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Libro PDF ¿Te llamas Julieta? – Jossy Loes

 ¿Te llamas Julieta? – Jossy Loes

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HABÍA TENIDO QUE atender muchos borrachos durante su carrera y ninguno le había dado tal bienvenida. Gritaban o soltaban tacos, pero que le vomitaran y
luego le soltaran semejante frase, era algo que pasaría a los libros de las cosas más descabelladas que podían ocurrir en un hospital.
Estaba hecha un desastre y mientras buscaba algo de papel y jabón antiséptico para limpiarse un poco, se dirigió a su compañera para que la ayudara.
—Llama a que vengan a limpiar —pidió a Milagros—. Iré a cambiarme. En cuanto al paciente, ponle un suero para que pueda desintoxicar su organismo.
—¿Te vas, sin atenderme? —Preguntó el joven—. Pensé que Dios me había mandado un ángel. ¡Menudo tío! Me la pone en bandeja y me la arranca al segundo.
Julieta alzó una ceja sin saber si sonreír o pedir una prueba toxicológica para saber si solo estaba borracho, lo pensó dos segundos y optó por ser una profesional.
—Milagros hazle una radiografía para poder evaluar la lesión y en un rato vendré a poner todo en su sitio —la enfermera tragó saliva. Conocía el trasfondo de esas
palabras: «Poner todo en su sitio», era que colocaría el hombro, nada más.
El joven no era un enclenque, al contrario, era musculoso y alto, pero Julieta era conocida por su profesionalidad y asintió sin rechistar.
—¡No te vayas! Juraría que salvarías mi vida, por eso me arrodillaría ante ti y te bajaría el cielo y las estrellas. ¿Sabía yo lo qué es amor? Os juro que no. Porque
nunca había visto una belleza así.
La enfermera soltó una risita y Julieta se quedó pasmada, el hecho de que el paciente le recitara algo de Shakespeare le trajo recuerdos amargos.
Se recordó varias veces el juramento hipocrático intentado evitar mandarlo a comer uvas a la Rioja. Y tras tranquilizarse un poco salió sin decir nada más y fue directa
a las taquillas para cambiarse.
Mientras se cambiaba, meditó cómo había sido su día y como tristemente iba a terminar con un borracho ligón.
Tardó treinta minutos en volver a urgencias. Cenó con tranquilidad —nadie le quitaría las ganas de comer— y así daría tiempo a que el suero bajara algo la
intoxicación etílica que traía el paciente. Pero lo más difícil de todo, fue enterrar malos recuerdos que asomaban en la superficie y que no era necesario desempolvar.
Volvió sin ninguna prisa y pidió las placas para emitir un diagnóstico, el cual, como había imaginado desde un principio, no era grave. Tras revisar el historial, pudo
poner en claro varias cosas: el paciente no habría caído encima del hombro si no se le hubiera ocurrido beber, con un antiinflamatorio inyectado y hielo habría tenido
suficiente, pero no, tenía que venir como una cuba. Julieta rogó que estuviera sobrio para poder darle su diagnóstico y terminar con todo ello cuanto antes.
—Doctora, hay familiares preguntando sobre el paciente del hombro dislocado —le avisó Milagros antes de que pudiera dirigirse de nuevo al box.
—Iré yo.
—¿Seguro?
—Sí, quiero saber cómo fue la caída y explicarles que hasta que no baje la intoxicación, no puedo darle el alta. ¿Le has puesto cabestrillo y compresas de hielo?
—Sí y soltó un improperio —Julieta sonrió, en gran parte se lo merecía por andar de ligón en urgencias.
Revisó de nuevo el historial para saber el nombre, asegurándose de que no la conocía. Tiempo atrás muchos buscaron la cita más extraña de Shakespeare para llamar
su atención, hoy en día era extraño escuchar a alguien soltarle ese tipo de prosa.
Leyó el nombre, Pablo Olivas de treinta dos años, pensó durante varios minutos en algún Pablo y no recordó a nadie con ese nombre. «Pablito, espero que para la
próxima, te lo pienses mejor, el dolor que tendrás estos días, te hará soltar todo los improperios que nunca conoceré», concluyó para sí misma y salió a la sala de
espera.
—Familiares de Pablo Olivas —nadie respondió, volvió a repetir, sin tener ninguna respuesta y se giró para entrar cuando escucho el caminar apresurados de dos
personas que se detuvieron frente a ella.
—Puede informarnos que sabe de Pablo —dijo un moreno con la respiración agitada. Julieta alzó la ceja, estuvo a punto de decir que dentro de lo que cabía estaba
muy bien, excepto su mono y su ropa interior que apestaban a vómito.
—¿Son familiares de Pablo Oliva?
—Soy su primo, Gerard Oliva —tendió su mano con sonrisa socarrona. A Julieta le costaba creer lo que pasaba, primero el paciente y ahora el primo. Ambos
hombres iban de ligones sin importar donde, sin lugar a dudas, era algo que llevaban de serie en los genes.
—Señor Oliva, su primo está bien —se limitó a informar sin especificar muchos detalles sobre el estado de embriaguez del paciente—. Tiene el hombro izquierdo
dislocado, van a ponerle un cabestrillo y compresas de hielo, no puedo darle el alta hasta que el suero pueda eliminar la intoxicación con que llegó.
—Eso podemos explicarlo —dijo Gerard intentando no reírse sin demasiado éxito, el otro joven se apresuró a responder viendo la inexpresión en el rostro de Julieta.
—Disculpe a mi amigo, Pablote se cayó está mañana entrenando y dijo que lo mejor para quitar el dolor era tomar una botella de Barceló Imperial —Julieta controló
sus gestos, sus cejas querían llegar a la raíz de su pelo después de escuchar el estúpido argumento.
—¿Podrían decirme a qué hora ocurrió el accidente? —Preguntó tratando de no darle importancia a la locura que había cometido el hombre que estaba dentro del box.
—A las once y no fue un accidente, son cosas de entrenamiento, uno que otro empujón —Julieta inhaló todo el aire que pudo y los dos hombres se cruzaron de
brazos de inmediato para hacerse los serios ante la recién tomada actitud de Julieta.
—¿Me están diciendo que lleva quince horas con el hombro en ese estado? —Los dos asintieron a la vez.
