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Libro PDF Tres dias de Julio – Luis Romero

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Tres días de Julio nos retrotrae a lo acontecido
en los días iniciales de la mayor tragedia de
nuestra historia contemporánea.
Se trata de un viaje trepidante por la geografía
española, por el que desfilan tanto los
protagonistas como los actores más secundarios
horas antes de que el alud de violencia y miseria
cayera sobre todos ellos, justos e injustos,
culpables e inocentes.
Esta edición no tiene como objetivo a los
nostálgicos de uno u otro bando, sino a los
millones de jóvenes que no conocen los horrores
de la guerra. Ojalá lean estas páginas teniendo
presentes los otros conflictos que hoy sacuden la
conciencia de todo ser humano decente. Verán que
no nos son tan ajenos como parecen. Aquí tuvieron
su versión no hace tanto tiempo. Tres días de julio
es un testimonio en vivo y en directo de lo no debe
volver a suceder.
Luis Romero
TRES DÍAS DE JULIO
A mi hijo Javier, que.
acaba de cumplir once años
PRÓLOGO
He terminado esta obra, la más larga y trabajosa
de cuantas llevo escritas, más larga de lo que
deseaba hacerla pero más corta de lo que podría
haberla hecho, pues me ha resultado imposible
utilizar todo el material recogido con esfuerzo que
no sabría si calificar de placentero o doloroso,
material que por su prolijidad ha amenazado con
desbordarme. Sé que una vez terminada la obra es
necesario escribir un prólogo, que necesito
escribirlo, que debo escribirlo, pero mi
perplejidad comienza ahora que me siento ante la
máquina acuciado por el calendario y casi por el
reloj.
En este libro, que tú lector leerás en breves
horas, he tratado de resucitar aquellos tres días de
julio de 1936; me ha costado tres años el
escribirlo, tres años sumergido en el horror, en la
tensión, en el dramatismo y en el desconcierto de
aquellas fechas en que España pasó a ser un país
en guerra civil, la más dolorosa de las dolorosas
guerras. He vivido, escribiendo, demasiado
inmerso en los acontecimientos, he reconstruido,
en ocasiones con increíbles detalles, demasiadas
escenas, me he identificado con muchísimos
personajes, he cambiado una y otra vez de frente,
he escuchado contrapuestas razones, me he
indignado, asustado, estremecido, asqueado, he
compadecido, odiado, amado, y la proximidad, la
fatiga y el apasionamiento son otros tantos árboles
que me dificultan otra vez, como me ocurrió
entonces cuando lo vivía en presente aunque en
distinto grado y sentido, ver el bosque. Quizás este
prólogo a un libro que me ha dado ocasión a tanto
averiguar, comprender y mesurar, debiera
escribirlo cuando el descanso, la serenidad, la
perspectiva me permitieran sacar unas
consecuencias guiadas por la lógica, por la
ordenación y valoración de ideas, de hechos, de
consecuencias que añadieran un tono de
ponderación y claridad a este balbuceo con que
amenaza este prólogo convertirse.
¿Para quién escribo? Para el público, para el
lector. ¿Quién es el público? ¿Quién es el lector?
¿Puedo en un prólogo escrito con premura hacerme
entender de los hombres de mi generación o de la
inmediata anterior, que vivieron aquellos días, y al
mismo tiempo ser comprendido de los jóvenes, de
quienes no los recuerdan siquiera, o de los más
jóvenes aún, de aquellos que nacieron cuando de
las circunstancias de aquella feroz acometida a
que se entregaron —nos entregamos— sus padres
y abuelos, sólo quedaban ecos que les entraban
por el oído izquierdo o el derecho, pero que
resultaban casi incomprensibles para ellos?
¿Puedo hacerme entender en el mismo prólogo por
quienes fueron martillo o yunque al servicio de
unos ideales y por quienes lo fueron para defender
posiciones egoístas, ventajas económicas, bienes
amenazados, cargos en peligro? ¿No será disparate
aspirar a hablar con idéntica voz a quienes
perdieron el hijo, padre, marido o hermano, y a
quienes mataron hermanos, maridos, padres o hijos
de los demás, aunque en ocasiones se trate de las
mismas personas?
Me propuse antes de empezar este libro, y el
propósito me ha acompañado consciente y
subconscientemente a lo largo de sus setecientas
páginas, escribir con imparcialidad, imparcialidad
que de antemano sospecho que no a todos va a
satisfacer, porque muchos aspiran a que yo escriba
su libro, y sólo me es dable escribir mi libro. Creo
haberlo cumplido, aunque tampoco se me escapa
que la medida de mi imparcialidad es distinta a la
que pueden tener quienes se encuentran o
encontraron situados a un extremo, al extremo
opuesto, o en el centro. He tratado de situarme, no
en medio, sino en cada uno de los puntos cuya
sucesión forma la línea ideal por donde los hechos
pasaron, y dar así una interpretación cuya unidad y
rigor estuvieran hechos de multiplicidad. Aportar
quise, en cierta medida y con las limitaciones a
que cualquier obra humana se encuentra sujeta, las
voces de los demás, las voces si no de todos, de
muchos.
