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Libro PDF Un recuerdo indestructible – Rosa Alcántara

Un recuerdo indestructible – Rosa Alcántara

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Molesto por una claridad radiante y
tanto descanso, bostezando con los ojos
entrecerrados, giro la cabeza en la
almohada. Estiro el brazo para coger el
móvil tanteando en la pequeña escalera
de madera que tengo como mesilla de
noche, con un catalejo y una lámpara
antigua encima, y en cuanto veo la hora
comprendo de golpe mi extrañeza. Para
no despertar a Cate y por evitar que
Erin, muerta de hambre, empiece a
berrear como una posesa, me levanto
sigiloso. Si consigo ducharme, vestirme
y salir en diez minutos, Peter no me dará
la paliza las próximas cinco o seis horas
hasta que estemos en Edimburgo.
Asistiremos mañana a una reunión en la
Federación de Empresarios para la
elección del nuevo presidente. Tras
meditarlo bastante, me presento como
candidato. No me supondrá ningún
esfuerzo extra si me eligen, ya que es
raro el mes que no me piden
asesoramiento, y de paso evito seguir
escuchando las aspiraciones que Cate
me reserva. No entiende lo poco que me
motiva ser el centro de atención ni tener
que ir a reuniones mensuales por
diferentes puntos de Escocia, o
cualquier otro sitio; me da mucha
pereza. Sin embargo, por otro lado creo
que puedo contribuir al crecimiento de
mi país y eso ha sido un factor
determinante para decidirme.
Acabo pronto, como siempre, y
me apruebo con un breve vistazo en el
espejo, pensando en afeitarme cuando
lleguemos; tampoco me importa mucho;
al contrario, es un alivio. Desde muy
joven me ha molestado cuidar mi imagen
y, ahora, a los cuarenta y cuatro años no
voy a empezar; se corresponde con mi
edad y, por suerte, en el astillero no le
rindo cuentas a nadie.
Busco en el vestidor dos trajes
oscuros, los cojo con las perchas y los
coloco en el respaldo del sillón orejero
que hay junto a la ventana. Vuelvo
rápido y elijo sin prestar mucha
atención: dos camisas blancas; dos
corbatas lisas, una burdeos y otra azul
fuerte; calcetines negros; ropa interior; y
los Oxford marrones, mis preferidos.
Después de guardarlo todo menos los
trajes en una trolley oscura, me visto con
unos vaqueros, un jersey negro de cuello
alto y unos botines negros de ante. No
cumplo mi objetivo, pero no está mal:
doce minutos.
—Cariño —dice Cate con voz
somnolienta—, ¿te vas ya?
Sonrío al acercarme a la cama.
Me siento en el filo, observando la cara
perfecta de mi mujer, más guapa cuanto
más la amo, y le coloco un mechón
oscuro detrás de la oreja. Me gusta este
nuevo corte de pelo, deja visible más
piel bronceada de su cuello esbelto, es
elegante y le sienta muy bien. Inclino el
cuerpo hacia abajo y le beso los labios
despacio, necesito saborearla a
conciencia; me priva comérmela y debo
consolarme por los dos días que estaré
sin verla.—
Llego tarde —susurro.
Cariñoso y un poco pelota porque no va
a tenerlo fácil sola con los niños, vuelvo
a besarla, ahora en la frente. Erin tiene
seis meses y sigue a rajatabla unos
instintos primarios muy marcados;
Duncan no para quieto ni con su hermana
ni con los perros; y no me voy tranquilo
conociéndolos. Además, se queda
bastante aislada en la colina por la
ausencia de los Lexter, nuestros únicos
vecinos desde hace cuatro años, de
vacaciones con sus hijas en Grecia. Para
aliviar una culpabilidad que soy incapaz
de reprimir, casual, agrego—. Voy a
decirle a Amy que venga esta tarde con
Connor.—
No hace falta, estaremos bien.
—Por si acaso —replico sin
prestar atención al tono resignado de su
voz. Connor es mi ahijado, el hijo
pequeño de Peter y Amy, y distrae a
Duncan como nadie; sabe agotarlo sin
esforzarse y para mí es un consuelo.
