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Libro PDF Todo menos ella – Alberto Velázquez

Todo menos ella – Alberto Velázquez

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El camino hacia mis veintidós años fue normal. Normal para un chico ‘raro’. O así es cómo me veía la sociedad. Dicen que alguien es raro o extraño incluso por la
simple cuestión de no tener amigos. En verdad nunca encontré a una persona con la que tuviese afinidad. De pequeño no me gustaba jugar al fútbol. De adolescente,
tampoco. Y aunque a los chicos de esa edad les surgió un ‘hobby’ nuevo que competía seriamente con el del el balón, tampoco me daba por decirles guarradas a las tías.
Al final no tenía nada más que compartir con ellos. Salvo los profesores, claro. Éstos no pensaban de manera distinta a la de sus pupilos. Yo era un chico raro. Así se lo
recalcaban una y otra vez a mis padres en las reuniones del colegio, cuando no me tocaba una profesora más agitada de lo normal y les llamaba por teléfono: “les pediría
que viniesen a verme en cuanto puedan… No, no, prefiero hablarlo con ustedes en persona. Es algo muy delicado. Su hijo Miguel me tiene bastante preocupada”. ¿Tan
inquietante es ver a un niño solo en el colegio? “No habla con nadie”. ¿Nunca nadie antes se preguntó si tenía algo interesante que decir?
Hacer amigos a la fuerza no es lo mío. Si tenía que tenerlos, que fuese porque los eligiese yo, no porque coincidiéramos juntos en Tercero B. No me importaba que los
demás me señalasen en el recreo, se riesen o me insultasen. Si no tenían nada mejor que hacer no era mi problema. Reconozco que para aquella edad tenía el concepto de
‘amistad’ muy alto. La auténtica rareza es que sí había una personita que me comprendía en el colegio. O igual le importaba un rábano cómo yo fuese o dejase de ser.
Vamos, alguien que no se dejaba llevar por los estereotipos de la sociedad: “un niño tiene que ser ‘así’ o ‘asá’, jugar con esto y aquello, vestirse como creen los padres
que deben de vestirse”.
Conocí a Dani en un partido de balón prisionero. Mi profesor de educación física juntó a mi clase con la de un curso inferior cuyo tutor tuvo que marcharse en el
último momento. Así que éste se hizo cargo de aquéllos, aunque igual nos sacó el balón y se fue a tontear con la secretaria. El caso es que me llamó la atención que Dani
no se echara a llorar después de que un bruto de mi equipo le lanzó fuerte la pelota. No hizo el esfuerzo de devolverla, pero tampoco de esquivarla. Así que el tiro le dio
de lleno. Todos a conciencia le arrojaban el balón para ver si lloraba de una maldita vez. Ni un quejido. Por eso le daban cada vez más fuerte. Llegó un momento que me
dio lástima y coraje. Fue la primera vez que sentí algo por alguien. Entre las mofas y risas de los compañeros, la saqué de allí. Sí, Dani es una chica. Eso de ‘Daniela’
nunca le gustó. Decía que de esta otra forma sonaba más “guay”. Gracias a ella comprendí cómo me podían ver los demás, porque si yo a Dani la veía como rara,
entonces podrían verme así a mí también. De todas formas seguía dándome igual. Es lo que compartía con Dani. Puede ser que ella se extralimitara. Me contaba que si le
resbalaba que la quisieran joder con una pelota, también le resbalaba el dolor que de ello se producía. Era un todo o un nada. Me gustaba su planteamiento. No sólo nos
reuníamos durante los recreos. También quedábamos algún día que otro en el parque y hablar de lo que hablan los niños:
–¿Crees que la luna es siempre gris?
–Claro que no. Eso es porque sólo la vemos de noche y está a oscuras –Dani siempre estaba segura de todo lo que pensaba–. De día también es naranja, como el sol.
–Entonces, ¿por qué siempre está tan iluminada de noche?
–Porque tiene muchas farolas. Cuando estaba mamá y pasábamos las vacaciones en Torre del Mar, de noche el mar era negro y había muchas farolas pegadas a la
playa. ¡Así que veíamos el agua!
–Sí, puede ser.
–Mi padre estuvo la semana pasada haciendo una prueba de mamás.
–¡Guau! ¡Por fin volverás a tener una!– grité de alegría. Cuando hablaba de su madre veía una sonrisa en ella que en cualquier otro momento no se repetía.
–De momento creo que no. Parece que a mi padre no le gustaron. Nunca metía a la misma señorita en su cuarto.
–¿Allí hacían la prueba? ¿Cómo era?
–No lo se. Siempre cerraba la puerta. Pero parecía que se presentasen para una peli de terror. Gritaban mucho. Y mi padre sólo es gestor.
–A lo mejor la primera prueba era cambiar pañales. Eso a muchos les da asquete.
–¡Qué cosas dices! –rara vez aceptaba mis explicaciones, pues conocía muy bien mi ingenuidad–. Eso es que la primera prueba era qué hacer si me caía por la ventana
y en vez de pensar en llevarme al hospital, ellas se quedaban gritando. Hizo bien en no quedarse con ninguna. Yo no quiero una madre así. Yo quiero una madre fuerte.
En uno de esos días en que Dani pillaba el sarampión o similar y no acudía a clase, yo prefería sentarme en las gradas durante el recreo y leer. Cada semana acudía a la
biblioteca del centro y según devolvía un libro cogía otro. Nunca me sentí sólo. No paraba de conocer historias diferentes y me sentía unido a sus protagonistas. Jamás
volé sobre un dragón blanco llamado Fujur ni robaba exámenes por no decir alguna estupidez, por ejemplo, te quiero. Pero sabía que tenía algo en común con Atreyu y
Juan: luchar por que mis deseos se hicieran realidad. Y si tenía que enfrentarme a numerosos peligros durante el camino, bah, nada me iba a asustar. Blandiría mi espada
y combatiría por el triunfo.
En mi vida no había monstruos fantásticos ni perversas brujas con los que batallar. La única hazaña diaria era esquivar a los negros del barrio de Lavapiés, que no se
cansaban en quererme vender ‘chocolate’. Siempre me preguntaba si es que no reconocían al mismo chico que les decía que no un día tras otro, o es que su mayor reto
era que me detuviese. Desde luego se quedaron con las ganas. Nunca me han ido las drogas ni el alcohol. Prefiero ver la vida tal y como es, en su imperfecta realidad, y
no tras una distorsión psicodélica. En cambio nunca desprecié un buen pitillo. Me lo tomaba como algo ocasional, como cuando a cualquiera le apetece pipas en un
momento dado. No iba a ser un Marlboro de cajetilla. Me gusta el arte de liar. Aquello de “yo me lo guiso, yo me lo como” es mi filosofía de vida.
Por cierto, si hay alguien a quien le haya herido que llamase a los negros por su color de piel, la explicación viene sola. Los negros son negros. Los blancos son
blancos. El cielo es azul y mi helado favorito es el almendrado, sea noir o con leche. Eso de las susceptibilidades no tiene mucha base científica. Igual que Lavapiés, que
volviendo a el, es el pedacito de Madrid donde nací y crecí. Lo adoro. A pesar de sus triquiñuelas, estas no están reñidas con su ambiente multicultural y cercano. Me
encantan sus pubs literarios, cuando no los otros que organizan sesiones cinematográficas. Sus locutorios hindúes, sus carnicerías marroquíes, su bar gay de cruising.
No entro en ellos pero me reconforta la idea de que estén ahí, uno al lado del otro, haciendo de la convivencia un ejemplo de lo maravillosamente compatible.
Es curioso cómo gente venida de cualquier lugar del mundo puede congeniar en 70 hectáreas mientras que dos personas nacidas en la misma ciudad y el mismo año no
pueden ni verse en 70 metros cuadrados. Mis padres no se soportaban. ¿En algún momento atrás lo habían hecho? Ni idea. No tengo indicios. Lo que me lleva a
preguntar por qué se casaron. Dicen que los polos opuestos se atraen. Pero es que tanto el uno como el otro son igualitos. A lo mejor es por eso, por la pugna de cuál es
el mejor de los dos en su especie, por lo que no se pueden ni ver.
Mi madre se llama Felisa, una portentosa ama de casa que nunca pierde el tiempo. En el mercado chismorrea de los vecinos mientras le pesan los kiwis y cuando le
preguntan qué más a va a querer, también. En casa ni siquiera puede pararse a ver la televisión. Ha de oír sus programas de cotilleo desde la cocina, el baño, la habitación
o allá donde esté limpiando sobre lo limpio. Mejor dicho, ella no limpia. Mi madre pule. La de veces que nos hemos resbalado por los pasillos de lo pulcro que lo
mantiene todo, y eso que nos obliga a ir descalzos para no dejar huella. Es su manía característica. Todos tenemos excentricidades, así que no la culpo. Su manía
secundaria es la de dar voces. Piensa que por ello va a tener más autoridad, y no se equivoca. No tardo en hacerle caso sencillamente para que se calle. Con mi padre no
tiene el mismo efecto. Todo lo contrario. Sus careos son populares en todo el bloque, convirtiendo el patio de luz en la emisora de radio más escuchada.
Juan ‘Sin Miedo’. Ese es mi padre, el único del barrio capaz de enfrentarse a ella con valentía. Trabajó toda su vida en la obra, y eso que nunca dejó de ser un tirillas.
Acabó siendo oficial hasta que la obra acabó con él. Es lo que pasa cuando las grúas no pasan las inspecciones reglamentarias, que van dejando caer los hormigones como
si fueran hojas de otoño. La de aquella ocasión calló sobre el pie de mi padre. Un ángel tuvo que volar sobre él porque el accidente no fue a más y se quedó en una
cojera. Lo que valora de su suerte fue el dejar de trabajar y recibir la correspondiente indemnización, así como una pensión por minusvalía para toda la vida. Desde
entonces se pasa los días en el bar, viendo cualquier partido de fútbol, o en la plaza jugando a las cartas con los colegas. Por supuesto, sea la hora que sea, con una caña
en la mano. Consiguió que los recipientes de vidrio se convirtieran en una prolongación de su cuerpo. No hablemos desde que afloraron las casas de apuestas por el
barrio. Ahí se deja prácticamente su prestación. En cualquier otra familia hubiese sido un problema, pero no en la nuestra. Mi madre se lo toma como una bendición,
porque así no para por casa y no lo ve. Por la noche, a las ocho de reloj, es cuando él sube y ella baja. Mi madre cuidaba a una señora mayor durante las noches, a dos
manzanas de donde vivimos. Cuando se moría una, siempre estaba esperándola una amiga de la difunta que ansiaba de sus atenciones. Este efecto dominó se perpetuó
durante muchos años y fue todo un chollo, porque así no compartía cama con su marido y descansábamos todos. La otra ventaja es que con ese trabajo mantenía la casa.