He trabajado varios años, me he entrevistado
con multitud de personas que tomaron parte activa
en los hechos o fueron testigos de ellos. Esas
conversaciones sostenidas a lo largo de meses en
la intimidad de mi cuarto de trabajo, en diversas
ciudades de España, o del extranjero donde
muchos de ellos viven expatriados, en sus propias
casas u oficinas profesionales, en bares, por las
calles, en las más diversas situaciones, han sido
para mí no sólo procedimiento destinado a la
consecución de un material inestimable cuya
reconstrucción y ordenamiento ha resultado
laborioso, sino además formidable experiencia
humana y política. Un día, es posible, que me
decida a escribir «el libro del libro». He dirigido
centenares de cartas a los cuatro puntos cardinales
de la geografía y la política, he enviado
formularios que parecían policiales. Muchos
destinatarios no han contestado, otros lo han hecho
de manera incompleta, pero en general por este
procedimiento he juntado material importante. Por
correo me han llegado algunos de los principales
documentos que me ha sido dado manejar con
explicación detallada de hechos y circunstancias
que no había hallado en los muchísimos libros
consultados ni en la búsqueda paciente llevada a
cabo en las hemerotecas. Un fichero considerable
me sirve de auxiliar, y el material que queda y
quedará sin clasificar es inmenso. Y aún está la
memoria, la memoria que ha ido recogiendo lo
más notable —a veces un detalle de apariencia
nimia— de cuanto me era expuesto en millares de
horas de conversación siempre cordial y
emocionante.
Aquí debería facilitar una lista de nombres y
expresar mi gratitud, como es costumbre, a quienes
tan desinteresadamente me ayudaron; puedo
asegurar que la lista sería larga, larguísima, y mi
agradecimiento, no por descomponerse en tantos
agradecimientos parciales, fuera menor. No voy a
dar nombres[1]. Visité en París a un personaje que
se hallaba de paso, y que en aquellos días de julio
jugó un papel importante; me rogó que no revelara
su nombre, deduje que por circunstancias bastante
alejadas ya de los hechos de 1936. Son bastantes
los que me han manifestado idéntico deseo. De no
facilitar la lista completa, que en determinados
casos podría revelar fuentes, y por parecerme que
la discreción lo aconseja, prescindo de publicar
esa larga nómina que personalmente me hubiera
complacido. He manejado páginas manuscritas
correspondientes a diarios de esas fechas y las
memorias de algunos de los protagonistas que
permanecen inéditas.
He tratado de perseguir la verdad, me he
esforzado por escribir la verdad, me he aplicado
en «reconstruir» la verdad y estoy seguro de
haberlo conseguido en muchísimos casos a pesar
de que la verdad sea de suyo escurridiza y en
ocasiones subjetiva, cambiante y plural. Si es
cierto que he tropezado con quienes consciente o
inconscientemente han tratado de desfigurarla,
regularmente arrimando el ascua a su sardina (no
tanto por partidismo político como por vanidad
personal), deseo con satisfacción hacer constar
que en la gran mayoría de las personas
entrevistadas, la búsqueda de la verdad se hacía
patente en la manera de hablarme y en la manera
de escucharme. La verdad, la experiencia me lo
demostró en esta ocasión a medida que iba
avanzando en la recopilación de datos y
testimonios, tropieza con escollos difíciles de
evitar, más aún cuando se refiere a días y
situaciones límite. He observado que, en general,
existe confusión en la cronología de los hechos,
principalmente en los horarios. Treinta años son
muchos años, y por otra parte 18, 19 y 20 de julio
fueron para las personas con quienes me he
entrevistado, un día largo —el día más largo de
los españoles, pues además se compuso de la
superposición de tres— inacabable, en que
mañana, tarde y noche se confundían. Inexactitudes
horarias y errores de cronología han saltado a los
libros, incluso a los mejor documentados, y se
acentúan en aquellos que vieron la luz en el
extranjero por cuanto quienes los escribieron lo
hacían por lo común fiados a la memoria, en
mayor medida que quienes escribieron dentro de
España con documentación al alcance de la mano.
