---------------

Libro PDF ¿Sigues sin saber quien soy? Astrid Maria

¿Sigues sin saber quien soy? - Astrid Maria

Descargar Libro PDF ¿Sigues sin saber quien soy? Astrid Maria

Intenté destensar los músculos de mi cara, y los de mis manos, y los del vientre también. Cada cinco segundos miraba involuntariamente las manecillas del reloj,
ansiosa por que llegara el momento de marcharme. Estaba en Galilea, la cafetería de mi tío David, donde trabajo los días alternos desde que empecé a estudiar en la
universidad estatal de San Diego. Fue idea mía aceptar este trabajo, pero me encantaría hacer responsable a quien fuera por encontrarme ahora aquí. Sí, sería ridículo, por
eso no lo haré, pero si pudiera me quedaría muchísimo más tranquila.
Salvo que ocurriera un milagro, sabía que no me daría tiempo. Era penoso, llevaba todo el mes soñando con ese momento y por un error a la hora de confeccionar la
tabla de los turnos de trabajo, me había tocado acudir precisamente esa tarde. Me iba a perder la final. El gran partido. Podían pasar décadas hasta que el azar quisiera
que un acontecimiento así se volviera a repetir. Desaprovecharlo para mí era una hecatombe, pero intenté asimilarlo y hacerme a la idea de que lo tendría que ver por la
tele.
Me consolaba saber que al menos sí podría acudir a la fiesta posterior. Aun así estaba agobiada. Les había dicho a los chicos que intentaría llegar y debía cumplir mi
promesa. No sé en qué estaría pensando para decirles algo así, pero había rezado a todos los santos de mi calendario y guardaba la esperanza de que ocurriera algún
fenómeno sobrenatural que me permitiera asistir al partido.
—Cristina, siento que te haya tocado venir hoy, podías haber cambiado el turno con Mariah —dijo mi tío mientras observaba apurado mi excitación—, de haberlo
sabido se lo hubiera pedido yo mismo.
—No importa, sabía que hoy no le venía bien, por eso no le dije nada —comenté nerviosa mientras me pellizcaba el labio.
A Mariah siempre le venía mal, sobre todo cuando era importante para mí, y en esta ocasión lo era y mucho. Por eso ni siquiera se lo insinué. Me había
acostumbrado a tomarme con resignación el perderme algunos acontecimientos importantes como ese. Ella jamás me ha pedido que le cambie un solo turno. A veces
pienso que no tiene vida privada. Es una mujer extraña, solitaria. Su único cometido en la vida es acudir al trabajo. Y después… creo que para ella no existe nada
después.
—Márchate si quieres antes de que te pierdas el primer cuarto, tienes por delante un buen trayecto y deberías irte ya —me dijo el tío David en su inquebrantable
afán por hacerme sentir bien.
—¡¿De verdad?! —pregunté agitada.
—Sí, no parece que hoy esté entrando mucha gente, y tu tía y yo podemos hacernos cargo —me aseguró con una sonrisa de complicidad.
—Gracias tío, ¡muchas gracias! —le dije dándole un beso y colocando la bandeja junto a la placa de «reservado camareros» situada al final de la barra. Me apresuré
y salí disparada hacia la puerta.
—Si te quitas el delantal mucho mejor —apuntó mi tía con una sonora carcajada.
¡Oh! La imagen entrando en el estadio ataviada de ese modo me hizo ruborizarme. Desaté la lazada que lo sujetaba a mi espalda, saqué la otra cinta por la cabeza y
lo enganché en el colgador. Antes de marcharme eché una última ojeada al espejo que había en uno de los laterales. Estaba aceptable. Llevaba puestos mis botines
cowboys favoritos, los vaqueros más ajustados que tenía en el armario y la camiseta de béisbol blanca con las mangas grises.