Podría parecer más sencillo separarse, pero queda demostrado que nuestra familia vive en su propia contradicción. La propiedad de la vivienda es de mi madre, heredada
de mis abuelos. Con ellos vivimos hasta que el tiempo se los llevó. De este modo, al ser hija única, se la quedó. Y mi madre, que de tonta no tiene ni un pelo, es la
primera en negarse al divorcio. No quiere jugarse la casa y mucho menos darle el gusto a él. Ninguno se quejó de cómo vivían. A fin de cuentas cada uno hacía lo que le
daba la gana: por la noche, él se despatarraba en el salón viendo pelis de Chuck Norris entre latas vacías y cáscaras de cacahuetes; por el día ella tiene algo que limpiar y
entretenerse. A pesar de esas broncas que mantuvieron las pocas veces que se veían, sí, son la pareja ideal.
Por el contrario, mi hermano y yo somos lo que Laurel y Hardy, Bubu y el Oso Yogui, Pimpinela… No tenemos nada que ver, en todos los sentidos. Y no por
problemas generacionales, pues sólo me lleva cuatro años. Habéis visto que soy un chaval tranquilo, que pasa de todo, que no se mete en líos. La cara B de este disco es
Juan, Juanito para la familia, Johnny para sus amigos. Para que os hagáis una idea, mi hermano encaja en la imagen de chulo de barrio. Tiene esa figura no excesivamente
musculada, pero lo escultóricamente definida como para no escapar al rabillo de cualquier ojo. Campaba por las calles pavoneándose con una sonrisa conquistadora y
unos aires macarras, demostrándole al mundo lo seguro que está de sí mismo. Vamos, el rey del mambo. No tengo claro que haya trapicheado con los negros de la plaza,
pero que haya coqueteado con ese mundo, de eso estoy seguro. Tenía su habitación cerrada a cal y canto. Mi madre se molestaba, claro. “A saber la de mierda que tiene
ahí dentro”, se decía cada vez que pasaba por delante e intentaba abrir la puerta inútilmente. Pero no veía lo que yo por las noches, cuando ella desaparecía de escena.
Una luz radiante de debajo del umbral cegaba el pasillo. Alguna lámpara de sodio, seguramente. Y después de la iluminación, una humareda que no pasaba desapercibida.
Al menos para mí, que vivía pared con pared. Eso sí, trataba de que no fuera a más, no sea que alcanzara el balcón de los vecinos y terminase de este modo por llegar a
oídos de mi madre. Entonces sí que se formaría una en casa como para salir ilustrados en los libros de historia.
Jhonny, como describe su prototipo, es un ligón. Hoy está con una y mañana con otra. Tiene la gran habilidad de llevar a la gente a su terreno. Por eso ellas nunca se
enteran del engaño, y cuando sí, mi hermano consigue el redoble de tambor: liarlas, literalmente. Y él en medio, claro. Menudas correrías se ha pegado en ese cuarto no
tan misterioso para mis oídos. Como sabe que a mí me da igual todo y que mi padre está más pendiente de la última paliza brutal de Chuck, ni se esforzaba en disimular.
Podría entenderse que Jhonny sea el héroe de los chicos de mi barrio, tanto que todos se peleaban por echar una partida al Call Of Duty con él. ¡Vaya tontería! Como si
la guapura o su morro se les fuera a pegar. Pero a base de ese populismo mi hermano consiguió ser un triunfador… Y eso sin dar un palo al agua. That’s Spain. Trabajar,
no trabajaba. De vez en cuando conseguía algún curro chapucero. Le iba la fontanería, la albañilería, la electricidad. A pesar de no haber estudiado módulo de formación
alguno, sabía como nadie empatar los cables más incompatibles o arreglar la más vieja de las calderas. Lo que pasa es que tenía muchas épocas de echarse a la bartola.
Estaba muy acomodado en casa. Sólo que como nuestra madre nos dejó claro que en casa sólo es gratis el aire, cuando se le acababa la pasta, se veía obligado a recurrir a
las ñapas. Clientes nunca le faltaban, sobre todo amas de casa maduritas que se aburren cuando su marido está felizmente en la oficina.
Y en cuanto a mi, bueno, en eso sí que no tomé un camino tan distinto al del resto de mi familia. Cuando me quité de encima la enseñanza obligatoria fue sentir una
liberación. Tampoco me gustó estudiar. Parecerá paradójico, porque ya os dije que disfruto con un buen libro. No sólo hablo de novelas, sino también de biografías
históricas, manuales de ciencia o igual pillo un folleto evangélico por la calle. Me leo todo. Soy muy curioso. Pero si un tema no me gusta, no me gusta y me cuesta
estudiarlo. No le pongo interés, por más que me jugase la evaluación. Así acabé como repetidor un par de cursos. Tampoco tuve jamás fascinación por una carrera
universitaria. Cuando pasamos por ese trance de pequeños y nos preguntan qué queremos ser de mayor, yo no respondía ser astronauta, médico o ingeniero.
Sencillamente, no contestaba. Me daba la vuelta y volvía a la esquina a seguir pintando o construyendo con mis Legos. ¿Qué si por dentro llevaba a un pintor o un
constructor en potencia y no lo sabía? Pues no. Eran juegos de niños con los que entretenerse, y no había ningún trasfondo. Aunque sí reconozco que desde siempre me
ha gustado flirtear con cosas relacionadas con el arte. Las piezas de Lego no las montaba así porque sí, como salieran. Las ordenaba según formas y colores, con el fin de
crear la figura de algo que luego al final no se parecía a nada. Pero nunca me faltaron intenciones. El quid estaba en que las tenía, las intenciones, pero sobre nada en
particular.
Me costó decidirme por un reto profesional. No lo definiría ‘profesional’, pero para que me entendáis. Siempre he sido defensor de la dedicación de aquello que uno
ama, que le apasiona, no porque le da un fajo de dinero que puede gastar después de ocho horas de un trabajo que odia. No puedo evitar aferrarme a la idea de que todo
es posible, y ese sí que es un buen reto a afrontar. El caso es que corrían los años, los adultos seguían haciéndome preguntas sobre a qué quería dedicarme, y yo que
suspiraba para que me dejasen en paz. Nunca me preocupó fijarme esa meta. Que llegase cuando tuviese que llegar.
Empezó a ocurrir, sin darme cuenta, poco después de cumplir los nueve años, cuando se materializó en forma de armónica. Cómo de una caja con agujeros puede salir
algo tan bello. Aquel instrumento me lo regaló una vecina de mi madre. Acababa de mudarse y al hacer limpieza se encontró con aquella cosa de la que seguro no sabía
para qué servía. Y me lo dio, posiblemente por pena. Nadie supimos por entonces el bien que me acababa de hacer. Es cierto que en el colegio practicábamos con la
flauta en clase de música. Pero es lo que digo, que bajo esa presión no me gusta aprender y no le cogí cariño al instrumento. Por el contrario me pasaba las horas, los
días, las semanas soplando la armónica. Al principio mis melodías no tenían sentido. Me dejaba llevar por la emoción del sonido que producía. Mi madre acabó harta.
Luego ya pillé algunos libros de partituras en la biblioteca y comencé a entender las notas, su cadencia, su ritmo. Era tarde para que mi madre apreciase la evolución,
porque cuando ella le coge tirria a algo es complicadísimo que cambie de actitud por muy bien que tocara Isn’t She Lovely, de Stevie Wonder. No me costó nada
aprenderme muchas canciones en poco tiempo. No sé si es porque tengo mucho oído. Pienso que cuando uno tiene interés, constancia, dedicación pero sobre todo
pasión, puede conseguir todo lo que se proponga.
Mi inquietud fue pronto más allá. Construí un tambor con una caja de galletas danesas, una pandereta con chapas y como destrocé todas las cajas de zapatos que mi
madre tenía por casa para hacerme una guitarra, por fin claudicó y los ‘Reyes Magos’ me trajeron una de verdad. Para cuando tenía trece años la música me tenía
totalmente atrapado. Dicen que amansa a las fieras. No sé. Mi familia seguía descontrolada por casa pese a que yo no hacía otra cosa. Tocar, tocar y tocar. Cuando no,
escuchar. Y cuando no era ni una cosa ni la otra, componer. La música me absorbía y yo absorbía la música. Era algo mutuo. Quizás formábamos hasta la más perfecta
de las parejas, de esas en las que dos se hacen uno. No era algo físico a lo que pudieras abrazar o besar, está claro. Pero por entonces entendí que si todos tenían que
tener una media naranja, a mí ya no me hacía falta esperar. No encuentro otra manera de explicarlo. Ardía de ganas por salir de clase y volver a casa para reencontrarme
con mis instrumentos. Removían mis sentimientos de forma increíble. Me sacaban de la realidad que yo vivía, a mis ojos imprecisa, y me envolvían en una espiral
desbordante de emociones. A veces lloraba por el triste mensaje de una canción, pero a la vez de alegría por la belleza de su composición. Aquello que arranque de mí
esa potencia desde lo más profundo de mi ser, aquello de lo que hasta entonces ni podía imaginar que existiese algo similar, no puede ser más merecedor de toda mi
entrega.
Se habían acabado las indecisiones. Me había marcado un objetivo. Ya tenía una respuesta preparada para cuando me volviesen a preguntar, aunque no podía esperar
a ser mayor para cumplirlo. De hecho, ya me consideraba un músico. Poder vivir de ello sería un pequeño añadido a mi ya completa satisfacción. Dani insistió en que
acudiera a un conservatorio. Mi negación fue rotunda, si precisamente de lo que intenté escapar siempre es de que me inculcasen unos principios prefijados. Me veía
como autodidacta y pensé morir así, aplastado algún día por mi enorme biblioteca de manuales. Pero Dani, erre que erre:
–A ver, Migo –a mí también me acortaba el nombre–. Está muy bien eso de que no quieras estar bajo las órdenes de nadie y lo que sea. Que todo lo que sabes, que no
es poco, lo hayas aprendido por tu cuenta. Pero como todo en esta vida hay que hacer sacrificios, incluso en aquello que más te importe de este mundo. Si de verdad te
quieres dedicar a esto, has de agachar la cabeza y ceder.
–Me parece una tontería. ¿Para qué están los libros si no?
–Pues para interpretarlos, por supuesto. Pero no sólo vale con eso. Te va a faltar una base práctica, tocar con más gente, incluso saber cómo los demás ven la música,
cómo la sienten, ¿no?
–Vale, es posible. Pero que me hagan tocar piezas que no me gustan… Prefiero trabajar mi propio estilo.
–Quién sabe. El queso de Roquefort me olía a zapato viejo. Fue probarlo y ya sabes. Ahora lo unto hasta en las magdalenas del desayuno –sabía que la exposición de
Dani tenía su lógica–. De verdad, Migo. Si quieres hacer cosas grandes, hazlas por todo lo alto. Cúrratelo. Al menos pruébalo durante un tiempo. Un año, dos. Si ves
que realmente no hay nada, absolutamente nada que te aporte y crees que has perdido el tiempo en el conservatorio, déjalo.
Me dejó sin habla. Más bien porque me quedé sumido en mis pensamientos, en un conflicto mental entre la razón y mi cabezonería. Si tanto me importaba la música,
cualquier esfuerzo valdría la pena.
