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Libro PDF Tú hiciste la ley, yo fui la trampa – Verónica Valenzuela

Tú hiciste la ley, yo fui la trampa – Verónica Valenzuela

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por tu inconmensurable amor,
porque siempre me has empujado a
seguir escribiendo,
porque tú me levantas cuando me
caigo,
porque me haces reír cada día,
porque me haces soñar cada noche,
porque tú eres el hombre que me
inspira las más bellas historias de
amor,
porque eres el regalo que la vida puso
en mi camino con dieciséis años,
porque te amaré eternamente.
Sólo a ti, siempre.
1
Una jugada del destino
Daniel
Hay días en los que nuestro instinto nos
avisa de que la jornada que afrontamos
al levantarnos será complicada y de que
deberíamos quedarnos acurrucados bajo
el edredón.
La mañana en el juzgado ha sido de
pena: la parte contraria, o sea la
femenina, ha traído dos testigos que han
asegurado que mi cliente es alcohólico y
que se gasta el sueldo en ingentes
cantidades de burbon. ¿Y qué podía
objetar yo si son los dueños del bar
donde debe quinientos euros? ¡Un
pequeño detalle que el cabrón de mi
cliente no me contó!
La situación fácil que en un
principio se presentaba se ha ido al
garete junto con mi alegato de defensa:
que la esposa le había sido infiel con el
vecino del quinto. Y la señora se lo ha
llevado todo, dejando a mi cliente con
las manos tapándose los huevos. Se ha
quedado la casa, el coche de veinte mil
euros, una excelente pensión alimenticia
para los gemelos, junto con su plena
custodia legal…y al vecino del quinto
para quitarle el disgusto a polvos.
¡Me cago en mi mala estampa, qué
semanita llevo!
Que no consigo darme una alegría.
Tengo el pajarito más sediento que el
perro de un mendigo. Porque el martes
de esta funesta semana tuve una buena
jodienda, pero no precisamente como yo
quería.
Hace siete años que no tengo pareja,
desde que…
Mejor no pensar en el pasado si no
quiero darme cabezazos contra la pared.
Pero sexo de una noche o amigas de
revolcones mañaneros, todas las que he
necesitado y más.
Soy un tipo atractivo, de pelo
castaño claro y ondulado que ahora
llevo muy corto, ojos de un marrón casi
verde que las lenguas femeninas dicen
que me da aspecto de pirata, junto al
pequeño aro de plata de mi oreja
derecha y mi 1,85 de cuerpo bien
moldeado y firme, sin la grasa que ya
tienen algunos que rozan los cuarenta,
como yo.
Ese cuerpo que devoran las mujeres
que llevo a mi cama, regalándoles los
placeres de un buen semental.
Soy un hombre de éxito, con mi
propio bufete; un abogado al que se rifan
los maridos para que los libre de sus
mujeres cuanto antes y al que teme la
competencia, porque raras veces pierdo
un caso. Siempre apuesto al caballo
ganador.
Pero yo, «el tigre del sexo», me
convertí en un gatito cuando Victoria, la
chica que conocí en un pub la semana
anterior y con la que ya había tenido un
primer roce, quiso que jugáramos esta
vez en su casa.
La incansable rubia deseaba
regalarme una nueva experiencia
sensual: cuando me tenía desnudo y bien
dispuesto en su cama, mientras sentía
sus labios por mi pecho, intentó
buscarme el punto G con uno de sus
largos dedos de afiladas uñas.
Al notar que empezaba a llamar a mi
puerta trasera, di tal respingo que
choqué de boca contra la mesilla de al
lado y por poco me dejo las fundas de
las paletas en el borde.
—¡Ay, cari! — me dijo la muy
cabrona—. Si esto a los hombres os
lleva al cielo.
Pero ¿se había creído que soy un
paso de Semana Santa? Y ella, ¿quién
era? ¿El hermano mayor que dirige a los
costaleros gritando «Al cielo con ella»?
¡Ni que yo fuera la Macarena, coño!
Que yo soy muy macho y por ahí
detrás no entra ni un pelo de marmota a
martillazos, hombre.
Así que en cuanto la vi hundir de
nuevo el dedo en un bote de vaselina de
sabor fresa que tenía en el borde de la
cama, salí a escape en pelotas por la
ventana del dormitorio, que fue lo más
cercano que encontré, con la ropa hecha
un revoltijo en una mano y con la otra
tapándome el trasero.
Menos mal que la chica vivía en un
primero y pude lanzarme al césped del
jardín de la urbanización sin dejarme los
huevos colgados del alero y huir como
un poseso hasta mi coche, aparcado en
la acera de enfrente.
Para rematar la asquerosa semana, la
noche del sábado, o sea, hoy, como no
tenía plan, me acerco, como suelo hacer
un par de veces al mes, a la librería café
de mi amigo Patxi.
Este vasco que ya es medio granaíno
nos deleita a los que lo conocemos hace
años con mi pasatiempo favorito, que
me libera del estrés: el póquer.
El local de Patxi, en pleno centro de
Granada, al que acuden muchos
universitarios y bohemios de día,
celebra las noches de los sábados en la
amplia trastienda una timba de póquer
para semiprofesionales, en las que se
maneja bastante dinero.
