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Libro PDF Tres noches contigo – Merline Lovelace

Tres noches contigo – Merline Lovelace

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Zia no escuchó el grito con el bramido de las olas. Preocupada por la decisión que pendía sobre ella como la espada de Damocles, había salido a correr temprano por
la orilla de Galveston Island, Texas. Aunque el Golfo de México ofrecía una gloriosa sinfonía de agua verdosa y olas de espuma, Zia apenas se fijó en el cambiante
paisaje marino. Necesitaba pensar, estar sola para pelearse con sus demonios particulares.
Quería a su familia, adoraba a su hermano mayor, Dominic; a su tía abuela Charlotte, que prácticamente la había adoptado; a sus primas; sus maridos y sus hijos.
Pero pasar las vacaciones de Navidad en Galveston con todo el clan St. Sebastian no le había dejado mucho tiempo para observar su alma. A Zia solo le quedaban tres
días para decidir, tres días para volver a Nueva York y…
–¡Ve por él, Buster!
Sumida como estaba en sus pensamientos, habría bloqueado el alegre grito si no hubiera pasado dos años y medio como residente pediátrica en el hospital infantil
Kravis, que formaba parte del complejo del hospital Monte Sinaí de Nueva York. Tantas horas trabajando con niños le habían agudizados los sentidos hasta el punto de
que su mente reconoció al instante que se trataba de un niño de unos cinco o seis años con un buen par de pulmones. Sonrió y dio unos cuantos pasos hacia atrás para
ver al niño correr por la arena a unos treinta metros de ella. Era pelirrojo y con pecas y perseguía a un perro blanco y marrón que a su vez perseguía un frisbi.
A Zia se le borró la sonrisa cuando miró a su alrededor y no vio a ningún adulto. ¿Dónde estaban los padres del niño o su cuidadora? ¿O algún hermano mayor? Era
demasiado pequeño para estar en la playa sin supervisión. Sintió una oleada de rabia. Ella había tenido que lidiar con los resultados de la negligencia de muchos padres.
Entonces escuchó otro grito, esta vez de pánico. Con el corazón en un puño, Zia vio que se había lanzado a las olas tras el perro. Ella sabía que había un banco de arena
que descendía en aquel punto de forma drástica.
Miró frenéticamente hacia el punto en el que la roja cabecita desapareció bajo las olas. ¡No le veía! Sin pensárselo dos veces, Zia se lanzó al agua como un delfín
perseguido por una ballena asesina.
Justo antes de meterse bajo las olas vio el lomo del perro, que la fue guiando hacia donde estaba el niño. Zia lo agarró de la muñeca. Tiró de él hacia arriba con fuerza
y rapidez. Tuvo que nadar en paralelo a la orilla durante unos angustiosos momentos antes de que la corriente le permitiera acercarse a la arena.
El niño no respiraba cuando lo tomó bocarriba y empezó la reanimación. La lógica le decía que no llevaba en el agua el tiempo suficiente como para sufrir una carencia
de oxígeno importante, pero tenía los labios morados. Centrada por completo en él, Zia ignoró al perro, que gemía y daba vueltas alrededor del niño. También ignoró el
retumbar de los pasos que se acercaron corriendo, los ofrecimientos de ayuda, el grito que fue mitad plegaria mitad expresión de pánico.
–¡Davy! ¡Dios mío!
El pecho infantil se agitaba bajo las manos de Zia. Un instante más tarde, el niño arqueó la espalda y le salió agua de mar por la boca. Rezando en silencio una plegaria
de agradecimiento a san Esteban, el santo patrón de su nativa Hungría, Zia puso al niño de costado y le sujetó la cabeza mientras echaba la mayor parte del agua que
había tragado. Cuando terminó volvió a ponerle bocarriba. Le salía agua por la nariz y tenía los ojos llenos de lágrimas, pero las retuvo.
–¿Qué… qué ha pasado?
