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Libro PDF Un dulce asesinato Crímenes en la playa 3 Julia Montenegro

Un dulce asesinato Crímenes en la playa 3 Julia Montenegro

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hocico de Sir Lucas– ¡Huele!
–No te hará caso –dijo Cris.
–Que no es un perro policía –dijo
Caro arrastrando las palabras para dar
más énfasis–. Sólo es un perro glotón.
Ya eran casi las 10.00 de la noche y
se dirigían hacia su coche para regresar
a sus casas en El Azahar, cuando a
Elenita se le ocurrió la idea de entrenar
a Sir Lucas, el caniche enano de color
blanco que tenían ella y su hermana.
–Tú a lo tuyo, Sir Lucas –dijo Elenita
al perrito–.¡Demuéstrales lo que puedes
hacer! Eres un perro listo y sabes
rastrear. ¡Busca! ¡Busca!
–Puedes insistir todo lo que quieras –
dijo Sole a su hermana con cierta
condescendencia–, pero si no tiene
posibilidad de encontrar algo dulce, no
buscará nada.
Sole, Caro y Cris se sonrieron.
Elenita tenía alto el nivel de azúcar en
sangre y debía hacer régimen, por lo que
Sole le escondía los dulces para evitarle
tentaciones. Pero Sir Lucas, tan
aficionado al dulce como su dueña,
siempre los encontraba. Era lo único
que sabía rastrear.
–¡Huele! –insistió Elenita incansable.
Algo hizo que Sir Lucas le prestara
toda su atención. Como si se hubiera
puesto de acuerdo con su entrenadora,
miró a Sole con fijeza, como
desafiándola, olfateó con cuidado la
prenda y echó a correr.
–¡Mirad! ¡Ha encontrado algo! –
exclamó Elenita ilusionadísima
corriendo detrás del perro.
–¡No dejes que vaya por ahí! –gritó
Caro–. No hay farolas y está muy oscuro
–explicó mientras las tres señoras
echaban a correr detrás de su amiga.
Nadie diría que tanto ella como sus
amigas habían sobrepasado bastante la
edad de jubilación, porque todas estaban
en forma. Pero Elenita, aunque era algo
regordeta, también era la más ágil y
atlética, y pronto desapareció de la vista
de sus amigas.
–No es el mejor momento para
entrenar al perro –se quejó Caro–. No
conocemos el barrio.
–¡Parad! –gritó Sole jadeando.
–¡No corráis tanto, que no puedo
seguiros! –gritó Cris.
Cris se había puesto tacones altos y
no podía correr. Pero eso no la
desanimó. Se quitó los zapatos de un
puntapié y siguió corriendo descalza.
Sir Lucas se paró por fin ante una caja
que había en la acera y Elenita la
recogió del suelo. Era una caja de
bombones cerrada y precintada, así que
la asaltó sin planteárselo dos veces.
–¡Están buenísimos! –dijo cuando
llegaron sus amigas.
Ya se había comido dos bombones y
le acercaba uno a Sir Lucas, que movía
el rabo esperando su premio.
–¡Tira eso! –la reprendió su hermana–
Sabes que no debes comer dulces.
–Son aptos para diabéticos –se
justificó Elenita, sin inmutarse lo más
mínimo–. ¡Qué suerte! Mira, lo pone en
la caja.
–¡Y los has encontrado en la calle! –
continuó Caro, tan enfadada como
Sole–. Eso es una marranada. ¡A saber
qué tienen!
–No debes comer nada que encuentres
en la calle –dijo Cris continuando con la
regañina–. ¡Te comportas como los
niños! O peor aún. Como los niños
malcriados.
–Pero no tienen suciedad –explicó
Elenita–, porque el precinto estaba
intacto. Nadie la había abierto aún.
Elenita les enseñó la caja y el
precinto para que lo comprobaran ellas
mismas y siguió comiendo bombones
tranquilamente.
–No tienes remedio –dijo Sole
suspirando y quitándole la caja a su
hermana.
Elenita le dio otro bombón al perrito.
Después de recibir su recompensa, Sir
Lucas de alejó unos metros y se puso a
olisquear algo detrás de un contenedor.
Elenita vio con alegría que allí había
más cajas de bombones.
–¡Sir Lucas ha encontrado más cajas
de bombones! ¡Todas sin empezar! Es
muy listo –afirmó contentísima.
–Es verdad –dijo Caro–. Deberíais
haberlo llamado Einstein o Copérnico.
Sir Lucas es nombre de aristócrata, no
de investigador inteligente.
–Si fuera humano –dijo Elenita
orgullosa y sin hacer el menor caso del
comentario–, sería chef de postres en
algún restaurante de prestigio. ¡Es un
perro genio!
–Claro que es un perro genio –
confirmó Sole–. Pero sólo para lo que le
interesa. Sobre todo –acusó con un dedo
mirando a su hermana–, es un genio para
la comida.
–Eso demuestra que es muy
inteligente –rebatió Elenita–. Con las
cosas que no le gustan o que no le
llaman la atención, no hace nada.
–Es cierto que es un chiquitín muy
listo –dijo Cris, mirando a Sir Lucas con
afecto–. Entiende las matemáticas. El
otro día le enseñé a contar.
–¡Sí, claro! –dijo Caro escéptica,
cruzando los brazos– ¡Y yo me lo creo!
–Yo sí que me lo creo –dijo Elenita.
–Os lo aseguro –afirmó Cris muy
convencida–. Sabe contar hasta seis.
Sir Lucas eligió ese momento para
ladrar. Seis veces. Paró y ladró otras
seis, mirando fijamente a Caro.
–¿Veis? –preguntó Cris encantada–.
Nos ha oído y quiere demostrarlo. Ha
ladrado seis veces.
–¡Huy, pero qué listo eres! –dijo Sole
acercándose al perro y rascándole la
cabeza– ¿Verdad que sí, guapetón?
Pero Sir Lucas no hacía caso de los
halagos y se puso a ladrar detrás del
contenedor. Las ancianas se acercaron
para ver lo que ocurría y vieron un
zapato que sobresalía por detrás de las
basuras.
–¿Qué es eso? –susurró Sole
acercándose con precaución.
No querían correr riesgos, pero
tampoco querían perderse nada, así que
se acercaron un poco más.
El zapato estaba colocado en el pie
de un hombre tumbado en el suelo. Era
de mediana edad, alto y de constitución
fuerte. Iba entrajetado y cogía
firmemente una caja de bombones
abierta. También tenía un gran círculo
rojo alrededor del cuello y, al tomarle el
pulso, comprobaron que estaba muerto.
–¡Que bien! ¡Qué bien! –palmoteó
Elenita alegremente– ¡Otro muerto!
–¡Elenita! –exclamó su hermana
frunciendo el ceño–, no debes alegrarte
de algo así. No está bien.
–No seas tan quisquillosa –replicó
Caro–. Esto puede beneficiarnos. Si
pudiéramos investigar otro caso, sería
bueno para nuestro currículo
–Es verdad –aseguró Cris–. Desde
que nuestra web ya no recibe chivatazos,
no podemos averiguar nada.
–Ja, ja –rió Elenita– Cuando
suplantamos la página web del
departamento de policía, nos llegaba
mucha información. Entonces podíamos
averiguar las cosas sin necesidad de
hacer nada.
Unos meses atrás, mientras asistían a
un curso de informática, programaron
una página web imitando la del
departamento de policía. En ella pedían
información sobre los casos que estaban
investigando y recibieron muchos datos
interesantes.