—La culpa es de Pablote, se negaba venir. He tenido que traerlo engañado después de ver que no podía ni levantar el brazo y necesitamos que esté bien, pronto
tendremos un partido importante —Julieta negó con la cabeza incrédula ante la situación que estaba viviendo.
—Disculpen, ¿pero a que se supone que juegan?
—Hockey sobre hielo —incapaz de controlarse, una de sus cejas se alzó.
A sus veintinueve años desconocía que se practicara aquel deporte de invierno en España. Sabía de una pequeña liga, pero no pensaba que cada vez tuviera más
seguidores.
—No estaba al tanto de que el hockey sobre hielo se había puesto moda.
—No lo está —señaló Gerard—. Somos un poco especiales, en realidad reemplazaba a un colega, Pablo es más de rugby.
Julieta se mantuvo inmutable. Quería reírse ante la actitud de aquellos hombres, pero pese a todo, tenía que mantener su máscara de profesionalidad ante todo.
—Relájese doctora, no competimos en primera división, somos aficionados, lo hacemos como hobbie, un deporte más entre los que practicamos —dijo Gerard con
una sonrisa en su rostro, Julieta decidió terminar con la conversación. Para su gusto, se estaban pavoneando demasiado.
—En cuanto su amigo esté en mejor estado retomaremos el procedimiento y podrá irse a casa bajo estrictas recomendaciones —se despidió con una pequeña sonrisa,
para entrar de nuevo en urgencia y de esa manera podía quitarse de encima toda aquella estúpida situación.
—Hasta luego, doctora —se despidió con tono burlón Gerard, Julieta ladeó su cabeza y como mejor sabía respondió en un tono frío.
—Buenas noches.
—Fue un placer conocerla —siguió Gerard con cierta provocación, Julieta ni se inmutó prosiguió con su camino sin detenerse.
Tenía suficiente con el primo borracho que se auto medicaba alcohol para soportar dolor, como para tener que aguantar también a sus amigotes, así que volvió al box.
—Hola de nuevo, señor Oliva. ¿Está mejor? —Con un tono algo guasón lo provocó—. ¿Seguirá recitando sonetos de Shakespeare?
Pablo lanzó una mirada asesina. Julieta evitó reírse y se limitó a rellenar el historial.
—Señor Oliva, ¿puede indicarme cómo se lesionó?
—Jugando, hice un mal movimiento y olvidé ponerme la protección.
—Necesito que se siente, he visto la radiografía y no es nada grave.
—¿Cómo que no es nada grave? —Gritó—. No puedo moverlo ni siquiera para bajarme los pantalones —Julieta escuchó las quejas sin prestarle ninguna atención y
prosiguió con el diagnóstico.
—No tiene fractura, eso es una buena noticia —le explicó—. Una dislocación de la articulación es dolorosa pero con antiinflamatorio, hielo y el brazo inmovilizado,
en unos días estará mejor. Le recomiendo no quitarse el cabestrillo.
Pablo se sentó y Julieta se acercó tanteando la zona afectada, tras varios movimientos escucho el sonido del hueso y acto seguido el alarido del hombre que casi le
perfora el oído cuando lo movió para que la articulación volviera a su lugar.
—¡Me cago en todos mis…! —Gritó con fuerza seguido de más tacos. Julieta dudó que estuviera hablando en español
En cuanto le diera el alta, le preguntaría a Milagros si era algún dialecto utilizado en España, seguía pensando que la situación rozaba lo gracioso, Pablo se levantó
iracundo y la miró con rabia.
—Si querías meterme mano podrías habérmelo dicho, te hubiera dejado con gusto —Julieta inspiró profundamente y volvió a recordarse el juramento hipocrático.
—Señor Oliva, le daré el alta.
—¿Cómo que el alta? No puedo moverme.
—No se preocupe, en breve podrá hacerlo. Tengo otras pacientes que atender.
—¡Claro! No es a ti a quien le duele el jodido hombro.
—Hasta luego, señor Oliva —Julieta se giró y buscó a su compañero Tomás para que terminará de atender a ese hombre maleducado.
Tenía claro que podía aguantar quejas, vómitos e insultos, pero que insinuaran que se aprovechaba de sus pacientes era inaceptable.
—Tomás, ¿puedes venir?
—¿Qué ocurre Ju?
—En el box diez, tenemos un paciente peculiar, si pudieras… —Julieta abanicó sus pestañas y Tomás sonrió.
—Con la condición de que irás a cenar con nosotros.
—Te aseguro que el próximo sábado iré.
Tomás entrecerró los ojos, sabiendo que la doctora mentía. Sin embargo, aceptó ayudarla. Julieta prosiguió revisando algunos documentos junto a Milagros, pensando
en el tiempo que le restaba para alcanzar la libertad, y poder dormir y olvidarse de ese duro día. Una pequeña ráfaga de aliento en su cuello, le puso la piel de gallina.
—Tomás, tendré que decírselo a tu mujer si vuelves a hacer eso. ¿Ya le has dado el alta? —Preguntó terminando de firmar historiales médicos ignorando a su
compañero.
—Tenía entendido que los médicos hacían un juramento y ese juramento incluía atender a los pacientes cuando pedían ayuda —Julieta se tensó, era la primera vez
alguien ponía en duda su profesionalidad en el trabajo—. Buenas noches —añadió con ironía Pablo—. Dios me debe una, si ha hecho que nos conociéramos es porque
eres la ideal para mí, preciosa.
Milagros abrió su boca a lo que acababa de presenciar, dudaba si reír, pues la cara de Julieta hizo que se contuviera. En los años que llevaba trabajando era la primera
que un paciente piropeaba de esa forma a la joven doctora. La cara de vergüenza de Julieta la enterneció, agarró su brazo demostrando su apoyo y Julieta volvió en sí.
—Ya se ha marchado —le indicó Milagros acercándose a la joven. Julieta cerró los ojos y suspirando largamente, exclamó.
—¡Hipócrates! Debiste dejar espacio para que hiciéramos excepciones en ese juramento.
2
QUINCE DÍAS DESPUÉS, Julieta entraba en un supermercado a comprar una botella de vino para llevar a la cena en casa de su madre.
