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Libro PDF Suave melodia – Maya Blake

Suave melodia - Maya Blake

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libras en efectivo… y una tarjeta Obsidian Privilege. Creo que eso es todo, señor. Firme aquí para confirmar que ha recuperado sus cosas.
Zaccheo Giordano no reaccionó ante el despectivo gesto del guardián mientras firmaba el papel. Tampoco reaccionó ante la evidente envidia de su mirada cuando la volvió hacia la limusina plateada que aguardaba tras las tres hileras de alambrado de púas.
Romeo Brunetti, el asistente de Zaccheo y la única persona a la que podía dar el nombre de «amigo», se hallaba junto al vehículo.
De haber estado de otro humor, Zaccheo habría sonreído al verlo, pero hacía tiempo que no estaba de humor para nada. En concreto, catorce meses, cuatro días y nueve horas. Su condena de dieciocho meses se había visto reducida en tres meses y medio debido a su buen comportamiento.
La rabia impresa en su ADN palpitó bajo su piel, aunque no dio ninguna muestra de ello mientras recogía sus pertenencias. El elegante traje con que había ingresado en prisión estaba realmente deteriorado, pero le dio igual. Nunca había sido esclavo de las comodidades materiales. Su necesidad de validación iba mucho más allá. La necesidad de elevarse siempre más allá de sus circunstancias era algo que llevaba impreso en su personalidad desde el momento en que tuvo la suficiente edad para reconocer la realidad de la vida en que había nacido. Una continua vida de humillaciones, violencia y codicia. Una vida que llevó a su padre a la degradación y la muerte a los treinta y cinco años.
Los recuerdos fueron cayendo como piezas de dominó mientras avanzaba por el pasillo hacia la libertad. Tuvo que esforzarse para que la sensación de injusticia que había experimentado durante tanto tiempo no explotara en su interior.
Cuando las puertas se cerraron a sus espaldas, Zaccheo tomó la primera bocanada de aire con los puños y los ojos cerrados. Centró su atención en los pájaros cantando y en el murmullo de los coches circulando por la autopista cercana, como había hecho a lo largo de muchas noches durante su estancia en prisión.
Abrió los ojos mientras se encaminaba hacia la última puerta. Un minuto después, estaba fuera.
–Me alegro de volver a verte, Zaccheo – dijo Romeo, mirándolo con expresión seria y preocupada.
Zaccheo sabía que no tenía precisamente buen aspecto. Hacía tres meses que no se afeitaba y apenas había comido tras averiguar la verdad que se ocultaba tras su encarcelación. Pero había pasado mucho tiempo en el gimnasio de la cárcel. De lo contrario, el afán de venganza habría hecho que se volviera loco.
Ignoró la mirada de preocupación de su amigo y entró en el coche.
–¿Has traído lo que te pedí?
–Sí. Los tres archivos y el portátil.
Mientras Zaccheo se arrellanaba en el cómodo asiento de cuero de la limusina, Romeo sirvió dos copas de coñac italiano.
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–Salute – dijo tras entregar una a Zaccheo.
Zaccheo tomó la copa sin decir nada, bebió de un trago el líquido de color ámbar que contenía y permitió que el aroma del poder y la prosperidad, las herramientas que iba a necesitar para que su plan funcionara, lo envolviera.
Mientras el vehículo se alejaba del lugar que se había visto obligado a considerar su hogar durante más de un año, tomó el portátil.
Le temblaron los dedos cuando el logo tipo de Giordano Worldwide Inc. apareció en la pantalla. La obra de su vida, prácticamente destruida por la avaricia y el afán de poder. Solo gracias a los esfuerzos de Romeo la empresa no se había hundido durante los meses que Zaccheo había pasado en prisión por un delito que no había cometido. Y no solo no se había hundido, sino que había prosperado increíblemente gracias a Romeo.
Y aunque no había sucedido precisamente lo mismo con su reputación personal, al menos ya había salido de la cárcel y era libre para llevar a los verdaderos culpables ante la justicia. No pensaba descansar hasta que el último responsable por tratar de destruir su vida pagara con su propia destrucción.
