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Libro PDF Dulces caricias Pretty 2 M. Leighton

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—¡Qué pasada! Este lugar es impresionante —dice Sig Locke cuando los guío a nuestra fiesta privada atravesando las puertas del Exotique, uno de los elitistas clubs de
baile que poseo.
—¿Estás segura de que quieres hacerlo? —Hemi, mi hermano pequeño, está hablando con su novia, Sloane.
Ella sonríe.
—Cielo, esto es para Sig. Quiero que su primer viaje a Chicago sea inolvidable. Ya te lo he dicho. Además —le dice, inclinándose para morderle la barbilla—,
quizá yo pueda aprender algunos movimientos.
La sonrisa de Hemi es lenta, pero yo sé lo que está pensando. Ya está imaginándola bailando en una pole dance, realizando un numerito privado solo para él.
—¡Oh, Dios! —interviene Sig al tiempo que se tapa los oídos con las manos—. ¡No quiero escuchar nada de eso!
Me río y sacudo la cabeza, deteniéndome para mirar a mi alrededor.
Siempre siento una mezcla de orgullo y excitación cuando entro en uno de mis clubs. He levantado un imperio de clubs de baile elegantes, unos locales elitistas
que se extienden por Estados Unidos y otros países. Y aunque no suelo visitar ninguno más de dos veces al año, entrar en cualquiera de ellos es todo un impacto.
Todo sigue exactamente igual que cuando estuve aquí hace trece meses. Los suelos de mármol negro relucen, la barra de cromo brilla bajo las suaves luces del
techo y todas las hermosas camareras están vestidas con esmóquines sin mangas que muestran un poco de escote y se detienen a mitad del muslo. Con clase. Sexys.
Mías.
Sé que podría acercarme a cualquiera y salir de allí con ella en menos de diez minutos. Ni siquiera tendría que decir quién soy. Este es solo uno de los muchos
dones que poseo. No estoy siendo arrogante al respecto, son hechos. Tengo algo que ellas quieren. Y ellas, algo que quiero yo. Por lo menos para una noche.
Pero ahora no es momento para eso. Esta noche he venido por Hemi, mi hermano pequeño. Les dije a él y a su novia, Sloane, que podían navegar conmigo a
Hawaii en uno de mis yates de lujo. Una vez allí, disfrutarán de las vacaciones de dos semanas que he organizado para ellos. Que los haya acompañado uno de los
hermanos de Sloane ha sido toda una sorpresa, pero… qué más da. Esto es lo menos que podía hacer por Hemi, ya que fue él quien encontró y puso a disposición
judicial al policía corrupto cuyas acciones llevaron a la muerte a nuestro hermano pequeño, Ollie.
—Vamos —les digo—. Por aquí.
Cuando Hemi me explicó que quería venir aquí esta noche, llamé y ordené al gerente que preparara una de las zonas VIP para nosotros. Se encuentra situada a la
izquierda del escenario, lo suficientemente cerca como para oler el perfume de las bailarinas. Si la inocente novia de mi hermanito quiere aprender algunos movimientos,
tendrá el mejor asiento de la casa.
Según avanzamos, reconozco a algunas de las chicas. Me sorprende que sigan aquí. No recuerdo sus nombres, pero sí alguna característica de cada una de ellas.
La rubia es una gritona.
A la pelirroja le gusta que sea brusco.
La otra rubia es agobiante. Al ver su mirada clavada en mí mientras camino, recuerdo todas las cosas desagradables que me dijo cuando por fin se dio cuenta de
que lo que decía iba en serio. «No voy a llamarte. No me interesa una relación».
Se enteró de la forma más difícil.
Una vez que nos sentamos, una morena de agradable aspecto con piernas kilométricas y tetas casi debajo de la barbilla viene a apuntar lo que queremos. La
sonrisa que me brinda es… interesada. Sepa o no quién soy, apuesto mil dólares a que podría conseguir que se colara en el cuarto de baño conmigo. Echaríamos uno
rápido y ardiente. Un poco salvaje. Pero con la compañía con la que estoy esta noche, no me planteo hacer nada parecido.
«Lástima», pienso mientras valoro su figura quirúrgicamente mejorada una vez más.
—Lo siento, ¿cómo has dicho que te llamas? ¿O debo llamarte «Mía»? —bromeo con ella, guiñándole un ojo.