La gente había empezado a conocerlas
como “El Club Cotilla” por todo lo que
conseguían averiguar y eso les permitió
descubrir su verdadera vocación:
investigar crímenes.
–Han debido de estrangularlo –dijo
Cris, señalando el cuello del hombre–.
Es un asesinato, ¿no? ¿Qué hacemos
ahora?
–En fin –dijo Sole, suspirando con
resignación–, tendremos que avisar a
Sergio. No toquéis nada, chicas, que si
no se enfurruñará y no nos dejará
acercarnos.
–Es verdad –confirmó Caro–. No
puede enterarse de que Elenita ha
cogido una de las cajas.
–Pues no se lo digáis y punto –dijo
Elenita con toda tranquilidad–. No es
necesario que se entere. Este Sergio …
Sergio era inspector de la policía
científica en la comisaría de Carmona.
El Club Cotilla lo conoció mientras
investigaban la muerte de un anciano en
un hotel de su pueblo, “El Azahar”. El
inspector era un buen tipo, trabajador y
concienzudo, aunque algo gruñón y
malcarado.
Ellas se empeñaban en llamarlo
Héctor, porque cuando lo conocieron lo
confundieron con otra persona, pero
sabían perfectamente su nombre. O por
lo menos lo sabían cuando les
interesaba. En circunstancias normales,
cuando hablaban con él, para ellas
siempre era Héctor.
–Si nos quedamos por aquí cerca –
dijo Elenita mientras Sole llamaba a la
policía–, tal vez podamos averiguar algo
interesante. ¡Vamos a tomar un café y
esperaremos a que lleguen los polis!
Capítulo 2
Esperaron a la policía en la cafetería
“Los Panales” tomando un descafeinado.
Eran clientas habituales desde que había
comenzado el nuevo curso escolar y
desayunaban en la cafetería todos los
días laborables a media mañana.
Porque habían vuelto a la
universidad.
A raíz de los recientes asesinatos
ocurridos en su pueblo, El Azahar, y el
descubrimiento de su afición a
investigar, decidieron abrir su propia
agencia de detectives. Acordaron
también obtener el Diploma oficial de
Detective Privado y se matricularon en
la U.I.C., la Universidad Internacional
de Carmona. Pero los créditos
necesarios para obtener la titulación
correspondían a tres cursos académicos,
y ellas no estaban dispuestas a esperar
tanto tiempo. Así que, mientras
estudiaban, fundaron su agencia de
detectives pagando a un chico joven por
su título y contratándolo al mismo
tiempo de recepcionista.
–Los universitarios de ahora son
baratos –explicó Elenita cuando alguien
les preguntó por él–. La crisis ha hecho
que muchos buenos estudiantes no
encuentren trabajo.
–Pero nosotras le pagamos bien –se
justificó Sole–. Le pagamos un sueldo
digno y un alquiler por su título. Le sale
a cuenta.
–Y Manuel es un buen profesional –
explicó Caro–. Con nosotras adquirirá
experiencia: atenderá las llamadas y
tomará recados por las mañanas,
mientras estemos en clase.
–No solo hace de recepcionista –dijo
Cris–. También es el secretario y el
informático. Hace un poco de todo.
–Sí –confirmó Elenita–. Es un
todoterreno. Y también es guapo,
además.
La oficina que habían alquilado,
situada en el centro de Carmona, era
grande y luminosa. Tenía un gran
despacho común para las cuatro
ancianas, con varios sofás y una mesa
camilla con butacas cómodas. Porque
ellas se habían acostumbrado a
investigar charlando y tomando té o
café.
En la recepción estaba Manuel, el
empleado, atendiendo al teléfono. Era un
chico moreno, no muy alto, de unos 25
años y muy amable.
–Su mejor cualidad –dijo Caro
cuando lo vieron trabajar–, es que se ha
adaptado con facilidad a nuestras
peculiaridades –añadió con un guiño.
–Y que no se extraña de nada –dijo
Elenita muy satisfecha.
–¿Extrañarse? –preguntó Cris,
despistada como siempre –¿De qué?
También habían amueblado un
despacho formal, con un escritorio y
butacas de piel, en el que atenderían a
los clientes que no fueran de confianza.
Y en una pequeña habitación al fondo, al
lado del servicio, habían puesto una
zona de juegos para Sir Lucas: una
camita para cuando tuviera sueño,
pelotas, muñecos, huesos, … hasta un
pequeño televisor para que viera sus
series favoritas mientras ellas
trabajaban.
–Le gustan mucho las series de perros
policía –dijo Elenita, cuando insistió en
poner la tele.
–Le gustan las pelis en las que salen
perros –replicó Sole–, no sólo las series
de perros policía. También le gusta
“101 Dálmatas”.
–¡Ah! –dijo Elenita– pero eso es
porque odia a Cruella y le gusta que se
salven los perritos. Prefiere las
policíacas –recalcó– Es fan de Rex, el
perro policía.
Habían conseguido que Sir Lucas se
quedara en casa por las mañanas,
mientras estaban en clase. Pero por las
tardes no parecía dispuesto a perderse
nada. Desde el primer día dejó claro
que él formaba parte del grupo. Se subió
al coche y no hubo forma de bajarlo
hasta llegar a la agencia, donde tomó
posesión de su “despacho” y se durmió.
* * *
–Hubiéramos debido esperar a Sergio
en la oficina –dijo Cris masajeándose
los tobillos doloridos–. En nuestros
sofás estaríamos mucho más cómodas.
–Y tú deberías evitar los tacones
altos cuando vamos a trabajar. Es malo
para la espalda –dijo Caro removiendo
su café–. Pero tienes razón, estas sillas
son bastante cómodas. Pero las nuestras
son mejores.
–Susana tuvo muy buena idea de
poner los sofás y la mesa camilla –dijo
Sole.
–Pero insinuó que allí podríamos
hacer calceta si nos aburrimos –recordó
Elenita todavía enfadada–. Igual piensa
que ya somos mayores.
–No piensa eso –la defendió Caro–.
Estaba bromeando y lo dijo por si al
principio teníamos pocos casos para
investigar.
–A mí me gusta hacer calceta –dijo
Cris despistada.
Susana, la sobrina-nieta de Caro, y su
marido, Eduardo, el sobrino-nieto de
Cris, las habían ayudado a decorar y
amueblar el despacho. Entre todos
habían conseguido dar un aire moderno,
original y acogedor a la nueva oficina.
–En mi opinión –continuó diciendo
Sole–, la idea de poner una nevera fue
sobresaliente. Estuviste fantástica con
eso, Caro.
–Pero lo mejor –aclaró ella–, fue la
propuesta de Elenita de panelarla en
madera. Así parece una parte del
armario de los archivos y nadie sabe lo
que es.
–¿Verdad que sí? –dijo Elenita
risueña– Podemos tener allí nuestras
cervecitas frías para tomarlas por las
tardes, sin que nadie opine nada al
respecto.
–Sí que estaríamos mejor en la
oficina –dijo Cris–. Tenemos leche y la
nueva cafetera.
–Aún podemos ir a esperar a la poli
allí –dijo Sole–. Estamos cerca.
–Es cierto que en nuestros sofás
estaríamos muy bien –dijo Caro
preocupada–. Pero si no estamos por
aquí, Sergio no nos avisará cuando
llegue.