Exhaló el aire cuando la primera imagen apareció en la pantalla.
Oscar Pennington III. Pariente lejano de la familia real. Educado en Eton, rico, de rancio abolengo, pertenecía al establishment británico, a las clases dirigentes. Un hombre avaricioso, sin principios. Sus empresas habían recibido una imprescindible inyección de capital hacía exactamente catorce meses y dos semanas, cuando se convirtió en el único dueño del edificio moderno más relevante de Londres: el Spire.
Zaccheo revisó con aparente frialdad el informe de las innumerables celebraciones que habían seguido al aparente triunfo de Oscar Pennington. En una de las fotos aparecía con una de sus dos hijas. Sophie Pennington era una mujer de belleza clásica que iba camino de convertirse en una copia exacta de su padre.
Zaccheo cerró el archivo y abrió el último.
Eva Pennington.
En aquella ocasión, Zaccheo no pudo evitar un gruñido.
Pelo de color rubio caramelo que caía por sus hombros en densas oleadas. Unas oscuras cejas y pestañas enmarcaban unos ojos de color verde musgo, unos ojos que atrajeron la atención de Zaccheo con más fuerza de la que habría querido la primera vez que la vio, al igual que sus carnosos y arqueados labios, casi siempre curvados en una seductora sonrisa. Y aunque la foto solo mostraba su rostro, la imagen del resto del cuerpo de Eva Pennington estaba indeleblemente grabada en la mente de Zaccheo. No tuvo que hacer ningún esfuerzo para recordar sus redondeadas formas, o los tacones que se obligaba a llevar a pesar de odiarlos para parecer más alta.
Y tampoco tuvo que esforzarse para recordar sus atrocidades. Había pasado mucho tiempo tumbado en su camastro maldiciéndose por haberse quedado asombrado por su peculiar traición, cuando debería haber esperado algo así después del fracaso de sus padres y de sí mismo a la hora de relacionarse con el establishment. Solía enorgullecerse de saber leer e interpretar a la gente con gran facilidad, y, sin embargo, aquella mujer lo había engañado.
Apretó los labios y siguió leyendo el detallado informe que tenía sobre las andanzas de Eva Pennington durante el pasado año. Al llegar a la última página, se quedó helado.
–¿Desde cuándo está en el informe esta última parte?
–La incluí ayer. Pensé que te interesaría – contestó Romeo.
Zaccheo volvió a mirar el periódico sin mostrar su conmoción.
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–¿Vamos a la casa de Esher o al ático? – preguntó Romeo.
Zaccheo volvió a leer el informe para asimilar los detalles principales. Mansión Pennington. A las ocho de la tarde. Trescientos invitados. Seguido de una comida familiar el domingo en el Spire.
«El Spire…». El edificio que debería haber sido su gran logro.
–A la casa – replicó.
Cerró el archivo mientras Romeo daba la orden al chófer.
Zaccheo trató de relajarse, pero no lo consiguió. No le iba a quedar más remedio que alterar sus planes.
«Una cadena es tan fuerte como su eslabón más débil». A pesar de que los tres Pennington habían colaborado para encarcelarlo, aquella información exigía el empleo de una nueva táctica. En cualquier caso, no pensaba parar hasta arrancarles lo que más querían: su dinero y su bienestar económico.
Había planeado esperar un día o dos para asegurarse de tener a Oscar Pennington donde quería para asestarle el golpe, pero aquel plan ya no era viable. No iba a poder esperar hasta el lunes para hundir a la familia que lo había convertido en un delincuente.
Tendría que ocuparse de ello aquella misma noche. Empezando por el miembro más joven de la familia: Eva Pennington.
Su exprometida.
Eva Pennington se quedó mirando el vestido que sostenía su hermana.
–¿Lo dices en serio? No pienso ponerme eso. ¿Por qué no me habías dicho que la ropa que había dejado aquí ya no estaba?
–Porque cuando te fuiste dijiste que no la querías. Además, ya estaba anticuada. Esto me lo han enviado esta misma mañana desde Nueva York. Es el último grito – replicó Sophie.
