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Libro PDF Tan buenos chicos Patrick Modiano

Tan buenos chicos  Patrick Modiano

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propiedad de un tal Valvert, que fue amigo del
conde de Artois y lo acompañó en la Emigración.
Más adelante, oficial del ejército ruso, murió en la
batalla de Austerlitz luchando contra sus
compatriotas con el uniforme del regimiento
Izmailovsky. De él sólo quedaba el nombre y, al
fondo del parque, una columna de mármol rosa
medio caída…
A mis compañeros y a mí nos educaron bajo el
melancólico patronazgo de ese hombre y es
posible que algunos, sin saberlo siquiera, estén
aún marcados por ello.
La casa de Pedro se hallaba al principio del
paseo, algo apartada, del lado opuesto al mástil y
a la enfermería. Esa choza, de colores brillantes,
nos recordaba la casa de Blancanieves y los Siete
Enanitos. Un parterre a la inglesa, impecablemente
cuidado por Pedro en persona, la rodeaba.
Sólo me recibió una vez en su casa, la noche
en que me escapé. Había pasado muchas horas
vagando por el barrio de Les Champs-Élysées,
buscando lo que fuera, antes de decidirme a volver
al internado. El profesor auxiliar que vigilaba el
estudio me dijo que Pedro me estaba esperando.
Los muebles encerados relucientes, las
baldosas, la loza y las ventanas de cristalitos
cuadrados de colores eran los de un interior
holandés. La habitación la iluminaba una única
lámpara. Pedro estaba sentado detrás de un
escritorio de anticuario de madera oscura. Se
estaba fumando una pipa.
—¿Por qué se ha escapado esta tarde? ¿Se
siente desgraciado aquí?
La pregunta me había sorprendido.
—No… No es que me sienta realmente
desgraciado.
—Voy a hacer borrón y cuenta nueva. Pero está
castigado sin salida.
Nos quedamos ambos cara a cara unos
minutos, en silencio. Pedro soltaba pensativamente
el humo de la pipa. Me acompañó hasta la puerta.
—No lo vuelva a hacer.
Clavó en mí una mirada triste y afectuosa.
—Si tiene ganas de hablar, venga a verme. No
quiero que se sienta desgraciado.
Recorrí el paseo, en dirección al Castillo, y
miré atrás. Pedro estaba, inmóvil, en el porche de
su choza. En general, en toda su persona se
palpaba la fuerza: en el granito del rostro de
montañés, en la silueta rechoncha, en la pipa, en el
acento valdense. Pero esa noche, por primera vez,
me pareció preocupado. ¿Por mi escapada? A lo
mejor pensaba en el porvenir que nos esperaba
cuando nos hubiéramos ido del reino de Valvert,
del cual era regente —reino amenazado en este
mundo cada vez más duro e incomprensible—, y
él, Pedro, ya no pudiera hacer nada por nosotros.
El paseo principal cruzaba por el gran prado
de césped donde pasábamos los recreos de media
tarde y de última hora, y donde se celebraban los
encuentros de hockey sobre hierba. Al fondo del
prado, por la zona de la tapia, se alzaba un búnker
del tamaño de un edificio, un vestigio de la guerra,
de los tiempos en que el internado sirvió de estado
mayor a la Luftwaffe. Por detrás, un camino iba
siguiendo la tapia y conducía a la casa de Pedro y
al portón. Algo más abajo del búnker habían
convertido un invernadero de naranjos en
gimnasio.
Con frecuencia, en mis sueños, voy por el
paseo principal hasta el Castillo y dejo a la
derecha un barracón de color pardo: el vestuario
donde nos poníamos la ropa de deporte. Por fin,
llego a la explanada sembrada de grava, ante el
Castillo, un edificio blanco de dos pisos con una
escalinata con balaustrada. Lo construyeron a
finales del siglo XIX según el modelo del palacio
de La Malmaison. Subo la escalinata, empujo la
puerta, que se vuelve a cerrar sola tras entrar yo, y
estoy en el vestíbulo de baldosas negras y blancas
que da paso a los dos refectorios.