Hace tres años que vengo y muy
pocas veces he perdido. Pero esta noche
me ha mirado un bizco. ¡Por mi madre!
En menos de dos horas me han
vaciado los trescientos euros de la
cartera; a la Visa, que uso para mis
caprichos, no le queda ni un céntimo; el
Rolex que me regalé por mi último
cumpleaños hace un cuarto de hora que
acabó en la banca, y no pierdo la
virginidad porque ya me la quitó una
prostituta en la noche que cumplí
dieciocho años como regalo de mis
amigos del instituto, que si no…
De cinco jugadores quedamos sólo
dos.
Han desplumado a la empresaria
cincuentona, que se acaba de ir llorando
porque no sabe cómo pagar a sus
trabajadoras este mes; al pediatra, que
ha empezado ganando y al final se ha
dejado hasta las llaves de su Toyota, y
al arquitecto, al que le ha faltado dejar
sobre la mesa el peluquín, que se le iba
resbalando de la calva de lo que sudaba
el pobre hombre.
Por mi parte, ya no me queda más
efectivo disponible, pero antes ofrezco
mis cojones en una bandeja que dejarme
ganar por el gorila que tengo enfrente.
Uno de mis defectos es que soy
competitivo, mucho, y nunca me rindo a
menos que sea estrictamente necesario.
Lo más gracioso es que el tipo con
pinta de portero de discoteca y acento
del norte no juega para él mismo, sino
para alguien que está al otro lado del
móvil que lleva.
Y ese alguien sabe jugar de vicio,
porque mientras yo he estado a punto de
hacer un full del que me ha faltado el
nueve de corazones, el tipo me ha
sacado doble pareja, llevándose la
jugada y desplumándome en un abrir y
cerrar de ojos.
Mi adorado reloj me lo ha birlado
con un trío, sin que mis cartas tuvieran
una sola posibilidad de darle la vuelta
al resultado.
—¿Qué vas a apostar ahora? —me
pregunta, observándome desde detrás de
sus gafas de montura al aire, mientras
me taladra con sus ojos negros—. Ya no
tienes nada.
«Como no me ofrezca yo mismo,
aunque éste no tiene pinta de rubia
tetona para encandilarlo con mis
encantos», pienso cabizbajo, intentando
que las gotitas de sudor que empiezan a
perlar mi frente sean invisibles para mi
interlocutor.
Una idea germina en mi mente de
improviso. ¡Claro que aún me queda
algo!—
Ofrezco mis servicios como
abogado y asesor legal gratuitamente
durante un mes —suelto con una sonrisa
segura.
El tipo susurra por teléfono y me
mira, devolviéndome la sonrisa lobuna.
—Tres meses si mi cliente gana.
—Trato hecho —contesto sin
pensar.
Las cartas se reparten y pido una
más. ¡Joder!, sólo me falta el diez de
trébol y el as de corazones para que mi
jugada sea de póquer.
Mi contrincante pide otra carta con
rostro impasible. Desde luego, por su
expresión impenetrable nunca
adivinarías sus cartas, aunque fueras la
bruja Lola. Manda un mensaje al
teléfono y contesta la llamada que le
sigue.—
Sus credenciales, por favor,
señor…—me dice con un susurro.
—Daniel Guerrero —le ofrezco mi
tarjeta.
—¿Está usted seguro de que quiere
seguir jugando? Si pierde no podrá
echarse atrás.
—Por supuesto que lo estoy. —El
ansia por ganar me tiene nublada la
razón.
Patxi reparte las últimas cartas
mirándome de reojo con un suspiro. Ya
sabe lo cabezota que puedo llegar a ser.
—Antes de mostrar sus cartas, mi
cliente quiere comprobar sus datos, si
no le importa —me dice el otro jugador,
haciéndole una foto a mi tarjeta y
enviándola.
—¿Tan claro tiene su cliente que va
a ganar? —Como respuesta, la fría
sonrisa del hombre se acentúa.
—Ahora más que nunca, señor
Guerrero. Destapemos las cartas —me
propone.
Yo levanto las mías con gesto
triunfador, mostrando un póquer de los
cuatro palos de diez y el as que
necesitaba y que ha llegado en el último
movimiento.
El hombre da la vuelta a su jugada,
haciendo que mis dedos tiemblen,
crispados en el borde de la mesa, ante la
escalera real que se despliega sobre el
tapete verde.
—Mi cliente estará aquí en quince
minutos para hablar del premio y de las
condiciones del mismo.
—De acuerdo —musito, tragándome
la rabia y la bilis que me suben por la
garganta.
¿He dicho ya que no soporto perder?
—¿Quieres un whisky? —me ofrece
Patxi mientras el armario empotrado
sale por la trastienda.
Sentados frente a la barra, me tomo
un largo trago que me hace arder el
estómago mucho menos de lo que arde
mi orgullo.
—Ha sido una mala noche, Dani. Ya
vendrán otras fantásticas, no le des más
vueltas. —Me palmea la espalda en plan
cavernícola, como el troglodita peludo y
glotón que es—. Además, no has salido
tan malparado después de todo.
—Sólo me he sentido tan jodido en
una ocasión, y no me gusta volver a
sentirlo.
—Ya sabes lo que opino de ese
tema, Dani: ésa fue la pifia más grande
de tu vida, aunque no lo quieras
reconocer por dártelas de machote.
Estoy a punto de cagarme en su
padre por sacar el único tema tabú que
no soporto, cuando suena

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