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Libro PDF Un lazo color lavanda – Heather Burch

Un lazo color lavanda – Heather Burch

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—Cartas —susurró Adrienne Carter
mientras rozaba con los dedos el
contenido de la pequeña caja abierta que
llevaba en las manos.
Afuera se oían los truenos, que hacían
vibrar la ventana del desván. La observó
y luego alzó la vista hacia las vigas del
techo, donde apenas unos minutos antes
descansaba la caja. Adrienne se ajustó
la linterna debajo del brazo y se agachó
para recoger del suelo una vieja
escoba —su arma preferida para
defenderse de los ataques de arañas
— que se había caído entre un baúl
vacío y una pila de revistas viejas.
Guiada por una luz tenue, Adrienne dejó
la escoba apoyada en una esquina
mientras apretaba la caja metálica
contra su pecho. Allí había
algo… especial. No tenía ninguna duda.
La intriga casi hizo que se olvidara de
cuál era su propósito al subir al desván:
comprobar la caja de los fusibles. Si la
luz no volvía pronto, lo intentaría más
tarde; pero ahora aquellas cartas de un
pasado lejano esperaban a ser leídas. Y
eso era más importante que cualquier
otra cosa.
La puerta del desván crujió cuando
Adrienne usó todo el peso de su cuerpo
para cerrarla. Las casas viejas no
siempre obedecen reglas tan simples
como que las puertas encajen en los
marcos, esos mismos marcos que las han
sostenido durante casi un siglo. Esta en
concreto se hinchaba constantemente. Al
poco de mudarse, había telefoneado a su
padre para preguntarle al respecto, pero
su única respuesta fue: «Las casas viejas
respiran. Por la humedad y demás. En el
invierno encajará mejor».
A saber qué significaba eso; los
inviernos ni siquiera existen en el sur de
Florida. También se lo consultó al
encargado de la ferretería, quien
únicamente le sugirió que contratara a
alguien que limara los bordes del marco
donde la puerta raspaba hasta que se
viera la madera debajo del barniz.
Contratar a alguien… Claro, necesitaba
contratar a alguien que se encargara del
millón de detalles que traía consigo una
reforma.
Sus pasos sonaron al bajar las
escaleras del desván, luego cuando
cruzó el pasillo de la primera planta y,
finalmente, cuando llegó a la planta baja
de su nueva… casa vieja.
La luz de la linterna proyectaba
sombras mientras Adrienne se
desplazaba, primero iluminando y
después dejando en penumbra los
distintos proyectos de reforma en varias
zonas de la casa, cada uno de ellos en su
propia etapa de progreso. En cuanto
terminara por lo menos uno de ellos,
organizaría una fiesta. Claro está, si
tuviese amigos. Que no tenía.
El haz de luz iluminó un objeto
ominoso en una esquina, y Adrienne se
quedó congelada en mitad de las
escaleras. No era más que una sábana
que cubría un sillón reclinable. Soltó el
aire de los pulmones con un suspiro de
alivio e inspeccionó la zona en busca de
otros monstruos mientras acababa de
orientarse. Ninguno.
Odiaba quedarse sin luz. Siempre
sucedía en el peor momento posible, en
medio de una tormenta eléctrica que
hacía que los cristales de las ventanas
traquetearan. Aunque en realidad su casa
tenía mejor aspecto bajo la luz tenue de
la linterna y las velas, que atenuaba las
cicatrices de tantos años de vida.
Al llegar al final de las escaleras
notó el olor acre de la pintura fresca.
Empezaba a sudarle la palma de la mano
que sostenía la pequeña caja metálica.
El corazón de Adrienne latió con fuerza,
y se dirigió con prisa al sillón para abrir
la primera carta.
Junio de 1944
Querida Gracie:
Temo adónde pueda llevarme
esta guerra. Me aterroriza esa
oscuridad desconocida que ronda
en la distancia y atrapa a los
hombres; si bien no su cuerpo, sí
sus corazones. Pensar en ti me
ayuda a seguir adelante, me obliga
a resistir la desesperanza que me
amenaza. Antes de conocerte yo
estaba vivo, pero me sentía vacío.
