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Libro PDF Te quiero, baby – Isabel Keats

Te quiero, baby - Isabel Keats

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Seis meses antes…
Alzó la mirada de la bandeja llena de canapés que le ofrecía el camarero y entonces la vio. A
partir de ahí, su corazón se aceleró de cero a cien en menos de un segundo, notó las manos frías y
húmedas y una fina película de sudor cubrió su frente. Tuvo que aflojarse el nudo de la corbata, al
tiempo que se pasaba el dedo índice por el cuello de la camisa varias veces; sentía que le faltaba el
oxígeno. Los labios de su amigo seguían moviéndose, pero él ya no era capaz de prestar atención al
enésimo chiste verde que le contaba. Un rumor sordo atronaba en sus oídos y su cabeza parecía a
punto de estallar.
Por un momento pensó que estaba sufriendo un infarto; sin embargo, lo descartó en el acto. No, no
era esa víscera esencial la que se le había averiado, a pesar de que le dolía como si alguien se la
estuviera arrancando del pecho; era otro de sus órganos el que estaba fallando, uno en el que siempre
había confiado y que jamás le había traicionado: su cerebro. En un chasquear de dedos había perdido
la razón, el seso, el juicio… En definitiva, se había vuelto completa y absolutamente loco.
Loco por ella.
Capítulo 1
—¡Venga, mamá!
India terminó de untar la Nocilla y envolvió el bocadillo en papel film. Se chupó el dedo
manchado de chocolate, cogió su trench rojo y el bolso de encima de la mesa de la cocina y corrió
hacia el oscuro y diminuto vestíbulo donde la esperaba su hija, impaciente.
—Toma, guárdalo en tu mochila. ¡Rápido o llegaremos tarde otra vez! —Dio un último repaso al
uniforme, los zapatos (que por suerte la noche anterior se había acordado de abrillantar) y al peinado
de la niña, abrió la puerta para que pasara y gritó—: ¡Adiós, Tata!
Bajaron a toda velocidad las lúgubres escaleras del antiguo edificio, que ya desde primera hora de
la mañana olían a guisos rancios, y corrieron por la acera sin dejar de reír, a pesar de las miradas de
desaprobación que recibían de algunos viandantes.
Por fortuna, el colegio estaba a tan solo dos manzanas de su casa y, aunque congestionadas y
sudorosas, consiguieron llegar antes de que la monja que custodiaba la puerta las mirase con malos
ojos.—
¡Lo conseguimos, piruleta! —India se inclinó sobre su hija para besarla en el suave pelo rubio,
que olía a champú de fresa.
—¡Somos las más rápidas! —Sol le lanzó aquella nueva sonrisa mellada que mostraba la reciente
rapiña del Ratoncito Pérez—. Y eso que llevas tacones.
—Exacto, una vez más he conseguido llegar a tiempo sin partirme un tobillo. ¡Bien por mí! —
Chocaron las palmas con fuerza, siguiendo su particular ritual. India se inclinó para besarla, una vez
más, y permaneció observándola con una suave sonrisa en los labios hasta que la niña desapareció
detrás del portón de madera. Justo en ese momento sonó su móvil y, después de un buen rato
revolviendo en el bolso, logró localizarlo y contestar antes de que quien fuera que llamara agotase su
paciencia—. ¡Lucas! Sí, sí, voy ahora mismo. Dile que ha pinchado el metro o, mejor, que los
extraterrestres que me habían abducido acaban de devolverme al planeta Tierra. Te juro que llego en
cinco minutos… ¡Taxi!
Levantó el brazo y tuvo la inmensa suerte de conseguir que, en plena hora punta, uno de aquellos
preciados vehículos se detuviera frente a ella, a pesar de que había empezado a chispear.
India lanzó el abrigo y el bolso de cualquier manera sobre el asiento trasero y se sentó con un
suspiro de alivio; cada día aguantaba menos los tacones.
—Al Hotel Palace, por favor.
