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Sindy la colegiala Serie Bellón 1 – Julián Ibáñez

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Sindy la colegiala Serie Bellón 1 – Julián Ibáñez

Descargar libro PDF fútbol, aunque estoy seguro de que no juega a nada, la levanto y la apoyo en el neumático de la rueda delantera. Usa zapatos negros, de cordones, zapatos caros, le quito
el de la pezuña izquierda y compruebo que son unos Callaghan, están relucientes, como si les hubiera pasado el cepillo porque ha adivinado lo que le va a suceder. Le
sujeto la pata con la mano izquierda y le golpeo con el martillo un poco más arriba del tobillo, en el cuello del hueso que es el lugar más débil, que debiera ser el lugar
más débil porque necesito golpearle media docena de veces hasta que sé que se ha partido.
Esto es lo más cansado del trabajo, y tienes que concentrarte en lo que haces, debes golpear en el mismo sitio, sino no sirve de nada, puedes conseguir sólo
un poco de carne machacada; además, te encuentras con la guardia baja y a lo mejor hay un mirón contemplándote trabajar sin que te enteres, como si fueras una
atracción. No he oído el chasquido del hueso, los golpes del martillo me lo han impedido, pero sé que se ha roto porque la pezuña se dobla de lateral y esto una pezuña
sólo puede hacerlo si el hueso está roto. Suelto la pata, el pie se escurre por el neumático y cae el suelo; el tipo gime, da la impresión de que gime por otra cosa. Me
inclino para darle el recado, para que vea que yo no tengo nada contra él, que el hueso roto se lo ha merecido porque es un cabrón. Me inclino y acerco mis labios a su
oreja.
—Eres un cabrón, te lo mereces por cabrón… Para que no mojes la salchicha en… Aurelia… o en Angustias, como se llame. ¿Te has enterado? Y me he
quedado con las ganas de partirte el otro, no lo olvides.
Me incorporo. Miro alrededor. Nadie. Guardo el martillo en el bolsillo interior de la chupa y saco la cajetilla. Enciendo un ducados, doy una calada
profunda y echo el humo. Vuelvo la mirada hacia él tipo y le hablo con el pensamiento:
Si hubieras salido acompañado como ayer me habría visto obligado a seguirte hasta tu casa; si hubieras salido acompañado las cosas se habrían complicado
porque me habría quedado sin cobrar. Me hubiera visto obligado a decirle al carnicero que estaba resuelto su problema, aunque no estuviera resuelto, porque necesito la
pasta… Supongo que te habría seguido hasta tu casa y habría abierto la puerta de una patada, para encontrarme con tu costilla sirviéndote la cena, porque estoy seguro
de que estás casado; me veo explicándole que he entrado de esa manera porque te estás tirando a la mujer del carnicero; tu costilla se habría alegrado de saberlo y te
habría vaciado la sopera en la cabeza… Sí, Romeo, has venido directamente al Honda. Y no me ha costado nada acercarme a ti. Para mí eres Romeo, tengo el papel con
tu nombre en el bolsillo pero no lo voy a sacar…
Hasta aquí llega la música de las charangas, creo que el viento sopla a favor. Llevan dos horas desfilando, están ya por General Ortuño, o por Borja
Grimaldi… Me podía haber disfrazado, ahora me doy cuenta, me podía haber disfrazado… de gorila o de cualquier otra cosa…
Miro a derecha e izquierda. Nadie. Dejo caer el pitillo y lo aplasto con la suela del zapato. Me pongo en marcha, enfilando hacia Mayor Cid que es donde
he dejado el Renault.
El bar donde echo el último trago está en la carretera de Pinto, unos trescientos metros más allá de la gasolinera. Es un garito solitario, de una sola planta, de
tejado a dos aguas; no demasiado cutre. El aparcamiento es de tierra, sin árboles y sin marquesina, encharcado ahora, aunque Kinito echa de vez en cuando un camión de
garbancillo en la entrada. Hay cuatro coches entre los charcos. Los cuatro seguro que son de Madrid. Aparco junto un Seat. La iluminación es la que proporciona el
fluorescente rosa en letras de redondilla: El Elefante Blanco. Echo la llave al Renault y entro en el bar.
