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Libro PDF Tres mujeres – Robert Musil

Tres mujeres - Robert Musil

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Hay un tiempo en la vida en que ésta retarda su
marcha sensiblemente como si vacilara entre
seguir adelante o cambiar de rumbo. Es posible
que en ese período uno sea más propenso a que le
pase una desgracia.
Homo tenía un hijito enfermo; pasó todo un año
sin que mejorara, aunque tampoco empeoraba; el
médico ordenó una cura larga y Homo no pudo
decidirse a acompañar a su hijo. Le pareció que
esto le hubiera separado demasiado tiempo de sí
mismo, de sus libros, de sus proyectos y su vida.
Sintió que su negación era un gran egoísmo, pero
tal vez fuera más bien una disgregación de su yo,
ya que hasta entonces nunca se había encontrado
separado de su mujer ni un solo día; la había
amado mucho y seguía amándola, pero este amor
se había vuelto quebradizo a causa del niño, como
una piedra en la que ha penetrado el agua y que va
abriéndose cada vez más. Homo se sorprendió
mucho de esta nueva calidad de separabilidad, sin
que en su leal saber y entender su amor hubiera
disminuido jamás, y mientras estaban ocupados
con los preparativos del viaje no se le ocurrió
ninguna idea de cómo pasar solo el siguiente
verano. Sentía únicamente una profunda aversión
por los balnearios y los pueblos de alta montaña.
Se quedó atrás solo, y el segundo día recibió una
carta invitándole a participar en una sociedad que
proyectaba abrir de nuevo a la explotación las
antiguas minas de oro venecianas del valle de
Fersena. La carta era de un tal señor Mozart
Amadeo Hoffingott, a quien había conocido en un
viaje varios años atrás, y que durante unos días
había sido su amigo.
No obstante, no tuvo la menor duda de que se
trataba de un asunto serio y honrado. Mandó dos
telegramas uno para hacer saber a su mujer que
salía enseguida de viaje y que le comunicaría su
paradero, y otro aceptando la oferta de participar
en la explotación como geólogo y tal vez
aportando una suma importante.
En P., aldea italiana rica sin aparentarlo, que
produce moras y vino, se encontró con Hoffingott,
hombre alto, guapo y moreno, de su misma edad,
de temperamento inquieto. Supo por él que la
Sociedad disponía de importantes fondos
americanos y que los trabajos se realizarían en
gran escala. De momento, una expedición se
adelantaba para ir preparando las cosas; constaba
ésta de ellos dos, y tres socios; estaban comprados
los caballos, se esperaban herramientas y se
contrataban obreros.
Homo no vivía en la fonda sino, sin que
supiera por qué, en casa de un italiano, un
conocido de Hoffingott. Había tres cosas que le
llamaban la atención. Las camas fantásticamente
blandas y suaves en un hermoso encajonado de
caoba; las paredes de papel pintado con dibujo
increíblemente confuso y cursi, completamente
indescifrable; y una mecedora de mimbre. Al
balancearse uno en ella mirando el papel pintado,
el hombre entero se convertía en un enredo de
zarcillos que subían y bajaban y que en menos de
dos segundos surgían de la nada, crecían hasta
alcanzar su verdadero tamaño y volvían a ser
disminuidos.
Era a mediados de mayo. En las calles flotaba
un aire peculiar, mezcla de nieve y de Sur; de
noche estaban iluminadas por grandes reverberos,
y colgaban tan altos de los cables transversales
que las calles debajo de ellos parecían abismos de
un azul oscuro, por cuyos fondos negros había que
caminar, mientras en lo alto giraban soles en el
espacio despidiendo un centelleo blanco. De día
se veían viñedos y bosques. El invierno los había
puesto de color rojo, grana y verde; y como de los
árboles no se desprendía el follaje, lo marchito y
lo fresco se entrelazaban como en las coronas
funerarias; en medio estaban metidas, bien
visibles, las casitas de campo pintadas de rojo,
azul y rosa, igual que dados colocados de diversas
maneras, representando insensibles ante todo el
mundo una rara ley formal que ellas no conocían.