Como era habitual, en vez aprovechar el tiempo que duraba el trayecto para repasar con calma lo
que Lucas le había contado, se vio obligada a estar de palique con el taxista. No sabía por qué, pero
a la gente le daba por contarle sus penas. Suspiró, resignada, y asintió con simpatía a la larga
enumeración de sus achaques más recientes, se mostró debidamente horrorizada al escuchar las
villanías de la nuera perversa y las salidas de tono de su hija adolescente, y se indignó, justamente,
ante los últimos atropellos de los políticos nacionales unos segundos antes de llegar a su destino.
Pagó a toda prisa y, tras responder con calidez a la efusiva despedida del taxista, subió corriendo
las escaleras de entrada, sonrió al elegante conserje, perfectamente uniformado, que le sujetaba la
puerta para que pasara, y siguió corriendo por la mullida alfombra tejida en la Real Fábrica de
Tapices hasta llegar al famoso restaurante La Rotonda, situado bajo la impresionante cúpula de
cristal.
Allí se detuvo y miró a su alrededor, jadeante, hasta que descubrió a un hombre moreno que le
hacía señas desde una de las mesas. Entonces, respiró hondo y, con aparente serenidad, se acercó
hasta donde se encontraba su amigo. Lucas se levantó en el acto de su cómodo butacón para recibirla
y su acompañante le imitó unos segundos más tarde.
—¡Por fin, India! Aunque le aseguré al señor Connor que aparecerías en cuanto hubieras terminado
de pintarte las uñas de los pies, el pobre estaba empezando a aburrirse de escuchar, una y otra vez,
mis tediosas anécdotas de ca-za.
India le dirigió una rápida y significativa mirada que prometía feroces represalias y, en el acto,
giró la cabeza para dirigir su mejor sonrisa profesional al hombre que permanecía a su lado,
observándola en silencio. Tuvo que ajustar la dirección de su gesto y dirigirlo varios palmos más
arriba; el tipo era un auténtico gigante. Lucas era alto y tenía buen cuerpo, pero al lado de aquel
hombre parecía un muchacho algo enclenque.
—Encantada de conocerlo, señor Connor —saludó en su perfecto inglés británico, al tiempo que le
tendía la mano con desenvoltura. Él la tomó en la suya en el acto y, aprensiva, observó cómo sus
dedos desaparecían por completo en aquel cálido apretón.
—El gusto es mío. —Tenía una de aquellas voces, profundas y muy varoniles, tan apropiadas para
anunciar en la tele detergentes y coches de lujo, y por su acento India dedujo que era norteamericano.
En realidad, todo en él era agresivamente masculino, hasta el punto de resultar incluso un poco
apabullante. El señor Connor no era guapo. Sus rasgos, demasiado marcados, eran de esos que al
menos necesitan un par de adjetivos para describirlos: mandíbula cuadrada y tenaz, nariz algo torcida
y prominente, y labios firmes y delgados.
La primera impresión de India fue que el señor Connor a lo mejor se había dedicado al boxeo en
algún momento de su vida. Desde luego, se dijo, aquel cuerpo no desluciría en la categoría de peso
pesado y, además, vestía de pesadilla. Tuvo que parpadear unas cuantas veces para asimilar aquel
traje de chaqueta marrón chocolate, la camisa de un tono amarillo pálido y la corbata también
amarilla, pero, en esta ocasión, de un rabioso color limón. Aquel hombre destacaba como un girasol
en un ramo de rosas blancas entre los distinguidos hombres y mujeres de negocios que, en ese
momento, se tomaban un aperitivo sentados en las mesas cercanas.
—Esta es la amiga de la que te hablé, Raff. India Antúnez del Diego y Caballero de Alcántara.
—Es un nombre muy largo —comentó con una atractiva sonrisa que dejó ver sus dientes, blancos y
regulares.
—Sí, demasiado. —India le devolvió la sonrisa al instante, al tiempo que se sentaba en la silla
que Lucas sujetaba y luchaba por apartar la mirada de aquella corbata indescriptible, medio cegada
por su resplandor—. ¿Se aloja en el hotel, señor Connor?
—Sí. Siempre me quedo en el Palace cuando estoy en Madrid, es muy céntrico y cómodo; pero,
por favor, llámeme Raff. —Alzó una de sus manazas e hizo una seña a un camarero, que acudió
enseguida. Tras preguntarle qué quería, le encargó el café que ella había pedido antes de proseguir
—: Imagino que Lucas ya le ha contado un poco la idea que tengo.