Comencé a informarme sobre los conservatorios de la Comunidad de Madrid. Menuda fama tenía el Real Conservatorio Superior de Música. Solía aparecer
encabezando la mayoría de listas y en muchos foros recomendaban el centro. También estaban de acuerdo en que era muy difícil acceder a el. Ni me preocupó. El que
algo sea popular no quiere decir que los demás sean peores. Cualquier otra opción estaría bien. Tampoco iba con la mejor de mis expectativas, por lo que decidí tirar a lo
más práctico. El Conservatorio Profesional de Música Amaniel era el que me quedaba más cerca, así que eché la solicitud de acceso al grado medio, en la especialidad de
guitarra. No tuve problemas con las pruebas. Todo lo contrario. Los profesores parecían encantados conmigo.
Con dieciséis años me vi compaginando aquellos estudios de enseñanza obligatoria con estos otros, una situación tan anti-yo-mismo que jamás imaginé. No obstante,
lo llevé bastante bien. Es cierto que muchas de las cosas que impartían en el conservatorio me eran repetitivas. Pero ese pequeño resto que me resultaba nuevo
compensaron demasiado. Me veía por primera vez participando en unas clases, consultando dudas y, sobre todo, apreciando el arte de mis compañeros. Nunca se los
encontré a los de mi instituto porque no compartíamos metas en la vida. De ahí que este otro mundo de aprendizaje se me antojase completamente novedoso para mí.
No iba a ser todo un camino de rosas en un mundo de colorines. Si a mi me consideraban raro fuera de las puertas del conservatorio, no iba a dejar de serlo dentro. El
impacto que pudiera causar no era tanto, porque también estudiaban allí dignos competidores. Había uno que hacía gorgojos y escupía imperativamente cada vez antes
de tocar el clarinete. Otro sólo se atrevía a practicar en el patio porque decía que los pájaros y la naturaleza eran los únicos capaces de inspirarle in situ. Puedo poner
ejemplos y no parar. Parece que la música estaba relacionada con la locura, o el temor, o el miedo. Llamémosle como cada uno quiera. Podría ser que la música sea un
maravilloso vehículo por el que transmitir emociones que de otra forma no nos atrevemos. Esto no lo aprendí en ninguna de las clases, porque el tema psicológico no lo
abarcaban en los planes de estudio. Fue una de esas lecciones de las que hablaba Dani a las que yo, encerrado en mi cuarto con un libro, no hubiese podido llegar. No
tenía motivos para sentirme diferente. Sin embargo el equipo docente se mostraba inquisitorial conmigo. Más bien el profesor de Coro. Le irritaba mi voz. Simplemente
eso. Es verdad que no tengo una voz melodiosa como para interpretar una obra de zarzuela. Pero, ¿Louis Armstrong la tenía? ¿Bob Dylan? ¿Bonnie Tyler? ¿Antony
Hegarty? Para ellos tener una voz rasgada no les supuso un problema. Pobre de ellos si les hubiese tocado un profesor tan cerrado como el mío. Al final iba a ser cierto
que todos tenemos que topar con uno así a lo largo de nuestra vida. ¿Tenía que ser necesariamente en el conservatorio? Si hubiese sido de matemáticas no me hubiese
molestado en hablar con él.
Le expuse los casos de estas voces célebres en persona, cara a cara. Por lo que me dijo, en una forma tan asquerosamente sibarita, entendí que ninguno de ellos estaba
en su colección de discos y que jamás lo estaría. Para cerrar su tan hosca reflexión, se dio el gustazo de compartir conmigo su opinión personal: “espero que tu sueño no
sea el de ser cantante, porque nunca llegarás a nada. O por lo menos a ser un artista respetable. Céntrate en conocer las composiciones de Bach, Michael Nyman o
incluso John Williams. Quizás te ganes la vida trabajando para Spielberg”. Si hasta entonces no me echaba a temblar el zumbido de una tormenta, tampoco lo haría el
criterio demoledor de un especialista. Pero, vaya, que uno tampoco es de piedra. Me llamó la atención que alguien que se dedica profesionalmente a ayudar al alumno a
alcanzar su meta pues… no esté por la labor. O por lo menos con esa declaración me lo dejó claro. No me frustró. Es el juicio de una sola persona. Proseguí con mis
ilusiones como si no me hubiese dicho nada, y no bajé el ritmo de mi esfuerzo en su asignatura. Tal vez ese fuese el motivo por lo que me aprobó, mi empeño, porque
bajo su prisma no tenía ningún otro.
Para cuando cumplí la mayoría de edad por fin me libré de la enseñanza obligatoria. Nadie dudaba de que los aprobados me fueran concedidos de gracia. No le venía
bien a la imagen del instituto mantener a mayores de edad en sus aulas. Para mí, un lastre menos de encima. Esta liberación no quería decir que, a pesar de disponer de
todo el día libre para volcarme en el conservatorio y en mi estilo libre, iba a estar exento de cualquier responsabilidad. El plan de mi madre siempre había sido tener bien
atados a sus hijos. Sus razones se obviaron en el caso de mi hermano.
Cuando Johnny acabó el instituto pensaba echarse a la vida alegre y vivir del cuento en la calle, entre tías y colegas, y volver a casa con la mesa puesta. Ella no quería
tener unos desechos de hijos, tal que así. Llegado ese momento trascendental en la vida, mi madre se sentó a hablar con él con una seriedad pasmosa, como nunca antes.
Le brindó dos posibilidades: o quedarse en casa y seguir disfrutando del servicio de cama, limpieza y tres comidas al día, ¡pero trabajando! O irse a buscar otro nido
donde calentarse los huevos. Era colocarlo en una balanza justiciera y que tomara su primera decisión adulta. Su respuesta ella la sabía, puesto que lo conocía bien y
tenía claro que no iba a renunciar a una pensión completa. Amenazarlo con que se buscara un trabajo era realmente hacerle un favor, ponerle recto y abrirle camino en la
vida. Cuando salieron aquella decisiva noche de la cocina y me lo contó mi hermano entre bufidos de desgana, mi madre apareció tras él, clavó su mirada en mí y sacudió
su dedo índice, que me señalaba a conciencia. Era un modo de decirme que fuera pensando en esa misma diatriba, para ahorrarnos ese mismo paseíllo cuando llegase la
ocasión. Aunque lo cierto es que sabía que conmigo no tenía de qué preocuparse. No soy de protestarle, mucho menos cuando lleva la lógica de su parte. Así que un
mes antes de cumplir los dieciocho empecé a buscar trabajo sin tener que mediar palabra previamente. Qué menos cuando ella había intercedido para que mi padre
pagara mis primeros cursos en el conservatorio, años atrás.
–¡Vas a pagar la matrícula al niño, ¿me estás escuchando?!
Su coletilla del “¿me estás escuchando?” era todo un ceremonial expresivo, como un punto y seguido al término de cada frase.
–¡Pero si eso del conservatorio es un capricho de tu hijo! ¡¿Nunca le ha gustado estudiar y ahora quiere dar por culo?!
En aquel momento mi padre sí que la estaba escuchando. El partido estaba en tiempo de descanso y no quería levantarse del sofá de casa, no sea que le mandara a
recoger el campo de restos de basura que creó alrededor suyo, por una noche que coincidían en casa.
–¡Por una vez que al niño le apetece aprender una carrera no le vas a dar la espalda! ¡Así que hasta que cumpla la mayoría de edad y pueda buscarse un curro, te vas a
hacer cargo de ese gasto, ¿me estás escuchando?!
Mi padre puso los ojos en blanco y negó con la cabeza, sinónimo de ‘qué remedio, no puedo decir que no, que esta mujer me tiene donde quiere’. Ser ama de casa
conlleva un poder grandioso, pues de ella dependemos vivir en un hogar civilizado.
–¡Ya estás tardando en pensar cuántas cervezas vas a tener que quitar de la compra! –gritó mientras recogía las latas esparcidas–. ¡¿Me estás escuchando?!
Mi padre tenía una paciencia admirable.
–¡¡¡Que sííííí!!!
Siendo sinceros, un chico normal de mi barrio, con los estudios básicos recién terminados y sin experiencia tampoco lo tenía tan difícil para encontrar trabajo. En
aquel tiempo había incluso empresas que iban a países sudamericanos a buscar empleados. Se los traían para ocupar esos puestos que los españoles no querían,
concretamente en el sector servicio. A los estudiantes universitarios, por su parte, no les hacía falta cuando se beneficiaban de un sistema boyante de becas. Y para qué
volvérselo a pensar una vez acabada la carrera, si las compañías ingenieras se los rifaban. Mi problema entonces no era la demanda de empleo. Mi problema era yo. No
tenía una planta como para trabajar en El Corte Inglés ni una actitud como para ser promotor. Y aún así eché solicitudes en este tipo de sitios, por si caía la breva. De El
Corte Inglés no me cogieron. Me sentaron junto a 20 personas más en una de sus aulas de formación y nos pusieron sobre la mesa un examen psicotécnico. Contábamos
con diez minutos para intentar completarlo. No llegué a terminar la segunda página. No obstante, sí les interesé a los de Desigual. Seguramente sería por mi pinta
alternativa, como probablemente también cambiarían su sistema de selección a partir de entonces porque no aguanté ni un día. Me quedaba más parado que un tren de
porcelana.
Lo mismo me ocurrió como promotor de UNICEF. Me atreví a repetir experiencia por el objetivo de la empresa. Trabajar para una ONG me despertaba curiosidad y
me tenía motivado. Si a mí me parecía genial la labor que desarrollaban, por qué no los socios en potencia. A pesar de comenzar con esa entrega, luego a pie de calle no
pude mantenerla. Las primeras veces logré adelantar un paso hacia al viandante que creía dispuesto a escucharme. Me equivocaba con ellos y también conmigo. Me
desmoralicé al ver el poco interés que suscitaba un asunto tan serio como el de la solidaridad, y el resto de los días me limité a actuar como el relaciones públicas de un
restaurante chino, a alargar la mano por si tenían la modestia de pararse. Un total desacierto por mi parte, y más en la calle de Preciados, que la gente va y viene como
un reguero de hormigas, casi una encima de otra.
Mi búsqueda de trabajo no se prolongó mucho más, por suerte. Las gotas de sudor en mi frente, provocada por la tensa mirada de mi madre, hablaban por mí cada
vez que regresaba a casa tras cada desenlace laboral. Al poco me llamaron del FAB –“ Fast, American Burguer”–, una conocida multinacional que lo petaba por aquel
entonces. Ya tenía algo de experiencia en las entrevistas grupales, sólo que esa misma tarde pasé a una entrevista individual. De todas las cosas que me preguntó, parece
ser que tuvo más en cuenta mi paciencia y mi voluntad. Ahora bien, no soy de mentir, pero cuando el responsable me hizo hincapié sobre mis cualidades sociales, cómo
me veía trabajando en grupo, me pregunté: “¿qué es lo que diría mi hermano?”. Por un momento me puse en su piel. Solté la lengua, las manos, los brazos y, sin querer,
también alguna expresión chabacana. Eso sí que fue imitarlo al extremo, pero sentí tal impulso de adrenalina que no pude parar. Y le gustó. Al día después me llamaron
para informarme de que podía incorporarme el fin de semana siguiente, ya que mi contrato se limitaba a los ‘findes’, vísperas y festivos para centrarme así en el
conservatorio. No me alegró especialmente. Trabajar en algo que no es mi pasión iba en contra de mis reglas. Aunque otra de mis reglas es ser responsable para con los
demás, y de momento esta era la forma de contribuir económicamente en casa. A partir de entonces mi padre aumentó nuevamente su inversión en el alcohol y mi madre
continuó sacando brillo al fregadero sin torturar el metal con el esparto.
