---------------

Libro PDF Un amor como el tuyo – Claudia Cardozo

Un amor como el tuyo - Claudia Cardozo

Descargar Libro PDF Un amor como el tuyo – Claudia Cardozo


frente a sí y se puso de lado para abrir
con cuidado la puerta, atento a cualquier
movimiento que pudiera resultar
extraño. Al ver que no había nada fuera
de lo normal, ingresó en la vivienda sin
bajar el arma, y dio una mirada
alrededor del pequeño recibidor, pero
todo parecía estar en orden.
Ahogando un suspiro de alivio, se
adentró aún más en la casa y giró un
recodo, encontrándose en la sala de
estar, una habitación pequeña, pero más
cuidada que lo visto hasta ese momento
en el resto de la casa. Miró de un lado a
otro, una vez más sin éxito de hallar a
nadie, y estaba a punto de girar para
marcharse cuando notó un brillo rojizo
sobre la raída alfombra detrás del sofá;
de no ser de un deprimente tono gris no
habría reparado en el contraste.
Sosteniendo su arma un poco más alto,
se acercó con paso firme pero cauto
hasta el lugar y, al rodear el sillón y
encontrarse con lo que ocultaba a la
vista, no pudo evitar hacer una mueca
mezcla de sorpresa y repulsión.
Frente a él se encontraba un hombre
tendido de espaldas, con los aterrados
ojos abiertos fijos en el techo y una
herida en la frente, de la que brotaba esa
sangre que manchaba la alfombra. Tras
vacilar un instante, el oficial Mason se
agachó con cuidado de no pisar la
evidencia y comprobó lo evidente: el
hombre no tenía pulso, pero su cuerpo
aún parecía encontrarse tibio. Llevó la
mano a la radio sujeta en su cinturón y
estaba a punto de llevársela a la boca
para dar aviso del hallazgo cuando un
débil sonido procedente del piso de
arriba lo puso nuevamente en alerta y,
tras dar una mirada al hombre que
estaba seguro no le daría ningún
problema, se encaminó hacia la fuente
de ese ruido.
Subió las escaleras con paso
cuidadoso, sin titubear y con el arma en
alto, listo para disparar si hubiera sido
necesario. Giró en el rellano al llegar a
lo alto y estudió el panorama; tres
puertas distribuidas a cada lado del
corredor, pero solo la última de la
izquierda se encontraba abierta y un
débil haz de luz surgía de allí. El oficial
Mason se acercó paso a paso, muy
suavemente y una vez más se vio frente a
una escena espeluznante.
Esta vez se trataba de una mujer, una
joven y bonita pese a lo descuidado de
su apariencia y el cabello que cubría
parte de su rostro ensangrentado. A
diferencia del hombre en el primer piso,
ella se encontraba sentada en una
mecedora de madera que se movía con
un leve vaivén, el mismo que debió de
ser el responsable del ruido que el
oficial escuchara hacía solo unos
minutos. Se acercó y examinó la escena
con el ceño fruncido. No había una
herida de bala en la frente, como en el
anterior caso, sino que en esta ocasión
se podía observar un corte que iba de la
sien derecha a la barbilla, posiblemente
hecho con una navaja. Pero eso no era
todo, según pudo comprobar el policía
al buscar de forma superficial la causa
de la muerte, ya que no creía que ese
corte hubiera sido suficiente para
matarla pese a la abundante sangre que
había perdido. Un orificio en su costado
indicaba que la bala debió de atravesar
algunos órganos y causar una hemorragia
interna.
Perturbado, el policía tomó esta vez
su radio sin dilación y se la llevó a los
labios al tiempo que apretaba el botón.
—Aquí el oficial Mason,
respondiendo a llamada en el número
doce de la avenida Strafford —dijo, con
tono que develaba su consternación y
continuó sin esperar respuesta—. No
van a creer lo que ha pasado aquí, es
una carnicería…
Su voz fue callando al captar un
sonido leve que semejaba un extraño
jadeo y dejó caer el brazo que sostenía
la radio al tiempo que volvía a levantar