No me sorprende la reacción que obtengo. Se inclina hacia mí.
—Me llamo Pandora —susurra con voz ronca, mostrándome una vista de sus atributos—, pero puedes llamarme como quieras, hasta «Tuya».
Arqueo una ceja al tiempo que sonrío de medio lado.
—¿Qué tal si comenzamos con una ronda de chupitos? De tequila Patrón. Pago yo. Abre una cuenta y ve anotando lo que tomemos.
Sus ojos brillan. Se siente atraída por mí, lo percibo. He visto esa misma mirada muchas veces.
—¿Su nombre, señor? —pregunta ella antes de mostrar la lengua para humedecerse aquellos carnosos labios.
—Reese Spencer.
Amplía los ojos de forma casi imperceptible.
Casi.
Sabe quién soy. No es fácil descubrir que soy el dueño del club, pero se corre la voz de vez en cuando. Y los rumores deben de haber llegado a ella.
—Sí, señor. Ahora vuelvo con los chupitos.
Asiento con la cabeza, mostrándole mi agradecimiento, y concentro la atención en el escenario cuando la luz se atenúa y el proyector se enciende. La música
cambia de registro y todos los ojos se clavan en la hermosa rubia platino que camina por la pista en forma de T que conduce desde la parte trasera, donde están los
vestuarios, al escenario.
Miro con silencioso entusiasmo. Me gusta mirar a las bailarinas y me alegra que el club esté funcionando bien y que todo esté en orden, pero más que nada
quiero que se acabe la noche para poder descansar antes de mañana. Tengo que asistir a un funeral.
Bebo mientras mi hermano bromea con su novia. Me gustaría encontrar un amor así de cómodo y envidiable si pensara en mantener ese tipo de relación. Pero
como no quiero, apenas les presto atención.
Miro más allá de ellos, pasando de sus efusivas demostraciones públicas de afecto para concentrarme en el hermano de Sloane, Sig. Parece un buen tipo, y está
disfrutando del club.
—¡Dios! Esa chica tiene que traer aquí ese culo y sentarse en mi regazo —dice cuando sale al escenario otra rubia con curvas más pronunciadas.
Se ríe y grita antes de tomar otro trago de su whisky Southern Comfort con Sprite. Me pilla mirándolo y grita todavía más fuerte al tiempo que me da un golpe
juguetón en el brazo.
—¡Bebe, hombre! Necesito que alguien se emborrache conmigo. Estar en un club como este con mi hermana está afectándome más de lo que debiera. —Se ríe un
poco más de algo que considero justificado.
—Creo que lo estás haciendo bien tú solo —comento, fijándome en que casi pierde el equilibrio y se cae de la silla.
Estoy pensando cómo excusarme cuando la música cambia de registro una vez más y me detiene. Los insinuantes acordes de Madonna cantando Justify my love
me parecen una interesante aunque extraña elección para un baile, y hacen que vuelva a mirar a la plataforma.
Aparece una joven en el lado izquierdo del escenario. Camina lentamente por la pista, haciendo que la sigan todos los ojos. Utiliza una camisa masculina y una
corbata…, nada más.
Sus piernas son larguísimas con los tacones de aguja que lleva puestos, largas y perfectamente torneadas. Son las piernas de una bailarina. Fuertes, atractivas…,
pecaminosas.
Cada paso que da es un movimiento sexy y sensual, un contoneo lento y deliberado. Me siento más erguido en la silla. De golpe he pasado de estar ligeramente
interesado a sumamente intrigado, y no sé por qué. He visto bailar a cientos de chicas. Pero nunca he visto a esta, y es ella la que posee algo que atrae toda mi atención.
A medida que se acerca, me doy cuenta de que su espeso pelo castaño está cubierto por un sombrero asentado en un ángulo arrogante en su cabeza. Tiene un
brillante bastón negro en la mano. Se detiene cuando llega al centro del escenario, blandiendo el bastón una vez antes de apoyarlo delante de su cuerpo. Con un
movimiento calculado, tensa las piernas y se inclina hacia delante, mostrando la longitud de sus muslos y las curvas de su culo perfecto.
Antes de que me dé tiempo a estudiarla entera, se endereza y hace girar el bastón por encima de su cabeza sosteniendo un extremo con cada mano. Arquea la
espalda, haciendo que suban las que parecen unas tetas deliciosas. Entonces, todavía moviéndose lentamente, baja el eje hasta la parte delantera de su cuerpo.