También he observado —y ello no es un
descubrimiento ni pretende serlo— que las
interpretaciones subjetivas pueden conducir a
extremos notables. Si en una escaramuza o choque
hubo pocos o muchos tiros es algo de difícil
aclaración; porque, en primer lugar, ¿qué son
muchos tiros?, y ¿cuántos son pocos tiros? Y no
hablemos de las palabras. Se repiten a lo largo de
la obra expresiones como fidelidad, lealtad,
coraje, prestigio… representando valores distintos
y hasta contrapuestos según quien los pronuncia,
piensa o escribe. ¿Cómo poner orden en esta selva
enmarañada y conseguir que el lector (¿quién es el
lector?) me comprenda, si las mismas palabras aún
en idéntica persona han podido desplazar su
significado a lo largo de los años? ¿Puedo yo,
escritor que me considero imparcial, erigirme en
juez y valorar conductas, actitudes, gestos? Hubo
época en que mentalmente lo hice porque me creía
en posesión de la verdad en terrenos en que la
verdad es inestable. Por el momento no me
atrevería a hacerlo, y menos después de las
confidencias recibidas, de lo que se me ha dicho o
de lo que se me ha callado, de lo que he llegado a
averiguar, que en cierta medida me ha convertido
en cómplice, en confesor, en depositario de
secretos ajenos.
A la memoria se me viene uno de los principales
peligros de la guerra; que no hay jueces. Los
«jueces» desaparecen, se convierten en parte, y
como tal juzgan, condenan y ejecutan. A nadie, que
yo sepa, se le ha resucitado una vez terminada
cualquier guerra. Y ahora podemos, ya que hemos
rozado el tema de la muerte, aludir a la muerte que
en mi libro está presente en proporción muy
superior a lo que el lector, principalmente el lector
joven, puede suponer. Porque si la guerra se inició
el 18, 19 y 20 de julio de mil novecientos treinta y
seis, y en esos días los españoles comenzaron a
matarse entre sí, el ansia y la posibilidad
fratricidas no se aplacaron sino mucho después.
Hay mucha muerte presente en mi libro y más
muerte aún que comenzará a cobrar su alcabala
después de la última página.
Sabemos que el general Goded fue fusilado y
que también lo fue el presidente de la Generalidad
de Cataluña, el general Fanjul y el general Núñez
del Prado, pero ¿son tantos los que están enterados
que en igual forma murieron Arturo Menéndez,
Lizcano de la Rosa y los generales Salcedo y
Caridad Pita? Si he dicho que la lista de los
entrevistados sería larguísima, larguísima sería a
su vez la de los muertos, que también tuve
intención de incluir fraccionada en forma de notas
al pie de página. Murió fusilado el capitán Agustín
Huelin y el teniente Ruiz de Segalerva, y fusilados
murieron Javier Bueno y Julián Zugazagoitia [2].
Ante el pelotón de ejecución cayó el general Batet
(al general Molero no le fusilaron como aparece
por ahí escrito, ni tampoco, creo, al general Villa-
Abrille) y una de las víctimas del masacre de la
Cárcel Modelo madrileña fue Gabriel Bustos, de
catorce años de edad, falangista de la cuarta
centuria, a quien en el libro dejamos en la
comisaría de la calle Leganitos, y a quien el lector
supondrá salvado; y aquí, señores, «no se salva ni
Dios».
Se salvaron sí, por azares geográficos, por
casualidad, por piernas, o por protección divina,
aquellos que han hablado ahora conmigo, pero a
quien más, quien menos, la muerte le rondó cerca.
Los jóvenes y los más jóvenes, he oído decir que
desaman a la generación de la guerra, a los
hombres maduros, a los viejos y más viejos. Yo
podría decirles que en su actitud puede haber junto
a una parte de razón que no les falta, una parte de
injusticia. Los hombres de la guerra arriesgaron,
sufrieron y perdieron. Un hombre que ha hecho la
guerra, un hombre que se ha encontrado en
encrucijada donde lo físico, moral y espiritual se
confunden, un hombre que ha arrostrado el trance
de matar, un hombre que ha sentido la muerte ajena
alrededor, quien le ha visto días, semanas, meses,
años las orejas al lobo y los cuernos al diablo,
merece ser considerado con cierta indulgencia. El
valor físico no estoy convencido de que sea virtud
tan estimable como tradicionalmente venimos
considerándolo, pero sí estoy seguro de que es
virtud estimable y que merece respeto. De valor no
anduvo floja aquella generación[3]. Ante el
paredón cayeron José Antonio Primo de Rivera, el
gobernador de La Coruña Pérez Carballo y su
esposa Juanita Capdevilla, el comandante López
Amor y los capitanes López Varela y López Belda,
y tres veces fue fusilado el «Pineda», un anarquista
sevillano que había servido de modelo para un
Cristo; a la tercera fue la vencida. Y es que en
España hubo grandes cementerios bajo la luna y
bajo el sol también. Ante las tapias de uno de esos
cementerios murió Manuel Irurita, obispo de
Barcelona y quienes piadosamente lo acogieron en
su casa, y en Madrid, Manuel Mateo, delegado
nacional de las CONS, sufrió aquella mala muerte
que presentía. Cuando el diputado Ricardo
Zabalza, secretario de la Federación de
Trabajadores de la Tierra, se enfrentó con el
pelotón, pidió, y le fue concedido, hacerlo
esposado con José Gómez Osorio, último
presidente del PSOE.