–No pienso llevar un vestido que me hará parecer una fulana cazafortunas. Y, teniendo en cuenta el estado de nuestras finanzas, no sé cómo se te ocurre gastar el dinero en eso – Eva no entendía que su padre y su hermana vivieran ignorando el delicado estado de sus finanzas.
–Este vestido es único – insistió Sophie–, y, a menos que me equivoque, es la clase de vestido que le gusta a tu futuro marido que lleven sus mujeres. Además, podrás quitártelo en cuanto tomen las fotos y se termine la fiesta.
Eva apretó los dientes.
–Deja de tratar de manipularme, Sophie. Pareces haber olvidado quién ha conseguido este rescate. Si yo no hubiera llegado a un acuerdo con Harry, nos habríamos hundido en una semana. En cuanto a lo que le guste que se pongan sus mujeres, te habrías ahorrado un gasto innecesario si hubieras hablado conmigo antes, porque yo me visto para mí misma y para nadie más.
–¿Hablar contigo antes? ¿Acaso tuvisteis ese detalle papá y tú conmigo antes de planear todo esto a mis espaldas?
A Eva se le encogió el corazón ante los evidentes celos de su hermana. Como si no hubieran sido suficientes las dos semanas que había pasado agonizando ante la decisión que debía tomar. Daba igual que el hombre con el que había decidido casarse fuera su amigo y que ella lo estuviera ayudando tanto a él como él a ella. El matrimonio era un paso que habría preferido no dar.
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Pero era evidente que no era así como lo veía su hermana. El creciente descontento de Sophie con cualquier relación que Eva tratara de forjar con su padre era parte del motivo por el que Eva se había ido de la mansión Pennington. Además, su padre no era un hombre con el que resultara fácil vivir.
Sophie sufría aquellos celos desde siempre. Mientras su madre estuvo viva había sido más fácil aceptar que Sophie era la preferida de su padre, pues ella había sido la preferida de su madre. Pero, cuando esta murió, cada vez que Eva había tratado de relacionarse con su padre se había encontrado con la indiferencia de él y los celos de Sophie.
Pero, por irracional que fuera, aquello no impidió que Eva tratara de razonar con la hermana a la que en otra época había admirado.
–No planeamos nada a tus espaldas. Estabas fuera por un viaje de negocios…
–Tratando de utilizar el título de economista que ya no parece significar nada. No si tú puedes presentarte aquí así como así después de haberte pasado tres años interpretando viejas baladas en sórdidos tugurios para pasar el día – replicó Sophie con aspereza.
Eva refrenó su genio con esfuerzo.
–Sabes que renuncié a seguir trabajando en Pennington porque papá solo me contrato para que atrajera a un marido adecuado. Y solo porque mis sueños no coincidan con los tuyos…
–Ese es precisamente el problema. Tienes veinticuatro años y sigues soñando. El resto de nosotros no podemos permitirnos ese lujo, y tampoco caemos de pie como tú, que solo has tenido que chasquear los dedos para que un millonario resuelva nuestros problemas.
–Harry nos está salvando a todos. ¿Y de verdad crees que he caído de pie por haberme comprometido por segunda vez en dos años?
Sophie dejó caer en la cama el vestido que sostenía.
–De cara a quienes importan, este es tu primer compromiso. El otro apenas duró cinco minutos. Prácticamente nadie sabe nada al respecto.
–Yo sé que sucedió.
–Si mi opinión sigue contando para algo, sugiero que no lo divulgues. Es mejor dejar el tema en el pasado… como al hombre implicado.
–No puedo fingir que no pasó nada.
–Lo último que necesitamos ahora es un escándalo. Y no sé por qué culpas a papá de lo que sucedió cuando deberías estarle agradecida por haberte librado de ese hombre antes de que fuera demasiado tarde – defendió Sophie acaloradamente.
«Ese hombre».
Zaccheo Giordano.
Eva no sabía si el dolor que estaba experimentando se debía a él o al recuerdo de lo ingenua que había sido al imaginarse que era diferente a todos los demás hombres con los que se había cruzado.
Y precisamente por eso prefería vivir alejada de su hogar familiar de Surrey.