Cada acción es suave, calmada. Cada movimiento, sexy y fluido, con el cuerpo fusionado a la perfección con la música.
Echo un vistazo a su cara. Por debajo de la sombra del ala del sombrero, solo puedo ver su boca. Pero, ¡joder!, menuda boca. Sus labios aparecen pintados de un
rojo brillante y son, seguramente, los más exuberantes que haya visto nunca. Entran en la categoría que siempre he llamado «labios chupapollas»: sensuales y perfectos
para deslizarse por mi glande.
Después de haber venido casi obligado, sin esperanza alguna de divertirme, me veo sorprendido por el espasmo que da mi pene cuando la veo cogerse el labio
inferior entre los dientes y morderlo. Pero así es.
Tengo que contener el gemido que se forma en mi pecho cuando ella se deja caer de rodillas y aleja el bastón de su cuerpo como si estuviera haciendo una flexión
de brazos mientras se desliza boca abajo sobre su estómago. Después de algunos movimientos, suelta el eje de madera y se echa atrás sobre la espalda para comenzar a
girar las caderas, como un gato a punto de estirarse. Casi puedo escuchar su ronroneo.
Con las piernas sobre el escenario, desliza las manos desde la parte superior de los muslos hasta el estómago, tirando del dobladillo de la camisa lo suficiente
como para insinuar burlonamente lo que lleva puesto debajo antes de pasar a los pechos y la garganta. Sus ágiles dedos agarran la corbata y la arrastran muy despacio
por su cuello. Con decisión, retuerce las manos y enrolla la seda alrededor de sus muñecas.
Durante unos segundos, es como si estuviéramos ella y yo. A solas en la habitación. Sin nada entre nosotros, salvo la música. Y esa condenada corbata. En mi
mente parpadean con claridad imágenes en las que la ato con aquel trozo de tela roja, lo que me hace palpitar detrás de la cremallera.
Sube una pierna hacia arriba con languidez, mientras deja la otra tendida en el escenario. Se estira y agarra el tobillo, rozando la rodilla con sus manos atadas. Sus
muslos están perfectamente separados para revelar unas bragas negras de satén. Cuando las veo, lo único en lo que puedo pensar es en arrodillarme entre sus piernas y
besar la tela sedosa.
La veo fruncir los labios para depositar un casto beso en su rodilla. Me siento cautivado. Pero cuando vislumbro un breve instante su lengua, siento como si
pudiera hacer un agujero en la mesa con mi erección. Esa joven posee algo inexplicablemente sexy. Es como si no supiera que estamos allí, como si estuviera perdida en
su mente. Y, Dios, ¡cómo me gustaría formar parte de lo que está imaginando!
Siento una mano en el brazo, interrumpiendo mi concentración. Me siento irritado por la intrusión. Intento zafarme sin molestarme en girarme hasta que escucho
una voz. Es la de mi hermano. Y está decidido a llamar mi atención. Lo miro finalmente sin tratar de ocultar mi agitación.
—¿Qué?
—¿Puedes llevarnos a casa? Sloane no se encuentra bien. Quizá sea por algo que ha comido antes. —Me lanza una mirada significativa. Me lleva un segundo
desconectar por completo de la chica que me tenía tan absorto, pero lo consigo de mala gana. Recuerdo que Sloane no ha bebido el tequila… y por qué. Hemi me contó
que estaba embarazada, aunque todavía no se lo han comunicado a su familia, por lo que me pidió que no dijera nada.
—Oh…, vale —respondo con algo de brusquedad—. Sí, puedo llevaros.
Reacio a irme sin más, miro de nuevo hacia la parte delantera de la sala a tiempo para ver a la bailarina, ahora de nuevo de rodillas, quitándose el sombrero. Cae
una melena de sedosos rizos castaños. Solo logro atisbar un breve destello de su cara antes de que el cabello se arremoline para ocultar su rostro. Pero aun así veo unos
ojos verdes, que se ensanchan cuando se encuentran con los míos.
Al instante me transporto en el tiempo. Años y años atrás. A la suave hierba de un claro en el bosque. Y a la suave piel de la chica que tengo debajo.
Recuerdo esos ojos. Esa boca. Me acuerdo de una versión un poco menos provocativa y madura de ese cuerpo femenino. De lo que sentí al tocarla, al abrazarla.