Desde el momento en que te vi, no
dudé ni un instante que tú eras todo
lo que mi corazón había anhelado.
Mi mente me lleva de vuelta hasta
aquel día. Sara y tú estabais en el
parque. Tu cabello dorado danzaba
al ritmo del viento suave; el
vestido blanco flotaba a tus pies, y
el mundo cobraba vida al oír tu
risa. Yo quería hablarte, pero no
me atrevía. Quizá solo fueras el
producto de mi imaginación y, si
me acercaba a ti, desaparecerías
como la niebla de una fría mañana.
Observé cómo te alejabas y sentí
que te llevabas mi corazón contigo.
Esperé varios minutos, mirando el
horizonte, esperando que volvieras
a aparecer sobre la ladera, pero no
regresaste.
Gracie, de todas las cosas que
me han hecho sufrir, estar alejado
de ti es el dolor más insoportable
que he sentido. Pero quiero que
sepas que sufriría mil días como
este si pudiera pasar uno solo a tu
lado. Ya llegará el día en que
caminemos juntos por la costa,
contemplando amaneceres y
atardeceres. Pero estaremos juntos
sin sombra alguna de deshonra. En
tu última carta mencionaste que a tu
madre le agradó mi decisión de
unirme al ejército. Rezo por que así
sea. Me niego a contrariarla. Sara y
tu sois lo único que tiene, por
supuesto que desea lo mejor para
ti. Sé que te entristeció mi decisión,
pero no tenía otra opción.
Regresaré junto a ti.
Y te prometo que cuando eso
ocurra, tú y yo lo celebraremos
eternamente. Celebraremos la vida
y el amor, y nada nos separará
jamás. Reza por mí, Gracie, y
saluda de mi parte a Sara.
Siempre tuyo,
William
Un largo suspiro vació todo el aire de
los pulmones de Adrienne. Dejó de
apretar la carta mientras su mirada se
perdía en un espacio oscuro en el
pasillo. Incapaz de enfocar bien,
observó la nada. Toda su energía se
concentraba en sentir. «¿Qué puede
sentir uno al recibir una carta como
esta? ¿Que alguien te adore tanto que
esté dispuesto a morir mil veces por
pasar un solo día contigo?» No podía
imaginárselo. El amor que había
experimentado con Eric resultó ser un
camino solitario, en su caso, y una
dictadura egocéntrica, en el de él.
Le palpitaban las yemas de los dedos
con los que sostenía la carta. Estas
pulsiones enviaban sensaciones difíciles
de calificar por todo su ser, tan potentes
y extrañas que lograban acariciar las
zonas más desesperadas de su corazón, y
despertaban el deseo. Le permitían tener
esperanza.
Le permitían soñar.
El destello de un rayo la sobresaltó.
Varios fogonazos iluminaron la sala,
como si una cámara gigante tomase fotos
de Adrienne sosteniendo una carta tan
íntima que hizo que se sintiera como una
intrusa en su propio hogar. Adrienne
apretó con fuerza la hoja de papel
desteñida contra su pecho, intentando
absorber todo su contenido. Con la otra
mano tocó la caja metálica que
seguramente había guardado esta carta
durante más años de los que ella llevaba
con vida. Más allá de la ventana, la
tormenta continuaba su arremetida.
Se acercó el sobre a la cara para
verlo mejor bajo la luz de la linterna.
Por primera vez desde que había
comprado la deteriorada casa
victoriana, se alegró de que la vieja
instalación eléctrica fuera inestable. De
no haber sido así, jamás hubiera
encontrado las cartas.
Sin embargo, añadió algo más a su
creciente lista: llamar a un electricista.
Observó el sobre con detenimiento.
Los años lo habían desteñido un
poco, pero aún podían leerse los
nombres y las direcciones, y el
matasellos era inconfundible. Mil
novecientos cuarenta y cuatro. Debía de
corresponder a la Segunda Guerra
Mundial. Al leer la dirección, aguantó la
respiración. Era su casa, el 722 de
Hidden Beach Road. Debajo de la
dirección aparecían los nombres: para
Grace Chandler, de William Bryant.
