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Libro PDF Siete esqueletos decapitados El libro de los héroes 01 Antonia Malpica

Siete esqueletos decapitados El libro de los héroes 01 Antonia Malpica

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A través de los arbustos, Nicte
acechaba.
Sus ojos no se apartaban del bulto
que había depositado en la puerta de la
casa del otro lado de la calle. Era una
casa bonita de dos pisos. La familia que
vivía en el interior era de clase media
alta. Pero a Nicte no le preocupaban las
etiquetas sociales; en su plan no cabían
este tipo de consideraciones. Sólo se
fijaba, y con gran escrúpulo, en el físico
de sus víctimas.
Miró su reloj de pulsera. Pasaban
de las diez y media de la noche. Sabía
que las luces en el interior de la casa
denotaban preocupación. A esa hora ya
sólo debería estar encendida la
televisión. Pero no ese lunes. No.
Prácticamente todas las ventanas estaban
vivas. Los corazones de los miembros
de la familia se habían vuelto uno; y éste
latía agitadamente. Un ir y venir de los
padres a través de ciertos marcos de luz
delataba su angustia. “Eso es bueno”, se
decía Nicte desde su oculta posición.
“Eso es muy bueno”.
Se acomodó en la hierba del jardín.
Detrás, había un letrero: “Se renta”. En
esa casa no habitaba nadie. Y eso le
concedía diversas ventajas. No tener
que cubrirse las espaldas, para empezar.
Aguardar toda la noche, en caso de ser
necesario. Pero Nicte sabía que las
angustias crecen exponencialmente. Y
que, al llegar a cierto punto, son
imposibles de controlar. En ese
momento, en el que ella, la madre,
abriera la puerta de la casa… O él, el
padre, diera con el espantoso
obsequio… podría poner punto final a
su segunda misión. Por ello, Nicte no se
desesperaba. Porque sabía que en una
hora, cuando mucho, todo detonaría. La
angustia, el miedo y la desesperación
forman un coctel letal.
Berlín, la calle, estaba oscura. Sólo
los autos de los trasnochados de lunes se
detenían en el semáforo de la esquina
con Marsella para esperar el cambio de
luz y seguir su marcha. Nicte aprovechó
para sacar de su cartera dos fotografías.
Las acomodó sobre el pasto de modo
que les pegara la luz del farol. Sintió
satisfacción. Con ése, ya eran dos.
Ahora faltaban cinco. Y cinco niños es
menos que siete. Su labor estaba en
marcha.
Escuchó, del otro lado de la calle,
que el volumen de las voces aumentaba.
Los padres peleaban. El coctel hacía
efecto. “Hay dolor”, se dijo Nicte. “Eso
es muy bueno”. El padre y la madre se
recriminaban mutuamente la falta de
cuidado, la nula vigilancia. Que su hijo
de once años no hubiera vuelto a casa
después de dos días y que nadie supiera
nada de él los tenía al borde de la
locura. No había habido llamadas de
ninguna especie. La policía no sabía
nada. Probablemente fuera un secuestro
pero… ¿cuánto tardaría el secuestrador
en hacerles saber lo que pediría por el
muchacho y si éste se encontraba bien?
Nicte respiró en paz. Sabía que la
incertidumbre terminaría pronto. Por eso
no quería perder detalle. Devolvió las
fotos a su cartera, junto con las otras
cinco. Y volvió a posar su mirada sobre
la gran bolsa café de gruesa tela que
hacía su propia guardia a los pies de la
puerta de la casa.
La madre comenzó a llorar. El
padre guardó silencio. Los dos
hermanos, totalmente mortificados,
probablemente habrían renunciado ya al
sueño. Todas las luces de todas las
habitaciones seguían encendidas.
Entonces, ocurrió. La
desesperación. La angustia. El miedo.
La señora decidió salir de la casa, como
otras tantas veces, a mirar en una y otra
dirección de la calle con la esperanza de
ver a su hijo volver, dar la vuelta a la
esquina, bajarse de algún taxi.