Por fin había acabado mi turno. Bueno, en realidad no había terminado pero como si lo hubiera hecho. Salí acelerada para dirigirme al estadio de los Clippers. Era el
lugar elegido este año para jugar la final. Pisé el acelerador hasta el fondo para ganar tiempo. Siendo honesta, lo máximo que había alcanzado con ese maldito y
estruendoso trasto no pasaba de las sesenta millas por hora, pero esta vez quería llegar cuanto antes al partido y no perderme la final del torneo de la NCAA. Me
quedaba por delante un buen trecho, en realidad eran más de cien las millas que debía recorrer, pero por suerte no encontré atascos a la salida y crucé los dedos para que
todo el camino se me diera igual de bien. Si la providencia se ponía de mi lado, llegaría casi, casi, casi a tiempo.
La temporada había sido vertiginosa, una semana tras otra plagada de grandes sorpresas, gracias a las cuales nuestro equipo había llegado hasta allí. Muchas de sus
victorias con los equipos más fuertes habían sido inesperadas, igual que las derrotas de otros que empezaron despuntando como favoritos y que se quedaron fuera,
también parecía algo impensable. Tantos resultados fortuitos nos habían hecho considerar la posibilidad de llegar hasta las semifinales. Pues sí, eso también había sido
otra batalla ganada. Nos tocó jugar contra Kentucky y, voilà, directos a la final.
Desde que empezó la liga universitaria habíamos encabezado el ranking de los veinticinco mejores equipos. Ahora solo quedaba vencer a un adversario más: Duke.
Ellos igualmente lideraban desde el principio esa clasificación. Era un equipo fuerte, poderoso, uno de los grandes. Me entraba una aprensión desmedida solo de pensar
en ello, aunque lo cierto era que nuestros chicos tampoco desmerecían ¿cómo, sino, habrían podido llegar hasta aquí?
Mis amigas debían haber llegado mucho antes de empezar el partido. Decidí no impacientarme. Puse el CD de Estopa que mi padre me había regalado en alguno de
mis cumpleaños (música española como de costumbre), e intenté relajarme y reducir la marcha.
El móvil sonó cuatro veces antes de localizarlo en mi desordenado bolso y poder contestar.
—¿Diga? —respondí antes de ver quién se encontraba al otro lado del teléfono, aunque podía imaginarlo.
—¿Cris? —parecía la voz de Becky y de miles de aficionados que se concentraban a su alrededor.
—¡Hola Becky! —respondí agitada.
—¿Dónde estás? ¿Te falta mucho para llegar? ¡Cada vez falta menos para que empiece el partido! –exclamó alterada—. ¿Has salido?
—Estoy de camino, voy por la interestatal, tardaré un poco, al menos media hora más —dije pesarosa—. ¿Me habéis guardado sitio? —pregunté después, aunque
sabía de antemano la respuesta.
—Imposible Cris, lo siento, vas a tener que hacerte hueco tú solita. ¡Esto está que echa chispas!
—¡Mierda! Otra vez lo mismo. Bueno, ahora nos vemos ¿está Mel contigo?
—Sí. Estamos las dos aquí.
LA FINAL
Recordé haber visitado el Staples Center en el pasado, pero entonces no se encontraba tan lleno. Ahora apenas podía reconocer el terreno. Una vasta extensión de
coches se apelotonaba delante de mí impidiéndome tener una perspectiva clara. ¡Qué desesperación! Como no consiguiera aparcar las iba a pasar canutas para ver al
menos medio tiempo del partido.
Pero no iba a ser así, una vez más estaba de suerte, los santos habían escuchado mis plegarias. Respiré aliviada al localizar un minúsculo sitio, era extremadamente
pequeño, pero con algo de habilidad tal vez consiguiera aparcarlo. Si lo hacía, sería otro hecho inexplicable para añadir a la lista. No podía dejar pasar una oportunidad
así. Examiné el microscópico espacio, a ambos lados estaba custodiado por dos furgonetas. Debía poner mucho cuidado para no rozarlas y, dada mi ineptitud al volante,
se presentaba como la tarea más difícil de la tarde. Seguí dudando, en el caso de que consiguiera embutir mi destartalado coche, parecía imposible que pudiera bajarme de
él.
