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Libro PDF Tres abuelas y un joyero de ida y vuelta – Minna Lindgren

 Tres abuelas y un joyero de ida y vuelta - Minna Lindgren

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especie de zuecos de plástico para la ducha.
—Son unos Croes. Los lleva todo el mundo —
dijo mientras abría el frigorífico de Siiri para ver
si había tarta para desayunar—. ¿Has oído lo que
hablaban los obreros entre ellos? Ya andaban
vociferando en todas las lenguas del mundo detrás
de la puerta de entrada antes de las seis. Pero uno
de ellos sabía decir tacos en finés con gran
habilidad. Soltaba un «joder» en cada frase y con
eso me desperté.
Siiri jamás había oído esa palabra de los
labios de su amiga. La miró atónita, pero esta ni se
había inmutado, solo hurgaba en el frigorífico y
tarareaba una canción de moda de su juventud:
«Nos las arreglaremos, nos las arreglaremos, con
un billete de cinco da para un café y un
pastelito…».
Siiri ayudó a Irma a encontrar un bizcocho
envuelto en papel de aluminio en las estanterías
inferiores de la nevera. Era de anteayer o quizá lo
había comprado en la tienda de la cadena de
supermercados barata Alepa anteayer y lo habían
horneado hacía un mes en la campiña de algún país
báltico. Qué más daba, todavía sabía bien. Trató
de coger agua del grifo, pero no salía nada. Habían
cortado el agua sin avisar. Por suerte aún tenía un
poco del día anterior en un cazo; la puso a hervir y
sacó café instantáneo de la alacena. Sabía que a
Irma le encantaba tomar el bizcocho mojándolo en
el café.
—Es una tarta —dijo como era habitual—. La
tarta hay que mojarla en el café, así está de
rechupete. Por suerte este ruido no le embota a una
el sentido del gusto.
Se sentaron a la mesa a disfrutar de la tarta y
del café y hojearon el periódico del día. Les
llegaba un constante soniquete procedente del piso
de arriba, como si alguien taladrara con un
martillo neumático el suelo, que era su techo. Al
otro lado de la pared, en casa de Irma, unos golpes
arrítmicos acentuados brindaban el contrapunto al
estruendo cada vez que alguien golpeaba la pared
o el suelo. El diario traía poquísimo que leer,
como era habitual en la edición de los lunes
estivales. Esquelas únicamente había dos y ambas
igual de aburridas. Observaron un momento los
títulos de los dos fallecidos: «Nuestro querido
ingeniero superior universitario, abuelo y
hermano»; «para nosotros tan querido director de
zona del servicio municipal de saneamiento».
—¿De verdad dirán en serio que el tal Olavi
Edvard ha sido para ellos un querido ingeniero
superior universitario? —se preguntó Irma y
empezó a reír de tal manera que el bizcocho se le
fue por mal sitio. Tosió un rato, tosió y rio,
agitando las manos y enjugándose con un pañuelo
los ojos llorosos—. ¡Ay, ay, qué risa! ¿Ponemos en
tu esquela «Querida empleada responsable de
pasar textos a limpio»?
Tomó un largo trago de café y se echó de nuevo
a reír. Luego respiró profundamente, miró el
plástico gris con el que habían tapado las ventanas
y sacó del bolso de mano un chisme verde.
—Es un aipad. Se escribe «iPad» y Anna-Liisa
lo pronuncia como si fuera sueco.
—¿Lo compraste? —gritó Siiri horrorizada.
Irma había amenazado con sus intenciones, pero no
se podía imaginar que llegaría el día en que su
amiga llevara de verdad su propia tableta en el
bolso. Y ahora estaba allí, en la mesa de Siiri,
entre las migas del bizcocho—. ¿Pero no ha sido
carísimo?
—Para nada —respondió acariciando aquella
cosa plana como si fuera un animalito doméstico.
Del aparato empezaron a salir sonidos, luego
aparecieron imágenes en su pantalla. Así que era
cierto que resucitaba con solo tocarlo,
acariciándolo—. Bueno, no sé lo que costó, como
lo compré con la tarjeta de socio de Stockmann y
en el momento no se paga nada… Venga puntos. El
vendedor me aseguró que era una buena compra.