Zia le dirigió una sonrisa tranquilizadora.
–Te has metido demasiado y perdiste pie.
–¿Me… me he ahogado?
–Casi.
El niño le pasó un brazo al perro por el cuello mientras la emoción se abría paso a través de la confusión y el miedo que reflejaban sus ojos marrones.
–¡Ya verás cuando se lo cuente a mamá, a Kevin a la abuelita y a…! –giró la cabeza y miró detrás de Zia–. ¡Tío Mickey! ¡Tío Mickey! ¿Has oído eso? ¡Casi me
ahogo!
–Sí, chaval, lo he oído.
Era el mismo tono de barítono que Zia había registrado unos instantes atrás. Aunque ya no había pánico, sino un alivio coloreado por algo parecido al buen humor.
Jézus, Mária és József! ¿Aquel idiota no se daba cuenta de lo cerca que había estado de perder a su sobrino? Furiosa, Zia se puso de pie y se giró hacia él. Estaba a
punto de lanzarle toda la munición cuando se dio cuenta de que el tono jocoso iba dirigido al niño.
Tenía unos hombros muy anchos, se fijó Zia sin poder evitarlo, coronados por un cuello grueso y una barbilla recta con hoyuelo. Tenía los ojos de un verde profundo
como el mar y el pelo negro oscuro y corto.
El resto tampoco estaba mal. Se formó una rápida impresión del ancho pecho, las musculosas piernas que asomaban bajo los vaqueros cortados y los pies con
chanclas. Entonces aquellos ojos verdes como el mar le lanzaron una mirada agradecida y el hombre hincó una rodilla al lado de su sobrino.
–Tú, jovencito –dijo mientras ayudaba al niño a sentarse–, estás metido en un lío. Sabes muy bien que no puedes bajar a la playa solo.
–Buster necesitaba salir.
–Te lo repito: no puedes bajar a la playa solo.
Zia se libró de los últimos resquemores que le quedaban al pensar que el niño estaba sin supervisión.
–Cuando me diste a Buster dijiste que era mi responsabilidad, tío Mickey –protestó Davy–. Dijiste que tenía que pasearle, darle de comer, recoger sus cacas…
–Seguiremos luego con esta conversación –lo atajó su tío–. ¿Cómo te encuentras?
–Bien.
–¿Tan bien como para ponerte de pie?
–Claro.
El pequeño sonrió y se levantó. El perro ladró para animarle, y Davy hubiera salido corriendo si su tío no le hubiera puesto una mano en el hombro.
–¿No tienes nada que decirle a esta dama?
–Gracias por no dejar que me ahogara.
–De nada.
Su tío mantuvo la mano con firmeza en el hombro y le tendió la otra a Zia.
–Soy Mike Brennan. No tengo palabras para agradecerle lo que ha hecho por Davy.
Ella le estrechó la mano y percibió su fuerza y su calor.
–Anastazia St. Sebastian. Me alegro de haberle sacado a tiempo.
El terror que había atravesado a Mike cuando vio a aquella mujer arrastrando el cuerpo inerte de Davy a la orilla había retrocedido lo suficiente como para poder
fijarse.
Y lo que vio le dejó algo atribulado.
El cabello negro y brillante le llegaba por debajo de los hombros. Tenía los ojos casi igual de oscuros y algo rasgados. Y cualquier supermodelo del planeta habría
matado por aquellos pómulos tan altos. El esbelto cuerpo se marcaba a la perfección con la camiseta y los pantalones cortos de correr a juego. Y para colmo no llevaba
anillo de casada ni de compromiso.
–Creo que se pondrá bien –estaba diciendo la mujer mientras miraba a Davy, que ahora no se estaba quieto–. Pero debería echarle un ojo durante las siguientes horas.
Observar alguna señal de respiración agitada, ritmo cardíaco rápido o fiebre. Todo eso es normal las primeras horas tras sufrir un ahogamiento.
