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Libro PDF Tú eres mi fantasía – Alexia Seris

Tú eres mi fantasía – Alexia Seris

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Cuelgo el teléfono y miro al
pequeño aparato totalmente alucinada,
como si él tuviese las respuestas a las
preguntas que me estoy haciendo y que
Helena no ha querido responder.
No me lo puedo creer. Es sábado
por la noche. Mi hermana está con el
cretino de su prometido, ése que le ha
comido la cabeza y el motivo por el que
acaba de rechazar un plan para que
salgamos juntas a cenar y después a
tomar algo, aunque haya insistido en que
Jason no ha tenido nada que ver. Desde
que empezaron a salir ha intentado que
nos separemos, pero no pienso
permitirlo, mi hermana es toda la familia
que me queda, eso por no hablar de lo
mucho que ella ha cambiado.
El problema de su rechazo ya no es
que me ha dicho que no sin darme más
explicaciones, sino el hecho de que es la
única persona con la que mantengo algo
de vida social. Podría llamar a alguna
de mis compañeras del bufete, o incluso
a Julie, mi secretaria, pero
probablemente pensarían que me ha
ocurrido algo muy grave.
Yo antes tenía muchos amigos y era
raro el día que no tenía planes, pero
hace ya cuatro años que terminé con
Joseph, bueno, más bien él terminó
conmigo mucho antes, yo sólo lo hice
oficial, pero desde entonces dejé de
tener amigos. En cuanto le eché de casa,
todo el grupo se volcó con él, no es que
no me esperase su reacción, al fin y al
cabo a mí me conocieron a través de él,
pero supuso una enorme decepción, la
verdad. El caso es que el mismo día que
él se fue, se fueron los que yo creía que
eran amigos y desde entonces preferí
centrarme en mi carrera en vez de
hacerlo en otras personas, salvo mi
hermana.
Así que aquí estoy. Un sábado por
la noche, tirada en mi sofá, vestida para
divertirme con un sexy vestido, mis
zapatos favoritos, con una copa de vino
en la mano y sin nada que hacer.
¡Planazo! Estoy por ponerme a redactar
la demanda de divorcio de los Solomon.
¡Seguro que vestida tal y como voy y
con los taconazos que llevo me sale de
lujo!
Apoyo la cabeza en el respaldo del
sofá y suspiro. Tengo que empezar a
hacer algo de vida social. En serio, no
puede ser sano aburrirse tanto un fin de
semana. Cierro los ojos y tomo una
decisión, ya está, el próximo hombre
que me invite a salir, pienso decirle que
sí. Aunque sólo me sirva para quitarme
de esta estúpida abstinencia sexual que
me he impuesto a mí misma. Cuatro años
de sequía es demasiado tiempo.
Me bebo la copa de vino de un
trago y casi me atraganto cuando mi
móvil suena. Es un número que no
reconozco y contesto emocionada
aunque tristemente, la llamada dura
menos de treinta segundos, se habían
equivocado. Me pongo en pie casi de un
salto, esto es sin duda, algún tipo de
señal.
Hoy me había propuesto ir a cenar
y tomar un par de copas de vino y es lo
que pienso hacer, me da igual hacerlo
sola. Cojo mi gabardina y mi bolso y
totalmente decidida llamo a un taxi
mientras bajo en el ascensor.
En menos de cinco minutos aparece
mi taxi y le doy la dirección del
restaurante donde había hecho la reserva
para la desagradecida de mi hermana y
para mí. Miro por la ventanilla mientras
el coche se desliza por las calles de
Halifax. Adoro esta ciudad. Me parece
una de las más bonitas de Canadá. Verla
iluminada por las noches es algo
espectacular, la luna hoy está
especialmente bonita y crea un conjunto
de ensueño.
Cuando me bajo del taxi me
replanteo mi decisión pero finalmente
entro en el restaurante, no creo que sea
la primera ni la última mujer que cena
sola en un sitio bonito, elegante y de los
más exclusivos de la ciudad.
Entro y le digo al mêtre que mi
acompañante no va a venir, por lo que
cenaré yo sola, me pregunta si me
molestaría cenar en una de las mesas
individuales y aunque me sonrojo
ligeramente, acepto el cambio, no hay
necesidad de hacerlo más humillante,
sólo me faltaba que todos los
comensales se diesen cuenta de que me
han dado plantón.
Mi mesa está al fondo de la sala.
Es, con mucho, lo más deprimente que
he vivido nunca. Cierro los ojos un
instante y al abrirlos suspiro. Sigo al
amable camarero a través del comedor
mientras me fijo que varios hombres se
giran para mirarme. Justo lo que me
hacía falta, ser el centro de atención.