Desde un principio me metieron en las tareas de cocina, que conllevaba un trabajo prácticamente automático. Nos movíamos por las planchas y tostadoras a partir de
una serie de procedimientos de manual: meter panes, sacar panes, meter carne, condimentar panes, sacar carnes y servir. Se podría decir que no era yo quien se
amoldaba a ese trabajo. Era ese trabajo el que se amoldaba a mí. Cuando uno se hacía con esa cadena de producción tan rutinaria al final la costumbre hacia que el cuerpo
trabajase solo mientras la mente podía estar viajando hacia la Cochinchina. De este modo, no tuve ningún problema. La disciplina que tenía en casa la apliqué en el
restaurante. ¿Que si había que reponer los alimentos? Ahí estaba yo. ¿Qué había que bajar al almacén las bandejas vacías de panes? Sin problema. Y si no, yo lo hacía de
motu propio, sin esperar a que nadie me lo mandase. Pasé los dos primeros meses de prueba sin demasiados apuros y me gané el contrato indefinido. Pese a hacer mi
trabajo lo más correcto posible, notaba un ambiente raruno. Me resultaba confusa la frialdad de algunos compañeros, la sequedad, hasta llegar a la bordería. Si al menos
estuviera justificado… No voy por ahí provocando a nadie. Pero sentía que se comportaban conmigo como si tuvieran algo en mi contra.
–Hasta ahora.
Saludé a uno de los encargados, que recién se incorporaba al turno mientras yo entraba a la sala de empleados. Ni desvió la mirada del frente. ¿Pudiera ser que no me
escuchase o no se diera cuenta? La cuestión es que tampoco era la primera vez que le decía algo y no me respondía. Era para pensar si tenía algún problema conmigo.
Marisela regañó la cara por mí.
–Que aproveche, Miguelito.
Me senté a su lado con mi bandeja. Antes de comenzar mi horario me pillé una hamburguesa simple y una de patatas y Sprite pequeños, lo que me correspondía por
las horas de mi jornada.
–Muchas gracias, Marisela.
Marisela estaba viendo la reposición de un capítulo de Friends en la tele hasta acabar su tiempo de descanso.
–Qué bien que hoy trabajas pocas horitas. A mí me quedan aún siete.
–Sergio te ha mandado a descansar muy pronto.
Sergio era precisamente el encargado con el que me acababa de topar.
–Ya. Es bien poco considerado.
–Me he dado cuenta.
–Tú no le hagas caso. Cuando a alguien se le atraviesa…
–¿Le caigo mal?
Se encoge de hombros, aunque sabe la respuesta.
–Algo así.
–¿Qué es lo que he hecho mal?
–No es eso. Si tú eres un buen compañerito– Marisela me dio una palmadita reconfortante, que yo contesté con una sonrisa glotona, llena de camaradería y patatas
fritas.
Fue la compañera más afectuosa que conocí allí dentro. Hacía seis años que llegó de Ecuador con treinta y cinco años para conseguir aquí tres perras que enviarles a
su familia, que para ellos son como tres veces más al cambio.
–Pues tú me dirás.
–Tú trabajas muy bien. Se te ve a gusto trabajando. A él no. Siempre está de nervios. Debe ser por eso.
Marisela no es que se caracterizase por explicarse bien, pero en el fondo creí entender lo que quería decir. No quisiera llegar a ese nivel de amargura que debía tener
Sergio, porque aquel no fue un día aislado. Parecía estar de mal humor siempre. Cuando coincidía en su turno solía enviarme a limpiar el salón. La consideración general
del área de salón entre los empleados era tomárselo como un verdadero castigo. Había que vérselas con lo peor de los clientes, para quienes la modestia de mantener su
casa en orden no se la tomaban cuando comen fuera. Peor aún cuando me tocaba limpiar los aseos y Sergio me apremiaba quitar las gotitas sobre el trono.
Sin embargo, no todo era negativo en el salón. Otra de las particularidades de estar tan céntricos es que veíamos a muchos famosos. Mis compañeras se daban
codazos hasta producir moratones si veían al último cantante o actor de moda. El local estaba en el centro de Madrid, en el meollo de los musicales y donde celebraban
estrenos cinematográficos y eventos deportivos. Me fascinaba ver cómo correteaban a sacarse fotos, más que al famosete en sí. Pero no puedo negar que viví algo
similar la vez que estaba limpiando bandejas sobre el punto de basura y escuché una voz familiar. Era Pablo Alborán, que estaba sentado con unos amigos a un metro de
mí. Admiraba su talento. Admiraba su carrera. Soñaba con vivir algo similar, con ser un gran compositor reconocido. Me dio un sentimiento especial. Él ahí, yo aquí,
sacando los restos de ketchup. Se me pasó fugazmente por la cabeza la imagen de El Príncipe y El Mendigo, la novela de Mark Twain. Pero no me inquieté. Sabía que
algún día llegaría mi momento. Sólo hace falta querer para poder. Y yo quería mucho.
Como la nómina del personal de equipo dependía del número mensual de horas trabajadas, teníamos que esperar al mes siguiente para que nos llegase la recompensa.
Pero el sueldo igual que venía, se iba. Los cerca de trescientos euros se los entregaba enteramente a mi madre para la casa. No me dolía. Los gastos para el conservatorio
los obtenía de otra parte, a través de la propia música. Era una envidia estúpida ver cómo los músicos se ganaban la vida como tal, cuando yo también podía. No sé por
qué no se me había ocurrido antes. A lo mejor porque ni mi talento ni mi consciencia no estaban aún preparados. Pero a aquellas alturas del cuento decidí ir ganándome
las monedas como músico callejero, si entendemos por callejeros los pasillos del Metro. ¿Por qué bajo territorio subterráneo y no al aire libre, donde probablemente
captaría a más gente? ¿Por la acústica? ¿Por la climatización? Ninguna de esas cosas las tuve en cuenta, sólo la poética. Me animaba la idea de poder dar un toque de
color a un lugar tan frío y lúgubre como aquel. Sí, era una zona de paso donde la muchedumbre iba y venía sin fijarse en si había alguien tocando a su lado. Igualmente la
música suele acompañarnos de fondo en la rutina, en el coche, en el supermercado. Es la manera en que se va creando la banda sonora de nuestra vida, y no había nada
más que me hinchara de satisfacción que ser partícipe.
No me fui muy lejos en mi primera vez. Me coloqué en la planta baja del metro de Lavapiés. Estaba algo nervioso. Pero esta actitud tan inusual en mí estaba
justificada. Se trataba de mi primera audición en público. No era un teatro ni un estadio, por supuesto. No obstante aquel público tampoco era mi familia o los chicos
del conservatorio solamente. Iba a ser gente que no me conocía de nada, pero que iba a conocerme a partir de mi música, de aquello que quería convertir en mi mejor seña
de identidad. Así que lo que pudiera salir de allí iba a ser muy importante para mí… Ni un euro durante las primeras horas. Las siguientes vendrían acompañadas de unas
pocas monedas, sobre todo por parte de la gente que sí me conocía. Un lugar erróneo, desde luego. Seguramente lo harían porque era el hijo de Juan y Felisa. Y por
compasión no toco. Así que lo que hice fue probar en otras estaciones, como en Puerta de Toledo o Tirso de Molina. Corrí peor suerte, porque al estar algo más alejado
de mi barrio la caridad era menor. Menos les iba a importar a los desconocidos lo que yo pintase allí. Esto me sirvió para afinar todavía más mi ubicación y fui
consecuente con las estaciones más adecuadas.
Elaboré un estudio, con un plano delante, y fui redondeando con el boli las paradas más idóneas. Las que fueran más céntricas, las que tuvieran más estaciones de
trasbordo, las que tuvieran más espacio y escaleras mecánicas. Después del filtro las visité y algunas estaban ya pilladas por otros músicos –ante todo, respeto por los
colegas–. Tras tan pormenorizado análisis concluí que la estación de Príncipe de Vergara era la más apropiada. En ella confluían las líneas dos y nueve y estaba a tan
sólo tres kilómetros del centro. La suerte volvía a estar echada. Empecé a tocar y cantar. Por delante de mí pasaba tanta gente que en las primeras ocasiones me salía un
hilillo de voz. Poco a poco fui ganando confianza y cuando observaba que a algunos les llamaba la atención, más fuerza vital emanaba de mis canciones. Para mí fue más
importante que el que dejasen monedas sobre mi sombrero de lana. Captar su curiosidad, atraerles con mi obra. Es el fin de todo artista, y lo estaba consiguiendo. No lo
suficiente para pagarme la matrícula, eso sí. Empecé el verano tocando con la idea de reunir lo justo para ese gasto, y aunque esperé hasta el último día de matriculación,
tuve que pedir el resto a mi madre. No me puso trabas. Pensó que me lo había ganado. Si fuera mi hermano otro gallo cantaría, pero aquel gesto me decía que estaba
orgullosa de mí.
A pesar de no cumplir con mis expectativas económicas, continué en Príncipe de Vergara. Había visto que otros músicos utilizaban amplificadores y un micrófono.
Quizás eso me diera el empujón que necesitaba, aunque me llevó otros meses ganar lo suyo. Fue una estupenda inversión. Obtuve una mayor recaudación a partir de
entonces. Tampoco era como para tirar cohetes, aunque supuso un cambio en mi estado de ánimo. Tenía la moral tan alta que compuse nuevas canciones, las cuales uní
a mis versiones de Eric Clapton, Mark Knopfler, Joaquín Sabina, The Beatles, Antonio Orozco, Nirvana… No se puede negar que tenía un repertorio bastante
diversificado. Pero hacían una masa compacta a la hora de inspirarme. Cualquier cosa me servía para componer. Parecerá absurdo, pero hasta una piedra me valía. ¡La de
cosas que podría contar una piedra! Sí, sí, suena a chiste, pero algo tan insignificante habrá estado presente en momentos significativos, relaciones forjadas,
desencuentros, estampas violentas, circunstancias que narran historias apasionantes. Todos los temas eran mis canciones, y cantaba a todo lo que mereciera la pena, a la
alegría, a la pena, a la soledad, a los sueños, a la naturaleza… Incluso a la propia estación de metro, una recta escondida del sol donde las almas llevan prisa pero al
mismo tiempo se detienen a pensar en su existencia, en cada parada, en cada espera. “Qué va a ser de mí”.