Por eso sus colegas camareras la conocían como Eva Penn, camarera en el Siren, el club nocturno londinense en el que también cantaba, y no como a lady Eva Pennington, hija de lord Pennington.
La relación que había mantenido con su padre siempre había sido difícil, pero nunca había pensado que llegaría a distanciarse tanto de su hermana.
–Con mi acuerdo con Harry no he pretendido sabotear nada de lo que estuvieras
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haciendo con papá para salvar Pennington – dijo en el tono más conciliador que pudo–. No tienes por qué disgustarte o ponerte celosa. No estoy tratando de ocupar tu lugar…
–¡Celosa! ¡No seas ridícula! – le espetó Sophie, y el matiz de pánico de su voz hizo que Eva sintiera que se le rompía el corazón–. Además, nunca podrías ocupar mi lugar. Soy la mano derecha de papá, y tú no eres más que… – se interrumpió y, tras unos segundos, alzó la nariz en el aire y añadió–: Los invitados no van a tardar en llegar. No debes retrasarte el día de tu propio compromiso.
Eva se tragó su tristeza.
–No tengo intención de llegar tarde. Pero tampoco tengo intención de llevar un vestido prácticamente invisible – dijo a la vez que se encaminaba hacia el enorme armario que había a los pies de la cama.
Suspiró aliviada al encontrar un chal de seda. El vestido rojo era demasiado descocado, pero con el chal podría disimularlo un poco. Se estremeció de nuevo al mirar el vestido. Habría preferido estar en cualquier otro sitio antes que participando en aquella farsa. Pero ¿acaso no había sido toda su vida una farsa? Desde unos padres que representaban socialmente la pareja perfecta, pero que discutían amargamente en privado, hasta las exóticas y carísimas vacaciones que su padre solía financiar pidiendo dinero prestado en secreto, los Pennington habían sido tan solo una gran farsa desde que ella podía recordar.
Y la entrada de Zaccheo en sus vidas solo había servido para que el comportamiento de su padre empeorara.
Pero se negaba a pensar en Zaccheo. Pertenecía a un capítulo de su vida que tenía firmemente enterrado. Aquella noche se trataba de Harry Fairfield, el salvador de su familia, el hombre con el que no iba a tardar en comprometerse.
Además, también estaba en juego la salud de su padre. Solo por ese motivo trató de hablar de nuevo con Sophie.
–Por el bien de papá, quiero que esta noche vaya todo sobre ruedas, así que ¿qué te parece si tratamos de llevarnos bien?
–Si tratas de recordarme que papá tuvo que ser hospitalizado hace dos semanas, no lo he olvidado – dijo Sophie, tensa.
–Pero hoy está bien, ¿no? – preguntó Eva, que, a pesar de lo dolida que se sentía por cómo la había tratado su familia, no podía evitar preocuparse por el único padre que le quedaba.
–Estará bien en cuanto se libre de los acreedores y de la amenaza de ruina.
Eva se dijo por enésima vez que no había marcha atrás. No iba a surgir ninguna solución milagrosa para salvarla del sacrificio que iba a hacer. La precipitada adquisición del edificio Spire por parte de su padre había llevado a su empresa al borde de la bancarrota. Harry Fairfield era su última esperanza.
Bajó la cremallera del vestido resistiendo el impulso de arrugarlo y lanzarlo al suelo.
–Te veo abajo dentro de un rato – dijo Sophie fríamente antes de volverse para salir.
Eva se puso el vestido evitando mirarse en el espejo después de que un rápido vistazo le hubiera mostrado lo que más temía. Cada una de sus curvas quedaba realzada con aquel modelo que además dejaba expuesta gran parte de su piel. Se pintó los labios con mano temblorosa y a continuación introdujo los pies en los zapatos de plataforma a juego.
Tras echarse el chal rojo y amarillo sobre los hombros, volvió a mirarse en el espejo.
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«Anímate, chica. Ha llegado la hora del espectáculo.»
Eva deseó que la dueña del Siren estuviera pronunciando aquellas palabras, como hacía siempre que estaba a punto de salir al escenario.
Desafortunadamente, ella no era ninguna sirena. Para preservar del escándalo el nombre de su familia había prometido casarse con un hombre al que no amaba.
