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Libro PDF Sophie Simplemente amor 1 Azminda Cangar

Sophie Simplemente amor 1  Azminda Cangar

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― Creo que es la primera vez que no quiero ir una fiesta, Sophie.
― ¿Nos regresamos?
Mi hermana era la ‘fiestera’ de la casa, si ella no quería salir, yo feliz regresaba a dar un par de brazadas.
― No. Ya estamos aquí. Vamos a darle un susto a Kurt.
Las dos reímos con malicia, Kurt creía que podía deshacerse de nosotras. Con lo que él no contaba, es que nosotras todavía no queríamos deshacernos de él. Y
si a eso le agregamos que me sentía un pelín herida, era casi un hecho que Viri y yo nos pegamos como sanguijuelas a él. Era la primera vez que no nos invitaba a una de
sus fiestas, eso dolía. Aunque teníamos casi los mismos amigos, el círculo donde nos movíamos era muy diferente.
Entramos al jardín de los Bass con paso firme, ya se encontraba una que otra pareja besuqueándose en las sombras, también un chico regando las plantas con
el contenido de su estómago. No era una visión que nos agradara a ninguna de los dos, apuramos el paso y entramos a la casa. La residencia elegante que con tanto
esmero decoró la señora Bass, Ahora era un burdel con exceso de música, alcohol, drogas, y hormonas.
Viri apretó mi mano un tanto alarmada, a escasos metros de la puerta de entrada, en una de las mesas de la estancia estaba reunido un grupo de tres
repartiendo en línea― polvo blanco con una tarjeta, a los tres los conocíamos, los tres iban al mismo colegio que nosotras, y por supuesto, los tres de ahora en adelante
estaban en mi lista negra de amistades.
―No los veas ―le susurré a mi hermana, que, aunque no tenía un pelo de tonta, intentábamos por todos los medios mantener un poco de su inocencia, era a
la única de los tres que le quedaba inocencia.
Nos abrimos paso entre la gente, poco a poco la tensión de la bienvenida se fue desvaneciendo, conocíamos a la gran mayoría, saludos, abrazos, invitaciones a
bailar, pero fue hasta que Viri vio a Bruno que soltó mi mano.
― ¿Qué hacen aquí?! ―Fue la bienvenida del Lobo.
Bruno era el hijo menor de Frank, Diana, y Jasón, los Gardner ―y mejores amigos de mis padres―, y el “novio” de mi hermana. Era un noviazgo de manita
sudada que tenía como único fin mantener a las familias contentas, de buena fuente sabía que no pasaban de un par de besos, ninguno de los dos estaba interesado en el
otro en el ámbito amoroso, en el amistoso era otra cosa, Bruno era uno de nuestros mejores amigos.
― ¿Dónde está Kurt? ―Bruno se lamió los labios en un gesto nervioso, obviamente este era el tipo de fiesta en la que Viri y yo no éramos bienvenidas.
Los Gardners ya tenían un par de años uniendo fuerzas con mi hermano, ya no solo luchábamos con Kurt por un poco de privacidad, ahora teníamos cinco
mocosos que se creían los dueños y señores del universo siguiendo cada uno de nuestros pasos. No era sorpresa que Viri se besuqueaba con Bruno y yo con Fabio, eran
los únicos hombres disponibles aparte de mi hermano. Tampoco era sorpresa que mi experiencia sexual se restringía a mis manos, ni siquiera Fabio se atrevía a ir más
allá de un beso, era como si Kurt los tuviera amenazados.
―Déjate de ondas. ¿Dónde está mi hermano?
― ¡Bruno!
Bruno no tuvo oportunidad de contestarle a Viri, una chica de su clase se le restregó en un movimiento lascivo muy indigno en una chica de quince―. Ah,
vienes acompañado ―le “reclamó” Viri con una sonrisa.
¿Ya mencioné que mi hermana y su “novio” en realidad son un poco retorcidos?
―Se supone que ustedes no debían venir, Viri. ¿Con quién vienen?
Fue su contraataque. La música era ensordecedora, no alcancé a escuchar que le decía Viri a Bruno, lo que si pude fue ver, el rostro de Bruno se suavizó con la
contestación de Viri, incluso su cuerpo se relajó.