Hasta en eso se parece a su padre.
Aparte de ser físicamente clavado a él,
funciona con mi hijo como Peter
conmigo; lo complementa—. Para
cualquier cosa llámame, por favor.
—Sí, pesado. Ve con cuidado y
conduce despacio.
—Con el pisa huevos oficial de
copiloto no me queda más remedio.
—Eres un quejica —dice,
mirándome contenta. No puedo evitarlo,
sonrío y le beso la boca en un roce
breve. Antes de calentarme, me levanto
para controlar unas ganas permanentes
de sexo con ella; siempre caigo
fulminado sin valorar perder el tiempo;
me pueden, es imposible controlarlas
cuando estoy demasiado cerca. Cate
nota el motivo de la distancia que
interpongo entre nosotros, pero no
comenta nada, pendiente a mis
movimientos. No me hace falta verle los
ojos para sentirlos en mi cuerpo—. Hoy
seguramente no llevaré a Duncan a la
guardería.
—¿No? ¿Por qué? —pregunto
extrañado. Me pongo la americana y
meto los trajes en sus fundas—. Vas a
volverte medio loca con los dos.
—Está un poco resfriado,
prefiero que no vaya.
—Como quieras —digo al
acercarme, la beso en la mejilla—. Para
lo que sea, ya sabes.
Cate suspira y disimula una
sonrisa.
—No sé qué va a ser de mí como
salgas elegido.
—No seas quejica —digo usando
su expresión favorita conmigo—. Serás
la mujer del presidente, ¿no es eso lo
que quieres?
—Por supuesto —dice con un
guiño—. Demuéstrales quién manda.
De buen humor salgo del
dormitorio. Después de ver a los niños,
bajo a la cocina y no me queda más
remedio que llenar con pienso el
cacharro del pesado de Mad, peor que
Erin con la comida; Alioth pasa de mí,
su dueña es Cate y lo tiene bien
asumido. Cojo el bote del café soluble y
lo dejo en la encimera de azulejos
verdes, amarillos y grises y caliento un
vaso de leche en el microondas.
Agobiado por el retraso, casi me
atraganto al beber. Saco el Jaguar del
garaje, pensando en mi amigo. Va a
decirme de todo cuando pare en la
gasolinera y perdamos más tiempo.
Solo pasados quince minutos de
la hora acordada, llego a la calle Martin
Crescent. Tiene una hilera de casas
grandes, cuidadas, todas blancas con los
tejados negros, y separadas por unos
setos bajos que cada propietario
mantiene siguiendo la misma estética.
Detengo el motor delante de la número
doce y, de inmediato, Peter sale por la
puerta con cara de pocos amigos, como
si hubiese estado detrás. Vestido en su
línea informal con vaqueros
desgastados, un jersey claro de lana y
unas botas de leñador, se acerca tirando
de una vieja trolley roja que, si no me
equivoco, compró en un viaje que
hicimos siendo universitarios a un
astillero de Aberdeen y mínimo tiene
veinticinco años.
—Eres un impresentable —dice
a pocos metros de mí. Sabe que no me
afecta, pero es un cansino cuando quiere
—. No sé cómo vas a apañártelas
cuando seas presidente.
—Buenos días, Pet ¿todo bien?
—Sí, perfecto.
—¿Amy está despierta?
—Por supuesto —responde
enfadado—. Desde hace varias horas.
—Mientras guardas tu nueva
maleta voy a decirle una cosa.
Una mirada hostil, con unos
destellos plateados brillantes, sugiere
que esa apreciación no le ha hecho
ninguna gracia. Necesito cerrar fuerte la
boca para no reírme en su cara.
Cuando hablo con Amy, me
tranquiliza saber que estará pendiente de
Cate, salgo y me monto en el coche sin
prestar atención a Peter. Tengo que
darle unos minutos; como se encabrone,
me arrastra.