Su acento resultaba tan intrigante como toda ella. Mike pensó que procedía de algún país de Europa del Este, pero no pudo precisar cuál.
–Parece saber mucho de este tipo de situaciones. ¿Es usted técnico en primeros auxilios?
–Soy médico.
De acuerdo, ahora estaba doblemente impresionado. La mujer tenía los ojos de una odalisca, el cuerpo de una seductora y el cerebro de un médico. Le había tocado la
lotería. Mike señaló hacia las coloridas sombrillas que asomaban del restaurante que había más arriba y se lanzó.
–Espero que nos permita a Davy y a mí mostrarle nuestro agradecimiento invitándola a desayunar, doctora St. Sebastian.
–Gracias, pero ya he desayunado.
Mike no estaba dispuesto a dejar ir a aquella maravillosa criatura.
–A cenar entonces.
–Eh… estoy aquí con mi familia.
–Yo también. Desafortunadamente –le hizo una mueca a su sobrino, que se rio–. Le estaría muy agradecido si me diera una excusa para escaparme de ellos un rato.
–Bueno…
A Mike no se le escapó su vacilación. Ni el modo en que le miró a él la mano izquierda. La marca blanca del anillo de casado se había borrado. Lástima que no hubiera
sucedido lo mismo con las cicatrices internas. Mike devolvió el desastre de su matrimonio al agujero negro en el que tenía que estar e ignoró sus dudas.
–¿Dónde se aloja?
Aquellos ojos exóticos lo miraron de arriba abajo.
–Estamos en el Camino del Rey –dijo finalmente a regañadientes–. A un kilómetro de la playa.
Mike disimuló una sonrisa.
–Sé donde está. La recogeré a las siete y media –le apretó el hombro a su sobrino, que cada vez se mostraba más impaciente–. Dile adiós a la doctora St. Sebastian,
chaval.
–Adiós, doctora.
–Adiós, Davy.
–Hasta luego, Anastazia.
–Llámeme Zia.
–De acuerdo –Mike levantó dos dedos en señal de despedida y agarró a su sobrino por la camiseta para sacarlo de la playa.
Zia los siguió con la mirada hasta que desaparecieron tras la fila de casas que había frente a la playa. No se podía creer que hubiera accedido a cenar con aquel hombre.
¡Como si no tuviera bastantes cosas en la cabeza en aquel momento sin tener que charlar de banalidades con un completo desconocido!
Observó cómo el perro saltaba al lado de ellos. Le recordó al perro de su cuñada, que se llamaba Duque, para disgusto del hermano de Zia, Dominic, que todavía no se
había adaptado del todo a la transición de agente de la Interpol a gran duque de Karlenburgh.
El ducado de Karlenburgh formó parte en el pasado del vasto imperio austrohúngaro, pero había desaparecido hacía tiempo a excepción de en los libros de historia.
Eso no había evitado que los paparazzi persiguieran al nuevo miembro de la realeza europea, obligándole a dejar su trabajo de agente secreto. Y Dom había respondido
enamorándose de la mujer que había descubierto que él era el heredero del título e incorporándola a las filas del creciente clan St. Sebastian. Ahora la familia de Zia
incluía una cuñada cariñosa e inteligente y dos primas maravillosas que Dom y ella habían conocido hacía solo tres años.
Y por supuesto, la tía abuela Charlotte. La regia matriarca de la familia St. Sebastian y la mujer que le había abierto a Zia las puertas de su casa y de su corazón. Zia
no creía que hubiera llegado tan lejos en su residencia de pediatría sin el apoyo de la duquesa.
Dos años y medio, pensó mientras renunciaba al resto de la carrera matinal y volvía al apartamento. Veintiocho meses de rondas, turnos, reuniones de equipo y
conferencias. Días interminables y noches de agonía con los pacientes. Horas dolorosas de duelo con los padres mientras enterraba su propia pérdida tan
profundamente que ya apenas salía a la superficie.