Pero en las alturas el bosque era oscuro y el monte
se llamaba Selvot. Más arriba del bosque había
pastos, ahora nevados, cuyo ancho y calmado
oleaje seguía, a través de los montes vecinos, el
corto y empinado valle transversal en el que había
de penetrar la expedición. De estos montes
bajaban hombres para traer leche y comprar harina
de maíz, y a veces también traían grandes drusas
de cristal de roca o de amatista; decían que
crecían en muchas grietas y que eran tan
abundantes como las flores de un prado; aquellas
creaciones fantásticas, de una belleza irreal,
aumentaban aún más la sensación de que algo
ansiosamente esperado se escondía bajo las
apariencias del paisaje, con su centelleo tan
extrañamente íntimo como el de las estrellas
ciertas noches. Cuando entraron en el valle
montados en los caballos y a las seis pasaron por
Sankt Orsola, cerca de un puentecito de piedra
tendido a través de un frondoso hoyo de montaña
estaban cantando tal vez no cien, pero sí dos
docenas de ruiseñores; era ya muy de día.
A su llegada se encontraron en un lugar muy
extraño. Estaba pegado a la ladera de una colina;
el camino de herradura que les había conducido
hasta allí, al final saltaba casi de una roca plana a
otra, y de él se desviaban cuesta abajo, retorcidas
como arroyos, unas cuantas callejuelas escarpadas
que desembocaban en las praderas. Desde el
camino mismo sólo se veían unas pobres y
abandonadas casas de labradores, pero visto
desde las praderas, más abajo, aquello evocaba
una aldea lacustre antediluviana, porque por el
lado del valle todas las casas se apoyaban en
postes altos y sus saledizos se aguantaban algo
apartados sobre la ladera, sostenidos por cuatro
delgadas estacas, largas como un árbol, semejantes
a los toldos de unos palanquines. El paisaje
alrededor de la aldea tampoco carecía de
singularidades. Consistían en un muro semicircular
de altas montañas coronadas de peñascos; estas
montañas descendían en declive escarpado hacia
una hondonada rodeando un pico central de poca
altura, poblado de bosques, lo que hacía que todo
aquello pareciera un mundo en forma de molde
concéntrico, un trozo del cual había cortado el
valle hondo del arroyo; allí el pico se abría
inclinándose hacia la otra ribera, que formaba, a
su vez, un declive por el que la aldea trepaba
cuesta arriba y a cuyos pies el río proseguía su
curso. Todas las laderas con monte bajo y algún
corso que otro estaban cubiertas de nieve. En los
bosques de la cima central el gallo silvestre estaba
ya en celo, y en las praderas que daban al
mediodía las flores se habían cubierto de estrellas
amarillas, azules y blancas, grandes como
medallas. Pero subiendo por detrás de la aldea
unos cien pies más, se llegaba a un llano no
demasiado ancho cubierto de campos, prados,
parajes y casas dispersas, mientras que desde un
bastión que rebasaba el valle la pequeña iglesia se
asomaba a un mundo que en días de buen sol se
tendía allá lejos, al pie del valle, como el mar ante
la desembocadura de un río; apenas se distinguía
entre lo que aún eran doradas lejanías de la fértil
llanura y entre el horizonte de nubes, suelos
inseguros del cielo.