No fue así. A sus pies ya la
esperaba un misterioso obsequio. Nicte
volvió a sentir un torrente de paz. Hizo
una anotación mental: “Siete menos dos,
da cinco”. Contó los segundos mientras
la señora intentaba levantar la bolsa,
descorrer el nudo, insertar la mano…
Luego, el grito fulminante. Un grito
que se quedaría en los oídos del padre
durante años. Un grito de dolor como
nunca han escuchado los oídos humanos.
El final era previsible: la madre
caería desmayada. El padre acudiría con
el rostro desfigurado de terror. Los
hermanos, con la piyama puesta,
bajarían las escaleras a toda prisa,
renunciando para siempre al sueño.
De la mano de ella se desprendería
la camisa de la escuela primaria a la que
por cuatro años asistió su hijo, sucia de
sangre. El padre apenas alcanzaría a
distinguir, por un hueco del espeluznante
saco, algo que no podía ser sino un
desnudo hueso. Abrazó a sus otros hijos
para evitarles contemplar la escena.
Pero era demasiado tarde. La casa se
llenó de gritos. Esa zona de la colonia
Juárez, en cambio, siguió quieta,
silenciosa, indiferente.
Nicte miraba con aprobación el
llanto de toda la familia. “El dolor es
bueno”, se dijo, antes de recostarse
sobre el pasto de la casa en renta, antes
de sonreír complaciente. Esperaría a
que la confusión se trasladara al interior
de la casa para salir de su escondite y
volver a su guarida.
Siete menos dos, da cinco.
Capítulo uno
Eran las siete de la noche. El sol ya se
ocultaba. Comenzaron a sonar los
primeros acordes de “I can’t quit you,
baby” cuando Sergio tecleó el password
de su cuenta para ingresar al Messenger.
Justo en ese momento volvió a fallar el
monitor de su computadora y todo se
puso negro. Miró su rostro en el reflejo.
“A quién miras, calvo”, se dijo a sí
mismo. Estaba tan orgulloso de su greña
—cuando había podido tenerla— que,
ahora que lo obligaban en la escuela a
llevar casquete corto, siempre que se
veía en algún reflejo se lo recriminaba.
Se estiró por encima del escritorio y
jaló el cable de corriente del monitor.
Éste parpadeó tres veces hasta que
volvió a encender. Cuando se
restableció la pantalla, Sergio ya tenía
un par de saludos en puerta: un amigo de
su antigua escuela primaria y Jop. Al de
su antigua escuela prefirió sacudírselo,
le dijo que no podía atenderlo, que se
había conectado al Internet para hacer
una tarea. A Jop, en cambio, lo saludó
con entusiasmo.
—¿Tienes el nombre del grupo,
Jop?
Jop era la forma breve de Hopeless
(sin remedio) con que se autonombraba
Alfredo Otis, el único amigo de Sergio
en la escuela secundaria. El padre de
Jop había concluido que éste no tenía
ninguna esperanza para ser un
empresario de éxito, como lo eran todos
en su familia. Y de ahí el mote.
—Estoy platicando con una nena
que dice que es ejecutivo de cuenta de
un banco en Edimburgo. ¿Tú crees? —
respondió Jop.
Sergio y Jop se habían hecho
amigos por el simple hecho de que Jop
hablaba perfectamente inglés y le había
traducido varias letras de sus discos a
Sergio. Sergio, en pago, le ayudaba a
aprobar los exámenes; al menos para
garantizar un siete y que no lo
expulsaran (como ya había ocurrido
antes con otras escuelas) de la
secundaria “Isaac Newton” en la que
ambos formaban parte del grupo 1°E. Al
final resultó una amistad muy afortunada,
pues eran más similares de lo que
hubieran deseado admitir, ya que ambos
reconocían que el otro encajaba
perfectamente en ese tipo de muchachos
que todo mundo reconoce como
“inadaptados”.
