¿Qué fue lo que hice?
¿Cómo se atrevía a fingir que la amaba y que era ella la villana de aquel escenario?
—¿Aparte de husmear en mi libros de cuentas, quieres decir?
Se la quedó mirando fijamente.
—¿Qué quieres decir? Yo nunca…
—Yo sé lo que vi, Dunmore. No estoy interesado en escuchar mentiras.
Mirando a Georgia, que asistía incómoda a la escena, Dunmore acercó aún más su caballo y pronunció con tono anhelante.
—Vieras lo que vieras, mis intenciones eran las de un caballero.
Le sostuvo la mirada.
—Un caballero. Ya. Un caballero que me escondía sus deudas. Deudas muy cuantiosas, por cierto.
La expresión de Dunmore se endureció.
—No quería que pensaras que iba detrás de tu dinero.
—Qué consideración en un hombre que engendró dos hijos con una criada de dieciséis años y con la que, indudablemente, aún seguirás retozando los sábados por la
noche.
Él abrió mucho los ojos.
—¿Quién diablos te contó eso?
—Te hice investigar.
—¿Me hiciste investigar? —replicó, todo colorado.
—Era obvio que la verdad no iba a escucharla de tu boca.
Perdiendo toda contención, estalló:
—¿Cómo te atreviste a investigarme?
—¿Y cómo te atreviste tú a mentirme y a abusar de una muchacha tan joven? Solo necesito una razón para despachar a un hombre. Y tú me diste cinco.
—Incluso aunque yo lo hubiera hecho todo bien, tú habrías encontrado de todas formas una razón para despacharme. Porque lo único cierto de todo eso, Bernadette,
es que nunca me amaste. ¿Es verdad? Y ello a pesar de lo mucho que te gustaba lamer y tragarte mi semilla…
A Bernadette se le cerró la garganta, incrédula.
—Esta conversación ha terminado. Te sugiero que te retires con tus mentiras y tus deudas

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