― ¡Quédense en la parte trasera! ¡No suban! ¡Y no beban nada! ―Nos advirtió entre gritos el menor de los Gardner. Dos segundos después bailaba
animadamente con el corderito, Bruno tenía cara de angelito, pero en realidad era un Lobo que esa noche comía cordero. De todos los Gardner, Bruno era el más
retorcido. Era fácil conseguir presas con esos ojos dulces y ese chocolatoso cabello de recién despierto, su cuerpo todavía no se desarrollaba por completo, aunque era
innegable que iba por buen camino.
Seguimos las instrucciones del Lobo y nos dirigimos a la parte trasera. Pocos minutos después Viri y yo aprovechamos que no teníamos centinelas a la vista,
y bailábamos en medio de un grupo con vaso en mano, saltando, cantando, disfrutando a ojos cerrados, y olvidando completamente a Kurt.
No tardé en sentir un par de manos rodeando mi cintura, era común encontrar “novio” en las fiestas, ni siquiera me molesté en averiguar quién era.
― ¡Traigo el teléfono encendido! ―le aseguré a Viri gritando. Me enseñó su pulgar hacia arriba e hizo un guiño. Ya estaba confirmado, cualquier cosa que ella
necesitara solo tenía que marcar, cualquier cosa que yo necesitara, ella estaba a solo una llamada.
No sé cuánto tiempo pasó, solo sé que estaba recargada en una pared con Daniel, mi nuevo novio, y su lengua hasta mi garganta cuando sentí una vibración a
la altura de mi cintura. De un solo movimiento me despegué del novio y contesté la llamada.
― ¿Viri?… Viri… ¡Viri! ―En segundos ya revisaba la casa, frenética por encontrar a mi hermana pequeña―. ¡Viri! ¡Viri! ―Mis manos empezaron a sudar, un
mal presentimiento subió desde mis entrañas hasta mi boca. El sabor agrio del miedo me activo, algunas personas se entorpecen con esa sensación, yo no era una de
ellas, en mi se prendía el mecanismo de supervivencia y defensa. Fui abriendo puertas a diestra y siniestra sin importar quién estaba tras ellas, o lo que hacían. Ahora
entendía porque Kurt nos dejó afuera de la lista de invitados, esto no era una fiesta, ¡esto era una orgía! Solo basta decir que era de las pocas que seguía vestida.
La música seguía a todo volumen dificultando mi búsqueda, llegué a las escaleras y el miedo se acrecentó. Subí saltando el obstáculo de personas semidesnudas
que se hallaban en la escalera, probablemente por no encontrar un mejor lugar para revolcarse.
― ¡Viri!
― ¡¿Sophie?! ―Finalmente apareció mi hermano―. ¡¿Qué haces aquí?! ―Conocía a Kurt en todas sus formas, como cualquier hermana conoce a su hermano,
pero tenía muchos años de no verlo desnudo. Mi hermanito ya estaba crecidito.
― No encuentro a Viri ―El temor en mi voz lo alertó. Sin mucho cuidado se quitó a la chica que tenía encima. Mientras él encontraba algo con que cubrirse,
escaneé la habitación. ¿De dónde diablos salió tanta gente? En cada rincón encontré parejas o grupos manoseándose―. ¡Viri! ―Con menos ruido intenté nuevamente
con el celular.
― ¿Cómo se te ocurre traerla aquí? ¿Por qué no están en casa? ¿Quién las tra…
― ¡Cállate!
El violín de David Garrett entonando “Dangerous” se escuchaba muy a lo lejos, las notas siguieron y siguieron mostrándome el camino amarillo hasta que
llegué a la puerta al fin del pasillo. La abrí y encontré a un trol luchando con un hada, no sé de dónde agarré la botella, fui consciente de ella hasta que escuché el sonido
hueco de ella quebrándose en la cabeza del magistral imbécil que cayó encima de mi hermana como peso muerto. No hubo gritos ni alboroto, solo el eco de la música de
la planta inferior, y a David Garrett y su violín acompañándonos.
La sangre cubrió rápidamente la blusa de mi hermana, Kurt llegó junto con Gordon y Fabio que de un solo movimiento le quitaron el peso muerto a mi
hermana. La sangre no paraba de salir y de lo único que realmente me preocupé, fue de mi hermana escupiendo algo blanco.