De cómo se reía, de cómo sabía, de cómo terminó todo. Y no puedo olvidar.
«¡Santo Dios!».
Es Kennedy.
2
Kennedy
El corazón se me detiene en el pecho y me olvido de respirar cuando mis ojos se encuentran con otros azul verdoso que jamás he sido capaz de olvidar en el pasado.
Reese.
Lo miro de arriba abajo. En una fracción de segundo soy capaz de catalogar cada una de sus características.
Ha envejecido muy bien. Sigue siendo el mismo chico alto e increíblemente guapo que era antes, pero se ha convertido en un hombre. Un hombre impresionante.
Sus hombros parecen más anchos, si es que es posible. Más fuertes. Sus largos brazos llenan la camisa y los bíceps se tensan contra el valioso material, incluso
en reposo. Su cintura es delgada y el estómago plano, los muslos tan gruesos como siempre. Es lo que hay entre ellos lo que tiñe mis mejillas; el impresionante bulto que
hincha la cremallera.
A pesar de lo mucho que he luchado para expulsar ese día de mi mente, todo se precipita al pasado con una cristalina claridad. Recuerdo lo que sentía cuando me
atravesaba, tanto emocional como físicamente. Y también lo que sentí cuando fui aplastada por él.
Está de pie, inmóvil. Mirándome. Reconociéndome. Cuando sus ojos recorren mi cuerpo, es como si estuviera tocándome de nuevo. Como antes.
Siento la presión de su beso cuando su mirada se detiene en mis labios. Siento el cosquilleo que provocan cuando baja la vista hasta mi cuello, donde mi pecho se
agita bajo la camisa. Cuando se detiene en mis pechos, mis pezones hormiguean al recordar la sensación de las palmas de sus manos en ellos. Y cuando pasa a mi
estómago, deteniéndose en el corto dobladillo de la camisa que apenas cubre las bragas negras, noto una oleada indeseada de calor.
Indeseada porque hace años que dejé de desear a Reese. Que dejé de amarlo. Tuve que hacerlo… para sobrevivir.
Y entonces, sus ojos se elevan de nuevo hasta los míos. Veo en ellos reconocimiento, un poco de ira, algo más de deseo y sorpresa. Mucha sorpresa.
Me lo transmite todo en unos breves instantes. Cuando aparto la vista, me doy cuenta de que estoy temblando. Me esfuerzo por mantener la compostura
durante los escasos segundos que quedan de canción. Cuando el número llega a su fin, doy unos pasos lentos y medidos para alejarme. No es fácil. De hecho, es lo
segundo más difícil que he tenido que hacer en mi vida.
3
Reese
Mi hermano tiene que golpearme en el hombro para conseguir que aparte la mirada de Kennedy mientras ella se aleja.
—¿Vamos?
Cinco minutos antes, no podía esperar a llegar a casa, pero ahora…, ahora, todo lo que quiero es ir detrás del escenario en busca de Kennedy. No sé qué haría
después. Besarla. Sacudirla. Preguntarle qué cojones hace bailando en uno de mis clubs. Pero no puedo.
Bueno, podría, pero no lo haré. No debo hacerlo.
De pronto, me siento enfadado. Y frustrado.
—Reese, tío, ¿qué coño te pasa? —me dice Hemi.
—Ya voy —respondo, alejándome de la escena tan rápido que hago tambalear la silla. Estoy a punto de tirar a la camarera, que se dirige hacia nuestra mesa con
la siguiente ronda para Sig y para mí.
Ella jadea sorprendida.
—Lo siento. Perdón.
—Ha sido culpa mía —respondo, agarrándola del brazo para evitar que se caiga.
Se inclina hacia mí y me mira con unos enormes ojos azules.
—Gracias —respira, rozándome el torso con los pechos.
Lo primero que pienso es que sus ojos son del color equivocado; deberían ser verdes como el mar espumoso. Mi segundo pensamiento es una retahíla de fuertes
maldiciones. La tercera idea que atraviesa mi mente es que quizá, después de todo, esa chica sea justo lo que necesito esta noche.
—¿A qué hora sales?
—Depende de ti —responde ella de forma sugestiva. Por desgracia para ella, mi estado de ánimo ha cambiado. De forma drástica.