Estoy dando los nombres de algunas de las
personas sacrificadas que pueden ser conocidas
por los lectores. Muchos de los personajes que
aparecen a lo largo de las páginas lo hacen con su
nombre, pero asimismo son numerosos aquéllos,
entre quienes jugaron papeles de importancia
secundaria, especialmente si viven, a los cuales
por distintas causas les he cambiado el nombre.
De estas causas la principal es porque ellos
mismos me lo han pedido, en otros casos porque
teniendo noticia de hechos ocurridos a personas
vivas o difuntas, los datos recopilados resultaban
insuficientes y me he visto obligado a «novelar»
—y obsérvese que no digo «inventar»— para dar
vida y coherencia al personaje. Casos se dan,
refiriéndose siempre a esos personajes
secundarios, en que me ha parecido oportuno
desfigurar alguna circunstancia, cambiarles de
ciudad incluso, y desenvolver su peripecia con
cierta libertad narrativa. También hay aquellos
cuyo nombre no aparece o cuya circunstancia
geográfica no se precisa. Estos personajes
secundarios, que sólo un número restringido de
lectores conseguirán identificar, sufrirán como los
otros la criba de la guerra. Algunos parecen ya
marcados por el signo de la muerte, a otros la
muerte les llegará en circunstancias imprevistas.
Murieron «por Dios y por España» lo mismo
José, camarero de un hotel de provincias y
socialista, que Enrique, sobrino del tío Iñaqui,
mediocre estudiante y ardiente requeté. Al
«Gravat» lo fusilaron en el Campo de la Bota, y
José Miguel, hijo de don Juan García de la
Concha, etc., etc. (nombre evidentemente
inventado), apareció muerto en la cuneta de la
carretera de Maudes cuando los primeros
bombardeos de Madrid; le dieron el paseo junto a
su tío Enrique, que disponía de amistades y dinero.
Del obrero que oyó por radio el discurso de La
Pasionaria y se marchó a la Casa del Pueblo, nada
más se supo; su mujer lo buscó inútilmente durante
varios días. Teodoro, el muchacho gaditano
miembro de las JSU, alcanzó el grado de
comisario de batallón en el ejército popular y
murió en la batalla del Ebro, batalla en la que
también fue a morir el falangista que en Madrid
tuvo miedo y acudió a refugiarse a casa de su tío,
junto a su prima; alistado en el ejército
republicano fue sorprendido cuando intentaba
pasarse. Uno de los contertulios del café
salmantino desapareció de su casa y jamás se
averiguó su paradero; como probablemente era
masón, nadie se preocupó de colocar una cruz
sobre la tierra que le cubría. Suerte más o menos
semejante corrieron el tabernero sevillano que
hablaba demasiado, y el médico cacereño que
cuidaba una blenorragia al cacique socialista. La
señora que con tanta fogosidad detestaba a La
Pasionaria enviudó en Madrid; el cadáver de su
marido, miembro de una familia aristocrática, fue
identificado años después en Paracuellos de
Jarama. Y acusado de espía, fue ejecutado el viejo
funcionario que tenía prohibido por el médico
tomar café y alcohol. Muertos, muertos y muertos;
demasiados muertos.
En el libro se dan muchos nombres más,
verdaderos, a los que se alude de pasada en
distintas ciudades; entre ellos también fue
importante la cosecha de la muerte. Pongamos
como ejemplos, a don Castor Prieto, amigo de don
Miguel de Unamuno, a Femando Vidal Ribas, que
quiso ser fusilado vistiendo de etiqueta, al
diputado Luis Rufilanchas, que fue a Galicia a
acompañar a su familia, al teniente coronel
Huertas Topete, padre de dieciséis hijos, a Vicente
Ballester, militante obrero gaditano, al general
Patxot, y también a los periodistas Sánchez
Monreal y Díaz Carreño, y al coronel Vallespín. Y
sólo doy unos botones de muestra.
Pensando que su lectura pudiera resultar enojosa
he prescindido de las notas en el texto. Con las
noticias verdaderas a que en sus diálogos aluden
los personajes, van confundidas las falsas,
producto de defectos de información, del
apasionamiento o de los bulos que circulaban. El
lector atento sabrá deslindar unas de otras; las
noticias falsas suelen quedar implícitamente
desmentidas; Podría objetarse que resultaba
innecesario acumular las falsas; no lo era.