Nunca abandoné del todo Príncipe de Vergara –a veces volvía al lugar donde sentí nacer un artista de masas–. Sin embargo necesitaba encontrar otro tipo de público.
La estación estaba en un barrio de postín, donde tal vez a sus gentes no le llegasen mis mensajes, aunque lo pagasen bien. Buscaba ahora un ambiente con mayores
afecciones, que necesitase realmente apoyarse en la música y sentirse reflejado. Paré en Moncloa, allí donde convergían estudiantes, enfermos, obreros y personas que
estaban de paso hacia el intercambiador de autobuses u hospitales cercanos. Nunca hablé con ellos pero encontrarme con sus rostros me aportó más que yo a ellos.
Durante el camino a casa no paraba de darle vueltas a aquello que en mi cuarto plasmaba sobre hojas en blanco: ancianos que acuden sin miedo a la cita con su sentencia,
emigrantes que sudan por su bienestar, chavales para los que el amor idealizado es su asignatura preferente. Todos contaban algo sin decir nada. Hubo un punto en que
me permití ser egoísta y querer sólo conocer a los universitarios. Imagino que sería una atracción natural.
Necesitaba acercarme a los de mi edad, hallar afinidades. Sería sencillo conectar con ellos y ellos conmigo. Coincidiendo con el inicio del curso viajé una parada más,
hasta Ciudad Universitaria, que conecta con la Universidad Complutense de Madrid. Lo primero y más notorio que vi fueron las risitas de las chicas, que ralentizaban el
paso sin disimulo al pasar por delante de mí y de mi guitarra. Los chavales tampoco me dieron de lado, especialmente cuando interpretaba canciones que les eran
populares. No eran del todo tan modernas, que es lo que más me fascinaba. Me sentí bastante a gusto. Por fin había dado con mi público, después de haber
experimentado con lo general hasta descubrir lo concreto. No quiero decir que me hubiese convertido de la noche a la mañana en el ídolo callejero. No siempre se paraban
a escucharme. Los que iban, iban con prisa. Los que venían, iban despacio. De cualquier forma no eran la clase pudiente como para echarme unas monedas. Aunque para
esa época ya no lo hacía tanto por dinero. Cantando en el metro había conseguido en un año lo suficiente como para pagarme el conservatorio. Pero nunca como hasta
entonces iba con tanta ilusión, cada vez que tomaba el metro hacia Ciudad Universitaria. Abría mi asiento del Tiger, subía el pie de micrófono, conectaba el micrófono al
amplificador, el amplificador a la guitarra y comenzaba a cantar mientras los estudiantes entraban y salían como cada día. Algunos aplaudían o vitoreaban, a veces con
sorna, y regresaban entrando en la estación como aquella chica de falda floreada, camiseta fresca, cabello suelto… Se me olvidó la letra. Paré de cantar. Mi mirada no
pudo apartarse de ella.
De Ella.
Capítulo 2
El amor. Hasta entonces nunca lo había considerado. Perdón, miento. Para mis canciones sí, por supuesto. Nadie que le de la espalda al amor podrá entender siquiera
la música. Son dos cosas totalmente ligadas. Cada melodía existe porque su autor la ha creado atado a sus sentimientos y el que la escucha, la canta o la baila lo hace
porque siente lo mismo. Pero ahora no me estoy refiriendo a eso. Hablo de un amor más determinado, de esos que no sólo empujan a escribir canciones, sino también a
golpearte contra una farola, a que se te queme la comida, a confundirte de nombre cuando llamas a alguien porque sólo puedes pensar en esa persona. A esa a la que
amas. Entendí que algo así existía desde el otro lado de la valla, como espectador. Veía cómo le ocurría a la gente a mi alrededor. También por las películas, los libros, las
conversaciones ajenas en el autobús. Era capaz de asimilarlo en los demás pero no en mí. Quizás por mi cuestionamiento de la sociedad, por no abrirme a ella, por ir de
mi casa al colegio y del colegio a mi casa.
En mi caso no le daba demasiada importancia. Si tiene que pasar, que pase. Si no, pues no. Recuerdo que en aquellas edades del pavo mis compañeros de clase no
valoraban suficientemente el amor. “Quiero tener un novio para que me lleve a cenar, al cine y a la cama”. En el caso de los chicos era más bien para alardear con los
amigotes y tenerlas bien contentas para conseguir sexo, sexo y sexo. Por un lado observaba que enamorarse puede ser maravilloso. Luego veía esta otra cara de la
moneda, en la que todo parecía superficial y egoísta. Además, en casa no tenía el mejor ejemplo. Mi familia era el espejo de todos esos inconvenientes. Si el amor tenía
dos caminos y una de sus desembocaduras era un océano de impurezas, prefería mantenerme al margen.
Todo cambió aquel martes, dos de octubre. Rondarían las seis de la tarde. Un día cualquiera estaría enfrascado en las clases del conservatorio. Pero aquella jornada se
la tomaron los profesores de huelga y yo aproveché para descansar un poco más por la mañana. Dejé la actuación para la tarde, una franja desconocida para mí en esa
época del año. Hacía pocas semanas que el curso académico había comenzado y eso se notaba en el metro. Los estudiantes estaban pletóricos. Recuerdo que a finales del
curso anterior, cuando empecé a tocar en aquella estación, se paraban a escucharme, sí. Pero con menos ganas y menos tiempo. Ahora se les veía con las pilas
recargadas, risueños, confiados. Su optimismo puesto en el nuevo curso, sobre todo por parte de los universitarios primerizos, me contagiaba. Mi repertorio se llenaba
de canciones alegres, potentes, de esas que hacen sentirse seguro a uno mismo. No sé si se puede llamar casualidad a que en aquel momento, el momento en que mi
mundo cambió, interpretase We Change The World , de Bridgit Mendler. Me encantan los mensajes positivos y, a pesar de que no era la primera vez que la tocaba en
aquella estación, los viajeros siempre aceptaban la canción de buen grado. La diferencia en aquella ocasión es que jamás la terminaría.
Tuve un impulso extraño. Extraño porque nunca me había ocurrido. Mi voz se paró. El tiempo, también, justo en el instante en que vi su rostro. Por muchos años
que hayan pasado todavía la puedo recordar al detalle. Cómo iba, qué llevaba, cómo vestía, cómo se mecían sus cabellos casi lacios al ritmo que bajaba los escalones. Su
pelo era castaño, tirando a oscuro. Sus ojos, tan verdes como la más dulce de las limas. Era delgada, pero no demasiado. No llegaría al metro setenta, aunque me impuso
igual. Como sus labios, algo carnosos. Y muy rojos. Destacaban mucho porque tenía la tez muy blanca. De su hombro colgaba un bolso que parecía cargado, como el
estampado también floreado de su calzado tipo casual. No llevaba pendientes, ni piercings, ni colgantes. Vamos, que se la veía una chica muy sencilla. Y aún así… No sé
qué me pasó, qué me pudo alterar de Ella. Mi mirada no podía dejar de seguirla. Fue como si no respondiera a mis órdenes, como si se independizara de mi mente, de mi
razón y tomara las riendas de su propio control. Siete segundos pasaron desde que la vi entrar hasta que desapareció, tomando el desvío hacia el andén dos. Pasaron por
lo menos otros tres segundos para que el resto de la estación volviese a aparecer en mi retina, como si se hubiese despejado una fascinante niebla. Me quedé paralizado
antes y continuaba paralizado después. No tuve reflejos suficientes para volver a cantar, por lo que recogí mis cosas y me fui de allí.
En el metro de vuelta a Lavapiés pasaban los minutos y mi mente seguía en una especie de shock. Me pudo la impresión de una actitud absurda por mi parte. Nunca
me había ocurrido. Rebasaba lo lógico de mi naturaleza. Cómo me iba a cegar por una chica, de esta forma, tan de repente, sin haberla visto antes, sin conocerla primero.
¿Flechazo? Había escuchado algo de eso, pero hasta ese momento consideraba de locos el amor a primera vista. El científico Eduard Punset lo puntualizaba como el
inicio brusco, repentino y perturbador del enamoramiento. Sí, busqué información nada más llegar a casa. Necesitaba saber el por qué de mi comportamiento. Por
muchas respuestas acreditadas que me encontrase, no podía darle sensatez. ¿Cómo un completo desconocido puede encoger el corazón a otra persona? No lo supe
entonces y tampoco ahora. Será que hay maravillas en la vida que son inexplicables, y por muy inexplicables que sean es una bendita suerte que no todo el mundo
experimenta.
¿Podría sentirme afortunado? Es una sensación pletórica, desde luego. Pero en aquel momento no lo tuve claro. Pensé que podría tratarse de otra cosa. A lo mejor
aquella chica fue mi madre en mi otra vida u otras explicaciones del ‘karma’. Yo qué sé. Andaba muy escéptico. Lo que sí fue cierto es que desde ese instante ya no fui
el mismo. O fui el mismo pero más concentrado. Quiero decir que, por ejemplo, si antes en mi casa era como un fantasma, que a lo mejor estaba pero nadie me sentía,
después es que ni eso. Estaba tan pasmado los días siguientes que no llegaba ni a saludar.
Este acto de cortesía era lo único que podía definir la relación con mi familia. Cada uno iba a lo suyo. Mi madre sí me solía preguntar por cómo me iba el colegio y
posteriormente el conservatorio y el trabajo. Poco más, pero porque sabía que en mi vida no había nada más. Con mi padre, bueno, con saber que seguía vivo pienso que
le bastaba. Y con mi hermano, creo que esto va a merecer una mención aparte. Lo que quiero decir es que a ninguno de ellos les asqueaba que no les dijese nada, ni al
levantarme ni al acostarme. La verdad es que lo prefería. No quería que nadie se diese cuenta de que algo raro me pasaba y acabasen por preguntarme. La cruz la iba a
tener con Dani. Nota cualquier cosa al vuelo y es de las que insisten en sacar toda la información que pueda. Unos lo llaman preocupación por la gente que quieres,
otros lo llaman ser pesado. Por eso mismo traté de evitarla. Le decía que andaba muy ocupado, que las jornadas en el restaurante habían sido muy agotadoras y
necesitaba descanso, que estaba en un momento inspiracional muy alto y no podía distraerme de las composiciones. En fin, que no tenía ganas de dar explicaciones,
especialmente porque no sabía a qué me enfrentaba.
Por supuesto, al día siguiente estaba de nuevo en la estación de Ciudad Universitaria, a la misma hora, en el mismo sitio. Me salté las clases del conservatorio, que se
retomaron tras la huelga. Pero me daba igual. Ardía en deseos por volver a verla, más que nada para ponerme a prueba y averiguar si sería capaz de volverme a quedar en
blanco. Tal vez así sacase algo en claro de qué es lo que me había pasado. Fijé la vista en todas partes, como escaneando todo lo que sucedía en aquel vestíbulo
intermedio, justo antes de bajar a los túneles. Pero nada. No apareció. Volví a casa con una frustración inmensa. “Pero, ¿por qué me siento así?”, me preguntaba una y
otra vez. A las seis de la tarde siguiente planté otra vez a los profesores y volvía a estar tocando en el metro. No hubiera sido mejor cumplir con las clases porque de
haber ido estaría como ausente, con la cabeza en esta otra parte de Madrid. Sin embargo, seguí sin verla. Aunque mi ansiedad parecía ir menguando conforme pasaban
los días –dicen que el tiempo todo lo cura–, no quería parar hasta conseguir mi objetivo.