El rugido del océano atrapó su
atención por un instante. Permaneció
inmóvil y escuchó el mar furioso
mientras las hojas de las palmeras
azotaban los muros de su casa. Adrienne
dejó la caja en la mesa de centro y se
acurrucó en el sofá.
¿Cuántas veces había subido al
desván para accionar el interruptor sin
darse cuenta del delicado paquete
plateado situado encima de su cabeza,
escondido entre las vigas del techo? De
no ser por las habilidades ninja de
Adrienne con su escoba contra las
arañas, la caja seguiría ahí. Totalmente
oculta a los ojos de cualquier intruso,
con su contenido intacto: una antigua
pluma estilográfica, una foto en blanco y
negro, y, finalmente, la pila de cartas
atadas por un lazo color lavanda
deslucido.
Unas horas antes Adrienne casi se
había dado por vencida con la
electricidad quisquillosa y había
decidido acostarse cuando las luces
parpadearon, se apagaron y no volvieron
a encenderse. Pero las lámparas de
petróleo siempre dan valentía, así que se
obligó a subir las escaleras chirriantes
del desván ante la posibilidad de
despertarse a las tres de la madrugada
en una casa llena de fantasmas
imaginarios y ruidos extraños. Ahora
estaba contenta de haberlo hecho. Puede
que al final se estuviera acostumbrando
a su casa de principios del siglo xx. Y a
estar sola. No lo había pensado hasta
que pasó la primera noche en su viejo y
ruidoso hogar victoriano, pero el caso
es que nunca había estado sola. Jamás.
De la casa de sus padres en Missouri se
había mudado a la universidad con una
compañera de habitación. Fueron cuatro
años de diversión, seguidos de casi seis
años de tortura durante su matrimonio
con Eric. Pero nunca había estado sola,
hasta este momento.
Su vecina Sammie le había advertido
de las violentas tormentas de Florida y
le había aconsejado que comprara la
lámpara, así como velas y linternas. Ah,
sí tenía una amiga. Sammie. Pero ellas
dos no bastaban para montar una fiesta.
También estaba Ryan, el universitario
que la había ayudado a trasladar los
muebles. Habían cenado juntos y
paseado por la playa un par de veces,
pero Ryan no era lo que ella necesitaba.
Unos años antes le habría resultado muy
atractivo cualquier joven estudiante
divertido, pero ya no. Aunque tuviera
hecha la mayor parte de la reforma, para
poder hacer una fiesta con sus dos
amigos aún tendría que superar otros
muchos obstáculos, como el de la
sección de ofertas de un almacén de
madera. Así que nada de fiestas de
momento.
Tomó la lámpara de petróleo. La
delicada llama danzaba en ondas
parpadeantes que aumentaban de tamaño
mientras Adrienne giraba la palanca.
Las sombras se ocultaron en las
esquinas de la sala de estar. Su sala de
estar. En la casa que había comprado
después de inspeccionarla cinco
minutos. Sinceramente, cuando pensaba
en ello le parecía una locura. Así que
prefería no hacerlo. Un divorcio
complicado puede alterar el sentido
común de una persona. Y Adrienne
había vivido los últimos meses en
estado de alteración.
Sin embargo, estaba aprendiendo a
apreciar la casa. O algo parecido.
Empezaba a ser un hogar. Por lo menos,
eso se repetía a sí misma. Aunque una
cosa era segura: ahora la casa estaba en
mucho mejor estado que cuando llegó de
Chicago y de inmediato hizo una oferta
para comprarla, oferta que fue aceptada
con la misma velocidad.
Adrienne tocó el extremo del lazo.
—Mucho gusto, Grace Chandler y
William Bryant.