—Bueno, verá —se encogió de hombros con un delicado movimiento mientras, por debajo de la
mesa, su pie, enfundado en el único par de Manolos que no había vendido aún en la tienda de ropa de
lujo de segunda mano, se balanceaba, inquieto—, mi amigo Lucas no es muy comunicativo,
precisamente. Solo me ha dicho que usted está interesado en que me ocupe de organizar un evento
importante.
Además, había añadido —aunque por supuesto India jamás lo confesaría en voz alta— que Creso
al lado del señor Connor era un muerto de hambre, y que estaba dispuesto a pagarle una pasta por
aquel trabajo.
Una pasta.
Aquellas palabras mágicas la habían hecho decidirse en el acto; necesitaba el dinero con urgencia.
—En efecto, quizá podríamos llamarlo así… —respondió el gigantesco americano con vaguedad.
Por unos segundos, a India le pareció distinguir un brillo travieso en aquellos penetrantes ojos
azules, pero se dijo que lo había imaginado; el rostro del señor Connor mostraba la mayor seriedad.
De pronto, le asustó la posibilidad de que él pudiera echarse para atrás y de manera algo atropellada,
algo que le ocurría siempre que se ponía nerviosa, se apresuró a comentar:
—He organizado todo tipo de eventos, señor Connor, torneos de golf, de polo, bailes para
debutantes de la alta sociedad, cenas de negocios… —India se llevó la taza de café a los labios,
procurando controlar el temblor de su mano, y aspiró el exquisito aroma con deleite antes de dar un
sorbo. Aquella mañana no le había dado tiempo a desayunar y la bebida ardiente la hizo revivir.
—Lo sé, señorita… —vaciló antes de proseguir—. ¿Te importa si te llamo por tu nombre de pila,
India? Tú llámame Raff. Por cierto, no es un nombre muy español. Al verte con ese pelo tan oscuro y
esos ojos del color del caramelo, tan grandes y rasgados, pensé que te llamarías Carmen o… o Juana.
«¡Ya estamos con los topicazos!». Puso los ojos en blanco, aunque, por supuesto, solo en su mente.
En realidad, estaba dispuesta a que aquel hombre le llamara casi cualquier cosa que se le antojara
si de ese modo no se le escapaba el trabajo, se dijo, desesperada; aunque nada en su aspecto,
impecable y sereno, con aquel conjunto primaveral de Missoni de hacía tres temporadas, lo delataba.
—Por supuesto, señor… quiero decir, Raff. Verás, mi padre sentía pasión por la India. Cuando
estudiaba en Oxford conoció a un auténtico marajá de un pequeño estado del sur y todos los años
pasaba allí largas temporadas. A juzgar por lo que él contaba, la expresión «vivir como un marajá»
es de lo más adecuada, créeme. —Al notar que empezaba a irse por las ramas, retomó el tema que
les ocupaba—. Pero dime, Raff, ¿en qué consiste exactamente el evento que quieres que organice?
Lucas no me ha aclarado gran cosa.
Raff Connor rodeó su vaso de cocacola con una de esas manos que parecían filetes de ocho kilos,
le dio un ruidoso trago, se secó los labios con el dorso de la otra y, por fin, anunció:
—El evento soy yo.
India clavó sus ojos rasgados en el rostro de rudas facciones, pero fue incapaz de sacar nada en
claro de aquel semblante inexpresivo, así que, perpleja, desvió la vista para posarla sobre Lucas. Sin
embargo, allí tampoco encontró ninguna respuesta; su amigo lucía su mejor cara de póquer.
—Creo que no lo entiendo… —empezó a decir, pero su interlocutor la interrumpió alzando su
manaza con un gesto imperativo y soltó la bomba:
—India, baby, necesito que en menos de tres meses hagas de mí un hombre elegante y de modales
distinguidos.