Desde el ala izquierda del Castillo, que
llamábamos «el Ala Nueva» —Pedro la mandó
construir a principios de la década de 1950—,
bajaba un camino hasta el patio de la
Confederación, nombre que le había dado nuestro
director en homenaje a Suiza, su país natal. En mis
sueños no voy nunca por ese camino, sino por el
laberinto, que nos tenían prohibido y que sólo
podían utilizar Pedro y los profesores. Un pasillo
estrecho de vegetación, rotondas y cenadores,
bancos de piedra, aroma a aligustre. También el
laberinto iba a dar al patio de la Confederación.
Lo rodeaban, igual que la plaza de un pueblo,
casas variopintas que albergaban las aulas, los
dormitorios colectivos o las habitaciones que
compartíamos cinco o seis. Todas esas casas
tenían un nombre: el Retiro, con aspecto de casa
nobiliaria de Turena; la Hermosa Jardinera, villa
normanda con entramado de madera; el Pabellón
Verde; la Morada; el Manantial y su minarete; el
Estudio; la Torrentera, y el Chalet, que habría
podido tomarse por uno de esos hoteles antiguos
alpinos de Saint-Gervais que un millonario
excéntrico hubiera mandado transportar, pieza a
pieza, aquí, a Seine-et-Oise. Al fondo del patio,
unas antiguas cuadras rematadas por un pináculo
estaban acondicionadas como local para cine y
teatro.
Nos reuníamos en el patio a eso de las doce de
la mañana, antes de subir en fila al Castillo para
almorzar, o cada vez que Pedro quería anunciarnos
algo importante. Decían: «Concentración a tal hora
en la Confederación», y esas palabras sibilinas
sólo podíamos entenderlas nosotros.
Viví en todas las casas de ese patio y mi
edificio preferido era el Pabellón Verde. Debía
ese nombre a la hiedra que se comía la fachada.
Bajo la veranda del Pabellón Verde buscábamos
refugio los días de lluvia, durante el recreo. Por
una escalera exterior con barandilla de madera se
llegaba a los pisos. En el primero estaba la
biblioteca. Compartí mucho tiempo una de las
habitaciones del segundo con Charell, Mc Fowles,
Newman y el futuro actor Edmond Claude.
Las noches de primavera, en el Pabellón
Verde, nos sentábamos a fumar delante de una
ventana abierta de par en par. Había que esperar
hasta muy tarde a que el internado estuviera
dormido. Podíamos elegir entre dos ventanas: una
daba al patio de la Confederación, por donde a
veces Pedro hacía una ronda, en bata escocesa y
con la pipa en la boca; y desde la otra, más
pequeña, casi del tamaño de un tragaluz, se
dominaba una carretera campestre que el curso del
Bièvre iba siguiendo.
Edmond Claude y Newman querían hacerse
con una cuerda y por ella nos deslizaríamos hasta
abajo de la pared. Mc Fowles y Charell habían
decidido que cogeríamos ese tren cuyo silbido
oíamos todas las noches a la misma hora.
Pero ¿adónde iba ese tren?
II
Algunos de nuestros profesores vivían en una u
otra de las casas del patio de la Confederación y
Pedro los había nombrado «capitanes» de esos
pabellones. Eran responsables de ellos y se hacían
cargo de la disciplina con la ayuda de
«aspirantes», alumnos escogidos de los dos
últimos cursos de bachillerato. Éstos llevaban a
cabo todas las noches «inspecciones»,
comprobando si las camas estaban bien hechas, las
alacenas en orden y los zapatos lustrosos. Tras el
toque de queda, a las nueve, los aspirantes velaban
por que nadie volviera a encender la luz y reinase
el silencio.