Duradero y de calidad, y además muy bonito,
¿verdad?
Irma continuaba acariciando aquella especie
de tortita y la cosa la obedecía complaciente. En la
pantalla apareció una baraja e Irma mostró lo
práctico que era jugar al solitario sin cartas. Siiri,
en cambio, opinaba que era estúpido. No quería
contemplar a su amiga entretenida con el
ordenador en su mesa del café. Deberían haber
acabado de leer el periódico y haber conversado
sobre temas mundanos para no perder el hilo de
las cosas.
—¡Aquí también hay periódicos, aquí, en mi
tableta! —canturreó Irma y su voz se alzó cual
intensa soprano, elevándose por encima del ruido
cacofónico de los obreros. Toqueteaba la pantalla
y le clavaba el dedo consiguiendo que la máquina
se pusiera nerviosa. Ya no hacía lo que le
ordenaba—. Ayer mismo lo vi, seguro. —Irma
cantó la canción de Los tres alegres bandidos
mientras daba palmaditas imperativas al aparato
—. ¡Venga, obedece ya, atontado!
Sus caricias cada vez se curvaban más y Siiri
temía que Irma fuera a romper su caro aparato.
Dobló el periódico y lo metió en la bolsa
reservada al papel viejo junto a la puerta de
entrada. También se oían martillazos en el
corredor, no solo en el piso de Irma, y entre los
golpes podían distinguirse gruñidos eslavos.
—Bueno, ahora no encuentro el periódico ese,
pero seguro que anda por aquí, en las entrañas del
iPad. El muchacho de la tienda me lo mostró, plis
plas, y en la pantalla se veían los mismos artículos
que ahora están en aquella bolsa para reciclar.
Aunque no estoy muy segura de que hubiera
necrológicas, seguramente sí, pues también han
puesto en la red los epitafios.
—¿Eso de ahí es la red? —le preguntó Siiri
con ligera desconfianza a su amiga, qué había
posado su nuevo jueguecito en el regazo y
resbalaba el dedo índice y el pulgar por él como si
buscara pulgas en un gato.
—¡Ay, qué inocente! —chilló Irma y continuó
agitando las manos—. Esto no es la red, con esto
se entra en la red.
—Entonces, ¿dónde está?
—¿La red? Pues está… por todas partes… y
en ningún lugar, para eso hay un nombre y todo.
Anna-Liisa seguramente se acordaría…
—¿El espacio?
—Nada de eso. No se trata de astronomía,
hasta un niño sabe usar un ordenador y ahora
también yo, aunque esta máquina no me quiera
hacer caso. Tenía que mostrarte algo muy gracioso
que sin duda te iba a encantar. En el curso nos han
enseñado que con este ordenador se pueden ver
los tranvías, pero ahora no encuentro la app en
ningún sitio. A estas cosas se las llama apps. ¿Lo
sabías? ¿Será eso una app? ¡Arrgh, ahora esto
quiere jugar a los sudokus! ¿Por qué no me
acompañaste al curso para aprender a usar una
tableta?
A Siiri le daba miedo la simple idea. Nunca le
habían gustado los cursillos y esas aficiones en las
que había que hacer una regresión y volver a su
época de escolar, por eso no había aprendido nada
en las clases de Francés del instituto obrero
nocturno, hacía mucho tiempo. Luego se había
dado por vencida, aunque sus amigos habían
empezado a aficionarse a distintos cursos tras la
jubilación y de eso hacía ya…, madre mía, casi
treinta años. En ese tiempo habría conseguido
aprender muchos pasos de baile y estilos de tejer
si hubiese querido. Pero se había limitado a pasear
en tranvía, a ver la televisión y a leer libros, a
releer los mismos libros una y otra vez. Se sentía
perezosa y pasiva, tonta incluso, cuando
contemplaba a su amiga entusiasmada pegándose
con la tableta, que no accedía a hacer nada de lo
que ella quería.
—Esto es imposible. Voy a cerrar este
cacharro. ¿Cómo se cerraba? Ups; sí, era por aquí.
Pero, créeme, con esto se puede comprobar en un
mapa por dónde van todos los tranvías de Helsinki
justo en este momento. En tiempo real, que dicen
ahora. Puedes planificar tus entretenidos viajecitos
de una manera totalmente nueva. O podrías, si te
molestaras en interesarte por las posibilidades que
te brinda la vida moderna.