Dicen que la necesidad agudiza el ingenio, y desde luego esa situación requería por mi parte más pericia de la acostumbrada. Se me estaba ocurriendo una excelente
idea. Salí del coche y me aseguré de dejar abierto el maletero, luego metí los retrovisores hasta dejarlos lo más recogidos posible y volví a subirme.
Aparqué como pude. No es que me desenvuelva muy bien cuando aparecen estos contratiempos, pero después de valorar las pocas alternativas con las que
contaba, me lancé sin meditarlo dos veces.
Salí por el maletero con la cabeza por delante y eché a correr desatalentada, como si de mí dependiera paralizar una horrible ejecución. Por culpa de esa euforia me
dirigí hacia el lado contrario. Estaba perdiendo unos minutos valiosísimos. Paré en seco. Me tenía que centrar y no lo conseguiría si no lograba ubicarme. Claro que no
era fácil, la orientación era uno de esos enigmas inventados por los tíos que yo odiaba más que… ¿dónde estaba la condenada puerta por la que me habían dicho que
debía entrar?
¡Ah! Por fin la localicé. Me había costado centrarme en ese gigantesco parking pero definitivamente lo había conseguido y pude tomar un punto como referencia.
Parecía impensable, ni siquiera yo terminaba de creerlo. Lo atribuí al milagroso alineamiento estelar de aquella tarde. Había elegido la puerta correcta. Estaba dentro.
El partido había empezado hacía ya diez minutos y todo el gentío parecía haberse acomodado en sus respectivos asientos. El escándalo existente era conmovedor.
Miré a uno y otro lado observando el ambientazo. En uno de los extremos del pabellón se concentraba una gran masa de color azul. Muchos seguidores de Duke se
habían dado un buen paseo para presenciar el partido. Junto a mí, gran parte de los asistentes iban vestidos de rojo.
Por raro que pareciese sabía dónde me encontraba. Conseguí abrirme paso y acercarme lo máximo posible a la fila donde estaban mis amigas. Por suerte, solo nos
separaban algunas butacas y, si lograba movilizar al pequeño grupo que se aglomeraba junto a ellas, conseguiríamos estar juntas.
Las gradas retumbaban como si fueran a desplomarse debajo de nuestros pies. Tan solo hacía unos minutos que había empezado el partido, pero la excitación no
había parado desde las semifinales. El entregado público estaba eufórico y el griterío no me dejaba escuchar lo que cuchicheaban Mel y Becky a mis espaldas, de hecho,
se notaba claramente que estaban hablando de mí. Podía escuchar sus risas. Me miraban de soslayo con una mueca divertida. Lo estaban pasando en grande, y yo,
aunque intentaba por todos los medios afinar mis sentidos, no lograba participar de su animada conversación.
Me acerqué a ellas un poco más, de puntillas y apoyada en la barandilla conseguí preguntarles emitiendo un grito ensordecedor:
—¡¿Me estoy perdiendo algo?! —pregunté.
Me miraron una vez más, carcajeándose, y siguieron con sus cotilleos.
—¡Luego te cuento! —dijo Mel girando su dedo índice—. ¡Chorradas!
Exasperada, así me sentía siempre que llegaba tarde. Conseguía que me quitaran el sitio y, además, me perdía lo mejor del espectáculo.
Aunque el partido de baloncesto estaba de lo más interesante, me sentía desplazada; atrapada en medio de aquel bullicio. Desvié mi atención y me entretuve
buscando a gente. Recorrí con la mirada el pabellón localizando la zona donde le gustaba sentarse a mi hermano Harry. Esta vez había acudido con los nuevos amigos
que luego nos presentaría. Me saludó, alzó sus brazos enérgicamente pensando que yo no le había visto, pero le respondí enseguida. Uno de sus amigos no me quitaba
los ojos de encima. Parecía ausente, lejos del emocionante partido que unos metros por debajo de él se estaba llevando a cabo. Sonreí con timidez. Una mezcla de
sensaciones me hizo estremecer. Me pareció descarado, pero a la vez me sentí halagada. Era guapo a rabiar, ¡más que eso! La verdad es que era terriblemente irresistible.