Defectos de información originaron tomas de
posición, adopción de medidas equivocadas o
acertadas, es decir, influyeron en los
acontecimientos, pero además, el grado de
credulidad individual, la manera de interpretar y
comentar las noticias son termómetros para
señalar la idiosincrasia de los personajes. Las
falsas noticias, los defectos de información fueron
importantes en aquellos días.
Es posible que la lectura del libro produzca
cierta sensación de confusión; que a nadie le
extrañe, la confusión (palabra que se repite con
machaconería en el texto) fue una de las
características del momento.
Desorden, desconcierto, indecisiones, todo va un
poco a la deriva, a la buena de Dios; todo se
improvisa en un estado de cosas totalmente nuevo,
sin precedentes válidos, sin referencias a qué
acogerse. La acción decidida de los audaces, unas
veces calculadores, otras intuitivos, resuelve las
más variadas situaciones, y suele dar al contrario
la sensación de planificación que algunos
atribuyen al enemigo.
A lo largo de las setecientas páginas de este
libro las escenas se repiten, las situaciones se
reiteran, los tiempos del verbo también; palabras
como: fusil, disparar, fatiga, avanzar, tensión,
gritos, insultos, grupos, contradictorio, coraje,
velocidad y muchas otras, las empleo en cada
página, en cada renglón. Es fácil comprender las
causas que me han obligado a hacerlo; escribo una
crónica de tres días decisivos no una obra literaria
de lucimiento. Hablo, escribo, de manera sencilla
y directa, la única que admite el tema.
La transcripción de algunos documentos —
alocuciones, bandos, etc.— rompe a veces el ritmo
literario de los capítulos o escenas; me ha
parecido obligado sacrificar el estilo a cambio de
proporcionar al lector datos históricos que
considero del mayor interés.
El teléfono figura como personaje importante.
No es capricho mío ni artificio de habilidad
literaria; los testimonios me lo han impuesto. En
aquellos días el teléfono fue utilizado en ambos
bandos tanto como el fusil. Ya lo sabemos.
Las escenas están en gran parte dialogadas.
Algunos de los diálogos son transcripción fiel
(taquigrafía diría, si taquigrafía hubiese empleado)
de las palabras que se pronunciaron, avaladas,
dictadas, por quienes las pronunciaron, escucharon
o asistieron a la escena; en otras páginas están
tomadas de libros, periódicos, memorias o relatos
varios; en estos casos he procurado compulsar
unas versiones con otras. En otros capítulos me he
visto forzado a reconstruir los diálogos partiendo
de los temas que se trataban, de los personajes que
dialogaban y de la especial circunstancia en que lo
hacían. En más de una página me ha sido posible
sometérselos, junto con el resto de la escena, a la
aprobación de los interesados.
Aunque no se trate de una obra propiamente
histórica, aporto bastantes hechos, noticias y
detalles hasta hoy inéditos o desconocidos.
Posiblemente se han deslizado errores; ruego se
me perdonen en mérito de lo muchísimo que la
obra abarca y de la dificultad de alcanzar la
verdad. Si alguno de los errores que pudieran
habérseme escapado (que no serán muchos ni
graves), sirviera para desencadenar relatos
verídicos por parte de los interesados, el propio
error habría cumplido una misión contribuyendo a
desentrañar hechos históricos que de otra manera
permanecerían ignorados o desfigurados. Sobre
ciertos sucesos he recibido informaciones
contradictorias; cuando no he conseguido poner en
claro de qué parte podía estar la verdad, he
prescindido de ambas informaciones. Así, por
ejemplo, la detención del general Goded tras la
rendición en Barcelona del edificio de la
Capitanía General. En el diario madrileño
Claridad, se atribuye a un guardia de Seguridad,
natural de Baracaldo, llamado Manuel Gómez. En
otras versiones, fue el comandante Pérez Farrás
quien la llevó a efecto por encargo personal del
presidente Companys. Su hijo Manuel Goded no
fue testigo presencial de la detención y tampoco da
versión directa en su libro Un faccioso cien por
cien. Una de las incógnitas que no nos ha sido
posible aclarar, es si durante la lucha ocupó
alguien el monumento a Colón y estuvo disparando
desde lo alto. Ambos bandos aseguran que desde
arriba se disparaba contra ellos; así ha sido
publicado en distintos libros y así me lo han
manifestado oralmente diferentes personas. Nadie,
sin embargo, reivindicó la hazaña para sí o para
los suyos; cosa que resulta un tanto extraña. Que la
enorme esfera dorada que sirve de pedestal a la
estatua, apareció acribillada a balazos, lo
recuerdo muy bien, y es más que probable que
combatientes de ambos bandos dispararan contra
el lugar desde el cual suponían se Ies hacía fuego.