Irma sonaba tan patética que Siiri sintió aún
mayor cargo de conciencia ante su propia falta de
iniciativa. ¿Con qué había desperdiciado todos los
años de su vida? ¿Podría todavía recuperar de
alguna manera los momentos perdidos? De pronto
en el baño se oyó un espantoso aullido y luego un
derrumbe. Durante un instante se hizo un horrible
silencio. Las dos ancianas se miraron asustadas.
—¡Por todos los demonios! ¡Puta mierda!
Las palabras desaparecieron bajo el estrépito
de un nuevo derrumbe. Irma apretaba el chisme
verde contra su pecho. Sus ojos se abrieron como
platos y trató de susurrar tan bajo como le fue
posible:
—¡Te lo dije! ¡Saben decir palabrotas en finés!
Después del largo y angustioso silencio, se
oyeron varios impactos consecutivos procedentes
del baño y un desagradable tintineo, como si
espejos y pequeños objetos rodaran hechos añicos
por el suelo. La puerta del baño estaba
entreabierta y a Siiri le pareció que por ella salía
humo y entraba en el salón. Irma empezó a toser y
a agitar las manos y Siiri se incorporó alarmada,
pero se quedó clavada en su sitio. Tal vez el humo
era en realidad polvo, sí, eso tenía que ser. Polvo
de la obra, que había empezado a introducirse por
todas partes; muchos habitantes de la residencia
temían enfermar de asma.
Del baño salió un hombre barbudo corpulento
con un mazo en la mano. No llevaba cascos
protectores en las orejas ni un chaleco
fluorescente, sino un mono repleto de bolsillos y
eslabones por todas partes y otra clase de
interesantes partes salientes. Irma chilló y apretó
con más fuerza su chisme contra el pecho, como si
se tratara de un escudo protector contra guerreros
que atacaban desde el espacio exterior.
—¡Me cago en diez! —dijo el hombre en un
finés claro sin mirarlas. Tal vez creía que estaba
solo. Paralizada, los ojos de Siiri apuntaban al
extraño. Sintió un desagradable dolor punzante en
la cabeza y no se atrevía siquiera a respirar—.
¡Coño, joder! —continuó el hombre y soltó el
mazo sobre el suelo y Siiri temió que abriera un
boquete a la vivienda de abajo. No recordaba
quién se había mudado al apartamento de abajo
después de que la mujer gorda se marchara, es
decir, se hubiera muerto. Y de eso hacía ya un
tiempo, por lo menos un año, tal vez incluso más.
Siiri miraba a su alrededor y se concentraba en
respirar. El barbudo cubierto de polvo de obra
estaba de pie en su salón, estancado. Irma deslizó
despacio su caro tesoro en el bolso y se lo colocó
sobre el regazo para poner a buen recaudo su
propiedad. Cuando Siiri hubo recobrado el aliento
y la molesta punzada hubo desaparecido de su
cabeza, decidió ponerse derecha y caminó
decidida hacia el hombre.
—Buenos días. Me llamo Siiri Kettunen —se
presentó tendiendo la mano—. Perdone que esté en
albornoz, pero no sabía que aparecería usted por
aquí de esta manera.
El operario miró pasmado a aquella mujer de
noventa y cinco años de cabellos blancos envuelta
en una bata desgastada cuyos ojos empalidecidos
lo observaban con risueña curiosidad. Su mano
sucia aceptó vacilante la mano de Siiri y empezó a
hablar mal en inglés. Explicó rascándose la
barriga que había sido un accidente. No tenía la
intención de entrar atravesando la pared. Les pidió
que se calmaran, aunque en su opinión ambas
mujeres se habían comportado con bastante
serenidad en aquella situación surrealista, y echó
un vistazo a su alrededor para comprobar por
dónde podía salir.
—Si es tan amable… —dijo Siiri abriéndole
la puerta al perdido hombre del mazo, quien con
un par de zancadas de sus grandes botas
mugrientas salió al corredor dejando tras de sí
huellas en el suelo, terrones de hormigón y un
enorme agujero en la pared que comunicaba los
pisos de las dos amigas.