–No nos avisará, no –contestó Elenita
riendo–. No está nada contento con
nosotras
–Desde que le dijimos que abríamos
“CCInvestigaciones” –corroboró Caro
con una sonrisa–, todavía no ha parado
de protestar.
–Mejor no correr riesgos –dijo Sole–.
Aquí estamos cerca de la escena del
crimen y podremos acercarnos a vigilar.
Yo no quiero perderme nada.
Sir Lucas, que dormitaba debajo de la
mesa, levantó la cabeza cuando una
camarera joven pasó con una bandeja de
pasteles y la siguió con la mirada.
–No puede evitarlo –suspiró Elenita–.
Le pasa como a mí. Nos gustan los
dulces, ¿verdad chiquitín?
Sir Lucas se acercó a la camarera de
los pasteles dando saltitos a su
alrededor y mirándola con adoración.
–¡Qué monada! –dijo ella– ¿Quieres
una golosina?
Era una chica joven, de unos veinte
años, alta y estilizada, que llevaba su
pelo rubio recogido en una cola de
caballo. Fue al mostrador, cogió un
pequeño pastel de chocolate que había
salido defectuoso, y se acercó a Sir
Lucas, que la miraba extasiado. Sole le
pidió que le pusiera un trozo pequeño,
porque los perros no debían comer
dulce. Pero Sir Lucas se sentó y levantó
la patita para saludar. La camarera
quedó encantada y el perro también.
–Si has conseguido que aprenda a
rastrear –masculló Caro mirando la
escena–, ha sido por su afición a los
dulces.
–Los que más le gustan –explicó
Elenita con orgullo sin hacer caso de la
regañina–, son mis bombones caseros.
Esos los encuentra al momento.
–Pero hace tiempo que no haces,
¿verdad? –preguntó su hermana, que
empezaba a sospechar algo.
–Sí, claro –dijo Elenita desviando la
mirada–. Hace mucho tiempo que no
hago, pero me quedan unos pocos de la
última vez. Los llevo en el bolso –dijo
sacando una pequeña bolsa–. ¿Queréis?
Todas querían. Eran unos bombones
deliciosos. Sole miró fijamente a su
hermana, pero ella no se inmutó.
–Yo intenté hacerlos una vez –dijo
Caro para distraer a Sole–, con el
chocolate especial para postres que me
recomendaste, pero no me salieron así.
–¿Pusiste el aceite? –preguntó
Elenita.
–¿Aceite? –repitió Caro sorprendida–
Creí que estabas de cachondeo cuando
lo dijiste.
–Pues no –aseguró Elenita–. Iba en
serio. El aceite aporta suavidad al
chocolate.
–Pero cuando Maruja te pidió la
receta –continuó Caro refiriéndose a una
de sus vecinas–, no se lo dijiste.
–¡Ah! –dijo Elenita con cara de pilla–
Es que no quiero que Maruja la bruja lo
sepa. Ella no nos dice sus trucos.
–O nos los dice a medias para que la
receta nos salga mal y así poder
presumir –explicó Sole.
–Mira –explicó Elenita–, para que los
bombones te salgan bien, tienes que
fundir la tableta de chocolate especial
para postres a fuego muy lento. Puedes
hacerlo al baño maría o en el
microondas a baja potencia.
–Lo importante es que no se te queme
el chocolate –interrumpió Sole–. Si no
vigilas el fuego y se quema, tendrás que
tirarlo porque te saldrá demasiado
amargo. Y su textura será como de
tierra.
–Puedes hacer los bombones con
relleno o sin él –continuó Elenita–. Si
los quieres rellenos, lo mejor es utilizar
las barritas de cereales que llevan frutos
secos. Es lo más cómodo.
–Pero a Maruja le dijiste que se
ponían frutos secos triturados –
interrumpió Cris.
–Sí, porque no quería decirle el truco.
–No se lo merece –confirmó su
hermana.
–Mientras se funde el chocolate –
siguió explicando Elenita–, puedes ir
deshaciendo las barritas, y cuando ya
esté fundido, añades los trocitos junto
con una o dos cucharadas de aceite de
oliva. Lo remueves todo muy bien y vas
cogiendo pequeñas porciones de la
mezcla. Las colocas sobre papel de
aluminio y esperas a que se enfríe.
–Si los quieres con formas perfectas –
añadió Sole–, puedes usar moldes o
cubiteras. Pero a nosotras nos gustan
irregulares.
–Los bombones que hacemos son muy
buenos, sí –afirmó Elenita–, pero los
que hemos encontrado hoy son mejores
aún. Son increíbles. ¡Y los ha
encontrado Sir Lucas!
–Naturalmente que los ha encontrado
él –dijo Sole con retintín–. Aunque
también podrías haberlos encontrado tú.
Elenita puso una cara de inocencia
bastante creíble.
–¡Pobrecito! Se ha dormido otra vez –
dijo Elenita para cambiar de tema,
mirando a Sir Lucas–. Está cansado por
haber trabajado tanto.
–Claro que está cansado –dijo Cris–,
pero porque ha estado haciendo el
gamberro todo el día.
–¡Pero si ha sido él quién ha
encontrado al muerto! –protestó
Elenita–. Él siempre encuentra algo que
nos gusta. O que nos entretiene –
rectificó pensándoselo mejor.
–¿Quién será? –preguntó Caro–. El
muerto, digo. Creo que nunca lo había
visto por aquí, y eso que venimos mucho
a Carmona.
–Está claro que no ha muerto por
causas naturales –aseguró Sole–. Tenía
una señal roja en el cuello. A ese tío se
lo han cargado. Lo debieron estrangular
con alguna cuerda o algo parecido.
–Y qué pena que no hayamos podido
coger las otras cajas de bombones –se
lamentó Elenita–. ¿Qué harán con ellas?
–Las archivarán como pruebas –dijo
Sole–. O se las comerán.
–Ni hablar. No se las comerán –dijo
Caro–. Las meterán en bolsas y las
guardarán. Porque cuando hay un
asesinato –explicó–, no se puede tocar
nada de la escena del crimen.
–Es muy raro –dijo Cris pensativa–.
Que aparezca un muerto detrás de un
contenedor de basura, con muchas cajas
de bombones exquisitos y sin abrir. Es
muy raro.
–¿Quedan bombones en la caja que
has asaltado al llegar? –preguntó Sole a
su hermana con cierto sobresalto–.
Sergio no puede saber que hemos cogido
una. Se enfadaría mucho.
Elenita suspiró y sacó la caja que
tenía escondida en el bolso.
Rápidamente hicieron desaparecer la
prueba.
Un momento después, se acercó la
camarera que les había servido antes.
–Aquellos caballeros las invitan –
dijo mientras descorchaba una botella
de cava y señalaba hacia una mesa
cercana.
Tres señores bien vestidos,
distinguidos y de una edad indefinida,
aunque semejante a la del Club Cotilla,
las miraban sonriendo.
–¡Vaya, vaya! –exclamó Elenita–
¡Hemos ligado!
–¡Sí! –dijo Cris.
–Eso parece –dijo Sole en voz baja–.
¿Quienes son? ¿Os parecen de fiar?
–Los conozco de vista –murmuró
Caro mientras la camarera llenaba su
copa–. Pero nunca he hablado con ellos.
–Pues no están nada mal –dijo Cris.
–Nada, nada mal –repitió Elenita–. En
realidad están muy bien.
Un momento después, uno de ellos se
acercó a saludar.
