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Libro PDF Tántrica – J. A. Martinez-Pey

 Tántrica – J. A. Martinez-Pey

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la diosa codicia. Es el fraude más
escandaloso de nuestra democracia
parlamentaria, pero no el único.
Nuestros políticos no se conforman
con expoliar el erario público en su
propio beneficio o en el de sus partidos,
gozando –como es notorio- de altas
cotas de impunidad, sino que, además,
defienden y aplican con todo descaro y
sin ningún rubor políticas que
transfieren directamente los bienes de
las –cada vez más estrujadas- clases
medias y humildes al reducido y selecto
club que acumula un porcentaje
pornográfico de la riqueza mundial. De
hecho, el 1% más rico de la población
concentra más poder económico que el
resto de la humanidad; y lo peor es que
cada día las desigualdades todavía
crecen más. Es injusto, indignante e
inaceptable, pero también la rigurosa
realidad.
De propina, la generalización de las
llamadas puertas giratorias ha
convertido a los gobernantes en
cómplices, lacayos o secuaces –según se
mire- de las élites económicas. No lo
reconocen porque ser hipócrita es
inherente a su oficio, pero los hechos
cotidianos demuestran con obstinación
que no son más que simples monigotes
al servicio del dinero.
Tampoco tiene justificación que el
impacto de la especulación sea diez
veces mayor que el de la economía
productiva, y que ganar dinero en la
bolsa –que no aporta ningún beneficio
tangible a la sociedad- sea la cualidad
humana económicamente mejor
retribuida. Otra prueba más de que
nuestro modelo político-social está
enfermo. Es prevaricador en esencia; y
por tanto, corrupto per se.
Además, los medios de comunicación
masivos han penetrado en nuestras vidas
hasta determinar prioridades de
consumo insostenibles e inculcarnos una
representación tan alienada como falsa
de la realidad. Han invadido nuestro
espacio personal y violan a diario
nuestra intimidad. Nos enajenan creando
verdades y centros de interés ficticios.
Cada día más, vivimos condicionados
por imágenes simbólicas inventadas ad
hoc, eslóganes más o menos ocurrentes,
telenovelas ñoñas, teleseries adictivas,
realities delirantes y también películas
que predican valores superficiales
cuando no inmundos. Es espeluznante,
pero lo cierto es que –ya lo predijo
George Orwell- las cadenas de
televisión se han convertido en el
instrumento de control social más
poderoso de todos los tiempos. Atroz.
Y ni siquiera el sexo –antaño
relegado al oscurantismo por el
nacional-catolicismo- ha escapado a
este tsunami imparable de capitalismo
salvaje en el que todo vale por la pasta.
Hoy día, desde el erotismo más
sofisticado a la pornografía más
explícita, el sexo es un negocio de
dimensiones colosales. El sexo vende; y
mucho. Cualquiera lo sabe.
Lo que quizá no sea tan de dominio
público es que el amor –con frecuencia
sublimado e idealizado, a veces hasta
extremos cursi supinos- solo es una de
las múltiples y variadas expresiones de
la sexualidad que ha creado la evolución
de la vida en nuestro planeta. De hecho,
el sexo surgió hace unos mil millones de
años; y mucho después, unos lejanos
antepasados nuestros –posiblemente los
primeros mamíferos- un buen día
comenzaron a sentir una emoción
insólita, un proto-amor materno-filial en
sus orígenes, que tras miles de milenios
de evolución en los seres humanos, al
igual que en otras especies, produce
lazos afectivos –en ocasiones
intensísimos- entre parejas de
individuos, padres e hijos, familias o
grupos de pertenencia.
El amor es un impulso afectivo que
tiene el poder de unir, adherir, conectar,
vincular, cohesionar, empatizar,
solidarizar y engendrar un flujo tangible
de generosidad, salud, bienestar y buen
sexo entre quiénes lo experimentan.
Llevado a su máxima expresión, el amor
es un pacto de todo corazón que se
materializa en una emoción sincera y
profunda en constante crecimiento
iluminada por intensos destellos fugaces
de comunión total que rompen la
monotonía cotidiana y refuerzan y
estrechan los lazos de unión entre seres
que eligen compartir libremente el resto
de sus vidas. El amor es la mayor fuente
de energía vital jamás conocida. Una
experiencia que el azar solo concede a
unos pocos cisnes negros tocados por la
fortuna. Sin más.
Sin embargo, aun con toda su magia,
el amor no tiene nada de divino, ni de
inmaterial, ni espiritual. La evidencia
empírica sugiere que, en toda su
complejidad, el amor es solo un
producto del cerebro que posee –eso sícualidades
excepcionales. Debuta con
una descarga hormonal múltiple –la
oxitocina juega ahí un papel
determinante- que produce un estado de
ensoñación característico llamado
enamoramiento y cuya finalidad original
parece ser exclusivamente reproductiva.
Enamorarse es embriagador. Lo sabe
cualquiera que lo haya vivido.
Y todo esto viene a cuento porque
Tántrica narra –al menos esta ha sido
mi intención- una historia de sexo y
amor envuelta en un ambiente –el propio