Pero no cualquier vino.
Su madre era exigente. Aunque había olvidado la cena debido a su trabajo, tenía que confiar en que la opción más rápida, un supermercado, le valdría para encontrar
algo que su madre aprobara.
Estuvo un buen rato buscando, mientras cargaba algunas cosas que le faltaban en la despensa, por qué no tenía idea de cuándo podría volver a hacerlo con cierta
tranquilidad.
Escuchó un niño gritar al otro lado del pasillo y su instinto hizo que se asomara. Lo vio llorar mientras una mujer le tocaba el tobillo con nerviosismo; dejó todo a un
lado y se apresuró a ayudar.
—Buenas tardes, soy médico si me permite…—la mujer aceptó mientras el niño se quejaba y gritaba atrayendo más personas.
Pablo seguía de mal humor, al contrario que Gerard. Acababan de ganar un partido de rugby, un partido que Pablo había deseado jugar y por culpa de una doctora con
un elevado ego, no pudo hacerlo ya que entre sus recomendaciones, exigió que se colocara un soporte para luxación, evitando mover el brazo y por supuesto el
entrenador le había dejado en el banquillo.
Entraron al supermercado para comprar cervezas y algo para picar en la celebración tras el partido. Su amigo se fijó en el alboroto y la gente aglomerada.
—¿Qué estará pasando? —dijo con gran curiosidad alzando su cuello sobre la multitud.
—Algo gratis deben estar dando —respondió aburrido. Gerard lo ignoró y se acercó a la multitud, curioso por saber cuál era el motivo de tanto barullo. Poco tiempo
después, volvió con una sonrisa socarrona—. Si supieras quién está… —se carcajeó guasón. Pablo se asomó a saciar la curiosidad que nació en el instante que notó la
sonrisa de su primo y vio a la mujer que lo tenía tan cabreado.
Julieta había pedido que trajeran alguna bolsa de comida congelada y toallas, cargaron al niño para que mantuviera la pierna algo elevada. Comprobó el estado del
tobillo, era un esguince de tercer grado y comprendió el sentido de tanto llanto.
Sugirió que lo más conveniente sería llevarlo en una ambulancia, pero la madre que se había presentado como Elena, aseguró que su esposo estaba por llegar.
Julieta intentó calmar al niño, acariciándole la cabeza y contándole alguna historia sobre su infancia y alguna que otra que recordaba del hospital. Pablo sintió rabia.
Con él fue fría, distante y borde, con ese muchacho se estaba desviviendo por consolarlo y hacerle sentir bien.
—¡Ahora si recuerdas el juramento hipocrático! —dijo Pablo con tal cinismo que todos se giraron hacia él.
—¡Ei tío! —Murmuró avergonzado Gerard—. No es para tanto.
Julieta ni en sus más remotos pensamientos había imaginado que volvería a ver a ese hombre. Madrid era inmenso y la probabilidad de que se encontrara con un
paciente al que no pudo seguir atendiendo debía ser muy baja. Pero ahí estaba ahora, desafiando a las estadísticas viendo aquel hombre que tanto la había turbado.
El padre del niño llegó y agradeció la distracción, era mejor ignorar a su antiguo paciente y centrarse en aquel pobre niño. Les aconsejó que fuesen al hospital y que
dijeran en urgencias que iban de parte de la doctora Cameron, el padre del niño lo agradeció y se llevaron al niño, mientras la gente elogiaba su intervención logrando que
apareciera un ligero rubor en sus mejillas.
—Es mi trabajo —respondió con cierta vergüenza.
Pablo pudo ver una sonrisa en el rostro de esa mujer por primera vez, no podía negar que era atractiva, pero a pesar de eso, se sentía dolido porque lo había
despreciado.
—No la aplaudáis, no trata igual a todos sus pacientes —sin importarle la impresión que estaba dando, le recriminó Pablo—. A mí me abandonó en un box con un
dolor insoportable —Julieta abrió los ojos y arrugó su nariz molesta.
—En ningún momento lo abandoné, creo recordar quién es usted e hice mi trabajo, buenas tardes.
Sin decir nada más Julieta volvió a por su carrito de la compra. «¡Qué se creía ese hombre!» murmuró para sí misma «Será… tratar de humillarme de esa manera a
cuenta de qué».
Gerard, que no había perdido ningún detalle de aquel duelo, estaba sorprendido: era la primera vez que Pablo actuaba de una manera tan estúpida con una mujer. La
gente se dispersó a su alrededor murmurando algún que otro comentario desagradable contra Pablo. El interpelado los ignoró por completo, centrado en esa mujer que
fue tan distante y fría con él.
—¿No crees que te has pasado? —Le reprendió su primo—. Esa mujer está muy buena para tratarla de esa manera —recalcó Gerard, mientras Pablo le miraba con
mala cara.
—Ella me despreció en urgencia, le dijo a otro que me atendiera —refunfuñó Pablo.
—Me parece que lo que te molesta es que no te haya seguido el juego —Gerard sonrió socarronamente.
—Tienes razón… es lo que más me molesta —Gerard rio y le dio unas palmaditas en el hombro sano.
—También me parece que esa mujer te gustó más de la cuenta —y sin dejar que soltara alguna fanfarronada lo dejó pensativo para ir en busca de las ansiadas
cervezas.
Pablo fijó su mirada en el pasillo por el que había desaparecido la doctora. Era cierto que esa mujer le gustó desde el primer instante en el que la vio al abrir los ojos.
No pretendía un revolcón en algún rincón del hospital tras el alta, pero sí lograr que le diera su número de teléfono.
Se llevó la mano a la cabeza, estaba cabreado; no entendía su mal humor. No la volvería a ver, aquello había sido una coincidencia; las posibilidades que se repitiera
eran escasa… muy escasa y la había cagado.
Dos meses después, el trabajo de Julieta se había triplicado. A pesar de estar cansada, era viernes y tras muchas excusas aceptó salir a tomar unas copas con sus
compañeros.
Se soltó el pelo y, junto a un pantalón corto de color negro, una blusa brillante y unos botines de vértigo, decidió olvidarse por una noche de su atareado trabajo y ser
la chica joven que era.