Por lo menos el tercer día era viernes y no tenía clase. De acumularse las faltas más reprimendas me tocarían soportar de uno y otro profesor. Pero no era el único en
esa situación, la de un estudiante que tiene libre un viernes por la tarde. El metro estaba prácticamente vacío. Podía oír hasta el eco de mi guitarra al sonar. Era algo
tétrico. Me gusta la soledad, pero no cuando estoy dispuesto a tocar para un público. No tenía sentido que hubiese un músico, allí, a esa hora. Y aunque yo tenía mi
motivo, el mismo que me perseguía desde hacía tres días, me rendí ante la obviedad de que si no la había visto pasar antes mucho menos en una tarde tan solitaria.
Renuncié a interpretar los últimos siete temas del repertorio –suelo organizarme un día antes, según la estación, la época, el público–. Además, estaba empezando a
tener frío. Esa corriente húmeda que golpea a través de los túneles me iba a dejar enfermo. Comencé a recoger mis cosas cuando escucho tras de mí unos pasos. Ni
importancia le di. No eran los primeros del día, por supuesto. Pero al darme la vuelta para desconectar el micrófono del amplificador la vi. O me pareció que era. No me
quedaría con la intriga después de todo.
Solté sin pensarlo lo que tenía en las manos y la seguí escaleras abajo, bajo un sonido aborrecible de un micro que se estampaba contra el suelo. Aligeré los pies, pero
Ella no llevaba un ritmo menor que el mío. Desde aquellas interminables escaleras mecánicas se oía el tren aún colocado en el andén, a punto de irse en cualquier
momento. Justo torció la esquina y volvió a esfumarse de mi espectro. Escuché el pitido que anunciaba el cierre de las puertas. Apreté el paso y llegué justo para
contemplar al vagón cerrándose. Sin embargo, el esfuerzo mereció la pena. La tenía frente a frente. Ella se dio la vuelta sobre el barandal del que se agarró y me dio la
espalda. Pero vi su rostro, reflejado en la ventana. Se sacó un reproductor del bolsillo. Ni sé qué modelo era. Únicamente era capaz de detener la mirada sobre su
preciosa cara, que se quedó regalándome mis ojos varios minutos, el tiempo que tardé en reaccionar. Para entonces Ella se había apeado. El tren habría pasado por tres o
cuatro estaciones y mi alma, tres o cuatro cielos. El entusiasmo del que disfruté pasó poco después a una situación problemática. Me acordé de que había dejado mis
instrumentos solos ante el peligro de un vestíbulo público. Al llegar encontré con que no me encontré el amplificador. Y todavía me alegré. Por lo menos allí seguía mi
guitarra. Podrán quitarme un amasijo de chips y cables inertes, pero jamás tan admirable pieza nacida para el arte a la que le debo mucho. Suspiré, y con las manos aún
temblorosas por todo lo que había pasado, recogí lo que quedaba, incluso el dinero que había ganado esa tarde –al mangante no le hubiese llegado para pagarse el billete–.
Si en mi casa nunca había estado tan abstraído días atrás, los días siguientes conocieron mi lado opuesto. No recuerdo si acabé con un dolor de mejillas porque tuve la
sonrisa pegada a la boca. Hablaba con más brío, con más ganas. Durante la comida mi madre y mi hermano me preguntaron qué es lo que me pasaba. Me daba igual que
diesen el coñazo. Respondía con una sonrisa aún más amplia porque me acordaba del por qué. De habérselo explicado, no creo que llegaran a entenderlo. En el trabajo
estuve más hablador de lo normal, es decir, ya no contestaba sólo con monosílabos. No entraba al trapo de las conversaciones con mis compañeros, puesto que nunca
tuve que opinar sobre fútbol o chismorreos laborales. Pero ese fin de semana supieron de mí que llevaba viviendo en Madrid toda la vida y que tocaba la guitarra. Esos
días de adrenalina fueron bastante productivos. Compuse y compuse. Canté y canté. Todo iba sobre lo mismo, el amor. Ahora lo entendía. No hay nada mejor que
vivirlo para expresarlo. Aunque hubiese sido más acertado llamar a aquello amor ciego, porque aunque la hubiese visto dos veces, no la conocía. Nunca hemos hablado.
¡Ni Ella sabía que yo existía! ¿Sería capaz de hacer que eso cambiase? Jamás había dudado de mí mismo hasta que me hice esa pregunta.
El lunes siguiente volví a las clases. No podía dejarlas de lado. No me equivoqué en que recibiría alguna bronca, ni tampoco que tendría la mente volando libre. Pero el
martes, sí que sí. No dudé en volver una semana después de que Ella bajase las escaleras de mi corazón. Si un martes por la tarde estaba en la universidad, ¿por qué no
otro martes cualquiera? Era el momento con más probabilidades, ya que tampoco nunca la había visto durante la mañana. No fallaron mis cálculos. Ahí estaba. Y el
viernes. Y el martes. Y el viernes. Y el martes. Era una chica bastante puntual, otra cosa a tener en cuenta. Transcurrieron así tres semanas que se me pasaron como tres
días, a pesar de que se me hacía largo el tiempo que no la veía. Siempre iba con ese bolso canelo y vestida a la moda, pero manteniendo su sencillez. Y con cierta prisa.
Bueno, como casi todos los viajeros del metro. Aprendí a no bloquearme y parar de cantar cada vez que se me aparecía por delante. Las primeras veces la letra se me
quedaba colgando. Pero logré mantenerla aún costándome integrarme al ritmo. Después ya cantaba hasta rápido de la emoción que me entraba en tan bellísimos
momentos. Pero, ¿qué tenían de bellos si no ocurría nada? Para todos los demás que estaban presentes en la estación, durante diez segundos, dos veces por semana, era
un rato que su memoria olvidarían para siempre. Para mí era lo suficiente como para levantarme cada mañana y abrir la ventana. Tan simple como eso. Me sentía muy a
gusto así. No necesitaba nada más. Bueno, sí, continuar escapando de Dani.
Ya llevábamos mucho tiempo sin vernos y las excusas no llegaban al nivel de excusas. Era de cajón que se oliese algo, y casi me obligó a quedar una tarde en que yo
tenía pensado hacer… ¿infinidad de fotocopias?
–¿Me vas a contar de una puñetera vez qué es lo que te pasa, tío?
Dani nunca se anda con rodeos ni galanterías.
–¿Qué me va a pasar? Nada. Mi vida sigue igual– dije encogiéndome de hombros.
–Ya. Sí. Sabes de sobra que a mí no me puedes mentir. Hay algo nuevo en tu cabecita.
Traté de conservarme imperturbable, cosa que no sé por qué lo hago porque con ella siempre es inútil. Su arma infalible es clavar sus ojos en los míos. No hay cosa
que me intimide más que eso. Lo que provoca es algo similar a meterme el brazo por la boca y rebuscar en mi cerebro hasta tirar de la respuesta.
–Puede ser– claudiqué.
–¿Y cómo se llama?
–¿El qué? ¿Lo que tengo en la cabeza?
–No. Bueno, sí. Da igual, es lo mismo. Me refiero al nombre de quien te gusta.
Yo arqueé la ceja
–¿Cómo sabes…?
–Chico, esas cosas se cogen al vuelo. Aunque no sé cómo me permití dudar unos días, porque siempre te he considerado un tío enamoradizo.
–¿Enamoradizo? ¿Yo?
Esa conclusión sí que me pilló desprevenido.
–Claro. No haces más que cantarle a la vida, a los pájaros, a los mares, a las flores. Eres muy sensible. ¿Qué es? ¿Chico? ¿Chica?…
–¿Qué? No, no. Chica.
–Vale. Es que en esto has sido siempre tan hermético que, no sé… ¿Es alguna ‘compi’ del conservatorio?
–No.
–Acaba de entrar gente nueva en tu curro.
–No, que va.
–¿Entonces?
–La conocí en el metro.
–Tú, ¿haciendo amistades por ahí? No puede ser.
–A ver, no es que la conozca. La veo. Y… Ya está.
Hablar de algo tan íntimo, como aquella primera vez, no fue tan demoledor como yo imaginaba. Tampoco todo lo contrario. No hablé más de lo que vi y de cierta
punzada que sentí. Palabras añadidas, retales del maremagnum que llevé experimentando. Dani me entendió, y eso que no es alguien que se la conozca por su
romanticismo. Es una negada al amor, pero por los hombres. “El destino no fue benévolo conmigo y no me hizo bollera”. No tiene buena concepción del género, más
que nada porque vio en su padre una generalización –desastrosa, muy desastrosa– de un hombre. Dani se aferró en su niñez a ver amores de cuento y pociones mágicas,
aceptando finalmente que no eran más que sexo, drogas y alcohol. Piensa que en películas y revistas todo está idealizado por el hombre, y si no, por mujeres que se
dejan engañar. Mi caso es bien distinto, o al menos así lo considera, que como yo soy el eslabón perdido de la especie, augura que cualquier relación que tenga será la
rectificación natural de Adán y Eva. Se le va un poco la cabeza, eso sí es verdad. No obstante, me mostró su apoyo incondicional en esto.
No le pareció bien que yo tomara una actitud tan pasiva. Dani me insistió en que no me quedase parado, que no construyese puras fantasías desde un vestíbulo de
metro y que entrara en acción, que la conquistara. ¿Conquistarla? Me estremecí de pensarlo. Pero estaba en lo cierto. No dijo que me acercara directamente a preguntarle
por su número de teléfono ni nada de eso. Igual que ella sabe de qué es capaz, también sabe de lo que yo no sería. Así que me aconsejó una alternativa totalmente hecha
a mi medida. Una excelente forma de querer llamar su atención sería la de escoger canciones pretenciosas para mi repertorio y que coincidiesen a la hora en Ella que solía
pasar. Me rompí la cabeza, busqué listas aquí y allá, llené el suelo de mi cuarto de carpetos, porque a pesar de tener miles y miles de canciones que podrían resultar
adecuadas, quería ser meticuloso. More Than Words , Angels, You Are Beautiful o When A Man Loves A Woman sonaron entonces en Ciudad Universitaria. Nada. Ella
no se paraba. Quizás es que no supiera inglés. Probé con No Me Doy Por Vencido, Y Si Fuera Ella, Entra En Mi Vida, Sin Miedo A Nada… Tampoco. No me quedaba
otra que sacar la artillería pesada: Unchained Melody, My Heart Will Go On , I Will Always Love You , Oh Pretty Woman… ¡Oh Pretty Woman! ¡Ni con esa! Ante esta
desazón, el siguiente punto del plan de Dani fue que andara detrás de Ella, que la siguiera, que recabara datos de su vida, saber dónde anda, de dónde viene, con quiénes
para… Se trataba de hacerse una idea sobre sus gustos. Aquello era de psicópata acosador. Pero, ¿había otra cosa mejor? No vestí sombrero ni gabardina, pero sí tenía
guardada mi guitarra para ganar tiempo justo antes de la hora en que solía aparecer.