–Hola guapas –dijo con una
reverencia–. ¿Estudiáis o trabajáis? –
preguntó galantemente para insinuar que
eran unas jovencitas.
–Pues mira –dijo Elenita sonriendo–,
en estos momentos hacemos las dos
cosas. Vamos a la universidad y
trabajamos en una agencia de
investigación. En nuestra propia agencia
–aclaró a continuación.
Se miraron unas a otras y les invitaron
a sentarse con ellas. Sin duda eran
caballeros respetables.
Uno de ellos era soltero y poco
hablador. Tenía pelo abundante aunque
completamente blanco y se llamaba
Carlos. Otro se llamaba Fernando,
estaba divorciado dos veces y era de
trato agradable, aunque un poco
cascarrabias. El tercero, el más
simpático y atrevido, era viudo y se
llamaba Daniel. Fernando y Daniel
tenían poco pelo y era de color gris,
pero lo llevaban muy bien cortado.
Todos tenían buen aspecto, estaban
delgados y ninguno era bajito.
Al cabo de un rato, el Club Cotilla
pudo constatar además que eran cultos y
sabían conversar. Pasaron un buen rato
con ellos, pero seguían pendientes del
reloj.
–Se nos hace tarde –dijo Sole por fin
mirando el reloj–. Si queremos
averiguar algo, hemos de irnos ya.
–Es verdad –reconoció Caro–.
Vamos.
–Hemos encontrado un muerto –
explicó Elenita a sus nuevos amigos–, y
queremos saber quién era y qué le ha
pasado.
–Seguramente lo han estrangulado –
dijo Cris.
–Y después lo han escondido detrás
de un contenedor –dijo Sole–. Rodeado
de cajas de bombones exquisitos.
Los caballeros se miraron
sorprendidos y muy desorientados.
Carlos se quedó con la boca abierta y
Daniel ponía cara de espantado.
–Nos gusta investigar crímenes –
explicó Elenita.
–¿Estás de broma? –preguntó
Fernando, el divorciado–. ¿Cómo os
puede gustar eso?
–Es en serio –confirmó Cris–. Nos
gusta.
–¡Lo que más nos gusta! –aclaró Sole.
Ellos estaban cada vez más
asombrados. No podían entender cómo
unas señoras tan respetables estuvieran
interesadas en investigar asesinatos,
pero no dijeron nada. Intercambiaron sus
números de teléfono y quedaron para ir
a bailar en los próximos días.
–Será divertido salir con chicos –dijo
Sole ya en la calle.
–Sí –dijo Cris–. Son simpáticos y
parecen majos.
–Daniel es el más alto y templado –
dijo Caro mientras las otras asentían.
–En nuestros buenos tiempos –susurró
Elenita escondiendo una sonrisa–,
cuando éramos jovencitas, nos
hubiéramos peleado por él.
–¡Tanto como eso! –protestó Sole.
–Pasó una vez –dijo Cris– ¿Os
acordáis?
–Sí, sí –reconoció Elenita–. Yo me
acuerdo. Marcos era monísimo y todas
vosotras os peleasteis por él.
–Entonces era muy mono –dijo Caro
recalcando el pasado–, pero ahora tiene
un barrigón ….
–Es verdad –dijo Sole–. Casi valió la
pena que nos demostrara que era poco
serio. Dicen que engañó a su mujer
muchas veces, hasta que se puso tan feo.
–¡Imaginaos que alguna de vosotras
hubiera acabado casada con él! –se
burló Elenita.
–Además, ahora está hecho un asco –
dijo Sole–. Está muy, pero que muy
estropeado.
–Pues entonces bien que te enfadaste
–le recordó Cris–. Cuando Caro te lo
quitó.
–¡Y tú me lo quitaste a mí! –le
recordó Caro enfadada.
–Ji, ji, ji –se rió Elenita sin
disimulo–. Os olvidáis de que el
culpable era él, yendo de una a otra.
Menos mal que yo era la pequeña. Si
hubiera sido de vuestra edad –añadió
riendo–, también hubiera tenido mi
turno.
–¡Lo que nos hubiera faltado! –
protestó Sole.
–En fin –resumió Elenita–, ahora
Daniel nos puede gustar a todas a la vez!
¡Y sin problemas! ¡Ventajas de la edad,
chicas!
Capítulo 3
–Hemos tenido suerte –dijo el
subinspector de policía al Club Cotilla
señalando el cadáver–. Estaba
documentado y sabemos quién es.
La policía había acordonado la zona y
Sergio estaba hablando con un agente.
Pablo, el subinspector, tan alto y guapo
como siempre, recogía las cajas de
bombones mientras hablaba.
–¿Sabéis también cómo ha muerto? –
preguntó Caro.
–Aparentemente lo han estrangulado –
contestó–. Con un cinturón, un pañuelo o
una corbata. Por las marcas que tiene en
el cuello, creemos que han utilizado
algún tipo de tela.
Pero Sergio, que también las había
visto, se acercó a protestar
interrumpiendo el torrente de preguntas
que se avecinaba.
–¿Todavía ustedes por aquí, señoras?
–preguntó suspirando con impaciencia–
Vayan a casa y descansen, que ya nos
encargamos nosotros –añadió, sin
esperar realmente que siguieran su
consejo.
A sus cuarenta años, Sergio se
mantenía en buena forma física, pero no
era precisamente un ejemplo de calma y
tolerancia.
Sole, que era un poco sorda, se había
colocado sus superaudífonos de
investigar y pudo oír cómo Sergio
protestaba por lo bajo.
–Siempre están por medio. No hay
forma de librarse de ellas –masculló el
inspector en voz baja.
–Nosotras también nos alegramos de
coincidir contigo tan a menudo –dijo
sonriendo mientras pellizcaba la mejilla
de Sergio.
El inspector se apartó, pero Elenita se
acercó llevando una bandeja de plástico
con unas magdalenas y unos cafés.
–Parecéis amateurs –dijo a los
policías mientras entregaba la bandeja a
Pablo–. Por no traer comida mientras
investigáis –explicó rápidamente cuando
vio la mala cara que ponía el inspector.
–Menos mal que nos hemos acordado
de vosotros –dijo Caro, ayudando a
Elenita a repartir la comida.
–No se puede pensar bien con el
estómago vacío –aclaró Cris repartiendo
servilletas de papel.
Sergio sacudió la cabeza y siguió
trabajando como si no estuvieran,
aunque sí que se tomó el café y una
magdalena. Pero Pablo, que era un
juerguista y estaba encantado con ellas,
se quedó explicando al Club Cotilla que
habían averiguado la identidad del
muerto. Se llamaba José Luis Sánchez.
–Su mujer – explicó en voz baja para
que no lo oyera Sergio–, lo echó en falta
esta noche …, como todas las noches de
martes desde hace varios años –añadió
guiñando un ojo a las ancianas.
–Céntrate –gruño Sergio acercándose
de improviso y oyendo el final de la
frase–. Estás investigando un crimen, no
haciendo vida social.
–Vayan a aquel coche y espérenme –
dijo Pablo en voz baja cuando se fue el
comisario, señalando uno de los coches
patrulla–. Me reuniré con ustedes en
cuanto pueda.
Cuando poco después se acercó al
coche, llevaba algunas de las cajas de
bombones encontradas en la escena del
crimen.
–Este hombre sabía cuidarse –dijo
Pablo refiriéndose a la víctima–, ¿sería
un contrabandista de bombones? –
preguntó, mientras probaba varios
elegidos al azar de cajas distintas.