A ella no se le ocurrió ninguna respuesta. Confundida por completo, su mirada aterrizó sobre los
dedos, largos, fuertes y morenos que tamborileaban impacientes sobre la mesa, subió por el
espantoso puño amarillo de su camisa sujeto con unos gemelos de Mickey Mouse, se deslizó sobre la
manga marrón de su chaqueta pasada de moda y, por fin, se detuvo en aquellos ojos que lucían el
mismo color que las alas de la mariposa morfo azul disecada que tenía su padre en su dormitorio y
que resaltaban en su rostro atezado de una manera impactante.
—Quieres que te enseñe a… a… —consiguió balbucear, al fin, sin apartar la vista de él.
—A vestirme.
—A vestirte, sí claro, no me extra… quiero decir, a vestirte, a… —Sus expresivos ojos castaño
claro pidieron auxilio una vez más.
—A comportarme en la mesa —apuntó el americano, solícito.
—A vestirte, a comportarte en la mesa, a… —repitió el eco, y tuvo que luchar contra el deseo de
pegarse dos bofetadas a sí misma, una en cada mejilla. Sabía que se estaba comportando como una
estúpida, pero era incapaz de evitarlo.
—A recibir a mis invitados siguiendo el protocolo correcto… En fin, Lucas me ha contado que has
organizado numerosos eventos para particulares y empresas importantes, que estás acostumbrada a
moverte en los círculos internacionales más selectos y, por lo que yo mismo puedo ver —aquellos
electrizantes ojos la recorrieron de arriba abajo con una extraña expresión que India fue incapaz de
interpretar—, pareces la persona idónea para el puesto.
El súbito y doloroso puntapié en la espinilla que Lucas acababa de propinarle la hizo recuperar de
golpe sus perdidas facultades. Volvió a dirigir a su amigo una mirada cargada de reproche, antes de
volverse hacia su interlocutor una vez más.
—Por supuesto, señor… quiero decir… Raff. Estoy perfectamente capacitada para el puesto. Lo
que en realidad quieres es una especie de «plan renove», ¿no es así? —En el acto se dio cuenta de
que aquel extranjero no había captado su patético intento de recurrir al humor.
Raff Connor le dio otro largo y sonoro trago a su cocacola antes de responder:
—No sé a qué te refieres con eso, India, baby. Verás, seré sincero contigo. —El hombretón le
guiñó un ojo con complicidad—. Yo soy un hombre hecho a sí mismo. Nací en un barrio humilde de
Chicago y todo lo que he logrado ha sido a base de duro esfuerzo. Hasta ahora he estado demasiado
ocupado para preocuparme por estas cosas. Sin embargo, he llegado a ese punto en el que un hombre
mira a su alrededor satisfecho con lo que ha conseguido y, de pronto, se da cuenta de que le falta
algo. La guinda del pastel, por así decirlo.
—Ya veo —respondió India, sin ver nada en realidad; la pobre se sentía como Stevie Wonder en
el fondo de una mina, pero sin ganas de cantar.
El señor Connor recostó su imponente humanidad sobre el respaldo del cómodo butacón, le mostró
las palmas de aquellos inmensos filetes, es decir, de sus manos, como si con aquel gesto quisiera
demostrarle que no escondía nada, y anunció:
—Voy a casarme en tres meses.
En cuanto se recuperó de la sorpresa, India lo felicitó:
—¡Enhorabuena, os deseo toda la felicidad del mundo a ti y a tu futura esposa!
Aliviada, pensó que, por fin, empezaba a entender de qué iba aquello. Seguramente, su prometida
era una mujer de un nivel social más elevado y él deseaba estar a la altura. A juzgar por lo poco que
India había visto de sus modales, era evidente que le hacía falta una buena manita de barniz social.
—Ese es el problema, me temo —replicó muy tranquilo. Al ver su mirada de desconcierto, aclaró
—: Aún no tengo novia.
—¡¿No tienes novia?! —exclamó, estupefacta. El tono de su voz, algo más agudo de lo debido,
provocó que la elegante anciana que se sentaba en la mesa de al lado los mirase con reproche.