Excepto en momentos como aquel. Cuando tenía que decidir si seguir trabajando con niños enfermos durante los próximos treinta o cuarenta años o aceptar la oferta
del doctor Roger Wilbanks, jefe del centro investigación pediátrica avanzada, y unirse a su equipo. ¿Podría cambiar los retos y el estrés de la medicina de a pie por el
menor volumen de trabajo y el atractivo salario en un edificio de investigación ultramoderno?
La pregunta le quemaba como el ácido en el estómago mientras se dirigía al complejo en el que se alojaba la familia St. Sebastian. Los turistas habían empezado a bajar
a la playa. Sin saber por qué, Zia pensó en Mike Brennan. En su cuerpo musculoso y en sus vaqueros cortados que sugerían que se encontraba a gusto consigo mismo
en aquel ambiente tan adinerado.
Le apetecía la idea de cenar con él. Tal vez le ofreciera lo que necesitaba. Una noche agradable lejos de su bulliciosa familia. Unas cuantas horas en la que no tener que
tomar decisiones. Una aventura sin importancia…
¡Vaya! ¿De dónde había salido eso?
Ella no tenía aventuras sin importancia. Aparte de que las largas horas de trabajo la dejaban agotada, era demasiado responsable y cuidadosa. Sin contar con aquella
única vez. Zia torció el gesto y apartó de sí el recuerdo de aquel guapo cirujano que había olvidado mencionar su matrimonio.
Seguía lamentándose por aquel error cuando abrió la puerta del apartamento de dos plantas y seis habitaciones. Aunque todavía era muy temprano, el nivel de ruido
estaba empezando a alcanzar los decibelios permitidos. En gran parte se debía a las gemelas de tres años de su prima. Sonrió mientras siguió los gritos hasta el salón. El
ventanal ofrecía una impresionante vista del Golfo de México. Pero nadie parecía interesado en ella. Todos los presentes estaban absortos en los intentos de las gemelas
de ponerles una nariz de reno a sus tíos. Dominic y Devon estaban sentados con las piernas cruzadas al alcance de las niñas, mientras que su padre, Jack, observaba la
escena divertido.
–¿Qué está pasando aquí? –preguntó Zia.
–Va a venir Santa Claus –afirmó Amalia emocionada.
–Y el tío Dom y Dev van a ayudarle a tirar del trineo –dijo Charlotte.
Las niñas tenían el nombre de la duquesa, cuyo nombre completo y títulos llenaban varias hojas. Los de Sarah y Gina eran casi igual de largos, como el de Zia. Era un
tormento intentar que el nombre de Anastazia Amalia Julianna St. Sebastian cupiera en los formularios, pensó Zia deteniéndose en el umbral de la puerta para disfrutar
de la escena.
Los tres hombres no podían ser más distintos de aspecto y al mismo tiempo tan parecidos en carácter. Jack, el padre de las gemelas y actual embajador de Estados
Unidos en Naciones Unidas, era alto, rubio oscuro y de porte aristocrático.
El esfuerzo de Devon Hunter por pasar de supervisor de equipajes a multimillonario hecho a sí mismo se notaba en su rostro enjuto y en sus ojos inteligentes. Y
Dominic…
Ah. No había nadie más guapo ni carismático que el hermano que había asumido la custodia legal de Zia cuando sus padres murieron. El amigo y consejero que la
había guiado en sus turbulentos años adolescentes. El agente secreto que la había animado durante la etapa universitaria y que había abandonado su peligroso trabajo por
la mujer que amaba.
Natalie también le amaba a él, pensó Zia con una sonrisa mientras deslizaba la mirada hacia su cuñada. Estaba completamente feliz, sin reservas, sentada en la esquina
del cómodo sofá agarrando el collar de su perro para evitar que se uniera a la brigada del reno.