Ofreció una de las cajas al Club
Cotilla y todas aceptaron sin
remordimientos.
–¿Están en buen estado? –preguntó
Caro, cuando recordó que los habían
encontrado en la calle.
–Éstos sí –contestó el subinspector
sonriendo–. Maribel los ha analizado ya.
Maribel, una joven doctora que
dirigía el departamento de química
inorgánica de la U.I.C., estaba saliendo
con Sergio. No era del dominio público,
porque ambos eran muy discretos en su
relación, pero al Club Cotilla le gustaba
enterarse de esos asuntos. Maribel y
Sergio se conocieron cuando ella hizo
algunos análisis de sustancias para la
policía.
–Por lo visto –dijo Elenita
satisfecha–, continúan viéndose.
Maribel se ha dado mucha prisa en
analizar todo esto –añadió con algo de
ironía.
–Un agente le ha llevado varias cajas
al laboratorio de la universidad hace un
rato –explicó Pablo.
–¿A estas horas? –preguntó Sole
asombrada– Pero si ya son casi las dos
de la madrugada.
–Era urgente que supiéramos si
estaban envenenados –dijo Pablo–. Y
ella ya ha llamado a Sergio para darle el
resultado. Los bombones estaban bien,
no había tóxicos. ¡Y han hablado durante
un buen rato –añadió en voz baja y
sonriendo.
–¡Qué bonito! –dijo Cris sonriendo
emocionada– ¿Creéis que iremos otra
vez de boda?
No se dio cuenta de los gestos de
silencio que hacían sus amigas. Sergio
se había acercado sigilosamente.
–¿A qué boda se refiere usted,
señora? –preguntó con su característica
actitud amenazadora.
–Cualquier boda es bonita ¿no? –dijo
Caro con inocencia para salvar la
situación.
–Y más aún si hay música y flores –
dijo Elenita cogiendo un bombón.
El inspector reaccionó rápidamente y
le quitó a Pablo la caja que llevaba en la
mano.
–¡Están buenos! –protestó Pablo
enérgicamente– Y si no los comemos
nosotros, se los comerán los del
almacén de pruebas –afirmó.
–Tiene razón, Héctor –intentó mediar
Caro, pero llamando Héctor al
inspector, como hacían siempre–. Son
deliciosos. Nunca he probado ningún
otro de esta calidad.
–Ni yo –confirmó Elenita–. Y eso que
yo …
–Sí, sí, ya sabemos que tú eres una
experta en dulces –afirmó Sole
mosqueada–. Si dices que son
deliciosos, es con verdadero
conocimiento de causa.
–Son bombones suizos –explicó
Elenita presumiendo–. Sólo se pueden
comprar en Suiza o encargándolos en
una página web que yo conozco.
Únicamente se pueden pedir desde
septiembre a noviembre, o de marzo a
mayo para que lleguen en perfecto
estado.
–¡Claro! –dijo Sole frunciendo el
ceño y mirando a Elenita con enfado–.
Tu siempre sabes estas cosas.
–Podéis preguntar directamente a la
fábrica para averiguar cuando compró
tantas cajas este hombre –dijo Elenita
rebuscando en su bolso–. Yo tengo la
dirección por algún sitio.
–¿Cómo sabes tú todo eso? –preguntó
Caro acusadora.
–Saber dónde venden los mejores
dulces –soltó Elenita con total
desfachatez–, no me incrimina.
Y le hizo a Sergio un gesto de “a que
estoy enterada”, abriendo las manos y
moviendo la cabeza afirmativamente. El
inspector volvió a suspirar y llamó a una
poli novata para que comprobara esa
información en internet.
–¡Vaya! –dijo el subcomisario, que no
desperdiciaba ninguna ocasión–, ¡Cómo
está mejorando el nivel de la policía! –y
dirigió a la joven una descarada mirada
de aprobación.
Ella esbozó una tímida sonrisa,
aunque enseguida apartó la vista.
–Ve con cuidado, niña –dijo Elenita a
la agente–. Ni te le arrimes, ni dejes que
lo haga él. Es un donjuan –añadió
señalando a Pablo.
Aunque el tono de voz de Elenita
indicaba que estaba bromeando, el
aludido frunció el ceño fingiendo
enfado. Luego puso cara de inocente y le
guiñó un ojo a la chica. Era realmente
guapa, alta, morena y con los ojos
verdes. Se llamaba Irene y llevaba una
semana trabajando en la comisaría de
Carmona.
–No hagas caso, guapa –contestó
Pablo con osadía y poniendo su sonrisa
más seductora–. Dice eso porque seguro
que estas cuatro ya me han buscado una
novia a su gusto. Pero yo prefiero
buscármela yo mismo –añadió con
picardía.
Las ancianas se sonrieron. Por
supuesto que le habían buscado una
novia. Y estaban convencidísimas de
que Lisa era completamente del gusto
del subinspector, aunque tanto él como
ella no parecían muy dispuestos a tener
una relación.
–Este Pablo … –dijo Sole–, no
cambiará nunca –añadió mientras se
dirigían hacia el coche de Elenita.
Era tarde y al día siguiente tenían
clase. No podían entretenerse más.
Capítulo 4
–¡Huy! –dijo Elenita entrando como
una tromba en la comisaría unos días
después– ¡Qué trabajadores estáis!
Iba cargada con una bolsa nevera que
depositó en el suelo.
–Necesitáis un descanso –añadió.
–¡Y comida! –añadió Caro entrando a
continuación– Si no os alimentáis como
es debido, no podréis rendir en el
trabajo. El cerebro necesita nutrientes.
–¡Vamos, vamos! –dijo Sole a Irene,
la policía novata que se ocupaba de la
recepción y que las miraba atónita–
¡Ayúdame a despejar la mesa!
–Traemos la merienda –aclaró
innecesariamente Cris, mientras dejaba
una bandeja en el mantel que acababa de
extender Caro.
Daba la “casualidad” de que el local
que habían alquilado para su agencia,
estaba a sólo 200 metros de la comisaría
de Carmona. Y a menos de 100 metros
de “Los Panales”, su cafetería favorita.
Situación que les permitió invadir la
comisaría con varias bandejas de
pasteles, dulces y salados, acompañados
de cervezas frías y vino. Los agentes
más veteranos ya las conocían y no se
sorprendieron, pero Irene no salía de su
asombro.
–Hemos esperado a que se fuera
Sergio –dijo Elenita en voz baja a
Pablo, que salió a recibirlas en cuanto
oyó el jaleo–. Cuando vuelva, ya estará
la mesa puesta.
–Y también tenemos una excusa
preparada –dijo Sole, también en voz
baja–. Hemos venido a invitaros a todos
a la inauguración de nuestra agencia.
–CCInvestigaciones –recordó Caro–.
Está a la vuelta de la esquina.
–Traemos las invitaciones –dijo Sole
entregando una tarjeta a cada uno de los
policías–. A Sergio se la daremos
cuando vuelva.
–¡Seremos casi vecinos! –dijo Cris
risueña.
Pero el verdadero motivo por el que
las cuatro amigas estaban allí, era para
enterarse de lo que la policía había
averiguado sobre el crimen del día
anterior. Pablo se había acostumbrado a
la forma de actuar del Club Cotilla y
también había tenido ocasión de
comprobar su eficacia a la hora de
investigar, así que no vio ningún
inconveniente en contarles algunas
cosas.