Resaltaba entre sus amigos por su porte y su forma de vestir. Era el único que llevaba un blazer impecable. El pelo, de un rubio color platino, se dejaba caer por su
frente confiriéndole un aire desenfadado. Parecía fuera de lugar en un sitio como aquel.
De pronto lo imaginé. Volví a mirar a Mel y a Becky que esta vez me observaban expectantes. Me incliné de nuevo sobre la barandilla.
—¡¿Pero qué pasa?! —les pregunté. Quería que me contaran qué tenía tanta gracia.
—¡¿No le has visto?! ¡El amigo de tu hermano! —vociferó Becky.
—¡Ah, sí! —conseguí decir quitándole importancia—. ¡Irán todos a la fiesta después del partido!
—¡Esto se pone interesante! —entendí como pude a Mel, esforzándome por leer sus labios—. ¡Que siga la fiesta!
El equipo de baloncesto de nuestra universidad estaba a unos pocos minutos de ganar el gran torneo, y nuestra amiga Britney brillaba también con luz propia entre
todas las animadoras con sus piruetas. Ella era la voladora. Para nosotras, su aparición resultaba tan importante como la de los propios jugadores y, a tenor de los
aplausos del público, no éramos las únicas que pensaban de ese modo. Britney y sus compañeras hacían una excelente demostración de sus capacidades artísticas. Se
merecían esos aplausos y más, entrenaban realmente duro.
—¡Bravo Britney! —gritaba Becky quedándose ronca con cada nuevo movimiento de las chicas—. ¡Así se hace!
Cuando acabó el segundo cuarto, aproveché para abrirme paso entre el grupo que nos separaba. De mala gana me hicieron hueco y retrocedieron hasta ocupar el
asiento en el que yo me había sentado antes.
—Gracias, gracias. Perdón. Lo siento. Discúlpenme.
—¡Siéntate ya, pesada! —gritó Mel—. ¡Mira que das la lata! ¿Eh?
Lo conseguí. Por fin estábamos juntas, como siempre. Me froté las manos por la emoción y sonreí. Saltamos las tres de alegría e inmediatamente después
prestamos atención al campo, donde Britney daba su salto más ensayado. En la grada, unos segundos de silencio precedieron a una exclamación general que hizo que se
me pusieran los pelos de punta. ¡Guauuuuu!
—¡Genial Britney! ¡Eres la mejor! —me escuché decir en medio de un incómodo silencio.
Mel y Becky se rieron.
—¡Pero bueno! ¿Qué te has tomado? —exclamó Mel sorprendida por mi entusiasmo. Le lancé una mirada pícara y me retiré el pelo lanzándolo al viento.
—Aún nada, así que imagínate. Espera a verme esta noche cuando lleve un par de copas.
—¡Pero qué tonta eres, Cris! —replicó.
—Muchísimo, sí. —Nos reímos las tres. Era un día de celebración. No solo se percibía en nosotras, todo el mundo estaba radiante de felicidad. El ambiente era un
hervidero de emociones a punto de reventar.
Se presentaba una larga noche. Habíamos seguido casi todos los partidos de nuestro equipo hasta llegar al gran día, que era ese y, viendo cómo se desarrollaba, el
momento prometía ser trepidante hasta el final. Era muy emocionante para nosotras, porque además de Britney, en el campo se concentraba buena parte de nuestra
pandilla.
Fred estaba jugando bien, igual que el resto, y Fernando presenciaba el partido desde el banquillo a causa de su última lesión. El pobre siempre resultaba ser el más
vulnerable de todo el equipo. Le tildábamos de torpe, pero es que gracias a su insólita destreza para atraer los desastres se había ganado a pulso el molesto sobrenombre.
A mí aquello no acababa de gustarme, porque cualquier calificativo, aunque no quieras, te estigmatiza, y te arrastra de forma precipitada hacia esa cualidad, así que me
niego a que Fernando se sienta atraído como un imán hacia las situaciones adversas. Por eso, en cuanto tengo ocasión, recalco alguno de sus atributos, que por cierto
tiene muchos, como que es generoso y sensible por ejemplo, para concebirle como un tipo distinto e ir tomando conciencia de su auténtica capacidad.