Desde el lado de Irma penetraba un tenue
aroma a agua de colonia en el hasta hacía poco
impoluto baño de Siiri.
—¡Que el cielo nos proteja! —exclamó Siiri
en voz baja contemplando el cuarto de baño. En la
zona de la ducha estaba el agujero, hermosamente
redondo, por el que había entrado el hombre, con
el suelo cubierto de pedazos de hormigón,
fragmentos de azulejos y otros trastos. Un par de
tuberías y un trozo de cañería sobresalían feos de
la pared que se había desprendido. El lavabo
seguía en su sitio, pero el armario sobre él colgaba
torcido y todos los objetos se habían derramado
por el suelo. Botellas, botes rotos y otros artículos
de aseo habían salido despedidos en medio de
aquel desaguisado.
—¡Los estragos del terror! —Irma lanzó un
alarido. Por fin se había levantado de la silla para
contemplar las huellas del obrero canalla y
estiraba el cuello detrás de su amiga—. ¡Qué acto
más vergonzoso!
Por el agujero se veía la casa de Irma. Era
difícil asomarse porque había muchos escombros,
pero Siiri distinguió el lavabo de Irma, arrancado
de cuajo y agrietado delante del boquete.
Resoplaron y se lamentaron hasta quedarse sin
fuerzas. Nada iba a mejorar por mucho que
maldijeran a los obreros inmigrantes, las reformas
generales de fontanería y El Bosque del
Crepúsculo, donde no se sabía gestionar nada en
condiciones. Irma fue la primera en ponerse en
marcha abandonando el umbral del baño, caminó
en círculos y se desplomó sobre el sofá de su
amiga. Luego rompió en risas. De esa manera tan
maravillosa como solo ella sabía reír: empezaba
gorjeando en un tono alto tintineante y
paulatinamente descendía como una cantante de
bel canto que se desliza del falsete a un staccato
de registro de pecho. Luego se golpeteaba los
muslos, al sosegarse un poco se sacudía en su sitio
y se secaba las lágrimas con su pañuelo de encaje.
Siiri miró a su amiga con una sonrisa, apartó un
par de cojines y se sentó a su lado en el sofá.
—Ay, ay, qué risa —gimoteó entre carcajadas
—. ¡Al menos nuestra vida no es aburrida!
—¿Te has hecho pis en las bragas?
—¡Ahora sí que se me ha escapado! —chilló
Irma y empezó a gorjear de nuevo alto y
tintineante.
También Siiri se reía, aunque no sabía si
aquello tenía algo de cómico, pero por lo menos su
amiga sabía ser divertida.
—Döden, döden, döden —dijo en tono grave y
suspiró hondo—. Desde luego, esta es una reforma
práctica, un par de golpecitos contundentes en la
pared del baño y, pumba, los apartamentos se
transforman en un gran piso. ¿Te das cuenta de que
ahora vivimos en la misma casa? Ya no tenemos
que salir al pasillo y andar media hora buscando
las llaves antes de ir a casa de la otra a tomarnos
un café con tarta.
—Eso es cierto —convino Siiri, meditando
sobre las posibilidades que originaba la situación
—. Y cuando vayas al baño, yo lo oiré todo desde
la cocina.
Irma chilló de júbilo, se echó a reír de nuevo.
Siiri se levantó para vestirse, pues parecía que ese
iba a ser un día animado: no estaba dispuesta a
recibir más visitas en camisón y bata.
Después de esperar lo que les pareció una
eternidad a que el hombre del mazo y de las
palabrotas regresara, como creían que había
prometido, se hartaron. Irma echaba de menos un
poco de vino tinto y a Siiri se le ocurrió ir a las
oficinas de la planta baja a averiguar si alguien
tenía la intención de hacer algo. Recogieron sus
bártulos, en otras palabras, sus bolsos y llaves, y
se encaminaron a la planta baja olvidando
dichosas que aún eran las siete menos cuarto.
