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Libro PDF Te odio, pero bésame – Isabel Keats

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amigos, pero el brillo peculiar de
aquellos ojos dorados le hizo
comprender que aquel tipo no se dejaría
avasallar así como así―. Y esta
señorita que se esconde detrás de mí es
mi hija India; tiene diez años y estará
encantada de enseñarte todo esto.
Los ojos del muchacho repararon
entonces en la niña que lo miraba con
curiosidad pegada a la pierna de su
anfitrión. Era muy menuda; la larga
melena castaño oscuro le caía suelta por
la espalda y tenía unos enormes ojos
dorados, idénticos a los de su padre. Le
sonrió con dulzura y, aunque él no se
dignó a devolverle la sonrisa, tuvo que
aceptar a regañadientes que para ser una
niña no estaba tan mal.
―Ven, Lucas, te enseñaré la casa.
Puedes elegir el cuarto que quieras.
Sin dejarse impresionar por su
gesto hosco, la niña lo agarró de la
mano y lo arrastró hacia el interior con
entusiasmo.
Había pasado más de una quincena
desde entonces y Lucas no recordaba
haberse sentido tan feliz en mucho
tiempo. No estaba acostumbrado al
campo; siempre había vivido con sus
padres en un piso en el centro de Madrid
y en verano solían pasar el mes de
agosto en la playa, pero, en cuanto vio
las extensas dehesas con sus encinas
centenarias, se enamoró en el acto de
aquel paisaje idílico.
La finca era de caza mayor y el
padre de India, sin hacer el menor caso
de su actitud hostil, le había obligado a
madrugar para acompañar al guarda a
alimentar a los animales. También le
había enseñado a cargar una escopeta y
a disparar y, lo mejor de todo, le había
dejado cobrarse su primera pieza: una
hembra de corzo con la pata rota a la
que se habían visto obligados a
sacrificar y que, a pesar de que no
resultó un tiro difícil, le había hecho
descubrir la pasión por la caza.
India jamás les acompañaba en sus
correrías. A pesar de los esfuerzos de su
padre por compartir con ella su afición,
la niña tenía un corazón demasiado
tierno, por eso, cuando había alguna
montería, Manuel Antúnez del Diego
tenía buen cuidado de que no viera las
piezas abatidas; era consciente de que,
en más de una ocasión, las amargas
lágrimas que derramaba su hija junto a
los cuerpos dispuestos en hilera de los
animales muertos le habían aguado la
fiesta a más de un cazador.
Durante aquellos días, Lucas
descubrió que amaba a los animales, a
pesar de que nunca hasta entonces había
tenido demasiado contacto con ellos, y
que aquel amor no era contradictorio
con su deseo de cazarlos. José, el
guarda de la finca, se dio cuenta al
instante de que aquel muchacho, moreno
y silencioso, además de una puntería
mortífera, tenía un don a la hora de tratar
con las criaturas más salvajes, así que lo
acogió bajo su ala de sesentón soltero y
sin hijos y empezó a enseñarle todo lo
que sabía sobre el campo, que era
mucho.
Un día que volvió con una cría de
corzo bajo el brazo India lo recibió
como a un héroe y, deseosa de ayudar,
corrió de aquí para allá trayendo y
llevando todo lo que él le pedía.
Sentada con las piernas cruzadas sobre
el suelo cubierto de paja de las cuadras,
la niña observaba, fascinada, cómo
Lucas le daba el biberón al desvalido
animal con una dulzura infinita, que
contrastaba de manera llamativa con su
habitual actitud huraña.
Fue en ese momento, al notar la
admiración que asomaba en los
cándidos ojos del color miel que no se
despegaban de él, cuando Lucas decidió
que ya no dejaría más ranas bajo sus
sábanas ni le metería más lombrices en
las playeras. Hasta entonces India había
soportado sus pesadas bromas con
deportividad sin quejarse ni chivarse
jamás y, por primera vez desde que se
habían conocido, él le dirigió una de sus
infrecuentes, pero cautivadoras,
sonrisas.
Y ahora, cuando ya hacía días que
India y él eran amigos y se divertía tanto
a su lado, tenía que llegar aquella tal
Candela a fastidiarlo todo, se dijo,
malhumorado. Una semana antes India le
había contado cómo se conocieron en el
internado suizo en el que ambas
estudiaban. También le dijo que era su
mejor amiga y, al oírlo, Lucas había
sentido por primera vez una extraña
sensación en el estómago que, al ser aún
demasiado joven, no supo identificar
como celos.
―¡Lucas! ¡Lucaaaas!
El estruendo que hacían dos pares
de pies al subir corriendo la señorial
escalera de madera labrada de
principios del s. XX interrumpió sus
sombríos pensamientos. India abrió la
puerta con tanto ímpetu que golpeó la
pared y anunció, jadeante:
―¡Mira Lucas, esta es Candela!
Sin moverse un milímetro de donde
estaba, con un hombro apoyado en el
quicio de la ventana y los brazos
cruzados sobre el pecho, Lucas miró a la
recién llegada de arriba abajo con
desdén.
Candela era la niña más extraña
que había visto en su vida. A pesar de
que era de la misma edad que India, y él