Era una vida deliciosa la que comenzó allí. De
día, arriba en las montañas, en viejas galerías que
tenían los accesos cegados y en nuevas
excavaciones buscando minerales, o bien por los
caminos valle abajo, donde luego trazarían una
ancha carretera, donde les envolvía un aire suave,
anunciador del próximo deshielo. Colmaban de
dinero a la gente y reinaban como dioses. Daban
empleo a todo el mundo, a hombres y mujeres. A
los hombres los reunían en brigadas y los repartían
por las montañas donde les hacían quedarse
durante semanas; con las mujeres formaban
columnas de obreras que, por veredas poco menos
que intransitables, les iban transportando
herramientas de recambio y provisiones. La
escuela, un edificio de piedra, se transformó en
una factoría donde se almacenaban y se cargaban
las mercancías; allí una ruda voz de hombre iba
llamando una tras otra a las mujeres que esperaban
charlando, y las grandes canastas vacías que
llevaban a cuestas se llenaban hasta que se les
doblaban las rodillas y se les hinchaban las venas
yugulares. Cuando una de aquellas buenas mozas
llevaba su carga a cuestas, la mirada se le salía
por los ojos y los labios se quedaban
entreabiertos; se ponía en fila, y a una señal
aquellos animales enmudecidos empezaban a subir
uno tras otro, en grandes serpentinas, colocando
despacio un pie delante de otro. Pero llevaban una
carga inusitada y exquisita, pan, carne y vino, y
con las herramientas no había que tener ningún
cuidado especial, así que aparte del jornal se
podían quedar con muchas cosas útiles para la
casa. Por eso lo llevaban a gusto y aún se lo
agradecían a los hombres que habían traído el
bienestar a las montañas. Y esto a ellos les hacía
sentirse muy contentos; allí no le medían a uno,
como en el resto del mundo, por sus cualidades
humanas —que si era formal, poderoso y temible,
o bien fino y guapo—, sino que, fuera el hombre
que fuera y pensara lo que quisiera de las cosas de
la vida, uno encontraba afecto porque había traído
la prosperidad; el afecto iba delante de uno como
un heraldo, le estaba esperando en todas partes
como una cama recién preparada para el huésped,
y la gente agasajaba con la mirada. Las mujeres
podían demostrarlo sin recato, pero a veces, al
pasar por una pradera, podía encontrarse también
un viejo labrador que saludaba con la guadaña
como la misma muerte.
Hay que decir que en este extremo del valle
vivía una gente muy extraña. En tiempos del poder
episcopal tridentino sus antepasados habían
venido desde Alemania como mineros, y aún hoy
seguían viviendo entre los italianos como una
piedra alemana intercalada, corroída por el
tiempo. Habían conservado en parte, y en parte
olvidado, su antigua manera de vivir, pero lo que
habían conservado ya no lo sabían ni ellos
mismos. En primavera los torrentes arrastraban las
tierras; había casas que antes estaban situadas en
una colina y ahora estaban al borde de un
precipicio, sin que ellos hicieran nada por
impedirlo; y en cambio los nuevos tiempos les
llenaban las viviendas con las peores inmundicias.
Había en ellas armarios pulidos baratos, postales
y oleografías cómicas, pero a veces aparecía una
cazuela en la que podían haber comido ya en
tiempos de Martín Lutero. Ellos eran protestantes;
pero aunque sólo una tenaz perseverancia en su fe
les había protegido de la italianización no eran, sin
embargo, buenos cristianos. Como eran pobres,
casi todos los hombres abandonaban a sus mujeres
al poco tiempo de haberse casado y se iban a
América para varios años; cuando regresaban,
traían algún dinero ahorrado, las costumbres de
los burdeles urbanos y la falta de fe, pero no el
agudo espíritu de la civilización.
Muy al principio Homo escuchó un relato que
le tuvo bastante preocupado. No hacía de ello
mucho tiempo, quizá sucedió en los últimos quince
años, un labrador que había estado fuera largo
tiempo regresó de América y volvió a acostarse
con su mujer. Durante algún tiempo se sintieron
muy contentos por estar unidos otra vez y se dieron
buena vida hasta que se gastaron el último dinero.
Como entonces aún no habían llegado los nuevos
ahorros que tenían que venir de América, el
labrador se fue de casa a ganarse la vida haciendo
de buhonero —como todos los labradores de
aquella región—, mientras la mujer volvía a
ocuparse de la casa y del campo, que apenas daba
ganancia. Pero él no volvió más. En cambio, pocos
días después llegó de América el dueño de una
finca muy apartada de la primera; le recordó a su
mujer los días exactos que habían pasado desde
que se había ido, le pidió la misma comida que
ella le había preparado el día de la despedida,
sabía aún

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