― ¿Qué es eso? ―Viri no contestó, solo negó asustada señalando su boca―. ¿Qué es eso? ―Repetí agarrando su cara y forzando sus labios para que me
mostrara el interior de la boca. Pedacitos de lo que parecían pastillas estaban por todos sus dientes. La agarré de la mano y nos metimos al baño de la habitación, ella
sola se enjuagó la boca, se hincó y se metió uno de sus dedos para provocarse el vómito.
― ¡¿Qué tiene?! ¡¿Qué le hizo?!
Si mi hermano estaba intoxicado con algo, en ese momento no mostraba signos de nada, más que una fría violencia en los ojos.
― ¿Te sientes muy mal? ―Le murmuré a mi hermana mientras le pasaba una toalla mojada por el cuello. Empezaba a entrar en pánico cuando Kurt se hincó
al lado de ella.
― ¿Viri?
Mi hermana no dejaba de vomitar, vi sangre justo antes de que se desvaneciera entre mis brazos y los de Kurt.
― ¡Oh, mierda! ―Jadeamos los dos, sincronizados como buenos mellizos.
Esa fue la primera vez que aparecimos en los tabloides, el titular fue; Los herederos NCJ: Drogas, sexo & muerte.
2
Atrás quedaron las pequeñas travesuras. Pensé que les había quedado claro muchos años atrás que con nosotros no se debían meter. Estábamos en tercer grado
cuando lo gritamos fuerte y claro.
Kurt le tapó los ojos y lo metió al casillero, al mismo tiempo que yo vaciaba una bolsa de diamantina dorada sobre su cabeza. En menos de un respiro
cerramos el casillero y caminamos en dirección opuesta, sin palabras, sin titubeos, sin una pizca de arrepentimiento nos dirigimos al salón, sobretodo, sin importar los
gritos de Josh, el hijo menor del senador Bass por el estado Illinois.
Pasaron veinte minutos antes de que alguien extrañará al caprichoso y bravucón Josh, el típico niño con falta de atención en casa buscando un poco de
atención molestando a los demás.
Kurt y yo seguimos todos los pasos de contingencia que decía el manual; no corrimos, no gritamos, seguimos a la maestra, y nos mantuvimos con el grupo
hasta llegar al espacioso gimnasio. Pasaron los minutos con lentitud, el ochenta por ciento del personal del colegio más prestigioso de Chicago buscaba puerta por
puerta, pasillo por pasillo, rincón por rincón al desaparecido Josh, los alumnos se empezaron a impacientar y empezaron los murmullos. Unos especulaban que se
había escapado, algo casi imposible considerando la seguridad del plantel, otros, que él fastidioso niño estaba escondido entre la indecorosa cantidad de árboles que el
colegio tenía en sus alrededores, los más, que Josh estaba molestando a otra inocente víctima.
Busqué a mi hermana y la encontré asustada, Viri todavía no se adaptaba al nuevo colegio, a duras penas se estaba adaptando a su nueva familia, lo último que
necesitaba es que un mocoso como Josh la molestara.
Sin pedir permiso dejé mi lugar en el grupo y me dirigí al Hada, realmente lo parecía, chiquita de cabello dorado y brillantes ojos verdes, tomé la mano de mi
recién estrenada hermana y me senté a su lado. A los pocos minutos, Kurt ya tomaba la otra mano de Viri, juntos esperamos que alguien encontrara a Josh. Finalmente
vimos entrar al Director Mayle y nos preparamos para lo inevitable. Todos; el personal, los alumnos, los padres de familia, para todos fue claro quiénes eran los
responsables del pequeño contratiempo. Josh tuvo el mal tino de molestar a Viri un día antes. Gran error. La menor de los Northman―Carter Jones llegó a casa con el
cabello llenó de diamantina. Kurt y yo planeamos el pequeño golpe mientras mis papás hablaban por teléfono con Mayle, el director prometió tomar cartas en el asunto
y aseguró que el inconveniente no se iba a repetir.
Solo para estar seguros, nosotros hicimos nuestra parte.
Todavía recuerdo la mirada de suficiencia de Kurt, el nulo arrepentimiento en mi pecho, lo que más recuerdo, es la sonrisa de mi hermana. Ese día Viri supo
que no estaba sola en el mundo, que nos tenía a nosotros para protegerla, que era nuestra hermana. Obviamente esperamos un regaño, ninguno llegó, Josh nos señaló
como responsables por supuesto, pero sin pruebas o testigos era palabra contra palabra, y Josh tenía muy mala reputación.