–Hemos encontrado restos de unas
fibras de tela verde en torno al cuello de
la víctima –explicó–. Estamos buscando
la prenda que encaje con ellas.
–¿Sabéis ya a qué hora murió? –
preguntó Caro.
–No sabremos nada concluyente hasta
que lleguen los resultados de la
autopsia, pero creemos que en algún
momento alrededor de las nueve de la
noche.
–¿Y de los posibles sospechosos? –
preguntó Sole– ¿Sabéis algo?
–El muerto tenía una amante –
contestó–, a la que visitaba los martes
por la noche.
–Eso ya lo sabemos –dijo Cris con
impaciencia–. Cuéntanos lo nuevo.
–La chica es aspirante a modelo –
aclaró Pablo con una risita burlona–,
pero es demasiado bajita. Está muy
buena, pero es un poco tapón. Y ya no es
una chiquilla, creo. Se llama Juana
Pérez, pero su nombre artístico –recalcó
con retintín– es Jane Peterson.
–Ja, ja –rió Caro, que era la más
culta–. Muy lista, ella. Ha conseguido
mejorar su nombre significativamente.
–Hace unos meses participó en un
desfile de modelos de ropa interior –
siguió Pablo–. Lencería fina, me parece
que dijo. Pero desde entonces no ha
trabajado. Sergio y yo hemos estado
hablando con ella.
–¡Pues cuéntanos qué le habéis
sacado! –dijo Elenita impaciente.
–Ahora no es buen momento, ya os lo
contaré –contestó él–. Es que está en el
servicio –explicó–. Arreglándose el
maquillaje, ha dicho ella, pero saldrá de
un momento a otro.
Se dieron cuenta de que ya había
salido porque pararon todas las
conversaciones. Todos estaban
pendientes de la chica, que atravesó la
sala contorneándose y se dirigió hacia la
salida.
–Dentro de cinco o seis años –
murmuró Pablo–, será gorda, habrá
acumulado celulitis en las caderas y
tendrá las tetas caídas. Humm … –dijo
pensativo–, sin tacones no debe superar
el 1,58 m de altura, o tal vez menos, así
que puede llegar el momento en que
parezca una pelota.
Las cuatro ancianas lo miraron con
asombro, totalmente desconcertadas,
pero únicamente Elenita se atrevió a
preguntar.
–¿Cómo sabes eso?
–Sólo tienes que fijarte en su
estructura –explicó el subinspector
gesticulando con las manos.
Sabía de lo que estaba hablando. Se
consideraba un experto.
–Tiene las tetas gordas y no tiene
espalda –añadió–, así que tarde o
temprano se le caerán. Y la forma de las
caderas indica celulitis incipiente. Con
los años, eso crece y crece –explicó
separando los brazos–, a veces hasta
rebosar.
–Vale –aceptó Elenita, un poco
mosqueada porque era la más
regordeta–, pero ¿cómo has aprendido
eso? ¿Te lo ha enseñado alguien?
Porque yo nunca he oído nada
semejante.
–Soy autodidacta –dijo él sonriendo
halagado–. Cuando salgo con una chica,
tengo que saber dónde me estoy
metiendo ¿no? –siguió explicando tan
tranquilo– Porque podría convertirse en
una vaca en poco tiempo y eso no me
conviene.
–¡Qué listo! –dijo Caro– Entonces
¿seguro que nunca has salido con
ninguna chica que luego se ha hecho
gorda?
–¡Claro que no! –respondió él
airado– Bajaría mi puntuación. Pero
volvamos al caso. La mujer del muerto
trabaja en la U.I.C. –soltó, como si nada.
–¡No me digas! –exclamó Sole
encantada– ¡Podemos encontrarla
cuando vamos a clase!
–¿Es profesora? –preguntó Cris– ¿En
qué facultad da clases? A lo mejor la
conocemos.
–No es profesora –explicó Pablo con
aire divertido–. Es ayudante de
laboratorio. Y no la conocéis.
Lo miraron y se miraron entre sí, sin
entender qué le hacía tanta gracia.
–Trabaja en el departamento de
Maribel –dijo por fin, esperando
sorprenderlas.
–¿Maribel? ¿La Maribel de Sergio? –
preguntó Elenita alborozada.
–Bueno –contestó Pablo–, no sé si
Maribel es de Sergio, pero desde luego
la mujer del fallecido, que se llama
Aurora Fernández, trabaja en el
departamento de Química inorgánica
como ayudante de laboratorio.
–¿Ya le habéis preguntado a Maribel
por ella? –preguntó Caro.
–Dice que es una mujer normal –
continuó Pablo–, aunque tal vez resulte
algo vulgar. Que parece un poco
amargada y que tiene muy mal carácter,
pero que también es muy trabajadora.
Pasa muchas horas en el laboratorio y es
muy competente.
–El consuelo de los feos –murmuró
Elenita–. Seguro que es fea. Siempre
pasa lo mismo. Un feo o una fea ha de
s e r mucho de algo: muy simpático, o
muy trabajador, o muy competente, ….
Cómo simpática no es, ha de ser lo otro.
–Será para compensar –dijo Sole.
La policía la consideraba una posible
sospechosa de la muerte de su marido,
porque él estuvo engañándola durante
años. Era del dominio público.
–No sólo la ha engañado con su
amante actual –siguió explicando
Pablo–. Ésta le ha durado poco. Antes
de ella, hubo muchas otras.
–Es lo que suele ocurrir –dijo Caro
poniendo cara de resignación.
–Sí, sí –intervino Cris–, lo sabemos
de buena tinta. El que no es de fiar, no
es de fiar –sentenció.
–A la mujer, la Aurora esa, le hubiera
venido bien tener amigas que le robaran
el novio –dijo Sole mirando a Caro–.
Así se hubiera dado cuenta de que no le
convenía.
–¡Chicas! ¡Chicas! –exclamó Elenita–
¡Un poco de orden! ¡Dejad hablar a
Pablo!
–Ese señor engañó a su mujer con una
legión de chicas –dijo Pablo sin poder
evitar un cierto tono de admiración–.
¡Qué tío!
–Pues no parece que haya terminado
muy bien la cosa –le reprochó Sole–, si
se lo ha cargado ella.
–Aún no lo sabemos –dijo Pablo a la
defensiva.
Por otro lado, la mujer era menuda y
no parecía fuerte, en cambio el muerto
era un hombretón. Así que la policía
veía difícil que lo hubiera podido
estrangular ella sola, aunque no la
descartaban como sospechosa y seguían
buscando pistas. Pero Pablo ya no pudo
contarles nada más. Había regresado
Sergio y no parecía precisamente
contento de verlas.
–No puedo creerlo –murmuró por lo
bajo–. ¡Otra vez ellas! No se rinden. No
paran quietas.
–Hola, Héctor –dijo Sole
acercándose al inspector para darle la
tarjeta para la inauguración–. Hemos
venido a invitaros a todos a la fiesta de
apertura de nuestra agencia de
detectives.
Sergio siguió gruñendo por lo bajo.
–¿Y qué es todo esto? –preguntó
malhumorado al cabo de unos instantes
mientras señalaba a su alrededor.
–¿Esto? –repitió Cris cándidamente–.
Sólo es la merienda. Por cierto, ¿cómo
está tu padre? Hace tiempo que no lo
vemos.
Era una broma que utilizaban desde
que lo conocieron. El inspector no sólo
no se llamaba Héctor, sino que el Club
Cotilla tampoco conocía a su padre.