Y así me encontré yo, dando vueltas en el vestíbulo de siempre, haciendo como que estaba indeciso por entrar al kiosko a por golosinas. Una situación absurda en la
que me metí por razones surrealistas. ¡Ahí estaba!, bajando nuevamente las escaleras. ¡Qué guapa que estaba! No podía seguir quieto recreándome. Sacudí los pies y fui
tras Ella, esquivando el trasiego de un martes más lleno de viajeros de lo habitual. No obstante Ella no parecía tener prisa. No se escuchaba que hubiese llegado el tren,
así que optó por dejar que las escaleras mecánicas hicieran su trabajo sin moverse del escalón. Más tiempo para mí, para ver cómo se echaba para atrás su cabello con la
mano, siete personas por delante. Torció la esquina en el momento preciso en que llegaba el tren. Malo. La gente arrancó como en desbandada y me vi con el paso
bloqueado. Podía perderla de vista, y así fue cuando salí al andén. Las puertas ya estaban abiertas y seguramente había entrado ya. Tuve un momento de bloqueo
mental. ¿Qué hago? La busqué con la mirada a través de las ventanas. No la veía por ningún sitio. Sonó el pitido de aviso. ¿Qué hago? Entré. La capucha de mi jersey
casi se me engancha en la puerta al cerrarse. Me giré a ambos lados. Seguía sin encontrarla. El tren arrancó. Podría tener el tiempo contado. Quién me decía que tal vez se
bajara en la próxima estación y perdiese así su rastro. Recorrí enseguida el largo de los vagones, mirando todas las caras que se encontraban a mi paso. Mi corazón latía
más deprisa de lo que caminaban mis pies. A cuatro metros de distancia la vi, sentada, entretenida con su reproductor. Estupenda la suerte que me dejó un asiento libre
frente a Ella.
No podía creerlo. Tan cerca… Podía tocarla si alargase el brazo, podía escuchar cualquiera de sus movimientos, podía muchas cosas. Contemplé embobado cómo se
guardaba el reproductor en su bolsillo y abría su bolso canelo. De el sacó una carpeta que se intuía de color rojo. Se intuía porque prácticamente estaba empapelada con
fotos y recortes de Justin Bieber. Vaya. Me la he imaginado de todas formas –esas cosas que se suelen hacer cuando uno está aburrido y con el corazón perdido–, pero
no me la había imaginado gritando como una posesa en la cola de un concierto. De la carpeta sacó a su vez unas hojas. A trasluz pude leer que se trataban de unos
apuntes impresos de ‘Información audiovisual, Multimedia y Educación’. Periodismo, supuse. Gran dato. Quedaban descartadas las carreras de ciencias, que es lo que
dominan en el Campus de donde veníamos. Me sentí en ese momento contentísimo. No por nada. Si no por saber algo tan importante de su vida. Ojeó esos folios y los
volvió a guardar. Luego miró los paneles informativos del vagón, a su izquierda, a su derecha, a la oscuridad del túnel. No hizo nada distinto de cualquier otro viajero en
su tiempo muerto. Seguramente también estaría pensando en algo, por su mirada vaga. ¿En qué? Demasiado privilegio saberlo.
Por un momento, por un fugaz momento, me miró. Mi corazón se detuvo en ese instante, muriendo de la expectación. ¿Sería capaz de hablar conmigo, aunque sea
para preguntarme la hora? Me sorprendí a mí mismo sonriéndola. Era mi subconsciente, que actuó por mí, buscando lo mismo por su parte. Pero su mirada, tal y como
vino, se fue. Me miró como si formara parte del mobiliario, indigno de prestar atención. Traté de no desmoralizarme. ¿Cómo iba a haber un cruce de miradas si ni
siquiera soy resultón? Hasta ahora vivía al margen por mi atractivo indiferente. Se levantó cuando el tren ralentizaba su marcha. No sé ni cuántas paradas habíamos
pasado, pero aquella debía ser la suya. Bajó y desapareció entre la corriente de transeúntes. Busqué del andén los carteles de esa estación. Avenida de América. Una
información bastante imprecisa como para pensar que vivía en esa zona, ya que es un intercambiador de buses y tres líneas más de metro. Sin embargo en unos minutos
pude perfilarla más que en unas semanas. Suficiente por el momento.
¿Cómo podía utilizar toda esa información a mi favor? Tuve unos días de margen hasta la próxima vez que la fuese a ver. Decidí finalmente volver a apostar por el
poder musical. De este modo me aprendí la letra, absorbí el estilo y me adapté al ritmo. Porque a la semana siguiente estaba en el metro cantando Baby de Justin Bieber.
En acústico, claro, haciendo una versión personal. No sé si sería esa falta de fidelidad al original por lo que tampoco pude captar su atención. Como cada vez, pasó de
largo sin mirar. También es que se lo puse difícil, porque ahí concentré a todas las chavalas alrededor de mí, tapándome de la multitud, mientras escuchaban
ensimismadas. Junto a las monedas me tiraban sus números de teléfono, que no les saqué más provecho que anotar en ellos alguna cosa cuando me sentía inspirado de
vuelta a casa.
Cuando llegué, esa misma noche, encontré una estampa poco habitual. En el salón estaban mi madre y mi hermano compartiendo sofá, frente al televisor. Me extrañó
porque a esas horas mi madre tendría que estar cuidando de sus señoras mayores y, en el caso de mi hermano, porque en su cuarto tiene una pantalla de plasma que a
cualquiera asombra.
–¿Qué hacéis aquí?
–El hijo menor de Doña Carmen, que regresó de Uruguay y se le ha antojado quedarse con ella. Como está más allá que para acá, ese seguro que viene a jugar al ‘Rasca
y Gana’, a ver qué saca de la vieja.
Mi hermano ni caso me hizo. Estaba más concentrado en la televisión. Ambos veían Supervivientes, un concurso que encerraba a personas en una selva durante
meses. Quizás sea el único tema de conversación entre los dos, ese o cualquier reality show que emitiesen. Durante la comida no hablaban de otra cosa, y a la vista
estaba de que los mantenía unidos, por eso imaginé que Johnny renunció a la alta definición de su cuarto por ganarse a una comentarista de pro a su lado.
–¡Joder con la Jessi! Le acaba de pegar dos gritos a la Susana por esconder unos cocos. La ha dejado finita, finita.
–Así está de no comer nada, que parece el palo de una fregona. Al final se le va a ver más esas tetas de silicona que la cara.
–Pues menudas peras. A esas no les iba a dejar ni el rabito. ¡Ñam, ñam!
Johnny es bastante expresivo, tanto que duele. Para él la poética es que le salgan rimas con alguna parte del cuerpo femenino. Y no hablo de los dedos de las manos o
del color de los ojos. Se me sale un suspiro con cada una de sus barbaridades, pensando que con él el arte del amor se va por el desagüe. Hay veces que me río porque al
fin y al cabo tiene un punto de ingenio imposible de obviar. Pero es por eso, por nuestra abismal diferencia en la concepción de la vida, por lo que no nos llevamos muy
bien. Nuestra relación ha sido como la que pueden tener otros hermanos. Lo que pasa es que nuestras peleas de niños se han mantenido en el tiempo. Johnny siguió
siendo un abusón y un chinchoso que disfruta atacando en los puntos débiles. Trato de no hacerle mucho caso porque no hay mejor arma que la indiferencia. Sin
embargo llega a ser desesperante porque no sabe cuándo debe parar. A pesar de todo este discurso en su contra, en el fondo me gusta. No es mala persona, porque es
leal y amigo de sus amigos. Está en los momentos de cachondeo pero también en los malos. Es una cualidad que muy poca gente tiene, y por eso no lo he mandado a
tomar viento.
–¿Vas a comer algo?– preguntó mi madre al ver adentrarme por el pasillo.
–No. Más tarde.
–¿No vas a madrugar mañana para ir a tocar al metro?
–Hace tiempo que dejé de ir… tan temprano.
–¡Ah! Perfecto. Así acompañas a tu hermano al banco. Le dejé encargado pagar la comunidad. Se me pasó que mañana es el último día para hacer el ingreso y yo no
puedo. Llevo un mes esperando para el médico de cabecera. Y con la seguridad social sabes cuando entras pero no cuando sales.
Solté un inevitable bufido de “no, por favor”.
–Venga, hermanito –Johnny aprovechó la pausa televisiva para levantarse y, de camino al pasillo, darme una palmada–. Así pasamos un ratejo juntos y nos ponemos
al día. Voy a ver a Pá a mi cuarto, a ver cómo me está tratando el pantallaco.
Con mi hermano fuera de escena, me permití ser sincero.
–¿Es necesario que vaya? ¿No puede ir solo?
–Ese es el problema. No me fío de él y de ti sí. No hay más que hablar, ¿me estás escuchando?
Mi madre es de dar pocas explicaciones porque con una sola frase deja todo aclarado. Y es tan contundente que replicarle es pérdida de tiempo.
Al día siguiente madrugamos mi hermano y yo. Mejor dicho, me faltó una palanca para sacar a mi hermano de la cama. Teníamos que ir temprano para que no nos
pillase la cola, puesto que además los pagos domicialiados sólo los permiten hasta las diez y media. Como mi madre me pidió, no quité ojo al sobre que le había
entregado hasta que depositarlo en el banco. Johnny trató de tentarme con gastarnos el dinero al Bershka, a las máquinas recreativas, a las casas de apuestas y en mil
alternativas más. Aunque me hubiese propuesto algo que de verdad me interesase, tampoco lo vería bien. Salió del banco frustrado, porque para él aquello fue perder la
mañana.
–¡Chiquita forma de perder la mañana, hermanito! Qué aburrido eres.
–Si tú lo dices…
Me daba igual que me daba lo mismo.
–Ahora querrás que nos vayamos a casa, sin más.
–No es tan mala idea. Quiero ensayar unos ejercicios que…
–¡Anda ya! Déjate de mamonadas. ¿Para un día que salimos juntos y nos vamos al banco? ¡Baaah! Vamos a hacer cosas de hermanos, tío.
–Puedes escuchar cómo toco la guitarra.
–No, no, que en casa ya me tienes la cabeza como una bombona. El Freddy y el Frankie seguro que estarán con los demás en el campito del Parque Adelfas.
No me podía creer que me llevase a jugar al fútbol con su quinta. Al fútbol. ¡Con su quinta! Lo cierto es que muy bien no me caía. Por lo menos mi hermano tenía
alguna gracia, pero sus amigos ninguna. Se comportaban como hienas a su alrededor, riéndole los chistes por reírselos, porque estoy seguro de que muchos de ellos ni los
entendían. Actuaban por un instinto muy primario.