¿Podían rebotar algunas balas? Otro de los hechos,
muy importante éste, sobre el cual no existe
acuerdo y que habiendo muerto ambos
interlocutores resulta difícil de poner en claro, es
la conversación sostenida entre Martínez Barrio y
el general Mola, o por lo menos algunos extremos
generalmente aceptados. El señor Martínez Barrio
negó, o proporcionó una versión distinta en un
periódico mejicano, en abril del año 1940.
También a partir de la cuarta edición del libro
España, de Salvador de Madariaga, se reproduce
en el prólogo una carta del citado señor Martínez
Barrio en la cual se le ruega una rectificación
sobre el contenido del diálogo telefónico
sostenido con el general Mola. Burnett Bolloten
trata ampliamente en sus notas de este asunto, y leo
ahora, que en El Pensamiento Navarro del mismo
19 de julio ya se decía que le había sido ofrecida
la cartera de Guerra al general Mola. En todo
caso, ya observará el lector cómo he resuelto la
escena, y dejó dilucidar este asunto a la persona o
las personas que puedan dedicarle mayor tiempo y
espacio. Tengo entendido que existe la posibilidad
de que sean publicadas en breve las memorias que
don Diego dejó escritas, y que con respecto a este
punto pudieran aportar algún dato más a
considerar [4].
Tres días de Julio puede también leerse por
partes o fragmentariamente, pero a quien le
interese informarse de lo que fueron en España
aquellos días, estimo que deberá leerlo entero; el
valor de cada página se incrementa con el montaje
de las numerosas escenas aparentemente
inconexas, con la sensación que trato de dar a
través del conjunto como muestrario del todo. Los
hechos aislados y en sí mismos, son significativos,
pero su verdadera significación, su alcance
histórico, habrá que buscarlo en el conjunto. La
crisis del 18, 19 y 20 de julio de 1936, no fue obra
exclusiva de un reducido número de españoles,
sino de muchos, muchísimos.
La selección de las ciudades en que sitúo los
hechos puede provocar descontentos. Resultaba
imposible, por muy diversas razones, abarcarlas a
todas. He elegido aquellas cuya inclinación a uno
u otro bando creo que ejerció mayor influencia,
aunque también es discutible, pues en el juego del
ajedrez, por ejemplo, cualquier pieza que se juega
o que no se juega puede tener suma importancia.
Me he inclinado en ocasiones hacia lugares sobre
los cuales poseía más directos y mejores
testimonios, o explicaciones plausibles, sin contar
que en algunas ciudades —Valencia, San Sebastián
y Toledo, entre otras— los hechos decisivos se
produjeron más tarde.
Sobre lo sucedido en la plaza de Almería,
lamento no poder utilizar todo el material,
recogido de labios de un moribundo, al cual deseo
dedicar un recuerdo desde este prólogo. Fue, de
todas las entrevistas que he hecho, la más emotiva.
Gabriel Pradal, arquitecto, diputado socialista por
Almería, mostró interés en hablar conmigo a pesar
de la gravedad de su estado. Fui a visitarle un
domingo por la tarde a un hospital de cancerología
de Ville Juif, en los alrededores de París. Su
estado era desesperado; una transfusión constante
de sangre le conservaba unido a la vida por el
precario cordón umbilical de un tubo de goma y
una aguja. Hablaba pausadamente, con estoica
serenidad. Permanecí con él más de dos horas,
hablando y tomando apuntes. A determinados
momentos de la entrevista asistió don Valentín
Fuentes, marino de guerra, exilado y sordo, que fue
a visitarle. Su buque había atracado en los días del
alzamiento en el puerto almeriense. Luego
quedamos largo rato solos; su hija, que le asistía,
salió a alguna diligencia. Entonces Pradal me
confesó que sabía cuál era su fin y que estaba
próximo; me dijo: «no me asusta lo que va a
suceder», pero sí le dolía morir maltrecho, con la
suciedad natural del enfermo que no domina bien
los resortes del organismo, en una habitación de
hospital y lejos de su patria. Pocos días después
me llegó la noticia de su muerte. Fue la mía una de
las últimas manos que estrechó, y lo hizo con
fuerza. Conservo las notas que tomé, una parte
considerable de las cuales no encajan en las fechas
de este libro, cuyo límite fijé con posterioridad.