Entre copas y bailes eran más de las tres de la madrugada cuando volvió a ser consciente del tiempo. Coqueteó un poco con un compañero que le propuso irse a otro
lugar más tranquilo y como un ángel caído del cielo apareció su amiga, salvándola de algo que tal vez se hubiese arrepentido más adelante.
Entre las dos lograron zafarse del joven bastante pasado de copas y cuando volvía junto al resto, alguien llamó su atención.
—Doctora Cameron —«no es el mejor momento para recordar el trabajo». Se giró curiosa para ver quién la había reconocido.
—Buenas noches —dijo la voz, las luces del local giraban con fuerza y le impedían reconocer al hombre—. ¡Wow! ¡Pero qué guapa! —La elogió el hombre—. ¿No te
acuerdas de mí?
En su estado actual, Julieta no estaba para recordar caras ni siquiera si eran guapas como la que veía. Se sentía bastante perjudicada para recordar el nombre de algún
paciente y para cortar pensó en disculparse.
—Lamento decepcionarte, no tengo ni idea de quién eres —el chico sonrió.
—Gerard Oliva —el apellido enseguida le vino a la mente, su semblante cambió y el efecto de las tres copas que había bebido estaba a punto de desvanecerse.
Su amiga pasaba su vista del uno al otro y comprobando el rostro de Julieta, supo que estaba fuera de peligro, le susurró que se encargaría de traer más copas y la
dejó a solas.
—Tienes muy buena memoria —fue lo primero que pudo decir—. ¿Su primo ha seguido las indicaciones?
—¡Cómo cambian las cosas! —Aguijoneó Gerard con sorna.
—¿Qué quieres decir?
—Primero me tuteaste y ahora me hablas como un extraño.
—¡Ah! Es automático de formación profesional.
Julieta quería darse una cachetada mental por la respuesta. Generalmente nunca consumía mucho alcohol y con tres copas no estaba para respuestas acertadas. Debía
acabar cuanto antes esa conversación, no quería volver a decir otra tontería.
La cara de Gerard se curvó con una gran sonrisa y Julieta bufó para sí misma. «¿Por qué los hombres creen que les ha tocado la lotería cuando se acercan a una
mujer con algunas copas de más?» Pensó cómo cortarles las alas, pero su amiga regresó, en ese momento, junto a otra copa que no necesitaba.
—No deberías cambiar —sugirió Gerard—. Al fin y al cabo, no fui tu paciente —curvó una sonrisa maliciosa y sin preámbulos fue directo al quid de la cuestión
—.Tu paciente está por ahí.
Julieta se tensó, no quería volver a encontrarse con él en ningún sitio público. Le quitó la copa a su amiga y se la bebió de un solo trago.
Gerard captó el cambio inmediato de Julieta y sonrió para sus adentros, ese tipo de comportamientos le indicaba que a la doctora no le era indiferente su primo como
aparentaba y decidió comprobar su teoría.
—Espera, lo buscaré.
—No hace falta —respondió Julieta—. Nos están esperando.
Julieta giró sobre sí misma y se sujetó del brazo de su amiga con fuerza, porque no captó la situación.
—Tranquila Ju, ya saben dónde estamos —Julieta miró sorprendida como la estaba dejando en la estacada y escuchó la voz de Pablo.
—¡Ah! Soy el juguete de la fortuna. Sabía que el destino nos volvería a unir —Julieta apretó sus labios con fuerza. El muy desvergonzado, citaba a Shakespeare de
nuevo y esta vez con una frase de la archiconocida historia.
En definitiva, era alguna broma de algún conocido del instituto o universidad. Buscó por sus alrededores buscando reconocer quién era el artífice de aquella broma
pesada. Su amiga en vez de ayudarla sonrió al escuchar a Pablo parafrasear, Julieta le lanzó una mirada advirtiéndole que se contuviera.
—Ju, debo volver, el cubata de Paco se calentará.
—Iremos las dos.
—Quédate y diviértete, estos chicos parecen majos —y sin dejarla buscar alguna otra excusa, se giró y se fue.
Julieta sonrió a los Oliva que la miraban esperando su próximo movimiento.
—¿Bailas? —Le preguntó Pablo—. Aunque, no me atrevería llevarte a la pista, no me imaginé que tras ese mono quirúrgico se escondiera semejante hermosura —
Julieta respiró profundo, odiaba esa manera de intentar ligar.
—Por favor, no me trates de esa forma.
—¿Y cómo quieres que te trate preciosa? —Julieta fijó su mirada en Pablo cada vez más cabreada. Que le dijeran, preciosa, mami o cualquier apelativo de ese tipo la
enfadaba de sobre manera, los calificaba como ñoños o ridículos.
—De ninguna manera —amonestó y cambió el tema para evitar explicaciones—. ¿Está mejor del hombro?
—Duele un poco, pero puedo bailar igual —la cogió del brazo y Julieta chocó contra su pecho. Pablo soltó una sonrisa socarrona y la apretó más.
—Está bien, no te diré preciosa —murmuró—. Pero no puedo negar lo evidente y está vez hablo en serio —la mano de Pablo viajó hasta la cintura y Julieta se sintió
hipnotizada por los ojos de él—. He conocido muchas mujeres y ninguna con ese aire dulce que mantienes, a pesar de lo hostil que intentas ser. Me gustas y mucho.
Julieta quiso reír, Pablo atraía con su cara de niño bueno y esa verborrea tan directa. Le había visto sin camiseta, sus músculos bien cuidados y definidos. Estaba muy
bueno, no podía negarlo, podía tener a quien quisiera.
—No pensé que volvería a verte —volvió a murmurar con sinceridad Pablo—. Me gustaría disculparme por lo del otro día en el supermercado, fui grosero —sonrió
incrédulo—. El azar tiene una manera extraña de hacer las cosas y aquí estamos, me da la oportunidad de arreglarlo —Julieta enmudeció, era otro Pablo que le hablaba.
No aquel idiota presuntuoso que había encontrado en el box del hospital.
Pablo necesitaba ser honesto y pedirle disculpas. Tras el incidente, le costó comprender sus acciones a lo largo de las semanas siguientes, había pagado su idiotez con
ella cuando solo estaba haciendo su trabajo.
