---------------

Libro PDF Sin bragas y a lo loco Carmen Amil

Sin bragas y a lo loco - Carmen Amil

Descargar  Libro PDF Sin bragas y a lo loco Carmen Amil


portazo que dio mi compañera de piso al entrar debió de escucharlo hasta el
vecino del quinto, el mismo que se pasaba el día escondido detrás de sus cortinas
descoloridas. Maldito voyeur. Cuántas veces le había visto allí, agazapado, cuando
mi ex me comía los morros en el portal. Aparté ese recuerdo de mi cerebro embotado
y miré a Lydia, que cargaba tres bolsas del súper en cada mano y lucía unas ojeras
tremendas con cara de bulldog enfadado.
—Tú sobre todo no te muevas, ¿eh?
Al gritar desde la entrada, su voz recorrió el pasillo con un eco siniestro que aun
la hacía parecer más cabreada. Tenía que acordarme de volver a poner las alfombras
un día de esos.
—Lo que usted ordene —contesté repantingada en el sofá.
Oí ruido en la cocina. Puertas que se abrían. El ventilador de la nevera, el sonido
de los botones de la vitrocerámica y la cafetera clásica hirviendo agua. Me encogí de
hombros y devolví la mirada a la reposición de Los Serrano. Pobre Guille. Le había
dejado Teté.
Lydia asomó la cabeza por la puerta del salón y clavó en mí sus penetrantes ojos
negros.
—¿Hoy tampoco piensas quitarte el pijama?
Me miré los deditos de los pies, enfundados en unos calcetines de lana blancos
con dibujos de copos de nieve. Los moví y ella se sentó a mi lado, cruzando los
tobillos.
—Pues no. No veo la necesidad.
—Mírame cuando te hablo —exigió.
Subí el volumen de la tele y la ignoré por completo. Por el rabillo del ojo vi que
negaba con la cabeza, lo que hacía que el moño enorme que llevaba en la coronilla se
agitara de derecha a izquierda. Casi me dio la risa. Casi.
—Venga, Ali, hagamos algo. ¿Me ducho y vamos a comer al chino grasiento?
—No tengo ganas de salir. Pídelo por teléfono.
Bufó y se levantó sin contestar. Aún llevaba puesto el uniforme del hospital, pero
se había quitado los zuecos y caminaba descalza, sin hacer ruido. En la puerta se giró
y me lanzó una mirada que habría podido fundir el hielo.
—No puedes seguir así, lo sabes, ¿no? ¿Hace cuánto que lo dejaste con Pablo?
—Virgen santa, Lydia, déjame en paz.
—Como quieras.
Y en lugar de sentirme mal o culpable, alcancé el móvil y llamé al chino para
pedir rollitos primavera y noodles. Ella se fue sin mí, claro, aunque a mí me daba
todo igual.
Me desperté a las ocho menos cuarto en el mismo sofá y casi en la misma
posición. Aún llevaba encajados los cascos del iPod y me dolían los oídos. Sonaba
What’s left of me, del último disco de Bon Jovi, el mismo que me parecía una bazofia
pero que no podía borrar porque… Joder, porque era Bon Jovi. Mi futuro marido.
Poca cosa quedaba de mí, la verdad: ganas de comer palomitas con mantequilla y
tragarme películas de Liam Neeson, de esas de tiros y muertes y desapariciones y un
montón de sangre. Moví el cuello despacio mientras esperaba a que mis ojos se
acomodaran a la oscuridad del salón y crujió con fuerza. Qué grima, joder. Tenía
hambre, así que pensé que un sándwich me vendría bien, porque ganas de cocinar,
pues tampoco tenía. Quité del sofá los restos del chino por no aguantar a Lydia y me
fui a la cocina.
Mientras volvía al salón, escuché un pitido continuo que procedía de mi portátil,
que hibernaba desde sabía Dios cuándo. Moví el ratón y una ventana de Hangouts
apareció en medio de la pantalla. Era mi jefa, que ya llevaba varias horas protestando
por escrito. Cacé las dos últimas frases con auténtico terror:
Los de la agencia de publicidad no están nada contentos con la estrategia de comunicación que estás siguiendo.
