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Libro PDF Talco y bronce – Montero Glez

Talco y bronce – Montero Glez

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los ojos para darse cuenta. Al
Chuqueli, la idea no le gustaba
ni un poquito. Nasti de
plasti[1]. Con todo, la Malata
dio a entender que no quedaba
otra que matarlo. De lo
contrario, si no lo hacía, si no
se lo cargaba, aquel hijo de las
mil putas sería capaz de
encontrar sus huellas donde
nunca hubiesen puesto los
dedos. «Ya te digo, Chuqueli.»
La Malata también dio a
entender que era de ley que
fuese ella —y nadie más—
quien llevase a cabo el
sacrificio.
La presión de la ira agitó su
pecho y se limpió la nariz con
la manga del jersey. Se sorbió
los mocos y añadió:
—Es cosa mía, quiero ver
cómo se le saltan los ojos.
Como dos globos, ya te digo.
—Y mi menda lo único que
quiere es que te lo pienses bien
—saltó el Chuqueli—. El odio
raya mucho, nena, hace
cometer errores, ya sabes, es
tan peligroso como el amor. Si
nos ponemos vengativos,
también habrá que dar mulé al
joyero.
El Chuqueli hizo un silencio
y después añadió:
—Y al Conde.
La Malata trató de sonreír
pero no pudo. Al final abrió lo
suficiente la boca para decir:
—Lo he pensado bien. Juro.
—Vale, nena, pero no te
pongas nerviosa. Ya sabes
cómo va esto aquí, o se mata
de tranqui o te matan.
Entonces la Malata intentó
sonreír de nuevo. Con el mismo
desgarro de un animal salvaje
y sin cambiar el gesto,
aseguró:
—Ya te digo, a ese hijo de
las mil putas le gustaría
meterse en la misma cama con
los dos. Contigo y conmigo.
—Qué cosas tienes, nena —
dijo el Chuqueli con la cara
grave, poco convencido de su
asombro.
—Pero no hay cojones —
siguió la Malata—, no es tan
macho.
Dicho esto, la Malata probó
a sonreír. De nuevo sus labios
se resistieron a mostrar una
felicidad que no existía. El
gesto de dolor se acentuó por
un instante, igual que si dos
navajas invisibles abrieran lo
más amargo de su boca. El
Chuqueli parpadeó aturdido y
fue a decir algo pero se
contuvo. Echó una mirada al
retrovisor y se pasó la mano
por las puntas de una barba
que empezaba a cubrir la
mandíbula. Tenía la misma
expresión en la cara que se les
queda a los muertos antes de
cerrarles los ojos.
—Ya te digo, Chuqueli.
La tarde caía al otro lado
del parabrisas y el olor a
gasolina y aceite se juntaba
con el obsceno aroma de la
clandestinidad, igual que años
antes, cuando el Chuqueli la
enseñó a conducir el mismo
coche donde ahora fermentaba
la venganza: un Seat 1430
color rojo con un motor que
petardeaba como una loca a
toda velocidad por las
carreteras del delito, esas
mismas carreteras que unían el
aeropuerto con la orilla de
Madrid, donde los aviones
volaban tan bajo que daba
vértigo mirarlos. Había corrido
mucho tiempo desde entonces,
cuando se conocieron, y el
Chuqueli la llevaba a que
aprendiera a conducir. Ahora la
veía por el espejo retrovisor.
Aquella niña de entonces había
dejado de ser bonita para
convertirse en una mujer
guapa. Desde el asiento de
atrás, el Chuqueli volvió a
acariciar su vientre. Esta vez
cerró los ojos, en un gesto de
culpabilidad, y dijo:
—Mi menda echó las
cuentas y tú ganas, nena.
Luego el Chuqueli se siguió
vistiendo en silencio, con aquel
mono azul que le venía grande
pero que daba el pego. Era
igual o parecido al que se
ponían los empleados de la
limpieza del hotel.
Su nueva identidad.
Ella le devolvió la mirada
por el espejo retrovisor.
Favorecida por una confianza
tan vieja como el universo, le
siguió contando el plan:
—Que todo el mundo
piense que salió a dar un voltio
y fuese a volver de un
momento a otro.