Mi hermano me llevó al campo de fútbol que está en el barrio de Retiro. Allí suele verse con sus amigos para echar algunos partidillos. Recuerdo que a veces lo
acompañaba de pequeño, en esa época en la que los niños somos como monos a los que se les coge del brazo y se los llevan de acá para allá, sin preguntarles su opinión.
¡Cuánto me aburría! Y sabía que años después nada cambiaría. No obstante cedí en ir con él por hacerle el gusto, más aún que me pillaba en un tiempo de buenas. Mi
plan era sentarme en las gradas, hacer como que les veo jugar y aprovechar realmente para pensar. En música. En componer. Sobre Ella. En Ella. Pero todo esto se iba a
ir al traste.
–¡Locooooo!– gritaron los amigotes al ver a mi hermano aparecer.
Había como seis chicos y dos chicas entre que charlaban y daban toques al balón. Cuando nos acercamos, Johnny saludó a todos efusivamente. Con las chicas, en
particular, fue más sibilino.
–Silvia, madre mía, no entiendo cómo no te han colgado todavía en el escaparate de El Museo del Jamón.
Y Silvia, que se lo tomó como un cumplido, soltó una risita escondida tras sus uñas de porcelana.
–¿Este es tu hermano?– se interesó la otra chica, la que no era Silvia pero que vestían idénticas.
Johnny me agarró fuerte de orgullo, casi asfixiándome.
–¡Claro, Cristi! ¿No ves que la percha se hereda por la sangre para adentro?
Los chicos no entendieron lo que quiso decir pero igualmente se echaron a reír. Como dije, nada había cambiado.
–Pues tu hermano nos viene ‘niquelao’, Johnny –decía Frankie–. Nos falta uno más para poder hacer equipo.
Al tiempo que a mi hermano se le iluminaba la cara, yo automáticamente le negaba con la cabeza. Nunca había jugado al fútbol. No creo que fuera difícil. Era darle a
una pelota con el pie. Pero no tenía pericia ni ganas de ponerme a prueba.
–Por supuesto que mi hermano juega, chicos. Ahora veréis de qué pasta están hechos los Rodríguez. ¡Os vais a cagar!
Mientras que cada uno fue tomando posiciones, traté de convencer a Johnny de que no era una buena idea, de que íbamos a perder, de que no le convenía que yo
jugara. No le importaba. Le veía tan ilusionado por que participara con él que al final agaché la cabeza. Al menos logré que me pusieran de portero, que ahí no se corre
mucho. La situación quedó así: siete chavales correteando detrás de una pelota, dos chicas posando morritos con la cámara de sus móviles y uno más, yo, entre tres
palos deseando que aquello acabara. Por suerte, mi hermano es muy bueno en el fútbol e impedía muchas veces que el equipo contrario invadiese mi área. Pero las otras
pocas veces que lo hacían metían gol de lleno. Y cuando no era de lleno, también. No hacía falta ser aficionado para darse cuenta de que yo tenía cero habilidades dentro
de la portería. Ello no desalentaba a mi hermano. A pesar de estar perdiendo creo que podía su orgullo de estar haciendo algo juntos. Por esa razón yo me esforzaba un
poco, pero no había manera. La gente pone de su parte cuando algo realmente le interesa. No era mi caso, pero desde luego sí el de los demás. Veía cómo luchaban por el
balón como si les fuera la vida en ello. Ladeé la mirada hacia las chicas, que por fin les prestaban atención. Parecía que aún les quedaba suficiente batería como para
sacarles fotos a ellos también, inmortalizándolos en plena acción. Ellos se dieron cuenta y pusieron más carne en el asador para así convertirse en sus héroes, con
posturitas y quejidos nada naturales incluidos.
Mi interés pasó al lado opuesto del campo, a través de cuyas rejas vi pasar a otro grupo de chicas. Debían salir del instituto, con sus mochilas y carpetas. Me
recordaron a Ella, tan jovial y espléndida. ¿Qué estaría haciendo en aquel momento? Me la imaginé peinando su brillante cabello delante del espejo, o haciendo sus
deberes con una letra tan linda como Ella, u ordenando su… ¡Plof! ¿Su ‘plof’? No supe. Mi mente se trasladó a un dolor punzante que me hizo despertar. De repente
me vi tirado sobre el césped. ¿Qué había pasado? Por el rabillo del ojo vi cómo el balón daba sus últimos rebotes contra la esquina de la red. Escuché unos gritos de
“gol” y sentí a mi hermano quitándome la mano sobre mi cara. ¡Uf, cómo me ardía! Pasó a carcajearse. No era el único. Todos. Hasta las chicas del instituto, que se
acercaron desde el otro lado de la valla a mi posición, para ver lo que había ocurrido. No sé si me dolía más el balonazo que me acababan de pegar o que mi hermano
participara en el espectáculo de burlas. Cuánto me arrepentí de ser tan condescendiente, de hacer algo que no me gusta por él, de caer víctima de su manipulación, como
si no lo conociera de siempre. Johnny nunca iba a dejar de ser el paradigma de la ambigüedad, el ‘me caes de puta madre pero me río de ti a la mínima oportunidad’.
Quiso arreglarlo brindándome su mano para que me levantase. No tenía un buen grado de consciencia, pero me levanté yo solo y me fui a casa yo solo, con un “venga,
hermanito, tómatelo con humor” sonando tras mi espalda. Johnny no llegó a entenderme. No quería que fuera a buscarme para disculparse. Conozco lo suficiente a mi
hermano como para saber que es incapaz de reconocer sus errores y mucho menos enmendarlos. Y así se confirmó cuando nos cruzamos por casa después del incidente.
Se comportó como si no hubiese pasado nada. Ese día, y el otro, y el otro. Por un momento había tenido la vaga esperanza de comenzar a llevarnos como hermanos, de
compartir cosas, de mantener una relación fraternal. Pero el culpable sólo era yo, por engañarme a mí mismo.
Los días transcurrieron como siempre. Conservatorio, trabajo, metro, Ella. Todo aquello se estaba convirtiendo en una rutina, aunque mi pálpito seguía congelándose
cada vez que la veía atravesar el vestíbulo a pesar de seguir inexistiendo para Ella. Dani continuaba insistiendo en que averiguase más de su vida, que la siguiese a sus
clases, que buscase algo nuevo con el que poder focalizar su atención. Eso me parecía tremendo, exagerado. Además, ¿y si así lo hiciera?, ¿si hiciera todo cuanto pudiese
por conquistarla y no lo lograra? Prefería no saber si podría aguantar ese chasco, el de quedarme sin posibilidades de estar con Ella algún día. Me sentía mejor viviendo
en la ignorancia, en la duda, en mis sueños. Por entonces había dejado de versionar aquellos temas –supuestamente– infalibles para volver locas a las chicas y volví a mi
repertorio de siempre. Así y todo, continuaba congregando a un buen número de público a mi alrededor. Cada día a más, y a más, y a más. Llegó un punto en que me
resultó atípico. No sólo atraía a las chicas entusiastas sino también a los chicos. Me tiraban fotos, me grababan en video, como si de la noche a la mañana me hubiese
convertido en un maestro. Todo aquello hubiese sido halagador si no fuera porque veía en todos ellos una actitud distinta. No parecía ser una muchedumbre que estaba
allí, delante de mí, para disfrutar de la música. Parecía como si les estuviera regalando otro tipo de espectáculo. No sé si me explico bien. Otro motivo les llevaba hasta
mí. Se enseñaban los móviles unos a otros y se descojonaban. ¿Tendría algo en la cara? ¿No me afeité bien esa mañana? Incluso giré por un momento la cabeza, por si
había alguien detrás que me pusiera los cuernos para hacer la gracia. Pero no. Terminé la jornada muy intrigado.
No encontré mejor manera de despejarme que provocar un nuevo encuentro en el vagón de metro. Recogí mis cosas minutos antes de la hora en que Ella siempre
pasaba y volví tras sus pasos. Bajamos al andén, yo casi detrás de Ella, casi oliendo al champú de miel y almendras que desprendía su cabello pardo. Tal vez la siguiese
más allá de Avenida de América y averiguar adónde iba, de dónde es. No tuve dificultades para entrar al mismo vagón y sentarme nuevamente frente a Ella. Claro que
tuve que correr y hasta dar algún que otro empujón. Aquel feliz recorrido se me antojaba como la mejor terapia reconfortante al final del día. Siempre lucía espléndida.
El aire tendría que morir de envidia por no saber balancearse mejor que Ella. Su ritual era similar al de ocasiones anteriores: se entretuvo con su reproductor y luego posó
su mirada aquí y allá y a mí. Sólo que esta vez… la detuvo. En mí. Escudriñó con los ojos y sonrió. Y yo con Ella. Se me debió poner una cara de bobo… Pero no me
salía otra. Aquello no me lo esperaba. Quedé obnubilado, inmovilizado. Por eso no fui capaz de levantarme una vez que nos detuvimos en su estación y salió. No
importaba. Ya habría otro día. Otro día que no sería igual, ¡porque ya supo que existo!
Una carcajada horrenda me sacó de mis fantasías. Venía justo de mi lado. Allí estaba sentado un joven que vestía la gorra para atrás, chándal y un arete perforando su
oreja. Dudé por un instante si era algún colega de mi hermano, pero jamás lo había visto. Sin embargo se reía en mi cara, de mí, porque cuanto más me veía más se echaba
a reír. Yo no sabía qué decir, si es que también debía decir algo. El chico trató de explicarse solo.
–Joder, tío. El Pollo sin Cabeza.
Esto fue lo que deduje de entre sus risas escandalosas.
–Perdón, ¿cómo dices?
–Cómo no has acabado con el bolo colgando del cuello.
Seguía sin entender nada, y de eso acabó por darse cuenta el chico.
–Coño, tío, eres el del balonazo.
A lo mejor sí era amigo de mi hermano y no me di cuenta.
–¿Te conozco?
–No, pero todo Internet sí, tío.
De la confusión pasé al temor. Nunca he tenido una imaginación retorcida, pero en aquel momento pensé tenerla. ¿De verdad serían capaces de…? El chico sacó su
móvil y buscó a través de su aplicación de YouTube “balonazo poyo sin cabeza”. A pesar de la falta ortográfica, el video apareció el primero entre los resultados. Y ahí
me vi yo, en la portería, en un estado en el que ni me reconocí, completamente en las nubes. La imagen, grabada desde las gradas por las chicas, mostraba cómo Freddy
pegó un puntapié al balón que lo mandó volando a una velocidad que me dejó los pelos como escarpias. Cual fue mi sorpresa que la pelota no iba hacia mí, sino que
impactó contra el poste. Sin embargo, el desenlace no fue diferente a lo que sucedió y remató contra mí, completamente despistado.
–¡Menudo rebote, tío! ¡Pollo sin Cabeza! ¡Eres mi ídolo, tío!
Y de ese modo tan humillante y atroz surgió la leyenda.
Capítulo

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