En el campo también se encontraba Mike. Él era con diferencia mi mejor amigo y con el que comparto todo tipo de aventuras. Es el mejor compañero de
universidad que una pudiera tener. A medida que han avanzado los cursos, nuestra relación se ha hecho más estrecha. Nunca nos hemos insinuado, pero en los últimos
tiempos las cosas parecen estar cambiando, percibo que se ha despertado una química especial. También la situación es diferente, nuestra etapa como estudiantes está
llegando a su fin y nos dirigimos a otra fase de la vida supuestamente más madura, vamos hacia lo desconocido, dispuestos a emprender un cambio decisivo para
encauzar el futuro. Supongo que el temor a distanciarnos y romper ese cordón invisible que nos mantenía unidos nos hace más vulnerables.
Ahora le tenía delante de mis ojos haciendo unos mates que me dejaban sin respiración. Tenía tal paranoia que incluso estaba sintiendo hacia él una atracción que no
había experimentado nunca. Su cuerpo era espectacular, con las medidas perfectas, de una belleza dura y demoledora. Pura fibra, todo músculo. El contorno de sus
brazos parecía esculpido por el mismo Donatello, pero en este caso moreno, extremadamente negro, con un tono como el café que me dejaba embobada y, por si fuera
poco para mi propio deleite, tenía una altura redonda, dos metros exactamente.
De nuevo me centré en el juego que, sin darme cuenta, se había reanudado. Mike estaba haciendo un partido soberbio, parecía ser el máximo encestador, brillante
como de costumbre, pero a pesar de todo, el marcador seguía estando igualado. Deseaba profundamente que, por una vez, la suerte se pusiera a nuestro favor. En estos
casos, tal como había ocurrido en las otras temporadas, el partido daba un cambio de rumbo y acabábamos perdiendo. Pero este año estaba siendo diferente, había
demasiadas vibraciones positivas para que acabara mal.
El nuestro era un equipo modesto, pero solo por el coraje empleado para sortear a todos los contrincantes y llegar con éxito hasta la final les hacía merecer la gloria.
Yo ya la saboreaba. Estaba metida de lleno en el partido y no volví a prestar atención al grupo que acompañaba a mi hermano Harry, hasta que un codazo de Mel me
hizo regresar al mundo.
—¿Has visto a ese otra vez? —sabía de quién me hablaba. Me volví para verle de nuevo. Me miraba fijamente, hipnotizado en medio del vibrante juego—. No te
ha quitado los ojos de encima. ¿De qué le conoce tu hermano?
Mis ojos se encontraron con los suyos, que me traspasaban, literalmente. Me pregunté por qué no se cortaba un poco, su inquietante mirada rayaba lo grosero, me
examinaba con tanto interés que por un instante dudé si me observaba a mí o fulminaba con la mirada a Mel. Hubiera sido lo lógico, ella era la guapa, la que solía
acaparar todas las miradas. Con su preciosa cara y su ondulante pelo rubio cayéndole en cascada por los hombros hasta alcanzar la cintura, acostumbraba a dejar sin
aliento a cualquier chico que se encontrase a cien metros a la redonda. También le acompañaba su figura escultural. Siendo optimista, mi aspecto era… corriente, en
realidad, mi rizado pelo castaño y siempre alborotado no me confiere el mismo aspecto que a ella; de hecho, a su lado, me hace parecer vulgar. Pero no, lo cierto es que
me miraba a mí con mucha curiosidad. Le devolví la mirada esperando a que él apartara los ojos, pero no lo hizo, por el contrario, continuó estudiando mi rostro sin
disimular. Retiré la vista ignorándole, para que no pensara que estaba pendiente de él.
Becky se unió sacándome momentáneamente de mi ensimismamiento.
—¡Está buenísimo, Cris, ya nos lo presentarás!
—¡Pero si aún no le conozco! Luego nos contará Harry. Se conocen del gimnasio.
—¿Ahora tu hermanito va al gimnasio? —preguntó Becky extrañada.