–¡Héctor! –exclamó Elenita, que no
había visto al inspector hasta ese
momento– ¿Cómo está Maribel? ¿Es
cierto que estáis saliendo en serio?
–Nos estamos conociendo –explicó
mosqueado–. Y no es asunto suyo.
Deberían quedarse ustedes en casa y
descansar. O irse de viaje. ¡O lo que sea
que hagan las señoras de su edad! –
continuó, frunciendo el ceño con actitud
amenazadora.
–Especifica –dijo Cris mirándolo
fijamente– ¿a qué te refieres
exactamente con eso de “señoras de
nuestra edad”? –dijo recalcando mucho
la frase.
Las cuatro ancianas esperaron su
respuesta sin parpadear siquiera. Se
hizo un silencio incómodo. Hasta los
agentes pararon la conversación.
–Tranquilas, chicas –dijo Elenita
risueña al cabo de unos instantes–. Se
refiere a que debemos ir de botellón. O
a la discoteca a bailar y a ligar con
chicos. Es lo que hacen las chicas de
nuestra edad, ¿verdad? –Elenita había
salvado momentáneamente la situación,
pero lo desafió con la mirada.
–Humm, señoras, por favor, dejen de
molestar –dijo Sergio, desarmado.
Y se dirigió hacia una de las bandejas
para tomar un pastel y un vino. Después
de un rato en que pareció debatir
consigo mismo, se acercó donde estaba
el Club Cotilla hablando con Pablo.
–La amante –decía Pablo en aquel
momento–, la que visteis el otro día,
está muy enfadada porque la víctima la
había dejado la semana anterior. Sin
darle ninguna explicación. También es
sospechosa.
–¿Qué piensan ustedes? –preguntó
Sergio espontáneamente al Club
Cotilla–. En los otros casos en los que
nos ayudaron –recalcó la palabra con
intención– a investigar, aportaron
algunas sugerencias interesantes.
Opinen, opinen. Aunque sean unas
entrometidas, por lo menos digan algo
útil.
–No tenemos todos los datos –dijo
Caro con dulzura.
–Siempre queremos ayudar –dijo Sole
ladeando un poco la cabeza–. Si
supiéramos algo más ….
Entre el inspector y el subinspector
terminaron de ponerlas al día. Les
hablaron de Aurora Fernández, que
durante las horas de trabajo pasaba
mucho tiempo hablando por teléfono con
su marido porque no se fiaba.
–La mujer nos ha dicho que la víctima
trabajaba hasta hace poco en una joyería
–explicó Sergio–. “La casa de los
diamantes”. Hemos localizado al dueño,
Alberto Serrano, un empresario de
cierto éxito.
–Sí –dijo Pablo–, el típico jefe
pelma. Ha dicho que la víctima le
robaba, y que por eso lo despidió hace
dos meses.
–Y su mujer –continuó Sergio–, la del
muerto, quiero decir, no lo sabía porque
él seguía llevando dinero a casa.
–La querida tampoco sabía nada –
siguió Sergio–. Nos ha dicho que hace
un par de semanas el muerto le regaló un
anillo de esmeraldas que costaba una
pasta, según sus propias palabras.
–¿Habéis averiguado algo de las
fibras verdes que había en el cuello de
la víctima? –preguntó Sole.
–No –dijo Pablo–, todavía no.
Estamos esperando los resultados de los
análisis para saber el tipo de fibra que
debemos buscar.
–Vale, chicos –dijo Elenita de
repente–, gracias por todo. Es muy
interesante, pero ahora hemos de irnos
porque hemos quedado –añadió
misteriosamente–. Mañana pensaremos
en todo esto.
–Es que tenemos hora en la
peluquería –explicó Caro, como si fuera
algo de lo más obvio.
–Y además –añadió Cris–, hemos que
maquillarnos.
–¡Vamos a una verbena! –explicó
Elenita muy animada, ante la mirada
perpleja de los policías.
Habían quedado con los caballeros
que conocieron el día del crimen para ir
a bailar a una fiesta en su pueblo, “El
Azahar”. Estaban muy ilusionadas y
pretendían arreglarse tanto como
pudieran. Querían dejar el listón muy
alto.
–¡Tengo unas ganas de ir! –añadió
Caro.
–¡Hace mucho tiempo que no vamos a
un baile! –exclamó Sole nostálgica.
–Espero que haya algo de rock –dijo
Elenita de repente–. ¡A ver si van a
tocar todo el rato pasodobles y otras
antiguallas!

Capítulo 5
–He adelgazado –protestó Elenita
durante la inauguración de la agencia
CCInvestigaciones–. Por tu culpa se me
cae la falda –dijo a su hermana–. ¡No
me dejas comer nada!
–No te quejes tanto –dijo Sole–. Te
convenía perder unos kilitos. Además,
no puedes tomar azúcar. Es lo mejor
para ti.
–¡Fíjate que bien! –dijo Caro– Desde
que no comes tanto dulce, además de
cuidar tu salud, mantienes la figura.
¡Estás fantástica!
Elenita llevaba un vestido de cocktail
de seda natural de color rosa pálido, que
había comprado en una boutique de
Barcelona y que le sentaba muy bien.
Sus amigas estaban a la altura. Sus
vestidos también eran de seda. Sole lo
llevaba azul claro con un toque de gris.
El de Caro era verde manzana pálido, y
el de Cris de color melocotón, también
muy claro.
–El vestido me queda ancho –siguió
protestando Elenita–. Mirad –les mostró
estirando la tela–, me sobra todo esto.
En fin, voy a poner remedio.
Y se dirigió al bufé.
La inauguración fue un éxito de
organización y de asistencia. Acudieron
todos los amigos y familiares del Club
Cotilla y el servicio de catering que
ofreció el Playamar resultó perfecto. Las
ancianas estuvieron escoltadas toda la
tarde por sus nuevos amigos, lo que
provocó más de un comentario entre los
asistentes.
Y alguna que otra sorpresa.
–¿Papá? –preguntó Lisa sorprendida–
¿Qué estás haciendo aquí?
Lisa, la jefa de cocina de la cafetería
del Playamar, muy elegante con pantalón
negro y blusa de encaje, también negra,
no salía de su asombro. Su padre estaba
hablando animadamente con el Club
Cotilla. ¡Y parecía conocerlas mucho!
–Pues estoy disfrutando de la
compañía de las mozas más
encantadoras de mi pueblo –contestó
Daniel sonriendo a su hija y dedicando
un guiño a Caro y a Cris, que estaban
cerca.
–No te pases –dijo ella azorada–.
Papá, que te conozco ¡No puedes ir por
el mundo ligando con todas! Mira –dijo
señalando–, Caro es la tía-abuela de
Susana, y Cris es la tía-abuela de
Eduardo.
–Mejor –dijo Daniel mientras se
tomaba tranquilamente un vino tinto–,
así todo queda en casa –añadió
volviendo a guiñar un ojo.
Y se alejó con una sonrisa traviesa.
Daniel había enviudado hacía unos
años y se había descontrolado un poco.
Siempre fue la madre de Lisa la que
ponía orden en su casa, la que conseguía
que tanto su hija como su marido no
fueran demasiado aventureros. Daniel ya
no era precisamente joven, pero desde
que murió su mujer, hacía lo que quería
sin dar explicaciones a nadie. Y sin
hacer el menor caso de las sugerencias
de Lisa. Le gustaba vivir la vida, tal
cómo él decía, sin caer en la cuenta de
que, a veces, abochornaba a su hija.