Ocupan la barra algunos patanes de Parla o Pinto, atendidos por las cuatro chicas. Kinito está en la zona de la caja, su sitio de siempre. Acabo de descender
el escalón de la entrada cuando todo el mundo vuelve la mirada hacia mí produciéndose un silencio repentino. Me detengo. No sé por qué me miran. Les miro. Caigo en
la cuenta de que estamos en Carnaval, pero no sé qué tiene esto que ver con que me estén mirando. A lo mejor hay testigos del trabajo que acabo de hacer en Entrevías.
Es imposible, he venido directamente al El Elefante Blanco. Las miradas y el silencio no se deben a que conocen la noticia.
Lo más extraño es que Kinito también me mira. Tiene los brazos apoyados en la barra, en su posición habitual. Hoy viste una camisa rosa de manga larga,
impecable como siempre. El cajón del dinero está a su espalda, cerrado. Lula, Fina, Dulce y Ruth también me miran. Lula tiene la mano en la boca, como si estuviera
dando una calada a un pitillo, pero no está fumando. Dulce mira en mi dirección sobre el hombro de Bielski. Lula y Fina están por los treinta, Dulce y Ruth no tienen
más de diecisiete años. Bielski, es el único que no me mira, nunca mira a nadie, tiene los brazos apoyados en la barra y los ojos puestos en su lata de cerveza.
Advierto que no me miran a mí, miran a mi espalda, lo advierto ahora, y el silencio se debe a lo que están viendo. Giro la cabeza y me encuentro, a sólo un
metro de distancia, en el escalón de la puerta, a un tipo que ha entrado detrás de mí sin que yo me haya dado cuenta. Es un tipo alto, con planta de atleta, subido en el

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escalón me sacará más de un palmo. Lleva puesto un traje gris bastante bueno, con camisa blanca y corbata azul con rayas amarillas y verdes. Es un tipo normal, sólo
que es bastante fuerte. Pero estamos en Carnaval y lleva el rostro cubierto con una máscara, reconozco el careto de la reina Sofía, con la correspondiente peluca copia
del peinado de la reina. Acabo de poner mis ojos en él cuando me apunta con el dedo índice como si fuera una cacharra, y exclama:
—¡Zarpas arriba, esto es un atraco!
Su voz suena hueca detrás de la máscara. Silencio. Nadie ha reído la gracia, si es que es una gracia. Yo tampoco me río, ni sonrío. Reina Sofía enfunda y se
dirige a la barra, se vuelve, desenfunda de nuevo y me dispara:
—¡Pam, pam!
Sus zapatos crujen, debe de ser otro truco. Este tipo es un bufón. Aunque su aspecto no es de bufón. Nadie se ha reído, sólo Fina que lo ha hecho nerviosa.
Yo levanto al fin los brazos para seguirle la broma. Kinito contempla
la ceñudo al tipo, no le gustan estos números en su bar. Kinito nunca ríe, ni siquiera sonríe. Yo no sé cómo tomarlo. Bajo los brazos, de pronto me siento gilipollas.
Me acerco a la barra y me coloco al lado de Reina Sofía, a ver qué pasa. Ruth nos atiende, está muy seria pero no mira a Reina Sofía de forma especial. Éste
inclina la cabeza en mi dirección y dice:
—Invita al amigo.
Y me guiña el ojo izquierdo, detrás de la máscara. Es un ojo gris acero. No sé de qué va este tipo. Digo:
—La siguiente es mía –aunque me parece que no me llega la pasta.
Ruth le sirve un JB sin hielo sin preguntarle qué toma. Los otros clientes y las chicas nos miran de reojo, se han reanudado las conversaciones pero en un
tono bajo. Ruth me pregunta:
—¿Tú?
—… Una Golden.
Una Golden es siempre mi primer trago en el El Elefante Blanco, el segundo también, vengo casi todas las noches, estoy seguro de que Ruth sabe muy bien
lo que tomo, sé que las chicas me llaman “el señor Golden”.
Kinito no aparta su mirada de Reina Sofía, continúa con los brazos apoyados en la barra, parece advertirle que lo tiene bajo control, que no se fía de él…
Puede que no, ahora caigo, debe estar calculando el calibre de Reina Sofía porque Kinito recibe por detrás. Reina Sofía brinda su JB en mi dirección y bebe.
Las conversaciones recuperan el tono normal. Ruth coge unas llaves de una repisa y las guarda en el bolsillo del vestido; es un vestido verde claro, muy
ligero, de primavera o verano, muy corto. Engancha el vaso vacío de un patán y le pregunta con malos modos si quiere más hielo; el patán, que le ponga otra.