2
En el vestíbulo de El Bosque del Crepúsculo
reinaba un fuerte alboroto. Las lámparas de
hospital brillaban intensamente, pues no entraba
luz del exterior. En el aire viciado, entre
martillazos y estruendo, vagaban ancianos a cuál
más confuso. Algunos vestían con formalidad,
como Irma y Siiri, dejando a un margen los
ridículos zuecos de goma de la primera, pero
muchos se habían puesto en movimiento en
camisón. Nadie sabía qué hora era, en qué época
del año vivían, por qué se encontraban allí. La
directora, Sinikka Sundström, aún no se había
presentado a trabajar y la joven enfermera del
turno de noche y la cosmetóloga filipina que hacía
la pedicura, Elelibeth Bandong, trataban de calmar
a los inquietos ancianos.
—¿Ha atacado la Unión Soviética Helsinki?
—les preguntó un abuelo encorvado a Irma y Siiri.
Era el que se había mudado al piso de la mujer
gorda hacía más de un año. Siempre llevaba una
gorra con visera, incluso dentro del edificio, y
andaba extrañamente arqueado hacia delante,
balanceando los brazos a los lados sin avanzar en
realidad a ningún sitio. Siiri se rio alegre de la
ocurrencia, pero el pobrecillo no bromeaba. De
verdad creía que la guerra de trincheras había
finalizado y ahora las cosas iban en serio y su
presencia era requerida en el frente. Tras él
caminaban tres mujeres que preguntaron dónde
estaba el refugio antiaéreo más próximo. Elelibeth
Bandong y la enfermera española del turno de
noche no comprendían qué significaba «Unión
Soviética» ni «refugio antiaéreo».
—No pasa nada —dijo Siiri tomando al
veterano del brazo—. Solo están cambiando las
tuberías.
—¡La Unión Soviética ya no existe! —anunció
Irma alegre y recibió una desconfiada mirada del
corcovado. Las señoras seguían empeñadas en ir a
un refugio, pero creían que esta vez el enemigo
venía de oriente. Opinaban que era peligroso vivir
en El Bosque del Crepúsculo.
—Aquí huele raro. Tal vez se hayan utilizado
armas químicas o alguien haya detonado una
bomba nuclear —explicaron. Irma y Siiri les
aseguraron durante un buen rato que los estragos
en la residencia no eran producto de una
catástrofe, sino unas obras normales; pero las
mujeres no se rendían. De pronto Irma se puso muy
seria.—
Señoras, tienen que retirarse y dirigirse de
inmediato en la dirección que indica mi dedo. Allí
ha sido dispuesto un refugio temporal para la
población civil y dentro de un momento se iniciará
el abastecimiento de alimentos.
Con un gesto les indicó el comedor, cuya
puerta acababan de abrir, y hacia allí enfilaron las
mujeres, tan rápido como les permitían las piernas
y los andadores, dispuestas a esperar órdenes más
precisas.
—Esto viene como anillo al dedo —dijo Irma
satisfecha mientras con la mirada buscaba
conocidos entre la confusión.
El veterano seguía agarrado a Siiri del brazo y
parecía aguardar instrucciones concretas. También
estando parado balanceaba el otro brazo y se
tambaleaba tanto que a punto estuvo de caerse y
arrastrar a Siiri consigo. Cuanto más oscilaba, con
más firmeza se aferraba a Siiri, que le dio unas
palmaditas en el hombro y pensó un instante qué
decir. De alguna manera había que soltarse, pero
repartir órdenes no se le daba tan bien como a su
amiga.
—Tal vez usted también…, señor…, tal vez
también usted podría ir al refugio antiaéreo a
esperar el desayuno. No es bueno andar mucho
tiempo por ahí con el estómago vacío.
Tres hombres con chaleco fluorescente y
cascos protectores en las orejas pasaron a su lado
arrastrando cables y unas bobinas amarillas. A su
paso despejaban ancianos como si se tratara de
bolsas de basura y refunfuñaban algo que sonaba a
algún idioma eslavo, muy bonito. No era extraño
que los ancianos más seniles creyeran haber
aterrizado en una prórroga de la guerra de
Continuación. Cuando el veterano y dos de las
mujeres que buscaban un refugio se encaminaron
hacia el comedor, se inició una especie de huida
en masa. Todos se precipitaron a la sala creyendo
que allí se hallarían a salvo y les proporcionarían
raciones de combate. Normalmente el desayuno no
lo servían hasta las ocho, pero, dada la coyuntura,
el escaso personal comprendió que había
poderosas razones para empezar a servir

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