Estaba preciosa, ya lo era de por sí vestida con el uniforme del hospital. Era muy guapa y esa noche lo dejó sin habla. Tuvo el impulso de besarla, pero se conformó
con tenerla para él como la tenía en ese instante.
No tenía ni idea de cómo explicar lo que sentía en ese momento, pero quería que siguiera así. Pablo no era de relaciones duraderas. Durante los dos últimos años,
mantuvo relaciones de una noche o dos como máximo, llegó a tomar esa opción tras el tercer intento fallido de una relación estable.
Las pocas mujeres a las que pudo llamar novia lo habían dejado, cansadas de que le prestara más atención a sus aficiones que a ellas mismas. La realidad era, que por
mucho que intentara darles a entender el sentido del compromiso como lo entendía él, no lo hacían o no querían, empujando a Pablo a refugiarse en la pasión que tenía
por su afición a los deportes con adrenalina y ellas pasaban a un segundo plano.
Julieta sentía la atracción innegable que había entre ellos. Había nacido un gran deseo y cada minuto que pasaba crecía con más fuerza. Quería ser besada por Pablo,
por segundos intentó dejar de pensar en los contras de lo que ocurriría después y dejarse llevar. «Sólo sería un beso y la probabilidad de volverlo a ver, son casi
inexistentes», dudó las probabilidades de un nuevo encuentro pese a que era la tercera ocasión en la que sus vidas se cruzaban en aquella enorme ciudad, el deseo pudo
más que la razón y se dejó llevar.
Con decisión subió sus manos al cuello de Pablo, lo provocó con un movimiento de cadera. Pablo se acercó al oído y le susurró:
—No sigas, no estamos en condiciones y no voy a responder a mis actos —Julieta se acercó más y Pablo soltó una carcajada por lo sugerente de los movimientos de
la doctora.
—Si hubieras sido así de receptiva el día que nos conocimos… —esas palabras le cayeron como un jarrón de agua fría a Julieta y despertó ante la locura que estaba a
punto de cometer, apartándose y soltándose del agarre de Pablo.
—¿Así cómo? Así de: ¿aquí te pillo, aquí te mato? Pues no, lo acabas de decir, no soy de esas —los amigos de Pablo se burlaron de la respuesta excesivamente alta de
Julieta, metiendo cizaña entre ambos.
—No todas caemos señor Oliva. —Julieta escuchó a Gerard gritar. «¡Toma, Pablo!». Pablo se adelantó al ver las intenciones y la encaró.
—¿Qué coño te pasa? —Farfulló—. ¿Me dejarás así?
Julieta enarcó una ceja y lo miró de arriba abajo. Era evidente que el muchacho estaba excitado y su fiel compañero quería fiesta. Curvó la comisura de sus labios y
levantó la mano, despidiéndose al estilo princesa y Pablo frunció su entrecejo.
—Te estás pasando…—advirtió. Hizo una pausa y el mal humor le invadió al darse cuenta que lo dejaría con ese calentón que estaba seguro, comenzaba a notarse en
su entrepierna—. Eres como todas, te haces de rogar y luego te vas.
Julieta lo ignoró tratando de pasar por su lado, pero Pablo no estaba dispuesto a permitirlo y se interpuso en su camino.
—Ni siquiera sé cómo te llamas.
—¿Para ti? Doctora —le respondió con sarcasmo.
—¡Eres muy graciosa! —le reprendió él con una carcajada.
—Nunca había pensado en dedicarme a ser cómica. Pero lo tomaré en cuenta por si me quedo sin trabajo —los amigos de Pablo volvieron a reírse, enfureciéndole aún
más. Tenía la batalla perdida y odiaba perder.
—Sin más que decir, señores, buenas noches —Julieta retomó su camino evitando dar un traspiés.
Se sentía bastante mareada y tuvo que detenerse para recomponerse. Lo que le dio una estupenda acústica sobre las palabras hirientes que Pablo acababa de vociferar.
—Los príncipes azules no existen, métetelo en la cabeza, niñata engreída —el cuerpo de Julieta se tensó, había conseguido herir su ego, era la tercera vez que veía a
Pablo y era la tercera vez que terminaban como el perro y el gato.
Lo mejor era ignorarlo. Pero él no tenía pensado ponérselo tan fácil.
—En el caso que creas en ellos —volvió a vociferar él irónicamente—. No te preocupes, te esperaré toda la vida, me encantaría ser tu príncipe.
El cabreo que tenía Pablo era enorme, lo había ridiculizado de nuevo y delante de sus amigos. Julieta, que las copas de más le dieron una valentía que no tenía, se giró.
—Sí, eres un príncipe —gritó más adelante, puede que se arrepintiera de la escena que estaba montando. Pero en aquel momento, tenía claro que le daría su opinión
—. ¡Un príncipe engreído, estúpido y borracho príncipe desteñido! Y antes de quedarme contigo, prefiero estar sola para siempre —Julieta le dio la espalda y se alejó,
animada por las risas de los amigos de Pablo.
Esa noche, Pablo volvió a casa después del traspié con la doctora maldiciendo. No conseguía entender porque esa mujer se tomaba tan a pecho lo que le decía.
Se metió en la ducha para intentar relajarse y bajar su mal humor. Pero no lo hizo, en su mente se repetían las imágenes de aquella noche una y otra vez. Su
movimiento de cadera, aquella vestimenta tan sensual, el movimiento de su pelo suelto… eso lo trastornaba y lo peor era que seguía siendo una autentica desconocida.
Julieta regresó a casa diez minutos después del desencuentro con Pablo. Se excusó con un gran dolor de cabeza y se juró no volver a beber jamás en la vida. Se recostó
en su sillón favorito pensando y recriminándose cómo estuvo a punto de ser seducida por un hombre que no conocía absolutamente de nada.
Y tuvo que esforzarse en recordar la norma fundamental que tenía y regía su vida. No podía abandonar el buen camino a la primera de cambio. Tenía que seguir al pie
de la letra el plan que había trazado. Sin embargo, el deseo de que Pablo la besara regresó al pensar en él y no le gustó para nada.