Las primas de Zia estaban sentadas a su lado. Gina, con un gorro de Santa en la cabeza con su correspondiente peluca de rizos blancos, parecía más bien una
adolescente y no madre de gemelas, esposa de un respetado diplomático y socia de una de las empresas de organización de eventos más importante de Nueva York. La
hermana mayor de Gina, Sarah, ocupaba el otro extremo del sofá. Tenía las palmas de las manos apoyadas en el incipiente vientre y sus elegantes facciones mostraban la
plácida alegría de su próxima maternidad.
Pero fue la mujer que estaba sentada con la espalda recta y las manos apoyadas en la cabeza de ébano de su bastón quien captó la atención de Zia. La gran duquesa de
Karlenburgh era un modelo para cualquier mujer de su edad. Cuando era joven vivió en varios castillos desperdigados por toda Europa. Obligada a presenciar la
ejecución de su marido, Charlotte consiguió escapar atravesando los Alpes cubiertos de nieve con su bebé recién nacido en brazos y una fortuna en joyas escondida en el
osito de peluche del bebé. Más de sesenta años después, no había perdido ni un ápice de dignidad ni de porte regio. Con el pelo blanco y la piel como el papel, la
indomable duquesa gobernaba su creciente familia con mano de hierro envuelta en guante de terciopelo.
Ella era la razón por la que todos estaban allí, pasando las Navidades en Texas. Charlotte no se había quejado. Consideraba las lamentaciones un defecto deplorable.
Pero Zia se había dado cuenta de que el frío y la nieve que había cubierto Nueva York a principios de diciembre habían exacerbado la artritis de la duquesa. Y solo hizo
falta que Zia expresara su idea de reunir a todo el clan St. Sebastian.
Dev y Sarah alquilaron rápidamente aquel apartamento de seis habitaciones y lo montaron como base temporal para sus operaciones en Los Ángeles. Jack y Gina
ajustaron sus apretadas agendas para disfrutar de aquellas vacaciones en el sur de Texas. Dom y Natalie viajaron con el perro, y la familia había logrado convencer
también a Maria, el ama de llaves de toda la vida de la duquesa y también su acompañante, para que disfrutara con ellos de aquellas vacaciones pagadas mientras el
personal del complejo se hacía cargo de las necesidades de todos.
Zia no se había tomado más de tres días seguidos de vacaciones desde que empezó la residencia. Y con la decisión pendiente de aceptar o no la oferta del doctor
Wilbanks, no se habría marchado una semana entera si Charlotte no hubiera insistido. Como si le hubiera leído el pensamiento, la duquesa alzó la vista en aquel
momento y apretó con sus arrugados dedos la cabeza del bastón. Alzó una de sus níveas cejas en gesto regio.
¡Ajá! Charlotte solo tenía que mirar a Zia para saber qué pensaba la joven. Que era tan vieja y decrépita que necesitaba que el brillante sol de Texas le calentara los
huesos. Bueno, tal vez sí. Pero también necesitaba devolver algo de color a las mejillas de su sobrina nieta. Estaba demasiado pálida. Demasiado delgada y cansada.
Había trabajado hasta la extenuación en los dos primeros años de residencia. Y en los últimos meses todavía más. Pero cada vez que Charlotte le hablaba de sus ojeras, la
joven sonreía y le decía que el agotamiento formaba parte de su residencia de tres años.
Charlotte ya había pasado los ochenta, pero todavía no estaba senil. Ni tampoco vacilaba lo más mínimo cuando se trataba del bienestar de su familia. Ninguno de
ellos, Anastazia incluida, tenían idea de que ella era quien había ingeniado aquellas vacaciones al sol. Solo había hecho falta masajearse un poco los nudillos artríticos y
alguna que otra mueca de dolor mal disimulada. Había bastado con eso y con comentar que Nueva York estaba especialmente frío y húmedo aquel diciembre. Su familia
reaccionó tal y como había imaginado, organizando aquellos días en el sur de Texas.