Lisa se resignó. Cuando su padre se
empeñaba en algo, no había forma de
discutir.
–¿Sabéis si Pablo ha pedido el
traslado? –preguntó a sus amigos Edu y
Susana.
Hablando casi en susurros, los tres
parecían conspirar frente al bufé de
postres.
–Hola, jóvenes –dijo Daniel
acercándose de improviso a saludar a
los amigos de su hija–. Me han dicho
que vuestras tías son las solteras más
cotizadas del pueblo –añadió
bromeando.
–¡Papá, por favor! –pidió Lisa
avergonzada de nuevo– No digas esas
cosas. Pareces un cazafortunas.
–¡Ah! –exclamó él, dándole un codazo
a su hija y sin turbarse lo más mínimo–
Pero tú si que puedes averiguar cosas de
Pablo ¿verdad? Te he oído.
Lisa intentó llevárselo a casa, pero no
lo consiguió. Su padre era tan
independiente y cabezota como ella. Y
lo estaba pasando bien. Susana y Edu se
miraron divertidos.
–Por una vez –dijo Susana de buen
humor–, Lisa no se sale con la suya.
–Parece que su padre es el único que
puede con ella –murmuró Pablo desde
un rincón.
La miraba pensativo, sin decidir si se
acercaba a hablar con ella, pero le
distrajo la entrada de Sergio y Maribel,
los dos elegantísimos, que llegaban un
poco tarde.
–¡Qué buena pareja hacen! –susurró
Cris a sus amigas cuando los vio entrar.
–¡Calla, que te oirán! –pidió Sole
también en voz baja.
–¡Que bien que hayáis venido! –dijo
Caro extendiendo los brazos en señal de
bienvenida cuando la pareja se acercó a
saludarlas.
–No podíamos faltar –dijo Maribel–.
Es la fiesta de la temporada.
–Estás muy apuesto, Héctor –piropeó
Elenita, añadiendo un silbido exagerado
con intención de hacer sonrojar a
Sergio–. ¿Verdad chicas?
Pero el inspector no sólo no pareció
nada molesto, sino que se abrochó un
botón de la americana y metió una mano
en el bolsillo. Elenita se preocupó.
–Estoy perdiendo facultades –se
lamentó poco después–. Sergio ya no se
avergüenza ni nada.
–Es que ya se ha acostumbrado a
nosotras –explicó Caro para consolarla.
–Necesito entrenamiento –dijo
Elenita–. He de practicar más.
–No te preocupes –dijo Sole–. Eso es
que estás cansada. Mañana ya te habrás
recuperado.
–Mañana nos centraremos de nuevo
en la investigación –dijo Cris que no
había escuchado la conversación.
–Y en estudiar –recordó Caro.
Nadie se fue de la fiesta hasta bien
avanzada la noche.
* * *
–¿Tienes una explicación para todo
esto? –preguntó Caro indignada al entrar
en la oficina.
Elenita estaba sentada en la mesa
camilla, rodeada de cajas de bombones,
con los sofás también repletos de más y
más cajas de la marca suiza.
–¿De dónde los has sacado? –
preguntó Cris que entró después.
–Los he comprado por internet –
contestó ella tan tranquila.
Caro y Cris se miraron preocupadas.
–Para investigar –explicó como si
fuera algo de lo más evidente.
–Eso no está bien –dijo Caro
amonestándola con un dedo–, una cosa
es un pecadillo ocasional, pero esto es
pasarse de la raya hasta para ti.
–¿Puedo picar? –interrumpió Cris sin
darse cuenta de la situación.
–Adelante. Sírvete
Cris se comió un bombón y cogió otro
para después. Caro la imitó al cabo de
un rato, pero los seleccionó de las cajas
que contenían bombones de licor.
–Humm –dijo extasiada–. ¡Qué bueno!
Podemos perdonarla con esto ¿verdad?
En ese momento entró Sole, que
llegaba tarde porque había ido a
comprar la prensa para ver si se había
publicado algo sobre el muerto. No
había sido así, pero quería comprobarlo.
–No la animéis –dijo a las otras dos,
cuando las vio comiendo bombones–.
¡Sólo le falta eso!
–Yo compro los chocolates sin
reparos, porque hemos de tener todos
los datos de este caso –protestó
Elenita–. Y porque soy la más
profesional –añadió sin remordimientos.
–Y siempre tienes una excusa
preparada para comer dulces –la
recriminó su hermana.
–Vamos a ver –siguió diciendo
Elenita–, si queréis ser detectives,
necesitamos estar al tanto de los últimos
adelantos.
–En eso tiene razón –dijo Cris sin
darse cuenta de la mirada que le lanzó
Sole.
–Y recordad que queríais compraros
relojes con rayos láser y bolis que
disparen balas de verdad –añadió
Elenita triunfante–. Para eso
necesitamos saber todo lo que podamos
sobre las compras por internet.
–Tener los bolis que disparen será
difícil –dijo Cris apenada–. Seguro que
necesitamos permiso de armas.
–No conozco los requisitos
necesarios para poder tener esos bolis –
dijo Caro–. Pero los averiguaré. No os
hagáis ilusiones, porque lo más seguro
es que no sean legales –agregó.
–Pues por eso necesitamos pasta y
contactos online –insistió Elenita.
–¿Para qué, contactos? –preguntó
Cris.
–Por si nos pillan –contestó Elenita.
–También podemos intentar conseguir
los bolis y los relojes en el mercado
negro –dijo Caro–. O en el extranjero.
Pablo entró sin llamar, abriendo con
su propia llave. Traía una bandeja de
pasteles, que dejó sobre el sofá y se
apoltronó en la mesa camilla.
–¿Qué podéis contarme? –preguntó
cruzándose de brazos y estirando las
piernas.
–¿Qué haces aquí? –preguntó Sole
sorprendida– ¿No se supone que
deberías estar en la comisaría? ¿O
interrogando a la gente?
–Lo he invitado yo –dijo Elenita–.
Para intercambiar información, como
cualquier espía que se precie.
–No había merengues de fresa –
explicó Pablo, entregándole la llave a
Elenita–. Sólo había de café y de nata.
Pero ya veo que estáis perfectamente
surtidas –dijo señalando los bombones–.
Yo también los he pedido por internet,
pero no me han llegado todavía.
–¿También los has pedido para
investigar? –preguntó Caro con retintín.
–Pues claro –contestó Pablo después
de captar un gesto de Elenita.
–¿Y los merengues? –insistió Sole–
¿También tienen algo que ver con la
investigación?
–No –contestó Elenita a
regañadientes–. Esos se los he
encargado para vosotras. Quería daros
una sorpresa.
–¡Uf! –dijo Cris, viendo la discusión
que se avecinaba.
–¿Seguro? –preguntó Sole escéptica y
dispuesta a impedir que su hermana
siguiera comiendo dulces.
–Tal vez sí o tal vez no –sentenció
Caro filosóficamente–, pero … ¡Qué
bien! ¡Venga, acabemos con ellos!
–Elenita –pidió Sole–, tú contrólate,
¿vale? Te comes una sola cosa y basta.
Pablo les explicó que había muchos
sospechosos. O mejor dicho, muchas
personas implicadas, pero que no eran
sospechosos del

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Fiesta, sangría y un muerto – Julia Montenegro

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