Creímos que esa pequeña travesura le había dejado claro que nadie se metía con los hermanos NCJ, sin embargo, una vez más demostraba que era de pocas
entendederas. Y aquí estábamos, recibiendo el regaño que no recibimos años atrás.
― ¡¿Tienen idea de lo que hicieron?! ¡¿Qué diablos hacían metidos en la casa de los Bass?!
Mis papás, si, en plural, nos tenían acorralados en la oficina del palacio. Alex era abogado y el que no dejaba de gritar, Owen era fotógrafo mundialmente
reconocido, y si me preguntan, mi favorito. Los dos, junto con Kaira, mi madre, eran dueños del Grupo Carter, un conglomerado de bienes y servicios de valor
indeterminado, crecía más y más a cada minuto.
Kaira, alias Ami, descubrió cómo se debe vivir y se enamoró de dos hombres, y esos hombres la adoran con pasión y locura desmedida, justo era decir que
también nos querían a nosotros de la misma manera. Su sangre no corría por nuestras venas, no hacía falta, Kurt, Viri y yo éramos más Northman―Carter que ellos
mismos. Aunque no en este preciso momento.
―Mañana… ¡No! ―gritó nuevamente Alex mirando el reloj― dentro de dos horas tienes entrenamiento. ¿Qué hacías en una fiesta?
¿Qué podía contestar? ¿Qué era una irresponsable? Él ya lo sabía. Empezó a caminar como León enjaulado, síntoma de que estaba muy, muy enojado.
―Kurt… Kurt…
Kurt era el preferido de Alex, era justo considerando que todos merecemos tener un consentido y que, para mi fortuna, yo era la consentida de la que
realmente mandaba, Kaira Jones.
Mi hermano por primera vez demostró un poco de arrepentimiento, titubeando se disculpó―: Lo siento, papá ―aunque nunca bajando la cabeza, Kurt era
muy arrogante.
―Tu hermana pudo terminar muerta, Sophie tiene competencia el fin de semana, mañana tienen escuela. ¿Qué hacían en una fiesta?
La pregunta fue dirigida a Owen, mi Api suspiró y aceptó el lugar del inquisidor, ya no le quedaba paciencia a Alex.
―Sé que están en una edad difícil, que necesitan un poco de libertad, y que piensan que la seguridad es demasiado restringida, pero…
― ¡No! ―intervino nuevamente Alex, Owen le dirigió una mirada que lo hizo callar, mis padres nunca se contradecían, no enfrente de nosotros.
―Sí, si lo sabemos ―le recalcó Owen a Alex―, pero tienen que entender que todo es por su bienestar. Nada les costaba venir y preguntar, obviamente les
íbamos a decir que no, pero nos hubieran advertido que tenían fiesta y no nos hubiéramos ido a dormir confiados en que nuestros tres angelitos estaban en casa.
Hubiéramos dado la alerta a los de seguridad y se les hubiera complicado salir. Ahora todos estuviéramos plácidamente dormidos y no discutiendo a las cuatro de la
madrugada.
Se escuchó la risa de mi Ami y la tensión bajo varios grados. Kaira Jones entró a la oficina como lo que era, una reina, sus pasos siempre eran delicados y
firmes. Se dirigió a Alex y con solo una de sus manos en su pecho, lo dominó. El cuerpo de Alex se relajó visiblemente. ¡Yo quería ser como mi madre!
Alex era un hombre muy firme, estricto sería una palabra para describirlo, tenía que serlo, a veces era el único con un poco de cordura.
―Ay, Owen. Por eso es que estos niños hacen de las suyas, porque todo les consientes.
Owen le sonrió como a mil millones de dólares en oro, Kaira le regresó la sonrisa y lo sustituyó en el papel del inquisidor.
Se recargó en el escritorio, cruzó los tobillos, las manos y exigió―: Explíquenme.
3
―Eso está mal ―se burló Kurt señalando mi tarea.
― ¡No, no está mal!
Odiaba que se metiera en mi trabajo, y ahora no tenía escapatoria.