Charlotte había conseguido convencer a Zia para que se tomara toda la semana de Navidades. La joven todavía estaba muy delgada y cansada, pero al menos sus
mejillas habían recuperado algo de color. Y la duquesa se fijó en que le brillaban los ojos. También le intrigó que tuviera el brillante y negro cabello mojado. Y un alga
pegada.
–Ven a sentarte a mi lado, Anastazia, y cuéntame qué te ha pasado cuando has ido a correr a la playa –le pidió.
–¿Cómo sabes que ha pasado algo?
–Tienes un alga en el pelo. Dinos, ¿qué ha pasado?
Zia se tocó la cabeza y se rio. Aquello llamó la atención de los demás, que se dispusieron a escucharla.
–Un niño pequeño estaba a punto de ahogarse y me metí en el mar para sacarle.
–¡Dios mío! ¿Está bien?
–Perfectamente. Y su tío también. Muy bien –añadió subiendo varias veces las cejas–. Por eso he accedido a cenar con él esta noche.
Capítulo Dos
Como Zia había esperado, el anuncio de que iba a cenar con un completo desconocido desató un bombardeo de preguntas. El hecho de que no supiera nada de él no
sentó nada bien a los hombres de la familia.
Como resultado, todo el clan estaba reunido tomando un cóctel antes de cenar cuando el portero llamó al telefonillo aquella anoche y anunció una visita para la
doctora Sebastian.
Estaba esperando en la puerta de entrada cuando Brennan salió del ascensor.
–Hola, doctora.
«Vaya», pensó Zia. El hombre era impresionante. La sonrisa era parecida a la que ella recordaba de por la mañana, pero el envoltorio resultaba completamente
distinto. Había cambiado los vaqueros cortados y las chanclas por unos pantalones de tela negros, camisa azul Oxford de cuello abierto y elegante chaqueta informal.
Las botas de cuero y el sombrero negro fueron toda una sorpresa.
Como la mayoría de los europeos, Zia había crecido con la imagen de los vaqueros que mostraba Hollywood. Aunque llevara dos años y medio viviendo en Nueva
York, su estereotipo mental no había cambiado. Tampoco se había topado allí en Galveston con muchos tejanos que llevaran el tradicional sombrero. Pero a Brennan le
quedaba bien. Como si formara parte de él.
–¿Qué tal está Davy? –le preguntó Zia.
–De mal humor porque estuvo todo el día castigado sin televisión ni videojuegos por haberse escapado de casa.
–¿Algún efecto secundario?
–Por el momento no. Aunque a su madre se le está agotando la paciencia.
–Me imagino. Mi familia está tomando una copa en la terraza. ¿Quieres pasar a saludar?
–Claro.
–Prepárate –le advirtió ella–. Son muchos.
–No hay problema. Mi abuelo irlandés se casó con una belleza mexicana. No sabrás lo que es el ruido y el bullicio hasta que hayas cenado el domingo por la noche en
casa de mi abuela.
Ahora que había mencionado sus orígenes, Zia pudo ver trazas de ambas culturas.
Mientras le guiaba hacia la terraza que rodeaba el apartamento, Zia se alegró de haber decidido arreglarse un poco. Pasaba la mayor parte del tiempo con la bata
puesta y un estetoscopio colgado al cuello. Tenía que admitir que se sentía bien con aquella camisola de seda roja, los vaqueros ajustados de Gina y los zapatos que
también le había prestado, unos tacones mortales que añadían siete centímetros a su metro setenta y que sin embargo seguían sin ponerla a la altura de los ojos de Mike
Brennan.
Había querido recogerse el pelo en su moño habitual, pero Sarah insistió en que se dejara algunos mechones sueltos que le enmarcaran la cara. Sintiéndose como
Cenicienta, Zia abrió la puerta corredera de cristal que daba a la terraza.