—Reese, dame las llaves. Esperaremos en el coche —interviene Hemi a mi izquierda, visiblemente molesto. Por desgracia para él, acaba de darme la excusa que
necesitaba.
Saco las llaves del Mercedes del bolsillo y las dejo caer en la palma de su mano.
—Estaré con vosotros dentro de diez minutos.
En cuanto la novia de Hemi se aleja, dándome la espalda, me vuelvo hacia el esmoquin que me distrae frotándose contra mi pecho.
—¿Qué te parece el cuarto de baño de caballeros? —le susurro al oído.
—Esta noche, es mi lugar favorito —ronronea.
—Justo lo que pensaba.
A ver si eso hace desaparecer a Kennedy de mi mente.
Guío a Pandora hacia el baño masculino y me aseguro de que está vacío antes de cerrar la puerta y envolverla con mis brazos. Ella se deja sin oponer resistencia.
Como yo sabía que haría.
Agarro su culo con una mano y una de sus redondas tetas con la otra, y aprieto mientras deslizo los labios por su cuello.
—Dime qué es lo que más te gusta —gime al tiempo que gira las caderas de tal forma que masajea mi palpitante polla.
—Quiero verte jugar con ellas —digo, tirando de las solapas del esmoquin y dejando al descubierto sus pechos desnudos— mientras me la chupas. —Le cubro
los labios con los míos y le succiono el inferior para mordisquearlo.
En cuanto libero su boca, comienza a trazar un ardiente sendero de besos por mi cuello, bajando hacia mi torso y mi estómago antes de ahuecar la mano bajo mis
testículos por encima de los pantalones. Gimo, apoyando la cabeza contra la fría pared de azulejos mientras me baja la cremallera para meter la mano en el interior.
El primer roce de su lengua en mi glande me arranca un suspiro. Noto cómo lame y chupa, arrastrando los labios por la longitud desde la base hasta la punta,
pero no es suficiente. Necesito… más. Tengo que follar algo —o a alguien— ya. La boca de la camarera se desliza por mi pene, albergándome todo lo que puede hasta
llegar al fondo de su garganta. A ciegas, me inclino para enredar los dedos en su cabello, guiándola. Cada vez más fuerte, más rápido, más brusco.
Mi error es mover la cabeza y mirarla. Ella hace una pausa para observarme y lo único que puedo ver es que tiene los ojos equivocados. La boca equivocada. La
cara equivocada.
Es la mujer equivocada.
Y Kennedy vuelve a inundar mi mente de nuevo. Se mete bajo mi piel.
Con un gruñido, retiro la polla de la boca de la camarera.
—¿Qué pasa, cariño? —pregunta con un mohín en un tono provocativo. Su voz me crispa los nervios.
—Nada que tú puedas solucionar. No es por ti…, es solo que… Quizá deberías volver al trabajo —le digo con toda la suavidad que puedo, cerrando la
cremallera de los pantalones y alejándome de ella. Me siento tan frustrado que lo único que quiero es clavar el puño en la pared. Y hundir mi polla en Kennedy.
Furioso, me dirijo hacia el lavabo para lavarme las manos. En el espejo, no veo la silenciosa furia en los ojos que me devuelven la mirada. No, veo irritación
evidente en los pálidos ojos verdes que nunca he logrado olvidar.
Con un movimiento de cabeza, miro hacia atrás y solo veo mi reflejo y, a mi espalda, a la camarera. Kennedy no está por ningún lado.
Salvo en mi cabeza.
De donde nunca se ha ido.
4
Kennedy
El corazón sigue martilleando dentro de mi pecho cuando me siento en la silla frente a mi tocador, detrás del escenario. Bajo la vista a las manos. Están temblando.
«Reese Spencer».
—¿Qué te pasa? —Miro a Karmen, que posee lo que en Chicago identifican con la típica belleza sureña, que cepilla la peluca de largo cabello negro que lucirá en
el próximo número—. Parece que acabaras de ver un fantasma.
Suelto una risita seca.
—Sí, eso es más o menos lo que ha pasado.
—Cuéntaselo todo a mamá —me arrulla mientras arrastra el peine por las sedosas hebras. Cuando le lanzo una mirada irónica, ella me guiña un ojo—. No, venga,
en serio. Cuéntamelo. Es la primera vez que te veo tan afectada desde que trabajas aquí.