Las dos semanas siguientes, Julieta vio poco la luz del sol, trabajaba día y noche para poder tener sus merecidas vacaciones. Estaba ilusionada, en dos días estarían
ahí. Volvería a sus raíces, vería a su hermano, sus primos y a su abuela Agnes. Les extrañaba horrores y también, a su padre que seguía dolido porque no hubiera
aceptado el puesto que le ofreció.
Cuando aún se encontraba en la facultad, su padre le había hecho prometer que si algún momento decidía regresar a Edimburgo, él se encargaría de ayudarla a
conseguir una plaza. Pero Julieta había trabajado muy duro y lo que había conseguido hasta ahora, era por mérito propio. Si volvía a Edimburgo, ella sería quien buscara
su plaza, pero su padre no quería aceptar las explicaciones que ella le daba.
Aquel día sustituía a Tomás y entre una consulta y otra, apareció de nuevo el apellido que causaba que naciera sentimientos contradictorios en ella. «¿Por qué justo
su último día?» se preguntó una y otra vez mientras se preparaba para recibirle.
Se armó de paciencia y se mentalizó que era un paciente y debía tratarlo como tal, pidió a Milagros que lo hiciera pasar y al hacerlo cruzaron miradas.
—Buenos días, señor Oliva.
—¿El doctor Fernández? —Preguntó Pablo, ignorándola. Aquel idiota era igual de impertinente sobrio que ebrio, concluyó Julieta para sí misma.
—El doctor Fernández está de vacaciones, el lunes regresa y estará para su última revisión.
—¿La he visto en algún sitio? —«Definitivamente, Pablo Olivas era como un niño mimado que intentaba llegar a un juguete al que no podía acceder». Y aquel
juguete era ella, un gran error por su parte.
—Señor Oliva…
—Deja eso de señor, ¡¿Acaso te parezco viejo?!—Le dijo mientras alzaba ambas cejas haciéndose el interesante.
Julieta inhaló todo el aire que pudo para seguir controlando las carcajadas que amenazaban por escapar de su cuerpo. Milagros, que volvía a ser testigo de la situación,
miraba por encima de sus pestañas a ambos y en sus labios también comenzó a dibujarse una gran sonrisa.
—Está bien, Pablo, si me permites he visto que has evolucionado, pero no te daré el alta, te mandaré a hacer otra radiografía y así el próximo mes, el doctor
Fernández certificará el alta.
—¡Ah, no! —Protestó Pablo. Julieta no supo cómo reaccionar ante esa protesta, pensando con que le saldría ahora—. Es necesario que me dé el visto bueno, necesito
el alta, para eso vine.
—Señor… —Pablo levantó un dedo recordándole que no le tratara tan formalmente—. Pablo, no llevas cabestrillo, puedes hacer vida normal mientras sigas los
consejos y los ejercicios que te facilitaron.
—Eso lo llevo a rajatabla —soltó con sarcasmo.
—¡Si, cómo no! —murmuró Julieta, recordando su estado quince días atrás. Para Pablo no pasó desapercibida la respuesta y comenzó a tamborilear sus dedos en la
mesa. Julieta quería terminar cuanto antes la consulta sin llegar a un nuevo desencuentro entre ellos.
—Limítate a las recomendaciones y no tendrás inconvenientes. Vamos a examinarte.
Se levantó y pidió a Pablo que se quitara el polo para así observar mejor los movimientos del hombro. Pablo sonrió cuando vio como de reojo la doctora lo observaba,
apreciando lo que veía no solo con ojo clínico.
Ella se indignó ante la sonrisa socarrona del joven, casi preferiría que hubiera venido en estado de ebriedad. Se reprochó por haber sido tan imprudente de dejar que se
reflejara en su cara cómo se había deleitado por unos segundos con su cuerpo. Volver a verlo sin camiseta la llevó a esa noche donde sus cuerpos estaban separados por
una fina barrera llamada ropa.
Aunque su actitud la sacaba completamente de quicio. Lo que más le molestaba era que creyese que todas las mujeres caerían a sus pies. Así que, sintiéndose un poco
ofendida, decidió darle una pequeña lección de humildad.
Le pidió que estirara el brazo y que formara un ángulo de noventa grados entre su brazo y su antebrazo, Pablo hizo una mueca de dolor. Julieta le exigió que rotara
despacio hacia arriba desde la articulación del hombro y volvió a quejarse.
—Mmm… —meditó—. Ahora hazlo por encima del hombro poco a poco —y escucharon el sonido del hueso al moverse.
—Lo que acabas de escuchar es bueno, por hoy lo dejaremos así, debes seguir con los ejercicios.
—¿Qué ejercicios?
—Los que acabas de hacer —respondió mientras volvía a su puesto evitando que no viera sus labios curvados.
Julieta pidió a su ayudante que organizara su próxima visita y le tomo nota de varias sugerencias de otros ejercicios en un papel. Evitaba mirarle a toda costa y
cuando terminó, se concentró en el historial del próximo paciente, escuchó como le entregaba Milagros la próxima cita y dio por terminada la consulta.
—Pronto te darán el alta.
—¿¡Es todo!? —Julieta levantó la mirada con una pequeña sonrisa de cortesía, antes de responder.
—Es todo señor Oliva, ya le dije que ha evolucionado correctamente, siga con los ejercicios y pronto volverá a la normalidad.
Pablo se terminó de poner el polo lanzándole malas miradas, le dio la espalda y Julieta aprovechó el momento para terminar de darle su lección de humildad.
—Una cosa más, señor Oliva.
—Pablo, por favor —le recordó, Julieta tomó aire y rectificó.
—Pablo, en caso de dolor puedes ponerte calor, que tengas un buen día.
—Lo tendré en cuenta, se lo aseguro —y cerró la puerta un poco más fuerte de lo normal.
Julieta se echó a reír sin poder aguantarse más. Había herido el ego de Pablo, una dulce venganza contra el agravio al que la había sometido semanas atrás. Estaba más
que claro, era de los tipos que estaba acostumbrado a ser el centro de atención y Julieta no le había bailado el agua como él había querido.
—Doctora, me parece que el paciente no se ha ido satisfecho.
—Por supuesto que no, quería una sesión de masaje, pero no tengo una consulta quiropráctica —ambas sonrieron dejando el recuerdo atrás y siguieron la consulta.