Los doce pares de ojos que se clavaron en el recién llegado habrían intimidado a un hombre menos fuerte. Pero había que decir a favor de Brennan que el paso no le
falló cuando siguió a Zia a la amplia terraza.
–Brennan –dijo Dev asombrado–. Global Shipping Incorporated –se puso de pie para estrecharle la mano–. ¿Qué tal estás, Mike?
–Muy bien –respondió él, tan sorprendido como Dev de encontrar una cara conocida en aquella reunión familiar–. ¿Eres pariente de Zia?
–Es prima de Sarah, mi mujer. Mike es presidente y director general de Global Shipping Incorporated, la tercera flota de contenedores más importante de Estados
Unidos –explicó Dev.
Zia escuchaba sorprendida. En cuestión de minutos, el guapo de playa se había transformado en vaquero y ahora en alto ejecutivo. Estaba tratando de ajustarse a las
transiciones cuando Dev dio otra puntada.
–Ahora que lo pienso, ¿no es tu empresa la dueña de este complejo? Junto con otra docena de edificios industriales y comerciales del área de Houston.
–Así es.
–Supongo que por eso conseguimos un precio tan bueno por el alquiler de este apartamento.
–Intentamos cuidar a nuestros mejores clientes –reconoció Brennan con una sonrisa.
Tras presentarle a los demás miembros de la familia, Zia guio a Mike hacia la mujer de cabello blanco como la nieve que estaba sentada en un sillón de mimbre. Él se
quitó el sombrero.
–Esta es mi tía abuela Charlotte St. Sebastian, gran duquesa de Karlenburgh.
Charlotte le tendió una mano de venas azules. Mike se la estrechó con delicadeza.
–Un placer conocerla, duquesa. Ahora sé por qué el apellido de Zia me resultaba familiar. ¿No salió en los periódicos hace un par de años algo relacionado con un
Caravaggio perdido que su familia había recuperado?
–Un Canaletto –le corrigió la duquesa–. ¿Le apetece tomar un aperitivo? Podemos ofrecerle lo que le apetezca. O invitarle a probar el brandi más fino del imperio
austrohúngaro.
–Di que no y sal corriendo –le advirtió Gina–. El pálinka no es para blandos.
–Me han acusado de muchas cosas –respondió Brennan con una sonrisa pícara–. Pero ser blando no está entre ellas.
Sarah y Gina intercambiaron una mirada divertida. Darle un sorbo a aquel brandi afrutado y abrasador que se fabricaba solo en Hungría se había convertido en una
especie de rito de iniciación para los hombres que entraban a formar parte del clan St. Sebastian. Dev y Jack habían pasado la prueba, pero aseguraban que todavía
tenían quemadas las cuerdas vocales.
–No digas que no te lo advertí –murmuró Zia tras servir un poco del líquido ámbar en una copa de cristal.
Mike aceptó la copa con una sonrisa. Su padre y su abuelo habían trabajado toda su vida de estibadores en los muelles de Houston. Mike y sus dos hermanos habían
faltado a clase más veces de las que podía contar para estar con ellos en el puerto. También trabajaban en verano cargando cajas o colocando contenedores. A los tres
hermanos Brennan les ofrecieron un codiciado puesto en el sindicato de trabajadores portuarios tras graduarse en la universidad. Colin y Sean lo aceptaron, pero Mike
optó por alistarse en la Marina y luego utilizó sus ahorros y el crédito que le proporcionó un banco para comprar su primer barco, un viejo cacharro oxidado que daba
servicio en América Central. Doce años y una fleta de petroleros trasatlánticos después, todavía podía beber y maldecir como el mejor marinero.
Así que le dio un trago al brandi pensando que no le llegaría a los talones al corrosivo brebaje que tomaba en la Marina. Supo que estaba equivocado en cuanto lo
sintió en la garganta. Consiguió no atragantarse, pero los ojos le lagrimearon y tuvo que aspirar con fuerza el aire por las fosas nasales.