—Me temo que no, pero es ahí donde entras tú de nuevo. —Connor leyó un profundo desconcierto
en aquellos enormes ojos color caramelo, así que trató de explicar sus intenciones de manera que
hasta un ser obtuso y torpe pudiera comprenderlas—. En veinte años no me he ido ni siquiera una
semana de vacaciones, pero en esta ocasión he decidido tomarme tres meses sabáticos. Deseo
comprarme una finca en España, Lucas ya está en ello, y tú me ayudarás a decorarla. También deseo
que te ocupes de la decoración de mi piso de Manhattan, yo no sabría ni por dónde empezar, así que
tendrás que viajar conmigo a menudo. Asimismo, estoy planeando dar una fiesta por todo lo alto para
celebrar el décimo aniversario de la compañía y quiero invitar a un montón de clientes y amigos. He
decidido hacerla aquí en Madrid, donde voy a establecer la sede de mi empresa en Europa, y me
gustaría que me dieras algunas buenas ideas y te encargaras de organizarlo.
»Verás, lo tengo todo previsto. Durante el primer mes, aprovecharemos para que te ocupes de mi
guardarropa y de mis modales; cuando me hayas pulido un poco, te encargarás de organizar alguna
cita con cualquier conocida tuya que se ajuste a las necesidades de un tipo sencillo como yo y, si la
cosa funciona, calculo que en tres meses estarás ayudando a mi prometida a preparar la boda. Te
pagaré…
La cifra que mencionó tenía tantos ceros que India empezó a salivar. Además, había expuesto
aquel plan demencial con tanta seguridad que incluso a ella misma la convenció… aunque solo
durante unos segundos de enajenación mental transitoria.
Enseguida recobró el juicio y, muy a su pesar, tuvo que rechazar aquella oferta que era la madre de
todas las respuestas a sus plegarias.
—Mira, Raff, reconozco que el trabajo parece apasionante y que el sueldo supera todas mis
expectativas, pero no me queda más remedio que ser honesta contigo. Lo que me pides es imposible.
Creo que eres un hombre atractivo y, a poco que te molestes, conseguirás serlo mucho más. A esto
hay que sumarle que eres rico. —India se dio cuenta de que él quería decir algo y alzó la mano para
detenerlo—. Sé que es vulgar hablar de dinero, pero no podemos negar que eso es un incentivo
importante. Sin embargo, a pesar de todo, creo que tu plan es inviable y no sería justo que me
aprovechara de ti.
—Mi querida India, nadie se ha aprovechado de mí jamás —replicó el americano en un tono
sedoso que, sin saber por qué, le provocó un escalofrío.
—Deberías intentarlo al menos, Indi. —Su amigo Lucas abrió la boca por primera vez—. Hiciste
un buen trabajo con aquella chica gordita y tímida… vaya, ahora no recuerdo su nombre.
—Marina Atienza. Pero eso era diferente, Lucas. Solo tenía que ayudarla a conseguir un nivel de
autoestima aceptable antes de su puesta de largo —afirmó India, recogiéndose un mechón de pelo
oscuro detrás de la oreja con sus dedos, pequeños y elegantes.
—Creo que lograste bastante más. —Lucas se volvió hacia Connor, que había seguido aquel gesto,
abstraído, y explicó—: Consiguió que adelgazara veinte kilos, y ni siquiera su padre cuando fue a
buscarlo al aeropuerto a su vuelta de Argentina la reconoció. No había tenido un novio en su vida y
ahora sale con el hijo del marqués de Quintana, uno de los mejores partidos del país.
—Entonces, creo que no hay más que decir. —El americano volvió a hacer una seña al camarero
para firmar la cuenta—. Te enviaré cuanto antes la lista de invitados y, por supuesto, estoy abierto a
cualquier sugerencia que quieras hacerme. Tú haz tu trabajo lo mejor que puedas, India, y del resto
me encargo yo.
De nuevo mostraba aquella aplastante seguridad en sí mismo que le daba ganas de darle un
cachete; pero India se limitó a encogerse de hombros con un movimiento casi imperceptible.
«Bueno», pensó, «yo ya le he avisado; si este tío está dispuesto a tirar esa obscena cantidad de
billetes a la basura es cosa suya».
Se dio cuenta de que el americano no le quitaba ojo y notó que su gesto no había pasado
desapercibido. Una vez más, le pareció detectar un brillo travieso

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