3
PABLO DETUVO UN taxi y se acomodó en el asiento, respiró varias veces tratando de controlar su genio. Esa mujer lo sacaba de sus casillas y era difícil que él se
enfadara tanto. Ni cuando sus padres se divorciaron, se había enfadado tanto como lo hacía con la doctora Cameron.
—¿A dónde lo llevo? —Preguntó el taxista.
—A Salamanca.
Pensó en los próximos días y sonrió ante lo que prometía ser diversión asegurada. La idea de sonsacar al doctor Fernández algo acerca de esa mujer en la siguiente
consulta estaba floreciendo, incluso pensó en sobornarlo, pero estaba seguro de ser lo suficientemente persuasivo para hacerse con su número, lo conseguiría fuera como
fuera.
Julieta se levantó deprisa. El cansancio acumulado pudo más que sus ansias por ver a su familia. Se duchó a toda velocidad y se enfundó un vaquero pitillo azul
marino y un jersey rojo suelto. Le sentaba muy bien y el color contrastaba con el tono de su piel dejando al descubierto su hombro y unas converse.
Se sujetó el pelo con una media cola, se maquilló muy sutilmente y terminó de preparar la maleta deprisa. Llamó a un taxi y antes de irse se aplicó un poco de gloss
en los labios. Se colocó el abrigo, la bufanda y con una sonrisa se miró al espejo.
—¡Me voy de vacaciones!
Durante todo el trayecto Julieta estuvo observando con atención como la urbe quedaba atrás. Le gustaba la ciudad que la había acogido, pero nunca dejaría de sentirse
orgullosa de sus orígenes y de añorar su hogar.
Cerró los ojos pensando en los prados verdes junto al contraste de las canolas amarillas y sonrió llena de felicidad. En el aeropuerto esperó feliz la cola de facturación
y recorrió todo el camino pasando por el arco de seguridad aun con una sonrisa en los labios. Subió al avión contenta, el momento de volver a ver a su familia se
acercaba. Tenían mucho qué hablar, sobre todo de la constante presión de que trajera a un novio a casa.
Hizo una lista mental de todo lo que quería hacer mientras estuviera allí. Principalmente, visitar a su abuela y a algunos familiares en las tierras altas. Aprovechar todo
el tiempo que pudiera para estar con su familia.
El anuncio de la azafata avisando la prontitud del cierre de puertas. Aún faltaban varios pasajeros y otros se estaban acomodando en sus asientos.
Miró por la ventanilla con una gran sonrisa que murió poco después al escuchar la voz de alguien que no esperaba encontrarse de nuevo y mucho menos en aquel
avión.
—Buenas tardes doctora. ¡Qué casualidad!
Julieta tensó la mandíbula, mientras veía como Pablo acomodaba su equipaje.
—¡Y estaremos juntitos! Mi asiento es el veinticuatro b.
Pablo sonrió y Julieta no pudo evitar que el fastidio que sentía se le reflejara en el rostro. «¿Por qué demonios tenía que toparse de nuevo con ese hombre?»
Tuvo ganas de levantarse y anunciar que llevaba una bomba, aunque era algo exagerado, pero era una solución desesperada y le privaría de ver a su familia. En su
cabeza no cabía la idea de viajar casi tres horas al lado de un hombre con el que terminaba siempre discutiendo.
Pablo llegaba tarde por culpa de Gerard y sus ganas de salir la noche anterior. Si no fuera por el viaje que tenía que hacer por su trabajo, hubiera amanecido en la cama
de una rubia que estuvo tonteando con él toda la noche.
Fue uno de los últimos de subir avión y algunos de los otros pasajeros lo miraron mal. Aunque prefirió ignorarlos, sabía que tenían motivos para estar enfadados,
caminó hasta llegar a su asiento para luego pestañear varias veces sorprendido.
La posibilidad de estar en el mismo vuelo que la mujer que estaba en su cabeza desde hacía semanas, era una en un millón. Y el destino se la ofrecía en bandeja. Sonrió
para sus adentros, sintiendo un cosquilleo de anticipación en todo su cuerpo «¿Quién era él para contradecir al destino?». Era su oportunidad de marcarse un tanto, y no
iba a dejarla pasar.
La mente de Julieta se movía a toda velocidad y entre el caos, una idea tomo forma y consistencia en su mente. Sin meditarlo, se quitó el cinturón dispuesta a llevarla
a cabo.
—¿A dónde va doctora? —preguntó Pablo con una sonrisa socarrona en los labios.
—No creo que sea asunto tuyo.
—¡Qué simpática! —Ironizó Pablo—. ¿Pensé que solo eras así en el hospital? —Julieta ladeó su cabeza para encararlo
—En la consulta le he tratado con total profesionalidad. Era su especialista. Si pretende tener a alguien que sea más que un especialista, llame a alguna de sus
amiguitas y cómprele un disfraz de médico.
Pablo estalló en carcajadas. Era la primera vez que una mujer era capaz de darle una buena sugerencia. Se fijó en que quería salir de los asientos y no la dejó.
Agarrándola del brazo la obligó a sentarse. Frustrada y desesperada ante esa tragedia Julieta tuvo la premonición de que su viaje se convertía en una película de terror y
quiso gritar.
—¿J. C? —Julieta alzó la mirada. Los que la conocían de verdad la llamaban así y quiso que la tierra le tragase cuando vio a Miguel Alarcón.
Barajó varias hipótesis, porque era imposible tener ese tipo de encuentros y la idea de que la aerolínea estuviera regalando vuelos a Edimburgo era la que le resultaba
más factible. Intentó recordar si era festivo o puente en España o algún acontecimiento importante en Edimburgo.
Algo tenía que estar pasando para que el universo hubiera colocado a toda aquella gente junta dispuesta a coger el mismo vuelo que ella. Primero la aparición de su
peor pesadilla, sentado en el mismo asiento no era nada gracioso.
Y para que todo fuera más confuso como si cayera del cielo aparecía Miguel. «¿Por qué Miguel?» Como si de un déjà vu se tratase, imágenes de las pasadas
navidades le vinieron a la mente: una Julieta con unos cuantos cubatas de más… Confesó que se había sentido atraída por Miguel. «¡Malditos cubatas!» espetó en su
mente.