Ninguna frase de ánimo habría servido para calmar la rugiente agitación que recorría sus venas.
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Capítulo 2
Los organizadores del evento se habían superado a sí mismos. Habían utilizado palmeras, pantallas decorativas y toda clase de efectos de luz para ocultar el decadente estado en que se encontraba la mansión Pennington.
Eva tomó un sorbo de la copa de champán que sostenía en la mano desde hacía dos horas y rogó para que el tiempo pasara más rápido. La fiesta no terminaba hasta las doce y necesitaba algo en lo que concentrarse si no quería volverse loca.
Apretó los dientes y sonrió a otro invitado empeñado en ver su anillo de compromiso. El único propósito del monstruoso diamante rosa era hacer ostentación de la riqueza de los Fairfield.
La resonante voz de su padre interrumpió los deprimentes pensamientos de Eva. Rodeado por un grupo de influyentes políticos y hombres de negocios, Oscar Pennington estaba en su elemento. Grueso, pero lo suficientemente alto como para disimularlo, su padre conservaba una imponente figura a pesar de su reciente estancia en el hospital. Pero ni siquiera su carisma lo había salvado del desastre económico cuatro años atrás.
Seguido de cerca por la enfermedad de su madre, aquello había hecho que sus círculos sociales y económicos se vieran reducidos prácticamente a la nada de la mañana a la noche.
El resultado final de todo aquello había sido la asociación de su padre con Zaccheo Giordano.
Eva frunció el ceño al darse cuenta de que sus pensamientos habían regresado al hombre que había apartado a los rincones más oscuros e inaccesibles de su mente. El hombre al que había visto por última vez esposado…
–Ahí estás. He estado buscándote.
Eva hizo un esfuerzo por sonreír a Harry.
Su viejo amigo de la universidad, un brillante genio de la tecnología, se había salido de los carriles cuando se hizo famoso y rico nada más salir de la universidad. Convertido en un multimillonario con el dinero suficiente para rescatar a los Pennington, representaba la última esperanza de su familia.
–Y me has encontrado – dijo Eva.
–¿Estás bien? – preguntó él con una expresión ligeramente preocupada.
–Estoy bien – respondió Eva animadamente.
Harry no parecía convencido. Era una de las pocas personas que estaba al tanto de su compromiso roto con Zaccheo. Había sabido leer bajo las falsas sonrisas, y, cuando le había preguntado si su pasado con Zaccheo supondría un problema para su matrimonio de conveniencia, la rápida negativa de Eva parecía haberlo convencido.
–No te preocupes, Harry. Puedo hacerlo – insistió Eva a pesar del vacío que sentía en su interior.
Harry la miró solemnemente y luego llamó a un camarero para cambiar su copa vacía por otra llena.
–Si tú lo dices… Pero quiero que me avises con tiempo si ves que el asunto se te va de las manos, ¿de acuerdo? A mis padres les afectaría mucho ver la noticia en la prensa.
Eva asintió, agradecida, pero enseguida frunció el ceño.
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–Pensaba que esta noche ibas a tomártelo con calma – dijo a la vez que señalaba la copa de Harry.
–Ya empiezas a hablar como una auténtica esposa – dijo Harry en tono burlón–. Déjalo, cariño. Mis padres ya me han estado dando la charla.
Aunque a Harry le daba totalmente igual su estatus social, sus padres eran voraces en su afán de obtener prestigio y un auténtico pedigrí al que asociar su nombre, y Harry se había visto finalmente obligado a rectificar su imagen pública de playboy insensato.
–Prometo portarme bien – añadió a la vez que tomaba a Eva del brazo e inclinaba su rubia cabeza hacia ella–. Y ahora que han terminado los tediosos brindis, ha llegado el mejor momento de la noche. ¡Los fuegos artificiales!
–Se suponía que eso iba a ser una sorpresa, ¿no?
Harry le guiñó un ojo.
–Y lo es, pero después de haber engañado a todo el mundo haciéndoles creer que estamos locamente enamorados, seguro que no nos cuesta mucho mostrarnos sorprendidos.