de las España de los ’80- impregnado
de corrupción. Sin embargo, creo que no
es una novela al uso porque su estructura
narrativa no encaja con casi ninguno de
los parámetros que definen el género.
Tal vez sea una pseudobiografía
inventada por un personaje que –este sísea
una recreación novelada de mí
mismo. Puede. Sinceramente, no lo sé.
Carezco de la distancia necesaria. Lo
seguro es que no es ningún manual de
iniciación a los ritos tántricos, ni de
educación sexual.
No obstante, sé que he tenido la suerte
de poder desembarazarme de una buena
parte de los prejuicios alienantes que me
inculcaron; y en consecuencia, he vivido
mi sexualidad de forma lo bastante rica
e intensa para que este relato pueda
incitar a dar mayor rienda suelta al
erotismo personal e induzca a disfrutar
más, mejor y gratis; qué no es poco. De
ser así, Tántrica tendría alguna utilidad
allende el simple empleo lúdico del
tiempo propio. Y en el remoto caso de
que además contribuyera a naturalizar,
por poco que fuera, la sexualidad –tan
alienada en nuestra cultura sea por la vía
de la represión o del producto de
consumo-, entonces, ya sería la releche.
Ojalá.
Ya he perdido la cuenta del número
de versiones y años de tiempo libre
entregados al placer –no siempre- de
redactar, leer y releer, dudar, probar,
cambiar, corregir, retocar, añadir y
recortar, palabras, frases, párrafos,
secciones y capítulos, que ha sido
necesario para escribir esta ficción
construida a partir de ciertos recuerdos
muy adornados y distorsionados –pero
que muy mucho- con fantasías
personales y un buen puñado de puras
invenciones. Así que toda referencia a la
realidad ha sido deliberadamente
alterada y puesta al servicio del relato
sin que, en ningún caso, haya habido la
menor intención de ser fiel ni a personas
ni a hechos; tanto más, porque aquí unas
y otros dejaron de ser lo que acaso un
día fueron para convertirse en
personajes de papel y tinta con vida y
carácter propios. Así que viene a cuento
la advertencia que hacen ciertas
películas cuando precisan que todo
parecido con la realidad es pura
coincidencia, y –añado- resultado de la
libre y caprichosa asociación de ideas.
Para que si alguien se da por aludido, no
crea bajo ningún concepto que sus
homónimos ficticios reflejan mi visión
sobre ellos. En absoluto. Les debo –eso
sí- ser parte importante de mi vida; y
por tanto, a todos: gracias de corazón.
A primera vista
Había pasado la tarde tirado en el
sofá con El Víbora de la semana, música
a todo volumen, agua con hielo a litros y
fumando a discreción. Apenas un cuarto
de hora después de haberme duchado ya
estaba otra vez sudando a mares. Sin
energía. Acalorado. Fundido. Una tarde
casi eterna. Damn!
Mondo cane
Hacia las nueve y media bostecé, hice
acopio de valor y me puse las pilas; esto
es, me duché, me vestí, me acicalé y
enfilé escaleras abajo. Era hora de ir a
casa de Gabriel, mi gran amigo del
alma, que aquella noche celebraba uno
de sus ya clásicos hitos vitales, lo que,
trascendencias aparte, presagiaba
desmadre con cogorza monumental.
Justo lo que yo más necesitaba en aquel
momento. Me animé.
Pero apenas puse un pie en la calle el
caos circulatorio reinante en el cruce de
Aragón con Balmes me tiró atrás. Nada
extraño: segundo viernes de julio y hora
punta. Fatal.
Sin pensarlo, di media vuelta. De
repente, reacción visceral. Impulso
incontrolable: volver zumbando al
amparo de los 100 vatios de mi
amplificador. La mera idea de chutarme
gratis otra sobredosis de psicopatologías
urbanitas me repateó el
hígado. Demasiado zombi en
circulación. Mal rollo. ¡Asco de ruido!
¡Asco de calle! ¡Asco de ciudad!
Pero en cuanto ll egué a la puerta del
ascensor, justo antes de abrirla, me lo
repensé: ¿Qué era peor? ¿Hacer frente a
la invasión de simios histéricos
motorizados o pasar la noche del
viernes solo como la una? Dudé…
El caso es que –d i por hecho- Gabriel
contaba conmigo, y a mí me hacía buena
falta airearme un poco. En fin. Tragué
saliva y me mentalicé para superar el
brote agorafóbico. Así que enfilé
resuelto hacia el paso de peatones
donde, además del semáforo en rojo, una
horda de yonquis adictos al televisor
campaba a sus anchas: caras de perro,
bocinazos impacientes y recital de
exabruptos. ¿Homo sapiens?
Ni de coña. Desc arté de inmediato ir
a por mi coche. Nada de meterse en
aquel berenjenal. Mejor ir andando.
Calculé hora y m edia, cuarto más o
menos. Llegaría un poco tarde. Pero y
qué… Además –me dije- caminar un
rato me vendría bien. Al menos me
sacudiría el sopor de encima. Decidido.
Sin cambiar de acera enfilé por
Aragón hasta Rambla Cataluña; luego
subí hasta Valencia y giré a la derecha
rumbo a La Sagrera, ya desconectado
del mundanal ruido; es decir,
comiéndome el tarro al más genuino
estilo existencialista de pacotilla, una de
mis especialidades preferidas; tanto más
cuando por aquel entonces yo estaba
atravesando una de mis cíclicas crisis
depresivas, para la ocasión, no muy
intensa pero mucho más larga

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