Por lo general no hablo de mis asuntos con las demás chicas. Soy una persona introvertida. Siempre lo he sido. A veces por necesidad y otras por elección, pero
siempre introvertida. Por eso me sorprende un poco que abra la boca y desgrane la mitad de la historia de mi vida.
—Acabo de ver a alguien al que no veía desde hacía años. Lo conocí cuando era muy joven. Lo consideraba…, ¡guau! Es decir, no era más que… —Hago una
pausa y suspiro—. Era lo más —confieso, arqueando las cejas de forma significativa—. Pensaba que el sol salía y se ponía en sus ojos. —De hecho, recuerdo
perfectamente haber visto un amanecer en sus insondables ojos de color aguamarina. Una vez. Antes de… Siento la devastadora punzada que provoca el recuerdo en mi
corazón, como piel nueva tirando de una vieja cicatriz—. Pero luego se marchó y no regresó. No lo había visto desde entonces. Hasta esta noche.
Estoy perdida en mis pensamientos, en mis recuerdos, por lo que parece transcurrir una eternidad antes de darme cuenta de que ni Karmen ni yo hemos dicho
una palabra más. Sacudo la cabeza para despejarme y le brindo lo que espero que sea una brillante sonrisa.
—Fue hace mucho tiempo.
Karmen me mira con expresión pensativa. Sé que es muy perspicaz.
—Lo amabas —observa.
Abro la boca para negarlo, pero no me salen las palabras. Es casi como si mi cuerpo no me dejara respirar ante semejante traición, como si eso minimizara el
infierno que sufrí después de que él se fuera. Sí, lo amaba. Con toda mi alma. Lo adoraba. Y me dejó. Como si tal cosa.
—Todo lo que una joven ingenua puede amar a un tipo así, imagino —respondo.
—¿Un tipo cómo?
—Rico. Guapo. Privilegiado. Sin corazón.
—Cariño, los tipos así son los más fáciles de amar. Alguna parte de nosotras quiere que seamos la mujer que los domestique, que los haga cambiar. Quizá…
¡Dios, no sé! Solo sé que son los más peligrosos. Y, por lo que he oído, nuestra querida Pandora lo ha experimentado en sus carnes esta misma noche.
Todavía con mi mente bloqueada por los recuerdos, apenas presto atención a lo que dice sobre Pandora.
—Mmm…, ¿por qué dices eso?
—Se creyó que había conquistado a un pez gordo. Según ella, tenía una cita con el dueño del club, en el cuarto de baño de caballeros. Sin embargo, se ha enterado
de la peor manera de que los hombres así lo son por una razón.
—¿El dueño? —pregunto con el ceño fruncido.
—Sí. No viene aquí demasiado a menudo. Solo lo había visto en otra ocasión. Pero, cuando lo hace, siempre provoca un gran revuelo. Aunque un tipo como él
causa revuelo donde quiera que vaya; es ardiente como Georgia en pleno mes de julio. Sin embargo, los hombres así no cambian. Nunca. Por nadie.
—Está mejor sin él. Suena un poco salvaje. Quiero decir, ¿en el cuarto de baño? ¿En serio? —Sacudo la cabeza con disgusto.
Karmen sonríe.
—Oh, Pandora no se quejaba de eso. Esperaba más. Un tipo así consigue que todas las chicas esperen más.
—Sin duda, debería darse a valer. Sencillamente no entiendo cómo puede llegar a suceder algo así. ¡Está trabajando, por Dios!
Karmen encoge los hombros.
—Pandora le da al concepto «servir en la sección VIP» un significado diferente. —Se ríe por su ocurrencia.
Me yergo en la silla cuando una horrible sensación en la boca del estómago me hace jadear.
—¿Sección VIP? ¿En qué parte?
Solo he conocido a un hombre, a uno solo en mi vida, que sea capaz de captar ese tipo de atención. Capturó la mía hace catorce años. Y había vuelto a hacerlo
esta noche, incluso a pesar de que casi me arruinó la vida.
—En la dos. ¿No lo has visto?
El reservado dos. La sección donde estaba sentado Reese. Aunque me gustaría pensar que Karmen está hablando de otro hombre, sé que no es así.
—Sí, creo que sí.
Cierro los ojos. Me niego en redondo a desperdiciar en Reese Spencer un solo dolor de cabeza más, un segundo de dolor o una sola lágrima. Ya le di demasiado
hace catorce años.
5
Reese
Estoy de

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