ESTAMOS EN CRISIS, HAZ EL FAVOR DE VENIR INMEDIATAMENTE.
Me daba una pereza extrema, pero el deber me llamaba, así que me vestí con
prisa. No recuerdo el modelito que llevaba, aunque sí que cogí la americana para
parecer ligeramente más profesional. Una cola de caballo bien tirante tendría que
bastar para aparentar que era una persona decente que no se dejaba llevar por el
pánico.
Salí a la calle a paso rápido y sin parar de darle vueltas a la forma en la que
tendría que convencer al cliente. Tendría que recular y darle la razón, estaba segura
de ello. Aún no había llegado a la parada del autobús, cuando mi teléfono volvió a
sonar, interrumpiendo la vorágine de argumentos que estaba preparando mentalmente.
Era mi jefa llamándome de nuevo, así que contesté mientras apretaba el paso,
pensando que llegaba tarde.
—Alicia —dijo, sin saludar—, he conseguido apagar las llamas.
Me sorprendió, ya que su fuerte jamás habían sido ni la diplomacia, ni las
aptitudes comerciales.
—¿Cómo?
—Dándole la razón.
Todo en su respuesta y su tono me hacía pensar que estaba extremadamente
enfadada. Lo que no sabía era si la razón era yo o que había tenido que bajarse los
pantalones con un cliente.
—¿Y ahora qué tenemos que hacer?
—Vete a casa. Reescribe la estrategia de marketing y mándamela para que la
revise antes de enviársela, no quiero que vuelvas a fastidiarla otra vez.
Por una parte me alegraba volver a ponerme el pijama, pero por la otra, me
enfurecía que me hiciera sentir como una completa idiota. Sin embargo, el resultado
fue estar triste, quizás porque cada vez tenía más claro que mi carrera profesional
estaba estancada y ni siquiera me sentía valorada.
Salí del ascensor visualizando mi cama y echando cuentas mentalmente de las
horas que iba a poder dormir. Un gemido bajo, procedente del descansillo de las
escaleras llamó mi atención.
—Dios, házmelo más fuerte.
—Shh… Silencio, nena.
Reconocí la voz y contuve una risita. Lydia chuscando, eso sí que era una
novedad. Me quedé allí de pie, sin encender la luz. Sabía que no debía, pero bueno,
ya se sabe que la curiosidad mató al gato. Y coño, que era Lydia teniendo sexo, y en
público, ¿quién me lo iba a decir? Por los sonidos que escuchaba, se lo estaban
haciendo bien. Entreabrí la puerta y asomé la nariz sin hacer ruido. El ventanuco del
rellano dejaba pasar la luz tenue y anaranjada de una farola y a contraluz la vi
cabalgando, con la falda enroscada en la cintura, las manos de él cubriéndole los
pechos y ella apoyando la espalda contra las rodillas del chico. Me deleité con la
vista, lo reconozco, porque ellos estaban tan absortos que no se habrían dado cuenta
de mi presencia ni aunque hubiera una señal luminosa con luces naranjas encima de
mi cabeza, y porque yo soy una morbosa confesa.
Recorrí con la mirada sus brazos, su vientre sudoroso y sus piernas. Casi me
muero repentinamente cuando reconocí el tatuaje de su gemelo izquierdo. Aún
recuerdo el día en el que acompañé a Pablo a hacérselo, hará dos años. Llevábamos
uno y medio saliendo.
—Joder, cariño, es que es muy feo.
—Pero, ¿quién va a hacérselo? —dijo, ajustándose el vaquero—. ¿Tú o yo?
—Soy yo la que tendrá que ver el demonio ese cuando follemos.
—Pues hazme el amor y mírame a los ojos.
Y me reí, claro, porque con Pablo siempre acababan así todas las discusiones.
Cogí aire con fuerza y apoyé la espalda contra la pared. Seguía escuchando los
ruidos del folleteo y me dieron ganas de vomitar. Me tapé las orejas con las manos,
muy fuerte. En aquel momento, lo juro, quise morirme. Una sensación caliente nació
en mi estómago, expandiéndose por todo mi cuerpo. Furia. Furia como no había
sentido antes en mi vida. Quise explotar en un millón de trozos candentes, pero en