La Malata hizo una pausa y
siguió vistiendo sus palabras
con un traje de saña.
—Pero no volverá, ya te
digo. Se contarán historietas.
Que si se fue con una pilingui,
que si tal, que si un ajuste de
cuentas, que si Pascual. Pero
como nunca aparecerá el
cadáver, no se podrá
demostrar, ya te digo. Por el
hotel no hay problema. No
quieren jaris. Mira lo que pasó
en el hotel de México cuando
aquella zorra quiso tendernos
la trampa…
La Malata volvía a un
terreno que a ambos les
resultaba incómodo. Hubo un
silencio que habló por sí solo y
entonces ella desvió la
conversación hasta un pantano,
algo retirado de Madrid, y por
donde la Malata pasaba cuando
era niña. La misma carretera
que iba a la casa de su abuela,
según contó ella.
—Íbamos a montar en
barca, con mi tía. Es profundo,
cubre tela, una vez se ahogó
un chaval y todo. No lo
encontraron, ya te digo. Hay
muchas corrientes. Es un lugar
seguro. Un sitio más callado
que una tumba.
—Mira, nena, tú no te
preocupes por lo de después.
Eso es cosa de mi menda. Tú lo
que tienes que hacer es
matarlo y luego vas y lo
envuelves con la alfombra y
amarras dabuti las puntas de la
alfombra con la misma cuerda
que lo ahorques. ¿Me has oído,
nena?
El Chuqueli señaló el
asiento de delante, el bolso
abierto, dejando a la vista unas
cuerdas de guitarra que
sobresalían como las patas de
un bicho gigante.
Luego el Chuqueli dijo algo
más pero no se oyó, culpa del
camión que pasó rozando la
cuneta y que hizo retemblar la
ventanilla, arrastrando una
nube de polvo que cubrió las
palabras. Entonces la Malata
llamó al Chuqueli con un
movimiento de su dedo,
pidiéndole que se acercara al
asiento.
—Dime una cosa.
El Chuqueli arrimó la cara.
—Tú dirás, nena.
—¿Cuándo fue la primera
vez que mataste?
Al Chuqueli no le pilló de
sorpresa. Se lo sabía de
memoria. Lo había repasado
muchas veces, tantas que ya le
sonaba a mentira. Ocurrió en
una emboscada, un asunto que
parecía fácil a primera vista. El
Chuqueli cerró los ojos por un
instante y arrugó su cara y
siguió hablando:
—E l julái tiró de navaja y
lanzó un viaje a mi menda. La
puñalada pasó de raspón.
Entonces mi menda dijo: «Un
hombre no cabe por la boca de
otro», y mi menda fue más
rápido y metió bardeo. Varias
veces seguidas.
—¿Y qué se siente? —
preguntó con interés la Malata.
—Mira, nena. No tiene que
ver nada con como sale en las
películas. La diferencia es que
cuando tú le das mulé a algún
julái, no hay tiempo para los
ensayos. Además, una vez que
te cargas al primero, los
siguientes vienen solos.
—No me refiero a eso.
El Chuqueli captó la
profundidad de la provocación
desde el asiento trasero y ella
le volvió a hacer una seña para
que se acercase más. El
Chuqueli aproximó el resuello.
Acechado por el remordimiento,
la miró muy fijo.
—Si lo dices por algo
especial, nena, en la última
puñalada, la que se quedó
dentro del corazón, mi menda
pudo sentir los latidos hasta las
cachas del bardeo. El julái se
moría porque las palpitaciones
aflojaban.
—¿Y a ti, te dolió?
El Chuqueli aseguró que no
hay criminal que no tenga
conciencia de su mal aliento:
—Mira, nena, eso que dicen
de «Puñalada en panza ajena
no duele» es mentira. Tú
misma. Eso es cosa de las
películas pero, si tú quieres,
nena, lo dejas. Como que mi
menda y tú nos quitamos de en
medio y nos vamos a México
del tirón.
Una sacudida recorrió el
lomo de la Malata.
—Nunca lo he tenido tan
claro, ya te digo. En este puto
mundo un policía vale lo mismo
que el siguiente. Aunque venga
solo y sea de la secreta. Ya te
digo, me lo voy a cargar.
