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Todas las palabras que no me han dicho – Veronique Poulain

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culturas.
Durante el día: la palabra, el discurso
y la música. El ruido.
Por la noche: el signo, la
comunicación no verbal, la expresión
corporal y la mirada. Cierto silencio.
Cabotaje entre dos mundos.
La palabra.
El gesto.
Dos lenguas.
Dos culturas.
Dos «países».
Le tiro de la falda para que me mire.
Se gira, me sonríe y traza un
movimiento con la cabeza que significa:
«¿Sí?».
Con la cara hacia arriba, me golpeo el
pecho con la mano derecha: «Yo». Me
meto los dedos en la boca, los retiro y
me los vuelvo a meter: «Comer».
Mi gesto es algo torpe. Se ríe.
Desplaza la mano de arriba abajo por
el pecho, como si se cogiera el corazón
para colocárselo en la barriga:
«Hambre». Así se dice en el país de los
sordos.
Sí, mamá. Tengo hambre.
También tengo sed. Busco a mi madre.
Es la época en la que doy mis primeros
pasos. Avanzo hasta la cocina
tambaleándome y pierdo el equilibrio.
Mi madre se gira instantáneamente y me
agarra en el último segundo.
Pero no ha oído nada.
Cuando me pasa algo, siempre lo
siente.
No me oyen, pero ¡vaya si me ven! No
puede pasarme nada. Mis padres no me
quitan ojo.
Y no solo ojo. Me tocan mucho. Las
miradas y los gestos sustituyen a las
palabras. Una sonrisa. Una caricia en la
mejilla. Las cejas fruncidas para
quejarse. Besos y achuchones para
decirme: «Te quiero».
No está tan mal. Aunque me gustaría
mucho que me besaran más a menudo.
Sobre todo, mi padre.
Nuestro piso es diminuto.
Duermo en la misma habitación que
mis padres.
Por la noche nunca lloro. No sirve de
nada. De todas formas, no me oyen.
Mi madre se levanta dos o tres veces
cada noche para verificar que duermo
bien, que —por ejemplo— no me he
muerto mientras dormía.
De más mayor, cuando sé andar, me
levanto y los despierto si quiero algo o
si necesito que me tranquilicen después
de una pesadilla.
Pero no suele pasar. Soy una niña que
duerme muy bien. Impermeable a todo
ruido. Tengo un sueño tranquilo.
Mi madre cose.
Me siento a su lado y la observo. En
silencio. De vez en cuando me lanza una
mirada y me sonríe.
Tiene alfileres en la boca mientras
cose y, cuando ya no los necesita, los
clava en una bola de raso rojo rodeada
de pequeños chinos multicolores
también de raso. Me gusta jugar con el
raso. Es suave y bonito.
Mi madre deja la costura, me quita la
bola de las manos, señala un muñeco,
articula «Naranja» con la boca y añade
el gesto a la palabra. Repito después de
ella. La imito.
Luego le toca al azul, el rojo, el
amarillo…
A veces hago el gesto al revés, lo que
no quiere decir absolutamente nada.
Entonces me corrige.
Acabo de aprender los colores con
ella.
En las dos lenguas.
Mi madre tiene una voz rara. No
habla como la gente en la calle. Pero es
mi madre y la entiendo.
Durante el día me cuida mi abuela.
18.30. Mis padres llegan del trabajo y
es hora de que vuelva con ellos. Mi
pequeña mano agarra la barandilla. Bajo
con cuidado la escalera, escalón a
escalón. Vivimos en el piso de abajo.
Mi padre abre la puerta. Abro la
mano, me toco la boca con la palma y
hago como si le enviara un beso. Quiere
decir: «Hola». Luego me lanzo a sus
brazos y le doy un beso.
Así, paso de una planta a la otra y de un
estado al otro en un chasquido de dedos.
En el tercero, con mis abuelos, oigo y
hablo. Mucho. Muy bien.
En el segundo, con mis padres, soy
sorda. Me expreso con las manos.
Lorena, 1935. Suzanne se casa con
Pierre. Nacen dos niños. Henri, el
mayor, que llegará a ser profesor de
derecho en la Universidad de
Estrasburgo, y unos años después, en
1939, Jean-Claude, el menor.
Jean-Claude tiene nueve meses.
Llora demasiado a menudo. Los
dientes, seguramente. Es la edad. Pero
no. Tiene convulsiones y pone los ojos
en blanco. Hospital de urgencias.
Diagnóstico de encefalitis.
Consecuencia: no volverá a oír. La
vida de Jean-Claude da un vuelco. En
un suspiro ha pasado del ruido al
silencio.
A los seis años, Jean-Claude entra
en un internado. Lo dejan en manos del
Instituto Nacional de Jóvenes Sordos
de Metz. En la adolescencia opta por
un ciclo formativo de zapatero. Junto
con la carpintería, es el único oficio
que ofrece el instituto de Metz. Su
mejor amigo, un etíope que ha ido a
parar a Lorena, Asrat, decide estudiar
en París, en el Instituto Nacional de
Jóvenes Sordos de la calle Saint-
Jacques. Para los sordos, París es
Eldorado. La capital está llena de
posibilidades: asociación de sordos,
club de fútbol de sordos, residencia de
sordos… Es absolutamente necesario
que Jean-Claude se vaya con él. Quiere
presentarle a una amiga.