Debió aclararle que aquel enamoramiento al que hizo referencia fue cuando tenía diecisiete años y ahora, él tenía treinta y se habían convertido en esos amigos que
conocían ciertas historias del pasado que más le valía llevarse a la tumba.
«En cuanto pise Edimburgo, ¡te mataré Lucas!» Exclamó para sí misma, sonrió a su amigo en modo de saludo, resignada a no olvidar ese vuelo.
—Hola, Miguel. ¿Cuánto tiempo? —Miguel fijó la mirada en Pablo y en la forma en la que sostenía a Julieta. Ella supuso que podía librarse, pero de nuevo se
adelantó.
—Cariño, ¿no nos presentas?
Julieta abrió los ojos sin poder pronunciar ni una sola palabra. Pablo con una gran sonrisa se presentó y disfrutó de la imagen de como su doctora se ponía de los
nervios, como si al quitarse la bata apareciera una mujer normal, alguien mucho más accesible y a la que cada minuto que pasaba a su lado deseaba conocer más.
—Pablo Oliva, el novio de esta preciosura de mujer.
Julieta sintió que se atragantaba, Miguel estrecho la mano algo confuso.
—¡Vaya!, me parece que tu hermano no estaba informado sobre… esto —Julieta abrió la boca para desmentir todo aquello y de nuevo Pablo intervino.
—Es una sorpresa, ¿verdad? —Julieta volvió a mirarle con la mente en blanco. Era como si una fuerza sobrenatural le impidiese hablar.
—Será divertido el almuerzo de mañana —señaló Miguel con una sonrisa burlona.
—¿El almuerzo? —Preguntó Julieta. Algo se le escapaba, si bien, su hermano había actuado a sus espaldas, no comprendía de qué almuerzo hablaba Miguel.
Entrecerró los ojos y de inmediato supo el verdadero motivo del viaje de su amigo. Por unos instantes lo miró con lástima. Si el motivo era lo que pensaba, sería una
ardua tarea, si es que llegaba a salir vivo de ella. Tenía que asegurarse y así descartar lo que imaginó de un principio sobre su hermano.
—¿Vas también de vacaciones a Edimburgo? —Miguel rio.
—Tal vez no sean unas vacaciones, en una semana libre puedes recuperar muchas cosas.
Respondió mirándola fijamente. Había dado en el clavo y estaba segura de que volvería a España con un cadáver. Pablo miraba de uno al otro escuchando la
conversación en clave con paciencia.
Si lo que intentaba su doctora era ignorarlo, no sería tan fácil, su propósito era vengarse de todas las veces que lo había menospreciado.
Julieta necesitaba buscar la forma de quitarse de encima a Pablo y creyó que si coqueteaba con Miguel, Pablo se echaría atrás.
—Miguel, ¿me estás diciendo que seremos los huéspedes de mi inocente hermano? —Miguel rio, era normal esas bromas entre ellos, aunque su mirada lo hizo pensar.
—¡Claro, nena! —respondió Pablo. Los ojos de Miguel se trasladaron hacia su acompañante, pensando dónde o cómo Julieta se había relacionado con ese tipo—.
Vamos a disfrutar nuestro viaje
—¡La broma se acabó! —Advirtió Julieta con rabia y dispuesta aclarar el mal entendido. La auxiliar de vuelo le pidió a Miguel que se sentara y su oportunidad de
librarse de Pablo se esfumaba a toda velocidad.
—Nos vemos en diez minutos J. C —le indicó Miguel muy sonriente—. Me alegro de que por fin, encontraras a tu Romeo —concluyó guiñando el ojo.
Julieta vio toda la escena como si estuviera fuera de su cuerpo, y una estaca apareciera por arte de magia en sus manos, para clavársela en las cabezas de Miguel y
Pablo.
—¿Qué demonios te pasa? —Pablo sonrió con guasa, la doctora estaba colorada y esas pequeñas pecas, que tenía esparcidas en algunos puntos clave de su rostro,
como una niña en pleno berrinche, resaltaban aún más.
—Sé que te pones nerviosa con el despegue, cariño —dijo en voz alta mientras se acercaba más a ella, esperando que el amigo de la doctora les escuchara.
Julieta sintió como la sangre le hervía. Lo estudió detenidamente, meditando cómo podía matar a una persona dentro de un avión y tuvo que recodarse que era
médico, ella salvaba vidas, no las quitaba.
—En cuanto nos quitemos los cinturones, aclararé la situación —afirmó—. Tú y yo no nos conocemos, has sido mi paciente únicamente por mero azar —murmuró
entre dientes y Pablo volvió a reír.
Julieta se enfurruñó y se acomodó rígida en el asiento, esperando que estuviera a treinta mil pies lo más rápido posible. Para su desgracia no fue así, tardaron más de
lo habitual en despegar.
—¿Quieres? —ofreció Pablo, ella de reojo vio una caja de chicles.
—No gracias.
—Los médicos aconsejan masticar chicles para evitar que se taponen los oídos cuando viajas en avión.
Le informó como si fuera un hombre que siguiera los consejos al pie de la letra. Julieta se dio la vuelta observándolo incrédula. La sonrisa pícara en el rostro de Pablo
hizo que, sin poder evitarlo, se le dibujara una tímida sonrisa.
—Perfecto —soltó Pablo—. Esa hostilidad que mantienes entre nosotros no es buena para la salud —Julieta hizo un mohín, suspiró y optó con pagarle con la misma
moneda.
—Los odontólogos recomiendan no comer chicles, caries ya sabes —volvió a sonreír—. Y no soy hostil, simplemente, que has mentido.
—¿Yo? —Pablo se señaló y apretó los dientes mientras negaba con la cabeza—. Te ofrecí mi amor desde el primer momento que te vi.
—Y también, me insultaste —recordó Julieta.
—No cariño, no lo he hecho. Si no me equivoco recordé a todos mis muertos, pero nunca insultaría a la belleza que tengo frente a mí —Julieta no dijo nada. En cierta
forma era verdad y decidió ignorarlo.
«¡Qué cruz!» exclamo para sí. El capitán anunció que entraban en la pista para despegar y Julieta sintió alivio.
En minutos buscaría a Miguel y le diría que Pablo era un demente, ¿pero cómo justificaría el que

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