El capitán del Pabellón Verde era nuestro
profesor de gimnasia, el señor Kovnovitzine, a
quien llamábamos «Kovo». No tenía ningún
aspirante a sus órdenes. No había inspecciones de
los dormitorios. Podíamos apagar la luz a la hora
que quisiéramos. El único peligro: que le llamase
la atención a Pedro, durante su ronda de noche, la
luz de nuestra ventana. Entonces tocaba el silbato,
como un agente de la defensa pasiva.
Kovo había sido antes profesor de tenis y a sus
alumnos preferidos les regalaba una de sus
antiguas tarjetas de visita:
KOVNOVITZINE
Profesor de tenis diplomado
Villa Diez-Monin, 8
París 16
Aquel hombre de elevada estatura, pelo blanco
peinado hacia atrás y perfil puro, llevaba un
pantalón de lino blanco y vivía en compañía de un
labrador que a veces iba de visita a nuestros
dormitorios. Tenía insomnio y se pasaba las
noches deambulando por el prado de césped del
internado. Yo había observado por la ventana, a
eso de las dos o las tres de la mañana, cómo
cruzaba despacio el patio, con el labrador sujeto
con correa. El pantalón de lino era una mancha
fosforescente. Soltaba el perro y éste acababa
escapándose, porque se oía a Kovo llamarlo al
cabo de un rato:
—Chou-ou-ou-ou-ou-ra…
Y esa llamada incansable, que se repetía hasta
el alba, tan pronto cerca como lejos, retumbaba
como la queja de un oboe.
No sé si el capitán Kovnovitzine sigue
paseando de noche con su perro Choura. Sólo
volví a ver a uno de nuestros profesores, unos diez
años después de haberme ido del internado:
Lafaure, el profesor de química. Por lo que se ha
comentado, tú también, Edmond, tuviste ocasión de
ver al señor Lafaure…
Sí. Aquella noche el público no había sido ni
mejor ni peor que el de las demás ciudades de
provincias donde paraba nuestra gira Baret. En el
descanso me trajeron al diminuto camerino que
compartía con Sylvestre-Bel una tarjeta de visita:
«Querido Edmond Claude: su antiguo profesor
de química del internado de Valvert:
LAFAURE,
querría, si fuera posible, cenar con usted
después del espectáculo.»
—¿Una admiradora? —me preguntó Sylvestre-
Bel.
Yo no podía apartar los ojos de aquella tarjeta
de visita amarillenta, en cuyo centro estaba
grabado el apellido LAFAURE en letras gris
ceniza.
—No. Un antiguo amigo de la familia.
Y cuando me tocó salir a escena para unos
pocos minutos y cinco frases, oí, desde lo hondo
del silencio, una voz que decía por lo bajo en las
primeras filas: «¡Bravo! ¡Bravo!». La reconocí en
el acto: la voz sepulcral de Lafaure, que
imitábamos antiguamente en clase y por la que le
habíamos puesto de mote «el Muerto».
Cinco golpes discretos, pero nítidos, en la
puerta de nuestro camerino. Parecía morse. Abrí.
Lafaure.
—¿No molesto?
Lo tenía delante, con el pelo blanco cortado a
cepillo, tieso e intimidado, con un traje azul
marino de pantalones estrechos que acababan muy
por encima de los tobillos y por los que asomaban
dos zapatos enormes, negros y con suelas de crep.
Así eran los que llevaba en el internado, y con
esos zapatones que le estaban grandes y pesaban
demasiado tenía unos andares despaciosos de
sonámbulo.
Le había menguado la cara y se la ajaban las
arrugas, pero el cutis era igual que antes: de un
blanco de tiza.
—Entre, señor Lafaure.
Es aquel camerino exiguo, con dos palanganas
de cartón, Sylvestre-Bel, sentado en la única silla
de paja, se estaba quitando el maquillaje y yo
estaba casi pegado a Lafaure, que había cerrado

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