Eva sonrió.
–Yo no diré nada si tú no lo haces.
Harry se apoyó una mano en el pecho e hizo una inclinación ante Eva.
–Gracias, mi querida lady Pennington.
El recuerdo de por qué estaba teniendo lugar toda aquella farsa laceró como un puñal el corazón de Eva mientras salían a la terraza que daba a los espléndidos jardines de la mansión. Su salida fue recibida con aplausos y Eva volvió la mirada hacia donde estaban Sophie, su padre y los padres de Harry. Al detener la mirada en su padre sintió que se le encogía el estómago. Era posible que su padre hubiera aceptado su ayuda, pero el desagrado que le producía la profesión de su hija siempre había supuesto un problema entre ellos.
Eva apartó la mirada y adoptó la adecuada expresión de sorpresa cuando comenzaron los fuegos artificiales.
El inicio fue espectacular, y la siguiente ronda de fuegos artificiales debería haber bastado para acallar a los invitados, pero no fue así.
–¡Cielo santo! ¡Quienquiera que sea debe de estar deseando matarse! – exclamó alguien.
Eva vio que los sorprendidos invitados miraban a un punto en lo alto mientras el intenso zumbido de algo parecido a un motor adquiría cada vez más volumen.
Al alzar la vista vio que se trataba de un helicóptero que descendía en medio de los fuegos artificiales.
–Parece que los organizadores han decidido añadir una sorpresa más – dijo Harry–. Pero me quito el sombrero ante el valor del piloto para atreverse a volar con los fuegos estallando a su alrededor.
El helicóptero siguió descendiendo. Hipnotizada, Eva contempló como se posaba en medio del jardín mientras un inexplicable escalofrío le recorría la espalda.
Un creciente murmullo surgió de entre los invitados cuando se abrió la portezuela del piloto. Un instante después, salía del aparato una figura vestida de arriba abajo de negro. Cuando la siguiente ronda de fuegos artificiales iluminó el cielo, la figura se hizo visible.
Eva se tensó como si acabaran de abofetearla.
No era posible…
Zaccheo Giordano estaba entre rejas, pagando por su implacable codicia. Los
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hombres de su clase se consideraban por encima de la ley. No se merecían su compasión, o el desleal pensamiento de que él había sido el único que había pagado el precio cuando, por asociación, su padre debería haber cargado con parte de la culpa.
Las luces volvieron a iluminar en aquel momento los jardines y Eva contempló al hombre que subía con paso seguro las amplias escaleras de la terraza. Al llegar a lo alto se detuvo un momento para abrocharse el esmoquin.
–Oh, no… – murmuró Eva.
–¿Conoces a ese tipo? – preguntó Harry.
Eva quiso negar que conocía al hombre cuya cabeza sobresalía entre los demás invitados y que había fijado su penetrante mirada en ella.
El Zaccheo Giordano con el que había tenido la mala fortuna de relacionarse brevemente antes de su encarcelamiento tenía el pelo corto y el rostro totalmente afeitado.
Pero aquel llevaba barba y el pelo flotaba en torno a sus hombros en oscuras oleadas. Eva tragó saliva ante el contraste. El hombre elegante y delgado que había conocido se había esfumado. En su lugar había aparecido una especie de Neanderthal de hombros más anchos, de brazos y pecho más poderosos, moldeados por su camisa negra de seda. Unos pantalones igualmente negros marcaban su estrecha cintura y sus fuertes muslos. Pero nada en su atuendo podía disfrazar el aura que emanaba de él.
Primitiva. Explosivamente masculina. Letal.
–¿Eva? – el desconcertado tono de Harry llegó hasta Eva como desde la distancia.
Al notar que Harry iba a hacer otra pregunta, asintió, aturdida.
–Sí. Ese es Zaccheo – dijo mientras este apartaba la mirada de ella y se volvía hacia su familia.
La expresión de rabia del rostro de Oscar estaba matizada por otra de aprensión. Sophie parecía completamente anonadada.
Eva observó cómo el hombre que esperaba no volver a ver en su vida avanzaba hacia su padre con las manos en la espalda. Su actitud no revelaba el más mínimo indicio de súplica.