Podría desde este prólogo polemizar con muchos
de quienes han escrito libros sobre la guerra
española; he centrado la atención en estos tres
días, y bastante es lo que he descubierto y
averiguado. He visto deshacerse mitos que unos y
otros autores van repitiendo y que no aparecen
documental ni testificalmente probados de manera
seria. Por ejemplo, que los sacerdotes de
Barcelona dispararan sistemáticamente desde las
iglesias y los frailes desde los conventos. Ni un
solo testimonio fehaciente, y si se hubiese
producido un caso, digo uno, esa golondrina no
haría verano. Otro ejemplo también barcelonés:
que la Olimpíada Popular se hubiese concebido o
utilizado con intención militar, como manera
solapada de introducir combatientes extranjeros en
Barcelona. La organización de la Olimpíada fue
larga, y la fecha del 19 de julio la señaló el
general Mola, no Moscú ni ningún otro fantasma
fácil de poner en circulación. Por otra parte, si
algunos atletas lucharon en la calle, fueron muy
pocos; la mayor parte regresaron a sus países,
aunque un reducido número es cierto que quedaron
incorporados a unidades combatientes catalanas,
anteriores a las Brigadas Internacionales, hecho
nada sorprendente dada la edad de los atletas y su
ideología política. Otras golondrinas que tampoco
hacen verano [5]. Que Casares Quiroga no armó a
las masas es un hecho probado y reconocido en los
libros escritos incluso aquí, cuando de narrar
hechos se trata y no de hacer comentarios. ¿Por
qué, pues, persiste la leyenda? De los numerosos
testimonios que he recogido sobre el cuartel de la
Montaña (una noche, me invitaron a cenar un grupo
de los falangistas supervivientes) nada me induce
a creer que sacaran bandera blanca con intención
de ametrallar a mansalva a quienes avanzaran
confiados sobre el cuartel. Como esa bandera
blanca apareció, según aseguran otros testimonios,
hay que suponer, conocido el ambiente que en el
interior del cuartel reinaba, que su colocación se
debió a la iniciativa de un grupo de soldados o
suboficiales que deseaban rendirse o incorporarse
al «enemigo». Así lo cree también Ramos
Oliveira, el historiador socialista, y lo admiten
igualmente, Broué y Témine. En vista de la
mortandad que se produjo como consecuencia del
hecho, nadie quiso después confesarse autor;
parece perfectamente plausible. Sobre los
suicidios ocurridos en el interior del cuartel, hay
disparidad de criterios con respecto a su número;
aquí me he permitido «novelar» en pequeña
medida. En el caso concreto del coronel don
Moisés Serra, me fue facilitada una versión directa
que no me ha resultado posible encajar en el
relato.
Un punto que considero polémico es la posible
intervención extranjera en estos tres días. Nadie ha
aportado pruebas suficientemente convincentes, yo
tampoco las he hallado. Durante las horas que
abarca este libro, parece ser que don José Giral, al
hacerse cargo del Gobierno, telegrafió a León
Blum, jefe entonces del Gobierno francés,
pidiéndole inmediato auxilio. También en los días
posteriores salen emisarios de Marruecos para
Italia y Alemania[6]. No se trata; pues de
intervención extranjera todavía, sino de gestiones
solicitando ayudas. Mucho se ha hablado del
documento redactado en Roma el 31 de marzo de
1934. (Tomo ahora los datos de La CNT en la
Revolución Española de José Peirats; lo he visto
reproducido y aludido en otros libros). El general
Barrera, dos representantes de la Comunión
Tradición alista y don Antonio Goicoechea, jefe de
Renovación Española, visitaron a las cuatro de la
tarde al jefe del gobierno italiano, Benito
Mussolini; inmediatamente redactaron el acta.
Teniendo en cuenta la fecha en que la entrevista se
celebró, la vaguedad de los acuerdos, y que
aunque quizá fueron entregadas, en calidad de
ayuda, millón y medio de pesetas, no hay
constancia de que el 19 de julio de 1936, hubiesen
sido proporcionadas las armas que en el
documento se aluden (20 000 fusiles, 20 000
bombas de mano y 200 ametralladoras) que no
aparecen por ninguna parte el día de la
sublevación, en que precisamente en Pamplona se
padece escasez de armamento, el documento no
parece suficientemente probatorio. Hugh Thomas,
en una nota de su libro La Guerra Civil española
dice que un comité carlista de guerra, adquirió
importantes cantidades de armas que fueron
confiscadas en Amberes, y de las cuales sólo las
ametralladoras llegaron a España. El número de
150 ametralladoras pesadas y 300 ligeras que da,
me parece muy elevado. Esas ametralladoras, 450
nada menos, no aparecen por ningún sitio en el
momento del levantamiento. En Pamplona no
estaban, en Barcelona, que yo sepa, los requetés
no disponían de una sola, ni en Madrid, ni en
ningún otro lugar aparece tan fabuloso número de
ametralladoras. Si alguien supiera algo, que lo
aclare. Por cierto que en la edición española de
Hugh Thomas, por culpa de una errata, el número
de ametralladoras pasa a 10 000. En la edición
francesa que consulto, 10 000 son los cartuchos,
cifra ésta que para abastecer 450 ametralladoras
parece menos que insuficiente. Consulto el
volumen de La Cruzada que es la fuente del dato.