Después de dejar a Viri dormida en su habitación, Kaira nos escuchó, nos regañó, y nos sentenció a cadena perpetua; Tres meses de trabajo voluntario en una
finca Foster ―para recordarnos lo afortunados que éramos―, tres meses sin ningún aparato electrónico ―mayormente para evitar que nos enteráramos de qué decía la
prensa de nosotros―, y tres meses sin intimidad. Ese fue el peor de los castigos; trabajo voluntario, escuela, tareas, dormir, todo juntos, ¡era una tortura!
“Si se escapan juntos, el castigo es juntos”, aleccionó Kaira cuando dio el veredicto. Ninguno de los tres la corrigió, nos podíamos pelear, odiar incluso, pero
siempre hombro a hombro.
― ¿Cuál es la respuesta? ―exigí. Si estaba mal, su deber como hermano es que me diera la respuesta correcta, ¿cierto?
― ¡Jóvenes! ―Nos advirtió Conchita. Bendita mujer, tenía la paciencia de un santo.
― ¡Dile que deje de molestarme! ―Volví a exigir.
― ¡Le estaba ayudando! ―se adelantó Kurt.
―Conchita, ya acabé ―anunció con voz melosa Viri.
Así éramos; Kurt era el que molestaba, Viri era la que nivelaba, y yo era la que siempre tenía la razón.
Conchita dejó de revisarnos las tareas desde hacía años, ya ni siquiera teníamos edad para tener nana, pero Conchita era parte de la familia. Además, sabia
todos nuestros secretos, no juzgaba, y le divertía que nuestra familia fuera un poco ‘diferente’. Mis padres confiaban ciegamente en ella.
Tenía dos lugares donde podía estar sin la agobiante presencia de Kurt: Mis entrenamientos, y los recesos entre clases, los entrenamientos eran mis favoritos
por mucho. Mis amigas no hablaban de otra cosa, parecía que el único tema que enseñan en la escuela era sexualidad. Me senté en la cafetería a escuchar con quién,
cómo, y dónde, para mí era tan simple que no me causaba el morbo que a ellas parecía crearles, tal vez porque en mi casa se hablaba de sexo como se hablaba de
cualquier otro tema.
A los nueve años Kaira me explicó los términos generales, a los once Alex habló de aspectos más específicos, sobre todo el punto de vista de los niños. A los
trece Owen se sentó en la mesa junto a mí y dijo:
―Los hombres quieren hacerlo todo el tiempo, y las mujeres también, solo que fingen no quererlo. Si tú quieres hacerlo, hazlo. Todos lo hacen porque es muy
placentero, y los únicos que no lo hacen es por dos razones; Porque tiene una mala pareja en la cama, o porque no tiene con quién hacerlo. Es completamente natural y
normal.
Punto final.
Y así se manejaba en casa. Todavía no alcanzaba a entender la fascinación de mis amigas por el tema, si lo quieres hacer, lo haces, ¿cierto? ¿Para qué platicarlo
tanto?
Entró Luca con Bruno y a mis amigas les empezó a dar un ataque de hormonas. Se empezaron a reír sin sentido, a ruborizar y por la vista de sus blusas, a
excitarse, a todas se les marcaron las cimas de los senos. Yo conocía a Luca y a Bruno desde siempre, no tenían ese efecto en mí, o tal vez porque había visto a Luca
discutir con su padre sobre sus marcas con tanto agarre que terminaban sin hablarse por días, o porque Bruno se besuqueaba con mi hermana cada vez que tenían
oportunidad, que simplemente no me llamaban.
―Sophie.
Bruno se acercó a mi mesa con toda la intensión de coquetear con mis amigas, tenía mucha ‘chispa’, no le importaba ser un año menor que nosotras, él cuándo
se proponía conquistar, la lograba.
―Bruno.
― ¿Me presentas a tus amigas?
El menor de los Gardner era un chico muy guapo, todos los Gardner lo eran, lo sabían y se aprovechaban de ello.
―Estás muy chico para ellas.
― ¿Y tú cómo sabes? ―contestó sonriendo. Volteé los ojos al cielo para no ver a mis cinco amigas reír como idiotas. ¡Qué desperdicio de tiempo!
―Chicas, ¿ya conocen a Bruno? Bruno, te presento a Ross, Lara, Nadia, Aura y Katy ―presenté señalando a cada una. De todas, Lara y Katy eran con las
que mejor me llevaba, Ross, Nadia, y Lara venían con el paquete. Obviamente no era mujer de muchas amistades.