Una vez que tomo asiento, pido mi
cena, no me hace falta mirar el menú,
aquí hacen el mejor solomillo de buey
que he comido nunca. Pido el vino y el
acompañamiento. Después de la cena
decidiré si tomar postre o no, aunque tal
y como me mira el camarero
seguramente pida un kilo de helado de
chocolate.
Mientras espero por mi cena, me
traen un entrante de langostinos y
gambas en tartar y prensado de verduras
a la brasa. Delicioso. La cocina de aquí
es exquisita. Estoy sola y aburrida, pero
al menos disfrutaré de una cena en
condiciones, está claro que quien no se
consuela es porque no quiere.
Para fingir que soy una mujer muy
ocupada y que por eso ceno sola un
sábado por la noche, saco mi teléfono
móvil y me dedico a revisar mis emails.
Es muy frustrante, porque para poder
hacerle caso a mi hermana dejé todo el
trabajo hecho, por lo que lo único que
puedo hacer es releer los emails
recibidos y las respuestas que les doy.
—Señorita, disculpe — el
camarero me saca de fingida actividad
laboral — el caballero de aquella mesa
le envía esta nota.
Cojo el sobre con dedos
temblorosos y me abofeteo mentalmente
por mostrar mi nerviosismo, seguro que
me está observando, aunque no puedo
asegurarlo porque no me atrevo a
mirarle. El camarero se va y saco la
nota del sobre.
“Es usted la mujer más hermosa
que he visto jamás, si está sola me
gustaría invitarla a cenar. Odio
cenar solo y una buena
conversación siempre es
estimulante. Nikolay Bouchart.”
Leo la nota un par de veces, está
escrita con una caligrafía muy bonita,
totalmente legible, letras verticales, no
muestra signos de duda a la hora de
expresarse, ese curso de caligrafía
online que hice me está siendo muy útil.
Me gusta. Firma la nota de forma legible
y centrada. Sí, definitivamente me gusta.
Además da por hecho que tengo cerebro
suficiente para tener una buena
conversación, que ya es más de lo que
puedo decir de alguno de mis clientes
del bufete.
Haciendo acopio de todo mi
descaro levanto la vista y veo al hombre
más atractivo que he visto en mi toda mi
vida. ¿Y este hombre se ha fijado en mí?
¡Por Dios! Si parece sacado de un
anuncio. Tiene el pelo oscuro
ligeramente revuelto, la mirada azul
intensa y penetrante, nariz recta,
facciones simétricas, el labio inferior es
más grueso que el superior y es muy
tentador. Su perfecto rostro sólo tiene
una cicatriz bajo el ojo derecho, pero no
resulta desagradable, al contrario, le da
un aspecto más… intenso.
Me dedica una sonrisa que me deja
temblando las rodillas y por un momento
pienso si debería declinar la oferta, está
claro que es un Don Juan, pero tiene
algo que me atrae de una forma
primitiva, casi animal y como además
hace tan sólo una hora que he decidido
que ampliaría mi vida social, mira tú
por dónde voy a empezar esta misma
noche.
Llamo la atención del camarero que
me entregó la nota y le comunico que
acepto la propuesta del señor Bouchart.
Inmediatamente me guía hasta uno de los
comedores privados. ¡Vaya! he venido a
comer aquí varias veces pero nunca
había estado en uno de los reservados,
de hecho, ni siquiera sabía que tenían
comedores privados.
Tomo asiento en el confortable
sillón que rodea la mesa elegantemente
vestida para la ocasión y espero
aparentemente tranquila, o al menos lo
intento, porque por dentro estoy hecha
un flan, creo que me tiemblan hasta las
pestañas, la verdad.
Un minuto más tarde aparece en el
salón privado el atractivo hombre que
me envió la nota. Voy a ponerme en pie,
pero se adelanta y se sienta a mi lado
cogiéndome la mano.
—Gracias por aceptar mi
invitación — dice depositando un beso
en el dorso de mi mano, tiene un curioso
acento extranjero que no consigo ubicar.
—Gracias a usted por invitarme —
digo con una sonrisa que el hombre me
devuelve y se me para el corazón.
—Me llamo Nikolay Bouchart —
su voz es grave, su mirada intensa y yo
creo que estoy a punto de derretirme.
—Mi nombre es Cassandra Smith
— consigo decir sin tartamudear,
impresionante.
—Todo un placer — susurra y yo
estoy a punto de suplicarle que sí, que
yo también espero que haya mucho
placer.
Nos miramos fijamente durante
unos segundos hasta que varios
camareros entran y rompen la magia del
momento. Nos sirven la cena y nos dan a
probar el vino que ambos hemos
escogido y ¡menos mal!

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