lugar de eso, pegué un manotazo en la puerta.
—¡Fuera de aquí, hijos de la gran puta!
Después todo fue caos. Pablo vistiéndose a toda velocidad y saliendo, corriendo
sin levantar siquiera la mirada ni decir una palabra. Lydia intentando bajarse la falda,
pidiendo perdón de todas las maneras posibles. Se arrodilló, me abrazó las piernas,
suplicó y lloró. Yo, por el contrario, solo notaba cómo empezaba a invadirme una
sensación que parecía una mezcla de desesperación y de indiferente frialdad. De un
empujón la obligué a irse escaleras abajo, con la ropa descolocada, y le pedí entre
gritos que no volviera nunca más, que ya le diría yo a mi hermano que le devolviera
sus cosas. Cuando cerré la puerta, me dejé caer al suelo y pensé en todas las veces
que lo habrían hecho en mi casa cuando yo no estaba, en su cama, en la habitación de
al lado. Pensé que ya no podría caer más bajo. Había tocado el fondo más profundo
de todos los fondos posibles, pero eso tenía que significar que las cosas ya solo
podrían ir a mejor, ¿no?
Capítulo 2
Levantar el vuelo
Mi hermano Isra se presentó en mi casa al tercer día, como la resurrección de
Jesucristo. Dijo que como no cogía el teléfono había llamado a Alejandra, Álex para
todo el mundo. Era mi mejor amiga y la única que sabía a medias lo que había pasado
por un escueto whatsapp en el que también le decía que necesitaba un tiempo sola, de
regodearme en la miseria, para poder superarlo. Ella, cumplidora como pocas y
sabiendo que agobiarme no serviría de nada, me contestó con un «llámame cuando
necesites llorar» y me dejó en paz.
Mi hermano era harina de otro costal. Se instaló en lo que yo llamé la habitación
del pánico, que encontró tal y como Lydia la había dejado. La limpió de arriba a
abajo, cambió las sábanas y las lavó en el mismo momento en que yo empecé a gritar
que seguro que se habrían corrido un millón de veces en mi cama de invitados. Mi
paciente hermano abrió todas las ventanas y colocó ambientadores de pino en la mesa
y láminas de Warhol en las paredes. Todo en un intento de cambiar aquel cuarto en el
que yo afirmaba que no volvería a entrar nunca jamás porque mi imaginación me
jugaba muy malas pasadas.
Un miércoles lluvioso, Isra entró en el salón, cogió una silla y se sentó enfrente de
mí. Me miró fijamente con esos ojos azules que tenía y que había heredado de papá,
junto al pelo rubio oscuro, que llevaba de punta en aquel entonces. Nos parecíamos
como un huevo a una castaña, porque yo era morena y tenía un color de ojos
indefinido entre almendra y verde. Me palmeó la rodilla con cariño.
—Ali, cariño…
—Ahórrate el tacto, Isra —dije malhumorada, sin desviar la mirada de la tele. No
sé cuántas veces había visto ya aquel capítulo de Friends, pero evitaba que tuviera
que prestarle atención a aquella conversación que no me gustaba nada.
—Bueno… Ya hace un mes que me instalé contigo y… Yo qué sé…
«¿Un mes? ¿Ya? Joder, cómo pasa el tiempo» pensé.
—Que te quieres ir, pues adelante, rey, que ya soy mayorcita.
Se revolvió el pelo con desesperación.
—No, no me quiero ir. Pero es que tú no avanzas. Llevas ahí tirada un mes, en
pijama y no haces nada.
—Eso no es justo —atajé—. Trabajo.
—Trabajas en casa, Ali. Eso no cuenta como «hacer algo» —remarcó con retintín.
No supe qué contestar, porque sabía que tenía razón. Ni siquiera tenía la certeza
de haberme cambiado el pijam

Web del Autor

Pagina Oficial

Si no sabes descargar mira este video tutorial

[sociallocker]
[popfly]

Descargar 

Leer en online
[/popfly] [/sociallocker]

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

error: Content is protected !!
---------