–¿Tu ex? – insistió Harry.
Eva asintió, aturdida.
–En ese caso, deberíamos decir hola – Harry la tomó por el brazo y tiró de ella. Eva se dio cuenta demasiado tarde de a qué se había referido.
–¡No! – susurró.
Pero Harry estaba demasiado borracho o desconocía por completo el peligro al que se enfrentaba. La tensión reinante envolvió a Eva mientras avanzaban. Con el corazón en la garganta, vio cómo enfrentaban sus miradas su padre y Zaccheo.
–No sé qué crees que estás haciendo, Giordano, pero te sugiero que vuelvas a meterte en esa monstruosidad y te vayas antes de que haga que te arresten por allanamiento de morada.
Zaccheo ni siquiera parpadeo mientras los invitados contemplaban conmocionados la escena.
–Hazlo si lo deseas, pero sabes muy bien por qué estoy aquí, Pennington. Si quieres, podemos jugar a las evasivas, pero serás dolorosamente consciente de la realidad cuando me canse del juego – aquellas palabras fueron pronunciadas en un murmullo, pero el veneno que contenían hizo que a Eva se le erizara el vello de la nuca–. Ciao, Eva – dijo Zaccheo sin volverse–. Me alegra que vengas a reunirte con nosotros.
–Esta es mi fiesta de compromiso. Es mi deber relacionarme con mis invitados,
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incluso con los inoportunos, a los que se les pedirá que se vayan de inmediato.
–No te preocupes, cara. No voy a quedarme mucho rato.
El alivio que experimentó Eva desapareció en cuanto Zaccheo volvió la mirada hacia ella antes de bajarla hacia su mano. Casi con pereza, la tomó por la muñeca para observar un instante el anillo.
–Qué predecible – dijo, y la soltó con la misma despreocupación con que la había tomado.
–¿Qué se supone que quiere decir eso? – preguntó Harry.
Zaccheo volvió la mirada hacia él y luego hacia sus padres.
–Esta es una conversación privada. Déjenos.
Peter Fairfield dejó escapar una risa incrédula.
–Creo que no está interpretando bien la situación, amigo. Es usted el que tiene que dejarnos.
– ¿Le importa repetir eso, il mio amico? – Zaccheo se volvió a medias hacia él
–¿Quién es este, Oscar? – preguntó Peter Fairfield al padre de Eva, que parecía haber perdido la capacidad de hablar.
Eva se situó rápidamente entre ambos hombres para evitar que la situación se les fuese de las manos.
–Disculpadnos un momento, Harry, señor y señora Fairfield. Solo tardaremos un momento en atender al señor Giordano – dijo. Al ver el rostro de su padre, que se había vuelto casi morado, sintió que se le encogía el corazón–. ¿Papá?
Oscar Pennington irguió de inmediato los hombros, miró a su alrededor y curvó los labios en una sonrisa.
–Será mejor que vayamos a hablar a mi despacho. No dudéis en pedir lo que queráis al servicio – dijo a la vez que se alejaba seguido de una Sophie inusualmente callada.
Zaccheo volvió su mirada de láser hacia Harry, que la aguantó con gesto desafiante hasta que se volvió hacia Eva.
–¿Estás segura? – preguntó con evidente preocupación.
Eva asintió a pesar de la terrible aprensión que sentía.
–Sí.
–En ese caso, de acuerdo. Pero date prisa, cariño – dijo Harry y, antes de que Eva pudiera moverse, la besó en los labios.
Un gruñido apenas audible rasgó el aire.
Eva se contrajo.
Quería volverse hacia Zaccheo para exigirle que volviera a la cárcel, en la que debería estar. Pero el destello de miedo que había captado en la mirada de su padre la detuvo.
–Vamos, Eva.
La frialdad del tono de Zaccheo hizo que Eva experimentara un escalofrío que no la abandonó hasta que estuvieron en el interior del despacho de su padre.
–Sea cual sea el motivo que crees tener derecho a airear, te sugiero que te lo pienses dos veces, hijo. Aunque este fuera el lugar y el momento adecuado…

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