En efecto, habla de esas ametralladoras, pero
después no vuelven a mencionarse. ¿Se trata de un
error?, ¿de un rumor?, ¿se trata de un dato mal
acoplado? Los cartuchos eran 5 000 000, las 10
000 eran bombas de mano. Total, que mientras no
se demuestre lo contrario, dudo que esas
ametralladoras se introdujeran en España antes del
18 de julio. Aún así, no sé si podría calificarse de
intervención. Que un cierto número de requetés
recibieron instrucción en Italia, es cosa sabida,
pero que tampoco autoriza a hablar de
intervención.
Ambos bandos confiaban en una eventual
protección de naciones y partidos políticos
simpatizantes. Que gentes de esas naciones y
partidos pudieron ejercer ciertas influencias,
también parece posible; pero en los días 18, 19 y
20 no se produjo lo que con verdad puede
llamarse «intervención»; eso vino después.
Sobre la bibliografía utilizada tampoco hago
fichas. He leído muchos libros que tratan de la
guerra y he consultado numerosos periódicos y
revistas de los días del alzamiento y de sus
aniversarios, así como del mes que antecedió a los
hechos. Renuncio a dar bibliografía. En ocasiones
un libro de centenares de páginas sólo he podido
utilizarlo para concretar una hora, averiguar un
nombre, o para comprobar o completar un dato.
Juan García Durán ha publicado en Montevideo
una Bibliografía de la Guerra Civil Española;
consta de 6248 fichas, aunque parece que este
número debe considerarse exagerado. Hugh
Thomas, en su libro citado, y Herbert Rutledge
Southworth en El Mito de la Cruzada de Franco
dan una bibliografía de unos seiscientos
volúmenes cada uno, bien es cierto que se ocupan
de temas más amplios. Lo mismo sucede con
Bolloten que declara haber consultado 2500 libros
y folletos. La Historia de la Cruzada, dedica
catorce volúmenes al alzamiento de entre 100 y
125 páginas, y de formato 32 X 25.
Deseo dar las gracias a cuantos me han prestado
libros que tanto m§ han ayudado en mi labor; de
otra manera me hubiese resultado muy difícil
proporcionármelos y la consulta en las bibliotecas
siempre se hace de forma insuficiente e
incompleta. Cuando doy detalles del aspecto físico
o del vestido de los personajes suelo basarlo en
fotografías de aquellas fechas, en recuerdos de
entonces, en descripciones que me han sido
hechas.
La consulta de centenares de fotografías —quizá
más de dos mil—, ha sido para mí de mucha y
directa utilidad.
Los días 18, 19 y 20 de julio son fechas que
pertenecen a la Historia, a la más reciente historia
todavía dolorosa, en carne viva, pero no pueden
ser enjuiciados con carácter de presente ni
tampoco con los valores que un día —aquel día
tan largo— provocaron, y si se quiere,
«justificaron» los hechos.
Si se han traído aquellos hechos al presente, lo
hago como procedimiento narrativo, para dar
actualidad a la Historia, precisamente porque no
es actual y porque una perspectiva de treinta años
autoriza a servirse de semejante procedimiento.
Lo que más nos interesa de España es su futuro;
el pasado se aleja irremediablemente y diría,
¡gracias a Dios!, si no fuera porque con el pasado
nos alejamos nosotros mismos. Entre ese futuro en
el cual ponemos nuestras mejores esperanzas y el
pasado que aquí revivimos, nos consumimos en el
hoy de nuestras inquietudes, trabajos, afanes e
inconformismos.
Este prólogo, que debería titular «discurso», y
que es a manera de soliloquio que improviso ante
el lector, va alargándose y podría alargarse más,
tantas son las cosas que quedan en el tintero;
algunas de ellas es preferible que permanezcan en
él. No me he referido a las consecuencias, a las
lecciones que del libro deben deducirse. Creo que
este volumen debe leerse con desapasionamiento y
buena fe; cada cual sacará sus propias lecciones.
De mis conclusiones personales deseo anticipar
una: a ningún precio los españoles deben repetir
un 18, 19 y 20 de julio por muy gloriosas que
tirios y troyanos consideren esas fechas. A ningún
precio, lo repito, la máquina de matar debe
ponerse en marcha porque después no

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