―Preciosas… ―lo dijo de tal manera, que las cinco se sacudieron en sus asientos.
―Bruno ―le advertí. Hay gente que nace con chispa, con energía que atrae, Bruno era uno de ellos, y lo usaba siempre que podía. Siempre con el objetivo de
meterse entre la ropa interior de sus víctimas.
― ¿Si, linda? ―susurró en mi oído. Afortunadamente para mí, yo era inmune a sus poderes. Servía el que conociera sus peores momentos, como cuando
Gordon y Fabio, sus hermanos mayores, lo encerraron en el closet de su cuarto el día que se dieron cuenta que robaba sus revistas. Bruno odiaba los lugares pequeños,
no era claustrofobia, era la naturaleza innata de ser libre lo que provoco que llorara por un par de minutos cuando salió de ahí.
Fue el primer chico que Viri y yo veíamos llorar, en ningún momento se apeno o bajo la mirada, lloraba con la cabeza en alto, como orgulloso de poder
expresarse sin importar las burlas de sus hermanos.
Bruno era fuerte.
―Basta ―susurré de la misma manera. Mis amigas no tenían que saber que Bruno era mejor amigo que ellas para mí.
―Estás consiente que eres una de la niña más lindas de la escuela, ¿verdad? Tienes un lado… misterioso ―volteé los ojos al cielo, Bruno y sus frases―, no te
gusta lo mismo que a las demás niñas, no hablas de compras o cosas sin sentido. Eres diferente y eso me gusta. No lo cambies.
Frases que, aunque no me gustaran, funcionaban. Un escalofrío recorrió mi cuerpo mientras veía como besaba a mis anonadadas amigas en la mejilla antes de
salir junto a Luca. Sin duda los chicos más apuestos de la escuela.
No fui consiente de haberlo hecho, pero ese día hice una nota mental, ‘ser diferente, era bueno’.
4
Junto con todos los indudables beneficios del deporte y las experiencias que estaba viviendo, el compañerismo que se creaba en los viajes y entrenamientos
era una de las cosas que más me divertían. Las vivencias que adquiríamos evitaban que cayéramos en la obsesión, aunque “normal”, decía Doc ―el mejor entrenador del
estado y mío desde hacía un par de años―, el camino para convertirse en un deportista de alto rendimiento es duro y se puede correr el riesgo de que el placer de jugar
se convierta en una obsesión. Yo estaba salvada por la constante comunicación que mantenía con mis hermanos y mis padres. El que estaba perdido era Luca, ese
hombre perdía el eje de la vida con las excesivas horas de entrenamiento, renunció incluso a sus amigos, el único que se salvó fue mi hermano y eso porque Kurt era una
presencia constante en su vida. Su madre y padres ―los Gardners también eran una familia diferente―, confiaban ciegamente en lo que él les decía, muchas veces
escuché: “estoy bien”, cuando hablaba con ellos, para mí era obvio que no lo estaba, nadie puede estar bien en esa soledad. Escuela y entrenamientos, esa era la vida de
Luca. A mí me parecía de lo más aburrido, aunque qué podía decir yo, que nunca perdía un entrenamiento.
La mayor diferencia entre su carrera y la mía, era la familia, la mía era una pieza clave, cumplían su palabra y me apoyaban al mil por ciento, sobre todo,
cuando dejé de ser una aficionada y empecé a entrenar en serio. El apoyo que me dieron la primera vez que perdí una competencia fue fundamental para que siguiera
entrenando y no siguiera el camino fácil y renunciara. Me animaron, me vitorearon, mi mueca de amargura al ver los resultados fue reemplazada con una gran sonrisa al
escuchar a Kaira gritar como posesa, Alex me abrazo, Owen me cargó en hombros, Viri gritaba “¡Es mi hermana! ¡Es mi hermana!”. Incluso Kurt palmeó mi hombro, sin
decirlo, me dijo que estaba orgulloso de mí. Entre mi familia, el personal que siempre nos acompañaba, y los Gardner, hicieron que el quinto lugar supiera a primero. La
pobre chica que ganó se fue a los vestidores sin pena ni gloria, mientras yo seguía festejando.
La suya no era así, mentira, el padre de Luca no era así. Frank no sujetaba el entusiasmo, lo dejaba libre hasta que la ilusión de ver a su hijo triunfar se volvió
insoportable. Diana y Jasón no tenían autorización de palmear su hombro cuando fallaba, es difícil superar una derrota cuando solo ves desilusión en los ojos de quien
se supone debe apoyarte incondicionalmente.
