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Tenerife Sur – Coro Acevedo

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horas de la madrugada estuviera perturbándola contra su voluntad.
Julio intentó tomar las manos de ella para calmarla, pero sólo acertó a cogerle una, temblaba ligeramente y ella posaba la diestra entre la boca y la barbilla en señal
de encontrase severamente preocupada.
‒Tranquila amor, no hay necesidad de contestar…sólo es un mensaje para iniciar una conversación, no hace falta responder, si quieres te pones al ordenador y
hablas, si no…la otra persona se cansa de esperar y se va…o vuelve mas tarde o…
‒¿Puede oírnos? ‒Preguntó asombrada.
‒No. ‒Julio no pudo reprimir esbozar una sonrisa de suficiencia, le hacía gracia la inocencia de su mujer.
‒¿Ni vernos?
Julio pensó en explicarle a la mujer algo sobre la webcam y el micrófono, las video-llamadas y otras posibilidades de comunicación que el programa contenía, pero
resolvió que eso, de momento, sólo iba a confundirla más:
‒No, no puede oírnos, ni vernos, solo hablar.
‒¿Hablar?
‒Chatear quiero decir, tal y como está ahora, solo podemos chatear, escribir… tu escribes algo en la pantalla, él lo lee y te contesta y luego tú le vuelves a
contestar…escribiendo, sólo escribiendo.
María luchó por comprender y mantenerse relajada a la vez, pero cayó en la cuenta:
‒¿Él?
‒Sí ‒Julio no quería ahondar otra vez en los detalles.
‒¿Ese es el tío con el que quieres verme follar? ‒Espetó ella como si toda sombra de candidez se hubiera esfumado de su ser.
‒Ese es…
Julio allí en pie, asombrado y excitado con el repentino lenguaje de María, con una mano en la de ella y otra como queriendo teclear un lejano ordenador, tuvo una
erección súbita que pareció querer propulsar la bragueta del pijama de raso mas allá de aquellas persianas entreabiertas a un nuevo chorro de aire. Nuevos aires para las
viejas corrientes del sexo. Julio buscaba encontrar lo profundo que subyace verdaderamente bajo cada relación humana, las galerías infrecuentes de los sentidos, las
ocultas catacumbas sobre las que se cimientan las catedrales de la emoción. Si sabía articular los debidos mecanismos que abrían las puertas a esa percepción, tal vez
María y él habrían de ser un todo y encontrar realmente el destino de su matrimonio.
3
Víctor Alves
El olfato, esa vieja percepción sensorial. Puede guiarnos hasta una presa cercana, alimentar el deseo o una tripa famélica. También puede darle personalidad a un
preciso lugar y la avenida Rafael Puig de Playa de Las Américas poseía un olor característico donde los haya.
El motor ochentero de la Kawasaki Vulcan trepidaba como una vieja máquina de arar sembrados mientras giraba a pocas vueltas. No era una motocicleta custom
exactamente bonita, pero Víctor Alves amaba las cosas y las mujeres con historia a sus espaldas.
Negra como el látex sadomasoquista y cromada como las tachuelas, Víctor mantenía la Vulcan en riguroso estado de fábrica, tan sólo había el joven sustituido el
manillar original de cuerno de vaca por uno recto, lo que dotaba a la moto de mayor maniobrabilidad en situaciones comprometidas y Víctor, a menudo se veía envuelto
en ellas, por la carretera o sobre la cama.

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Con la segunda marcha engranada en la caja de cambios, a punta de gas, el motor de dos cilindros en uve explosionaba con gravedad, las ondas sonoras del escape
volaban hacia los lados de la avenida rebotaban contra la muchedumbre, las tiendas, los restaurantes y los hoteles para luego volver hasta los oídos del motorista. Víctor,
con sus botas de montar, vaqueros y camiseta ajustada parecía un hombre enlutado, un murciélago que hubiera percibido de ultrasónico modo la forma y situación en el
espacio de cada persona u objeto gracias a las eufónicas ondas reverberantes de su motor.
Mientras recorría despacio la avenida con la vista al frente y la pequeña brisa en su cara despejada por un escueto casco, las corrientes llevaban hasta su nariz un
conflicto de aromas. Toda la franja izquierda, la más próxima al mar, le traía el olor a las comidas del verano, fritas, asadas o a la parrilla, nada al vapor. Comida barata,
alcohol sencillo, cervezas, algún vino y bastantes combinados servidos en los bajos de hoteles de primera línea de playa y otros tantos negocios deformados para
amoldarse al gusto guiri. La margen derecha, contrapuesta en hilera frente a la otra, era ocupada por galerías comerciales de elegante puesta en escena, un pedacito de
Calle Serrano reinterpretado por el urbanismo de la mediterraneidad. Aunque fuera atlántica y canaria, los turistas demandaban fachadas lúdicas, la clase de tinglados
donde poderse gastar dos o tres mil euros en relojería suiza y potingues franceses sin sospechar por el aspecto ruin del comercio o la clientela.
El agua de colonia y las esencias de perfume giraban en el aire cual galaxias paridas por el orificio de un nebulizador al paso de Víctor, hasta mezclar en insólita
amalgama con el aceite y la fritanga en la medianía de la calzada. Justo hasta la nariz del gigoló. Un roast-beef número cinco de Chanel. Algo así.
Los motoristas nunca pasan inadvertidos, por ello casi todos los hombres guapos tienen moto y los feos también, no existen términos medios en esto. Víctor
Alves se intuía muy bello aún bajo el disfraz de motero enmascarado. Moreno, pero no demasiado, un bronceado casual, cuerpo construido en horas de entrenamiento
pero sin esteroides, no era un culturista, mas bien un modelo de calzoncillos para marquesinas de autobús. De esas que le despistan a uno del tráfico. Tal vez lo más
llamativo de su aspecto era la cara, masculina, rotunda, con perfecto afeitado y hoyuelo en el mentón. Víctor Alves jamás usaba gafas de sol, unos ojos azules como una
tormenta de mar tenían la culpa, él lo sabía y siempre los mostraba. Hubiera podido conducir de noche en la autopista con semejantes candelas. Verdaderamente, era una
genética particular para un varón latino. Atraía, sin poder evitarlo, era un imán y además tan buena persona que asustaba.
Superadas dos o tres rotondas, habiendo hecho girar rubias melenas y clavarse en su estampa algunas docenas de ojos encadenó un giro que conducía directo a la
salida de Las Américas, el joven de la negra Vulcan abrió gas a fondo acelerando el hondo bombeo de gasolina a los pistones. Como si de un tractor revitalizado por
queroseno se tratara, montura y jinete superaron al galope el trafico, el puente que salva el trazado de la autopista del sur y remontaron hacia las cuestas que habrían de
llevarlos a la cima entre un denso matorral de urbanizaciones escalonadas. Torviscas Alto.
Muchas palmeras, altas, verdes, plantadas para acentuar una estampa más

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