—Sí, a uno de esos donde se reúne la gente con pasta. Desde que trabaja en una empresa importante se le está pegando la tontería, aunque prefiero pensar que va
allí porque está cerca de su oficina y no porque se ha vuelto un pijotero elitista.
Mel, Becky, Britney y yo somos inseparables. El día que pisamos nuestra universidad de San Diego por primera vez nos hicimos tan amigas que desde entonces
hemos hecho todo juntas. Nos sentamos en la última fila de la primera clase que tuvimos en común y enseguida congeniamos.
Mel y yo nos parecemos muchísimo, nos encargamos de dar cordura para equilibrar al grupo. En realidad ella es más sensata y juiciosa que yo, pero hacemos un
buen tándem. Becky es más irreflexiva, pero muy, muy divertida. Tiene el carácter más alegre de las cuatro y es endemoniadamente sagaz. A veces me saca de quicio, es
tan marimandona que si no la contienes acaba por someterte. Tiene la mirada más cándida que he visto nunca, el rostro cubierto de pecas y el pelo color bermejo. Creo
que su inofensivo aspecto disfraza el temperamento y hace que a menudo perdonemos muchas de sus imprudencias.
Britney es la atleta del grupo, la disciplinada, destina buena parte de su tiempo a los agotadores entrenamientos con el resto de animadoras. Su nivel de exigencia es
altísimo, se esfuerza hasta agotar toda su energía. A mí me resultaría imposible, pero ella consigue encontrar un equilibrio perfecto para compaginarlo con los estudios y
su vida personal. Es introvertida, competitiva y callada. Becky y Britney, al contrario de lo que cabría esperar se compenetran a la perfección. Aunque no se parecen en
nada, guardan entre sí una conexión tal que deja pasmado a todo el que las conoce. A nosotras las primeras. Son mellizas, pero Becky siempre se encarga de aclarar que
ella es la hermana mayor, y lo cierto es que parece que lo es, sí, la hermana mayor pero de nosotras cuatro.
El ritmo de anotaciones estaba siendo imparable, y la agresividad en defensa era tenaz, nuestros chicos no se dejaban dominar. Por su parte, Mike acababa de
encestar dos triples seguidos y el público le respondió con una gran ovación. El partido parecía estar llegando a su fin. La final estaba a punto de poner la guinda a una
increíble temporada que nos había hecho vibrar hasta el último minuto. El entrenador de nuestros contrincantes pidió lo que iba a ser, previsiblemente, su último tiempo
muerto. Era difícil que pudieran recuperar el partido, pero un profesional como él, aunque el resultado parecía ya evidente, no podía dar nada por perdido.
Casi había llegado el momento más deseado de todos. Cuando quedaban escasos segundos para alcanzar la victoria, Mike recibió una falta horrible. La sentí en mi
estómago como un golpe fulminante. Me retorcí en el asiento, incómoda tras el sopapo que le acababan de dar, pero se me pasó rápido al comprobar que él ni siquiera lo
había notado.
Tenía la mandíbula rígida, las muelas me saldrían disparadas si no me relajaba un poco. Apreté los puños con fuerza y las uñas se me clavaron en las palmas de las
manos. Estaba impaciente. Fred sacó de banda y se la pasó a Mike, que la recibió tranquilo y seguro de sí mismo. ¡Ese era Mike! El chico que le defendía se despistó,
tardó un segundo hasta que le localizó, pero era demasiado tarde. Mike estaba estirado, el balón le rozaba ligeramente la cintura y descansaba en su cadera derecha. Lo
estaba sujetando con el antebrazo. Tres, dos, uno… Lanzó el balón por los aires y echó a correr con los brazos levantados hacia el resto del equipo.
—¡Ahhhhhhh¡ ¡Sí, sí, sí! —Becky comenzó a saltar arrastrándonos a nosotras dos—. ¡Hemos ganado! ¡Lo hemos conseguido, chicas!