Eso estaba destruyendo a su familia, y creo que Luca se sentía responsable. Los Gardner siempre nos habían acompañado en los eventos importantes,
últimamente solo iban a casa Diana y Jasón, Bruno por ser el menor no tenía opción y Luca, que con el pretexto de ver a Kurt se soltaba del lazo que su padre le
imponía. Frank lo estaba ahogando, no sé si no se daba cuenta, o estaba ciego por el talento de su hijo.
Volví a guiar mi mirada hacia su asiento, miraba a la nada con mucho detenimiento, sus inseparables audífonos mantenían el bullicio del autobús fuera de su
burbuja. Todos sabían que nadie era digno de molestar al gran Luca, pero yo era Sophie, yo hacía lo que me decía el instinto.
Saqué una manzana de mi mochila, y seguí a mi instinto.
― ¿En qué piensas? ―No se inmutó. Era obvio que le hablaba a él, aun con los audífonos el movimiento del asiento tuvo que anunciar mi presencia―. Si no
me contestas, no voy a parar de hablar hasta que lleguemos a la villa.
Faltaba cerca de una hora para llegar a la villa, la pequeña diablilla que bailaba en mi cabeza empezó a contar, al llegar a tres, Luca volteó. Nunca fallaba, había
compartido vientre con Kurt, yo sabía cómo manejar a los hombres que se creen dioses.
― ¿Qué quieres, Sophie?
―Que me digas en qué piensas ―Puso los ojos en blanco y mi diablilla sonrió.
―En nada, Sophie. No pienso en nada… tengo prohibido pensar.
Lo último lo dijo en un susurro. No me gustó verlo cabizbajo, Luca no era así, Luca era un triunfador. Le di una mordida a la manzana y analicé su perfil, tenía
unos ojos dorados muy bonitos, aunque un tanto tristes.
― ¿Es por Frank? ―cerró los ojos y respiró profundo. Mmm, había dos opciones; huía de ahí lo más rápido que mis piernas de garza daban, o me enfrentaba
a mi destino con la frente en alto. Me recordé que seguía a mi instinto, aunque normalmente eso significaba problemas. Me acomodé en el asiento y le di otra mordida a
mi manzana.
―No le hagas caso. Recuerda que: “el placer de jugar nunca debe dejar paso a la obsesión”. El que Frank este obsesionado, no significa que debes dejar de
jugar por placer. Si no le gustan tus números, que los haga él. Te aseguro que no lo logra ―afirmé. Luca tenía los números más prometedores de la temporada, y ni así
tenia satisfecho a Frank. Su padre no se reprimió al amonestarlo justo antes de subir al autobús, y enfrente de cuarenta adolecentes, si Luca no fuera el mejor, las burlas
ya lo hubieran acabado.
Uno de los mayores problemas según Doc, es cuando los padres ponen en sus hijos unas expectativas tan elevadas que los terminan ahogando, Frank tenía
expectativas que Luca nunca iba a lograr, ningún humano las lograría. Su padre creía que nadar cien metros estilo libre en 52.22 segundos era poca cosa, la mayoría de los
que viajaban en el autobús no lo lograban. ¡Frank era un cretino! Por eso siempre preferí a Jasón. Además, los padres deben limitarse a ser eso, padres, y no intentar
suplir a los entrenadores. “Igual que un padre no suele ir a ver al profesor de matemáticas de su hijo para decirle como debe dar la clase, en el deporte tampoco debe
cuestionar la metodología y las decisiones del entrenador, aunque le parezcan equivocadas”, le repetía Doc a Frank enfrente de todo el equipo cada vez que quería
“ayudarlo”. Frank creía saber todo, y su necedad lo único que iba a lograr, es que Luca renunciara. Incluso había propuesto que Luca dejara la escuela para que se
dedicara 100% a entrenar, Diana y Jasón se estaban volviendo locos tratando de que Frank no perdiera la cabeza. Mi Ami decía que ya la había perdido.
―Tú eres una princesa, Sophie. A ti todavía te cargan la mochila ―Fue la contestación a mi intento de consolarlo. Odiaba que me llamaran así, los únicos que
tenían derecho a llamarme así eran mis padres, y solo en la intimidad de casa.