–Vaya –parpadeando y respirando fuego, miró el brandi con profundo respeto–. ¿Cómo ha dicho que se llama esto? –le preguntó a la duquesa entre jadeos.
–Pálinka. Se hace en Hungría.
–¿Ha intentado alguien convertirlo en combustible? Un galón de este producto podría propulsar un motor turbo.
La sonrisa de los azules ojos de la duquesa le hizo saber a Mike que había superado aquella prueba de fuego inicial. Pero no estaba dispuesto a pasar por otra, así que
dijo:
–He reservado en un restaurante a unas cuantas manzanas de aquí –le dijo–. ¿Le apetece venir con nosotros a cenar? –se giró para incluir al resto de la familia–.
¿Alguien se apunta?
Charlotte respondió por todos.
–Gracias, pero estoy segura de que Zia prefiere que su familia no te cuente historias de su desaprovechada juventud. Eso se lo dejaremos a ella.
Una vez en el ascensor, Mike apoyó la espalda en el elevador que les iba a bajar veinte pisos.
–¿Desaprovechada? –repitió–. Estoy intrigado.
Más que intrigado. Estaba fascinado por la impresionante belleza de aquella mujer y por sus ojeras. Había intentado maquillarlas, pero seguían siendo visibles.
–Supongo que «desaprovechada» es una descripción tan buena como cualquier otra –afirmó ella riéndose–. Aunque en mi defensa tengo que decir que solo intenté
operar al perro de la familia una vez. Y que fue en nombre de la medicina.
A pesar de las ojeras, Anastazia St. Sebastian era la fantasía de cualquier hombre hecha realidad. Esbelta, elegante y tan sexy que las cabezas se giraron cuando
cruzaron el vestíbulo de mármol y salieron a los jardines.
–He reservado en Casa Mia –dijo Mike tomándola del hombro cuando cruzaron las puertas de hierro que daban a la playa–. Espero que te guste.
–Es la primera vez que vengo a Galveston, me encanta contar con la opinión de un lugareño.
La temperatura invernal del sur de Texas era perfecta para caminar por el paseo marítimo que rodeaba San Luis. Mike aprovechó el corto trayecto para llenar los
huecos esenciales. Supo que Zia había nacido en Hungría, que se graduó en la Universidad de Budapest y luego en la facultad de medicina de Viena con las mejores notas
de la clase. Que tuvo varias ofertas para realizar programas de residencia pediátrica en varios centros prestigiosos antes de optar por el Monte Sinaí de Nueva York.
Ella también le sacó la información básica.
–Nacido y criado en Texas –admitió con alegría–. Viajé bastante durante mis años en la Marina, pero me tiraba la tierra. Es el hogar de cuatro generaciones de
Brennan. Mis padres, mis abuelos, otro hermano y dos de mis tres hermanas vivimos a escasas manzanas unos de otros en Houston. Pero yo tengo también una casa
aquí en la playa para que la use la familia. A los niños les encanta.
–Y no estás casado.
Era una afirmación, no una pregunta.
–Lo estuve. Pero no funcionó.
Aquella afirmación no describía con claridad los tres meses de sexo apasionado seguidos de tres años de creciente incomodidad, insatisfacción, quejas y, finalmente,
corrosiva amargura. Por parte de ella, no de Mike. Cuando el matrimonio por fin llegó a su fin, sentía como si le hubieran arrastrado por todo el estado de Texas.
Sobrevivió, pero no era una experiencia que quisiera repetir nunca en su vida.
Aunque… la cabeza le decía que el matrimonio sería algo distinto con la mujer adecuada. Alguien que apreciara la fuerza de voluntad necesaria para levantar de la nada
una corporación multinacional. Alguien que entendiera que el éxito en cualquier

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