Echo un buen trago, resulta que estoy sediento. Todavía tengo la lata en los labios cuando me llega la voz de Bielski diciéndole a Dulce que papá Oso mete
en la cesta un pan, queso y miel porque ha decidido ir de pesca. A Bielski le gusta contar cuentos y a Dulce escucharlos.
Vuelvo la cabeza, advierto que lo he hecho porque de alguna forma he captado que la expresión de Kinito se ha alertado. Miro hacia mi izquierda y veo que
Reina Sofía ha hundido su mano derecha en el bolsillo de la chaqueta. Me enderezo, dejo la lata sobre la barra y cierro los puños; no sé por qué lo hago, no me va nada
en el asunto y tengo la cartera vacía. Todo el mundo se ha dado cuenta de la maniobra de Reina Sofía. Éste saca la mano del bolsillo y arroja un puñado de confeti sobre
la cabeza de Ruth que le está poniendo la copa al patán. Reina Sofía es sólo un bufón en plan de juerga.
Unos minutos después, Reina Sofía deja un par de billetes pequeños sobre la barra y, sin despedirse de nadie, se encamina hacia la puerta. Sus zapatos
crujen. Cuando se encuentra a la altura de Kinito mete con rapidez la mano en el bolsillo de la chaqueta, la saca y arroja un puñado de confeti a la jeta de Kinito. Éste le
mira muy concentrado. Reina Sofía le mantiene la mirada un par de segundos y luego sale del bar.
Engancho la lata y me arrimo a la máquina. Meto las cuatro monedas que me quedan. Tengo un billete de diez para pagar otra Golden. Aprieto el botón.
Un par de minutos más tarde oigo la voz de Ruth:
—Dos Dyc y una jein. No está hecho.
Supongo que se lo dice a Dulce, sirven en el mismo lado de la barra. Veo de reojo a Ruth que, tal como está, sólo lleva puesto el vestido ligero, sale del bar.
La máquina me está costando toda la calderilla. Me queda el billete de diez, para dos Golden. Mañana le cobraré al carnicero. Regreso a la barra.
Kinito abre el cajón del dinero, saca los billetes grandes, hace un paquete con ellos y lo guarda en el bolsillo. Dulce se ha separado del polaco porque está
poniendo hielo en el vaso de otro patán.
Kinito me mira. Tardo en comprender por qué lo hace: Ruth no ha regresado. Me queda una moneda. Vuelvo a la máquina.
Un minuto más tarde me he quedado sin partidas. Dejo la lata sobre la máquina y salgo del bar.
En el aparcamiento sólo hay bugas, seis ahora contando un Honda. Escudriño el interior de todos los bugas pero no encuentro a nadie. Ruth se ha largado,
lo más probable es que se haya ido con Reina Sofía, no ha salido para hacérselo en el aparcamiento, Kinito no lo permite. Se conocen, Ruth y Reina Sofía se conocen,
estoy seguro. La chica no se ha despedido, se ha largado sin más, a veces sucede, las chicas van y vienen. Decido regresar al bar cuando oigo un grito apagado, como un
gemido, es un grito de mujer. Proviene de la parte de atrás del bar. Voy allí.
La luz es escasa, la del letrero rosa reflejada en los charcos. Hay dos coches aparcados en la parte de atrás: el Mercedes de Kinito y un buga color… me
parece que butano, creo que es un Ibiza. Junto al Ibiza veo las sombras de Reina Sofía y Ruth. El tipo la está sacudiendo, con una correa, o con una cuerda. Me dirijo
rápido hacia ellos.
Ruth se encuentra acorralada entre el Ibiza y el aligustre, está medio encogida, se cubre el rostro con los brazos y gimotea:
—… ¡Déjame!… ¡No quiero!… ¡Déjame, hijo de puta!… ¡Cabrón!… ¡déjame!…
Reina Sofía la sacude, pero no lo hace seguido, deja transcurrir tres o cuatro segundos entre cada correazo, como si le estuviera diciéndole que la sacude pero
que es un trabajo como otro cualquiera.
Le chiflo y le grito:
—¡Eh, majestad! —El tipo detiene el brazo y gira la cabeza en mi dirección. Añado —: Tienes puesta mi copa.
Cierro los puños, le tengo como a seis o siete metros. Será mejor que no me golpee con la correa. Es un tipo corpulento,

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