Además, en Gambetta se ha
organizado un gran baile para los
sordomudos. Jean-Claude coge el tren.
Allier, 1937. Robert es el preferido de
las damas. Pintor decorador los días
laborables, y acordeonista el fin de
semana, el músico hace suspirar a las
chicas de los pueblos de los
alrededores. Recorre toda la zona con
su instrumento a cuestas. La vida es
dulce y alegre. Esta noche toca en una
boda en Saint-Priest. Aparecen las
chicas a mirarle. Y hay una que le
parece muy guapa, con sus grandes
ojos verdes, su vestidito de flores y su
aire tímido. Robert empieza a tocar
una java. Le sostiene la mirada. Con
una medio sonrisa. Se llama Alice y es
hija de los aparceros de la granja de al
lado.
Boda. Una semana después Alice
está embarazada.
La joven pareja se instala en casa de
los padres de Robert. Alice no trabaja,
será ama de casa. Él sigue con su
trabajo, un poco menos con los bailes.
La guerra se eterniza. Los hombres
mueren y las mujeres no tienen ánimos
para bailar.
Octubre de 1941. Alice trae al
mundo a una hija, Josette.
La niña, risueña y despierta, a veces
se despista. Demasiado. La pequeña no
siempre reacciona al ruido. Está en su
mundo. Poco a poco la angustia oprime
a Alice. Algo no va bien. Alice da
palmadas y golpes contra los muebles.
Veinte veces al día. Josette da un
brinco una vez de cada dos.
La puerta se cierra de golpe. Josette
se sobresalta. ¡Uf! Todo va bien…
Un día, Josette engancha con un
bastón los botes de loza de un estante.
Un estruendo espantoso. Alice corre
hacia ella. Josette, imperturbable, no
se ha dado cuenta de nada.
Diez meses. Diez meses para
rendirse a la evidencia. La niña solo
reacciona a los ruidos acompañados de
un movimiento perceptible o de una
vibración. Le basta con detectar una
sombra o un movimiento del aire para
girarse, viva como el rayo. Bonita
ilusión.
Josette es sorda.
Sorda y muda.
Al cien por cien.
Junio de 1944. Nace el segundo hijo:
Guy.
Como ya han vivido la experiencia,
esta vez el veredicto llega en unas
semanas. Implacable.
Sordo también. Como una tapia.
Robert y Alice se quedan
destrozados.
¿Por qué les cae encima algo así?
¿Por qué a ellos?
Dos discapacitados. Sus hijos son
dos discapacitados. Aunque en la
familia no hay ninguno. ¿Qué le han
hecho a Dios para merecerlo?
A diferencia de su hermana, Guy no
intenta hablar, no intenta comunicarse.
Mira y observa. Y dibuja. La tiza se
convierte en la extensión natural de su
mano. No necesita palabras o letras
como intermediarias. Su cabeza, su
mano, su tiza y la pizarra. El dibujo.
Y sus dibujos no se parecen en nada
a los de los niños de su edad. Sin
florituras. Trazo preciso y directo.
Guy, que solo tiene tres años, es sin
duda torpe, pero refleja exactamente lo
que quiere expresar.
El niño puede pasarse horas
contemplando cómo se forma una gota
de agua en el grifo, se hace grande y
cae.
Su hermana y él son dos niños
agradables, pero la comunicación con
sus padres es difícil. Hay que colocarse
delante de ellos para hablarles. Si se
dan media vuelta o están en la
habitación de al lado, hay que ir a
buscarlos. Hay que encontrar la
manera de hacerse entender. Una
mezcla de mímica (cuando es posible) y
de palabras. Las más sencillas,
articuladas exageradamente.
Robert está hundido. Quería casarse
y tener varios hijos. Quería que
estudiaran. Él solo tenía un certificado
de estudios primarios.
Quería que fueran músicos. Como él.
Ironías del destino.
Josette va a cumplir seis años. La
matriculan en un internado mientras se
instalan en la capital.
¡Dios mío, el internado!
Niños sordos que gritan como
animales.
Mongólicos.
Discapacitados psíquicos.
Monjas malvadas que los meten en
un armario por cualquier tontería.
¡El infierno en la Tierra!
Josette no se queda mucho tiempo.
Unas semanas, como mucho. Robert y
Alice encuentran un piso, se instalan en
París y matriculan a los dos niños en el
Instituto Nacional de Jóvenes Sordos.
Empieza una nueva vida. En la capital,
la mirada de los demás no es tan feroz.
Alice y Robert podrán mezclarse entre
la multitud y quizá ofrecer un futuro
mejor a sus hijos. Un futuro en el que
no los consideren retrasados mentales.
Robert encuentra trabajo como
yesero. El acordeón se ha desplazado a
París con él, pero la página de la
música y de la gloria ha quedado atrás.
Lo sabe. Nacido para la música, todo
oído, y con dos hijos sordos. El colmo.
Una broma pesada de la vida. Poco le
falta para echarse a reír.
Alice tiene sentido del

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