—Pásame la dirección del grupo,
Jop. Y ya no te molesto —tecleó Sergio.
—Estoy a punto de proponerle
matrimonio. A ver qué me dice.
Sergio comprendía que Jop tenía un
humor retorcido. Y que uno de sus
mayores divertimentos era hacerse pasar
por gente mayor en la Red. Pero no lo
criticaba. Cada quién se entretiene como
puede.—
Te voy a copiar la URL del grupo
y la cuenta con la que me di de alta.
—Te debo una.
La única otra cosa que podía
volver loco a Sergio, además de tocar la
batería, era todo lo referente a Led
Zeppelin. Y Jop, en sus múltiples
navegaciones en Internet había
descubierto un foro de discusión en
Argentina —sólo para socios— con un
montón de fotos inéditas y otras
curiosidades de la banda de rock inglesa
de los años 70. Así pues, le envió a
Sergio en el siguiente mensaje la
dirección del grupo, la cuenta y la clave
de acceso. A Sergio sólo le restaba
entrar y bajar todos los archivos que
pudiera sin entablar conversación con
nadie, que eso de la suplantación no se
le daba tan bien como a Jop.
—Bueno, Jop, te dejo. Nos vemos
mañana en la escuela.
—Ja. Dice que lo va a pensar.
—¿Quién?
—La nena escocesa.
—Ni hablar. Tiene pegue tu primo.
Jop siempre mandaba, en ese tipo
de aventuras, una foto de un primo suyo
que tenía una beca deportiva en la
Universidad de California. Sergio le dio
un click a la dirección del grupo, en
donde se le pidió que se identificara.
Tecleó la cuenta y el password.
“Bienvenido a ZeppelinManía”, fue el
mensaje que le arrancó a Sergio una
enorme sonrisa.
Hizo hacia atrás la silla y, por
flojera a colocarse la prótesis, caminó
en saltitos hacia el baño. Ya tenía bien
estudiado el movimiento y por ello
prefería caminar por el interior del
departamento sin la pierna ortopédica.
No encendió ninguna luz porque,
después de ocho meses de vivir ahí,
conocía el espacio a la perfección. Se
recargó en la pared del baño, hizo pipí y
volvió al escritorio. Al sentarse, se frotó
las manos, como hace quien está a punto
de devorar un delicioso manjar. Pero
una ventana nueva en el monitor
consiguió borrarle la sonrisa.
Farkas desea iniciar una
conversación contigo. ¿Aceptas?
Sergio pensó que alguien del foro
de discusión lo estaba localizando. Y no
pudo evitar contestar que sí aceptaba. Si
el material contenido en la página del
grupo lo valía, era capaz de decir
cualquier cosa o de platicar con quien
fuera.
—¿Por qué un niño de doce años
está interesado en música tan vieja? —
fue con lo que inició Farkas la
conversación.
La mente de Sergio se revolucionó.
Según él, no tenía alimentado ningún
dato personal en la cuenta con la que
entraba al Messenger. ¿Cómo podría
haberse dado cuenta el tal Farkas de que
era un niño de doce?
—No sé. Me gusta el grupo —
contestó.
Farkas no añadió nada. Así que,
para no dejar hilos colgando, Sergio
preguntó:
—¿Puedo bajar algunos archivos
aunque esté chico?
—Por mí haz lo que se te dé la
gana —contestó groseramente Farkas.
Luego agregó—. Yo no tengo nada que
ver con esa página.
—Gracias —respondió,
confundido, Sergio.
Entró a la sección de archivos y
vio, complacido, que había varias
carpetas con fotos, entrevistas y otras
curiosidades de su grupo de rock
favorito. Se dio a la tarea de explorarlo
todo cuando llegó otro mensaje de
Farkas.
—¿CUÁNTO MIEDO PUEDES
SOPORTAR, MENDHOZA?
Los ojos de Sergio se abrieron

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