La Malata lo afirmó con esa
rabia sorda que llevan las
mujeres cuando han sido
dañadas. Un sentimiento que
sólo encuentra alivio en la
venganza.
El Chuqueli la intentó
aplacar, acercando la voz cálida
y rota hasta el asiento; alargó
la mano y rozó su mejilla, como
si quisiera hacerle una caricia
que al final se quedó en nada.
«Tranqui, nena, tranqui», le
dijo. La Malata apretó los ojos y
el Chuqueli se subió la
cremallera del mono de
trabajo, hasta el cuello, igual a
una cicatriz que le cosió el
cuerpo en dos mitades.
U
2
n rato antes, la malata se
había presentado en el
escondrijo. A decir de su cara,
la tarde venía torcida.
El Chuqueli estaba tumbado
sobre el colchón, apurando un
cigarrillo, cuando ella apareció
por la puerta. Nada más entrar,
la Malata se había abrazado a
él con sofoco y rompió a contar
que la policía lo andaba
buscando y que se habían
llevado presos al Nani y al
Manzano.
También contó que el
inspector de las gafas negras,
antes de ir donde el Nani, había
estado de visita en el piso.
Traía orden judicial y lo
primero que hizo nada más
cruzar la puerta fue agarrar a
Jarocho, el gato, por el cuello.
—Dime, nena, ¿iba
solateras?
La Malata contestó que sí,
que el inspector apareció solo y
que preguntó por el colorao
mientras apretaba el cuello de
Jarocho y amenazaba con
arrancarle los dientes.
El Chuqueli la abrazó fuerte
y la embadurnó con sus besos:
—Déjate, nena, déjate, que
el Nani necesitaba dinero.
Tenía el mono y eso es ruina.
Nos ha buscado la ruina a
todos. Tenemos que najarnos
lejos.
A la Malata no le servían de
consuelo aquellas palabras. No
era algo nuevo para ella. Que
al Nani le dio por tontear con la
droga era cosa que todos
sabían.
—Al final no hicieron el
atraco —afirmó la Malata con
los dientes prietos de rabia y
las manos como garzas sobre la
piel desnuda del Chuqueli—.
Juro por mi libertad que ellos
no fueron.
—Como si lo hicieran,
nena. Se han comido el marrón
y ahora nos tenemos que dar el
piro. Salir de naja.
Les habían colgado las
culpas. A última hora, el Nani y
el Manzano se echaron atrás y
no atracaron la joyería; se
olieron la encerrona. Pero ya
era tarde. Otros lo hicieron por
ellos, otros asaltaron la joyería
de Lavapiés, dejando el cadáver
del dueño sobre el mostrador.
El atraco fue portada en todos
los periódicos y en las noticias
de la tele no se hablaba de otra
cosa.
Inseguridad ciudadana.
Los políticos lo tomaron
como argumento para seguir
vendiendo miedo y así
endurecer la ley. «Mala ruina
tengan. Mala ruina.» El
Chuqueli la abrazó, ahora más
fuerte, y ella volvió con su
lenguaje desgarrado para
contar que el Nani dormía y los
de la secreta pegaron una
patada a la puerta y se
pusieron a registrar la casa.
Tiraron los muebles al suelo.
Todo se llenó de cristales y de
cajones volcados. Abrieron los
sofás hasta destriparlos.
«Buscamos las armas»,
decían, venga a dar patadas a
los muebles mientras los niños
no paraban de llorar.
«Buscamos las armas.»
—Bah, qué chungo, nena,
ni que el Nani tuviera una
armería. Buscaban lo mismo,
nena, buscaban el colorao. Lo
que pasa es que no lo van a
decir —aseguró el Chuqueli y
tuvo un acto reflejo y miró de
reojo a un lado del colchón; la
cajetilla de tabaco y una lata
que servía de cenicero junto al
revólver.
—Los estarán dando la del
pulpo, ya te digo —dijo la
Malata.
—Tranqui, nena —consoló
el Chuqueli—, tranqui —repitió
con la voz bronca y pastosa—,
tranqui, nena. —Entretanto la
abrazaba y la Malata seguía
contando que los policías se
cebaron con el Nani mientras lo
conducían al coche patrulla.
«Para que fuera abriendo
boca.»