Manteniendo un silencio nada
incómodo, en las afueras de Portree, me
incorporo a la A87. Soy prudente
porque no tengo excusa y con él no me
molesto en inventar una, pero si creyera
que hay una posibilidad razonable de
discutir nos enfrascamos hasta
Edimburgo; es la ventaja de conocernos
desde que éramos adolescentes; también
tiene algunos inconvenientes, por
ejemplo: debo soportar durante un rato
sus malos humos o el desprecio que
muestra al observarme de reojo cuando
pongo el intermitente para entrar en la
gasolinera y detengo el coche en un stop.
—Joder, Cam, ¿no pudiste echar
ayer?
—No, no tuve tiempo. Relájate,
tenemos todo el día por delante.
—Cada vez estás peor.
—Y tú más cascarrabias, eres un
puto coñazo.
Me bajo tratando de controlarme
y lo dejo murmurando, «qué tío».
Mientras llenan el depósito voy a la
cafetería y compro dos cafés grandes,
dos bocadillos de carne y dos refrescos.
No veo a Jim O´Brian, el “C”, uno de
nuestros amigos, yerno del dueño y
trabajador ocasional para ayudar cuando
falla algún empleado.
En unos pocos minutos suelto la
carga a mi arisco copiloto, que se
amansa con el estómago lleno, y nos
ponemos en marcha hacia el piso de
Princes Street en Edimburgo. Es una de
las propiedades que heredé de mi
abuelo, junto con la casa de Dunvegan,
donde él vivió siempre, y la casa del
centro de Portree que hace años
compartí con Cate y actualmente disfruta
Jack como inquilino desde que se
trasladó de Nueva York y se estableció
en Skye.—
¿Has preparado algo?
Al oírlo, salgo de la
concentración que siento cuando
conduzco y respondo:
—Más de lo mismo, todos saben
mi opinión sobre la gestión que se está
haciendo. ¿Por qué? ¿Crees que no van a
elegirme?
—Te elegirán sí o sí, eres la
única alternativa para garantizarles el
futuro, lo decía por los amigos de
Arthur.
—No me preocupan —digo,
moviendo los hombros de forma
mecánica—. Si en la votación no gano,
en el fondo me hacen un favor.
—Tú verás, pero no deberías
presentarte por los demás.
—¿Ahora me lo dices? —
pregunto irónico, después de llevar
sufriendo durante meses su acoso y
derribo unido al de Cate—. Al menos mi
mujer mantiene la esperanza.
—Y yo, pero sabes que Arthur es
un capullo y se cree alguien importante.
No va a hacerle gracia perder el puesto,
lleva en él desde el 2000.
—Sí, y todos llevamos años
criticando su gestión. Es hora de que las
cosas se hagan pensando en un futuro a
largo plazo, estable para todos, no solo
para los amigos del presidente.
—Espero que mañana te
acuerdes de los tuyos.
—¿Estás diciéndome algo?
—No —responde con la boca
llena, en cuanto se traga la comida, sigue
—. Lo digo porque van a salirte de
debajo de las piedras. Sé que te
agobiarás y me tocará joderme contigo.
—No vamos a jodernos, Pet. Y
no va a afectar al astillero.
—Lo dudo.
Con esas palabras de mi amigo,
el único que tengo claro no se anda con
gilipolleces al hablarme, comparto su
inquietud; la he sopesado muchas horas.
Igual que también he pensado en que a
STG, de capital norteamericano, todos
la vinculen a McPheal Marine porque
Cate es socia y por tener las oficinas
dentro del astillero. Aun así, estoy
convencido de que hemos demostrado en
estos años que funcionamos de manera
independiente. Mi principal cometido en
la Federación será velar por el
crecimiento de las empresas, apoyarlas
con asesoramiento técnico y fomentar la
apertura de negocios dentro y fuera de
Escocia. No tengo intención de
implicarme más allá, ni participamos en
concesiones ni en otros asuntos que
conlleven ningún tipo de elección, por
lo que no espero la suspicacia que
provoca en la mayoría de empresarios la
gestión de Arthur Gross tras quince años
al frente; son demasiados para cualquier
cargo con un servicio público.
Por la noche decidimos

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