―Si alguien te escucha llamarme así, te juro que te vas a arrepentir ―Lo amenacé susurrando. El muy cretino bufó y dejó salir una mueca de suficiencia. Por
alguna extraña razón no me importo que se burlara de mí, mi objetivo es que dejara de ver a la nada y lo había logrado.
Nunca imaginé el costo de mis instintos.
A partir de ese día, Luca Gardner se unió a la lista de las personas que me llamaban Princesa. Y en esa lista, solo estaban las personas que más me querían.
Pasaron varios minutos sin que ninguno de los dos hablara. Me sorprendió cuando agarró mi mano con la que sostenía la manzana y se la llevó a los labios. La
mordió mirándome a los ojos, una flamita, algo que nunca había sentido antes, se prendió.
―Cuéntame tu versión de la fiesta ―ordenó.
―No hay nada que contar ―Levantó una ceja, un gesto muy característico de él, no hablaba, todo parecía comunicarlo con la ceja. Y si, tenía razón, estaba
mintiendo. Sin resistencia me vi contándole todo el episodio.
―No entiendo qué diablos hacías ahí. Pudiste haber perdido esta competencia, si sabes que es importante, ¿verdad?
¡Por supuesto que lo sabía!
―Yo… acompañaba a mi hermana ―bufó con mi pobre excusa. En eso también tenía razón, era una pobre excusa―. Ya no importa, lo importante es que
aquí estoy, lista para patearle el trasero a tu noviecita.
Fue la primera sonrisa abierta que le veía en mucho tiempo, Luca era precioso. Su noviecita, Jane, nos miraba detenidamente. Era una chica muy intrépida, de
esas que siempre consiguen lo que quieren, para ella Luca era un trofeo, un trofeo que colgaba en su escaparate desde hacía un par de meses.
―No es mi noviecita… ―dijo imitándome―, es más bien mi amiga ―afirmó sin mirarla. ¡Ja! Y yo era cenicienta.
―Según tú. Tendrías que avisarle a ella.
Antes de que hurgará en ese territorio, me detuvo―: ¿Estas nerviosa?
Esta competencia era importante para finalmente establecer mi nombre en la lista top de atletas con miras a los olímpicos.
―No ―afirmé―, estoy lista ―Luca era el mejor en su categoría, yo lo era en la mía―. ¿Y tú?
―Igual por aquí ―Me hizo un guiño y casi exploto, la flamita se convirtió en llamarada.
― ¿Te gusta, Luca?
No sabía a ciencia cierta qué le preguntaba, le gustaba nadar, Jane, o yo.
―No es que me guste, es que soy bueno en eso. Si, él era el bueno.
5
Ya tenía la técnica, sabía perder con la frente en alto, sabia como entrenar para la siguiente competencia. Ya solo me faltaba ganar.
Entre los pasillos de los vestidores fui sorteando cuerpos, poca gente sabía lo que pasaba tras vestidores, o, mejor dicho, poca gente entendía por qué después
de haberse entrenado durante cuatro o más años, de haber repetido miles de veces la misma rutina, y de perder toda posibilidad de triunfo en cosa de segundos, no nos
echábamos a llorar por horas enteras. Por el contrario, apenas si nos lamentábamos, enseguida recobrábamos fuerzas y nos despedíamos del público. O por qué cuando
ganábamos, o se imponían récords mundiales, no se celebra con todo ―como sí lo hacen las familias y aficionados―, y aunque algunos expresan más sus emociones que
otros, es cuestión de pocos minutos para estar nuevamente en calma, sonriendo, y tranquilos como si el logro fuera cosa fácil de obtener.
Más que la preparación física, la clave está en la mente.
― ¡Jones! ―anunció Doc. Para evitar el Northman―Carter Jones cada vez que nos hablaban, en la escuela nos separaron por apellido, Kurt era Northman,
Viri Carter, y yo era Jones.
Relajé mi cuello, subí el volumen para perderme en el poder de Queen y me preparé para salir al ruedo. Justo cuando solté la toalla con la que calentaba mi
cuello, Luca agarró mi brazo. Tuve que retirar uno de los auriculares para escuchar lo que murmuraba y que Freddie evitaba que escuchara.
―Nada como si esta fuera la última ―Su agarre se intensificó

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