Antes de presentarse en la
casa, uno de los polis había
llamado por teléfono para ver si
el Nani estaba dentro. Fue el
sobrino pequeño el que cogió el
teléfono. «¿Está el Nani?»,
preguntó la voz del poli. «Sí,
pero está durmiendo», soltó el
niño. La comunicación se cortó
y luego, la segunda vez que
llamaron, contestó la Sol, la
mujer del Nani: «¿Quién es?»
«Soy un amigo del Nani», dijo
la voz antes de colgar.
Entonces la Sol miró por la
ventana y vio los coches
patrulla. No dio tiempo a más.
La puerta se vino abajo y
entraron sin concesiones. Cinco
hombres con los revólveres
desenfundados y con las placas
de policía por delante.
—¿Nuestro amigo también,
nena?
El Chuqueli preguntó a
sabiendas de que ella iba a
contestar que sí, que después
de haber salido del piso donde
estaba la Malata, el inspector
de las gafas negras fue hasta la
casa del Nani. Pero esta vez no
llegó solo, sino acompañado de
los demás policías. Orden de
arresto. Cuando la Malata se lo
confirmó, el Chuqueli se
levantó aprisa del colchón,
como si por su cabeza hubiese
pasado un pensamiento
demasiado brutal para
exponerlo abrazado a ella.
Alcanzó un cigarrillo. En la
penumbra del cuarto, la llama
del encendedor alumbró la cara
del Chuqueli.
—¿Y al Manzano, cómo lo
trincaron, nena? —preguntó,
soltando el humo directo al
techo.
—En el portal de su casa —
dijo la Malata.
Según las vecinas, al
Manzano le pusieron una
pistola en la cabeza pero no
arrugó y se lio a puñetazos con
los policías. Al final se le
vinieron encima. Recibió una
buena tunda pero entró erguido
en el coche patrulla.
—Apenas se tenía en pie,
pero no se ahuchará, ya te
digo.
El Chuqueli aspiró el humo
con rabia. Como si todo lo dicho
por la Malata lo llevase a
buscar un culpable, soltó:
—No hace falta ser un
lumbreras para saber que el
joyero ha sido el soplón, el
único que sabía dónde vivían
los dos. La casa de uno y la
casa de otro, ¿te coscas, nena?
Dicho esto, el Chuqueli alzó
la mano para enroscar la
bombilla. A la luz, las paredes
de aquel cuartucho parecían
comidas por la lepra. También
había una silla destripada y
más allá una guitarra a la que
le faltaban algunas cuerdas. El
Chuqueli se dobló bajo el
camastro y alcanzó una bolsa
de lona de donde sacó un fajo
de billetes: «¿Te coscas,
nena?»
E
3
l Chuqueo había estado en
lo cierto. Horas antes, esa
misma mañana, el joyero había
desayunado en el aeropuerto
de Santander. Una infusión y
una tostada donde untó
mantequilla con cierto
nerviosismo. A su lado,
apoyado en la barra, un poli de
la secreta. Gastaba un bigote
como un brochazo sobre la
boca y mirada semejante a la
embestida de un cabestro.
Traje y corbata. Había pedido
un café con dos de azúcar y, al
primer sorbo, tuvo un gesto
que le torció el bigote, como si
en vez de café le hubiesen
puesto un vinagre corrosivo.
«Su puta madre.» Se echó
mano al bolsillo, sacó un puro,
mordió la punta y escupió
casquillos de saliva. Acto
seguido, pidió una copa de anís.
—Del Mono —imperó el
policía, a la vez que pegaba un
codazo cómplice al joyero, en el
hígado.
El joyero se echó la mano
al costado, dolorido, y el policía
rascó una cerilla.
—¿Sabes la historia? —le
preguntó el policía.
El joyero negó con la
cabeza y entonces, el secreta
del bigotón, con la primera
bocanada de humo empezó a
contar la historia de un
empresario catalán que quiso
hacer una botella de anís como
si fuera un frasco de perfume
pero en grande. Luego siguió
contando que, por aquella
época, se puso de moda la
teoría de que el hombre venía
del mono y el empresario puso
la marca de nuestro origen al
anís. De esta manera, el
empresario catalán juntó las
dos cosas, la botella y la teoría
de la evolución, para enfrascar

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