el arma. Al buscar el origen del sonido,
notó un arcón en el fondo de la
habitación, justo frente a la mecedora en
que descansaba el cuerpo de la mujer.
Se acercó con tiento y apuntó con la
pistola a la tapa del mueble, que visto
de cerca era algo más grande de lo que
pensó en un primer momento. Con manos
temblorosas guardó la radio y usó la
mano libre para levantar la cubierta
negra, mentalmente preparado para
hallar otro cuerpo o, con suerte, al
responsable de esa barbarie.
Sin embargo, al levantar la tapa, el
arma en alto, se encontró con unos
grandes ojos que lo veían a su vez con
semblante inmutable. El chico no podía
contar con más de seis años, e incluso
menos si se atenía a lo delgado que
estaba; llevaba una camiseta de pijama
azul con figuras geométricas amarillas y
unos pantaloncillos, también azules,
pero que le quedaban grandes. Mason
tardó un momento en reaccionar antes de
bajar el arma y ver al chiquillo con algo
que no fuera consternación, en especial
cuando este, que no dejaba de
observarlo con esos ojos que parecían
llenar su rostro, se encogió un poco más
en su pequeño refugio y elevó apenas la
voz para hacer una pregunta que le puso
los pelos de punta.
—¿Dónde está mi mamá?
CAPÍTULO 1
El asistente del fiscal de distrito
David King observaba a su jefe con algo
parecido a la exasperación, la misma
que hubiera podido ser fácilmente
confundida con indiferencia, algo que se
le daba bien fingir, y que en ese caso le
era bastante útil. Al fiscal de distrito
Peter Rollins no le gustaba ser objeto de
exasperación, pero podía manejar la
indiferencia sutil con cierta gracia. Solo
una poca.
—¿Te aburro, David? ¿Prefieres que
te cuente una broma? El juez Carson
compartió una muy buena la otra noche
en la cena del Gobernador…
David captó la fina ironía y sonrió sin
variar su expresión.
—No sabía que el juez Carson tuviera
sentido del humor —dijo, con su voz
profunda y, en ese caso, falta de
emoción.
—No lo tiene, y solo por eso la
broma es más divertida aún.
—Creo que prefiero no oírla.
El fiscal Rollins se encogió de
hombros, al parecer nada ofendido por
ese pequeño desplante.
—Tú te lo pierdes —dijo, para luego
continuar un tanto más serio— ¿Leíste el
informe que te envié? ¿El nuevo caso?
David asintió, mostrándose interesado
por primera vez desde que se iniciara la
charla. Era un hombre con escasa
paciencia y aún no lograba
acostumbrarse a esas largas
introducciones que su jefe acostumbraba
a dar antes de tratar los temas que en su
opinión eran en verdad importantes. En
ese momento fijó sus ojos oscuros en los
grises opacos que lo observaban en
espera de una respuesta.
—Sí, lo leí en el coche —dijo, con el
ceño ligeramente fruncido—. ¿Sabemos
cómo pasó esto? ¿La policía ha hecho
algún avance?
Su jefe sacudió la cabeza de un lado a
otro, sin rastro de su anterior burla.
Parecía abrumado.
—No, aún no. Los agentes siguen
trabajando en la escena y el laboratorio
forense va a toda marcha, según
Whalberg —Rollins dio una cabezada al
teléfono sobre el escritorio con fastidio
—. O eso dice ella, ya sabes que no es
de las que comparten mucho.
David asintió, pensativo. Susan
Whalberg era la directora del
Departamento de Investigación Forense
de Boston y tenía una bien ganada fama
de mujer inteligente y capaz, pero poco
dada a doblar la mano frente a las
jerarquías de su jurisdicción; esa era en
realidad una de las cosas que más le
agradaban de ella, aunque no pensaba
mencionarlo frente a Rollins.

Web del Autor

Clic Aqui Pagina Oficial

Si no sabes descargar mira este video tutorial

[sociallocker]
[popfly]

Descargar 

Leer en online
[/popfly] [/sociallocker]

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

error: Content is protected !!
---------