«¿Quiénes eran estos nombres sin
rostro de las cartas? Grace había vivido
en esta casa. Sara debía de ser su
hermana. Habrían ocupado alguna de
estas habitaciones cada una.» Cerró los
ojos un instante, intentando escuchar
voces del pasado. «¿Vivieron mucho
tiempo aquí? ¿Regresó William de la
guerra?» Ya bajo una luz más potente,
sacó la fotografía de la caja. En ella vio
a un apuesto y sonriente joven, vestido
con un uniforme militar bien planchado,
de pie junto a una niña. El dedo de
Adrienne acarició el filo amarillento y
dentado de la otra mitad. Alguien había
roto esa parte de la foto. Le dio la vuelta
y encontró la fecha, 1942, pero ningún
nombre.
Él podía ser William. Pero, ¿y la
niña? No podía ser Grace. La niña del
vestido moteado era muy pequeña,
varios años más joven que el chico.
Él era muy bien parecido, y lucía una
sonrisa entusiasta que a su vez hacía
sonreír a Adrienne. Su mirada
penetrante la observaba fijamente desde
la foto. En esos ojos danzaba un espíritu
poético, similar al de la carta.
Seguramente era William.
Después de apagar la lámpara,
Adrienne se levantó y llevó la caja hasta
la mesa de la cocina. La luz de la
linterna que aún sostenía debajo del
brazo alumbró una guía telefónica
local —el pueblo era tan pequeño que
aún las imprimían— cubierta de polvo y
masilla. Sus dedos tamborilearon
suavemente sobre la mesa, señal de que
estaba planteándose hacer algo ridículo.
William Bryant, veterano de la Segunda
Guerra Mundial, ¿saldría en la guía, en
el mismo pueblo y después de tantos
años? No era probable. ¿Grace
Chandler? No. Había pasado una
eternidad, pero las palabras de la carta
habían cobrado vida en las manos de
Adrienne, y el amor que esas palabras
desprendían parecía igual de fresco y
nuevo como cuando fueron escritas.
Adrienne se mordió el labio inferior.
Estaba bastante perjudicado, pues
llevaba todo el día mordiéndoselo
mientras lijaba la pintura de la
chimenea. Desde que se había mudado a
Florida había descubierto un par de
cosas de sí misma. Una, que era una
auténtica inepta reformando casas. Y
dos, que cuando descubría su patética
ineptitud para hacer cualquier cosa, se
mordía los labios hasta hacerse sangre.
Echó un vistazo al sobre y, antes de que
se diera cuenta, sus dedos ya estaban
abriendo las páginas de la guía
telefónica. B de Bryant.
A mitad de la página esperaba
William Bryant.
Capítulo 2
William Bryant, conocido como Pops,
se frotó la cicatriz de la pierna
izquierda, una cicatriz que ya tenía
cincuenta años. Las mañanas húmedas le
hacían sentir una rigidez a la que ya se
había acostumbrado pero que no le hacía
gracia. Se levantó de la cama
lentamente, dejando que sus viejos
huesos y articulaciones se despertaran, y
luego caminó hacia la ventana para abrir
la cortina. Unos cuantos rayos de luz
solitarios entraron en la habitación para
iluminarla, dejando unas manchas
brumosas.
Había algunos objetos personales y
fotografías, pero no tantos como para
crear un ambiente hogareño. Intentaba
mantener la habitación lo más recogida
posible para complacer a su nieto Will,
pero también lo suficientemente
acogedora para sentirse cómodo. Sin
embargo, el deseo de Will de tener una
estancia limpia de trastos y segura se
había impuesto sobre el deseo de Pops
de tener las cosas siempre a mano,
cuando una noche este se había caído al
suelo después de tropezarse con una pila
de libros.
Le apetecía dar un paseo, así que
echó un segundo vistazo por la ventana.
El césped estaba cubierto del rocío de
la mañana. Mientras observaba el cielo
gris decidió que no habría caminata
hasta el muelle. El sol se negaba a
atravesar las nubes y evaporar el rocío,
por lo que el suelo estaría resbaladizo.
A Pops no le asustaba un poco de
césped húmedo, pero Will se
preocupaba por él, así que convino en
respetar los deseos de su nieto

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