tenía dos años más, le sacaba casi una
cabeza. Los shorts vaqueros y la
camiseta de manga corta dejaban a la
vista unas piernas de rodillas huesudas
demasiado largas y unos brazos
delgados como palillos. Cada uno de los
mechones rojizos de su pelo corto salía
disparado en una dirección distinta, y
con aquella piel tan blanca, el montón de
pecas que espolvoreaba la nariz
respingona y los enormes ojos grises,
muy redondos, que le devolvían la
mirada con amistosa curiosidad, a Lucas
le pareció uno de aquellos duendes
traviesos que poblaban los cuentos que
le contaba su madre de pequeño.
Entonces, su estómago volvió a
hacer una cosa más extraña aún y tuvo
que echar mano de todo su autocontrol
para no abalanzarse sobre ella y besar el
hoyuelo travieso que se marcaba junto a
la boca de labios llenos. Desconcertado
por aquel cúmulo de emociones, tan
inesperadas como confusas, Lucas
adoptó su mejor pose de perdonavidas y
una ceja oscura se alzó en su frente con
fingida altivez.
Ajena por completo a la agitación
que bullía en el delgado pecho
masculino, Candela se acercó a él con la
mano tendida sin parar de hablar al
mismo tiempo a toda velocidad:
―¡Hola, Lucas, India me ha
hablado mucho de ti! Estaba deseando
venir, pero mis padres parecían
decididos a quedarse a vivir en las
Seychelles. Es una especie de segunda
luna de miel, ¿sabes?, dicen que quieren
darse otra oportunidad; primero me
mandan a un internado porque van a
divorciarse y ahora deciden que aún se
quieren. ―Sacudió la cabeza, como si
las cosas de los mayores escaparan por
completo a su comprensión―. En fin,
menos mal que al final hemos vuelto a
España, ya estaba harta de playas
aburridas. No había nadie de mi edad y
no me dejaban bucear, así que lo único
que podía hacer era tomar el sol. ¡Total,
para lo que ha servido! ―Levantó uno
de los palillos que tenía por brazos para
mostrar la blancura lechosa de su piel y
sin detenerse a coger aliento
preguntó―: ¿Me enseñarás el cachorro
de corzo?
Lucas miró la mano tendida sin
hacer amago de estrecharla y se limitó a
contestar de malos modos:
―No es un cachorro.
Los enormes ojos grises repararon
por primera vez en la actitud hostil del
muchacho que tenía delante. Muy
despacio, Candela dejó que su mano
volviera a colgar a la altura de su muslo
y alzó la afilada barbilla, desafiante.
―Ah, ¿no? ¿Y puede saberse qué
es?, ¿una pelota?
―Es una cría de corzo, niña
estúpida.
―¡Lucas! ―exclamó India,
sorprendida por aquella súbita
agresividad. A pesar de su
comportamiento durante los primeros
días, sabía de sobra que bajo esa pose
rebelde se escondía un chico amable y
de buen corazón al que sus padres, algo
mayores, habían consentido demasiado.
Sin embargo, Candela, como buena
pelirroja, tenía un genio muy vivo y era
perfectamente capaz de defenderse sola.
Con los ojos despidiendo chispas de
plata, se encaró con él y le clavó el
dedo índice en el esternón.
―¡El único estúpido que hay aquí
eres tú, pequeñajo!
Que una niña casi dos años menor
que él le llamara «pequeñajo» era peor
que cualquiera de los brutales insultos
que intercambiaba a menudo con sus
colegas. Lucas se sintió profundamente
humillado y los ojos oscuros relucieron
llenos de ira. Sin decir palabra, apoyó
la palma de la mano sobre el pecho
plano y la empujó con violencia. Su
gesto la cogió completamente
desprevenida y Candela cayó de
espaldas, golpeándose el trasero con
fuerza contra el suelo.
A pesar de que no gritó, a él no se
le escapó su expresión, entre asombrada
y llorosa. Se arrepintió en el acto de su
comportamiento agresivo, pero un tipo
duro como él nunca pedía perdón.
Incapaz de soportar el dolorido
reproche que asomaba en los ojos
enormes ni un segundo más, salió de la
habitación a toda prisa, y el portazo que
dio hizo vibrar los cristales de las
ventanas.
India se volvió hacia su amiga con
cara de perplejidad.
―No sé qué mosca le ha picado,
pero estoy segura de que cuando os
conozcáis un poco más os convertiréis
en buenos amigos.
La pelirroja se levantó despacio,
acariciándose el trasero dolorido, y con
la boca fruncida en una mueca obstinada
que India conocía muy bien, prometió:
―¡Ese bicharraco asqueroso jamás
será amigo mío!

La terca pelirroja cumplió su
palabra al pie de la letra y, a pesar de
que en los días que siguieron Lucas trató
de hacer las paces a su manera, sus
intentos fueron completamente
infructuosos.
A India no se le escapaban los
esfuerzos que el introvertido muchacho
hacía para agradar a su amiga: aunque
no se dirigía a Candela directamente,
siempre enganchaba en su anzuelo el
gusano más gordo cuando iban a pescar
a la charca secreta; en una ocasión le
mostró con mucho cuidado un nido de
lechuza, lleno de polluelos ruidosos, que
había encontrado en una de sus
numerosas correrías; en otra, dejó caer
dentro de su taza del desayuno

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