Una lluvia de confetis anunciaba el afortunado desenlace, solo uno de los dos equipos se podía alzar con la victoria. LOS AZTECAS, el discreto equipo de la
universidad estatal de San Diego, había conseguido el trofeo más codiciado. La fiesta en la pista se celebraba con un entusiasmo descomunal. Los orgullosos vencedores
se abrazaban sin contener la emoción por lograr el gran triunfo. El foco central se llenó de espontáneos que tampoco podían contener la euforia. Era emocionante, los
chicos se estrechaban fuertemente unos con otros hasta formar un gran círculo y, después, el entrenador salió disparado por los aires como si fuera un cohete.
Sin darnos cuenta empezaron a cortar la red, que estaba bien afianzada y se resistía a desprenderse del aro; mientras tanto, en las gradas seguían los efusivos
aplausos. Desde arriba, nosotras estábamos satisfechas e impacientes por reunirnos con ellos, pero antes tenían que recoger el trofeo y el anillo de los campeones. El día
estaba saliendo a pedir de boca. Hacía tiempo que no disfrutábamos de una sesión como esa, en realidad creo que era la primera vez. Mike recogió el premio al mejor
jugador del torneo. Se lo había ganado por méritos propios. Me emocioné.
—¿Qué te pasa Cris? ¿No me digas que estás llorando? —me dijo Mel, conmovida ante la evidencia.
—¡Qué va! Es que estaba tan tensa que me he emocionado.
Le quité hierro al asunto. Era obvio que se me habían escapado unas cuantas lagrimitas. Un amasijo de emociones se mezclaba en mi cabeza y no me dejaba pensar
con la claridad de siempre. Sentía un aviso interior. El día ocupaba una especie de fiesta de despedida a todo lo que estaba a punto de dejar atrás. Becky se unió a
nosotras.
—¡Ay, Cristina! —me llamaban así cuando querían reprocharme algo—. ¡Pero qué rara estás hoy! ¿Te ha bajado la regla?
—¡Déjame en paz!
—Sí, Mel, le ha bajado, y esta vez le ha tocado la fibra sensible.
Por suerte, se pusieron a hablar con Emma y Sarah, unas compañeras que tampoco quisieron perderse el partido y con las que yo no me llevo demasiado bien,
sobre todo con Emma; me resulta odiosa, siempre me mira con aires de suficiencia sin saber muy bien por qué. Se cree un ser superior, próxima a la octava dimensión.
Existe un universo entero entre ella y yo, pero esta vez me alegré de que las dos víboras distrajeran a mis amigas y estas se olvidaran por un momento de averiguar qué
era lo que me ocurría a mí.
Cuando Mel y Becky terminaron de hablar con las dos diosas egipcias, nos tocaba resolver un asunto importante, y no era otro que centrarnos en salir de allí. No
parecía tarea fácil. Al menos intentaríamos no ser las últimas en abandonar las gradas.
El público se trasladó en masa hasta el aparcamiento del estadio, mientras nosotras nos quedamos remoloneando por las inmediaciones, haciendo tiempo hasta que
se despejase un poco y disfrutando de un grupo de danzarines que reproducía su peculiar bailecito celebrando el triunfo de su equipo.
—Mira Cris, tu hermano viene por allí con sus tres amiguitos —dijo Becky, sorbiendo ruidosamente los hielos del vaso de Coca-Cola y avisándonos a las dos para
entrar en situación. Nos hicimos las distraídas dándoles la espalda como si no hubiéramos advertido su llegada.
Harry avanzaba a grandes zancadas acompañado de su inseparable amigo Liam y de dos desconocidos, el rubiales mirón del blazer impecable y lo que parecía su
sombra, o su guardaespaldas, o su perrito faldero. Durante el partido, observé que parecían ligeramente mayores que Liam y Harry, superaban con creces los veinticinco
años recién cumplidos de mi hermano, y su aspecto, también chocante, recordaba a algún personaje de la camorra italiana. Quise mirarles

Web del Autor

Pagina Oficial

Si no sabes descargar mira este video tutorial

[sociallocker]
[popfly]

Descargar 

Leer en online
[/popfly] [/sociallocker]

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

error: Content is protected !!
---------